Capítulo 16.
Recuerden que ayer hubo actualización para que no se salten el capítulo.
Maratón 1/3.
En un día de esos, Flavio se encontraba realizando uno de esos trabajos finales donde se trabaja más de lo que se duerme y la desesperación y estrés te atacan constantemente, así que decidió distraerse un poco con el simple hecho de ir a servirse un vaso de agua.
—Agh, malditos profesores cara de caca —murmuró cuando salió de su habitación.
Una vez que fue a la cocina y tomó agua, subió las escaleras y decidió hacerle una pequeña visita a su hermana. Estuvo a punto de entrar pero de detuvo al escuchar la voz de Vicente. «Agh, ahí está ese imbécil» rodó los ojos. Como la puerta estaba entreabierta, se asomó discretamente. Vicente tenía un ramo de rosas en la mano y se lo extendió a Valeria. La chica le dio las gracias y lo besó apasionadamente. «Iuuu, mi pobre hermanita; lo que tiene que hacer por mi culpa... Ay, no, ¡qué asco! ¿Por qué lo sigue besando...? Si esto sigue así se pondrá porno, mejor me voy» pero para su alivio, en ese momento ambos cortaron el beso. «Al fin». Pero se sorprendió mucho al ver que, en lo que Vicente buscaba un lugar para colocar las flores, su querida hermana no hizo ninguna mueca de desagrado sino que lo siguió todo el tiempo con la mirada y se veía muy sonriente y... ¿enamorada? Flavio abrió los ojos con sorpresa y se cubrió la boca con una mano. «No puede ser».
Los días siguientes estuvo pendiente de su hermana, incluso más que de sus trabajos escolares. Estaba atento a sus reacciones, a su actitud, ya no se veía tan fría sino que era más amable y parecía feliz, y esa felicidad aumentaba cada vez que estaba cerca de su hermanastro. Llegó a la conclusión de que Valeria estaba enamoradísima de Vicente, tanto como él de ella. «Ay, ¡pero cómo se le ocurre a esa bobalicona! Si él es tan feo y raro... ¿Y qué le dirá a mamá?».
Una tarde decidió enfrentar a su hermana y aclarar todo de una buena vez.
—Valeria —dijo entrando a su habitación, pero no había nadie, de seguro estaba en la oficina con Vicente. «Tal vez en la noche».
Por su parte, la chica estaba sentada en el sillón de la oficinita viendo como Vicente, después de realizar una llamada a su primo Román, estaba hojeando unos papeles; parecía querer encontrar algo importante.
—Vicente... cariño... corazoncito... Vicentito... —reprimió una risita—. Chente...
Él rio un poco y negó con la cabeza.
—No me digas así... —murmuró sin dejar de sonreír.
—¿Qué haces? ¿Puedo ayudarte en algo?
—Espera, quiero encontrar algo... ¡Aquí está!
—¿Qué es?
—Es una hoja donde mi padre tenía apuntados algunos contactos. La escanearé y se la mandaré a Román para que busque algunos proveedores nuevos. Unos que teníamos acaban de cerrar, así que Vinos Ortega está teniendo ciertos problemas. Además la competencia está incrementando.
—Ojalá sus problemas se solucionen pronto.
—Sí, eso espero... ¿Quieres hacer algo?
—¿Como qué? —Alzó una ceja.
—No lo sé, ¿qué acostumbrabas a hacer con tus exnovios?
Valeria lo miró con picardía mientras mostraba una sonrisa ladina.
—¿Tú qué crees?
Vicente se ruborizó un poco y jugueteó con sus dedos con nerviosismo.
—No me refería a eso, me refiero a...
—Ya lo sé, aquí nadie dijo nada, tú sacaste tus propias conclusiones.
—Sí, es cierto. Lo siento...
—No hay problema, Vicente, pero ahora, respondiendo a tu pregunta, a los lugares a los que iba con esos imbéciles eran muy predecibles y aburridos, y mucho más fastidioso lo que hacía y hablaba con ellos, en serio, esos chicos solo piensan en sí mismos, así que sorpréndeme.
Vicente se quedó pensando, ¿a dónde podía llevar a esa chica para divertirse?
—¿Te gustaría ir al centro comercial? —Dijo lo primero que se le ocurrió.
—Sí, ya tiene un tiempo que no paso por allí. —«Además ese lugar no es frecuentado por las amigas y conocidos de mamá» pensó.
Ambos fueron allí y la pasaron muy bien. Cuando pasaron junto una tienda de ropa, Valeria miró con emoción todos los hermosos vestidos.
—¿Quieres alguno?
—¿Eh?, no, yo solo estaba viendo.
—¿Segura?
—Sí —sonrió.
—Ven, vamos. —La tomó de la mano y la llevó adentro de la tienda.
—¿Eh? No...
—Yo sé que quieres.
—Agh... Está bien.
La chica estuvo viendo todos y cada uno de los vestidos, probándoselos y preguntándole a Vicente su opinión.
—Esto es raro para mí —le comentó a él mientras Valeria se veía en el espejo, verificando como le quedaba un vestido strapless color morado—. Desde mi punto de vista, todos te quedan muy bien... Deberías llevarlos todos.
—No, este me hace ver gorda —se quejó.
—¿Cuál gorda? Te ves preciosa.
—Gracias pero no me convence.
En ese momento se acercó la vendedora que la estaba atendiendo y le preguntó qué le había parecido.
—No me gusta. ¿Tienes otro?
La señorita sonrió con amabilidad y dijo que buscaría otro mientras disimulaba muy bien su malhumor por tener que tratar con indecisas como ella —o sea, como casi todas las clientes, eso significaba que todos los días estaba molesta—. Al menos Valeria no estaba siendo grosera, como otras, si no llegaría con un humor de perros a su casa y pobre de su marido, que iba a tener que aguantarla. La joven le llevó un vestido negro de tirantes. En lo que la chica se metió al probador y la vendedora fue a buscarle más vestidos, una vocecita llamó la atención de Vicente e hizo que volteara.
—Vicente...
Se sorprendió mucho al ver a una niña, como de nueve años, frente a él y, luego de unos segundos, la reconoció.
—Irene, ¿eres tú? —La niña asintió con la cabeza—. ¡Cómo has crecido! ¿Y tus papás?
—¡¿Irene?! ¡¿Dónde estás?! —Ambos escucharon el grito de la madre—. ¡Ahí estás, escuincla del demonio! —La niña tragó grueso al ver a su madre acercarse a ella con furia—. ¿No te he dicho que no debes alejarte de esa manera?
—Lo siento, mami, es que vi a Vicente. —Lo señaló.
La mujer posó su vista de Irene a Vicente y su semblante pareció relajarse un poco. Era una señora de complexión gruesa y malgeniada. Sus facciones eran duras y aún más su carácter.
—Vicente, buenas tardes, ¿qué haces aquí?
—Buenas tardes, María Eugenia...
—¡Hey, Vicente! —La voz de Germán lo interrumpió—. ¿Qué haces en una tienda de vestidos? No me digas que te volviste uno de esos perver...
—Antes de que hagas cualquier especulación, te digo que no es cierta. ¿Y ustedes qué hacen aquí? —Cambió el tema con rapidez. Esperaba que le contestaran con rapidez y que se fueran antes de que Valeria saliera del probador. Ya después le inventaría cualquier excusa a Germán.
—Vinimos a comprarle un vestido a Irene, no sé si Germán te platicó que no hace mucho fue su cumpleaños —contestó María Eugenia.
—Sí, me platicó... ¡Felicidades, Irene!
—Gracias. Mira, ¿te gusta mi vestido? Quiero que papi me lo compre, estuvo ahorrando para darme mi regalo.
Vicente volteó a ver a Germán y este solo sonrió apenado. La niña comenzó a dar vueltas con el vestido blanco y floreado.
—Irene, ponte en paz —regañó su madre.
—Estoy modelando, mami.
—Que modelando ni qué nada, ya cálmate.
—¿Y dónde está Germancito? —Preguntó Vicente de repente para que dejaran de regañar a Irene, olvidándose por completo de la situación comprometedora en la que estaba.
—Está bien, lo dejamos con la abuelita, si no ya sabes cómo se pone cuando ve mucha gente.
—Sí, ya sé.
En ese momento la vista de todos se posó en la castaña, que acababa de salir del probador con el vestido negro puesto. Ese sí la había convencido pero antes quería enseñárselo a Vicente para que le diera su opinión. Ya me imaginaba lo que respondería pero aun así quiso hacerlo.
—Hola —saludó nerviosamente al notar que todas las miradas se posaron en ella.
Vicente maldijo la situación en su pensamiento, respiró profundamente y trató de mantener la calma.
—Valeria, él es Germán, un compañero de trabajo, no sé si te acuerdes de él. Y ellas son su esposa María Eugenia, y su hija Irene.
—Mucho gusto; sí, lo recuerdo —mintió—. Solo que no nos habían presentado formalmente.
—Mucho gusto.
—¡Pero qué bonita está tu novia, Vicente! —Exclamó María Eugenia de repente.
Antes de que alguno dijera algo, Germán se entrometió, salvándolos de meter la pata o decir algo equívoco.
—No es su novia, es su hermanastra.
—¡Oh! Lo siento, es que no te conocía —le dijo a Valeria con tono muy amable para venir de ella. La vez del funeral de Facundo no pudo ir porque nadie podía cuidar a los niños, y ni de chiste iba a llevar a sus hijos revoltosos a un funeral.
—No te preocupes —sonrió mientras contestaba.
Irene se acercó a ella.
—Me gusta tu vestido.
—Gracias. Y a mí me gusta el tuyo —dijo con gesto cariñoso. Siempre le habían gustado los niños.
—¿Verdad que sí? Es muy bonito, mi papá me lo va a comprar.
—¡Qué bien! ¿Y ya le diste las gracias?
—No porque en mi cumpleaños pasado no me dio nada.
—Oh... —Alzó una ceja—. Está bien. —Volvió a sonreír, enseñando sus perfectos dientes en el acto.
Mientras el hombre mayor veía a Valeria igual que un león hambriento ve un pedazo de carne, María Eugenia y Vicente comenzaron a charlar. Ambos se dieron cuenta de la forma en que Germán veía a la chica y se sintieron perturbados y molestos, pero fingieron no verlo. Y ya se las pagaría a María Eugenia cuando llegaran a la casa, ¿cómo se atrevía a ver de esa forma a esa joven tan agradable? La señora notó que Valeria comenzó a ponerse incómoda al sentir que Germán la desnudaba con la mirada y eso solo logró enfurecerla más. «Ese imbécil hijo de puta, ¿cómo se atreve? ¡Ni siquiera porque está su hija aquí...! Pobre muchachita, la está fastidiando este cabrón».
—¿Y qué haces aquí con tu hermana?
«¿Hermana? ¡No es mi hermana, carajo!» pensó, ocultando su creciente molestia. Se dio cuenta de que no sabía qué decirle, no era muy bueno inventando excusas al momento. Para su suerte, Valeria acababa terminar de hablar con la niña y escuchó la pregunta.
—Bueno, es que mi hermano va a graduarse pronto y quiero un vestido para ir a su fiesta. Vicente está haciendo el favor de acompañarme, pues mi mamá no pudo y no quería que viniera sola.
—Oh, ya, está bien que no vengas sola.
—Sí.
—Bueno, si nos disculpan, nos tenemos que ir.
—Adiós, fue un gusto conocerlos —dijo Valeria.
—Igualmente, querida.
—Hasta luego, María Eugenia, cuídense mucho. Hasta mañana, Germán.
—Nos vemos mañana. —Despegó su vista del cuerpo de Valeria y lo miró.
La familia se alejó y obligaron a Irene a quitarse el vestido en el probador para poder pagarlo pero la niña comenzó a hacer un berrinche. María Eugenia estaba harta, si no hubiera sido porque allí había gente, les habría metido un pellizco tanto a Irene como a Germán. Una vendedora llegó y dijo que la niña podía llevarse el vestido puesto y María Eugenia aceptó solo para que su hija se callara. Ya le daría una lección en su casa, tanto a ella como al puerco de su padre. Mientras Vicente veía toda la escenita, Valeria se volvió a meter al probador para quitarse el vestido y ponerse sus jeans ajustados y su blusa azul de tirantes. Una vez que salió, le dieron el vestido a la vendedora para que lo cobrara. Cuando que salieron de la tienda, decidieron ir al auto.
—¿En serio no quieres alguna otra cosa?
—No —sonrió—. Con el vestido estuvo bien, gracias.
Una vez que subieron al auto, Valeria fue la primera en hablar.
—Oye, aquella situación con tu amigo estuvo muy rara.
—Ni que lo digas. —Rodó los ojos—. Ese pervertido no dejaba de verte.
—No estés celoso —se burló un poco—. Sabes que te quiero solo a ti... Pero pobre María Eugenia, se veía furiosa.
—Tú lo has dicho, estaba enojadísima. Pobre Germán, querrás decir.
Ambos rieron un poco y volvieron a casa. Una vez allí, decidieron hacer cosas diferentes en lo que llegaba la hora de la cena.
—Te veo al rato. —Valeria besó la mejilla de Vicente.
—Está bien, Valeria.
La chica subió hasta su habitación y cuando se encontró a Flavio sentado en su cama, alzó una ceja y dejó la bolsa que traía el vestido en el suelo.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba esperando. —No llevaba mucho rato pero ya estaba exasperado, a pesar de que se había llevado consigo su celular para distraerse y no hacer tan larga la espera.
—¿Y bien? ¿Para qué? —Preguntó cuando notó que él no continuaría a menos que ella le diera pauta.
—Sabes, tengo la certeza de que si yo hubiera sido niña y mamá me hubiera mandado a conquistar a Vicente, de seguro habría manejado mucho mejor la situación... Mucho mejor que tú —agregó.
Valeria frunció el ceño y cerró la puerta de su cuarto.
—Explícate. —Ladeó la cabeza y lo miró con completa atención.
—Y mira —cambió el tema—, te ha hecho regalos muy bonitos y costosos. No había notado aquella cajita musical. —La señaló—. ¡Qué mona!
—Flavio...
—Y estoy seguro de que a ti te da dinero extra, ¿no? Porque, que yo sepa, antes solo le daba dinero a mamá para que ella nos diera, pero estoy muy seguro de que ahora también te da a ti, ¿o me equivoco?
—¿Qué tiene que ver?
—Pero no es por el dinero y los regalos, ¿verdad? —Siguió como si estuviera hablando para sí mismo—. ¿Entonces por qué?
—¿De qué hablas, idiota?
—Es que en serio, ¡¿cómo se te ocurre?! —Se levantó de la cama.
—¿De qué carajos hablas, Flavio?
—¡Pues de que te enamoraste de Vicente, tonta! —Exclamó como si fuera lo más obvio del mundo.
Valeria soltó una risita nerviosa.
—Eso no es cierto —dijo con tono inseguro—. ¿Yo? ¿Enamorada de Vicente? ¡Ja!, no, eso no.
—Aww, ¿no te habías dado cuenta aún? ¿En serio?
—Flavio, deja de decir estupideces y sal de mi cuarto —ordenó.
—Valeria...
—¡Ahora! —Dijo con tono fuerte.
Pero como siempre, Flavio la ignoró por completo y se acercó a ella. Por su parte, Valeria comenzó a analizar todo y se dio cuenta de que cuando estaba con Vicente se sentía como las veces que estuvo con Diego cuando todavía lo quería, pero con las sensaciones y maripositas triplicadas. Su corazón latía frenéticamente y sus ojos, fijos en el suelo, estuvieron a punto de derramar lágrimas.
—¿Qué vas a hacer? Tú lo quieres, y ni siquiera lo sabías. Pero ahora lo sabes.
—Yo... —Lo miró con expresión acongojada—. Yo...
—¿Sí?
—No... No lo sé. —Bajó la mirada—. No lo sé, Flavio, ¿qué puedo hacer? —Preguntó con desesperación.
—No te enamores, dah.
—Pero... tú lo dijiste, ya lo estoy —aceptó con miedo.
—Mensa.
—¡Flavio! Es que no sabes, pero es muy difícil no enamorarse de él. ¡Es tan lindo y atento! ¿Y te has dado cuenta de los hermosos ojos que tiene?
—Valeria... —Rodó los ojos.
—¿Qué hago, Flavio? Estoy enamorada de Vicente —suspiró mientras se sentaba en la cama.
—Pues desenamórate.
—¡No es tan fácil! —Colocó sus manos en su rostro.
—O habla con mamá. —Propuso al ver a su hermana con expresión afligida. Ella quitó las manos de su cara y volteó a verlo.
—Bueno, ella me mandó desde un principio, todo fue su culpa —murmuró.
—Ammm, pues sí... —aceptó—. Aunque no será tan fácil.
—¿Tú crees? —Preguntó desesperanzada.
—Sí, bueno... Conoces a Vicente desde que eras menor de edad y él ya un adulto, ¿no te imaginas todo lo que la gente podría decir e inventar?
—No me importa —dijo, decidida.
— A ti no, pero a mamá sí. Ves que ella siempre le ha huido a los chismes, por todo lo que pasó y...
—Ya lo sé —lo interrumpió—. Flavio...
—Vale, no me mires así, yo en verdad no sé qué hacer.
Se quedaron callados un ratito.
—Ahora que recuerdo, no fue culpa de mamá sino tuya, porque tú tuviste la absurda idea de que me casara con Vicente, y lo peor es que mamá no quiere que me case con él, solo quiere la mansión.
—Sí. —La miró, apenado—. Lo siento, por todo, pero ahora es tu turno decidir qué hacer.
Sin decir nada más, salió del cuarto de su hermana, no sin antes dedicarle una mirada llena de compasión. Valeria se quedó sentada en su cama, pensando, sin resultados, en encontrar una solución adecuada a su problema.
Ji, espero les haya gustado :D Me divertí mucho releyendo este capítulo.
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