C U A T R O

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D O L O R

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Sentí mi pecho arder, como si me hubieran apuñalado y el aire comenzó a faltar. Me estaba asfixiando y no podía regular mi respiración.

Miré mi hogar, todas las luces estaban apagadas pero la puerta de la entrada estaba rota por la mitad. 

Escuchaba un constante pitido en mis oídos y estaba segura de que en cualquier momento me desmayaría.

Caminé hasta la entrada y al poner un pie dentro sentí mi corazón detenerse.  

Levanté mi varita, con la que alumbre el lugar. Todo estaba hecho un desastre, las lágrimas se acumularon en mis ojos.

—¿Papá?— dije en un susurro.

Corrí a su habitación, pero no estaba allí. La cama estaba hecha y parecía que nadie había entrado.

Al salir, por poco y un hechizo me alcanza. Agradezco muy desarrollados reflejos pues logré esquivarlo. Frente a mi habían dos mortífagos.
 
Comencé un duelo contra ellos y tal vez fue mi dolor y enojo que pude vencerlos.

Regulé mi respiración mientras los miraba en el suelo. Le di una patada a sus varitas sólo por si acaso y rápidamente me dirigí al estudio.

El cuerpo me dolía y comenzaba a sentirme agotada, tenía heridas y algunas sangraban, estoy casi segura que me había roto un par de huesos.

La adrenalina comenzaba a esfumarse de mi cuerpo pero puse todo mi empeño para seguir adelante.

Estoy casi segura que sentí mi alma salir de mi interior cuando vi el cuerpo inerte de mi padre en el suelo.

Me desgarré la garganta cuando grité pero ni siquiera me escuché, de nuevo ese pitido constante resonó en mis oídos. 

Abracé su cuerpo sin vida mientras gritaba. No debí ir a esa misión. Debía quedarme y proteger a mi padre.

Las lágrimas brotaban con fuerza, la garganta me dolía, ya no tenía voz.

Me quedé allí toda la noche mirando un punto fijo, sosteniendo sobre mis piernas el cuerpo de mi padre y escurriendo en sangre.

—Erine— miré a la entrada donde Kingsley Shacklebol me miraba.

Tenía su varita en lo alto. Su rostro era de total sorpresa y preocupación.

Mis ojos se llenaron de lágrimas una vez más. Fue cuando caí en cuenta de que ya había amanecido.

Comencé a negar con rapidez.

—No sé que fue lo que sucedió, cuando llegué estaba todo así— dije intentando no sollozar— luego un par de mortífagos me atacaron y luché contra ellos.

El moreno se acercó con rapidez. Estoy segura de que no sabía qué decirme.

—Ven, no puedes quedarte aquí. Estas sangrando, debemos curar esas heridas.

Me extendió su mano. No quería tomarla, no quería separarme de mi padre.

Pero lo hice.

Me puse de pie y abracé a Kingsley.

—No puedes ir al ministerio en ese estado. Erine Scamander, como tu superior no puedo permitir que trabajes así. Estarás fuera de servicio hasta que yo crea conveniente que puedas ser reasignada.

Asentí como pude sin comprender del todo sus palabras.

Hicimos una aparición. Muchas cabelleras pelirrojas me miraban aunque no les presté mucha atención, mi mirada estaba perdida en algún punto de la habitación.

Por más que retenía mis lágrimas, estas no dejaron de salir.

Sentí unos brazos rodeandome, me sorprendió que fuera Charlie. También lo abracé y seguí llorando con fuerza en su pecho.

Una sensación cálida me rodeo.

—Charlie, querido. Llévala a tu habitación— escuché la voz de Molly Weasley.

Me aferré a su cuello, no lo quería soltar. Sin embargo, me desmaye.

Cuando abrí los ojos me di cuenta de que estaba en su habitación con vendas por todo mi cuerpo. Estaba muy adolorida, física y emocionalmente.

Charlie no dijo ni preguntó nada, eso me hizo sentir aliviada pues no estaba lista para hablar.

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