22

La gente del pueblo de la villa de Kaede hacía las cosas de siempre. Casi todos estaban fuera de sus casas. Los hombres trabajaban en el campo, cortaban leña o charlaban en la calle. Las mujeres cuidaban a los niños y a los animales, aunque algunas estaban en el bosque, recogiendo hierbas. También hablaban, por supuesto.

De repente, el sonido de una campana hizo que sus respectivas actividades se detuvieran. El vigilante del pueblo gritaba desde su torre:

- Han vuelto!

Siempre se les avisaba cuando el grupo de Inuyasha volvía de sus viajes. Esta vez había sido el más largo: llevaban cinco meses sin verlos, y muchos los habían dado por muertos. Todos corrieron hacia donde indicaba el vigilante. Allí, andando hacia el pueblo gracias a los caminos hechos entre los arrozales, estaban ellos. Todos sonreían y se les veía felices. Pero lo que más les llamó la atención, fue la forma en la que iban cogidos Inuyasha y Kagome: él tenía un brazo por encima de los hombros femeninos, y ella le tenía rodeada la cintura.

Todos se rieron con complicidad. Por fin ese par de testarudos se había decidido a dar el paso! Cuando los tuvieron más cerca, otro cambio les maravilló: Kagome era diferente. A pesar de la distancia, supieron que ya no era humana.

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No sabían durante cuánto tiempo habían dormido. Y tampoco les importaba. Lo único que sabían, era que el largo viaje de vuelta de dos meses y medio había terminado, y que habían descansado en unos cómodos futones de la aldea durante horas. Tampoco tenían ni idea de la cantidad de comida que habían ingerido al llegar al pueblo.

Los aldeanos, al enterarse de que al fin habían conseguido derrotar a Naraku, habían montado una fiesta, en la que también celebraban la "nueva" relación de Inuyasha y Kagome. No le habían dicho nada del embarazo de la chica a nadie, sobretodo a la abuela Kaede: estaban convencidos de que les saltaría a la yugular si se enteraba de que habían mantenido relaciones sin estar casados.

Ahora era de noche. La fiesta aún duraba. Unas mujeres que sabían tocar algunos instrumentos tradicionales, se habían ofrecido a poner música en el ambiente. Ahora tocaban una melodía lenta. Todas las parejas se encontraban en la "pista de baile", bailando de cerca.

Kagome se encontraba charlando con Sango, sentadas sobre la hierba. La primera aún recordaba esa escena:

******FLASH-BACK******

Era hora de separarse. Ellos tenían que seguir rectos, y Kouga iría hacia el camino de la derecha. Se despidió de todos y, por último, se dirigió a Inuyasha:

- Más te vale cuidar a Kagome, chucho- ante la sorpresa de todos, extendió su mano hacia el mediodemonio.

Éste dudó, pero luego dijo con una sonrisa triunfadora:

- No lo dudes, lobo pulgoso- alargó su mano para estrechar la que el demonio le tendía.

******FIN DEL FLASH-BACK******

Kagome aún recordaba ese gesto de casi reconciliación de su novio y su amigo. Estaba sonriendo cuando Inuyasha surgió entre la multitud, se acercó a ella y le tendió una mano. No necesitó palabras. La chica aceptó la invitación encantada.

- Te veo luego- le dijo a Sango, que asintió con una misteriosa sonrisa.

La mediodemonio cogió la mano que su pareja le tendía y dejó que la guiara hacia la pista de baile. Se pusieron en el centro y se sonrieron. En ese momento, empezó a sonar otra canción. Lenta, también. Ella puso las manos sobre los hombros del híbrido y apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Él apoyó la suya sobre la de la chica y le rodeó la cintura con los brazos. Empezaron un movimiento de balanceo muy lento, a ritmo con la música. Inuyasha le susurró al oído:

- Dime algo, Kagome. Desde que estamos juntos, cuántas veces te he pedido matrimonio?

La zafira detuvo su movimiento, abriendo los ojos de golpe.

- Creo que ninguna- respondió.

- Entonces ya va siendo hora de que tú y yo tengamos una conversación, no crees?

Kagome se separó un poco de él para mirarle, con los nervios a flor de piel, y se dio cuenta de que estaban en el centro de un círculo formado por la gente alrededor de ellos. La música se había detenido y todos habían dejado de bailar, para rodearles con una sonrisa en los labios. Miroku, Sango y Shippo también estaban allí, igual que Kaede y… toda la gente del pueblo.

- Pero qué…?- empezó a preguntar ella, pero se le cortó la voz por los nervios.

- Kagome, cuándo hace que estamos juntos?

- Pues… más de cinco meses.

- Casi medio año. Y durante todo este tiempo, hemos vivido cosas que me han hecho llegar a una conclusión: no puedo vivir mi vida si tú no estás en ella.

Las mujeres empezaron a murmurar de emoción cuando Inuyasha se arrodilló delante de Kagome.

- Inuyasha…

- No soy bueno con las palabras, así que…- se metió la mano por el cuello de la túnica y sacó un pequeño paquete negro- Kagome Higurashi, quieres casarte conmigo?

Con decisión, abrió la cajita oscura. Al ver el contenido, las mujeres medio gritaron. Unas de envidia. Las otras, de emoción. Hasta los que no tenían nada de conocimiento sobre piedras y gemas, hubieran sabido qué era ese brillante que sobresalía sobre el precioso el anillo de oro blanco: un diamante.

- Inu… yasha… yo…- Kagome se había quedado sin palabras. Su cuerpo no la obedecía, pero al menos podía pensar: ese hombre al que tanto amaba le estaba proponiendo matrimonio.

- Di algo, Kagome- la instó Inuyasha. Estaba empezando a impacientarse.

Ella no dudó en su respuesta:

- Sí, quiero. Quiero casarme contigo, Inuyasha!

La zafira se lanzó en los brazos de su, ahora prometido. La gente aplaudió, entusiasmada, mientras el chico le colocaba el anillo de compromiso en el dedo índice. Ella contempló la joya, maravillada. Luego se miraron a los ojos y se besaron, cosa que hizo intensificar los aplausos y hacer que las mujeres empezaran a gritar de emoción. Entonces volvieron a abrazarse. Inuyasha no podía parar de sonreír, feliz. Al final no había sido tan difícil pedirles a todos que se reunieran a su alrededor en el momento en que sacara a Kagome a bailar. Eso había hecho el momento más emocionante.

Pero nada era perfecto: aun faltaba un reto.

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La pareja se cogió de la mano antes de llamar al timbre. Era otra vez de día y se encontraban en la era actual, esperando a que la familia de Kagome abriera la puerta de su casa. Inuyasha dijo:

- A manos de quién prefieres morir? De tu madre o de tu abuelo?

- No sé qué decirte… Es algo complicado. Imagínate que tienes una hija de quince años. Esta hija desaparece en una época llena de monstruos durante cinco meses. Y luego aparece tan tranquila medio transformada en un demonio, diciendo que está embarazada y que encima va a casarse en un lugar donde tú no podrás asistir. Cómo te sentirías?

- Lo sé. Lo que yo haría sería…

La puerta principal se abrió, interrumpiendo al mediodemonio, y la madre de Kagome se asomó. Al ver de nuevo a su hija, exclamó:

- KAGOME! Dios mío, ya creí que no volvería a verte!

Llorando desconsoladamente, abrazó a la chica con fuerza.

- Mamá, tranquila, estoy aquí…

- No vuelvas a hacerme eso nunca!- la riñó.

Al soltarla y mirarla de cerca, se puso una mano en la boca y chilló:

- Madre mía! Qué te ha pasado! Y esas orejas? Y esos ojos? Qué diablos te ha pasado en las uñas…!

- Cálmate, mamá, por favor!- le suplicaba la zafira.

- Qué son estos gritos?

Souta y su abuelo fueron a ver qué ocurría. El niño abrió los ojos con sorpresa al ver a su hermana: hacía ya cinco meses que no la veía, y además había algo nuevo en ella…

- Hermanita! Tienes orejas de perro!

Saltó sobre ella para tocarle las orejas, pero a ella le molestó, sin saber por qué:

- Para, Souta! Molesta mucho que te toquen las orejas!

- A que sí?- coincidió Inuyasha, frunciendo el ceño.

- Bueno, volvamos al tema…Podemos entrar? Tenemos algo importante que contaros y puede llevarnos un buen rato.

Todos entraron dentro de la casa y fueron al salón. En la cuadrada mesa de té, la familia de Kagome ocupó cada uno un lado, y la chica e Inuyasha se sentaron juntos en el restante.

- Y bien… qué es eso tan importante?- preguntó Ujiko.

El rubino y la zafira entrelazaron sus dedos encima de la mesa para apoyarse el uno al otro moralmente. Antes de que ninguno de los dos abriera la boca, el anciano saltó:

- Por qué os cogéis de la mano? No será que…?

- Os dije que eran novios- dijo Souta con aires de superioridad.

- No lo éramos la última vez que me viste humana, Souta- aseguró Kagome.

- Pero ahora sí?- preguntó la madre.

La pareja asintió.

- Oh, cariño, es maravilloso! Felicidades a los dos!- exclamó la mujer, feliz por su hija.

- Gracias, pero hay algo más…- intentó decir Inuyasha.

- Ya lo creo que hay algo más! Qué precioso anillo, Kagome!- exclamó el abuelo de la chica- de dónde lo has sacado?

El mediodemonio bajó la mirada y le dijo a su prometida por telepatía:

"Díselo tú, anda, que no me apetece morir joven".

- Veréis… Inuyasha y yo vamos a casarnos.

Su familia se quedó sin habla. El abuelo intentó balbucear algunas palabras sin sentido, pero no lo consiguió. Souta sonrió, emocionado. Ujiko empalideció, sin saber qué decir: su hija de quince años se casaba!

- C-cómo que vais a casaros?- consiguió decir el anciano.

- Pues… marido y mujer… juntos hasta que la muerte nos separe… a eso me refiero, abuelo- contestó Kagome.

Su madre respiró hondo y dijo:

- Estás segura de que eso es lo que quieres, cariño?

- Sí. Nunca he estado tan segura de nada.

Volvió a coger aire y se rindió, diciendo:

- Entonces no tengo nada más que decirte. Está bien… os doy mi bendición.

- Gracias- dijeron los dos a la vez, con una sonrisa triunfadora en los labios.

- No me gusta, pero yo también os la doy. Cuida de ella, Inuyasha- le pidió el abuelo.

- Eso haré, señor- respondió el híbrido.

- Hay algo más que deberíais saber…- empezó a decir Kagome.

- Estás embarazada?- preguntó Souta, inocentemente.

La pareja enmudeció y se quedó sin habla. Cómo diablos había…?

- Menos bromas, Souta- le ordenó el anciano mientras Ujiko se reía por la "broma"- ya tenemos bastante con haber recuperado a Kagome como para que…

Se calló al ver la cara de consecuencia que ponían los dos hechiceros. Balbuceó:

- O sí?- preguntó.

- Kagome y yo vamos a tener un bebé- confirmó Inuyasha, cerrando los ojos igual que su prometida para esperar la catástrofe

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