Los trípodes
El miedo me recorrió la espina, mientras mi acompañante se acomodaba el uniforme con movimientos mecánicos y la mirada vacía. ¿El ejército convertía a las personas en ésto? Apenas y parecía un ser humano, quién me había hablado sobre sus pensamientos y sentimientos durante las últimas horas, lucía como un autómata de feria alistándose al compás de los tambores.
Yo finalmente reaccioné, poniéndome las botas y comenzando a atarlas. Tratando de quitarme de la cabeza la idea de inhumanidad que reflejaba él.
- ¿Richard -lo llamé, al no soportarlo más- ? ¿Qué suena? ¿Anuncian un ataque, o sólo marchan?
Por fin mostró una reacción: sus ojos volvieron a la vida, y se giró tratando de sonreírme, aunque su mirada lo decía todo.
- Se preparan para un ataque -explicó, haciéndome gesto de tomar mis cosas mientras él comenzaba a hacer lo mismo- . Debo reportarme, si me encuentran me acusarán de deserción. Tú puedes quedarte: escondida en la cocina. Es un sótano, aunque se derrumbara el edificio sabría dónde buscarte, a salvo.
Si quieres seguirme: prepárate para correr, sin mirar atrás, cuando te lo pida.
Apreté los labios. Seguirlo o quedarme sonaban como opciones aterradoras, y al parecer eran las únicas.
- Iré contigo -acepté, con él asintiendo seriamente mientras se echaba el fusil al hombro- . Si nos separamos... reunámonos en Londr-
- No vamos a separarnos -interrumpió. Buscaré una excusa para irnos, que eres una persona muy importante del gobierno y no puedo arriesgarte a una batalla, o algo así.
Sonreí ante su seguridad.
Tomamos algo de pan de la cocina, comiéndolo nerviosamente mientras caminábamos. A unos cien metros del hotel, de espaldas a un pequeño pueblo al que supusimos intentarían proteger, habían apostado media docena de cañones.
Richard bufó, frustrado- No han visto esas cosas, si supieran a lo que pretenden enfrentarse no estarían aquí. Daría igual que les lanzaran piedrecillas.
Decidí que los soldados definitivamente me daban miedo.
Estaban ahí, de pie, esperando un enfrentamiento con algo que los mataría. Sin ninguna expresión. ¿Les quedaban ganas de vivir? ¿Esperaban sobrevivir sin importar las circunstancias y regresar a casa? ¿Con todo lo que sucedía, aún tenían... casa a dónde volver?
- ¡Soldado! ¡Identifíquese! -ladró quien parecía estar al mando, ¿necesitaba usar un tono tan amenazante?
Richard saludó, entrando en ese mismo estado de muerto en vida, diciendo su nombre y rango.
- Disculpará mi atrevimiento -continuó cuando el otro parecía tomar aire para bramar órdenes- pero es mi deber proteger civiles. Deben tener órdenes para proteger ése poblado, pero soy el único sobreviviente de mi batería. Nos barrieron, Señor. No tenemos oportunidad de proteger, debemos evacuar.
- No está en posición de decidirlo -le gruñó secamente- . La civil debe ir al pueblo, y usted unirse a mis subordinados.
- Debo negarme. Mis órdenes ulteriores son proteger a civiles de alto rango, la dama es una Baronesa y su escolta de camino a Londres fue asesinada por los trípodes. Debo escoltarla personalmente, dejarla sola sería...
- ¿Trípodes? ¿Qué demonios son los trípodes, soldado? -lo cuestionó burlonamente. Sentí que mis mejillas se calentaban por el enfado de que le hablaran así.
- Son máquinas gigantes de tres patas, Señor -Richard continuó su explicación, inmutable- . Armadas con un rayo calórico, ¿tampoco ha visto el rayo, Señor?
- No he visto nada de eso, pero si tanta prisa tiene, siga su camino con ésta supuesta Baronesa, será llamado a rendir cuentas por éste desacato más adelante.
Richard hizo un saludo militar.
- No creo que sobreviva para acusarte -solté entre dientes, con desprecio, cuando se acercó a mi y me hizo seña de avanzar.
- La vida en la milicia es así, no tiene caso que te enfades -me indicó seriamente.
Dimos unos pasos y nos detuvimos de golpe. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a la punta de los pies, al notar la mirada de terror de mi acompañante.
- ¿Escuchaste? -preguntó, y entendí que quería que le respondiera que no.
- Sí, lo siento -musité.
Volteó hacia el pequeño regimiento y gritó "¡Váyanse!", sin tiempo de recibir ninguna reacción ni respuesta, porque un rayo solar se reflejó en una superficie metálica que empezaba a asomarse tras una colina.
Sentí que mi corazón se saltaba un latido, cuando emergió la silueta del trípode que tanto había mencionado Richard. El cerebro se me saturó de las imágenes que había visto en el hoyo: el rayo, el fuego, la muerte; con la aterradora certeza de que éstas cosas tenían el mismo rayo, y caminaban.
- ¡Corre! -me pareció escuchar como una voz lejana, hasta que algo tomó mi brazo haciéndome reaccionar del susto: la mano de Richard, sujetando mi antebrazo de manera firme pero temblorosa, desesperada - ¡Corre! ¡CORRE!
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