2: Being Alone
El veinticuatro de diciembre del 2021, fue un día oscuro para el equipo. Mi equipo. Una pelea se desató dentro del Navío del Destino horas antes de la navidad. Hubo golpes, puñetazos, gritos, y sangre; el conflicto casi cobra la vida de uno de nosotros a manos del otro, cuando los dos cayeron de la ventana y estuvieron apunto de matarse. Ambos corrieron, arrepentidos por lo que acababan de hacer, huyeron lejos, el maestro del hielo huyó también, pero el del fuego había prometido regresar después de encontrarlos a todos.
El veinticinco de diciembre del 2021, recibí una carta de mi mejor amigo antes del anochecer; me sentí extrañado, pues se suponía que regresaría hace horas. Igual tenía alivio, feliz de saber noticias de él.
Pero las noticias, no fueron buenas noticias.
Reconocí su letra en la hoja de libreta arrancada dentro del sobre, donde narraba sin ninguna explicación en lo absoluto, que acababa de matar a treinta y cinco personas y jamás iba a regresar.
Jamás iba a regresar.
Arrugue el pedazo de papel con furia, capaz de romperlo en miles de pedazos, pero me recordé a mí mismo sus palabras "No voy a volver". No iba a volver, jamás volvería a saber de él, jamás volvería a mandarme una hoja de libreta arrancada.
Jamás.
La desdoble, dándome cuenta de lo arrugada que había quedado. La puse sobre el escritorio, y liberé mi furia contra el sobre insignificante, escaso de sentimiento y valor. Arrojé los pedazos al cesto de basura.
Me di la vuelta, buscando en la oscuridad de mi habitación alguna solución que no implicara arrancarme el cerebro. Me dejé caer, aterrizando boca abajo sobre la cama de manta verde con un dragón dorado en el centro.
Me di cuenta, que nunca había pasado una noche en esta habitación solo.
Si lloré, lo olvidé después de quedar dormido.
Abrí los ojos con pesadez, estaba cien por ciento seguro que había despertado de un mal sueño. Un sueño terrible.
La luz del sol se filtraba por toda la habitación, iluminándolo todo. ¿Qué hora era?
Puse firme una mano contra el colchón y levanté el cuerpo de la cintura para arriba, esperando ver a los demás en sus respectivos lugares. Pero ninguno de ellos estaba ahí. Sólo sus recuerdos.
Zane llevaría su uniforme puesto y listo para el combate mientras se dirigía a cepillarse los dientes, Jay estaría en el suelo aún en pijama azul con todas las sábanas acompañándolo, mientras un alegre y a tiempo Cole lo golpeaba con una almohada en la cara para que levantara el trasero. Y luego estaba Kai, agarrado del marco de la puerta con uniforme puesto y dientes lavados, sonriendo de oreja a oreja: "¿Por qué te levantas tan tarde, Enano?"
No pude contener el impulso de mirar hacia la puerta y descubrir que estaba cerrada, sin nadie ahí, sin nadie aquí. Nadie más que yo.
Me levanté de la cama, me puse el uniforme como si fuera un día como cualquier otro, en espera de que el deber nos llamara. Me llamara. Me lavé los dientes, con más pesadez de lo habitual. Miré a los lados sin ningún motivo, viendo los otros cuatro lavabos vacíos. Me peine, sin poder evitar recordar el día en que Jay se acabó el gel de Kai y éste casi le quema las cejas por ello.
"¡Pensé que era de Cole! ¡Pensé que era de Cole! ¡No! ¡No! ¡Noooo!"
Hubo una risa contenida en mi garganta. No pude evitar ver mi sonrisa en el espejo, una sonrisa que se apagó cuando volví a recordar dónde estaba, y con quiénes no estaba.
Regresé al escritorio, no muy seguro de qué hacer. El reloj marcaba las once cincuenta y uno. Me había perdido el desayuno, el entrenamiento matutino y...valgame, hace seis horas que debería estar despierto.
Salí de la habitación, notando cómo el silencio reinaba no sólo en el pasillo, sino también en todo el navío.
Llegué al comedor, sorprendiendome de que no estaba tan vacío como esperaba: Nya y el Sensei estaban ahí, en sus asientos habituales, con desayuno servido y tema de conversación automático.
—¿Cómo amaneciste, Lloyd? —preguntó mi tío, no mostrando una sonrisa, pero tampoco parecía triste.
Nya era otra historia: su preocupación podía poner nervioso a cualquiera. Era obvio que también estaba triste, pero la preocupación por su hermano le ganaba a ese vago sentimiento.
—¿Por qué nadie me despertó? —me senté frente a Nya sin responder a la respuesta de mi tío.
—Normalmente te levantas solo —dice Nya.
Normalmente me levantan ellos.
Miré el huevo revuelto en el plato, recordando que si Zane estuviera aquí, toda la mesa estaría llena de comida, posiblemente, el recalentado de navidad.
—Gracias, por...
—¿Hay noticias de mi hermano? —preguntó con rapidez Nya.
Me quedé con un nudo en la garganta, pensando en qué decirle y qué no. Miré al Sensei, pero éste se limitó a seguir bebiendo su té, aunque yo sabía, que se grababa en la memoria cada palabra.
—Sólo... —comencé a decir, pero recordé lo que había sentido anoche, cuando sin ningún por qué o cómo, me enteré que Kai había matado a treinta y cinco personas —Yo...no. Seguro que aún está buscándolos.
Nya emitió un sonido deprimente y volvió a su comida.
El Sensei levantó la vista, viéndome a los ojos, por primera vez detectando la tristeza en ellos.
"¿Nya? ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?" Jay le puso una mano en su espalda, ya era típico que se sentara a su lado.
Kai llegó rápido.
"¿Hermana?" La preocupación reflejada en sus ojos.
"Tal vez algo en el plato le cayó mal" dice Jay.
"Imposible. Estoy seguro que seguí los pasos a la perfección" dice Zane.
"Tal vez sea tu olor Jay, con eso de que te sientas al lado de ella" dice Cole sin ocultar su sonrisa.
Jay soltó a Nya y se llevó la nariz a los sobacos.
"No. No huelo a perfume."
"Exacto."
—¿Lloyd?
La voz del Sensei llamó mi atención, y me di cuenta que él ya había terminado con su té, y Nya ya había acabado con su nuevo revuelto, pero no se levantó, seguía mirando el plato.
Regresé la vista al resto de la mesa, donde recuerdos inexistentes desaparecieron y dejaron todo vacío y sin sentido. Volteé a ver a Nya, quien no tenía a Jay a con una mano en su espalda ni a Kai a un lado para mostrarle su preocupación.
Nya estaba triste, o preocupada. Las dos, en realidad.
—Estaré en mi habitación, atenta al teléfono. Por si acaso.
Nya se levantó y llevó su plato al fregadero, en cuestión de segundos, ya me había quedado sólo con el Sensei.
Él estaba bebiendo su té, con los ojos cerrados. Parecía que meditaba.
Tomé la cuchara y un bocado del huevo revuelto. Sentí la bilis golpeando mi boca, mi lengua rogando por liberarse y mi boca luchando por abrirse.
Miré al Sensei, pues me estaba llenando de pena.
—No lo hice yo —dice sin abrir los ojos.
Ante esa declaración, no dudé en regresar la comida.
Pasé el resto del día exactamente como el anterior: entré, preparé mi comida, volví a entrenar, preparé la cena, me duché y me puse la pijama.
No pude evitar sentirme extraño, tan, tan, tan vacío. Algo me faltaba. Alguienes me faltaban.
La diferencia de ayer y hoy, es que esta noche no esperaba que nadie regresara, esta noche no esperaba con ansias a que la puerta se abriera dejando pasar a unos chicos. No. Esta noche, sabía que estaría solo, esta noche, sabía que nadie iba a entrar por esa puerta.
Apagué la luz, dejando la enorme habitación de cinco en la oscuridad, me dirigí a la cama, quité las sábanas y me acosté sobre la almohada sin tener sueño. Sólo miré al techo.
Un sonido de interferencia me hizo sentarme de golpe, percatandome de que el radio del escritorio si había encendido sin ayuda, justo a tiempo para que la reportera expusiera las terribles noticias.
»...según nuestros informantes nos han dicho, en el edificio
se encontraban treinta y seis personas, padres, hijos, familias.
Sin duda, fue una navidad terrible para todos los parientes de
los residentes del edificio que de un momento a otro se envolvió
en llamas.«
Salí de la cama, tomé el radio entre mis manos y subí el índice del volumen al tope.
Tenía que ser una coincidencia. Tenía que ser una coincidencia.
»Así es Katie, sin duda una noche terrible el día de ayer.
Testigos nos han informado, que el edificio se había
convertido en una bola de fuego de un momento a otro,
ni siquiera habían pasado cinco minutos desde que inició
la mecha y todo estaba bajo las llamas. Algo a lo que, los
investigadores no han podido descifrar, así como tampoco
saber qué o quién fue el causante del incendio.
Algo curioso Jonh, es que milagrosamente un chico de
diecisiete años de edad logró salir del incidente sin
ninguna lesión mayor. Algo increíble, tomando en cuenta
que el edificio se vino abajo cuando el estaba en un piso
de altura. Los paramétricos informaron que, a pesar de
las leves quemaduras y de que lo encontraron abajo de
un montón de escombros, les parece imposible que el chico
haya logrado sobrevivir, sobre todo de esa manera.
Bien Katie, opino lo mismo: si no lo mataron las llamas y
los escombros, el aire tóxico debió haber sido suficiente.
Pero ya saben como son los milagros: inexplicables.
Por ahora, le pedimos al público un momento de silencio,
dedicado a aquellos treinta y cinco que perdieron la vida
el día de ayer.«
Apagué la radio de golpe, la levanté con mis manos, y la arrojé al otro extremo de la habitación, específicamente, al rincón de Kai.
El radio golpeó contra la pared, esparciéndose a pedazos por la alcoba y cama. No pude evitar ver aquellas mantas rojas con el dragón dorado en el centro.
Así que así fue. Así fue como mató a treinta y cinco personas.
No. No lo creo. Nunca lo creería. Él se estaba equivocando, él no habría matado ni a una mosca. Nunca lo haría. Lo habían incriminado.
Estaba seguro.
~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~
—¿Alguna novedad sobre los chicos? —preguntó Nya enfrente de mí.
Otra vez los mismos huevos revueltos. Oh, no, esperen: a estos les dejó la cascara puesta.
Definitivamente debía hacerme mi propio desayuno mañana.
—Mmm no.
Me apresuré a tomar del vaso de leche, no mucha, para no acabarlo y verme forzado a comer del huevo.
—¿Estás seguro? Uh, estoy muy preocupada.
Y su expresión no mentía: tenía ojeras, se veía cansada, y por supuesto no había probado su desayuno.
Me dio mucha lastima, y me sentí mal por haberle mentido. Ella más que nadie, merecía saber el paradero de su hermano, ella más que nadie, debía saber lo que él había hecho.
Pero no quería decirlo, no en frente del Sensei.
Lo miré, pero ni se inmutó. Siguió tomando su té en meditación.
—¿Nya?
—¿Si? —levantó unos ojos llorosos.
—¿Quieres venir conmigo al Puente?
La confusión y sospecha se asomó en sus ojos, pero aceptó, y ambos nos retiramos de la mesa sin pedir permiso o perdón. Dejamos los platos abandonados, y salimos del comedor hacia el Puente subiendo las escaleras.
Todo aquí estaba tan tecnológico como lo recordaba. No había pasado ni una semana desde que no subía, pero normalmente la que mantiene todo aquí es Nya, mientras que nosotros entrenabamos en la cubierta.
Nos acercamos sin decir nada hasta la ventana, donde aún se podían percibir las sobras de la nevada de hace dos días. El cielo seguía nublado, oscuro, pero no parecía que fuera a llover.
Ya no estaba muy seguro ni de por qué estaba aquí.
—¿Nya?
—¿Si?
¿No sabíamos otra cosa qué decir? ¿Ella no sabía hace otra cosa más que llorar en silencio y hacerme sentir peor? ¿No podía esforzarse un poco en entender?
—¿Ya trataste de localizar sus chips? —pregunté, pero claro que ella se había esperado algo diferente.
—Oh, pues...sí, por supuesto que sí.
Una esperanza desconocida surgió desde mis entrañas.
—¿Y? —volteé a verla.
Ella bajó la mirada.
—Jay y Cole dejaron sus celulares aquí, Zane desconectó el suyo y el de Kai...pareciera como si hubiera dejado de existir. Como si se hubiera...roto. ¿Crees que perdió su teléfono?
Yo no sabia que decirle. Sí, perdió su teléfono cuando el edificio en llamas se le cayó en cima.
—¿Nya?
—¿Hmm?
Aparté la vista.
—¿Sabes? Antes de que Kai se fuera...
¿Qué estaba haciendo?
—¿Sí? —un sentimiento desconocido asomó por sus ojos.
—Él... —suspiré —Él me dijo que ya no iba a volver.
Pude escuchar cómo el corazón de Nya se detuvo desde donde estaba. Yo sabía que era increíblemente injusto mentir le de esa manera, pero no quería que sufriera, no era lo que hubiese querido Kai. Estaba seguro, que lo último que él querría era que su hermana lo considerara un asesino.
Así que tuve que mentir. Por él, y por ella.
—¿Q-qué? ¿A qué te refieres con que no va a...a...
Sus ojos titubearon, y se echó a llorar sobre mi hombro, abrazandome con tanta fuerza, que en verdad agradecí no haber probado el desayuno.
Me sentía terrible. Era egoísta de mi parte no decirle la verdad, pero sin embargo era lo mejor. No quería que el grupo se separara más de lo que ya estaba. O al menos...lo que quedaba de él.
Restos.
Perdí la cuenta de cuánto había durado el abrazo, pero sin embargo, lo disfruté. Yo también necesitaba un abrazo, un abrazo de alguien que me entendiera. Un abrazo de alguien como Nya. Ella era la indicada para este abrazo, y era la única que no me abandonó. La única que se quedó.
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El veinticuatro de diciembre del 2022, los padres de Jay nos respondieron a través de la línea, deseandonos una feliz navidad, pero sin rastros de Jay. Según ellos, él sólo les avisó que se iría lejos, y después, no volvió a enviar otra carta.
Alguien más contestó ese día, un hombre que iba hacia la tercera edad, un poco mal humorado aunque aficionado por la música y el baile. El padre de Cole se negó a contestar cualquier pregunta, pero la canción a través de la línea al menos me subió el calor en el pecho. Eso fue, hasta que alguien furioso gritó por el otro extremo y la llamada se cortó.
Miré el reloj: diez minutos para la media noche.
—¿Y ahora? —preguntó Nya triste, con el teléfono en la mano.
Había pasado un año desde entonces, y aunque había sido muy tranquilo, el silencio del navío no había desaparecido por completo. Al menos, no aún.
Eramos como una pequeña familia feliz conformada por un sobrino, un tío y una mejor amiga. Sí, perfección.
—Prueba con Zane —sugerí.
Nya se vio dudosa, pero presionó los botones y todos estuvimos muy atentos al tono.
Y para nuestra sorpresa...
—¿Nya?
Me puse de pie de un salto, el Sensei siguió bebiendo su té y a Nya por poco se le cae el teléfono en el ponche.
—¡¿Zane, eres tú?! —grité tomando el teléfono.
—¿Lloyd?
—¡Zane! ¡No sabes cuánta alegría me da escucharte! —dice Nya entusiasmada.
Por primera vez en un año, sentí que el calor volvía a mi corazón. Sentí que...había esperanza.
—Igualmente...mmhh...¿en qué puedo ayudarlos?
—¡Feliz Navidad Zane! —exclamó Nya.
—Feliz Navidad a ustedes también, ¿cómo van las cosas?
—Bueno...—vi a mi tío indiferente tomando su té —digamos que no todo va como lo esperábamos, pero...tal vez esta sea una oportunidad para juntar al equipo, ¿no te parece?
La tardanza del nindroide me hacía temblar.
Escuché cómo tomó aire del otro lado de la línea.
—Lloyd, me alegra escucharte de nuevo, en serio, no me molestaría que me llamen diario si así lo quieres. Pero...¿no crees que ya es momento de...avanzar?
¿Avanzar? ¿A qué se refiere con avanzar?
Él tomó mi silencio como una respuesta.
—Lloyd, siempre estaré de este lado esperando tu llamada, pero lo siento, se ha acabado. Es lo mejor. Espero comprendas.
Los siguientes meses fueron más pesados que los anteriores. Nya hablaba con Zane todos los días, yo antes lo hacía, me gustaba escucharlo, pero dejé de hacerlo hace tiempo, cuando me di cuenta que la conversación siempre terminaba igual: Se ha acabado.
Comencé a dejar de pensar en todo. Todo. Sólo entrenaba, sin ningún motivo en especial, sin ninguna meta, sin ninguna inspiración. Mis ataques a las máquinas se volvían más débiles, y no sólo yo lo había notado, sino también el Sensei y Nya. Poco a poco, comencé a buscar un nuevo objetivo, algo que me impulsara.
Encontrarlos. Pensé.
Reunirlos. Me propuse.
Nunca rendirme. Me juré.
Después de meterme eso en la cabeza, mis golpes comenzaron a volverse más fuertes que nunca, mis patadas más feroces, y mi agilidad subió al límite. Un día del verano, simplemente, todas las máquinas dejaron de funcionar.
De mi garganta salió un rugido, no de afligido, no de decepcionado, sino de enfurecido. Si no tuviera en mente el caro del material con que estaban hechas esas cosas, ya las habría quebrado en cientos de pedazos. Pieza por pieza, asegurándome de que nunca me vuelvan a fallar.
Levanté mis manos y solté los puños. La sangre de los nudillos traspasaba la quinta venda del día, y el dolor en las rodillas y codos aún no cesaba como el Sensei había dicho que haría.
¿Calenté antes de hacer esto? Ya ni siquiera lo recuerdo.
Estaba molesto.
Comencé a quitarme las vendas para cambiarlas por unas nuevas, aunque ya no sabía qué hacer o a quién golpear si las máquinas habían fallado.
"¡Lloyd! ¡¿Tienes idea de lo que me tomará repararlas?!"
Me giré sobresaltado, con el corazón golpeando mi pecho. Miré a todas direcciones, incluso el techo y las máquinas descompuestas, pero ninguna señal del pelirrojo o del origen de aquella voz conocida.
Me sentía como un tonto. Sólo debí imaginarlo.
Un recuerdo inexistente.
—¿Lloyd?
Esta vez, me aseguré que fuera real antes de contestar.
—¿Si?
Mi tío entró al dojo, viendo mis nudillos desnudos ensangrentados en ambas manos, me dirigió una mirada indiferente cuando llegó a un metro de mí. Luego, dirigió otra a las máquinas descompuestas. Debí suponer que aquello no sólo molestaría a un Jay imaginario.
—Me parece que...fuiste demasiado duro.
Las palabras revotaron en mi cabeza.
—¿Demasiado duro? A mí me parece que fui lo suficientemente bueno como para quebrarlos.
—No puedes resolver tus problemas quebrándolos, mucho menos dejarlos a un lado. Los problemas se enfrentan, cara a cara, cuerpo a cuerpo. Procura no mentirte a ti mismo, sólo así no le mentirás a los demás.
Pensé, sólo un poco, antes de abrir la boca y procurar no decir nada tonto.
—¿Me está acusando de mentirle a Nya?
Él se quedó en silencio, por un rato, y pude notar que por primera vez en mucho tiempo, al fin expresaba el sentimiento de preocupación y pena.
—Mentir nunca ha sido bueno, Lloyd. A ti mismo, menos. No es sano.
—Yo no me miento a mí mismo —me di la vuelta, poniéndome vendas nuevas sobre los nudillos hasta la muñeca.
—Lloyd...sabes que tenía que pasar algún día.
—No sé de qué estás hablando —repliqué sin girar a verlo.
Suspiré.
—Sólo te diré, que ese no era el día.
Tardé un momento en procesar sus palabras. Sabía que estaba hablando de la separación del equipo, que tendría que pasar algún día, ¿pero a qué se refería con "ese no era el día"?
Giré sobre mis talones, terminando frente a él.
—¿Qué tratas de decir?
Sonrió.
—Yo no trato de decir nada. Pero tú, tal vez tratas de entender más.
Dicho esto, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el marco, giró la cabeza y dijo antes de desaparecer:
—Deberías buscar a Nya, alguien tiene que reparar esas cosas.
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Encontré a Nya en el Punte, justo donde sabía que estaría. Ya era cosa de todos los días, que se quedara horas aquí a esperar alguna señal en las pantallas, algún mensaje, cualquier cosa. Tenía que admitir que, me estaba preocupando mucho.
Pero a diferencia de las otras veces, no la encontré monitoreando cámaras o rastreando celulares, sino que se hayaba en una silla al lado de la una mesa de mapas, sosteniendo el teléfono en su oreja cada vez que terminaba de marcar el número.
Para esta hora, normalmente ya habría llamado a Zane.
—¿Nya? ¿Qué haces? —me acerqué.
—Es Zane...no ha contestado en todo el día —dice en un suspiro —¿Crees que le haya pasado algo?
Lo medité un poco.
—No lo creo. Además, ¿no había días que te decía que no iba a estar disponible?
—Sí, pero siempre me avisa con anterioridad. Ayer, me habló sobre una conferencia al anochecer, pero fue ayer. No me dijo nada sobre hoy.
—¿Desde cuándo haz tratado de llamarlo?
—Desde la mañana...
Ya era tarde. Me comencé a sentir mal por Nya, y tenía el presentimiento, de que a ella le iban peor las cosas que a mí.
Jale una silla y me senté a su lado. Le puse una mano en la espalda, tal y como Jay lo habría hecho.
—Nya, ¿no crees que ya es tiempo de...
—¿De qué? —me miró con brusquedad.
Recordé lo que me había dicho el Sensei. Algo incomprensible, pero que tal vez a la larga lograría descubrir.
Puede que no entendiera muchas cosas ahora, pero si había algo que entendía, eso era que hay sólo dos personas en mi mundo ahora. Sólo dos personas: mi tío, y mi mejor amiga. No quería que ninguno se sintiera mal, con el Sensei era difícil entender sus emociones, pero Nya era otra historia.
Ella se sentía perdida. Yo odiaba sentirme perdido.
—Creo que es hora de que...superes tu relación, con Jay y Cole. Tal vez...deberías buscar a alguien que no se vaya. Alguien que esté ahí.
Sabía que era terrible intentando subir ánimos, pero además de los primeros concejos que me pasaban por la mente, no se me ocurría otra manera de hacer que las personas se sintieran mejor. Yo no era muy capaz de expresar mis sentimientos, pero podía ayudar a las personas a expresar los suyos.
Los sentimientos reflejados en los ojos de Nya me parecían inexplicables. Sí, estaban vidriosos, pero no parecía tan triste como yo lo suponía. Era...como una margarita saliendo en un día gris lluvioso: incomprensible.
Ella se acercó más arrastrando la silla, ya no compartiamos nuestro metro de distancia.
—Tienes...razón, Lloyd.
Algo en el interior me dijo que ella se esforzaba por sonreír, pero como no lo lograba, decidí hacerlo por ella, transmitiéndole mi confianza.
Al recibir mi sonrisa, ella también elevó la comisura de sus labios. No tuvo que estirar mucho las manos para alcanzar mis manos.
Un gesto extraño, diría yo.
—¿Siempre eres un rayo de sol, no es así, Lloyd Garmadon? —preguntó en un tono gentil, dulce, tanto como el malvavisco.
—Uhm, sí, supongo —mantuve mi sonrisa.
—Gracias por quedarte.
Antes de que pudiera decir algo más, hacer algo más, o pensar en algo más...ella me besó. Me besó. Me besó. Me besó, y le correspondí, no muy seguro de lo que hacía, no muy seguro de lo que pensaba, no muy seguro de lo que en verdad sentía o no sentía.
Pero mis mejillas ardieron una vez que comenzó, mis ojos se sellaron con tablas sin que yo lo quisiera, y mi boca se dejó llevar. No porque la quisiera besar, sino porque mis labios necesitaban besar.
Recordé una vez, hace mucho tiempo, cuando Kai me habló sobre las chicas y los besos.
Y no podía creer...que tuviera razón.
Cuando me di cuenta, sus manos estaban rodeando mi cuello, las mías su cadera, y yo, me estaba quedando sin aire.
No sabía si la quería. Pero no sabía a malvavisco, sabía a gomitas.
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El veinticuatro de diciembre del 2023, nadie contestó el teléfono.
Pero a nadie le importó.
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Nueve meses después, septiembre del año 2024 llegó con sus típicas lluvias tormentosas. Era el mes de las goteras, inundaciones de sótanos y madera mojada, pero nada que un equipo no pudiera hacer. Y en este caso, yo tenía el mejor equipo del mundo: Mi tío, y mi "novia".
Pero no era una novia real, porque la relación no era seria. Nya y yo (aunque queramos) no somos compatibles, y no nos queremos realmente, no tenemos nada en común, simplemente, ambos lograbamos llenar un poco del vacío del otro. Pero no existía el amor.
Habíamos hablando sobre eso un par de veces ya.
Llegué hasta la cocina con tres cubetas sobre los brazos. Nya estaba cocinando huevo revuelto (sin cascara) y el Sensei trapeaba el charco que se originó en el suelo gracias a las goteras. Puse rápidamente las cubetas en los lugares específicos de la caída de agua para que así no siguiera inundando el lugar.
La lluvia golpeaba contra la ventana afuera, y los truenos sólo presagiaban que las cosas se pondrían peor.
—Uh, ¿cuánto va a durar la tormenta? No hemos podido salir a entrenar en todo el día —se queja Nya.
—Hey, tranquila —me le acerqué por detrás —No es tan malo como parece. Podemos estar juntos.
Ella me sonrió, mirándome a los ojos.
—¿Siempre sabes qué decir?
—Oye, soy un rayo de sol, ¿no?
Como respuesta, ella me dio un beso rápido en los labios.
—Sientate, ya está listo.
Recordé que hablaba de comida, y fui a sentarme en la mesa al lado del Sensei. No había mucho ruido, pero tampoco había silencio. Las gotas del agua, el aceite, el Sensei bebiendo su té.
¿Por qué siempre está tomando té?
—¿Cómo vas en tus entrenamientos, Lloyd? —preguntó con voz ronca.
—Bien, supongo. Aunque...después de tres años, comienzo a extrañar la acción.
Sonrió, pero no era felicidad lo que representaba.
—Ya veo, ¿y tienes alguna novedad?
Me extrañe.
—¿Novedad? ¿Novedad de qué?
—Yo tengo una.
Me sentía más fuera de lugar que un pollo en día de gracias.
—¿Qué?
Me miró, y pareció que al fin iba a decir algo coherente con sus palabras.
—Sobre el...¡Oh, que bien! ¡Ya tenía hambre!
Nya nos puso el plato de huevos a cada uno, comenzamos a comer, como siempre, feliz y relajados, pero esta vez yo no estaba ni feliz ni relajado. Y algo me decía, que había perdido la oportunidad de entenderle una palabra al Sensei hasta nuevo aviso.
"Descuida, aveces toma un tiempo digerir lo que dice, pero si lo tomas desprevenido suelta la sopa"
Giré la cabeza y me encontré con la de Nya, concentrada en su comida.
—¿Dijiste algo?
—¿Em? —me miró confundida con la cuchara en la boca.
—Uh, no, perdona. Creí haber escuchado algo.
Agite mi cabeza y regresé al desayuno.
Podría haber jurado que escuché al Ninja negro dando consejos sobre cómo lidiar con mi propio tío.
Probé la comida, y esta vez, me gustó.
•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•
La noche cayó, y con ella, más truenos y relámpagos. Los sonidos estridentes se escuchaban por todo el barco, y a las ocho con veinticinco, las luces se apagaron.
—Vaya, perfecto —dice Nya llena de sarcasmo.
Estábamos sentados en el sillón de cuatro frente al televisor, el cual hace unos minutos emitía una película de piratas que Nya había escogido. Muy buena, en realidad.
Todo estaba oscuro, y decidí seguirle el hilo.
—Oh no —dije en un tono lamentable, como si fuera un niño al que se le acabaron los crayones en el momento más critico del coloreado —ahora no sabré si Elizabeth escogió a Jack o a William.
—¿Bromeas? Es obvio que se quedará con William.
—El tipo no hace de buen pirata, uno tiene que ser gracioso y vulgar como Jack.
—Es amor.
—Es acción y aventura.
—¿Quieres traerme un vaso de agua?
—¿Con...azúcar?
—No —rió —anda, que tengo sed.
—Espero no perderme en el camino —me levanté del mueble, jo sin antes darle un rápido beso en los labios —Vuelvo en cinco.
Salí por el pasillo y subí escaleras arriba. No era como si pudiera ver todo con claridad, en especial cuando el barco se valanceaba por el viento, pero los rayos de la lejanía iluminaban por fracción de segundos el camino.
Las maderas rechinaban bajo mis pies, y no pude evitar tener un escalofrío.
En uno de los relámpagos, se iluminó el pasillonlo suficiente para ver la puerta del Sensei abierta, abriéndose y cerrándose debido a la ondulación del barco.
De un lugar desconocido, tuve e, impulso de seguir el consejo imaginario de Cole y hablar con él cuando no se lo esperara.
—¿Sensei? —abrí la puerta, sosteniendome del marco.
Otro relámpago se asomó por la ventana, mis ojos se abrieron de par en par, mi estómago se revolvió y sentí que algo dentro de mi cabeza explotaba.
Kai puso su mano imaginaria sobre mi hombro, y tal como lo temía, al voltear a verlo, no estaba ahí. Y tampoco su mano.
Caí de rodillas, y lloré mucho antes de llamar a Nya a gritos.
•~•~•~•~•~•~•~•
Ya había pasado un año desde que el Sensei, mi tío, había muerto. Un infarto, un estúpido infarto al corazón.
Nya y yo habíamos festejado la navidad en su memoria, pero claro, no fue lo mismo. Sólo quedábamos dos. Y no faltaría mucho para que quedara sólo uno.
Un psicólogo de la ciudad más cercana me había diagnosticado problemas alucinógenos, me preguntó si alguna vez había consumido alguna droga de cualquier tipo o si actualmente lo hacía, a lo que yo le respondí que no.
A Nya, le dieron una lista de medicamentos, medicamentos que tenía que comprar y asegurarse de que los tomara todos los días. Según el doctor, se me pasaría rápido conforme supere el estrés.
¿Esto no podía ser menos vergonzoso?
Nya y...bueno, sólo Nya, creía que estaba loco. Pero yo estaba seguro de que se equivocaba, yo no estaba viendo alucinaciones, estaba escuchando fantasmas.
—¿Te tomaste la amarilla hoy? —preguntó en la comida.
—La amarilla y la verde, sí.
El silencio había durado una eternidad, la comida me asqueaba, no tenía apetito y sentía como si nunca debería volver a comer.
La media relación que había tenido con Nya en los últimos años ya era casi inexistente, ni nos hacíamos cariñitos, ni nos besábamos, y muy apenas, mostrabamos nuestra pena.
Ya nada me importaba. Sentía que podría continuar mi vida así, con la misma rutina de siempre. Hace un mes y medio que habíamos dejado de entrenar.
"¿Por qué tan amargado? ¿No te gustó el estofado de Cole?"
La cuchara tembló sobre mis dedos. Mi corazón daba brincos y sentí como si la sopa fuera a darme un mordisco en cualquier momento.
Levanté la vista lentamente, encontrandome con el lado de la mesa vacía. Pude notar, incluso, que había polvo del lado del maestro del rayo.
"Por supuesto que le gustó."
"¿Ya viste su cara? ¿Y la nuestra? No parece ser el sentimiento de la delicia"
"Callate Jay."
Nya me sujetó la mano con fuerza, me arrebató la cuchara y alejó cualquier cosa que pudiera sujetar fuera de alcance.
—Toma tu medicina.
—¡YA TOMÉ LA MALDITA MEDICINA! —golpeé los puños contra la mesa.
Las drogas, o lo que sea que me esté dando el médico, sólo me hacían sentir mucho, mucho peor. Si fuera Kai, ya habría incendiando el lugar sin siquiera proponérmelo.
Nya se levantó de la silla y dio tres pasos hacia atrás, temiendo que pudiera atacarla.
¿En serio me creé tan capaz?
—Necesitas la pastilla naranja.
La pastilla naranja. La maldita pastilla que me hacía caer dormido por horas.
Me levanté de la mesa, y Nya se alejó más.
—No necesito ninguna medicina.
—Lloyd.
—Nya.
Otro silencio, y mientras ella me miraba preocupante, yo la asesinaba con la mirada.
No sentía odio, no sentía nada. Simplemente, mi rostro se había atorado en esa expresión hace un tiempo ya.
—...sé lo que sientes.
—No. No lo sabes.
—¡Perdí a mi hermano!
—¡El cual sigue vivo!
—¡¿Y por qué se fue entonces?! ¡¿Porque ya no le importaba nada?! ¡¿Quería privacidad?! ¡¿Ó me odiaba lo suficiente como para dejarme sola?!
—¡ÉL ES UN ASESINO!
Las palabras salieron solas de mi boca. No había pensado, sólo lo dije sin razón. La expresión de Nya, de horror, llena de sorpresa e incredulidad. Era claro, que no iba a creerme.
—¿Q-qué? ¿A qué te refieres?
Metí la mano a mi bolsillo, saqué el papel arrugado de libreta y lo dejé sobre la mesa, donde ella pudiera verlo.
No sabía por qué lo llevaba conmigo, tal vez era un recordatorio. Un horrible recordatorio.
Los ojos de Nya temblaron al reconocer la letra de su hermano.
Me miró, apunto de llorar.
—La recibí un día después de que se fue. No sé cómo ni por qué. Y no quiero que me preguntes nada al respecto.
Nya tuvo que llevarse las manos a la boca para contener un grito de llanto, pero de sus ojos, ya habían comenzado a chorrear lágrimas.
—¿P-por qué...nun...ca me lo dijis-ste?
Nunca había escuchado una voz tan quebrada como la de ella.
Tomé aire, asegurándome de que mi conciencia no escuchara lo que estaba a punto de decir.
—Porque no me importaba.
No esperé a ver su reacción, pero camino a mi habitación, pude escuchar sus llantos amortiguados por las paredes.
Hace una eternidad que las luces de mi habitación no eran encendidas, posiblemente el foco ya estuviera fundido. Pero no me importaba, como todo lo demás.
Siempre había un vaso de agua en mi escritorio.
Saqué dos pastillas anaranjadas y las puse en mi boca, con ayuda del agua, logré pasarme ambas.
Me acosté sobre la cama desatendida, y sentí poco a poco como los músculos de mi cuerpo se quedaban dormidos, sin fuerza o voluntad. La vista se tornó borrosa, y mis ojos se volvieron pesados.
Un profundo estado de sueño, del que sólo las drogas decidirían cuando podría volver a despertar.
•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•
Desperté al día siguiendo a eso de las cinco de la tarde. La cabeza me daba vueltas, el estómago me rugía y sentía que podría vomitar aunque no tuviera nada adentro. No aún. Pero tampoco existía el apetito en mi boca.
Me cambié de ropa por una limpia, tomé mis medicinas correspondientes y salí fuera del pasillo. El silencio ensordecedor me atacó repentinamente.
¿Se había ido?
Busqué de arriba a abajo, de una habitación a la otra. Sus cosas ya no estaban, ni siquiera alguno de sus tornillos que dejaban caer sus máquinas. Nada. El puente estaba vacío por igual, y en la mesa de la cocina, aún seguía la carta de Kai que había mandado hace cuatro años.
Cuatro miserables años.
»Bien hecho, Lloyd Garmadon. Todos se han ido, incluso los que no querían irse.«
Volví a meter la carta dentro de mi bolsillo, fui hasta el refrigerador, y me sorprendió encontrar un plato con huevo semi crudo revuelto y cáscaras listo para...¿tirar? Yo no iba a comerme esa cosa.
1ero de Enero, año 2026
Comencé el año nuevo en la cama. No quería levantarme, no quería comer, no quería cocinar, no quería limpiar, no quería ducharme, y ni siquiera quería ir al baño. Lo único que deseaba, era quedarme en cama el resto del día, tomando las pastillas locas de todos los días e imaginar que aún seguía en el interior de un profundo sueño. Pero no funcionó.
Horas más tarde la cama se había vuelto muy pesada para mí, muy aburrida, y descubrí que se había ido el sueño hace un buen rato ya. Me levanté con pesadez, ni siquiera me estiré, no me cambie de ropa, y no tomé ninguna pastilla.
Salí de la habitación rumbo a la cocina.
La madera rechinaba bajo mis pesadas pantuflas, y la puerta de la cocina dio a entender su falta de aceite cuando un rechinido horrible perforó mis oídos al querer entrar al recinto.
No había nada en la alacena, pero en el refrigerador había un cartón de leche que pronto caducaría, un paquete con tres salchichas y media y una manzana.
Tomé la manzana y le di un mordisco, más por obligación que por ganas.
Corrí hasta el baño y dejé escapar por el escusado ese pequeño alimento que había ingerido. No era decisión mía, simplemente, mi estómago no quería comer, y luchaba contra mí cada vez que oponía pelea.
He pasado casi cuatro meses en la soledad oscura desde que Nya se fue. Literalmente, la única luz que me da es la del refrigerados cuando lo abro y la luz solar que se filtra por la puerta cuando mi pedido de comida llega.
Hablando de eso, ¿cuándo llegaría el próximo pedido? ¿Había olvidado llamar al súper mercado otra vez?
"¡Tock! ¡Tock!"
No. Ahí está.
Me dirigí a la puerta sin ninguna prisa. Tomé la perilla, la giré y abrí la puerta. El sol me cayó en la cara, sin embargo, fue lo único que vi, lo único, aparte de una cubierta vacía.
—Qué extraño. Debí imaginarlo —me en cogí de hombros y volví a cerrar la puerta.
No había dado ni un paso de regreso a la cocina cuando "¡Tock! ¡Tock!"
Me giré y volví a abrir la puerta.
Nada. Volví a cerrarla.
Di media vuelta, sin dejar de observar la puerta con atención, esperando el momento en el que volvieran a tocar. Pasaron cinco minutos para que bajara la guardia.
"¡Tock! ¡Tock!"
—¡Muy bien! ¡¿Quién es el gracioso?! —abrí la puerta más rápido de lo que alguien hubiera podido.
Nada.
Gruñí, harto de tantas bromas. Cerré la puerta de un portonazo y corrí hacia el Puente.
Llegué al panel de control, lo encendí, oprimí botones rápidamente y accioné las turbinas. El suelo comenzó a temblar antes de despegar hacia el cielo, donde nada ni nadie, podría molestarme.
"¡Tock! ¡Tock!"
Mis neuronas estallaron. No era de la puerta principal, sino de la del pasillo. Era imposible.
¿Imposible? Lo único imposible era lo que vi a continuación, cuando abrí fuertemente la puerta hacia el pasillo, y me encontré a quince metros de distancia del maestro del rayo.
Jay.
Sólo estaba ahí, parado al otro lado del pasillo con su traje ninja azul y un bote de palomitas en las manos.
Se me heló la sangre, a un punto en el que llegué a sentir miedo.
—¿C-có...
—¡Oh, Lloyd! No te preocupes por mí, sólo vine a usar el baño.
"¡Tock! ¡Tock!"
Giré sobre mis talones, quedando de cara contra la puerta que por algún motivo se encontraba cerrada. ¿Yo la había cerrado? ¿Y por qué alguien toca desde el otro lado? No podía estar volviéndome loco.
Abrí la puerta, encontrándome sentado en una silla, tecleando botones como si fuera lo más común, al maestro del hielo, Zane.
—Muy buenos días Lloyd —dijo volteandome a ver.
La mitad de su cara se encontraba en ruinas, dejando al descubierto el metal y cables rotos lanzando chispas. Me vi obligado a contener el impulso de gritar.
—¡JAY! ¡Ese es mi pastel! —escuché que gritaban por el pasillo.
Giré la cabeza rápidamente, los gritos de Cole y Jay seguían ahí, pero no podía ver a ninguno de los dos, es como si estuvieran a la vuelta del pasillo, pero cada vez se escuchaban más cerca.
Regresé la vista a la silla, pero no quedaba señal alguna del maestro del hielo. Zane se había ido, o más bien, esfumado.
Un escalofrío me recorrió las venas mientras aún escuchaba los gritos de pelea de los chicos por el pasillo, cada vez más cerca.
Salí del puente y decidí buscar las voces, seguirlas, y encontrarlas. Pero cada vez que giraba en una esquina, parecía que estaban en la siguiente, y en la siguiente, y en la siguiente. No avanzaba, o tal vez ellos avanzaban conmigo.
Los escuchaba fuerte y claro, casi podía sentirlos al otro lado del corredor.
—¡Tenía un letrero! ¡Era mío!
—¡Tú te comiste el de fresa la semana pasada!
—¡Fue de chocolate!
No. Era imposible. No podía ser cierto. Ellos no estaban aquí.
Corrí sin cuidado, como un loco, hacia mi habitación. No quería estar ahí, en un lugar en el que nunca los encontraría. Aún así, corriendo hacia la seguridad de mi cuarto, al fin pude sentir que me alejaba de aquellas voces fantasmas.
Cerré la puerta fuertemente detrás de la espalda, me apoyé contra la madera y me llevé las manos a los ojos.
Todo había quedado en total silencio, incluso mi mente, pues ya no quedaba ni pizca de lo que podrían haber sido o no los chicos regresando alegremente al navío.
Esto era una locura.
"¡Tock! ¡Tock! ¡Tock!"
Me quedé helado, sin respirar, sin hacer el más mínimo movimiento que delatara mi presciencia.
"¡Tock! ¡Tock! ¡Tock!"
Podía sentir el golpeteo en mi espalda. Estaba aquí, alguien estaba tocando mi puerta, y estaba completamente seguro de que no se trataba del repartidor.
Tuve que morderme la lengua para contener las ganas de abrir.
—¡Hey Lloyd! ¡Soy yo! ¡He vuelto!
La voz conocida casi me provocó una caída. No puede ser. No puede ser. No puede ser.
—¡Soy Kai! ¡Abre la puerta!
Mis ojos no pudieron resistir y se empañaron en lágrimas. Corrí hasta mi cama, y me oculté bajo las cobijas, rogando por que las cuatro voces imaginarias se fueran de mi puerta, del pasillo, del Puente, y de todo el barco.
17 de septiembre, año 2016
Desde hace poco más de nueve meses, las voces e imágenes de los chicos me habían estado acompañando para todos lados. Ya no había medicina que tomar, ya no había entrenamiento que hacer, y por supuesto no existía vida que arreglar. Estaba en un tubo.
Un tubo, un odioso y adorado tubo. Preferiría llamarlo esfera, porque siempre estaba rodando, siempre cambiando y siendo diferente a lo que era antes. Como las estaciones, ya no eran las mismas; y las emociones, que simplemente, cambiaron e hicieron todo más sencillo.
Al menos el navío ya no estaba en silencio, o al menos para mí.
El día de hoy, me desperté un poco más temprano de lo usual para ir a velar a mi tío en la tumba. Le llevé flores que se marchitarán algún día, una taza de té que se pudrirá mañana, y un sobre vacío que se estropeará apenas caiga la primera tormenta.
No lloré frente a él ni de camino al barco, Jay no dejaba de hacer bromas sobre cacahuates y mayonesa y yo no quería arruinarle el humor con el mío.
Llegué al barco, decidido a hacer lo mismo de siempre: Nada.
Me dio por ir a la sala de estar, en la cual apenas llegué me acomode en el sillón, al igual que los demás, pero esta vez, algo en su vestimenta elegante y poco casual me llamó la atención.
—¡Te dije...que...
No. No. Nonononono, ¡NO!
—¡...ERA MÍA! —Cole gritó al tiempo en que tacleaba a Jay.
Los golpes comenzaron, muy fuertes y letales. Cole intentó ahorcar a Jay, y éste lo golpeó, pateó y arañó varias veces en la cara. Zane y Kai habían tratado de separarlos, pero cada esfuerzo valía igual a un puñetazo en la cara.
La ventana estalló, Cole tomó uno de los vidrios, y se lo incrustó sin compasión a Jay en el cuello.
Chorros de sangre inundaban mi visión.
—Tú —un dedo apuntó hacia mi pecho, el dedo de Zane.
—¿Q-qué?
—Tú —Cole también apuntó.
—Tú —Jay me apuntaba ya de pie.
Giré la cabeza, y me encontré con otro dedo contra mi pecho, pero en el rostro del castaño, se dibujaba una sonrisa tétrica.
—Tú...eres el asesino.
El mundo me daba vueltas. Los miré a todos, con el corazón acelerado, y me di cuenta de la asquerosa realidad: ninguno de ellos estaba realmente ahí, pero ninguno de ellos tenía ojos, sólo agujeros negros y profundos, responsables de mis siguientes noches de terror.
—¡N-no! ¡No lo soy! —grité, deseando que se escuchara mejor de lo que parecía.
Los cuatro chicos rieron, rieron, y rieron, exactamente como si les hubieran contado el mejor chiste del siglo. Entonces, Kai dejó de reír, estiró el brazo, y me dio un fuerte puñetazo en el ojo.
Lo peor de todo, fue que me dolió.
El suelo comenzó a arder, me dolia la cara, los cuatro se reían descontroladamente, y yo más que nunca, tuve ganas de gritar y llorar en el suelo.
Salí huyendo de ahí.
•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•
Entré en el nuevo departamento sin prender la luz, aunque hubiese querido, mis brazos estaban demasiado cargados como para poder levantar la mano y oprimir el interruptor. Cerré la puerta con el pie.
Dejé las maletas con mis cosas sobre el mueble, y la bolsa de dinero en medio de la mesa. ¿Qué iba a hacer con tanto?
En este día, lo que menos me había impresionado es que el Navío del Destino se vendiera tan rápido.
Ya no quería volver ahí, nunca más. Una maldita ilusión me había golpeado, justo en el ojo. Claro que, en realidad no me había provocado ningún daño físico, porque no existía. Pero en verdad, me había dolido. De alguna forma, lo había hecho.
—Dime que todo es para comida.
Ignoré la voz de Cole, más que nada, porque por el momento sólo era eso: una voz.
En estos momentos, me podía considerar a mí mismo como un insensible.
Tomé una pequeña mochila llena de cosas diversas y fui hasta la habitación. Ubique un pequeño escritorio con espejo, abrí la mochila, y deposité sin cuidado todas las cosas ahí. Desde libretas hasta vasos de plástico, todo cayó como un enorme desastre sobre la madera.
Tomé un vaso, la botella de agua, y le serví lo que quedaba.
Tomé una caja de cerillos y salí de regreso a la sala, donde volví a cargarme al hombro la bolsa con el dinero ganado del navío y fui hasta la cocina. Al llegar, dejé la bolsa dentro del lavabo, y no me tomó más de tres segundos encender un cerillo y arrojarlo a los billetes.
La ganancia comenzó a arder en llamas, haciéndome sentir el calor del fuego, y creando la hermosa vista de una fogata de billetes.
El olor a quemado no me gustaba, por lo que dejé los cerillos de un lado y regresé a la habitación.
En una libreta gastada escribí la fecha con pluma, y me pregunté qué sería lo que debía poner como texto. ¿A quién culparía? ¿A quién pediría perdón o a quién rogaría que no llorara?
No había nadie en el mundo que se preocupara por mí.
Tomé el lapicero con fuerza, y simplemente, preferí justificarme con lo que había arruinado mi vida.
Pensé en todas las alucinaciones que tenía a diario, y en todo lo que me hacían sentir. Todo lo que ellos me hacían sentir.
Era horrible, y nunca podría sacarlo de mi cabeza.
17/09/26
Recuerdo ese día,ese jueves veinticuatro de diciembre,en el que todo se destruyó. Para siempre.
Aún me da miedo pensar en ello, pensar en cada palabra, en cada acción, en cada persona que intervino en el caso.
Me da miedo recordar...a todas esas personas. A las que alguna vez las llegue a considerar mis amigos.
Pero eso paso hace cinco años. Fingen olvidarlo, pero les importa más que a nada en el mundo.
Sé que aún sueñan con ese día. Todos lo hacen.
Lloyd G.
Terminó con mi firma, la única firma que alguna vez había tenido.
El olor a quemado había comenzado a llegar desde la cocina.
Era hora.
Al fin, después de tanto sufrimiento, después de tanto llanto y todas esas horribles visiones.
Al fin, era el día.
Estire la mano hasta alcanzar el frasco de pastillas, vacíe un puñado y las coloqué en mi boca. Alcancé el vaso de agua potable que había llenado sólo momentos antes, y dejé que el líquido se escurriera por mi garganta.
Me di la vuelta, dándole un último vistazo al departamento recién adquirido.
Lo odiaba, pero no más de lo que odiaba a todo lo demás.
Estaba listo.
¡¡¡RIIIIIING!!!
Escupí toda el agua, y acompañada por las pastillas, esta empapó el suelo formando un horrible charco bicolor con cápsulas medicinales, algunas rotas, algunas otras no.
Levanté el teléfono que nunca había visto y me lo llevé a la oreja.
—¡¿QUÉ?!
—¿Ninja Verde? ¿Lloyd Garmadon?
Me sequé la comisura de la boca con la manga de la camiseta.
—¿Si?
Un suspiro de alivio sonó desde el otro lado de la línea.
—¡Gracias al Primer Maestro! —hizo una pausa, aclarándose la garganta —Soy Thomas Wilson, alcalde de la ciudad de San Francisco. Necesitamos tu ayuda.
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