4: The Void
Era como estar dormido en un profundo sueño en el que no querías estar. Estabas solo, no había nadie ni nada a tu alrededor mientras flota as en las tinieblas de tu mente; sin poder tocar, sin poder sentir, sin poder dejar respirar a tus pulmones.
Pero no había aire, mis pulmones no habían funcionado desde que llegué aquí. Ya ni siquiera sabía si tenía algunos. Lo dudaba, después de todo, el aire era sólo para los vivos.
Y yo no estaba vivo, pero tampoco estaba muerto. No podía morir, ni vivir; no podía abrir los ojos. Ó tal vez sí podía, pero no era consciente de ello. No era consciente de nada. Había perdido el sentido de la orientación, donde no podía saber si estaba boca arriba o boca abajo, chueco, al revés, o incluso cómo me veía por fuera.
Pero no había un afuera. No había un cuerpo qué ver, no había a alguien a quien enderezar, nadie a quien recordar.
No estaba muerto, no estaba vivo, pero seguía aquí. Sabía pensar, creer...y tenía la necesidad de buscar algo, o tal vez, recordar a alguien.
Entonces de la nada recordé a un hombre y una mujer, a un padre y a una madre. Recordé a una pequeña bebé cargada sobre mis delgados brazos, era una hermana.
Mi mente era arrastrada, no podía mantenerla en un lugar preciso. Aveces iba, aveces venía... y sin importar cuánto me concentrara, no podía recordar una vez en la que hubiera pisado suelo firme.
Necesitaba el suelo. No podía seguir flotando en la penumbra por siempre. Pero lo único que tenía era una memoria borrosa para distraerme, vidas nubladas, recuerdos incompletos. Sabía que tenía familia, o alguna vez la tuve. Era una familia sin rostro, pero sabía que aquellas personas de sombras oscuras que había visto antes formaron parte de mi vida alguna vez.
Entonces escuché algo. Era extraño...como fuera de lugar, era...eran...espadas chocando.
Frente a mí aparecieron cuatro chicos, no...eran más personas.
No sabía cómo se sentía la angustia, una parte de mí me decía que debería saberlo, pero simplemente no lo recordaba.
Angustia. Angustia era lo que sentía por esos chicos. Dudo que hayan sido una familia de sangre, ninguno era parecido, y dudo que yo me hubiera parecido a alguno, pero si algo entendía, era que a todos los amaba.
¿Pero dónde estaba? ¿Dónde estaban ellos? ¿Dónde estaba yo? ¿Por qué no venían y me sacaban de este agujero? Tal vez...tal vez no podían. Tal vez...tal vez ellos sí podían sentir, sí podían respirar, sí podían tocar el suelo. Ellos estaban vivos. Y yo no. Yo no lo estaba, yo no encajaba, pero ¿por qué? ¿cómo sé que no estoy vivo? ¿cómo no sé que no estoy muerto? . . .
No del todo. No estoy del todo muerto, pero tampoco podía encajar con ellos, con los vivos, con los no grises. Con mi familia.
Estaba solo.
Solo.
Pero sabía cosas. Cosas extrañas, borrosas, sin sentido. No tenían que ver con mi familia, no tenían que ver con nadie que yo conociera. Simplemente las conocía, porque las veía sin ver, las escuchaba sin escuchar, y las sentía sin sentir.
Y ahí venía otra vez.
Gritos, cientos de voces, mujeres, niños, familias. Familias vivas, familias con cuerpo, gritando, llorando, tratando de escapar. ¿De qué estaban escapando? ¿Qué eran? Todos rostros borrosos, pero no eran mi familia. No los conocía, dudo que estando vivo los hubiera visto. Todos eran diferentes, de diferentes especies, diferentes lugares.
Y todos-estaban-gritando.
Los reinos estaban colapsando, las personas estaban muriendo, mientras que algunos otros lograban escapar. Alguien los ayudaba, pero no podía ver quién. Yo no habría los ojos, yo no veía, pero lo sabía.
Un pilar cayó sobre un hombre, el piso se sacudió, la lava comenzaba a quemar todo el lugar. Todos estaban muriendo, había sangre, algunos caían por agujeros negros, por grietas, por hoyos infinitos, por acantilados. Corrían, corrían y corrían.
"¡NOOOO...!"
Alguien gritó, no cerca de mí, pero tampoco lejos, simplemente ahí estaba. Lo peor, es que conocía esa voz, sabía que era de alguien, no lograba diferenciar de quién o qué, pero la conocía.
¿Era alguien de mi familia? ¿Alguien estaba aquí? ¿Conmigo?
Tuve el impulso de mover labios que no tenía, usar cuerdas vocales inexistentes, y hacer sonar una voz invisible.
Tenía voz, lo sabía. Pero también sabía que no podía usarla.
"¡KAI...!"
La voz. El grito. La persona. Lo recuerdo.
Era él, estaba seguro. Choques de espadas, dagas destellantes. Él era parte de mi familia, era una de esas personas vivas de recuerdo borroso. Era una persona que amaba.
Y gritaba, gritaba un nombre. MI nombre. Lo suponía, lo sabía, sentía que era dirigido hacia mí, como si hubiera esperado a que me llamara todo este tiempo, y al fin había venido a buscarme.
Pero no. Él estaba vivo, no muerto, y no en el medio. Él no podía buscarme, yo tenía que ir por él.
Si tan sólo pudiera moverme.
Entonces, un remolino me arrastró hacia abajo, o bien pudo haber sido hacia arriba, girando y rebotando sin parar. Rebotaba, como si fuera luz chocando contra espejos infinitos, yendo de aquí a allá, con un hueco en el interior, con ganas de que se detuviera. No sabía bien lo que ocurría, sólo sentía que no me estaba quieto, mientras no podía hacer nada contra esa fuerza invisible que me arrastraba hacia un lugar desconocido.
Sentí como cada parte de mí era succionado de afuera hacia adentro. De repente, me sentí diminuto, incapaz de seguir viendo como todas aquellas personas suplicaban mientras su mundo se desmoronaba. Ya no podía saber lo que pasaba en cada lugar al mismo tiempo, ya no me inundaba de pensamientos ajenos ni de gritos de dolor.
Nuevamente, no había nada. Había dejado de moverme, y a mi alrededor, pude sentir un vacío frío, un vacío anormal poblado de muerte.
Se sentía horrible, extraño, y repugnante.
Y comencé a desenrollarme, como si todo este tiempo no hubiera sido más que una esfera esperando por estallar. Me crecieron piernas, brazos, y una cabeza que fue hacia atrás rápidamente, llenando el espacio frío por uno vivo y caluroso.
Entonces mis dedos encontraron el lugar adecuado, un lugar perfecto, en el que una vez encajados, sería muy difícil volverlos a sacar. Todo mi cuerpo se acomodó, descubrí que tenía pulmones y empecé a usarlos de golpe, como si no hubiera respirado por horas y lo hubiera necesitado. Un dolor grueso me incomodó en el esternón, pero más era mi sorpresa de que podía sentir dolor y moverme, que no me importó en absoluto el peso que de pronto me había caído encima.
Y abrí los ojos.
El primer vistazo había sido rápido, ruidoso, y negro. De nuevo estaba flotando, pero mi nueva visión había sido tan repentina, que no me había percatado de que eso era una pared hasta que choqué de cara contra ella.
Doloroso, era una palabra que podía usar.
Me aparté de la pared, luchando contra la gravedad que me arrastraba hacia atrás. Otra fuerte sacudida y salí disparado hacia otro lado. Me apoyé con las manos sobre un trono dorado, antes de darme cuenta de que una daga salía volando hacia mi cara.
La atrapé en el aire, curioso de las salpicaduras de sangre en el filo, donde mi rostro se reflejaba a la perfección.
Mi rostro. Mis ojos. Mi muerte.
Los recuerdos llegaron como un golpe repentino, sacudiendo mi conciencia con la verdad desde que había soltado el trono y choqué nuevamente contra el muro.
Yo estaba muerto. Yo estaba muerto.
O al menos, lo había estado.
Bajé la mirada a mi esternón, justo al tiempo en que los extremos de una enorme cortada limpia se unían mutuamente, cubriendo el corte, haciendo que desapareciera, como si nunca hubiera estado ahí antes. Como si nunca me hubiera apuñalado a mí mismo.
Y entonces, reconocí el lugar.
Se me hizo un nudo en la garganta, en el estómago, y en cualquier lugar del cuerpo en el que pudiera sentir cómo se bloqueaba su funcionamiento. Entonces recordé respirar.
Me jalaron de la muñeca y me alzaron hacia arriba, hacia el aire, donde por un momento había quedado colgado, había gritado, y casi había intentado zafarme del fuerte agarre.
Hasta que lo vi.
Oliver me sujetaba con una sola mano, pues en la otra se encontraba un Xander muy confundido en las mismas condiciones que las mías.
No volteó a vernos a ninguno mientras avanzaba rápidamente por el aire, con las alas en vuelo y esparcierdo la magnitud de su poder por todos lados.
Las cosas que había visto, los gritos que había escuchado, todas las muertes que ya habían ocurrido...no eran fantasías. Habían pasado, habían sido reales, algunas ocurriendo en este preciso momento. La gente estaba muriendo. Y pude confirmarlo con lo que vi, justo cuando Oliver nos soltó sobre la plataforma de aterrizaje de la fortaleza.
Delante de nosotros, el mundo de Ninjago se sacudía, hundiéndose, quebrándose, perdiéndose para siempre en agujeros negros para nunca más volver a ser vistos.
La fortaleza (alguna vez de Dylan) no era diferente, y estaba cayendo, con nosotros adentro, asomando la cabeza hacia afuera mientras todo el monumento de fines volátiles caía con velocidad hacia la tierra. Ó lo que quedaba de ella.
La gravedad me había obligado a sujetarme de una reja en el suelo para evitar salir volando contra el muro del fondo, con Xander fue lo mismo, pero Oliver ni siquiera se había inmutado, ni siquiera había volteado. Era como si él pudiera desafiar todo esto, como si tuviera el poder de pisar donde no había suelo, de respirar donde no había aire, de ver donde uno no tenía ojos.
El silbido del aire rozando a gran velocidad me zumbaba en los oídos. Iba a morir, iba a morir otra vez.
Entonces, Oliver se llevó la mano al pecho, sujetó entre los dedos un medallón circular dividido por una S colgando del cuello. Un portal se abrió varios metros más abajo, mientras nosotros seguíamos cayendo hacia él.
Aún estaba muy confundido. Me percaté de que tenía la navaja con la que había intentado matarme hace un rato en las manos, y la guardé en un bolsillo, pasando primero por el cinturón.
Una mano pálida fue extendida hacia mí. Levanté la mirada, viendo como el viento golpeaba contra su rostro de piedra, revolviéndole el cabello y dándole a los ojos rojizos un matiz más grande de intensidad.
No pude pensar hasta después de sujetar su mano, obligándome a desprenderme de la reja y la seguridad del suelo.
Nos estábamos acercando al portal.
Xander y yo estábamos demasiado impactados como para articular palabra. Pero entonces, el demonio dijo algo, algo que nunca saldría de mi memoria, algo que siempre estaría presente ahí, en un rincón, guardado y asegurado. Algo, que me llevaría conmigo la próxima vez que fuera al Vacío. Lo entendiera o no, sabía que era lo suficientemente malo para no querer volver a escucharlo.
-Ha despertado una bestia inmutable. -hizó una pausa -Y todos pagaremos el precio.
Sentí un último estirón, antes de perder el tacto del suelo y saltar.
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