Capítulo XXXII

La nieve cubría toda la superficie a la redonda, los árboles cuyas hojas hace semanas los habían abandonado, simulaban ser espectadores que cercaban el amplio prado donde Nate había caído. El silencio sepulcral solo se veía interrumpido por el chapoteo incesante del agua contra las rocas, proveniente de un riachuelo que era una sorpresa que aún no cediera ante el inclemente frío.

Hacían unos minutos que Nate había atravesado el portal, sin embargo, Miqueas seguía sin mostrar su rostro. La paranoia de creer que, durante todo ese tiempo su padre lo estuviera acechando entre las sombras, empezaba a carcomerlo por dentro.

—¡¿Me haces venir hasta acá para nada?! —gritó, obteniendo como respuesta su propio eco.

Estaba muy nublado como para poder orientarse con las estrellas y como no deseaba malgastar su caos para despejar el cielo, pateó un montículo de nieve al aceptar lo perdido que se hallaba. Sacando la espada de su vaina se dispuso a caminar en alguna dirección, la que fuera con tal de tener la esperanza de encontrar algo que lo ubicara en la zona.

Al caminar hacia el Este del prado, escuchó a lo lejos un murmullo de voces, fuera lo que fuera estaba bastante lejos y debía ser proveniente de una gran multitud..., tenía que ser el ejército de Miqueas. Siguió caminando en esa dirección, sin preocuparse en pensar lo que haría al encontrarse de frente con tantos enemigos, lo primordial era saber dónde demonios estaba.

—Yo siendo tú, no iría para allá —a sus espaldas, la voz de Miqueas lo detuvo en seco—. Aunque aprecio el entusiasmo, dudo que puedas vencer a tantos mestizos, sin contar el resto de mi gente —Nate se dio media vuelta para encararlo.

—Ya tienes lo que querías, aleja a tus tropas y deja en paz a Caledonia —Miqueas sonrió, caminando entre la nieve con las manos en la espalda.

—Tengo algo de lo que quería, más no es todo. Caledonia iba a caer, vinieras o no conmigo. Admito que hubiese sido más divertido sacarte de allí medio muerto, creo que eso te enseñaría a respetar a tus mayores.

—William no bajará el domo, pasarán días antes de que puedas atravesarlo —Miqueas se carcajeó.

—¿Crees que necesito que lo baje?, tengo con una cantidad exorbitante de alquimistas, sin contar los golems. El domo caerá antes del amanecer y Caledonia lo seguirá —las opciones de Nate se limitaban cada vez más.

Podía dar media vuelta y enfrentarse al ejército solo, sin embargo, en esa situación no importaría que tan poderoso o que tan hábil fuera con la espada, tampoco importaría su actitud física ni velocidad; la realidad era que los números no estaban a su favor, por más elfo de sangre que fuera, eran cientos contra él y sus esfuerzos por ayudar a Caledonia serian en vano, quizás algunos cayeran, pero no serían los suficientes como para marcar una diferencia.

Miró a su padre evaluando su segunda opción, él era poderoso, ya le había vencido una vez gracias a su inexperiencia y a la soberbia de la Voz, sin embargo, ahora sabía que esperar.

—Acabemos esto, aquí y ahora.

—¿Me darás la satisfacción de disciplinarte?, debo decirlo, después de nuestro último encuentro no creí que vinieras voluntariamente, pero tampoco pensé que te atreverías a desafiarme de nuevo —Nate puso los ojos en blanco cansado de tanta cháchara, no fue necesario encender sus manos para sacar raíces del suelo que sujetaran las manos de Miqueas—. Esto es nuevo —murmuró intentando zafarse de las enredaderas.

—Esta vez no te será tan fácil vencerme, ríndete. —Miqueas sonrió antes de incendiar las raíces.

—Tienes un poder casi ilimitado y, ¿piensas intimidarme con eso? —volvió a atarlo con enredaderas, un poco más gruesas que las anteriores. Frente suyo hizo crecer una raíz filosa, igual a las que atravesaron el golem, el tallo se balanceaba de un lado al otro a su antojo, como si fuera una cobra acechando a su presa, Miqueas la observaba con una sonrisa—. Tu madre estaría orgullosa —dijo antes de liberar su mano diestra para tomar su espada y degollar la raíz, todo en menos de un parpadeo.

«¿Cómo puede ser tan rápido?» se preguntó, ni siquiera Ajax sería capaz de hacer eso. Una oleada de ese caos tan seductor lo impactó cuando cortó la enredadera que quedaba, para su sorpresa ya no le lastimaba, de hecho, fue como recibir algún tipo de shot electrizante que activó cada una de sus terminaciones, después de todos esos días ansioso y frustrado al fin, conseguía un poco de ese algo que inconscientemente buscaba.

«Quiero más...» la Voz apareció entre las profundidades más oscuras de su cabeza, como si fuera algún tipo de gigante que despertaba de una larga hibernación. Una pequeña parte de él sabía que algo estaba mal, sin embargo, la Voz y el resto de su raciocinio pedían a gritos un poco más de aquella droga tan adictiva que solo su padre podía expulsar.

—¿Eso es todo lo que tienes? —preguntó Miqueas, con una ceja alzada.

«No puedes matarlo, lo necesitamos» la Voz recuperaba cada vez más fuerza, no fue necesario que intentara convencer a Nate de que tenía razón, él ya lo sabía..., necesitaba sentir su caos, anhelaba otro shot de adrenalina, lo deseaba más de lo que quería a Camille en ese momento.

—Pero algo tenemos que hacer, destruirá Caledonia... —replicó, aferrándose a lo último que le quedaba de lógica.

«¿Qué diablos importa Caledonia?, ¿acaso no quieres más?» Nate apretó la espada con fuerza pensando en una respuesta que pudiera refutarlo, deseaba más, necesitaba más, pero no había manera de que entregara a Miqueas con vida a las autoridades y al mismo tiempo tener acceso ilimitado a lo que buscaba.

—¡Solo dame un momento necesito pensar! —gritó Nathanael, obteniendo un carraspeo de Miqueas.

—Supongo que no hablas conmigo, ¿o sí? —caminó unos pasos a su alrededor sin envainar la espada, entre él y la Voz lo estaban volviendo loco—. William me contó sobre tu "problemita". Parece alguien con quien me gustaría jugar, ¿por qué no lo dejas salir un momento? —Nate meneó la cabeza con fuerza intentando calmar sus pensamientos y acallar a la Voz, que exigía cada vez con más fuerza que tomara una decisión.

—¡No! —gritó sin pensarlo dos veces, no importaba que tan adictivo fuera el caos que su padre emanaba, había vivido toda su vida sin él y podría sobrevivir el resto de sus días de igual manera. Lo correcto era acabar con eso y salvar al monasterio, así que impulsivamente, atacó a su padre con la espada, pero por supuesto su velocidad no era ni siquiera parecida a la suya y consiguió bloquearlo.

Con su espada lo empujó varios pasos atrás, demostrando que no solo era poderoso, sino tan fuerte como Ajax. «Estás cometiendo un gran error» masculló la voz, pero Nate logró silenciarlo con un gruñido mientras Miqueas blandeaba su espada como si calentara el brazo antes de la pelea.

—¡¿Eres un maldito elemental y me atacas con una espada?!, ¡¿qué clase de hijo eres?! —Nate atacó de nuevo consciente de que lo bloquearía, no lo cansaría pronto, era algo obvio, lo que al menos podía hacer era intentar conocer su técnica y encontrar algún punto débil.

Su padre no era Ajax, pero usaba la espada tanto o mejor que él. «Enrédalo, aprovecha esa ventaja» sugirió la Voz, algo que Nate ya había pensado por un momento, sin embargo, jugar sucio no era algo que desearía hacer. «Ajax lo hizo varias veces, ¿por qué tu no?» En medio de los choques de espadas, Nate perdió la concentración por las constantes intervenciones de la Voz y Miqueas logró hacerle un tajo en el brazo lo suficientemente grande como para llegar a alguna arteria. «Eso va a dejar una cicatriz» puso los ojos en blanco ante el comentario.

La sangre salía a borbotones de la herida, por un momento Nate permaneció petrificado, tratando de entender como demonios esa espada pudo atravesar con tanta facilidad todo el blindaje que cargaba encima.

—Si no quieres desmayarte en unos segundos y morir desangrado minutos después, te sugiero que hagas algo con eso —exclamó Miqueas varios pasos lejos de él, había enterrado su espada en el suelo y se apoyaba sobre ella como si de un bastón se tratase, su sonrisa demostraba que para él todo era un juego—. Cauterízalo.

Nate no sabía a qué se refería, pero asumió que algo tenía que ver con el fuego, así que observó el tajo abierto y concentró su fuego en ese lugar, pequeñas llamas surgieron de la herida, llamas que dolían como el mismo infierno, pero que al menos, cumplieron su función, solo quedó una gruesa cicatriz tostada. Aplausos atrajeron su atención

—Bien hecho, ¿continuamos? —Miqueas le arrojó una bola de fuego azulado que Nate pudo esquivar con dificultad, la pérdida de sangre lo había dejado un poco mareado, pero no lo suficiente indispuesto como para rendirse.

«Yo también quiero jugar»

—La última vez casi logras que nos maten —replicó, rodeando a Miqueas con la espada en alto, ya no le importaba que lo viera hablando solo, si él estaba loco, su padre estaba aún más. «Oh vamos, me emocioné y me dejé llevar, ya no seré tan imprudente»

Esta vez Miqueas atacó primero, tras unos minutos las espadas siguieron su propia danza tal cual como si la hubieran ensayado, un, dos, tres..., un, dos, tres..., golpeaban, bloqueaban y se separaban.

—Ajax te ha enseñado bien..., pero él nunca pudo ganarme —gruñó Miqueas cuando se vio arrinconado contra un árbol, sostenía su espada con ambas manos al igual que Nate, poniendo toda su fuerza en repelerlo. El caos de su padre lo intoxicaba, brindándole más poder del que siquiera hubiera pensado tener. Cuando se halló sin salida por fin Nathanael vio en sus ojos una pizca de desesperación.

—Retira tus tropas y te dejo vivir —exclamó saboreando la victoria, pero para su sorpresa, Miqueas sonrió..., antes de que una de sus manos bajara a su cintura, sacara un puñal y se lo enterrara en las costillas.

Con una patada lo empujó al suelo, donde Nate se arrastró lejos de él sintiendo el sabor de su sangre en la boca. Tomó el puñal, que aún seguía bien enterrado y lo sacó de un tirón ahogando un grito en su garganta, puso presión en la herida intentando soportar la desgarradora sensación en su costado, cada vez le resultaba más difícil respirar. Su padre caminaba en su dirección lentamente, paso por paso, acechándolo con una sonrisa hipócrita en su rostro.

—Cauteriza eso, si no lo haces lo haré yo, solo para seguir lastimándote.

—¿Por..., q-qué? —Nate escupió sangre con cada palabra, mientras Miqueas se agachaba a su lado.

—¿Por qué?, porque crees que puedes desafiarme, porque crees que puedes ganarme. Eres una vara que tengo que romper, un peón que necesita conocer su lugar y un niño tonto que no comprende lo grande que puede llegar a ser a mi lado —con un movimiento rápido Nate le clavó en el hombro el puñal que aún tenía en la mano y al mismo tiempo, consiguió que las enredaderas lo jalaran por el cuello hasta aprisionarlo contra el suelo. El fuego en su interior comenzó a cauterizar la herida, el olor a carne quemada se hizo presente, pero lo que más estremeció al bosque fueron sus gritos en el proceso.

—Esto..., no puede..., detenerme —gruñó Miqueas antes de que sus ojos se volvieran negros.

«Aléjate ¡ahora!» gritó la Voz justo antes de que la llama azul engullera a Miqueas y casi todo lo que tenía a su alrededor. Nate pudo escapar de ella por unos segundos de diferencia, aunque parte de su blindaje en las piernas no tuvo tanta suerte.

Nate se incorporó aun con un poco de dolor en su costado, esperaba que el puñal no hubiera dañado algún órgano, dudaba que su manera de cauterizar las heridas incluyera sobrevivir a hemorragias internas. De las llamas, Miqueas resurgió intacto, con el puñal en una mano y su espada en la otra, le sonrió amenazante.

—¿No lo entiendes verdad?

«Es un maldito dios» Nate intentó que las palabras de la Voz no lo distrajeran, había logrado despertar al demonio y si antes no tenía oportunidad ahora mucho menos, ya no sangraba, pero estaba débil, agotado y maltrecho; necesitaba mantener su mano en las costillas para contener el dolor punzante que permanecía latente y su respiración no estaba en su mejor momento. Lo que más le aterraba era que cuando cayera no moriría, Miqueas lo quebraría, lo torturaría, lo dejaría medio muerto y haría lo que fuera necesario para someterlo.

¿Ese camino lo guiaría al futuro de la visión? Su armadura era igual a la que él tenía, con tantos rubíes incrustados como los recordaba. Ahora traía el cabello corto, casi rapado, pero sabía lo largo que le podía crecer mientras que usara el caos..., solo faltaba la cicatriz en su rostro.

—Podrás lastimarme, romperme todos los huesos, apuñalarme las veces que quieras, pero jamás, jamás, podrás quebrarme, no lo permitiré.

—Ya veremos —arrojó el cuchillo con tal velocidad que Nate pensó que no podría esquivarlo, pero lo logró por muy poco, el puñal rozó su armadura sin llegar a la piel y lo hizo caer en el suelo, todo su ser vibró al ritmo de las punzadas en su pecho; por más que intentó evitar gritar, su cuerpo lo traicionó al delatar su dolor.

A gatas, buscó su espada, aun sabiendo que ya no tenía ninguna esperanza no podía rendirse, no se lo haría tan fácil. «¡Voltea idiota!» Cuando le hizo caso a la Voz era muy tarde, Miqueas estaba justo a su lado y blandió la espada hacia su rostro.

Nate sintió el beso amargo del hierro en su piel, ya que sus reflejos no fueron lo suficientemente rápidos como para esquivar el golpe. Su espalda impactó contra piedras del riachuelo haciendo crujir algunas vértebras, no sabía que golpe le dolía más.

Por instinto, llevó la mano hacia su rostro y vio su palma cubierta de sangre «Levántate, podemos contra esto» quería hacerle caso a la Voz, pero los efectos de la sangre que había perdido eran cada vez más notorios, su mundo vibraba a su alrededor al ritmo de los pasos de que Miqueas daba en su dirección.

Solo escuchaba los latidos acelerados de su corazón y la intensidad de la Voz en su mente «¡Eres un idiota, levántate!». Nate tomó una piedra con una de sus manos temblorosas y se la arrojó a Miqueas en un intento desesperado por defenderse, este solo rio y esa sonrisa, fue lo último que vio antes de ser engullido por la oscuridad.    

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