CAPÍTULO 31

Cruzamos el bosque en dirección sur. Árboles, pasto, pasto y árboles. Nada más.

—Aquel paradox de las fotos, 'el padre' de Ray me arrastró por el bosque y me pegó en la cabeza su escopeta. Eso fue lo último que vi.— Comenta Iwin.

—Tu avanzaste hacia ella— Le respondo.

—¡Para despertarla!

—¿Y que mierda esperabas?— Le respondo imitando su grito hasta que un sonido de forcejeo interrumpe mi estúpido esfuerzo de discusión.

—¡Y aquí vamos otra vez!

—Shhh— Le digo tratando de seguir aquel débil sonido.

—¿Realmente crees que esto es mi culpa? ¡Fue siempre parte de su inconsciente!—Observo detrás de mí buscando con la mirada.— ¿Sabes qué? Piensa lo que quieras, no me importa.

Corro a taparle la boca y espero un par de segundos. Iwin es quien forcejea esta vez pero me ocupo en mantener mis dedos pegados a sus labios para evitar que me quiebre los oídos con sus quejas.

Finalmente sucumbe y vuelvo la mirada al derredor. Los sonidos vuelven.

Lejos, alcanzo a ver un cuerpo humano boca abajo cubierto de tela de araña colgando de una rama.

Suelto a Iwin y corro. El terreno aquí es menos llano así que mis tumbos se convierten en saltos en cuestión de tiempo. Su cuerpo se zarandea de lado a lado y una vez abajo suyo, puedo notar sus ojos azules entrecerrándose.

—¡Kaidia!

Sus iris se mueven nerviosas mientras sus párpados se cierran. Parece agotada.

—¡Somos nosotros, quédate despierta!— Le digo mientras Iwin me alcanza.

—Súbete a mis hombros.—Resuelve con rapidez.

Hago como dice. Una vez arriba, me estiro tanto cómo puedo para tomar el cuerpo de Kaidia. Una vez alcanzada mis manos se pegan a la red viscosa.

—¡Tómala con fuerza!— Me advierte Iwin antes de comenzar a alejarse.

Inserto mis dedos en la red hasta creer tocar su cuerpo.

—¡Listo!— Pronuncio mientras comienzo a jalar aferrándome a ella.

Iwin logra dar su quinto paso y el hilo se rompe. Caemos en el pasto y Kaidia, encima nuestro.

—¡Aguanta Kaidia!— Le digo mientras inserto mis dedos entre la tela pegajosa a la altura de su nariz y boca, arrancándola por completo de su cara.

Kaidia tose y vuelve a respirar con normalidad. Se sacude hacia ambos lados con miedo, como si hubiese vivenciado algo horrible.

—Estás bien.— Le digo sosteniendo su cabeza en alto para que consiga tragar más aire.

Kaidia se encuentra con mis ojos por primera vez y se lanza a mi cuello agarrándome con fuerza.

—Estas bien ahora.— Le vuelvo a decir. Iwin me observa y luego al suelo.

—Está volviendo...— Susurra Kaidia a mi oído.

—¿Qué? ¿quién?— le pregunto separando su cabeza para verle la mirada.

—Los animales...también son paradox.— Comenta Kaidia sin responderme.

Trato de entender a que se refiere. Unos largos metros detrás de Iwin, está el conejo blanco de antes. Corro mi mirada de él y trago saliva. Aún abrazada a Kaidia, levanto la mirada hacia Iwin. Tiene los ojos abiertos como platos y la vista en alto.

—¿Y que hay de los insectos?— Pregunta Iwin sin siquiera pestañear.

Giro la mirada mientras un repiqueteo suena hueco sobre el árbol de atrás. Me doy la vuelta lentamente sin soltarla de mis brazos. Unas patas raquíticas y largas se asoman una por una hasta terminar de develarse por completo. Es una araña de un metro de alto y patas del doble de su tamaño. La araña que se llevó a Kaidia.

—Tenemos que correr...¡Ahora!

Sorprendido, Iwin se abalanza en un dos por uno y me ayuda a soltar a Kaidia de la tela restante. Sin pensarlo, tomo la dirección opuesta a donde está la araña, aunque eso signifique seguir el camino del conejo.

El repiqueteo suena a paso ágil, nos está siguiendo. Corremos tan rápido como nuestras piernas nos lo permiten. Noto un pequeño cuerpo blanco al final de mi actual horizonte. Iwin está ocupado en observar la araña y guiar el ritmo. Por más de que pueda ser una trampa, me cuesta desconfiar de un conejo. No lo dudo y lo sigo sin avisar.

Éste salta para desaparecer y pronto llegamos allí para caer en picada. El pasto húmedo de la barranca no nos permite hacer fricción y en vez de detenernos, nos empuja hacia abajo. Finalmente, estrellamos contra el suelo.

Separo mi cara de mis heladas manos lentamente y abro los ojos de a poco. Es un lago congelado. Me arrastro hacia atrás con ímpetu. Siento el tacto del pasto y vuelvo a respirar con normalidad.

—Nos ha salvado esta depresión.— Comenta Iwin echando un vistazo hacia arriba.

Más allá hay una pequeña cabaña, ¿la casa de Ray?

Se oyen un par de repiqueteos con eco que vuelven a traerme al lago y diviso su enorme cuerpo peludo, ocupando un tercio de su tamaño real en la cima de la enorme zanja. Kaidia se toca la cabeza, aturdida.

—¿Estás bien?— Le pregunto.

—Supongo.—Contesta asintiendo y devolviéndome la mirada.—¿Y tú?

Sonrío un poco.

—Me siento aliviado pero todavía falta encontrar los dos quintos restantes.— Agrego.

—Ey...No quiero interrumpirlos ni alarmarlos.— Dice Iwin acercándose hacia nosotros. Traga saliva.

—¿Qué sucede?— Le pregunto.

—Lago...— Contesta revoloteando los ojos. intentando direccionar mi mirada.

Me asomo de costado para correrlo de mi vista.

En medio del lago, hay una chica de pie, dada vuelta. Su cabello es blanco y corto.

—¿Kaidia?— Pregunto en voz alta.

Pasan un par de segundos donde la estudiamos con nuestra mirada. La Kaidia verdadera toma mi brazo con miedo. La chica del lago se da vuelta de golpe y ríe extrañamente.

Los tres corremos la mirada y tratamos de recuperar el aliento.

—Otro paradox.— Comenta Iwin.

El paradox de Kaidia se mueve dando saltos y correteando entre risas algo maléficas. Le tomo la mano a Kaidia y nos obligo a poner de pie. Sus enormes ojos, no despegan la vista del suelo. Comenzamos a caminar por el lago para alejarnos de allí.

—¿Así me ve Ray?— Pregunta con algo de miedo.

—Créeme el inconsciente está enfermo.— Responde Iwin.—No es personal.

De a poco, dejamos de escuchar sus risas y comienzan a ser solo ecos. Hace frío.

Es extraño pensar cómo funcionan los climas en el inconsciente. En base a un recuerdo puede llover en una porción mientras que en otra, va a sentirse la sequía más grande. Kaidia lo había dicho antes...es una confluencia del recuerdo y nuestros sentimientos en aquel momento. No importa cómo nos sintamos ahora, después de todo sigue siendo el pasado y el clima del pasado no puede alterarse.

Kaidia frena su caminata de golpe sin despegar la vista del hielo. Con Iwin volvemos a dónde ella. Kaidia se arrodilla y comienza a quitar los restos de nieve a sus pies. Dos manos a cada lado de su cara bajo la capa de hielo. Es Enoch. Enoch está encerrado del otro lado del hielo.

—¡Mierda!— Grita Iwin.

Busco una rama con la mirada y corro hacia ella. Es demasiado débil. Otra un poco más gruesa y tosca. Perfecto. Corro de vuelta hacia ellos.

Tomo el tronco entre mis ambas manos y lo alzo en el aire para clavarlo en el hielo. Nada. Kaidia palpa el hielo y corre otros cúmulos de nieve.

—¡Aquí!— Me señala.

Vuelvo a intentarlo. Una y otra vez. Iwin se mueve nervioso de lado a lado, Kaidia le grita a Enoch. Golpeo el tronco contra el hielo una vez más y esta vez, se quiebra. Vuelvo a hacerlo, con más arrebato. Casi con furia.

El hielo por fin se rompe. Kaidia y Iwin meten sus brazos en el agua helada y consiguen sacar el cuerpo de Enoch a rastras. Está pálido y helado. Kaidia comienza a golpearle el pecho para que vuelva a respirar.

—¡Vamos, Enoch!— Grita Kaidia mientras golpea en el mismo lugar, una y otra vez.— ¡Vamos!

Enoch abre los ojos y levanta su cuerpo tosiendo con violencia. Respira mientras todos nos observamos aliviados.

Giro la mirada y noto a unos quince metros, una casa de madera. Perfecto.

El color vuelve de a poco al semblante de Enoch y antes de que pueda sugerir nuestro próximo paso, aún titiritando se apresura por preguntar:

—¿Dónde está Ray?

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