Capítulo 11 - En tus brazos

El viaje en coche había comenzado en un completo silencio, sin embargo, no por eso fue incómodo. Bueno, sí al principio, pero cuando sentí su mano buscando la mía en mi falda, un calor y una ternura increíble se instalaron en mi corazón. Me brindaron una calma inigualable que no había tenido en toda esa tediosa y larga semana.

—Este no es el camino a tu departamento —quebranté nuestro silencio porque no comprendía qué estaba sucediendo.

—Oh, no, estamos yendo al aeropuerto. Tengo el bolso listo en el coche desde el martes a la noche. —Leónidas sonrió avergonzado mientras soltaba mi mano para poder pasar de segunda a tercera velocidad.

—¿Desde el martes?

—Sí, desde el martes. Sé que no parece creíble, pero estuve toda la semana esperando este momento. Vamos a llegar con el tiempo justo si vamos a esta velocidad. No pienso ir más rápido ni ser descuidado al volante, no te preocupes.

—Te lo agradezco —suspiré aliviada y solté el cinturón de seguridad del que sin querer me había aferrado.

—¿Sabes? Descubrí que no te gustaba la velocidad esa vez que tuvimos que irnos hasta Detroit a cerrar el trato con Johnson.

Leo, que no sacaba su mirada del tráfico en el que estábamos metidos, estaba esforzándose muchísimo por iniciar una conversación liviana que pudiera quebrantar el hielo entre nosotros.

—Oh, sí, recuerdo que casi me descompongo cuando agarraste el volante. Ibas tan rápido...—Reírme de ese recuerdo no se me hizo para nada difícil, después de todo aún estaba nítido en mi mente como si hubiese pasado ayer.

—Sí, menudo susto me diste. Lo peor de todo es que ni siquiera íbamos tan rápido.

—Tal vez no, pero no te conocía detrás del volante y, bueno, tengo una historia detrás de mí. —Mi sonrisa se opacó un poco al recordar a mis padres, pero él no le dio lugar a la tristeza para que ella se sentara entre los dos.

—No sé quién se asustó más, Clara, si tu o yo. Porque ponerse uno al volante y que tu acompañante casi se desmaye no es fácil tampoco.

—Me imagino que no, Leo, me imagino que no.

Después de eso, el viaje hasta el aeropuerto se nos hizo hasta casi natural, como si en verdad fuésemos una pareja que estuviera viviendo ese momento como una hermosa y perfecta escapada romántica. Sin los dramas, ni las lágrimas, ni las inseguridades que habíamos experimentado antes.

Era tal nuestra nueva felicidad, que la realidad con la que nos chocamos al ir a buscar nuestros pasajes fue abrumadora.

—¿Cómo que cometieron un error? —Leónidas parecía atónito antes lo que la pobre recepcionista nos decía.

Por algún extraño capricho del destino, el sistema había invertido nuestros asientos, dejándolo a él en el lado de la ventanilla. Apenas le informaron esto, su mano se crispó rodeando con firmeza la mía. Parecía un chico aterrorizado al que le estaban amenazando con un buen golpe.

Sin siquiera esperar a que la chica lo propusiera, le pedí que —ya que se sabía había sido problema del sistema—, se nos diera un permiso para poder intercambiar asientos. La recepcionista, presintiendo que algo no andaba bien y que no parecía ser mera exigencia porque sí, no tardó en pedir las autorizaciones necesarias.

Para cuando nos tocó abordar, ya todo estaba solucionado y Leónidas parecía poco a poco ir recobrando el color en su semblante. ¿Es que tenía vértigo? Y si era así, ¿por qué se obligaba a viajar? Podríamos habernos quedado en cualquier ciudad vecina, no había necesidad de todo el movimiento que estábamos haciendo, mucho menos era necesario que él se forzara a semejante incomodidad.

—Supuse que escaparnos al otro lado de la costa podría resultar más romántico. Nunca pensé que intentarían hacerme sentar en la ventanilla. —Leónidas pasó su mano por su cabello nervioso, seguramente sintiéndose el tipo menos interesante del mundo—. Ya me he amigado con esto de que tengo que viajar por negocios, pero aún no puedo con la ventanilla. Lamento que hayas tenido que ver este lado tan... bochornoso de mí.

—A mi me gusta. —Me aferré a su brazo mientras caminábamos por el túnel que nos llevaba a nuestro avión—. No necesito un macho alfa que oculte sus emociones, te prefiero abierto y honesto.

Leónidas optó por no responder, pero tomó una de mis manos y la besó con devoción y alivio. Supuse que era bueno para su ansiedad sentir que no tenía que andar pretendiendo ser algo que no era frente a mí.

Llegamos al hotel bastante entrada la noche, agotados; entre la semana de trabajo, el mal entendido, el viaje y demás por menores, ver cómo nos recibían en el hotel con una sonrisa fue un alivio.

El recepcionista tomó nuestra información y nos llevó a nuestros dormitorios sin problema alguno. Por alguna razón, desde que habíamos bajado del avión se me había puesto en la cabeza que algo saldría mal también en el hotel. Gracias a Dios, estaba equivocado.

—Las habitaciones son contiguas como lo pidieron. La de la señorita, además, tiene un jacuzzi muy recomendado, sobre todo después del largo viaje. El servicio de la habitación está activo las veinticuatro horas así que no duden en avisarnos si necesitan algo. ¿Quisieran algo para cenar?

—Dentro de media hora, en mi habitación.— Pedí mientras entrábamos en la habitación de Clara para dejar su bolso.

—Claro, como no. —El encargado se fue para dejarnos un poco de privacidad.

—¿Te parece bien que nos demos un baño y luego cenemos algo liviano?

—Perfecto, estoy esforzándome por no dormirme. —La expresión agotada de Clara me dejó saber que no era el único agotado.

—Bien, báñate tranquila, te espero cuando estés lista. Si necesitas algo, me escribes al celular, ¿si?

—Claro, nos vemos. —Clara casi me echó de su dormitorio y supe a la perfección que era porque quería sumergirse en el famoso jacuzzi que le habían ofertado momentos antes.

A diferencia de mi secretaria que se tomó cada segundo de los treinta minutos que tenía para bañarse, yo en diez minutos ya estaba listo. Bah, listo era una forma de decir, ¿verdad? Estaba limpio, cambiado y sentado en un cómodo sillón dentro de la habitación.

Pero estaba lejos de estar listo. El fin de semana recién arrancaba e íbamos a estar juntos hasta el domingo a la noche que la dejase en su departamento. Nada había comenzado como lo había planeado y no sabía bien cómo comportarme.

Tenía muy en claro que quería limar las asperezas que había entre nosotros, quería hacerlo con amor y tiempo juntos. Al menos, eso me habían enseñado mis padres con su relación. Cuando las cosas se ponían jodidas, ahí era cuando más juntos se quedaban. Según ellos, el dolor se ablanda con amor; y el amor es quedarse, no darse a la fuga.

Por supuesto, la teoría era fantástica, ahora ¿y la práctica? Quedarse no nos era tan sencillo como a ellos; no con sus inseguridades y con mi ansiedad, al menos.

—¿Y tú crees que para nosotros fue sencillo? —respondió mi padre atónito después de que en una breve y rápida llamada mi ansiedad y yo le contamos todo lo que había sucedido—. Leo, quedarse nunca es sencillo. Al decir verdad, es lo más difícil. Tu madre y yo pasamos una gran crisis después de tu secuestro y, quedarse, se nos hizo casi imposible.

»El tema es este: no hay que quedarse por quedarse. Tienen que haber ciertas cosas presentes para que sea sano: nos deben querer allí, por más de que todo en ese momento sea complicado y retorcido, y nosotros debemos querer quedarnos.

»A ver, ¿cómo te lo explico? Mi vida es buena, yo puedo todo solo. Estoy completo, nadie me viene a completar con nada. Ahora, estar con tu madre hace que mi felicidad aumente. Es como que ella le trae más felicidad a mi felicidad. No dependo de ella para sentirme íntegro y completo, pero me gusta compartir todo en mi vida con ella. Si puedes imaginarte tu vida sin ella pero ves que no es lo que quieres, entonces, ahí es cuando te quedas. ¿Te ayudé en algo?

—Sorprendentemente, papá, sí, me ayudaste muchísimo. —Le respondí mientras observaba con una sonrisa dibujada en los labios cómo Clara ingresaba a mi recámara.

Se veía renovada después de un merecido y postergado baño. Me había sentido mal durante el vuelo de haberla dejado sin esa posibilidad, pero su sonrisa de oreja a oreja me dieron la seguridad de que la espera había valido la pena.

—No hay nada como un jacuzzi. —Se tiró casi en peso muerto a mi lado en el sillón de dos cuerpos y me quedó mirando relajada—. ¿Con quién hablabas?

—Con mi papá. Necesitaba la voz de alguien que tiene experiencia en peleas de pareja.

—Y pensaste en él, qué tierno.

—Sí, bueno, es que mis padres y la relación que ellos tienen es algo a lo que aspiro. Sabes que para mí las mujeres son un esfuerzo del que no quiero hacerme cargo; y, ahora que lo pienso, ellos tienen algo de culpa. Mis papás no sienten que el otro es una carga, sino que son la razón de por qué sus problemas son más livianos.

—Mmm... comprendo —contestó Clara mientras procesaba lo que yo le dije—. Son como el lugar seguro del otro.

—Exacto.

El chico del servicio a la habitación pronto llegó con nuestra orden y para cuando quise acordar, ya estábamos por el postre. Ese era el efecto Clara Kelly: siempre y cuando ella estuviese involucrada, los minutos pasarían volando. Pero al sumar todos los momentos, parecía que ella siempre había formado parte de mi vida.

Cuando terminamos de comer, tomamos nuestros vasos y nos dirigimos a la cama para poder charlar cómodos. Yo llevaba conmigo una buena y fría cerveza, ella jugo recién exprimido.

Esos éramos nosotros, el agua y el aceite que no se mezclaban, pero que convivían. Y qué lindo sería si pudiésemos ser así, dos personas completas que no perdían su esencia sino que elegían existir al lado el uno de la otra. Quería estar con alguien que limara mis miedos con sus brazos y que potenciara mis virtudes con su propia luz. Quería ser capaz de tener el mismo efecto en ella.

—Quiero que me cuentes algo que siempre has querido hacer pero nunca te has animado. —Le pregunté mientras dejaba mi vaso vacío en la mesa de noche y extendía mis brazos como invitándola a recostarse; ella lo hizo como si fuese lo más natural del mundo.

—Mmmm... publicar un libro.

—¿No deberías escribirlo primero? —La sonrisa con la que me respondió me dejó saber que mi secretaria era escritora amateur y yo no tenía siquiera idea—. Me estás haciendo una broma, ¿verdad? ¿Escribes y yo no estaba ni enterado?

—Es solo un hobbie. Lo hago solo cuando tengo tiempo y ganas. He recibido muy buenas reseñas y críticas constructivas en Wattpad, pero no pasaría de eso. Estoy lejos de ser material para que una editorial se fije en mí, pero me gustaría muchísimo autopublicar.

—¿Y por qué no lo haces?

—Supongo que la respuesta más honesta es el miedo. Como te digo, las pocas cosas que publiqué han tenido resultados promedios.

—Claro, te da miedo publicar y que todo tu esfuerzo e ilusiones se caigan al piso. Tiene sentido. ¿Sabes? Mi tía da escritura creativa, arma unos talleres increíbles y una vez por año ella y gente que destaca con sus letras, coordinan congresos para mejorar. ¿No te gustaría que te haga el contacto así la conoces?

—Wow, ¿en serio? Eso sería fantástico. Sumame en todo lo que ayude a escribir mejor, porque lo disfruto muchísimo. —Por el entusiasmo, Clara buscó enderezarse pero yo no pensaba siquiera por un segundo perderme de su calor.

Sentía como si hubiese nacido para tenerla en brazos. Su perfume era embriagador y unos pícaros lunares dispersos por la constelación de la piel de su cuello me llamaban a que los bese.

Podría haber sido su sonrisa nerviosa y gutural, su perfume impregnado en mi nariz o la magia del momento, pero para cuando recobré mis sentidos, Clara gemía de antelación al sentir cómo le dejaba una leve marca en el hombro.

No estaba seguro de cómo o cuándo, pero me había abalanzado contra ella como predador que se cansa de acechar a su presa. Cuando pude darle sentido a lo que estaba sucediendo, pude notar que me encontraba encima de ella. Sus piernas extendidas, mi pelvis sobre la de ella. Una de mis manos en su nuca, la otra intentando levantarle la remera para así poder sentir mejor su piel.

Quedé perdido en su mirada por un segundo, como niño al que lo acaban de descubrir en una travesura, pero la sombra de deseo con que ella me respondió el gesto me dio permiso a seguir con lo que había empezado. De más estaba decir que automáticamente me abalancé para devorar su boca.

Besar a Clara era adictivo y embriagador. Cada vez que lo hacía, sentía como si mis ganas de tenerla entre mis brazos fueran a quemarme vivo. ¿Por qué reaccionaba así con tan sólo un roce? Era muy consciente que la mayoría de las veces ella ni siquiera lo intentaba, pero todo en ella me seducía.

Su voz, su boca, sus lunares... sobre todo ese que tenía debajo del ojo. Cada vez que pensaba en ella, me imaginaba cómo sería poder tocarla. Cada vez que la tocaba, quería dejar mi marca en ella. No para que otros la viesen sino que para que ella me recordara y añorase mi calor, mis caricias, mis besos y mis abrazos.

—No es justo... —susurró Clara cuando dejé de darle pelea a su boca para así darle guerra a su lóbulo derecho—. Que me beses así no es justo, Leo.


Jo, otro Martes que se siente tan Lunes. ¡Perdón por volver a atrasarme! La verdad es que la recta final del año se me hace hiper pesada y esta cabeza no quiere leer ni escribir ni nada, solo dormir y estar con su hija.

Igual, tenía caps guardados, así que no los voy a dejar solitos. Los voy a ir publicando mientras junto fuerzas para terminar esta historia :D

Se viene lo candente y se sintió al final de este capítulo, ¿están listos?

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