13
El ejército partió esa misma mañana. Sería un largo viaje: un trayecto de dos meses y medio de camino a pie les esperaba para llegar al castillo de Naraku, según el olfato del mediodemonio. La masa abundante de personas sólo se detenía por el mediodía y por la noche.
Todos colaboraban en la salud de todos: los zafiros proporcionaban agua a quien la necesitaban; los rubinos mantenían el calor por las noches con su fuego; los esmeraldas allanaban el terreno para hacer más fácil el caminar y los ametistas usaban sus ráfagas de viento fresco para disminuir el cansancio.
En una de las noches de la segunda semana, Miroku y Nincada pensaron en salir un poco de esa aburrida rutina. Convocaron a todos los hombres a un llano y arrastraron a un resignado Inuyasha con ellos. Los rubinos encendieron una gran fogata y los esmeraldas se las apañaron para conseguir hierbas que, mezcladas con agua, conseguían tener el mismo efecto que el alcohol.
Una hora después, todos los hombres, borrachos como cubas, estaban pasándoselo bomba. Sólo Inuyasha conservaba la razón, aunque no le duró mucho. Nincada le vaciló, consiguiendo que el orgulloso híbrido aceptara un reto para una competición de beber. Por turnos, el zafiro y el mediodemonio se iban tomando pequeñas dosis de infusiones, que cada vez les colocaban más. Y el público, formado por el resto de hechiceros de sexo masculino, aplaudía y les animaba a continuar, guiados por Miroku, que era el que más borracho estaba.
Cuando Nincada cayó rendido al suelo, todos gritaron y aclamaron a Inuyasha, el evidente vencedor. El chico no era humano, pero igualmente estaba tan colocado que incluso se tambaleaba al caminar. No era consciente de nada de lo que hacía y se reía por cualquier cosa.
Sin saber por qué, se separó de la multitud (que ahora se estaba dedicando a bailar una especie de baile prehistórico alrededor de la fogata debido a la borrachera que les impedía actuar como "personas"). Inuyasha se adentró en el bosque, sujetándose en los árboles para no caerse. Se rasgó la mano con una zarza y, al ver el corte, se puso a reír como un loco. Saltó para subirse a una rama, pero como veía doble, falló y se cayó al suelo, provocando más rasguños, que hicieron que se riera aun más.
De repente, una voz femenina conocida se oyó entre el follaje:
- Inuyasha! Te he visto caer! Estás bien?- Kikyo se dejó ver, saliendo de entre los arbustos y acercándose a él, con expresión alarmada.
Le ayudó a incorporarse hasta quedarse los dos sentados en el suelo. Ella le examinó el rostro y, al cabo de pocos segundos, dijo:
- Estás borracho!
- No… toi… boacho…- contestó el chico, mirándola fijamente a los ojos.
- Claro que sí! Cómo has acabado así? Qué te ha pas…?
La sacerdotisa dejó de hablar para abandonarse a la mano de Inuyasha, que le acariciaba la cara con dulzura. Cerró los ojos con un suspiro, y cuando volvió a abrirlos, se encontró con un par de ojos dorados que la miraban a muy pocos centímetros de su rostro: se le había acercado.
- Inu… yasha- susurró la mujer. Ella también alargó la mano para acariciarle la cara.
De repente, el híbrido se precipitó sobre sus labios, besándola con pasión, con hambre. Le rodeó la cintura firmemente con un brazo y con el otro le sostuvo la cabeza para impedir que se apartara de él. Sorprendida al principio, Kikyo se dejó llevar, correspondiendo al beso.
Mientras, en una terraza natural por encima de sus cabezas, una zafira con el corazón partido decidió que ya había visto suficiente y decidió dejar de mirar, queriendo alejarse de aquella situación que tanto daño le había hecho, llorando a lágrima viva.
Cuando esa zafira estaba ya lejos de verlo, Inuyasha y Kikyo se separaron tan sólo para coger aire, pero fue suficiente para que él tuviera tiempo de decir:
- Kagome…
La sacerdotisa abrió los ojos como platos y se separó de él de forma brusca.
- Qué has dicho?!- le preguntó casi a gritos.
- Kagome…- repitió el mediodemonio, intentando volver a besarla.
- Soy Kikyo! No soy la mocosa de Kagome! Qué te pasa, Inuyasha?!- se levantó rápidamente, dispuesta a irse- no tengo ni idea de qué ha sucedido entre esa tirana y tú! Pero esto no te lo voy a dejar pasar tan fácilmente!
Enfadadísima, se dio la vuelta y se fue.
Kagura estaba sola en ese lugar. Apoyada junto a un árbol, oía a las otras mujeres riéndose por algún chiste. Excepto ella, estaban todas reunidas en círculo: charlaban animadamente y se reían. Algunas se apoyaban sobre las otras, como si fueran amigas de toda la vida. Frunció el ceño y miró a Sango, la única a la que conocía. Se encontraba al lado de una chica rubia de melena corta y ojos azules, y ésta apoyaba su cabeza en el regazo de la exterminadora, como si ese tipo de confianza fuera lo más natural del mundo, incluso dentro de la amistad, ese sentimiento humano que ella no comprendía. Juntas, se reían con el resto de mujeres que formaban el círculo.
Se levantó y se alejó. Caminó por un sendero para asomarse a una terraza natural y ver lo que hacían los hombres en el rellano de abajo: bailaban como simios alrededor de una hoguera, gruñendo y gritando como lo haría una manada de gorilas. Sin embargo, también reían, pero estaban borrachos, a diferencia de las mujeres.
"Humanos, todos son iguales", pensó.
Justo cuando iba a sacarse una pluma del moño para ir a dar una vuelta por los aires, oyó alguien que se acercaba. Quién podía ser? Todos los componentes del ejército estaban juntos y reunidos en dos grupos, hombres y mujeres. Quién más había allí que prefería la soledad? Incluso esa rara de Rikku estaba con las otras…
Empezó a oír un llanto, que cada vez se encontraba más cerca de ella. Esperó un poco a que la persona desconocida se le acercara, y entonces pudo ver quien era: Kagome surgió de la oscuridad, con los ojos rojos e hinchados y llorando de manera desgarradora. Se quedaron mirando durante unos instantes, durante los cuales sólo se oyeron los sollozos de la zafira.
De repente, Kagome se inclinó hacia delante. Sorprendida, Kagura dejó que la chica se precipitara sobre su cuerpo, sin saber cómo reaccionar. Se quedó quieta mientras los brazos de la adolescente la rodeaban como si le fuera la vida en ello…Kagome la estaba abrazando!
- Kagome, qué…?- se interrumpió a sí misma. No, no se lo había imaginado: su corazón se había enternecido (literalmente) al ver el estado de la chica.
Ahora no sentía ni vergüenza, ni menosprecio. Sólo sentía… piedad? Compasión?
Se arrodilló en el suelo. Kagome también lo hizo, agarrándose al kimono de la mujer y sin dejar de llorar. Kagura preguntó, un tanto insegura:
- Kagome, qué ha pasado?
Al ver que lo único que hacía la zafira era profundizar el llanto, la abrazó suavemente, casi sin darse cuenta, acunándola entre sus brazos. Se sentía rara, pero algo le decía que Kagome la necesitaba más que nunca. Volvió a intentarlo:
- Kagome, qué ocurre?
- Inu… yasha… kik…
- No te entiendo.
Al instante, la demonio oyó la voz de la joven dentro de su cabeza:
"Kagura… he visto a Inuyasha y a Kikyo besándose"
Inuyasha despertó a la mañana siguiente, en medio del bosque. La cabeza le dolía horrores y empezó a sentir náuseas nada más abrir los ojos. Se levantó y se apoyó en un árbol. Qué hacía allí? Cómo había llegado a esa situación? Lo último que recordaba era que Nincada le había retado. Él había empezado a beber para defender su orgullo y… laguna. Allí acababan sus recuerdos.
Empezó a caminar en dirección al campamento. Primero llegó a la hoguera donde había estado la noche anterior. Vale, eso sí lo recordaba. La fogata ya se había apagado, y la gran mayoría de hombres yacían en el suelo: unos aún dormían; otros, se estaban despertando, quejándose del dolor de cabeza y el resto, se limitaban a vomitar por culpa de la resaca o simplemente, se retorcían perezosamente en el suelo.
Inuyasha quería gritar, quería dar la orden de ponerse en marcha. Ahora era él el que estaba al mando, y por lo tanto era su responsabilidad reanudar el movimiento de cada día. Pero no podía: se sentía demasiado débil. Atravesó el campo y se encaminó por un sendero, hacia donde se encontraban las mujeres. Allí había una cascada, y estaba seguro de que un poco de agua fría en su cara le vendría de perlas para encontrarse mejor.
No llevaba ni cinco minutos caminando por el bosque siguiendo el ruido del corriente de agua, cuando vio a Kagome yendo en dirección contraria, hacia él. Intentó sonreír y la saludó de forma coqueta:
- Buenos días, zafira.
Ella le ignoró. Siguió andando hacia él. Como más cerca estaba, más bien podía ver su expresión. Se puso serio de golpe: lo que vio no le gustó nada. Kagome tenía los ojos rojos de llorar, apretaba los puños con fuerza y caminaba con paso decidido. Cuando llegó a menos de un metro de él, se detuvo, mirándolo fijamente a través de una cortina de lágrimas que había aparecido de golpe en sus ojos. Se mordió el labio inferior y apretó la mandíbula. Inuyasha la miró alarmado. Qué le había pasado? El chico estaba preocupado pero también furioso: quién había sido el desgraciado que se había atrevido a hacerle daño a su Kagome? Estaba dispuesto a darle una lección con sus garras de mediodemonio y su fuego de rubino.
La zafira rompió el silencio. Sólo dijo con voz ronca pero clara:
- Hemos terminado.
Inuyasha ni siquiera tuvo tiempo de preguntar nada. Lo único de lo que fue consciente fue de la cara de dolor y rabia que ponía Kagome, antes de recibir una fuerte bofetada en toda la mejilla izquierda.
El impacto fue tan fuerte que su cuerpo se tambaleó y se precipitó sobre unos arbustos. Desde su posición, vio como la mujer que amaba se giraba para irse llorando sobre sus pasos, corriendo otra vez por donde había venido, sintiendo como su alma le abandonaba para irse con ella
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top