12. Silencio
Perpetuo | LAY
Zhang Yi Xing era un chico de sentimientos fuertes. Sentía con todas las fuerzas de su ser, pero le era imposible transmitirlo a través de palabras. Solo hablaba lo necesario, como pedir su orden regular en la cafetería que frecuentaba o responder «sí» o «no» cuando le preguntaban algo.
Cuando algo le resultaba injusto o estaba inconforme con alguna situación, en vez de decirlo, su cuerpo se llenaba de extremo a extremo con una sensación electrificante que contraía todos sus músculos. Por otro lado, cuando se encontraba complacido y feliz, en lugar de compartir su alegría mediante palabras, dejaba que su cuerpo se expresara artísticamente, sobre todo, mediante la danza.
Cuando se enamoró, fue la época más silenciosa y sensitiva de su vida. Nunca había sentido algo más fuerte por alguien. Múltiples sentimientos y emociones lo embargaron. Desde la profunda admiración que hacía su mente volar a un mundo de ensueño, hasta la tristeza y decepción de ser tratado como un simple buen amigo de la persona que tanto añoraba románticamente. Su cuerpo se había convertido en su único lenguaje y era lo único que delataba su enamoramiento: las mejillas sonrosadas cuando su interés amoroso le hablaba, los ojos brillantes cuando miraba a su persona especial a lo lejos, las manos sudorosas cuando tenían que hacer contacto físico, las piernas temblorosas cuando el espacio personal entre ambos se reducía.
A pesar de estar en un constante estado de ilusión, a Yi Xing le resultaba muy difícil llevar su relación más allá de lo platónico. Aunque su cuerpo lo delataba, sus sentimientos debían salir por su boca, debían ser expresados para saber si la persona que había cautivado su corazón le correspondía. Sobre todo, debía superar su silencio, pues se había enamorado alguien que, a diferencia de él, valoraba la comunicación oral y se valía de ella para compartir sus pensamientos, ideas y sentimientos sin ninguna restricción.
Esto le motivó en un principio. Yi Xing realmente se convenció de que era hora de hablar de sus sentimientos. No obstante, en las diversas oportunidades que tuvo de confesar su gran amor y fervor, el silencio le ganaba y las emociones se quedaban adentro, como si estuvieran enraizadas en su pecho.
Una noche, después de un día más sin confesarse y con el cuerpo tenso con autodecepción, Yi Xing se prometió que al día siguiente hablaría de una vez por todas. Esa convicción le dio fuerzas; no obstante, la confianza se ralentizó horas después de una pesadilla bastante vívida. En el sueño, él sentía que algo crecía en su pecho y reptaba hacia su garganta hasta detenerse justo en el centro. Yi Xing intentaba llevarse las manos al cuello para empujar la cosa y no asfixiarse, pero sus brazos estaban inmóviles. En un instante, le embargó una sensación de vacío, como si le hubieran despojado de los músculos y las cuerdas vocales, y solo hubiera quedado la piel que recubría su cuello. Despertó con la garganta reseca y con la imagen de sí mismo gritando sin emitir sonido alguno.
Por la mañana, Yi Xing sentía, además del ardor, un pesado nudo en la garganta, pero este lo atribuyó a los nervios y, como ya no podía dar marcha atrás en su cometido del día, decidió ignorarlos. Antes de efectuar su plan, se dirigió a la cafetería y su impasividad se duplicó cuando no pudo decirle su orden a la cajera, por suerte ella ya lo conocía y sabía lo que usualmente pedía. Yi Xing pensó una vez más que los nervios tenían su garganta tensa y cerrada, y se tranquilizó con la idea de que beber su café caliente lo relajaría antes de encontrarse con su interés amoroso.
En cierta parte logró controlar su nerviosismo. Cuando llegó al punto de encuentro, sentía su cuerpo menos tenso; cuando divisó a lo lejos a su amor platónico, un sentimiento de seguridad rectificó su postura y se acercó con un aire de confianza y decisión.
—Hola, Yi Xing, recibí tu mensaje anoche, ¿sobre qué querías hablar?
Él ordenó sus ideas para que su discurso fuera coherente y claro, pero en el momento que abrió su boca para empezar a hablar, no salió ningún sonido. Fue raro. Estaba lo suficientemente convencido y confiado, los nervios se habían disipado, ¿por qué no podía hablar?
Carraspeó la garganta y abrió la boca de nuevo, pero falló. Lo intentó una vez más y otra. Nada.
—¿Estás bien, Yi Xing?
Supuso que el desconcierto y el terror se reflejaban en su rostro, y sin poder hablar, Yi Xing se llevó la mano al cuello. En ese instante, un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquel nudo en su garganta que había tratado de mitigar volvió con una pesadez más evidente que le ocasionó un incómodo ardor. Fue como si se hubiera tragado una pelota de tenis, como si tuviera algo atorado y estuviera a punto de asfixiarse. Quiso hablar, pero fue en vano. Entre la desesperación, trató de gritar, pero sólo su gesticulación dio a entender su intento. Entonces, las imágenes de su pesadilla inundaron su mente.
En ese instante, lo comprendió todo. Su silencio, el cual creía que era inofensivo y excusable, se había vuelto una maldición y se había comido su voz. Yi Xing fue consciente en segundos de que sus sentimientos se quedarían encerrados perpetuamente en su pecho, y que jamás se transformarían en el bello conjunto de sonidos que son las palabras y que nunca llegarían a los oídos de su persona amada.
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