3: Forest Of Souls
Sé bueno, Xandi, mamá y papá te amamos,
y...feliz cumpleaños.
Fui recobrando la visión poco a poco, viajando de la negrura total a la iluminación causada por el radiante sol sobre mi cabeza.
Me senté llevando una mano a mi ojo izquierdo, donde forzadamente me lo tallé con la esperanza de recobrar la fuerza en mis piernas y averiguar donde me encontraba.
Me puse de pie, y por poco tropecé, pero tras una prueba de equilibrio, caí en la cuenta de que estaba parado sobre un camino amarillo, con un frondoso bosque oscuro a sus al rededores.
Sacudí la cabeza virando hacia todos los lados, tratando de averiguar dónde estaba o cómo había llegado aquí. Pero no obtuve cooperación por parte de mi memoria.
No recordaba lo último que había hecho antes de caer inconsciente, y los únicos intentos que había realizado habían sido un gran fracaso.
Sentía como si entre mi mente y mis ojos hubiera una nuble bloqueado el camino, haciéndolo borroso y difícil de entender.
Nunca averiguaría dónde estaba. Nunca averiguaría cómo llegué aquí. Y lo peor, nunca volvería a ver a mis amigos.
Intentando concentrarme otra vez, miré hacia adelante y hacia atrás, pero no había ninguna señal de vida o civilización a lo lejos. Lo único que podían ver mis ojos, era el inmenso bosque a las orillas del camino.
—Bueno, es un camino —dije para mí mismo —Todos los caminos llevan hacia alguna parte.
Sin más tiempo que perder comencé a avanzar, hacia adelante, hacia cualquier lugar con el que tenía que cruzarme en algún punto.
Pero no podía dejar el miedo a un lado, el miedo de que, a cada paso sólo estuviese alejándome de la civilización.
Aún avanzando, me puse a reflexionar sobre lo que estaba haciendo, y qué clase de motivo loco sería el que me habría hecho llegar aquí en un principio.
Lo último que podía recordar era...a Cole, un comunicador...y un restaurante muy lujoso.
—¡Hey, hola! —una voz chillona sonó a mis espaldas.
—¡Ah! —exclamé del susto dándome la vuelta.
Frente a mí, encontré a un niño de ocho años, muy sonriente y con un pastelillo de nuez en la mano. Me recordaba a alguien.
—¿Q-quién eres tú? —pregunté, un tanto angustiado. ¿De dónde había salido ese niño?
—Soy Ollivander, y te he traído un pastelillo —me extiende el postre, lo tomo algo temeroso —, puede que pronto sufras hambre, y en el camino no hay frutos, sólo en el bosque.
Aunque el niño parecía muy amable, y alguien en que se pudiera confiar, no podía dejar de intrigarme de dónde había salido. Y el pastelillo, claro.
—Entonces...iré al bosque por frutos —dije.
—¡No! —exclamó el niño, de pronto aterrado —¡El bosque es malo, te atraparán!
—Ah...¿quiénes?
—Los monstruos. No dejes que te atrapen, o te devorarán —explica el niño, tan rápido como si se hubiera dado cuenta del tiempo —Sólo asegurate de llegar a salvo, y no entres al bosque.
Estaba comenzando a desesperarme.
—Ehm, amiguito...¿dónde está tu casa? —le pregunté.
—¿Para qué quieres saber eso?
—Bueno, te agradezco el pastelillo, pero estoy perdido.
—Lo siento, no puedes venir conmigo —dice el niño, apurado —Aun no. El pasado es oscuro, pero el futuro resplandece lo suficiente para dejarte ver las opciones.
El niño señaló a mi espalda, y al voltear, el camino seguía exactamente igual. Confundido, regresé la vista, y me encontré con la ausencia del menor, dándome cuenta, que el resto del camino se veía más oscuro que antes. Gris, como si no existiera el sol en esa parte.
—¡¿HOLA?! —grité, esperando la respuesta del pequeño.
Pero no hubo ningún sonido.
Me di la vuelta, con la vista puesta nuevamente en el camino colorido de el frente.
Miré el pastelillo, y me percaté del hambre que tenía. Le di una mordida hambrienta, y al experimentar el sabor conocido de la nuez pasar por mi garganta, pude escuchar el gatillo accionándose, apuntando a mi cabeza.
En el momento, en que un arma había significado mi muerte.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*--*-*-*-*-*-*
La caminata se había hecho demasiado larga, y no podía evitar sentirme más fatigado cada vez que volteaba hacia el cielo y me encontraba con el cambio de luz tan súbito. Estaba anocheciendo.
Y nuevamente sufría de hambre, justo como lo había dicho el niño que se parecía a Oliver, el demonio que había asesinado a mis padres, y a mí.
Frutos en el bosque.
No había podido sacarme esa idea del niño desde hace varias horas, desde el momento en que había vuelto a crujirme el estómago.
Ese bosque, el "peligroso" bosque, tenía alimentos en cantidades extraordinarias, y aunque yo estuviera a pocos metros de distancia...no. No podía, me habían advertido que no entrara ahí. En Ninjago probablemente habría entrado con o sin advertencia, pero ahora que estaba muerto, no sabía qué clase de cosas o monstruosidades pudiera encontrar en un lugar como este.
Los ojos empezaron a pesarme, y mi cuerpo agotado por la caminata y el daño psicológico, rogaba a gritos que me acostara y dejara de moverme. Para poder dormir.
De pronto mi visión del mundo había cambiado, y yo estaba muy extrañado al respecto: un cruce. Mi camino seguía recto, pero otro del lado izquierdo se juntaba de un modo u de otro, juntando así ambos.
No, no era una salida. Al mirarlo de cerca, podía ver el tono gris que desprendía el pasado de una persona.
Mis piernas temblaron y caí de rodillas, justo donde ambos caminos se juntaban. No opuse resistencia y me acosté sobre la roca, intentando dormir.
Ya podría continuar con la caminata al día siguiente.
Lo último que vi antes de cerrar los ojos, fue la figura femenina que salía del otro camino y se dirigía hacia mí.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
Desperté para ver al sol salir por el horizonte, y ya con el camino amarillo iluminado nuevamente, me encontré con una canasta frente a mí, con nada más y nada menos que una torta envuelta en servilletas.
Esto era increíble, no porque aquí las personas aparecieran de la nada y me dejaran comida, sino porque a pesar de que dormí toda la noche sobre el duro suelo, mi espalda no había sufrido ningún daño al levantarme.
¿Pero quién había traído la canasta?
—Hola —dijo una voz aguda a mis espaldas.
La aparición de la nueva voz llegó a asustarme por pocos momentos, pero el reconocimiento fue lo que más me confundió.
Al darme la vuelta, me encontré con la chica de los ojos capuchino, y detrás de ella, la continuación de un camino gris por el paso de nuestras almas.
¿Ella no podía estar muerta, o sí?
—¿Jannet, cierto? —pregunté extrañado.
Ella asintió más calmada de lo normal como para estar en el limbo.
—Me dijeron que la otra torta sería para mí o mi acompañante, pero nunca creí que serías tú, Xander —dice, con el rostro aparentemente inexpresivo.
No podía recordar la última vez que había visto a esta chica. Creo que parecía que estaba ahorcando a su novio en ese entonces...
—¿Es-estás...
»Muerta« habría sido la palabra correcta, pero antes de pronunciarla, Jannet se había lanzado a mi pecho a llorar.
—¡Xandee, tú eras inocente! —exclamó entre lágrimas —¡Perdón por haber creído lo contrario!
Recordé la expresión en su rostro cuando creyó que trataba de asfixiar a Cole.
—No te preocupes —le digo —. Cualquiera se habría confundido.
—Oh, y... —Jannet se apartó de mi pecho, las lágrimas habían terminado —En el taxi...creo que ibas a contarme algo.
Me sentí confundido al principio, hasta que entendí de qué taxi estaba hablando.
El último taxi al que me subí.
—Oh, eso. Ahh... —me llevé la mano a la nuca —Sólo iba a decirte que Oliver era el verdadero villano, el Candidato diez.
—¡Oh! —los ojos de Jannet se abrieron —Oh, sí. Eso.
—Y...¿Cómo...? —estaba a punto de preguntar cómo había muerto.
—Oliver.
—Oh, claro. Tiene sentido.
El momento comenzó a sentirse incomodo, y yo ya había empezado a ponerme nervioso también. Ésta chica era la novia de un chico que no sabía aún si seguía vivo o no, pero la última vez ella creyó que yo lo había intentado asesinar.
Sí, definitivamente incómodo.
—¿Y sabes si los demás están vivos, o cómo salió todo? —le pregunté.
—No —dijo en un suspiro, un suspiro triste.
—Oh bueno —me en cogí de hombres —como sea, ya no importa.
Comencé a caminar, tomando la torta de la canasta. Era obvio que tendríamos que seguir juntos ahora, siendo que íbamos en el mismo camino.
De repente, su tono de voz ya no mostraba tristeza, sino enojo.
—¿"No importa"? ¿A qué te refieres con eso? —exclamó alcanzandome —¡Claro que importa!
—Claro que no —me giré para encararla, también me estaba molestado —Lo que sea que pase allá, no tendrá repercusiones aquí.
—¡No sabes eso!
—No, pero es lo más posible.
Le di una mordida a la torta. Era de un asqueroso marisco.
—¡Son nuestros amigos! —casi me gritó —¡Cole, Jay, Zane, Lloyd y Kai! ¿Qué acaso no te importan?
—Escucha, sí me importan. Pero...seamos honestos: nunca volveremos a saber de ellos —dije sin detener la caminata.
Sólo había intentado mirarla de reojo. Debía admitirlo, había sido muy grosero, pero era mejor olvidar. Olvidar y continuar, era la única forma de deshacerse del dolor.
El dolor de la perdida.
*-*-*-*-*-*-*
Era mediodía (a decir por el sol) cuando mi estómago había comenzado a crujir. Tenía hambre, y tuve que llevarme las manos sobre el estómago y fingir que no me pasaba nada.
Y decían que morir te quitaba los problemas.
Jannet no había hablado en todo el camino desde que habíamos discutido. Cuando la miraba, veía a una chica rota, con la mirada baja y el corazón hecho añicos.
Una niña dulce e inocente, que lo había perdido todo.
Y entonces, me vi a mí mismo. Un niño de seis años, huérfano y a costas de un demonio.
Sentí pena por mí mismo, y sentí aún más lástima por ella.
Cuando yo estaba en su lugar, habría querido que alguien me hablara. Que alguien me apoyara.
Era cierto que no sabía qué decirle a Jannet, y tal vez nunca lo sepa.
No lo sabía, porque nadie había hecho esto por mí.
Aún así. Sin experiencia y mejores condiciones, tratar era tratar.
—Jannet —la llamé por su nombre.
Ella se detuvo, pero yo lo había hecho antes.
La escuché hacer una exhalación digna de alguien quien acababa de llorar.
—Jannet... —volví a llamarla, pero con la mayor suavidad que se me fue posible —Jannet, lo siento.
Inhaló, y sorprendentemente, su voz fue tan firme como la roca.
—¿Por qué te disculparías, eh? —volteó hacia mí, ojos llorosos —Tienes razón. Nunca volveremos a saber de ellos y nunca los veremos otra vez. Hay que olvidarlos.
Comencé a sentir culpa, por todo lo que le había dicho.
Di un paso al frente, poniendo una mano en su hombro.
—Jannet, lo que dije estuvo mal —me disculpé —Que estemos aquí ahora no significa que nunca volveremos a verlos, y yo...
La miré a los ojos, y ella a mí.
Sus ojos no eran tan hermosos cubiertos de lágrimas.
Bajé la vista.
—Yo lo siento.
Algo había cambiado en el momento en que dejé de hablar. Ya no parecíamos dos desconocidos, ya no más. Fue como si esas últimas palabras hubieran roto el estrecho vacío que había entre nosotros.
Ella sonrió, secándose las lágrimas.
Y sentí, que estaba disculpado. Al fin había dicho algo correcto en mi vida.
Ó lo que sea que esto sea.
—Bueno, —dijo ella, apartando los ojos hacia el frente —aún queda mucho camino por recorrer.
—Sí —suspiré —me temo que sí.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
Las pasadas dos horas fue charla pura. Habíamos hablado sobre nuestro pasado en Ninjago, recordando alguno que otro acontecimiento gracioso que nos hacía soltar una buena carcajada a ambos. Yo, por ejemplo, le conté sobre una vez en la que tomé de más en una de las fiestas de Oliver. ¡Ni se diga todas las confesiones que escuchó este bosque! Y pensar que había jurado nunca hablar sobre esa noche desastrosa.
Jannet tenía un par de historias similares, aunque la mayoría, era había resultado la víctima de las decisiones que tomaron las personas a su al rededor. Otra ocasión graciosa, sería la historia del sándwich del millón.
Era mucho más interesante de lo que parecía.
—¿Entonces? ¿Era cierto? —pregunté.
—¡Sí! —exclamó ella, a punto de reírse —¡Danna y yo tratamos de disculparnos! ¡Pero el hombre se enfureció más!
Tuve que llevarme una mano a la boca para no reír tanto.
—¿Y luego que pasó? —apenas pude preguntar.
—¡Llamó a la policía!
Tras la perplejidad, volví a reír.
—Interesante cambio de acontecimientos.
—¡Lo sé! ¡Tuvimos que llamar a Elizabeth desde la comisaría para que viniera a sacarnos!
—¿Y funcionó?
—Bueno, tuvimos que convencerla.
—Adivino, ¿le hablaron sobre el sándwich de queso?
—¡Exacto! —rió, pero no duró mucho. Suspiró, de pronto parecía triste —Esa noche...tomé la decisión de huir de casa, y dejar Sausalito.
Pensé un poco.
—Y llegaste a San Francisco.
Suspiró, con media sonrisa.
—Sí. Nunca creí que las cosas fueran a cambiar tanto —se cruzó de brazos —Es curioso cómo tu destino es algo muy diferente a como te lo imaginabas de niño.
—Sí —dije —Curioso.
JANNET'S POV
Cruzada de brazos y con los antebrazos sobre el estómago, me percaté de cuánta hambre tenía, y lo que daría por volver a comer todo aquello que existía en Ninjago. Desde los postres hasta las verduras, todo parecía tan distante que consideraría una fortuna encontrar una de esas.
Una de esas comidas.
El sonido de una campana aguda nos hizo reaccionar a los dos. Nos miramos, y comprendimos lo que significaba.
Civilización. Tenía que ser, debía de serlo.
Sin pensarlo de nuevo, Xander y yo apresuramos el paso al punto en que comenzamos a correr. Dándonos cuenta de que el camino recto comenzaba a convertirse en uno empinado, la emoción y adrenalina nos envolvió más con la esperanza de encontrar la vida que deseábamos en la cima.
Entonces, llegamos a donde el camino empinado terminaba, y comenzaba otro exactamente igual, tan recto y perfectamente derecho como cuando habíamos comenzado.
Y no había nada. Nada más que camino y bosque.
Llevé las manos sobre las rodillas, y me encorve de modo en que pudiera recuperar con profundas inhalaciones todo el aire que había perdido. Xander no había batallado tanto como yo.
Pero no dudé ni un segundo, en que también estaba muy decepcionado.
Y, al parecer, molesto.
—¡Ahhh! —gruñó, tomó una piedra del camino y la arrojó hacia adelante, rompiéndola en dos mitades por el impacto —¡No puede ser!
Inhalaba. Exhalaba. Inhalaba. Exhalaba.
—Seguiremos caminando, esto debe de llevar a un lugar sí o sí —dije, volviendo a recuperarme.
—¡Había alguien, lo sé! —gruñó, tomó otra piedra —¡Estamos muriendo aquí! —la arrojó. No hacia adelante, sino hacia atrás.
Xander ya no volvió a gritar, y yo no escuché la piedra romperse.
No tuve que voltear para darme cuenta que estaba viendo el camino gris y oscuro que había detrás de nosotros. El camino, que ya habíamos dejado atrás, para siempre, sin poder volver.
No había marcha de vuelta, y el también lo sabía.
—Xander...
—Estoy bien —dice, incorporándose y girando al frente —Ya vámonos, sólo espero que encontremos comida pronto.
Como si las últimas palabras lo hubieran invocado, una campana sonó, la misma que habíamos escuchado antes. Y sonó de nuevo, y otra vez, y otra vez, y continuó hasta que el origen se estacionó justo enfrente de nuestros ojos.
Un carrito blanco y rectangular, con cuatro ruedas en la parte de abajo, y una agarradera por la que el hombre viejo y de cachucha azul iba empujando.
Era alguien. Había más personas aquí.
Por razones que no podía explicar bien, puesto que éste hombre parecía tan perdido como nosotros...me alegré.
Él también pareció alegrarse.
—¡Oh, vaya! —nos miró a ambos, debajo de esa gorra y detrás de ese bigote alegre —¿Y qué hacen ustedes dos jóvenes tan lejos del mundo?
—Nosotros estamos...
—¡Oh, oh, mejor no me digas! —el hombre no dejó terminar a Xander —¿Tienen hambre? ¿Les apetecería un helado?
La oferta me encantó.
—Ehh...
—¡Sí! —respondí prontamente —¿Tiene de chocolate? —pregunté tratando de asomarme por el hueco que el hombre acababa de abrir en su carrito.
Y entonces, sacó dos helados de chocolate en cono.
—¡Da la casualidad que es el único sabor que tengo! —exclamó alegre, y nos tendió los helados.
Tomé el mío enseguida, pero Xander pareció considerarlo.
Rápidamente le susurré:
—Es la única comida que hemos conseguido en todo el día.
Miró su estómago, y sin muchas ganas aceptó.
Le di una lamida al helado, saboreando el delicioso chocolate, y recordando, lo menos que creí recordar en ese momento.
—Jannet, me gustas. Estoy enamorado de ti.
—Lo sé. Y yo cuando te veo, siento una catarata de chocolate en el estómago.
Dejé de lamer el lado, instantáneamente sentí como una pizca de hielo se me enterraba en el corazón. Lo aparte de mi boca, y me dirigí al hombre, olvidándolo todo, y esbozando una ligera sonrisa.
—Muchas gracias, no sabe cuanto nos ayuda que haga esto —agradecí.
Él se contentó aún más.
—Oh, wow. Creeme, me lo imagino —rió, cerró el carrito —Bueno chicos, tengo que irme, espero que lleguen sanos y salvos.
—A...¿a dónde? —preguntó Xander seriamente. Aún no había probado el helado.
—Buena suerte —se despidió guiñando el ojo, y nos pasó de largo con su carrito al frente.
De pronto logramos ver, cómo en medio del camino gris, todo al paso del hombre volvía a tomar su color.
Pero nosotros, ya no podíamos atravesar, todo se tornaba gris de nuevo, tal y como pasaba con el camino por donde nosotros pasábamos.
—¡Hey, espere! —lo llamó Xander, casi gritó.
El señor se detuvo, se giró y lo miró.
—¿A...— Xander no encontraba las palabras —¿A dónde va?
El hombre sonrió, como si le hubieran dicho un alago.
—Llega un tiempo, en el que te das cuenta, que quieres regresar —sonrie y se vuelve a dar la vuelta.
—¡¿Cuál es su nombre?! —gritó Xander, más porque no sabía que decir que otra cosa.
El hombre aún ya había comenzado a avanzar, pero no se detuvo cuando contestó:
—Coleth, mi nombre es Coleth.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*+*-*-*
—¿Crees que él veía el camino iluminado de su lado, así como nosotros? —pregunté después de masticar los últimos restos del cono.
—Probablemente —respondió, de una forma desinteresada y distraída.
No pude dejar pasar por alto que aún no había probado su helado.
—¿En qué piensas? —pregunté.
—En nada.
Sus respuestas desinteresadas estaban comenzando a irritarme, y me pregunté, si Cole alguna vez me había respondido así.
—Bueno, ése señor fue muy amable al darnos estos helados de chocolate, ¿no crees? —le dije, aunque me sentí mal por haber terminado con el mío.
Él sólo se tardó tres segundos en responder.
—Odio el chocolate.
Mis ojos se abrieron como platos, y me parece que fue muy evidente, al momento en que él se detuvo extrañado por mi cara de loca.
—¿Qué?
—"¿Qué?" —repetí, impactada —¡¿Cómo puede ser posible que odies el chocolate?!
Se encogió de hombros, hizo una mueca.
Había llegado a un nivel de desinterés impresionante.
Ahora estaba estaba segura de que Cole definitivamente nunca se había comportado así.
—¡El chocolate no te hizo nada malo! —exclamé.
—Bueno, entonces yo se lo haré a él —dice y arroja el helado como si nada al bosque.
Ahogué un grito.
—¡No puedo creerlo! —grité, poniéndome en la orilla del camino hacia el bosque —¡Cole te mataría!
—Que lo intente, ya no importa —alzó los hombros nuevamente y continuó por el camino.
No podía creerlo. Quería quedarme ahí plantada, a quejarme y gritar más. Pero al ver que me quedaba sola, tuve que ir tras él a y alcanzarlo.
Chocolate. Arrojó el chocolate.
Qué acción tan más egoísta.
Caminábamos a la par, y justo cuando me comenzaba a sentir como al inicio del camino (cuando estaba molesta con él), recordé que él aún no me contaba cómo había terminado con Oliver.
—¿Qué hay de ti? —pregunté.
—¿A qué te refieres con eso? —hizo una mueca de diversión.
—¿Cómo terminaste con Oliver?
La diversión desapareció.
—Bueno, él mató a mis padres.
Sentí un golpe en el estómago. Tenía miedo de seguir preguntando.
—¿Y...?
—Y nada.
—Ok, entiendo —dije, tomé una pausa —Y lo lamento, de verdad.
—¿Por qué lo lamentas? No fue tu culpa —dice él extrañado, mirándome.
—Porque... —me detuve, él igual —Sé que debió haber sido muy duro.
—Mira todo lo que ha hecho Oliver —dice, y por un momento, pude percibir el odio en sus ojos, como si fuera alguien más —Todos sufrimos. Fue duro para todos.
—Lo sé, pero... —la llama en sus ojos se apagó al mirarme —parece que te tocó la peor parte. No fue justo.
Aparta la mirada.
—Tienes razón, no lo fue.
Un destello en el cielo nos hizo voltear hacia arriba a ambos. Fue algo veloz, hermoso, y que nunca podría durar lo suficiente para ser apreciado.
Una estrella fugaz.
Había anochecido, en un breve segundo, todo se había vuelto oscuro.
Comencé a sentir pánico.
—Esto es nuevo —comenta él.
Me llevé las manos a la cabeza, sentía que en cualquier momento algo podría salir de la oscuridad y atacarnos.
Unas manos me sujetaron las muñecas y las regresaron a su sitio, después, me tomaron de los hombros y me obligaron a agacharme hasta el suelo.
—¿Q-qué...
—Tienes que tranquilizarte —dice él, tranquilo —. Ya pasamos una noche aquí, otra no nos hará daño, ¿recuerdas?
—S-sí... —comencé a respirar de nuevo —Sí, tienes razón.
Él asintió con la cabeza, y se acostó a una distancia respetuosa.
—Mientras estemos en el camino no nos pasará nada. Ahora duerme, mañana tendremos que seguir caminando.
Asuntí con la cabeza, sin importarme que el no pudiera verlo.
Tenía razón, debía tranquilizarme. Era sólo la noche, una noche que...se adelantó por muchas, muchas horas. Pero estaba bien, estaba con él, y él estaba conmigo. Ambos estabamos en el camino, a salvo.
Me recosté sobre la piedra amarilla, como había hecho siempre desde que llegué aquí. Pero no cerré los ojos, algo me lo impedía.
No podía dejar de pensar en lo que Xander había dicho, de como Oliver había asesinado a sus padres. De como había arruinado no sólo su vida, sino que también la de los demás.
Todo el daño que hizo.
Xander me daba lástima. Pensar en él era como pensar en un cachorro abandonado, en un huérfano en el bosque, en un niño perdido, maltratado, humillado y mojado bajo la lluvia.
No soportaba ver a alguien así. Era demasiado...triste.
Imaginarlo así, con su cabello oscuro bajo una tormenta me hizo pensar en Cole. Y me sentí peor.
¿Qué hubiera sido de Cole si le hubiera pasado todo esto?
Xander era...era como Cole. Un Cole desafortunado, y con falta de amor y alegría en su vida.
Entonces me di cuenta, que lo estaba observando.
Me incorporé rápidamente, y traté de respirar de nuevo.
Xander estaba ahí, frente a mí, durmiendo tranquilamente como siempre, con su flequillo negro cayendo sobre sus párpados.
Me recordaba a Cole, y a todo lo que sentía por él.
Y entonces, me derrumbé.
Esto no podía estar pasando. Yo amaba a Cole, siempre lo haría. No me importaba si estaba muerta o no, siempre lo querría a él.
Pero, ¿por qué me siento así ahora?
Veía a Xander, tan pacífico, calmado, tan...vulnerable. Sentía sólo pena, ¿o era algo más? Había algo en su rostro que me recordaba a él. Algo que, no volvería a ver nunca. Algo que...me recordaba al sabor de sus labios.
No. No.
Xander no era Cole, y Cole no era Xander. No podría tocar a Xander y sentir a Cole, porque las cosas no eran así. Yo amaba a Cole, no a Xander. Pero Xander estaba aquí, y Cole no.
Xander arrojaba los chocolates, y Cole se los comía.
Y yo, me estaba volviendo loca.
En ese momento, supe que no podría volver a verlo a la cara. No podría ver a Xander a la mañana siguiente y actuar como si él fuera Xander. Lo vería, vería a Cole, y engañaría a Colé con Xander.
No podía hacerlo.
No podía aceptar que Xander...me gustaba.
¿Qué iba a hacer ahora? No podía irme, si comenzaba el camino sin él, aún así llegaríamos al mismo lugar. No podíamos ir al mismo lugar. Y no había hacia donde más correr. Hacia donde ocultarme, de mis sentimientos por éste chico.
Ó tal vez sí había.
Giré sobre mis talones, y a pesar del miedo incontrolable que subía por mi garganta, abracé mi propio pecho, suspire hondo, y corrí al bosque.
XANDER'S POV
Desperté golpe. Me esforcé en calmar mi respiración y ver con claridad de nuevo.
Soñé que iba cayendo.
Tosí un poco, tomé una última bocanada de aire y me puse de pie.
El susto que me llevé cuando no vi a Jannet ahí fue impresionante. Me cabeza giró hacia todas direcciones, incluso hacia atrás, donde el camino había permanecido gris. Pero ella no estaba.
Entonces, mi atención cayó hacia el bosque. Al instante pude notar la bruma gris que Jannet había dejado al pasar por ahí.
¿Por qué se fue? ¿Algo la habría asustado? Ella era demasiado lista para eso, pero...No. No importaba por qué entró, tenía que ir a buscarla. Era demasiado peligroso estar ahí, sobretodo si estaba sola.
Me puse en la orilla del camino, la última piedra amarilla que me separaba a mí del bosque. Y luego volteé hacia atrás.
Si avanzaba, ya no podría regresar sobre mis pasos.
Literalmente era un viaje sin retorno.
Pero no podía dejarla sola. No a ella, quien era como un rayo de luz en plena tormenta.
Tenía que encontrarla.
Respiré, y avancé. Las plantas de mis zapatos tocaron la tierra gris, el bosque oscuro. Un mundo, de sombras. Y mientras más me adentraba en el bosque, noté como todo a mis espaldas se tornaba gris: un camino bloqueado, uno que ya no podría volver a tomar nunca. El camino de regreso que quedaría perdido para siempre.
Y entonces, en la oscuridad profunda del bosque, el camino se perdió.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
Hice un último intento de equilibrio, y bajé de un salto del tronco. Todo era oscuro, el bosque era tan denso que aunque fuera de día dudaba por mucho que los rayos del sol lograran penetrar hasta el suelo.
Con tal manto de sombras, había perdido el rastro de Jannet. Pero no la esperanza. Sabía que podía encontrarla, había una razón por la que nos pusieron a los dos juntos en ese camino.
Seguí caminando, tratando de ignorar cada ramita que se rompía a mis espaldas, cada par de ojos amarillos que se ocultaban en los arbustos, y los rugidos de criaturas lejanas.
Me pregunté si habría más caminos, si habría más parejas que hubieran entrado al bosque, y si ellos habían corrido con muy mala suerte.
Me topé con un riachuelo, pero no fue problema: las rocas en este me sirvieron como puente.
En la última roca, un bulto oscuro llamó mi atención. Lo tomé y salté de nuevo hacia la tierra.
Al extenderlo me di cuenta de lo que era: una capa. Una capa negra, con gorro y mangas largas. Y, las memorias de unas garras, que habían rasgado tres líneas irregulares en la orilla de la capa.
Me pregunté de quien habría sido esta cosa, y qué bestia del bosque se la habría encontrado para dejar su capa así.
La sacudí un poco, exprimí las puntas y me la puse encima. Al menos serviría de algo: me ayudaría a camuflarme entre las sombras de este enorme bosque.
—Hola.
Apenas vi al niño frente a mí di un salto del susto.
Pero ya sabía quién era. Era el niño que me dijo en un inicio que no entrara al bosque.
—¿Ollivander? ¿Qué haces aquí? —le pregunté, muy confundido.
Entonces, me di cuenta de algo.
Este niño de ocho años. Era...era Oliver.
Retrocedí al menos cinco pasos hacia el bosque, poniéndome en guardia.
Comencé a sentir como el odio crecía en mi estómago y subía por mi garganta.
—¡Oliver! —le grité, mostrándole mi furia —¡Alejate! ¡No te tengo miedo! ¡Ya estoy muerto! ¡¿No te haz aprovechado ya lo suficiente de mí?!
El niño rió, pero no había sido con maldad. Sino, como si acabara de contar un buen chiste.
Se cortaron las risas.
—Yo no soy Oliver.
—¡Reconocería a un demonio como tú a distancia! —tomé una roca del suelo y se la arrojé.
La roca lo atravesó, distorsionando un poco su imagen y después volviendo a quedar como antes.
—¿Q-qué eres?
—Yo no soy real, Xander —responde el niño —Tú guía debía ser aquel responsable de tu muerte. Así funciona.
—¡¿Y de qué serviría eso?! —le grité.
—Tienes que dejar ir a Oliver.
—¿Qué significa eso? —aún seguía furioso.
—Significa, que tu alma nunca terminará el camino de luz si no olvidas y perdonas a todas aquellas personas del pasado. ¡Tú alma es muy pesada! ¡Por eso entraste al bosque!
—¡No es cierto! ¡Yo entré a buscar a Jannet!
—¿Y ella por qué entró al bosque? ¿Crees que aún no se ha olvidado de todos, tal vez?
Mi respiración se calmo, y regresó al momento en que Jannet me dijo que Cole me mataría si se enteraba que había arrojado aquel chocolate.
Cole. Jannet aún quería a Cole.
Cuando regresé la atención, el pequeño Oliver ya no era tan pequeño. Sino, como siempre lo había recordado.
Retrocedí dos pasos de la impresión.
Oliver estaba ahí, vestido de traje, con gel y una copa de vino entre los dedos.
Fue vestido así al restaurante. La noche en que morí.
—Y dime, Xandi —volteó a verme —¿Qué tal te va en el camino de la muerte?
Verlo ahí, burlándose, había encendido de nuevo el odio en mi interior.
—¡Vas a morir un día Oliver! —le grité.
Él rió, con maldad.
—¿Yo? —volvió a reír —¡Soy inmortal! ¡Yo no puedo morir!
—¡Noticia! ¡Yo tampoco! —le grité.
Oliver tintineo con la lengua. Sonrió.
—No, aún no —dice —Pero, te deseo suerte. Suerte, con los monstruos.
—¿Qué monstruos? ¡No me he encontrado con ninguno!
—Las bestias del bosque, te casarán y se devorarán tu alma.
Escuché unos aleteos, seguidos de la aparición de una criatura nueva que voló hacia mí. Un búho amarillo, con cola.
Me reí.
—¿Éstas son las bestias a las que debo temer?
—Cuando ves a un Owtall —señaló al búho con cola —Es una señal, de que alguien o algo dentro del bosque te está buscando.
El búho de cola volvió a abrir las alas, y se alejó volando.
¿Me estaban buscando las bestias? ¿A mí?
—¿Y cómo sé que esos monstruos no son una ilusión, como tú?
Oliver soltó la copa, la cual se rompió en mil pedazos.
—Porque hablando como el Oliver real... —su cuerpo comenzó a cambiar, le salieron colmillos, orejas puntiagudas y sus ojos se tornados rojos —Las bestias del bosque...¡SON COMO YO!
Se elevó con sus alas, gritó y cayó en picada para atacarme. Me cubrí el rostro, pero el golpe nunca llegó.
Oliver había desaparecido.
Y entonces, escuché un rugido desgarrador.
No había que ser inteligente para enterarse que el rugido venía de algo grande, colosal, y (obviamente) no con muy buenas intensiones.
Retrocedí dos pasos, atento a cualquier señal de aquella criatura al acercarse.
Pero no fue necesario, ella cayó justo enfrente de mí.
Decir que era grande le quedaba corto, decir que era aterradora también.
Su piel era oscura y musculosa, vistiendo sobre su cuerpo aquello que alguna vez pudo haber sido una armadura de un guerrero, pero ahora, parecía que el volumen de su portador sobrepasaba el límite de su medida. Su cabeza era una distorsión que muy bien podría quedar entre la cabeza de un humano y un murciélago. Sus largas orejas puntiagudas se movian a todas direcciones, la nariz estaba muy bien encogida, y su mandíbula se había salido de escala al igual que sus dientes, dañando por el roce constante al labio superior. Y sus ojos, las cuencas totalmente oscuras, la iris brillantes como la sangre, y la pupila reducida a una línea vertical, parecida a la forma en la que la tenían los gatos.
La forma en la que la tenían los demonios.
La bestia rugió, y esta vez supe que era real por la saliva que me había salpicado en la cara.
Grité.
Cuando estaba vivo, siempre había creído que una vez muerto, las cosas serian más sencillas, mi mundo sería el sinónimo de la perfección, las preocupaciones desaparecerían y mi alma al fin descansaría en paz.
No tengo idea cómo llegué a creerlo.
Mis piernas nunca habían lucido tanto. No sé si era por el miedo a que me devorarán o que había perdido la sensibilidad, pero en el medio minuto que me la había pasado corriendo y esquivando troncos caídos no había sentido para nada el suelo bajo mis pies.
Cuando me di cuenta, tropecé contra una piedra y caí contra un charco de lodo, empapándome por completo.
Lentamente levanté el torso y la cara, arrojando el lodo que se me había metido en la nariz y el que me había tragado.
La destrucción masiva a mis espaldas me avisó que me diera prisa. Volteé sobre mi hombro, y encontré a la bestia furiosa rompiendo con manotazos árboles a todo su paso.
Iba a matarme. Ó a devorarme. Lo que sea que nos pasara a nosotros.
Sólo con fuerza de voluntad logré levantarme y echarme a correr de nuevo. Pero la energía no duro mucho. El golpe me había dejado adolorido, el lodo había multiplicado el peso de mi ropa por cien y, además, no había comido decentemente en dos días.
La bestia me pisaba los talones, en corto encontré un árbol de gruesas raíces y ancho tronco que aparentaba una posible salvación. Si lo trepaba, tal vez el monstruo a mis espaldas se rinda y se aleje. Al menos lo suficiente para encontrar a Jannet.
Pero no fue lo suficiente para llegar siquiera al árbol.
La bestia me tomó de la capa, me alzó y me puso frente a su mandíbula. Rugió, y esta vez pude percibir el aliento a muerto dentro de su boca. Y justo cuando creí que pondría mi cabeza entre sus muelas, me sacudió, me dio vueltas y me arrojó por el aire.
Choqué tres metros por arriba del suelo contra el árbol al que había tratado de llegar hace cinco minutos. ¿Por qué no me devoró en el instante? Había leído antes que algunas criaturas lo hacían para aguadar la carne.
La bestia venía de nuevo por mí. Me abracé del tronco e intenté escalarlo. Un intento en vano, puesto que resbalé y caí contra las ramas del árbol.
Pero no terminé ahí. Las ramas se habían quebrado, y yo había caído cinco metros bajo tierra. Era como un espacio vacío, justo debajo del árbol. Y ahora esas ramas, era lo único que nos separaba a mí y a la bestia. La cual, no tardó en aparecer.
La criatura rugió, más furiosa que nunca al ver que había perdido su alimento. Con las garras, comenzó a rasgar y rasgar aquellas ramas que nos separaban por metros a él y a mí, y aunque las ramas no habían sido rival para sus arañazos, el hueco entre la tierra y el árbol era muy estrecho como para alguien de su tamaño.
Rugió nuevamente, y de pronto algo en el ambiente llamó su atención. Yo no podía ver qué era, pero noté cuando olfateó algo, y se alejó de las ramas rotas, y el árbol.
Y volví a respirar.
Me puse de pie, y comencé a pensar en la forma de salir de este hoyo.
Volví a escuchar el rugido de la bestia, pero ya parecía demasiado lejos como para que me fuera a importar. Debía estar casando a otra persona. Pobre del desafortunado que esté sólo con esa cosa allá afue...
Mi corazón se detuvo al escuchar el grito.
Jannet.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
Nuevamente, mis piernas no tuvieron nada que envidiar cuando corría como ráfaga a través del bosque, persiguiendo el rastro de destrucción masiva que había dejado la bestia.
Y entonces llegué, a un claro conectado con un acantilado, y nosotros estábamos en el fondo.
Logré divisar a Jannet acurrucada en un hueco de la pared de roca, atrapada por el gigantesco monstruo que trataba de meter las manos por el hueco para atraparla. Y ya lo estaba consiguiendo.
Por un momento sentí que el mundo se derrumbaba, al imaginarme a la bestia alcanzando a Jannet con sus garras y descuartizándola entre sus dientes.
No. No iba a permitir que eso sucediera.
Localicé una rama pesada, lo suficiente para mí. Tomé vuelo, le di vueltas y la arrojé contra la espalda de la bestia.
Y di en el blanco.
Gruñó y bufó, y con unos ojos que podrían significar varias cosas relacionadas con mi muerte, se volteó hacia mí.
Tragué saliva.
—¡EH, GRANDULÓN! —le grité agitando los brazos, quería llamar su atención.
La bestia olvidó por completo a Jannet y comenzó a dar zancadas hacia mí.
—¡¿Xander?¡ ¡¿Qué estás haciendo?! —Jannet me gritó desde su escondite.
—¡Sube por la pendiente! —le señalé el acantilado.
—¡No te dejaré!
—¡Comienza a subir, yo te alcanzo! —dije justo a tiempo para esquivar un golpe de la bestia.
Jannet asintió y comenzó a escalar por las rocas.
Ahora que ella estaba a salvo, tenía que ver el modo de arreglarmelas yo mismo. Empezando por escapar de ésta cosa.
La bestia volvió a rugir, descargando un golpe sobre mí, pero logré esquivarlo y sujetarme de su brazo. Pero la criatura sólo se molestó más. Escalé hasta su hombro hasta que llegué a su espalda, él rugió y se tiró al suelo dando vueltas, donde me aplastó varias veces hasta que comencé a soltarme. Ya de pie, la criatura me alcanzó con una de sus garras y me arrojó contra el muro de piedra, y tierra, el acantilado.
Logré sujetarme de una rama torcida que sobresalía de la roca antes de resbalar y caer. La bestia me vio y saltó contra el muro, intentando alcanzarme, pero cada paso que daba significaba más tierra debajo de nosotros que se desprendía del acantilado. No podía soportar el peso del monstruo.
—¡Xander! —Jannet me llamó desde arriba —¡Toma mi mano!
Me estiré, todo lo que podía mientras que con la otra trataba de soltar la rama y caer.
Pero nunca alcancé la mano de Jannet. Ni cerca.
La bestia resbaló, y con ella, medio precipicio. El derrumbe incluyó tierra, rocas, y la rama de la cual me había estado sujetando. Y a mí, el derrumbe también me incluía a mí.
Lo último que vi de aquella criatura fueron ojos rojos, gruñendo de furia y venganza. Dudo mucho que haya muerto, pero ya no me preocupaba. Ya nunca más.
Habían detenido mi caída. Jannet hizo fuerza, y me jaló desde arriba sujetando la capa negra que había estado cubriendo mi cuerpo desde que la encontré.
Al llegar, pude respirar otra vez. Pude pensar otra vez. Jannet me levantó, me sacudió y me abrazó.
Y todo lo que yo pude hacer fue besarla.
No pensé en más que eso. En ella. Cuando la encontré en el camino, cuando la hice enojar, cuando arrojé el helado, cuando la calmé al anochecer y cuando no la vi al lado de mí a despertar.
Ella era un rayo de sol, y yo una nube de tormenta. Merecía algo mejor que yo, lo sabía, pero ahí fue donde mi corazón entendió, que daría lo que fuera por ésta persona. La única que podía iluminar el camino en medio del bosque.
Y se terminó el beso, al separarnos.
Sólo quería saber, si ella, ahora que estábamos juntos, sentía lo mismo.
—Jannet...¿por qué te fuiste?
Ella agachó la mirada. Cuando la volvió a alzar, tenía lágrimas en los ojos.
—No quería hacerte esto, Xander. En verdad, lo lamento tanto —lloró —Es sólo que...yo...
Sabía de quién hablaba.
Sonreí.
—Entiendo, entiendo. Tranquila —le guiñé el ojo, y nos levanté a los dos —Hay que continuar.
—S-sí. Cierto.
Juntos, atravesamos otros riachuelos, saltamos por los troncos, y esquivamos grandes rocas. Todo, tomados de las manos. Hasta que detrás de un arbusto...logramos volver al camino amarillo.
—¡Xander, lo hicimos! —exclamó ella de felicidad y me abrazó.
—¡Sí! —le devolví el abrazo.
—¿Y qué es eso de allá? —preguntó señalando hacia adelante.
Un pueblito, no muy lejos de donde estábamos, con casas, algunos edificios y civilización. Lo habíamos logrado. Juntos.
—Hola —dijo una voz a un lado de nosotros.
Por la costumbre, ninguno de los dos nos sorprendimos. Al voltear, nos encontramos con un hombre de la mediana edad, cabello negro y aspecto amistoso.
—Hola —lo saludamos ambos al mismo tiempo.
—¿Quién eres tú? —le pregunté, alegre.
—Mi nombre es Luckforty —se presentó dando una reverencia —Y es mi deber informarles que han logrado exitosamente llegar a Los Ángeles. Esperamos que su estadía aquí sea de su agrado.
—Oh, sí, muchas gracias, por supuesto —dije.
—Siganme, por favor —dice el hombre.
Nos tomamos de las manos, y lo comenzamos a seguir.
Jannet me sonrió, y yo le sonreí a ella.
Sabía que no significaba mucho, pero para mí, lo significaba todo.
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¡FELIZ NOCHE BUENA Y NAVIDAD A TODOS USTEDES MIS AMIGOS! :'3 DE MÍ PARA USTEDES <3 ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO, (QUE HACE DESDE UN MES QUE NO PUBLICO :'C HAN SIDO TIEMPO DIFÍCILES) PERO QUIERO QUE SEPAN QUE YA HE VUELTO Y QUE LES DESEO LA MEJOR DE LAS FIESTAS ESTE FIN DE AÑO!
FELIZ NAVIDAD A TODOS!!! :') <3 LOS QUIERO MUCHO <3 SIN USTEDES NO EXISTO <3
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