Cuarenta y cinco
Me temblaba el cuerpo, ese breve momento de ignorancia era lo único que me quedaba. La convicción de que todo cambiaría luego de ese resultado era palpable. Solo me quedaba ese minutito conmigo misma antes de la explosión que aguardaba por acabar con mi forma de vida y para la que no tenía ningún mecanismo de supresión. Moriría quemada pronto, bien fuese porque estaba embarazada y tendría que lidiar con todo el estrés que eso acarrearía o porque no lo estaba y tenía que enfrentar, una vez más, el hecho de que debía alejarme para siempre de Diego.
Respiré y saqué la prueba de embarazo de la caja. Leí las instrucciones y las analicé con rapidez. Quería acabar con ese proceso lo más rápido posible, como un niño que desea que termine pronto su vacunación, solo que a mí no me esperaban unos padres amorosos con un abrazo reconfortante.
Aquello parecía una interrupción momentánea, un intermedio, luego tendría que volver a la película de drama en la que se había convertido mi vida. La diferencia radicaba en que lo haría con un problema más o uno menos, según el resultado de esa prueba, pero la realidad seguía ahí afuera en mi habitación, aguardando por mí.
Tras hacer pis sobre aquel palito lo coloqué encima de un trozo de papel en el mesón del baño y me lavé las manos. Activé el temporizador en mi teléfono y supe que la espera se me haría eterna. Aún estaba procesando lo trascendental del momento, ahogándome en el temor profundo, cuando me sobresalté al escuchar que tocaban la puerta.
—¿Estás bien? —dijo Diego con un tono de voz sosegado.
Esa era una pregunta en todo caso retórica, yo no estaba bien desde aquel domingo en que él se había marchado para estar con otra, después de que le había dicho amor.
Supuse que Diego estaría impaciente, así que abrí la puerta y me pareció que estaba preocupado. Le expliqué que había que aguardar un poco y él asintió. Estábamos solos en una situación incómoda cuyo protocolo desconocía. ¿Qué se decía mientras se esperaba el resultado de una prueba de embarazo no deseado? Supuse que nada. Nunca el silencio fue tan amargo y cruel como en ese instante.
Me crucé de brazos y traté de mantener cierto grado de entereza, aunque la intensidad de la situación me producía una especie de pellizco en el estómago. Un vacío incolmable me atenazaba y me dejaba desahuciada. Me llevé la mano a la frente cuando comencé a comprender lo que se avecinaba. Ahí, en ese diminuto cuarto de baño de baldosas azules de un edificio antiquísimo en donde el aire se tornaba a cada segundo más denso, se estaba produciendo una tragedia. Mi vida se estaba destrozando y lo más atemorizante de todo era sentir que no podía hacer nada para frenar el desastre. Me dominaba ese sentimiento de derrota inevitable, al mismo tiempo que la incertidumbre me atormentaba.
—Cálmate.
Giré en dirección a Diego que me miraba inexpresivo desde la puerta. Me limpié una lágrima que corría por mi mejilla como por costumbre, mientras mi impaciencia crecía. Conforme los segundos pasaban comencé a sentirme menos valerosa, mis intenciones de no perder la calma fueron inútiles. Ni siquiera pude silenciar mis sollozos. Yo odiaba llorar, pero no conseguía hacer nada más.
Diego pareció salir de su propio letargo para acercarse el par de pasos que nos separaban y me abrazó. No habló, únicamente me envolvió con sus brazos con mucha fuerza, como si así pudiese aferrarse a mí. Comprendí que aquel no era un abrazo, era un inequívoco ruego silencioso que me consternó hasta la médula.
No solo él me habló con ese abrazo, creo que yo también lo hice. Le expliqué que su tacto me hacía daño, pero que al mismo tiempo me parecía igual de acogedor que siempre. Le dije que lo odiaba por haberme fallado y que me odiaba por no poder hacer uso del rencor que sentía para arrancármelo del pecho.
El teléfono sonó y me deshice de su agarre para abandonar aquel capullo tibio en el que me había envuelto en tan solo segundos. Me limpié las lágrimas de las mejillas y apagué la alarma.
¿Acaso Diego era consciente del poder que tenía entre los brazos para sosegarme? Pensar en que había hecho lo mismo con ella al abrazarla y acurrucarla hasta dormir, consiguió darme la fuerza necesaria para avocarme al inevitable desenlace que aguardaba por mí a escasos centímetros.
Solo tenía que caminar tres pasos, tres pasos y lo sabría.
Inhalé en busca de un coraje inexistente. Miré la prueba y entendí que siempre, siempre se podía estar peor y por primera vez en muchos días sentí alivio.
—No embarazada.
Agradecí no tener que lidiar con un embarazo no deseado, porque la verdad era que no tenía muy clara mi posición al respecto. Giré a mirar a Diego y me conmocionó no encontrar alivio en su rostro. Aquel semblante enigmático me confundió.
Bajó la cabeza y se llevó la mano al cabello en un gesto que no supe identificar. Una vez más él parecía arrancarme la posibilidad de entenderle.
—¿En qué estás pensando? —dije con voz temblorosa.
Diego negó con la cabeza. Era como si algo en el suelo fuese muy interesante, pues no apartaba la vista de ahí. Finalmente, me miró y sus ojos tenían un brillo húmedo. Tenía ganas de llorar. Me acerqué y lo abracé. Al final del día solo éramos un par de seres humanos rotos que necesitaban un abrazo, excepto que esa vez era yo quien lo acunaba, la que lo sostenía entendiendo que nuestros sufrimientos eran distintos y a la vez simétricos.
—En que te quiero besar —dijo en mi oído en un hilo de voz y se incorporó un poco para tal propósito.
Cerré los ojos y enterré la cara en su pecho. Diego vestía una camiseta, jeans y sus botas de seguridad. Todo indicaba que había venido a verme luego de un día de trabajo, me lo decía su olor entre perfume, algo de sudor y su aroma natural. No quería levantar la vista, esos ojos grises entre lágrimas eran mi perdición.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —me preguntó con un tono de voz apagado, quebrado, mientras me acariciaba el cabello con dulzura.
Lo miré y me encogí un poco de hombros. Aquel gesto era falso, una verdad a medias. Sabía perfectamente qué debía hacer, dejarle, solo que entender eso no extinguía el amor que sentía por él. De haber sabido que la llamada que había recibido ese domingo nos fragmentaría de tal manera, le habría abrazado en el sofá y habría impedido que la tomara. Pero desear poder viajar al pasado no era más que una actividad inútil, sin contar que la relatividad especial no era mi fuerte.
La vista de Diego cayó en mis labios y supe que iba a besarme. Mi teléfono vibró y eso logró que reaccionara. Me separé de su cuerpo, para colocar una distancia oportuna para evitar sus avances. Me había olvidado por completo de mis amigas que angustiadas esperaban noticias de mí. Les informé que no estaba embarazada y sus mensajes de alegría no tardaron en llegar.
—Me gustaría llevarte al médico. Que te revisen, estás muy pálida, te mareas. Hacerte un examen de sangre, tal vez aún es muy pronto para saber si estás embarazada.
—No creo que esté embarazada, las instrucciones decían que la prueba detecta la hormona del embarazo hasta seis días antes del periodo. Si mi retraso se prolonga me haré una... Creo que dejé que la angustia hiciera estragos en mi raciocinio porque... Bueno, nunca había vivido algo así. —Hice una pausa—. Así que... Que mal por hacerte pasar por esta incertidumbre a ti también.
—Eso es lo de menos.
—De resto no te preocupes. Estoy así porque no he comido, ni he dormido bien todos estos días, pero intentaré hacerlo para recuperarme.
—De todas formas, necesitas descansar. Ven conmigo. —Se lamió los labios, se veía nervioso—. Vamos al apartamento, déjame cuidarte —rogó—. Me tomaré unos días del trabajo para atenderte. ¡Vamos a la playa! —Alzó las cejas para acentuar su requerimiento—. El mar te hará bien. Nos hará bien.
Negué con la cabeza y me llevé un mechón de cabello detrás de la oreja. Diego apoyó una mano en el marco de la puerta y eso me mantuvo en ese espacio reducido del baño en donde su presencia lo inundaba todo. En donde el tono de su voz afligido me desestabilizaba.
—Máxima... No me hagas vivir sin ti.
Creo que nunca había escuchado una frase que sonara tan triste, ni que me estrujara el corazón de una manera tan cruel.
—No te he hecho nada... —No terminé la frase porque me interrumpió un sollozo incontenible—. Esto te lo hiciste tú mismo cuando me mentiste.
—Gatita...
Bajó el brazo que tenía en el marco de la puerta para acercarse a mí, por lo que aproveché de alejarme de él y salir del baño. Necesitaba espacio.
Diego entró segundos después a la habitación con hombros caídos y semblante apesadumbrado.
—Yo no soy ella. —Tragué saliva pues me costaba hablar—. No estoy desvalida, no necesito que lo abandones todo para cuidarme. Voy a estar bien, por mí no te preocupes.
—Las cosas no son así...
Cerré los párpados para evitar rodar los ojos, odiaba la frasecita. Odiaba lo que me estaba sucediendo, odiaba no tener el control de mis sentimientos. Necesitaba que la razón dominara sobre esa voz en mi mente que mantenía amordazada, pero que se escabullía constantemente para recordarme lo mucho que lo adoraba, que me decía que solo era un hombre que cometía errores.
Me senté en la cama, me llevé las manos al rostro y lloré unos segundos hasta que conseguí retomar la compostura, hasta que le grité a esa parte de mí que debía parar de ser tan ingenua, tan estúpida. Él era solo un hombre, pero era el hombre que tenía el poder de dejarme así de destrozada con sus mentiras. No podía permitírselo de nuevo.
Me había pasado los últimos cuatro días pensando en todo lo que debía decirle, solo que en ese momento aquello se sintió como una hazaña de proporciones titánicas de lograr.
Alcé el rostro y me encontré con el suyo. Entendí que no podría seguir evadiendo el hablarle con franqueza, para aclarar la situación. El problema era que una vez más, volví a sentir aquel nudo irresoluble en la garganta que me enmudecía.
—Empecemos de nuevo —propuso casi con vergüenza.
Al menos eso me pareció que era. Vergüenza. Pero solo él conocía sus sentimientos. Ignoré su proposición, respiré profundo y conseguí hablar.
—Siéntate —le dije a la vez que me ponía de pie.
Todo era demasiado, aún no salía de mi terrible susto de embarazo, cuando debía enfrentar aquella situación impostergable.
—No quiero que nos maltratemos, eso te lo pido encarecidamente. —Respiré profundo, se me iban las fuerzas—. No quiero tener que bloquearte o poner una foto tuya en el ascensor para avisarle a los vecinos de que no te dejen pasar bajo ninguna excusa. Creo que hasta Natalia está cansada de insultarte... —Bajé la vista a mis manos, porque a él solo podía mirarlo por poquísimos segundos para no perder el coraje—. Ya no me llames. Me hace mal ver tus mensajes en mi teléfono. Esos hola que tanto ansiaba los lunes después de pasarme el fin de semana sin hablarte, ahora me lastiman. Comprende que lo nuestro se terminó y... —No quería hacerle daño, pero tenía que decirlo—. Déjame ser perfectamente clara, se terminó por tu culpa.
—Máxima, es mi culpa eso lo sé —dijo interrumpiéndome.
Mis palabras eran duras, no obstante, eran dichas con toda la tristeza del mundo. Intenté usar un tono de voz pausado, calmado, porque no deseaba que lo último que escuchara de mí fueran gritos. Quería que me recordara como la mujer que lo adoraba a pesar de todo, a pesar de que lo nuestro se había convertido en algo problemático y ya no pudiese ser.
Mientras le hablaba tuve la certeza de que nunca lo iba a poder dejar de querer...
—... No quiero flores, ni dulce de leche, ni nada. Tienes que asumir tus errores. Te equivocaste, me hiciste daño y lo nuestro se terminó —dije de nuevo enfática intentando mantener a raya las lágrimas—. Si de verdad me guardas un poco de aprecio por el tiempo que estuvimos juntos, tanto como amigos y como novios, sabrás entender que debes dejarme tranquila, porque con tu insistencia consigues que yo solo sienta inapetencia por ti.
Se puso de pie, cabizbajo, apenado.
—Nada de lo que digas puede ya borrar lo sucedido. Por favor, entiéndelo, me lastimaste, pero la única manera que la herida que me produjiste cicatrice, es lejos de ti.
—Máxima, no me digas eso, por favor. Escúchame.
—¿Escuchar qué? —expresé con dolor y cierto cansancio—. ¿Lo que me has estado diciendo todos estos días? ¿De qué debo creer que no vas a mentirme de nuevo? —Alcé la mano, para que se detuviera, cuándo avanzó hacia mí—. Tienes que respetar mi decisión. No quiero volver a escuchar lo mismo, porque no estoy interesada en perdonarte ¿entiendes? —Me miró con tristeza—. Cuando te miro ya no veo a mi Leo. —Apreté los labios para no llorar—. Solo veo al hombre que se besó con otra y me fue infiel.
—Máxima... —dijo mi nombre de forma dolorosa a punto de llorar.
—Estoy profundamente decepcionada...
—Por favor —rogó interrumpiéndome otra vez sin que yo dejase de hablar.
—... de mí misma. Me miro en el espejo y no puedo evitar sentirme tan decepcionada por haber permitido que un hombre me engañara no una, sino ¡dos veces! No podría mirarme de nuevo si hubiese una tercera.
—No la habría, te lo juro, te lo juro...
—No la habrá porque no tendrás oportunidad de lastimarme una vez más. Lo siento, lo nuestro se terminó. Necesito tiempo para mí. —Me limpié las lágrimas que corrían silenciosas por mis mejillas como almas en pena. Sentí que una vez más me desmoronaba, sin embargo, me clavé las uñas en las palmas de las manos para infundirme coraje—. Necesito tiempo para olvidarte y que me dejes hacerlo. —Le miré a los ojos—. Le ruego a Dios que me dé la fuerza para lograrlo.
»Hay una parte de mí que siente que solo eres un hombre que cometió muchos errores, pero la verdad es que también persiste en mí esa parte que piensa que crees que soy una idiota —Diego frunció el ceño confundido—, a la que puedes manejar y engañar. Manipular.
—No, obvio que no creo eso de ti. Por Dios, tú para mí eres lo más importante... Me equivoqué, cometí un error. Pensé que ocultándote todo hacía lo correcto —dijo con desespero.
—¿Y después qué? ¿Qué iba a suceder cuando ella decidiese buscarte de nuevo? Has admitido que no pensabas contarme nada, ¡ibas a volver a mentirme y a mentirme...! —Hice una mueca para señalar la obviedad de mis palabras—. Niégalo...
—Se suponía que no iba a volver a repetirse —respondió cabizbajo.
—¡Eso no lo decides tú!, porque a menos que la denunciaras por acoso o algo por el estilo, ¿qué iba a impedir que ella volviese a buscarte? O sea, te busca y lo dejas todo por ella —expresé con decepción—. Podrás decir que no la quieres, pero tus acciones le demuestran lo contrario, por eso te busca. Me pongo en su lugar y pienso en que si le dabas un poquito de lo que me dabas a mí es entendible que te busque... —Las lágrimas se deslizaron otra vez por mis mejillas.
—Ya te dije que solo quería evitar que se hiciera daño —dijo en tono cansado.
—De acuerdo, está bien. Lo que tú digas, de todas formas, eso ya no cambia nada.
Diego levantó la vista y abrió la boca, parecía buscar qué decir.
—Por favor, déjame hablar —rogué intentando mantener la calma, no quería sus excusas, sentía miedo de que me hipnotizara con esos ojos grises o con sus palabras dulcísimas como había hecho cuando descubrí que era Leo—. Dos veces te he escuchado y te he dado oportunidad de explicarme tus razones. Te lo recuerdo, el día que te vi besándola y hace cuatros días atrás en la sala, así que te pido la misma cortesía. —Diego se enderezó y asintió—. Te ruego que hagas un esfuerzo y te pongas en mi lugar. Entiende que ya no te veo. El hombre del que yo estaba enamorada ya no existe, se murió el día que vi que lo besaban otros labios que no eran los míos. —Me tapé la boca, al escuchar cómo se quebraba mi voz, carraspeé y seguí—. Se murió el día que tocó a otra mujer de la manera que me tocaba a mí...
—Máxima... —Diego comenzó a llorar y eso lo hizo todo más difícil.
—Se murió el día que pensó, por segunda vez, que lo mejor era mentirme y engañarme, que ser sincero conmigo. Se murió.
Me tapé el rostro y lloré con fuerza. Sus manos grandes y tibias se posaron sobre mis brazos, me atrajo hacia él y me abrazó. Lloré contra su pecho muerta del dolor que sentía.
—Déjame —rogué con un hilo de voz sin que él me obedeciera, él también lloraba.
—Perdóname —susurró en mi oído varias veces mientras me abrazaba, obligándome a recibir su tacto, a estar expuesta a su aroma, al vaho tibio que expelía entre sollozos.
Me acarició el cabello con dulzura y cerré los ojos para recrearme en esa caricia que me había dado en tantas ocasiones, cuando me cernía sobre su pecho desesperada por sentirlo, por amarlo y que ya no podría experimentar más. Aquello me hacía daño, Diego se había vuelto venenoso.
—Por favor —Me separé un poco de él para mirarlo a la cara—. No me busques más, no me obligues a tratarte mal. No quiero ser ese tipo de persona, quiero creer que lo que vivimos por un tiempo se merece ser preservado como un recuerdo bonito y no con la amargura que siento ahora.
»Busca ayuda. No vivas así, haz terapia. Conversa con alguien todo lo que no quisiste hablar conmigo. Eres un gran hombre, no dejes que tu pasado sea tu constante presente y mucho menos tu futuro.
Comprendí que no podía salvarlo, él tenía que escoger salvarse a sí mismo por él y para él. Al final, solo me podía salvar a mí misma y eso era lo que estaba haciendo aunque se me rompiera el corazón.
Diego se llevó la mano a la cara, se secó las lágrimas, se sorbió la nariz y me miró.
—¿En serio no hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión? —preguntó con un temblor en los labios.
Negué con la cabeza y me alejé de él.
—Hay algo que tengo que confesarte... La primera noche que fui a tu apartamento, después de que comimos. Estabas dormido en el sofá y tomé tu dedo, desbloqueé tu teléfono y leí tus mensajes —Diego me miró confundido—. Yo desconfiaba demasiado de ti después de todas tus mentiras... Leí tu conversación con Marco. Él parecía feliz de que habías terminado con tu novia y salieras conmigo. Me sentí fatal, aun me siento mal, así que te pido perdón por eso.
Diego arrugó la cara, parecía demasiado asombrado.
—¿Es en serio?
Asentí.
—Supongo que dadas las circunstancias no tengo mucho derecho a reclamarte...
—La relación que tuvimos no se puede reconstruir. A pesar de tus mentiras, yo me decidí a confiar en ti tras leer esa conversación y me juré no volver a invadir así tu privacidad. Pero lo hice de nuevo. —Bajé la vista porque Diego me miraba incrédulo y me sentía avergonzada—. La semana pasada, fui a tu apartamento, mientras tú me decías que estabas ahí durmiendo. Revisé tus cosas, busqué pistas de tu paradero. Tú nunca me contabas nada...
»La incertidumbre, la duda me estaba matando. No sabría explicarlo, solo sabía que me estabas mintiendo y no paré hasta descubrir la verdad... Volver contigo sería caer en ese tipo de comportamientos una y otra vez. Lo nuestro se convertiría en algo tóxico. Yo viviría llena de inseguridades por no poder confiar en ti y analizaría cada palabra que saliese de tu boca, preguntándome si dices la verdad o mientes.
Levanté el rostro para mirarlo.
—Albergaría tanto rencor... Me llenaría de coraje cada vez que sonara tu teléfono. No quiero vivir así, si bien una parte de mí siente que mis acciones están justificadas por tus mentiras, la verdad es que no quiero convertirme en ese tipo de persona... No quiero ser así. —Me tembló la voz—. No quiero vigilar a mi pareja, yo quiero confiar y ser feliz.
—Lo sé... Lo sé... —Asintió—. Me lo dijiste una vez al teléfono.
Lo miré extrañada ¿había dicho eso? No sabía a qué se refería.
—¿Qué te dije?
—Fue un día de esos que se hizo tardísimo mientras hablábamos. Yo había tenido un día de mierda para variar y tú me contabas de los problemas de una de tus amigas con un tipo, me gustaba tanto escucharte que te deje hablar y hablar... Dijiste que no estabas de acuerdo con esa clase de relaciones... Que por lógica había que procurar estar con alguien que hiciera tu vida mejor, no más difícil.
No recordaba aquella conversación en específico, pero si algo de lo que él decía. Habían sido muchos meses hablando y una vez más me sorprendió darme cuenta que él rememoraba tantos detalles de lo que le había dicho.
—Yo quería que fueras tú... —admití llena de melancolía—. El que hiciera mi vida mejor.
Diego miró hacia arriba, se llevó el cabello hacia atrás con ambas manos y comenzó a llorar.
—Pero yo siempre supe que no iba a serlo —dijo con una especie de sonrisa frunciendo los labios—. Nunca quise hacerte daño... Solo soy un idiota aferrándose a lo único que lo hace feliz en la vida.
En ese momento comprendí que lo único equiparable al dolor de lo que él me había hecho, era verlo llorar. No podía, era algo terrible de presenciar, por lo que ahogada, me alejé de él, abrí la puerta de mi habitación, para salir al pasillo y caminé hasta la salida del apartamento. Nunca había sentido un vacío tan hondo. El dolor era insoportable.
Giré a mirarle parado en el umbral de mi habitación. Caminó en mi dirección derrotado. Se detuvo delante de mí con los ojos enrojecidos y el pesar reflejado en el rostro. Me tomó por las mejillas y me besó la frente, demorándose unos segundos en los que yo estallé en llanto. Abrió la puerta del apartamento y antes de salir me miró.
—Si algún día quieres hablar... Llámame o visítame. Tienes la llave de mi apartamento, esa es tu casa... Y si necesitas ayuda para lo que sea, nunca dudes en pedírmela. —Diego avanzó para marcharse, pero se detuvo un segundo y giró el rostro para mirarme por encima de su hombro—. Que sepas que eres la única mujer en la que he pensado como posible madre de mis hijos —dijo con la voz quebrada, mientras que en sus ojos imperaba una tristeza que me asustó muchísimo. Luego, salió y cerró la puerta tras de sí.
Diego parecía querer hacerme entender a la fuerza que siempre podía estar peor, pues con esa última frase me destruyó completamente. Mi espalda se deslizó por la pared, caí al suelo mientras mi boca prorrumpía los más densos sollozos de dolor.
Lloré y lloré no sé por cuánto tiempo... Me dolía el alma.
Levanté el rostro sin poder ver, pues mis lágrimas lo empañaban todo. Me puse de pie, me limpié la cara, corrí a mi habitación y lo llamé por teléfono. Contestó y no habló, solo escuché su respiración.
—Por favor, no te vayas a beber como esa noche. Por favor. Llama a Marco, a tu papá. No quiero que alguien te haga daño como en aquella ocasión que te robaron. Por favor.
—Está bien —dijo con una voz que no ocultaba el llanto.
—Promételo.
Diego permaneció en silencio.
—¡Promételo! —insistí preocupada.
—Te lo prometo.
Me quedé callada sin saber qué decir.
—Cuídate mucho, Pelirroja —dijo dos segundos después y finalizó la llamada.
Escucharlo esa última vez tuvo un efecto letal en mí. Era como morirse una infinidad de veces, cada una más agónica que la anterior.
Enterré la cara en la almohada y sollocé hasta quedarme sin aire. Giré el rostro e inhalé con fuerza, mientras pensaba en que había hecho lo más sensato. Dejarnos era eso, lo más sensato como él mismo había dicho al teléfono aquella vez, a las tres de la mañana, para explicarme que no debíamos hablarnos más. Además, también resultaba lo más lógico, pues a fin de cuentas, lo que empezaba mal, terminaba mal.
Aun sabiendo todo eso me costaba procesar el hecho de que se había acabado, de que había cerrado ese capítulo de mi vida en el que me había enamorado tan rápido y tan fuerte de un hombre indescifrable. ¿Me quedaría solo eso con el tiempo? ¿La sensación de que él me había negado tanto de sí, mientras que yo con mi inoportuna inocencia de muchachita tonta le había entregado todo? Supuse que tendría que acostumbrarme a ese destino cruel en donde Diego existiría lejos de mí, a sus anchas, permaneciendo como un enigma.
Me arropé con mi edredón, me tapé toda, sofocándome con mis exhalaciones y noté que olía a él. Me retorcí del dolor llorando por mucho rato hasta que escuché las voces de mis amigas. La voz de Nat con un tono de preocupación se coló a través de las paredes, quería pedirle disculpas por no lograr responderle, pero no conseguía emitir otro sonido que no fuera el de profusos sollozos.
De repente, el colchón se hundió y alguien jaló el edredón, para obligarme a percatarme de la realidad circundante: la penumbra de mi habitación en la que existía desde hacía una semana. Natalia me abrazó conectando sus rodillas con mis corvas y se acurrucó contra mi espalda, mientras que Clau me apartó unos mechones de cabello de la cara, se acostó frente a mí y me rodeó con su brazo.
—A todos nos rompen el corazón alguna vez —dijo Nat bajito a mi oído.
—La primera vez es la más dolorosa —agregó Clau—, pero vas a estar bien.
—Lo vas a superar —afirmó Nat.
—Un buen día te levantas y no piensas más en él, no lo recuerdas para nada. Créeme —explicó Clau.
—El tiempo lo cura todo —concluyó Nat.
Sabía que lo que decían era cierto, pero en ese momento se sintió como una gran mentira. Era demasiado pronto aún para procesar esa aseveración. Me parecía imposible que él no ocupase una parte de mi mente, de mi corazón.
Dejar de amar a Diego sería mi proyecto más ambicioso.
Insertar comentarios aquí si esta triste :(
Opiniones sobre Max, ¿hizo bien?
Opiniones sobre Diego.
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