Capítulo 9.
Después de algunos días de convivir con Abigail, Vicente se dio cuenta de que la joven le agradaba mucho más de lo que creyó al principio. No supo con exactitud cómo pasó pero más o menos tres semanas después de que la rubia se incorporó al equipo de trabajo, ambos quedaron un fin de semana para salir a algún lugar bonito y llegar a conocerse más. En realidad ella fue la que sacó el tema y le preguntó si quería salir a algún lado, claro que el tono que usó fue como si le hubiera dicho a un amigo, y él aceptó gustoso. Ninguno de los dos mencionó la palabra «cita», aunque Germán juraba y perjuraba que era una.
En seguida que Vicente le dijo a su «amigo», nada más como un simple comentario, que saldría con Abigail, se arrepintió, pues el hombre lo estuvo molesta y molesta con lo mismo, diciendo cosas como: «¿Pero por qué te invitó a ti? Si eres tan raro », «Rodríguez está mejor que tú... No me malinterpretes, pero entre hombres también se reconoce quién está mejor o peor que uno» o «a lo mejor ya se enteró que tienes mucho dinero y que solo estás aquí para matar el tiempo». Cuando Vicente se hartaba de ese tipo de comentarios, él también le contestaba.
—Cállate ya, métete en tus asuntos y saca a pasear a tus hijos.
—Ni que fueran perros para que los saque a pasear. —Se quedó pensando—. Aunque no me creas, a veces me dan ganas de ponerles correas de tan inquietos... No le digas a María Eugenia que te dije esto.
—No, pero ya cállate.
El sábado de esa semana, aproximadamente a las seis de la tarde, Vicente se estaba terminando de arreglar. Estaba usando ropa casual porque había acordado con Abigail no llevar nada formal. En el momento en que se encontraba perfumándose, Valeria entró a su habitación con semblante feliz. Ya era una mala costumbre que tenía pero el joven no la detuvo desde el principio, así que, como no le quedó de otra, ya se estaba acostumbrando a esa situación.
—Hola —saludó sin que su expresión de alegría se le quitara del rostro. En seguida se sentó en la cama.
—Hola. —Dejó el perfume en el tocador y volteó a verla.
—¿Qué crees?
—¿Qué?
—¡Adivina!
Vicente se quedó pensando, o mejor dicho, fingió hacerlo porque nunca le había gustado el juego del «adivina» y no se quebraría el cerebro tratando de pronosticar algo que no era de su incumbencia.
—No sé —dijo después de algunos segundos.
—Trata.
Verla en ese estado lo hizo sonreír un poco. Al parecer ya había olvidado por completo a ese chico que la había lastimado, suponía que era ese tal Diego pero no estaba cien por ciento seguro.
—Pues... De seguro los extraterrestres están atacando el Planeta Arcoíris de los unicornios mágicos y únicamente los gnomos-duende del Mundo Cariñoso son los encargados de salvarlos.
Valeria empezó a reír.
—Casi atinaste —siguió riendo—, pero no.
—¿Qué es?
—¡Pasé el examen de la universidad! —Chilló emocionada. Ya le había comentado a su mamá, a su hermano, a sus amigas, que no les había hablado desde el día del cine pero la tentación le ganó y quiso platicarles la buena noticia, a las sirvientas y a la cocinera, pero estaba tan emocionada que quería contarles a todos sus conocidos. En seguida se acercó y le dio un fuerte abrazo.
—Genial, ¡muchas felicidades! —Dijo él con sinceridad. Correspondió el abrazo y le dio dos palmaditas.
La chica se alejó de él y, por primera vez desde que llegó a la habitación, lo miró detenidamente. No estaba acostumbrada a verlo con ropa casual, siempre formal y con colores oscuros, pero ese día llevaba un pantalón de mezclilla y una camisa azul cielo de manga larga. Le pareció extraño pero no le desagradó.
—Al rato voy a festejar con mi mamá y Flavio, saldremos a cenar, ¿quieres venir?
—Me encantaría pero ya tengo un compromiso. Lo siento.
—No te preocupes. —Volteó a ver la habitación con un gesto distraído. Luego se levantó—. No te quito más el tiempo, hasta luego.
—Hasta luego.
—Pásala bien, Vicentito.
Vicente alzó una ceja al oír ese diminutivo; nunca le habían gustado, ni mucho menos los apodos pero no le comentó nada, no quería arruinar su buen humor con una observación que ni al caso, y al menos, para sus oídos, «Vicentito» sonaba mejor que «Chente», como solía llamarlo su primo Román para hacerlo enojar cuando eran niños.
—Igualmente, Valeria.
Después de hablar con la chica, se fue en su auto hacia el café donde acordó ir con Abigail. En cuanto llegó, decidió sentarse en un lugar apartado y fresco. En seguida una mesera apareció y le extendió la carta pero él le dijo que esperaba a alguien. La chica sonrió y dijo que regresaba en un rato. Unos minutos después, vio a Abigail llegar. La chica llevaba puesto unos jeans, una blusa roja y unos zapatos bajos del mismo color, además su maquillaje era muy ligero. No pudo evitar pensar que, en todo sentido, era muy contraria a Valeria: en personalidad, forma de vestir, manera de hablar, aspecto físico, ¡en todo! Sacudió su cabeza para quitarse esos pensamientos, pues no estaba bien comparar a las personas. En seguida agitó su mano para llamar su atención. Abigail lo localizó con su mirada, sonrió y se acercó a él con rapidez.
—Hola, buenas tardes.
—Buenas tardes —respondió Vicente—. ¿Cómo estás?
—Muy bien, ¿y tú?
—Bien, gracias.
Vicente se levantó en seguida y movió la silla para que se sentara Abigail. La chica rio con nervios, pues no estaba acostumbrada a salir con hombres que se portaran tan cortés y educadamente. Se sentó y él la acercó a la mesa para después volver a acomodarse en la otra silla.
—Gracias.
—No hay de qué —respondió con su tono atento.
Después de aproximadamente un minuto, la mesera se volvió a acercar y tomó la orden de ambos. La chica pidió una rebanada de pastel con un frappé de galleta y él pidió un cappuccino. Después de ordenar, se la pasaron charlando acerca de sus intereses y gustos; ninguno decía cosas muy personales ni tampoco preguntaban indiscreciones, y realmente agradecían en silencio la prudencia del otro. Aproximadamente a las nueve, Vicente pidió la cuenta; Abigail insistió en pagar lo suyo, pues habían salido como amigos, pero él no la dejó.
—En verdad, yo pago lo mío, no es necesario —comentó la rubia, apenada.
—No.
—Pero... Oye, cuando salgo con mis amigos, ellos dejan que pague lo mío.
—Pues entonces tus amigos no son caballerosos.
—Ammm, pues... —Se quedó pensativa—. No mucho, pero no viene al caso.
—Insisto, déjame a mí esta vez.
En cuanto terminó de pagar y dejó la propina, ambos acordaron irse.
—La próxima yo invito —mencionó Abigail mientras se dirigían a la salida.
—No.
—¿Como que no? —Rio mientras salían del café. Vicente abrió la puerta y dejó que primero pasara ella—. Gracias. Eres muy caballeroso.
—Sí, bueno... Así me educaron.
—Está bien. Ojalá hubiera más hombres como tú.
—Gracias... Oye, ¿cómo te vas a ir a tu casa?
—Pues me iré en camión.
—Ya es muy tarde, ¿no quieres que te lleve?
—Amm... No, estoy bien.
—¿Segura? —Alzó una ceja.
—Bueno... si tú quieres...
—Por supuesto que sí, no dejaré que te vayas sola tan tarde. Ven conmigo.
«Aww, se preocupa por mí» pensó la chica mientras bajaba la cabeza para que Vicente no notara el rubor de sus mejillas.
—¿A dónde vamos?
—Te llevaré en mi auto, si no te molesta.
—Para nada. —Negó con la cabeza repetidas veces.
—Lo estacioné por aquí cerca, sígueme.
—Claro.
Una vez que se subieron al auto, Abigail no pudo evitar poner cara de admiración al ver su lujoso auto del año. Vicente la dejó en la puerta de su casa y la chica se lo agradeció infinitamente.
—La pasé muy bien, Abigail.
—Yo también... Hay que salir otro día... si quieres.
—Por supuesto...
—Pero deja que esta vez yo invite.
—Otra vez con eso. —Pausó para reír un poco—. ¿Te gustaría ir a mi casa el próximo sábado? —Preguntó finalmente. La chica se asombró un poco por oír la pregunta.
—Sí, claro, me encantaría, ¿pero dónde vives?
—Vivo por el fraccionamiento Valle Rojo pero un poco más alejado. El lunes te paso bien la dirección.
—Está bien... Bueno, creo que es hora de despedirnos, hasta luego.
—Nos vemos el lunes.
Antes de salir del auto, la rubia le dio un beso en la mejilla a Vicente y sonrió con timidez mientras sus mejillas se ruborizaban y se preguntaba a sí misma si estaba siendo muy atrevida. El hombre se sorprendió ante tal acción pero ya no pudo decir nada porque la chica se bajó del auto con velocidad y corrió hacia la puerta; se despidió con la mano y entró a la casa donde vivía con sus padres.
Vicente, antes de acelerar, colocó su mano derecha en su mejilla y se quedó un pequeño rato pensando en la pequeña rubia y en lo bien que la pasó en su cita.
Capítulo corto pero necesario. A partir del siguiente empieza lo bueno 🤧👍
Pregunta, me gustaría saber cuál es su personaje favorito en la historia.
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