Capítulo LXI - Revelio
ARESTO MOMENTUM
— CAPÍTULO LXI —
❝ R e v e l i o ❞
⚡
Hermione no sabía muy bien cómo se las había apañado Harry para regresar al sótano de Honeydukes, atravesar el pasadizo y entrar en el pasillo sin ser descubierto: si a simple vista parecía que apenas daba muy clara cuenta de lo que hacía, no podía llegar a imaginarse lo que debía estar sucediendo en su cabeza... ni menos cuando ella misma era incapaz de hacer desaparecer las frases de la conversación que acababa de oír, resonando con impoluta claridad a cada segundo que pasaba.
Tanto ella como Ron observaron intranquilos al muchacho durante toda la cena, sin atreverse a decir nada sobre lo que habían oído ya que Percy se encontraba cerca. La castaña se mantuvo callada mientras el pelirrojo intentaba llenar la conversación hablando de tácticas de quidditch, ya apenas podía prestarle atención: se encontraba demasiado absorta preguntándose interiormente por qué demonios nadie le había explicado a Harry nada de aquello. Dumbledore, el Sr. Weasley, la profesora McGonagall, Cornelius Fudge... ¿por qué nadie le había contado nunca que sus padres habían muerto porque les había traicionado su mejor amigo?
Cuando subieron a la sala común atestada de gente, descubrieron que Fred y George, en un arrebato de alegría motivado por las inminentes vacaciones de Navidad, habían lanzado media docena de bombas fétidas. Hermione, viendo que Harry parecía ansioso por abandonar el lugar, le acompañó a hurtadillas hasta el dormitorio vacío y se despidió de él, adentrándose en el propio. Abatida, se dejó caer sobre la cama con los ojos muy abiertos, e imaginándose a Black riéndose a pleno pulmón, sintió correr a través de sus venas, como veneno, un odio que nunca había conocido.
La muchacha no pudo pegar ojo hasta el amanecer, y al despertarse, se encontró el dormitorio desierto. Al percatarse de que era más tarde de lo que habitualmente se levantaba, se vistió y adecentó tan rápido como pudo y bajó la escalera de caracol con Crookshanks entre sus brazos hasta el vestíbulo, donde no había nadie más que Ron, que se comía un sapo de menta y se frotaba el estómago, y Harry, que estaba concentrado en su libro de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¿Ya se han ido todos? —murmuró ella, recordando que aquel día empezaban las vacaciones—. Será posible... ¿cómo he podido dormirme así?
—Pensaba ir a despertarte dentro de unos minutos —le sonrió el pelirrojo con los dientes manchados—. Ya casi es la hora de desayunar.
Hermione, dejando a Crookshanks extendido como un felpudo de pelo canela delante del fuego, se acomodó en una silla junto a la chimenea y observó el exterior a través de los ventanales, viendo como la nieve seguía cayendo.
—Escucha, Harry... —murmuró ella, creyendo que aquel sería el momento más adecuado—. Debes de estar realmente disgustado por lo que oímos ayer... pero creo que debo insistir en que no debes hacer ninguna tontería.
—¿Como qué? —dijo el muchacho, apartando sus ojos esmeralda del tomo que sujetaba.
—Como ir detrás de Black.
—No lo harás. ¿Verdad que no, Harry? —se añadió Ron, notablemente confundido—. Porque no vale la pena morir por Black.
Harry les devolvió la mirada con cierto atisbo de resentimiento.
—Si vosotros escucharais a vuestra madre gritando de ese modo, a punto de ser asesinada y suplicando por vuestra vida, no lo olvidaríais fácilmente —exclamó, tajante—. Y si descubrierais que alguien que en un principio era amigo suyo la había traicionado y le había enviado a Voldemort...
—No puedes hacer nada. Sé sensato —lo interrumpió Hermione con aspecto afligido—. Black hizo algo terrible, pero no te pongas en peligro. Eso es lo que él quiere... y estarías metiéndote en la boca del lobo si fueras a buscarlo. Tus padres no querrían que fueras en su búsqueda.
—No sabré nunca lo que querrían, porque por culpa de Black no he hablado con ellos nunca —alegó Harry con brusquedad.
Se formó un silencio hostil en el que Crookshanks se estiró voluptuosamente, sacando las garras, y el bolsillo de Ron se estremeció.
—Mira, estamos en vacaciones. ¡Casi es Navidad! —balbuceó el pelirrojo, tratando de cambiar de tema—. Vayamos a ver a Hagrid. No le hemos visitado desde hace mucho tiempo.
—Sí, vamos —dictaminó Harry, incorporándose con rapidez—. ¡Y le preguntaré por qué no mencionó nunca a Black al hablarme de mis padres!
A pesar de que seguir discutiendo sobre Sirius Black no era lo que Ron había pretendido, los tres recogieron sus capas de los dormitorios y se pusieron en camino, cruzando el agujero del retrato, recorriendo el castillo vacío y saliendo por las puertas principales. Caminaron lentamente por el césped, dejando sus huellas en la blanda y brillante nieve y mojándose los calcetines y el borde inferior de sus capas. El bosque prohibido parecía encantado: cada árbol brillaba como la plata y la cabaña de Hagrid parecía una tarta helada.
Ron llamó a la puerta pero no obtuvo respuesta, así que se apresuró en pegar la oreja sobre la madera que aún los separaba del interior de la casa.
—Se oye un ruido extraño —señaló—. Escuchad. ¿Es Fang?
Sus compañeros pegaron también el oído a la puerta, y los tres oyeron unos suspiros de dolor dentro de la cabaña.
—¿Deberíamos ir a buscar a alguien? —objetó Hermione, preocupada.
—¡Hagrid! —vociferó Harry, golpeando la madera—. ¡Hagrid! ¿Estás ahí?
El rumor de unos pasos les adelantó la respuesta antes de que la puerta se abriera de un chirrido, dejando entrever a un Hagrid que estaba allí, con los ojos rojos e hinchados y la parte delantera de su chaleco de cuero salpicado de lágrimas.
—¡Lo habéis oído! —sollozó, arrojándose al cuello de Hermione, que era la que se encontraba en el centro.
Como el semigigante tenía un tamaño que era por lo menos el doble de lo normal, la muchacha estuvo a punto de caer bajo su peso, pero Harry y Ron la rescataron, cogiendo a Hagrid cada uno de un brazo y metiéndolo en la cabaña, llevándolo hasta un sillón sobre el que se derrumbó, llorando incontroladamente.
—¿Qué pasa, Hagrid? —murmuró Hermione, apoyándose en su hombro gigantesco.
Harry vio sobre la mesa una carta que parecía oficial.
—¿Qué es?
Hagrid redobló los sollozos, entregándole la carta al muchacho, que la leyó en voz alta.
«Estimado Sr. Hagrid:
En relación con nuestra indagación sobre el ataque de un hipogrifo a un alumno que tuvo lugar en una de sus clases, hemos aceptado la garantía del profesor Dumbledore de que usted no tiene responsabilidad en tan lamentable incidente.
Sin embargo, debemos hacer constar nuestra preocupación en lo que concierne al mencionado hipogrifo. Hemos decidido dar curso a la queja oficial presentada por el Sr. Lucius Malfoy, y este asunto será, por lo tanto, llevado ante la Comisión para las Criaturas Peligrosas. La vista tendrá lugar el día 20 de abril. Le rogamos que se presente con el hipogrifo en las oficinas londinenses de la Comisión, en el día indicado. Mientras tanto, el hipogrifo deberá permanecer atado y aislado.
Atentamente (...)»
Seguía la relación de los miembros del Consejo Escolar, pero Harry se detuvo.
—¡Vaya! —exclamó Ron—. Pero, según nos has dicho, Buckbeak no es malo... seguro que lo consideran inocente.
—No conoces a los monstruos que hay en la Comisión para las Criaturas Peligrosas... —murmuró Hagrid con la voz ahogada, secándose los ojos con la manga de su camisa—. La han tomado con los animales interesantes.
—Tendrás que presentar una buena defensa, Hagrid —objetó Hermione, convencida—. Estoy segura de que puedes demostrar que Buckbeak no es peligroso.
—¡Dará igual! —sollozó él—. Lucius Malfoy tiene metidos en el bolsillo a todos esos diablos de la Comisión. ¡Le tienen miedo!
—Escucha, no puedes abandonar —añadió Harry—. Hermione tiene razón. Lo único que necesitas es una buena defensa. Nos puedes llamar como testigos...
—Estoy segura de que he leído algo sobre un caso de agresión con hipogrifo, donde la criatura quedaba libre —asintió la muchacha, pensativa—. Lo consultaré y te informaré de qué sucedió exactamente, como ayuda para la defensa.
Por fin, después de que le prometieran ayuda más veces y con una humeante taza de té delante, Hagrid se sonó la nariz con un pañuelo del tamaño de un mantel.
—Tenéis razón. No puedo dejarme abatir. Tengo que recobrarme...
La visita a la cabaña, aunque no había resultado divertida, había tenido el efecto que Ron y Hermione deseaban: Harry no se había olvidado de Black, pero tampoco podía estar rumiando continuamente su venganza si tenía que ayudar a Hagrid a ganar el caso.
A la mañana siguiente, Harry, Ron, Susan, Cedric, Helen y Hermione se reunieron en la biblioteca, cargándose de libros que podían ser de ayuda para preparar la defensa de Buckbeak. Los seis se sentaron en una de las grandes mesas de la estancia, pasando lentamente las páginas de los volúmenes polvorientos que trataban casos famosos de animales merodeadores. Cuando alguno encontraba algo relevante, lo comentaba para el resto.
—Aquí hay algo. Hubo un caso, en 1722... —exclamó Cedric en voz baja, haciendo una breve pausa—, pero el hipogrifo fue declarado culpable. ¡Uf! Mirad lo que le hicieron. Es repugnante.
—Esto podría sernos útil: una mantícora atacó a alguien salvajemente en 1296 y fue absuelta... ¡oh, no! —suspiró Susan en su mismo tono—. Lo fue porque a todo el mundo le daba demasiado miedo acercarse...
Algo consternada ante la escasa información que habían recopilado, Hermione se levantó de su asiento y se dirigió hacia una de las grandes estanterías en busca de otro tomo que pudiera servirles de ayuda. Helen, con la misma intención, no tardó en encontrarse junto a ella.
—¿Sabes una cosa, Hermione? Te admiro profundamente —le susurró, intentando que sus palabras se mantuvieran inaudibles a oídos de Madame Pince—. Aún con todas las asignaturas que estás cursando y el poco tiempo que te queda para todo lo demás, estás aquí, dando lo mejor de ti misma.
Las mejillas de la Gryffindor acogieron un tímido carmesí.
—Oh, Helen... yo... bueno, creo que solo hago lo que es correcto —reconoció ella, sintiéndose reconfortada—. Te agradezco mucho que me acompañes en esto. He tenido suerte de que te quedaras estas Navidades en el castillo.
—Es mi último año en Hogwarts. Pensé que sería una buena forma de recordarlo cuando me haya ido.
—¡Es verdad! —se lamentó Hermione—. Siento entretenerte. Quizá preferirías estar haciendo otra cosa.
—En absoluto: quiero ayudaros a Hagrid y a ti tanto como pueda —alegó la rubia con toda la convicción posible—. Y, teniendo en cuenta que mi padre es abogado, quizá pueda darte algunas ideas con las que estructurar una buena defensa.
Antes de que cualquiera pudiera volver a abrir la boca, Madame Pince apareció súbitamente exigiéndoles silencio y prosiguió con su recorrido, logrando que ambas se mantuvieran calladas mientras compartían una mirada cómplice: Hermione articuló un gracias que no logró oírse y Helen le regaló una ensanchada sonrisa.
***
El invierno trajo consigo los habituales adornos navideños que vestían el castillo por aquellas fechas, a pesar de que apenas quedaran estudiantes para apreciarlos: en los corredores colgaban guirnaldas de acebo y muérdago; dentro de cada armadura brillaban luces misteriosas, y en el vestíbulo, los doce habituales árboles de Navidad brillaban con estrellas doradas. Un fuerte y delicioso olor a comida inundaba los pasillos, y antes de Nochebuena, el aroma se había vuelto tan potente que incluso Scabbers sacó la nariz del bolsillo de Ron para olfatear.
La mañana de Navidad, Hermione despertó a Harry y a Ron con un entusiasmo desmedido.
—¡Arriba, chicos! ¡Los regalos!
Los tres bajaron al desierto vestíbulo de la sala común, encontrándose con una pequeña montaña de paquetes que se alzaba cerca de la chimenea.
El pelirrojo fue el primero en rasgar el papel de los envueltos.
—Otro jersey de mamá. Marrón otra vez —murmuró, no muy satisfecho—. Mirad a ver si vosotros tenéis otro.
La Sra. Weasley les había enviado tanto a Harry como a Hermione un jersey rojo con el león de Gryffindor en la parte delantera, una docena de pastas caseras, un trozo de pastel y una caja de turrón.
Habiéndole pedido al muchacho que le hiciera llegar sus agradecimientos a su madre, los tres prosiguieron abriendo sus regalos, hasta que quedó al descubierto un paquete largo y estrecho que había quedado oculto debajo del resto.
—¿Qué es eso? —se preguntó Hermione, que aún sostenía en la mano las gruesas medias de un color granate que acababa de desenvolver.
Encogiéndose de hombros como única respuesta, Harry abrió el paquete y ahogó un grito al descubrir una escoba magnífica y brillante bajo el papel.
—¡No puedo creerlo! —vociferó Ron con la mandíbula desencajada—. ¡Es una Saeta de Fuego!
El palo brilló en cuanto Harry le puso la mano encima, sintiéndola vibrar. Al soltarla, la escoba quedó suspendida en el aire, a la altura justa para que él montara. Sus ojos pasaban del número dorado de la matrícula a las aerodinámicas ramitas de abedul y perfectamente lisas que formaban la cola.
—¿Quién la habrá enviado? —cuestionó el muchacho, rebuscando en el envuelto—. Parece que no hay ninguna tarjeta.
—¡Caramba! —insistió el pelirrojo, que no salía de su asombro—. ¿Quién se gastaría tanto dinero en hacerte un regalo?
—Bueno, estoy seguro de que no fueron los Dursley —comentó Harry, atónito—. ¿Tú qué opinas, Hermione?
La muchacha, que parecía no compartir su entusiasmo, tenía el rostro ensombrecido y se mordía el labio con intriga, y a sorpresa de ambos desenfundó rápidamente su varita y apuntó sobre la escoba.
—¡Revelio!
Sin embargo, sus sospechas quedaron opacadas por la evidente realidad en cuanto, transcurridos unos segundos, la escoba permaneció tal y como la habían encontrado, sin tan siquiera hacer patente una sola huella que pudiera dar pistas sobre su origen.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó Ron, contemplando su mueca de frustración.
—No sé... pero es extraño, ¿no os parece? —titubeó ella—. Lo que quiero decir es que es una escoba magnífica, ¿verdad? ¿Quién enviaría a Harry algo tan caro sin siquiera revelar su identidad?
—¿Y qué más da? —refunfuñó el pelirrojo con impaciencia—. Escucha, Harry, ¿puedo dar una vuelta en ella? ¿Puedo?
—Creo que por el momento nadie debería montar en esa escoba —insistió la muchacha.
—¿Qué crees que va a hacer Harry con ella? ¿Barrer el suelo?
—Deberíamos llevársela a la profesora McGonagall para que la examinara. Podría tener cualquier maldición.
—¿Pero qué dices?
—Tenemos que asegurarnos de que no esté manipulada.
—¡Estás loca!
Harry, al contrario que Ron, parecía haberla escuchada con interés y confusión en su misma medida. Sin embargo, antes de darle la razón a la muchacha, quiso saber a qué se debían sus conjeturas.
—¿Por qué crees que la escoba pueda estar maldita, Hermione?
Ella, con los ojos plagados de incertidumbre, tragó saliva.
—Porque pienso, y estoy convencida que la profesora McGonagall estará de acuerdo conmigo, que la escoba podría habértela enviado Sirius Black.
***
A pesar de que Ron estuviera enfadado con Hermione, dado que para él la idea de desmontar una Saeta de Fuego completamente nueva era un crimen imperdonable, Harry sabía que la intención de su amiga había sido buena, y a regañadientes aceptó su consejo, entregándole la escoba a la profesora McGonagall. Esta decisión trajo consigo la noticia de que el profesor Flitwick y Madame Hooch la mantendrían bajo supervisión durante unas semanas, y a pesar de que el hecho supusiera un fastidio para el muchacho, la vuelta a las clases y la gente y el bullicio que abarrotaban de nuevo la Torre de Gryffindor lo mantuvieron distraído.
Al reestablecerse el horario habitual, lo último que deseaba nadie una mañana de enero era pasar dos horas en una fila en el patio, pero Hagrid había encendido una hoguera de salamandras, para su propio disfrute, y pasaron una clase inusualmente agradable recogiendo leña seca y hojarasca para mantener vivo el fuego, mientras las salamandras, a las que les gustaban las llamas, correteaban de un lado para otro de los troncos incandescentes que se iban desmoronando.
La primera clase de Adivinación del nuevo trimestre, a ojos de Hermione, fue mucho más ridícula que las anteriores: la profesora Trelawney les enseñaba ahora quiromancia y se apresuró en informar a Harry de que tenía la línea de la vida más corta que había visto nunca.
La muchacha sentía unas ganas inusualmente cargantes de acudir a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, y era plenamente consciente de porqué: se encontraba ansiosa por mostrarle al profesor Lupin los progresos que había logrado con Harry y su patronus, por lo que no le extrañó en absoluto que la dicha se apoderara de ella en cuanto el hombre, al final de la clase, los citó a ambos aquella misma noche en su despacho.
—¿Nerviosos? —les preguntó Lupin con picardía una vez hubieron acudido al lugar, viéndoles expectantes a medida que arrastraba el viejo y elegante armario que ambos recordaban de la primera clase impartida hasta el centro de la habitación.
—Un poco —admitió Harry—. ¿Todavía retiene al boggart ahí dentro?
—Sí... aunque debo reconocer que desde hace poco. No sé cómo, pero logró escabullirse. He estado buscando por el castillo desde el martes y tuve la suerte de encontrármelo escondido dentro del archivador del Sr. Filch —les explicó él—. Es lo más parecido que podemos encontrar a un auténtico dementor, de forma que podremos practicar con él.
Ambos chicos se observaron entre sí, y Hermione supo distinguir en los ojos verdes de Harry el temor que lo carcomía. Si bien aquello no sería más que una sustitución de un dementor de verdad, no podía decir que no le comprendiera a la perfección.
—Tranquilo, Harry —le susurró, confiada—. Hemos practicado mucho, y tanto el profesor Lupin como yo estaremos aquí para apoyarte.
Enternecido por las palabras de su amiga, el muchacho fue incapaz de reprimirse, y plantó un casto beso sobre su mejilla rosada.
—Te lo agradezco, Hermione... no sabes cuánto.
Lupin, que los había estado observando, se aclaró la garganta para que ambos volvieran a concederle su atención, y los muchachos soltaron una carcajada sincera que eclipsó cualquier atisbo de bochorno ante lo sucedido.
—Muy bien —dijo Lupin con una sonrisa, sintiéndose reconfortado—. Entonces, Harry... ¿estás preparado para probarlo en un dementor?
—Sí —dijo él, empuñando la varita con fuerza y aferrándose a su poderoso recuerdo como si fuera el arma más poderosa que poseía.
Situándose frente al armario, esperó a que Lupin girara el pomo de la puerta con un sencillo movimiento de varita y se preparó para enfrentar a lo que saliera de él.
Una ola de intenso frío se extendió sobre la sala, y las luces que había repartidas en ella empezaron a parpadear hasta apagarse. Un dementor se elevó despacio, saliendo cautelosamente del armario, mostrando la mano viscosa y llena de pústulas con la que se sujetaba la capa, y volvió hacia Harry su rostro encapuchado, exhalando un aliento profundo y vibrante.
De nuevo, los gritos de horror empezaron a colmar la mente de Harry, salvo que esta vez sonaban más distantes que las veces anteriores. El sonido bajó, subió, volvió a bajar...
—¡Expecto patronum! —gritó el muchacho con todas sus fuerzas, sintiéndose colmado de pies a cabeza por el calor embriagador de su recuerdo—. ¡Expecto patronum!
Una enorme sombra plateada salió con fuerza del extremo de la varita de Harry y se mantuvo entre él y el dementor. A pesar de que aquel ser espeluznante hacía ademán como de apartar al patronus, no era capaz de atravesar la niebla plateada que el muchacho había hecho aparecer.
—¡Riddikulus! —exclamó Lupin, saltando hacia delante.
Se oyó un fuerte crujido y el nebuloso patronus se desvaneció junto con el dementor, quedando de nuevo encerrado en el armario. Harry, con la respiración entrecortada, se apoyó sobre sus rodillas y exhaló el aire de forma necesitada, recuperando el aliento que le faltaba.
—¡Magnífico! —celebró el profesor, volviéndose hacia los muchachos—. Permíteme decirte, Harry, que no esperaba que lo lograras a la primera.
El muchacho, aún apoyado, le admiró totalmente complacido.
—Es gracias a ella... a Hermione...
—Y yo no puedo estar más de acuerdo con eso —sonrió el hombre, que rebuscando entre sus bolsillos encontró una rana de chocolate, la cual ofreció al muchacho—. Estoy francamente impresionado.
La muchacha, sintiéndose elogiada, le dedicó una ancha sonrisa.
—¿Puedo... puedo volver a probar? —murmuró Harry, a medida que masticaba el chocolate y se esforzaba en llenar sus pulmones de aire—. Sólo una vez más...
—Ya has tenido bastante por una noche —alegó Lupin con firmeza—. Cómetelo todo o Madame Pomfrey me matará.
Mientras el muchacho mordisqueaba el chocolate, Lupin se dedicó a encender las luces que se habían apagado con la aparición del dementor, y una vez se volvió hacia ellos, la rana ya había desaparecido.
—Pues sólo me queda felicitarte, Harry. Ha sido un comienzo extraordinario —sentenció él, apoyándose en su escritorio—. ¿Te parece si nos encontramos el jueves que viene a la misma hora? Seguiremos practicándolo.
—Sí, genial —asintió él—. Nos veremos aquí.
Antes de que ambos muchachos se dispusieran a abandonar el despacho, Lupin volvió a enderezarse, esta vez concentrándose en ella.
—¿Puedo robarte un minuto, Hermione? Me gustaría hablar contigo en privado.
—Claro, profesor —murmuró la muchacha, encontrándose con los ojos de Harry—. Enseguida te alcanzaré.
Con un leve asentimiento con la cabeza y una sonrisa humilde, el Gryffindor se retiró del despacho, dejando tras su marcha a un profesor y una alumna que se contemplaban entre sí.
—Una vez más, gracias... tanto por haberte ofrecido a colaborar como por haber logrado algo tan grande como esto —suspiró el hombre una vez hubieron quedado solos—. Dudo que para Harry haya sido fácil, y menos con todo lo que está viviendo... pero aun así has conseguido que conjure un patronus lo bastante fuerte como para poder defenderse ante un peligro menor. Es más de lo que hubiera podido llegar a pedir, Hermione. Gracias.
La muchacha, instintivamente, se pasó un mechón de pelo tras la oreja.
—Gracias a usted por confiar en mí, profesor —exclamó ella con timidez—. Es cierto que Harry no lo ha tenido fácil, pero estoy orgullosa de él. El logro es más suyo que mío.
Una sonrisa afable iluminó el rostro cicatrizado de Lupin.
—Entonces, teniendo en cuenta lo que ambos habéis logrado, haré que cada uno recibáis veinticinco puntos para Gryffindor —dictaminó—. Es mi forma de agradecértelo, aunque palidezca en comparación.
La muchacha le devolvió la sonrisa.
—Es muy amable. Ahora soy yo quien tiene que agradecérselo... —comentó ella con tono socarrón—. ¡Aunque a este ritmo no acabaremos nunca!
—Es cierto —rió Lupin—. No me extrañaría que amaneciera pronto.
Ambos compartieron una carcajada que inundó la sala durante unos instantes, y a medida que sus risas fueron apaciguándose, el silencio se incorporó nuevamente entre ellos. Hermione ya había vivido silencios suficientes como para darse cuenta de que aquel resultaba peculiar: no se sentía incómoda con su presencia, más bien todo lo contrario, y a juzgar por la expresión de su profesor, era más que obvio que él debía opinar lo mismo al respecto.
Pronto se sintió obligada a formular aquella pregunta, a pesar de lo habituada que se encontraba y las pocas ganas que sentía de quebrar el sosiego en el que se sumían.
—¿Es todo lo que quería decirme?
Sutilmente, el hombre colocó las manos en los bolsillos de sus pantalones raídos.
—No, tienes razón... hay algo más —admitió, apoyándose de nuevo en el escritorio—. Creo recordar que durante nuestra primera clase no tuviste ocasión de enfrentarte al boggart. Me parece injusto que, siendo la bruja más prolífica del curso, no hayas podido hacerlo.
Hermione elevó ambas cejas con incredulidad.
—¿Quiere que me enfrente a él?
—¿Te gustaría?
—Creo... creo que sí.
—¿Segura? Sólo es una idea.
—¿Cuántas oportunidades tendré de encontrarme cara a cara con un boggart? —expresó ella—. Claro que sí. Vamos allá.
—¡Ese es el espíritu!
Divertido, Lupin desenfundó su varita y se colocó junto al elegante armario.
—¿Lista? —quiso asegurarse, y en cuanto Hermione asintió con la cabeza, procedió—. A la cuenta de tres: una, dos, y... ¡tres!
De nuevo, el profesor blandió su varita y dejó el pomo abierto para que el boggart, desde dentro, empujara la puerta. Ambos se centraron en él en cuanto empezó a abrirse con una lentitud aterradora, completamente abstraídos en lo que ocurriría, hasta que una terrorífica visión se les presentó de frente sin vacilar.
Hermione pudo sentir cómo su corazón dejaba de bombear sangre, y un frío atroz le congeló las venas al instante. Se sentía el aire retenido en el pecho, pero no era capaz de sacarlo de allí. Empezó a sentirse mareada y perdida, aplastada por la imagen que se le mostraba, y sin poder evitarlo cayó al suelo, ignorando por completo el dolor. Sus ojos castaños empezaron a inundarse de lágrimas, y aún a través de ellas era capaz de ver con impoluta nitidez lo peor que se hubiera podido llegar a imaginar, allí, a escasos metros de ella...
Cuando no pudo soportar más la evidente realidad, profirió un grito desgarrador que cortó el mundo.
Frente a sí restaba tendido, frío e inerte, el cadáver de Severus Snape.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top