Capítulo LXXIV - Diffindo

ARESTO MOMENTUM

— CAPÍTULO LXXIV —

D i f f i n d o 

El profesor Snape llevaba muchos años en el castillo como para conocerse a la legua las múltiples excentricidades de sus compañeros de profesión. La mayoría le resultaban entendibles, aunque algunas le molestaban más que otras.

Soportaba con facilidad el parpadeo incesante de Fernsby al hablar, las muecas extrañas de Trelawney y los constantes movimientos laterales que McGonagall hacía con la cabeza, como si fueran al ritmo de sus pensamientos. Sin embargo, y por más que lo hubiera intentado, seguía sin acostumbrarse al carraspeo constante de Binns, preguntándose interiormente qué sentido tenía que un espectro tomara aquella estúpida costumbre una vez muerto, y tampoco podía soportar cómo Hagrid crujía sus huesos gigantescos con las manos y el cuello al estirarse.

Para él, Dumbledore seguía siendo, en todo su conjunto, la excentricidad que aún era incapaz de procesar con naturalidad. Odiaba profundamente sus intromisiones, hasta el punto que cualquier mirada le hacía temer sentirse expuesto frente a él.

Por ello, no le fue difícil adivinar quién le interrumpía durante aquella mañana en que corregía el temario que él mismo había ideado, oyendo cómo prendían las brasas de su chimenea ante una llegada inesperada. Muy pocos tenían la desfachatez de presentarse de rositas en su despacho, y eran tan pocos que se reducían a una única e irrefutable opción.

—Tu maldita costumbre de presentarte sin ser invitado empieza a sacarme de mis casillas —espetó Snape, sin dignarse a levantar la mirada del escritorio—. ¿No sabes llamar a la puerta como todo el mundo?

Dumbledore se adentró en el espacio con su diligencia habitual, a paso calmado y sacudiéndose elegantemente la túnica que vestía y que le cubría hasta los talones.

—Yo también me alegro de verte, muchacho —aseguró él con una sonrisa discreta.

Sin esperar ninguna clase de invitación por su parte, el anciano tomó asiento en el sillón que precedía el escritorio, clavando sus ojos celestes sobre la figura de su acompañante. Snape, sin embargo, seguía escribiendo sobre los pergaminos que mantenía tendidos frente a sí, dejando apuntes en los bordes con letra apretada y fingiendo no prestarle atención.

—¿Sigues molesto?

Un suspiro resignado interrumpió su sagrada concentración.

—¿A ti qué te parece?

—Vamos —murmuró Dumbledore—, sabes que no trato de fastidiarte.

El movimiento de las barbas de la pluma que Snape empuñaba se detuvo en seco, y sus ojos ardientes se alzaron de los pergaminos, concentrándose en analizar el rostro del mayor con detenimiento.

—Entonces —exclamó con una lentitud aterradora—, ¿qué se supone que estás haciendo?

A pesar de que su disposición no le favoreciera en lo más mínimo, Dumbledore no se dejó intimidar por sus palabras venenosas: él también estaba más que acostumbrado a las excentricidades de su compañero.

—Sólo trato de protegerte.

El ceño de Snape se frunció en un gesto inevitable, con el que se evidenciaba que estaba haciendo grandes esfuerzos por no dejar estallar su furia interna y desbocada.

—¿Protegerme de qué, exactamente? Quizá, por una vez, deberías tratar de proteger a los alumnos —sentenció él, dejando la pluma en el tintero y cruzándose de brazos—. Te has lucido durante estos últimos años. Primero, trajiste a un servidor del Mago Oscuro; después, a un ególatra insufrible incapaz de conjurar un simple Expelliarmus; el año pasado, a un licántropo con tendencia a favorecer a los criminales fugitivos... y ahora...

—Severus...

Snape clavó sus puños sobre la mesa, haciendo surgir su rabia contenida.

—¡Les has traído a un viejo esquizofrénico que se cae a trozos, y que muy probablemente les convierta a todos en unos temerarios! —aseguró él, como absorto ante una lógica completamente irracional—. ¿Realmente crees que Moody está mucho más capacitado que yo para ejercer el puesto?

Dumbledore volvió a mostrarle su dentadura de marfil, hecho con el que logró hacerle sentir aún más impotente.

—Lo que pienso es que eres excelente en tu campo, y prefiero que sigas instruyendo a nuestros muchachos en...

—...el noble arte de la elaboración de pociones —lo interrumpió él, imitándole con un toque afilado en su hablar—. Ya me conozco tu discurso, Albus.

—Yo también me conozco tu terquedad, hijo —alegó el director, mirándole por encima de sus gafas de media luna—. De todas formas, no he venido para debatir contigo acerca de mis decisiones.

Snape, soltando de nuevo un suspiro cargado de derrota, abandonó su posado amenazador dejándose caer sobre el respaldo del sillón y apretándose el puente de la nariz con exasperación. Por más que lo intentara, sabía que sólo Dumbledore era capaz de arrastrarle hacia el rumbo que él quisiera, y era una certeza que ni los años parecían estar dispuestos a cambiar.

—¿A qué has venido, entonces? —preguntó finalmente, sabiendo que cuanto antes accediera, antes terminaría todo.

La sonrisa que había adornado el blanco rostro del anciano ya no formaba parte de él. En su lugar se había formado una perfecta línea recta, como un presagio de lo que vendría a continuación.

—La Marca —contestó secamente—. Muéstramela.

Enderezándose en el asiento con cierto retraimiento, Snape tomó la manga de su levita y la apartó lentamente hasta la altura del codo, dejando al descubierto la marca que, desde hacía años, formaba parte de su antebrazo izquierdo. En su piel cetrina se apreciaba el dibujo de un cráneo con una serpiente salida de la boca, enroscada y mostrando amenazadora sus fauces envenenadas. Con delicadeza, apoyó el brazo sobre el escritorio, dejando que Dumbledore la examinara meticulosamente a pocos centímetros de distancia, y comprobó ante la luz del amanecer que ésta brillaba en un tono azabache cautivador.

—Apenas era visible hasta ahora... —murmuró el mayor, sin atreverse a tocarla—. ¿Sigue doliéndote?

—El dolor es pasajero. Viene y va.

Dumbledore asintió con lentitud, como si estuviera procesando sus palabras, y permaneció con la mirada postrada fijamente en la marca hasta que su presencia lo hubo horrorizado lo suficiente, echándose hacia atrás.

—Ya conoces mi opinión —murmuró, observando como Snape volvía a subirse la manga hasta la muñeca y ataba sus botones finales con facilidad—. No creo que debas preocuparte por ahora.

—Hasta que llegue el momento de hacerlo.

El director asintió y se levantó del asiento.

—Sí. Hasta entonces, deberías aprovechar para distraerte un poco —exclamó con voz tenue, mostrándole el resquicio de una sonrisa socarrona que volvía a iluminar su rostro—. Tus demonios nunca te dejan ver más allá.

Con cierta desidia, Snape volvió a tomar la pluma y se inclinó sobre los pergaminos, apretando los labios.

—No te preocupes —murmuró—. Con tu estúpida idea del Torneo me mantendrás ocupado.

—¡Y no sólo con el Torneo!

Viéndose de nuevo arrastrado por su fastidio interno, le dedicó una última mirada de resentimiento con la que pretendió fulminarlo.

—Te ruego que no empieces con tus fantasías de anciano chiflado.

Su reticencia, lejos de espantarle, lograba en Dumbledore un poderoso deseo de seguir incordiándole.

—Sólo trato de hacerte una sugerencia, Severus —aseguró él, encaminándose de nuevo hacia la chimenea—. ¡Sal ahí fuera! ¡Descubre que los ángeles también existen!

El anciano director desapareció entre las llamas con la misma rapidez con la que había llegado, y Snape, viéndose de nuevo arropado en la soledad de su despacho, dedicó unos breves minutos a meditar sus palabras. Sí, había mucho en Dumbledore que lograba sacarle de sus casillas... pero la que más le fastidiaba era el hecho de tener que otorgarle la razón.

De una rápida ojeada, encontró el libro que él mismo había dejado horas atrás justo en el borde derecho de su escritorio. Admiró en silencio sus cenefas doradas dibujadas sobre la encuadernación azul, y recordó las horas que había pasado enfrascado entre sus páginas, viéndose absorto en las imágenes que evocaban las letras en él. Jamás, en toda su vida, hubiera dicho que se dejaría atrapar por una comedia romántica muggle.

Con delicadeza, tomó el libro entre sus manos e hizo pasar las hojas, olisqueando el aroma que emanaba de las páginas y reconociendo el toque avainillado de Hermione en ellas. Su olor se había impregnado en la novela y había ido desapareciendo con el paso de los días, hasta el punto en que Snape tenía claro lo que debía hacer. Ya había llegado la hora de devolvérselo.

Dejando que las palabras del propio Dumbledore le inundaran el pecho, se levantó de su asiento para revisar sus grandes estanterías y tomó un pequeño frasco, soplando sobre él para apartarle las pocas motas de polvo que habían quedado en él después del tiempo que había pasado en su despacho. Lo había requisado hacía años, y quizá por fin era momento de darle uso.

Decidido, buscó un trozo de pergamino y escribió cuidadosamente sobre él, doblándolo al terminar de plasmar su mensaje y encerrándolo, junto al frasco, en un sobre de papel.  Anduvo con firmeza hasta el ventanal hechizado que ocupaba la pared del fondo, abriéndolo y notando cómo la brisa lo acariciaba mientras observaba atento los cielos. La tormenta había desaparecido, llevándose consigo los temores y dando paso a una nueva etapa por vivir, y sin poder evitarlo, sonrió.

Por supuesto que los ángeles existen, exclamó para sus adentros. Hermione es la viva prueba de ello.

***

A pesar de que la lluvia incesante había desaparecido durante la noche, el techo del Gran Comedor seguía rindiéndole tributo, dándole un aspecto muy triste. Durante el desayuno, unas nubes enormes del color gris del peltre se arremolinaban sobre las cabezas de los alumnos, mientras Harry, Ron, Susan y Hermione examinaban sus nuevos horarios. Unos asientos más allá, Fred, George, Malcolm, Herbert y Lee Jordan discurrían métodos mágicos para envejecer y engañar al juez para poder participar en el Torneo de los tres magos.

—Hoy no está mal. Nos toca pasar fuera toda la mañana —apuntó Harry, pasando el dedo por la columna del lunes de su horario—. Herbología con Hufflepuff, y Cuidado de Criaturas Mágicas...

—¡Maldita sea! —bramó Ron—. Seguimos teniéndola con los de Slytherin.

—Y esta tarde, dos horas de Adivinación —suspiró Susan, enterrando el rostro en sus manos—. No sé si podré aguantar que la profesora Trelawney vuelva a predecir la muerte de Harry...

—Tendrías que haber abandonado la asignatura —se añadió Hermione con énfasis, untando mantequilla en su tostada y acercándose la mermelada de arándanos—. Así podrías estudiar algo sensato como Aritmancia.

—¡No sé qué puede ser peor! —rió Harry, bebiendo de su zumo de calabaza.

—Estás volviendo a comer, según veo —apuntó el pelirrojo, mirando las generosas cantidades de mermelada que Hermione añadía a su tostada.

—He llegado a la conclusión de que hay mejores medios de hacer campaña por los derechos de los elfos.

—Sí... y además tenías hambre.

Hermione, que estaba completamente dispuesta a hundirle bajo el peso de sus argumentos, abrió la boca pero no llegó a emitir ningún sonido: de repente oyeron sobre ellos un batir de alas, y presenciaron cómo un centenar de lechuzas entraba volando a través de los ventanales abiertos, llevando el correo matutino.

Instintivamente, Hermione alzó la vista: las lechuzas volaron alrededor de las mesas, buscando a los receptores de las cartas y los paquetes que transportaban, y se sorprendió al sentir cómo una lechuza parda, elegante y ligera se posaba sobre su hombro, ofreciéndole un pequeño sobre que llevaba en el pico.

Con la curiosidad a flor de piel, abrió cuidadosamente el sobre y descubrió que en su interior, además de una carta, había un frasco que encerraba un líquido brillante y rojizo. Lo examinó con detenimiento y atención, leyendo en su etiqueta la inscripción «Aliento de fuego».

Frunciendo el ceño ligeramente sin acabar de entender a qué se debía aquel detalle, la muchacha escondió el frasco en uno de los bolsillos de su túnica, lo suficientemente veloz como para que ninguno de sus compañeros tuviera oportunidad de preguntarle nada, y desplegó la carta en su totalidad, reconociendo con asombro la letra cursiva y apretada que había plasmada en ella.

«Estimada Srta. Granger,

Espero que haya tenido una agradable llegada al castillo y que no haya saturado su mente de conocimientos durante las vacaciones de verano. De lo contrario, nos arrebataría todo nuestro trabajo como claustro de profesores.»

Hermione tuvo que hacer un gran esfuerzo por reprimir la sonrisa socarrona que amenazaba con formarse entre sus mejillas tras leer aquello, y en cuanto supo que había podido controlarse, dejó que sus ojos castaños continuaran resiguiendo las oraciones con expectación y gozo en su misma medida.

«Me gustaría reunirme con usted a finales de semana, después de la última clase. Confío en que la Torre de Astronomía será un buen lugar para abstenernos de compañías no deseadas.

Si está de acuerdo, no tiene más que añadir en la copa del Sr. Potter la solución que le adjunto en el sobre. De lo contrario, comprenderé que mi invitación ha sido rechazada.

Espero con suma atención su respuesta.

S.S.»

Hermione necesitó tomar una profunda bocanada de aire antes de atreverse a alzar su mirada del pergamino y virar discretamente en dirección a la Mesa Alta. En ella, se encontró rápidamente a un Snape que mantenía sus ojos oscuros postrados sobre sí, completamente divertido frente a la encrucijada en la que la había comprometido. La muchacha le miró desafiante, entrecerrando los ojos y mordiéndose ligeramente el labio inferior, como preguntándole si realmente era necesario brindarle aquel excéntrico gusto. Él ladeó ligeramente la cabeza, señalando a Harry, que permanecía adecuado en el mismo asiento que ella, animándola a darle el placer.

Durante unos instantes, la cabeza de Hermione intentó procesar la situación con frialdad: estaba más que dispuesta a hacerle entender a su profesor de Pociones que aceptaba con creces su invitación, ¿pero cómo lo haría? Todos se darían cuenta del truco si vertiera el frasco en su copa, por muy discreta que pudiera llegar a ser.

Como si el propio destino hubiera querido brindarle una solución, un cárabo grande se acercó a Neville y dejó caer un paquete sobre su regazo. Sus amigos, igual que muchos de los que les acompañaban en la larga mesa, se interesaron en saber qué había recibido, esperando cualquier clase de artefacto que su abuela le hubiera enviado para ayudarle a sobrellevar su mala memoria.

Hermione, sabiendo que una oportunidad así no volvería a presentársele durante todo el almuerzo, tomó nerviosamente el frasco por debajo de la mesa, lo destapó intentando no hacer ruido y se inclinó ligeramente hacia Harry, vertiendo el contenido rojizo en el zumo de calabaza que aún quedaba en su copa. Al entrar en contacto con la mezcla, una leve nube blanca emergió de ella y se evaporó tan rápido como hubo aparecido, justo en el momento en que los muchachos volvían a incorporarse en sus asientos.

—Bah... una pluma a vuelapluma... —suspiró Ron, concentrándose de nuevo en los cereales de su bol—. Tenemos cientos de ellas en casa. Papá las trae del Ministerio.

—No me vendría mal tener una —apuntó Harry mientras repasaba de nuevo su horario, tomando su copa y bebiendo un breve trago de ella—-. Sobretodo para tomar apuntes en clase de...

Las palabras se le atascaron en la garganta, y Susan tuvo el tiempo justo para apartarse y salir ilesa de la cálida llamarada que salió de su boca y que quemó por completo el papelito que sujetaba entre las manos. Fred y George estallaron en una sonora carcajada que invitó a la mesa de Gryffindor a imitarles, y la mayoría se acercó hasta Harry para comprobar lo ocurrido.

—¡A eso llamo yo un buen aliento mañanero! —sonrió Malcolm, acercándole un vaso de agua.

—¡Caray, Harry! —rió Ron con ganas—. ¡Un poco más y nos dejas sin cejas!

—¡Tienes que enseñarme este truco! —le pidió Seamus, completamente entusiasmado ante lo que acababa de presenciar.

Hermione, divertida por las reacciones que había suscitado, volvió a encararse con el rostro divertido de su profesor de Pociones. Le dedicó una risa discreta que iluminó por completo su rostro, y con la que quedó sellada su más que evidente respuesta a su proposición.

La alegría del suceso la acompañó durante toda la mañana, afrontando sus primeras clases con un humor inmejorable. Las densas lecciones de la profesora Vector se le hicieron entretenidas y agradables a pesar de la complejidad de los cálculos, y disfrutó sobremanera la clase práctica de Alquimia con los pocos compañeros que habían decidido seguir con la asignatura. Se reencontró con sus amigos durante el descanso y acudieron juntos a clase de Encantamientos, aún comentando lo sucedido durante el desayuno hasta que el profesor Flitwick se apoderó de su atención, enseñándoles a conjurar el encantamiento recargador.

Cedric se les unió mientras descendían la escalera con todos los demás alumnos de regreso al Gran Comedor para la comida, conversando animadamente acerca de las clases. Llegaron al vestíbulo, abarrotado ya de gente que hacía cola para entrar, y acababan de unirse a ella cuando oyeron una voz estridente a sus espaldas.

—¡Weasley! ¡Eh, Weasley!

Los cinco se volvieron en su dirección. Draco, Crabbe y Goyle se presentaron ante ellos, muy contentos por algún motivo que desconocían.

—¿Qué? —contestó Ron lacónicamente.

—¡Tu padre ha salido en el periódico! ¡Escucha esto! —anunció el rubio, blandiendo un ejemplar de El Profeta y aclarándose la garganta para que todos cuantos abarrotaban el vestíbulo pudieran oírlo—. «Parece que los problemas del Ministerio de Magia no se acaban, escribe Rita Skeeter, nuestra enviada especial. Muy cuestionados últimamente por la falta de seguridad evidenciada en los Mundiales de quidditch, los funcionarios del Ministerio se vieron inmersos ayer en otra situación embarazosa a causa de la actuación de Arnold Weasley, del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles». Ni siquiera aciertan con su nombre, Weasley, pero no es de extrañar tratándose de un don nadie, ¿verdad?

Todos los presentes del vestíbulo escuchaban con atención, y Draco, con un floreo de la mano, alzó aún más el periódico y siguió leyendo.

«Arnold Weasley, que hace dos años fue castigado por la posesión de un coche volador, se vio ayer envuelto en una pelea con varios guardadores de la ley muggles (llamados «policías») a propósito de ciertos contenedores de basura muy agresivos. Parece que el Sr. Weasley acudió raudo en ayuda de Ojoloco Moody, el anciano ex auror que abandonó el Ministerio cuando dejó de distinguir entre un apretón de manos y un intento de asesinato. No es extraño que, habiéndose personado en la muy protegida casa del Sr. Moody, el Sr. Weasley hallara que su dueño, una vez más, había hecho saltar una falsa alarma. El Sr. Weasley no tuvo otro remedio que modificar varias memorias antes de escapar de la policía, pero rehusó explicar a El Profeta por qué había comprometido al Ministerio en un incidente tan poco digno y con tantas posibilidades de resultar muy embarazoso» —prosiguió el muchacho, y dio la vuelta al periódico, levantádolo—. ¡Y viene una foto, Weasley! Una foto de tus padres en la puerta de su casa... ¡bueno, si a esto se puede llamar casa! Tu madre tendría que perder un poco de peso, ¿no crees?

Ron temblaba de furia, manteniendo los puños apretados. Hermione, que temía que sus ataques pudieran llegar a más, se acercó al Slytherin tomándolo del brazo.

—Draco, por favor...

—¿Por qué lo intentas, Hermione? —le recriminó Cedric, que parecía aún más tenso por su gesto que por las palabras proferidas por el muchacho—. Sabes que no se puede razonar con él.

—¡Ah, Diggory! Tú has pasado el verano con ellos, ¿verdad? —sonrió Draco con aire despectivo—. Dime, ¿su madre tiene al natural ese aspecto de cerdito, o es sólo la foto?

—¿Y te has fijado en la tuya, Malfoy? —contraatacó el mayor, conteniéndose a lanzarse sobre él—. Esa expresión que tiene, como si estuviera oliendo mierda, ¿la tiene siempre o sólo cuando estás tú cerca?

El pálido rostro de Malfoy se volvió rígido.

—No te atrevas a insultar a mi madre.

—Pues mantén cerrada tu grasienta bocaza.

—Ningún lameculos como tú va a decirme lo que tengo o no tengo que hacer.

Para cuando Hermione quiso darse cuenta, Cedric ya había empuñado con furia su varita, y a pesar de su intento por detenerlo arrojándose sobre él, el muchacho la blandió con decisión.

—¡Diffindo!

El vestíbulo se llenó de gritos. Draco emitió un gemido en cuanto se hizo evidente el corte que había rasgado uno de los brazos de su túnica, y al ver la sangre que brotaba de su herida enfureció aún más, apuntando firme sobre Cedric para devolverle el golpe.

—¡Confring...!

—¡Ni hablar, muchacho!

Un sonido seco retumbó en la gran estancia. La inmensa mayoría se volvió completamente hacia el profesor Moody, que bajaba cojeando por la escalinata de mármol. Había sacado la varita y apuntaba con ella a un hurón blanco que tiritaba sobre el suelo de losas de piedra, en el mismo lugar en el que había estado Draco.

Un aterrorizado silencio se apoderó del vestíbulo. Salvo Moody, nadie se atrevió a mover un solo músculo. El profesor se volvió para mirar curiosamente a Harry con su ojo sano, mientras el otro se mantenía en blanco, como dirigido hacia el interior de su cabeza.

—¿Te ha dado? —gruñó él con voz grave.

—No... —respondió el muchacho, tan desconcertado como el resto de que se dirigiera a él y no a Cedric—. No ha llegado a conjurar ningún hechizo...

—¡Déjalo!

—¿Que deje... qué?

—No te lo digo a ti... ¡se lo digo a él! —aseguró Moody, señalando con el pulgar, por encima de su hombro, a Crabbe, que se había quedado paralizado a punto de coger el hurón blanco.

El profesor se acercó cojeando a Crabbe, Goyle y el hurón, que dio un chillido de terror y se protegió junto a los zapatos de Hermione.

—¡Me parece que no vas a ir a ningún lado!

Moody volvió a apuntarle con su varita, y el hurón se elevó tres metros en el aire, cayó al suelo dando un golpe y rebotó.

—No me gusta la gente que se jacta de los demás —aseguró con fiereza mientras el animal botaba cada vez más alto, chillando de dolor—. Es algo innoble, cobarde, inmundo...

El hurón se agitaba en el aire, sacudiendo desesperado las patas y la cola, y Hermione se dio cuenta de que no había aparecido de la nada. El pequeño rasguño que podía apreciarse en una de sus patas delanteras le evidenció que se trataba de Draco, a quien Moody había transformado a modo de castigo.

—¡Ya basta! —gritó ella, intentando agarrar al animal—. ¡Le está haciendo daño!

—No... vuelvas... a hacer... eso... —lo escarmentó Moody, acompasando cada palabra con los botes y haciendo caso omiso a los gritos de la muchacha.

—¡Profesor Moody! —exclamó una voz horrorizada

La profesora McGonagall bajaba por la escalinata de mármol, cargada de una pila de libros que casi le cayeron al suelo de la impresión.

—Hola, Minerva —respondió Moody con toda tranquilidad, haciendo botar aún más alto al hurón.

—¿Qué... qué estás haciendo? —preguntó la profesora McGonagall, siguiendo con los ojos la trayectoria aérea del animal.

—Enseñar.

—Pero... por Dios bendito... —gritó la profesora McGonagall al tiempo que dejaba caer todos los libros, viendo que Hermione intentaba detenerle—. ¿Es eso un alumno?

—¡Sí! —vociferó la muchacha, sofocada—. ¡Es Draco!

McGonagall bajó a toda prisa la escalera, sacando su varita, y la blandió elegantemente hacia el hurón, que rápidamente volvió a transformarse en el muchacho con un ruido seco, apareciendo hecho un ovillo en el suelo con el pelo lacio y rubio caído sobre la cara, haciendo un gesto de dolor. Instintivamente, Hermione se inclinó junto a él para asegurarse de que se encontrara bien.

—¡Alastor! ¡Nosotros jamás usamos la transformación como castigo! —lo reprendió la mujer, completamente indignada—. ¡Estoy segura de que Albus te lo ha explicado!

—Puede que lo haya mencionado, sí —respondió Moody, rascándose la barbilla—, pero pensé que un buen susto...

—¡Lo que hacemos es castigarlos sin salir, o hablamos con el jefe de la casa a la que pertenece el infractor...!

—Entonces, eso será lo que haré.

Malfoy, que aún tenía los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor y la humillación, miró a Moody con odio y murmuró una frase de la que se pudo entender claramente el nombre de su padre.

—¿Ah, sí? Bien, conozco a tu padre desde hace mucho tiempo, chaval. Dile que Moody vigilará a su hijo muy de cerca —amenazó él, acercándose unos pocos pasos—. Y supongo que el jefe de tu casa es Snape, ¿no es así?

Draco asintió con resentimiento.

—Otro viejo amigo —aseguró Moody—. Hace mucho que tengo ganas de charlar con el viejo Snape... le interesará saber a qué te dedicas.

Habiendo cumplido con su amenaza, el profesor cojeó en dirección al Gran Comedor, y los golpes de su pata de palo contra el suelo retumbaron en todo el vestíbulo frente al silencio ensordecedor de la multitud. Rápidamente, la profesora McGonagall les ordenó a los alumnos que entraran para dar paso a la cena, disolviendo el tumulto de gente.

Hermione, aún junto a Draco, le ayudó a levantarse del pavimento y comprobó la herida de su brazo, que aún parecía abierta.

—Vamos... —le susurró con preocupación—. Te acompañaré a la enfermería...

El muchacho asintió, aún con los ojos rojos y el rostro repleto de furia.

—Hermione —los detuvo Cedric, plantado frente a ellos—. ¿Qué se supone que estás haciendo?

La muchacha dejó al descubierto su furia, frunciendo el ceño con apatía.

—¡Eso debería preguntarte yo a ti! ¡Eres tú quien le ha herido! —se defendió ella—. ¡No sería mala idea que fueras tú quien se ofreciese a acompañarle!

Sabiendo que no quería escuchar ninguna clase de réplica por su parte, Hermione tomó a Draco y lo acompañó hacia la Gran Escalinata, dejando boquiabiertos a sus compañeros tras su marcha.

—Vamos, entremos al comedor —les animó ligeramente Susan, tomando a Cedric de la mano con ternura—. Se nos enfriará la cena...

—No, Susan —negó el muchacho con los ojos abnegados de rabia—. ¿Por qué le ayuda? No me entra en la cabeza.

—Sólo está haciendo lo que cree que es más sensato —la defendió la pelirroja—. Ya sabes cómo es...

—Pero Malfoy... —añadió Ron con las mejillas más anaranjadas de lo normal—. ¡Malfoy ha venido expresamente a provocarme! ¿Cómo es posible que esté en su favor?

—No lo está. Tan sólo quiere evitar el conflicto —intentó Harry suavizar el asunto—. Piensa que hubiera sido mucho peor si le hubiera dejado tirado en el suelo, y éste hubiera ido corriendo en busca de Snape...

—Eso es —asintió Susan—. Habría sido mucho peor para todos.

Con algo más de ánimo, los cuatro muchachos se adentraron en el Gran Comedor, acudiendo a sus respectivas mesas. Susan intentó animar a Cedric de todas las maneras posibles, pero éste parecía demasiado inmiscuido en sus propios pensamientos como para tan siquiera atreverse a probar bocado. 

Por otro lado, en la mesa de los leones, Harry había tenido una suerte más favorable.

—Quiero fijar este recuerdo en mi memoria para siempre —expresó Ron frente a los presentes, con los ojos cerrados y una expresión de inmenso bienestar en el rostro—. Draco Malfoy, el increíble hurón botador...

Sus compañeros de Gryffindor rieron al unísono, destensando el ambiente que antes había podido llegarse a cortar con un cuchillo.

—¿Qué me decís de Moody? —exclamó Seamus—. ¿No es genial?

—¡Es asombroso! —exclamó Dean con orgullo.

—¿Qué tal se desempeña? —preguntó Harry con interés a Fred, George y Lee, que intercambiaron miradas muy expresivas—. Sé que os ha dado clase esta mañana.

—Nunca hemos tenido una clase como ésa —aseguró Fred.

—Ése tío sí que sabe—añadió Lee.

—¿Qué es lo que sabe? —preguntó Ron, inclinándose hacia delante.

—Sabe de verdad cómo hacerlo —dijo George con mucho énfasis.

—¿Hacer qué? —preguntó Neville.

—Luchar contra las Artes Oscuras.

—Lo ha visto todo.

—Es alucinante.

Ron se abalanzó sobre su mochila, buscando desesperadamente su horario para concluir la búsqueda con una mueca desilusionada y un lamento que les inundó a todos como un cubo de agua helada.

—¡No tenemos clase con él hasta el jueves!

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