Capítulo VII - Incarcerous
ARESTO MOMENTUM
— CAPÍTULO VII —
❝ I n c a r c e r o u s ❞
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Entre las voluptuosas paredes de piedra que encerraban el baño de las chicas, el simple sonido de una gota de agua que caía sobre uno de los lavamanos rompía el silencio desolador que se cernía sobre el espacio. Sin embargo, el baño no estaba desierto: Hermione, encerrada en uno de los lavabos, restaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared de madera, abrazándose las rodillas con los ojos cerrados.
Después de haber pasado horas siendo víctima de sus propias emociones, creyó haberse quedado sin lágrimas. Los ojos y la garganta le dolían una barbaridad y se sentía fatigada.
No podía dejar de pensar en el mes de curso que llevaba, creyendo que las cosas sólo podían ir de mal en peor. La emoción que la había embriagado desde que había subido al Expreso de Hogwarts se había ido esfumando durante las últimas semanas, en las que llevaba un cúmulo de decepciones difíciles de gestionar.
Siempre recordaría la afrenta con Snape como su primer golpe. Ya no era algo que le doliese de la forma en la que lo había llegado a hacer: empezaba a comprender que el carácter de su profesor no era compatible con nadie, y que sus toques de atención sólo tendrían la importancia que ella misma quisiera darles. Comprendía que así había sido siempre, según Cedric le había contado, por lo que poco a poco estaba aprendiendo a tolerarle.
La batalla que Draco había tomado contra Harry tampoco la dejaba tranquila. Podía contar con los dedos de la mano las clases que compartían con los de Slytherin, pero era incapaz de hacerlo con respecto a las veces que había temido el encuentro entre ambas casas. Existía una rivalidad que ni comprendía ni compartía, pero que sí sufría en propias carnes.
Sin embargo, el comentario que Ron había dejado caer sobre ella era lo que peor llevaba. Su mofa la hizo dudar por completo del vínculo que sintió haber forjado con él y con Harry, dado que su compañía había espantado sus miedos y la había evadido de sus preocupaciones en más de una ocasión. Jamás había experimentado la sensación de recibir una patada en el estómago, pero pensó que lo que sentía se encontraba muy cerca de serlo.
Después de lo ocurrido, se había visto incapaz de asistir a la cena. Tampoco tenía un hambre que saciar. Sencillamente no estaba preparada para afrontar tantos problemas a la vez.
Desconocía cuántas horas habría pasado encerrada en el baño de las chicas. Lo único que sabía era que aún era de día cuando entró, y que la noche se había hecho presente desde hacía mucho. No sabía si ya habría llegado la hora de la cena, si el banquete se habría celebrado o si todo el mundo estaría ya dormido. No quería que nadie la viera en aquel estado, pero sabía que, habiendo llorado todo lo que las lágrimas le habían permitido, ya era hora de salir de su escondite. Se dirigiría a la sala común, atravesaría el espacio como una flecha y se refugiaría en su catre, cubierta por las cobijas y su propia soledad sin hablar con nadie en absoluto.
Con la poca decisión que le quedaba, se levantó del frío pavimento y se colocó frente a la puerta de madera, suspirando con fuerza. Se limpió vagamente las mejillas y los ojos con las mangas de su túnica y abrió la puerta de madera con desgana, dispuesta a abandonar los lavabos... hasta que se dio cuenta de que no estaba sola.
Durante unos instantes, se sintió incapaz de moverse. El trol y ella se observaron con estupefacción, analizándose mútuamente como una amenaza, y no fue hasta que la bestia le mostró sus dientes con furia que el cuerpo de Hermione respondió, echándose para atrás y profiriendo un grito desgarrador.
El trol avanzó hacia ella, y la muchacha tuvo el tiempo justo para cerrar la puerta. Sabiendo que aquello no lo detendría, se echó al suelo y se cubrió la cabeza con ambas manos, temiendo lo que ocurriría a continuación: el trol golpeó con firmeza las paredes de madera con el bastón, destruyendo la parte superior de los lavabos, y las astillas de la madera cayeron sobre ella, enterrándola bajo su peso. Notó como una de ellas se clavaba furiosamente en su pierna derecha y gritó de nuevo con fuerza. El trol volvió a asestar un golpe, buscando a Hermione entre los escombros.
El lamento de ella cesó en cuanto se distinguió el eco de una voz conocida en el espacio.
—¡Hermione, muévete! —le gritó Cedric—. ¡No te quedes quieta!
Ella, armándose con las pocas fuerzas que le quedaban, trató de arrastrarse entre los escombros y sintió el impacto del bastón del trol justo detrás de sí, sabiendo que había escapado por muy poco. Histérica y desesperada al verse tan cercana al fatal desenlace, volvió a gritar.
—¡Ayudadme, por favor! —sollozó con la voz entrecortada—. ¡Auxilio!
Con rapidez, Cedric tiró de un grifo, arrancándolo, y lo arrojó con toda su fuerza contra la pared. El trol se detuvo a pocos metros de Hermione, balanceándose, y parpadeó con aire estúpido tratando de averiguar quién había hecho aquel ruido. Sus ojos diminutos detectaron a los cuatro intrusos con rapidez, y viendo a Cedric por delante de ellos, se abalanzó sobre él levantando su bastón.
—¡Eh, cerebro de guisante! —gritó Harry corriendo hacia el otro extremo, tirándole una cañería de metal.
El ser deforme no pareció notar que la cañería lo golpeaba en la espalda, pero sí oyó el aullido y se detuvo otra vez, volviendo su hocico horrible hacia Harry y dándole tiempo a Cedric para correr. Los gritos y los golpes parecían haberle enloquecido, y se volvió, enfrentándose a Harry, que estaba más cerca y no tenía manera de escapar.
Entonces, Cedric se dejó llevar por la valentía. Corrió, dando un gran salto, y se colgó del bastón que el trol pretendía alzar en contra de Harry, dejándose elevar por su fuerza. La bestia no se dio cuenta de que le tenía sobre la espalda, hecho que él aprovechó para rodearle el cuello con ambas piernas, manteniéndose estable, y empezó a golpearle la cabeza con las manos. Su distracción logró que el trol errara el golpe con el bastón, pero no que tratara de deshacerse de él.
La bestia empezó a sacudirse con agresividad, intentando que el muchacho cayera al suelo, pero Cedric se mantenía agarrado a su cuello con fuerza. Viendo que su gesto era completamente inútil, recogió al muchacho con su mano restante, agarrándole y estirándole por los pies, y lo levantó del revés a la altura de su cabeza para mostrarle sus dientes con furia.
Con el bastón pesándole en la otra mano, trató de embestirlo de un golpe, pero Cedric lograba evitar sus estocadas flexionándose con rapidez.
—¡Haced algo! —gritó a los muchachos que restaban observando la escena.
—¡¿Como qué, Cedric?! —intentó Harry averiguar, desesperado.
—¡Lo que sea! —insistió el muchacho, flexionándose de nuevo—. ¡Deprisa!
Hermione estaba tirada en el suelo, aterrorizada. Ron y Susan empuñaron su propia varita, sin saber qué iban a hacer; ambos se miraron entre sí, buscando una respuesta en los ojos del otro, hasta que gritaron el primer hechizo que se les ocurrió, tomándose de la mano restante con fuerza.
—¡Wingardium leviosa! —gritaron al unísono.
El bastón salió volando de las manos del trol, elevándose muy arriba y dejando a la bestia desconcertada. Ambos pelirrojos sonrieron con satisfacción por su logro, y al perder contacto con el bastón, este cayó sobre las astillas de madera que habían quedado repartidas por el suelo, quedando oculto bajo las trizas.
Notablemente enfurecido, el trol tomó a Cedric por el torso y se lo acercó a la cara, mostrándole una vez más su dentadura. Parecía estar más enfadado que nunca, pero eso no detuvo al muchacho: sin pensárselo dos veces, le golpeó repetidamente con ambas piernas, intentando deshacerse de su agarre, pero sólo logró que la bestia emitiera un grito repleto de furia.
Harry trató de arrojarle cualquier cosa con la que distraerle, pero sus intentos fueron en vano; Ron y Susan se vieron petrificados por el miedo, y Hermione sollozaba aún bajo los escombros, intentando arrastrarse a través de estos a pesar del mareo que sentía y la sangre que perdía su herida. Quería ayudarles, pero sabía que no tendría fuerzas suficientes para hacerlo.
Por suerte, se escuchó retumbar entre las paredes de piedra una voz profunda y contundente.
—Agárrese fuerte, Diggory —pronunció, desde el marco de la puerta, el profesor Snape.
Ron y Susan dieron un respingo, virando en su dirección con estupor; Harry dejó caer de sus manos los objetos que recogía debido a la impresión, y Cedric entrecerró los ojos, intentando convencerse de que la imagen que veía era real.
Hermione, postrada en el suelo, hizo un esfuerzo sobrehumano por intentar levantarse y quedó apoyada sobre sus brazos, alzando la vista. Consiguió verle allí, con la espalda recta, el ceño fruncido y la varita en alto, apuntando con decisión sobre el trol, y su sola imagen fue capaz de colmarla de seguridad.
Sin embargo, se quedó petrificada al entrever bajo su larga túnica el pantalón rasgado a la altura de la rodilla derecha: la pierna de Snape estaba magullada y llena de sangre. En cuanto un sutil movimiento cubrió su visión y los ojos de ella se encontraron con los lóbregos de él, sintió como su mirada la estremecía de pies a cabeza.
Snape, concentrándose de nuevo en la figura deforme que le observaba con atención, blandió su varita con furia.
—¡Incarcerous!
De la varita surgieron unas cuerdas delgadas, semejantes a serpientes, que se enroscaron alrededor de la boca, las muñecas y los tobillos del trol. Una vez su mano dejó de hacer fuerza, Cedric cayó de pie sobre el suelo y se arrojó hacia la posición de Hermione, sirviendo de escudo humano cuando la bestia empezó a rugir de rabia, intentando soltarse. Las cuerdas empezaban a romperse cuando Snape volvió a blandir la varita.
—¡Desmaius!
Una poderosa centella impactó sobre el cuerpo deforme del trol, y éste empezó a balancearse y cayó boca abajo con un ruido que hizo temblar la habitación. Todos los presentes se mantuvieron expectantes ante lo que acababa de suceder, sumidos en un poderoso silencio que no tardó en romperse.
—¿Estás bien, Hermione? —se apresuró Cedric en preguntar, tomándola con delicadeza para ayudarla a alzarse del suelo.
La muchacha, sintiendo como todas las miradas recaían ahora sobre sí, esbozó una media sonrisa entre sus mejillas.
—Todo está bien ahora —aseguró ella, apoyándose en el hombro de su amigo.
Un súbito portazo y fuertes pisadas hicieron que los muchachos se sobresaltaran. No se habían dado cuenta de todo el ruido que habían hecho, pero, por supuesto, abajo debían haberse escuchado los golpes y los gruñidos del trol. Un instante después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la habitación, seguida por Quirrell y Filch, que cerraban la marcha.
Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho. Snape se inclinó sobre el trol, asegurándose de que hubiera caído inconsciente. McGonagall miró a los muchachos con los labios apretados, mostrándoles lo enfadada que se encontraba.
—¡Por todos los cielos! ¿En qué demonios estaban pensando? —espetó con una furia helada, fulminándoles de pies a cabeza—. ¡Tienen suerte de que no les haya matado! ¿Se puede saber por qué no estaban en los dormitorios?
Snape dirigió a Harry y Ron una mirada aguda e inquisidora, y ambos clavaron la vista en el suelo sin saber muy bien qué decir. Hermione, viéndoles con el corazón en un puño, decidió que era momento de devolverles el favor.
—Por favor, profesora McGonagall... —murmuró ella—. Me estaban buscando a mi.
—¡Srta. Granger...!
—Vine en busca del trol porque... bueno, pensé que podría vencerlo. Ya sabe, había leído mucho sobre el tema.
Harry, Ron, Susan y Cedric trataron de no poner cara de asombro.
—No han tenido tiempo de ir en busca de ayuda. Estaba a punto de matarme cuando ellos han llegado —sentenció ella con firmeza, atreviéndose a mirar a su profesor de Pociones sin vacilar—. Si no me hubieran encontrado... y, por supuesto, si el profesor Snape no hubiera aparecido... es probable que ahora estuviese muerta.
La habitación volvió a sumirse de nuevo en un silencio ensordecedor. Hermione volvía a sentir las miradas de todos y cada uno de los que se encontraban allí, pero los ojos de Snape eran los que más le pesaban. Hubiera jurado que había cierto atisbo de agradecimiento en ellos, aunque no podía estar del todo segura de ello.
—Bueno... fuera como fuera, ha sido una gran tontería intentar algo así —exclamó la profesora McGonagall, escarmentándola—. Esperaba un comportamiento más racional por su parte, Srta. Granger. Estoy francamente decepcionada con usted.
La muchacha bajó la cabeza, y sus amigos quedaron mudos. Hermione era la última persona que haría algo contra las reglas, y allí estaba, fingiendo una infracción para librarlos a ellos del problema.
McGonagall soltó un pesado suspiro antes de pronunciarse, como si sus propios pensamientos estuvieran atosigándola.
—Bien. Gryffindor perderá cinco puntos por su falta de criterio —dictaminó con rapidez, y seguidamente contempló al resto de muchachos—. En cuanto a ustedes, ojalá se den cuenta de lo que lo afortunados que son. No muchos estudiantes pueden enfrentarse a un troll adulto y vivir para contarlo. Así pues, cada uno recibirá cinco puntos para sus respectivas casas a modo de honrar su valentía.
Los cinco muchachos se observaron entre sí, dedicándose una sonrisa jovial. La profesora McGonagall fue incapaz de no imitar su mismo gesto, y Quirrell tampoco se contuvo. Los únicos que se mantuvieron impasibles ante la escena fueron Filch, que permanecía con su habitual mueca de desagrado, y Snape, que desde hacía un buen rato observaba con fijación la horrorosa herida dibujada en la pierna de Hermione.
—Tiene ahí un buen corte, Srta. Granger —exclamó confiado—. Será mejor que vayamos a sanarla. ¿Se ve capacitada para andar?
Con cierto retraimiento, Hermione volvió a enfrentarse a su rostro cetrino.
—Puedo intentarlo —sugirió ella no muy convencida, recordando la horrible visión de la herida de Snape.
—¡Ni hablar! No deberías forzarte —aseguró Cedric, y se volvió hacia los profesores—. Yo puedo acompañarla a la enfermería.
—No será necesario, Diggory —dictaminó Snape con la ceja arqueada, con una actitud claramente desafiante—. Me acompañará a mi despacho. Yo la llevaré.
Para Hermione resultó imposible no quedarse sin aire tras oír aquellas palabras, y no supo discernir si su reacción se debía al hecho de ser cómplice de la secreta dolencia de él o a la simple idea de que estuviera dispuesto a ayudarla.
—Severus, ¿no será conveniente llevarla a la enfermería? —se añadió McGonagall—. Poppy sabrá qué hacer.
—Yo también sé qué hacer, Minerva. Además, Poppy estará lo suficientemente entretenida esta noche repartiendo pócimas calmantes entre el alumnado tras lo ocurrido como para darle más trabajo —alegó Snape con tono desafiante, acercándose hacia la posición de su alumna—. La Srta. Granger estará curada antes de medianoche si me acompaña.
McGonagall tuvo que reprimir sus ganas de suspirar con fastidio frente a su terquedad, conociéndosela a la legua.
—Está bien.
Sin decir palabra, Snape se le presentó de frente y, con elegancia en su gesto, se inclinó hacia ella. Con un sonrojo difícil de disimular, Hermione se prendió de sus hombros, intentando ser lo más delicada posible y abandonando el contacto con el suelo. Pronto se encontró sujeta entre los brazos del profesor de Pociones, preguntándose si sería demasiado pesada para que él la cargara en sus condiciones.
—Sería prudente ir en busca del director —sugirió Snape antes de retirarse con la muchacha a su cargo—. Y alguien debería acompañar a estos muchachos a sus dormitorios. Sr. Filch.
Sin esperar ninguna clase de réplica por parte de sus acompañantes, Snape, con una débil Hermione cargada sobre sus extremidades, abandonó a paso firme el cuarto de baño.
Antes de que los rostros de sus compañeros desaparecieran del alcance de su vista, la muchacha sonrió discretamente en su dirección, inundada por un único y poderoso pensamiento que la colmó de pies a cabeza.
Hay cosas en la vida que no se pueden compartir sin terminar unidos, sentenció para sus adentros; derrumbar un trol de tres metros y medio es una de ellas.
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