Capítulo 9
Mailén
🖤
Nicolás apaga el motor del auto luego de estacionarse frente a la disquera. No se mueve, yo tampoco, me limito a beber en silencio mi té.
No hemos hablado mucho. Lo que sea que pasó en su departamento ha permanecido sobre nosotros.
Suspiro, ¿por qué digo «lo que sea que pasó»? Sé muy bien qué fue.
Nicolás me atrae más que ningún chico que he conocido. Complica mis pensamientos, revuelve mis emociones y estremece mi cuerpo, ¿cómo se supone que debo reaccionar frente a un hombre que logra todo eso en mí?
No quería sentirme así por nadie; por mi ex nunca lo sentí. Yo vine a trabajar, mi única meta era sumergirme en la rutina. Después me preocuparía por el amor, el sexo y todo lo que una chica de mi edad se preocupa.
¿Dije amor? Ay, Dios mío, ayúdame. No puedo enamorarme, no ahora.
—Espero terminar hoy con MalaVentura —Acaba con el silencio—. ¿Estarás con Gray?
—Eso creo...
Su mirada calienta mi piel. No necesito girarme para saber que me observa; sin embargo, lo hago y encuentro una sonrisa en sus labios, en «esos labios».
Un beso de Nicolás debe ser de esos que mencionan en los artículos de sexualidad que son capaces de llevarte a un orgasmo. Todavía tengo la sensación de su boca en mi cuello, su lengua y el piercing. Estuve tan cerca de empujarlo y besarlo, olvidarme de la disquera, de todo. Por unos cinco segundos tuve el valor para hacerlo sin importar si era un error o no, sólo quería vivir y luego preocuparme por las consecuencias.
Nicolás me está haciendo sólo actuar y vivir ¿Qué haré con eso? Está destrozando los cimientos de mi vida que me mantuvo en pie por los últimos años.
Él toma mi mano, que estaba sobre mi pierna, y acaricia la palma con su pulgar.
¿Es normal que parezcamos tener fiebre? Su piel hierve, la mía igual, ¿y si estamos enfermos? Enfermos de abstinencia.
Las yemas de sus dedos son duras, tiene cayos también en la parte interna de la mano. Mi piel, por el contrario, es muy suave; no lavo los platos sin guantes, soy bastante cuidadosa y no he tocado jamás una guitarra o cualquier instrumento musical.
—Tienes manos de músico —opino con la mirada sobre su mano acariciando la mía—. Son grandes y con cayos.
—De músico mediocre.
Relame sus labios al decir eso. Tiene toda mi atención, ¿por qué siempre hace esos comentarios? Es increíble, me encanta verlo tocar el bajo eléctrico.
—¿Voy a tener que empezar de coach motivacional, Nicolás?
Él sonríe y niega, pero esa sonrisa se queda atrapada en su boca, no sube a sus ojos.
—Ya no opinarás lo mismo cuando terminemos de grabar los álbumes.
—Estás grabando en dos al mismo tiempo —le recuerdo—. Es muchísima presión, Nico. Aprendes más canciones que los demás.
Encoge los hombros, ¿nunca nadie le reconoce las cosas que hace? Es probable, he notado que suelen minimizar bastante su trabajo. Si Eric canta dos versos es un ángel caído del cielo, pero si Nicolás memoriza una canción en horas y la graba sin errores, sólo está haciendo su trabajo.
—¿Quieres que golpee a alguien? —bromeo.
Eso sí logra hacerlo sonreír con sinceridad.
—Suficiente con Henrik que sigue diciendo que querías romperle la pierna.
—¡No te creo!
—Sí, Henrik es exagerado, está en sus genes.
—¿Por eso no fue hoy? ¿Piensa que lo arrojaré del balcón?
—No —contesta y pasa el arete atrás de sus dientes. El sonido me encanta—. Anoche hablé con él, te dejará en paz.
El aliento se me escapa y los ojos arden. Antes de procesarlo, caen un par de lágrimas que sorprenden a Nicolás, mas permanece callado mientras las limpio rápido con un pañuelo desechable.
—Me defendiste... —digo sin poder borrar la sonrisa en medio de las lágrimas discretas que caen más rápido de lo que lo logro retirarlas.
—Eso creo... ¿Estuvo mal?
—No, no... —Tomo aire y parpadeo un par de veces—. Gracias...
—De nada, pero no pareces muy contenta con eso...
—Son de alegría, cíclope —rio, pero él sigue mirándome sin comprender—. Estoy acostumbrada a defenderme sola, sé hacerlo, Nico... Nadie me había defendido antes.
Un golpe fuerte en el capirote nos sobresalta e interrumpe lo que fuera que iba a decir Nicolás.
Eric está en frente con ambas manos sobre el automóvil. Su risa cambia por sorpresa al notar que estoy llorando y que sin duda alguna no era el momento oportuno para su broma.
Escapo del agarre suave de Nicolás y salgo del automóvil. Él me imita, busca mi mirada, pero la evito.
—Me adelantaré. Mike me dijo que está en su oficina —Y me alejo de ahí.
—¡Perdón! —exclama Eric mientras me alejo. Sólo muevo la mano para intentar decirle que no se preocupe.
No giro hacia ellos hasta que estoy por entrar a la disquera. Están conversando con expresión seria. Nicolás me mira y esos ojos de imán dificultan que desvíe la vista hacia mi camino.
«Trabajo, Mailén, concéntrate», me digo.
Adela saluda con un «buenos días» forzado. Ya he notado que me mira con desdén cuando Nicolás está conmigo, debe creer que hay algo entre nosotros, creo que todos piensan eso; lo peor es que parece ser verdad.
El ajetreo de la disquera dispersa mis pensamientos. Pandora sube conmigo al ascensor. Tiene el cabello suelto con unos mechones azules y viste como si fuera un músico de rock; incluidas unas botas con murciélagos que se parecen a unas de Cristal.
La chica nota que la miro y esboza una sonrisa amable que respondo de igual forma. Es muy guapa, de esas mujeres que nacieron privilegiadas porque sus curvas naturales no necesitan de pasar horas en el gimnasio; entiendo por qué Nicolás la encontró atractiva, ¿quién no lo haría?
Pandora está en el área de informática. Diseña aplicaciones para móviles sobre los chicos, también se encarga de la parte audiovisual de Gustaf, su primo.
Salimos en el tercer piso, pero ella se va hacia la derecha y yo a la izquierda, donde está la oficina de Mike. Reviso mi maquillaje con la cámara de mi celular, todo intacto, no parece que lloré porque Nicolás tuvo el detalle más valioso conmigo.
Nicolás me defendió. Esa idea logra que sonría con más ganas de lo que he hecho en años y la sonrisa prevalece cuando abro la puerta; entonces flaquea, porque ahí está Gigi, Sofía y Mike.
—¿Interrumpo? Puedo volver más tarde.
—No, pasa —pide Mike—. Necesito que me ayudes con esto.
Cierro atrás de mí y me quedo quieta, no sé dónde pararme. Las dos mujeres ocupan un lado del escritorio.
—Tenemos que cambiar los boletos de Sofía y Gigi, Mai —informa mi tío sin mirarme porque su atención está en su computadora—. Gigi viajará desde el jueves y Sofía hasta el sábado por la mañana.
—¿Jueves? Eso es mañana.
—Sí... —Mike levanta la mirada y me ve por arriba de su monitor—. ¿Sucede algo?
Gigi gira el rostro hacia mí y agita sus largas pestañas. Su maquillaje es impecable, es una profesional, y viste con una blusa corta de rayas blancas y azules. Su pantalón llega a su cintura y permite ver una pequeña porción de piel. El cabello negro lo tiene suelto, es raro verla así, y luce preciosa.
—No —reacciono cuando salgo del trance que es observar a aquella mujer—. Claro que no.
Saco la tableta de la mochila y dejo mi té sobre el escritorio. Mike me pide que me acerque y me señala los vuelos que quiere para las chicas. Él no tiene tiempo para ver esas cosas, así que será mi trabajo resolverlo.
—Disculpa, Mai... —dice Sofía con tono tierno—. Tengo un evento importante en el restaurante una noche antes y no quiero dejarlo en manos de otras personas...
—No te disculpes, So. En un momento soluciono todo —sonrío—. ¿Cedric viajará contigo?
—No, le pedí que fuera con la banda.
Adoro esa pareja. Son tan tiernos y se apoyan en todo.
Sofía es el antónimo de Gigi, que es toda sensualidad. La rubia es ternura, incluso porta un vestido rosa pálido y lleva el cabello sujeto en un chongo perfecto, parece una bailarina de ballet.
Gigi observa mi vaso de té, no sé qué podría tener de interesante. Contemplo el pequeño recipiente y, desde donde estoy, sólo noto que tiene escrito un «Ni».
¡No puede ser! Confundieron los nombres en las bebidas. Mi vaso debe decir el nombre de Nicolás, no el mío, ¡es lo que ha visto Gigi!
—Giovanna tiene una fiesta con su novio en la capital el viernes, por eso debe llegar antes —explica Mike.
La chica reacciona con su nombre y gira hacia mí, nuestras miradas chocan y rebotan en otra dirección. Yo me concentro en mirar la pantalla, ella no sé.
—¿Y tú irás? —me pregunta Sofía.
¿Iré? Supongo que sí, aunque no se compró mi boleto.
—No, no es necesario que vaya —contesta Mike en mi lugar. Trato de mantenerme impasible y no ser tan obvia con la desilusión—. ¿O quieres ir?
—No, no quiero —miento.
Mike sonríe sin mirarme. Estoy tentada a darle un zape con la tableta electrónica, ¿cómo puede pensar que no quiero ir? Y no sólo por Nicolás, ¡quiero ver a todos alistarse para una presentación!
Mi tío me pide que haga el cambio y se marcha de la oficina en compañía de las chicas. Evito mirarlas, no sé qué piense Gigi, pero deduzco que no le gustó ver el té con el nombre de su ex.
«Trabajo, Mai, es todo lo que necesitas», y con ese pensamiento me dispongo a llamar a la aerolínea.
🖤
Por unos peligrosos minutos pensé que me transformaría en una planta que ocuparía un rincón del aeropuerto. No pude solucionar nada por teléfono, me colgaron mil veces, y tuve que ir a esperar por horas. Al final me atendieron y realizaron el cambio, creo que notaron que no estaba de humor, y pude regresar a la disquera por la tarde.
Nicolás dejó indicaciones para que prepararan mi almuerzo, así que como a solas en la cafetería; ellos ya deben de estar grabando después de comer.
Aproveché mis horas de espera, para no sentirme una planta, y revisé los mensajes que me habían enviado a mi red social de admiradora. Pero no cualquier mensaje, sino aquellos de chicas que juraban haber tenido sexo con Nicolás. Sólo pregunté como una admiradora chismosa cómo es el sexo con él, nada más... ¡Y recibí mucha información!
Un par de chicas estuvieron con él antes de que tuviera el piercing en su... cíclope. Me contaron que fue después de un concierto, en el backstage. Una contó que Eric los descubrió, la otra pudo estar con Nico sin que nadie los viera. Otra chica me dijo que ya tenía el piercing ahí cuando tuvieron relaciones, que fue en la capital y lo conoció en una fiesta. Y la última que era maquillista y fue antes de un concierto. Todas coincidieron en que fue increíble, que él les dio los mejores orgasmos de su vida y que esperaban volver a acostarse con él. No pedí más detalles, sentí que era incómodo, pero la curiosidad se quedó ahí.
¿Para qué pregunté? Tal vez porque una partecita de mí espera que suceda, pero me apena demasiado admitirlo en voz alta.
Si sólo quiero sexo sé que basta con decirle, Nicolás aceptará. El problema es que no sé si quiero que sea sólo sexo y eso me tortura, ¿por qué ahora?, ¿por qué?
—Mai.
La voz de Nicolás me sobresalta. No lo escuché acercarse y mi cuerpo entero se tensa cuando toma asiento frente a mí.
—Hola...
Él coloca los brazos sobre la mesa.
—¿Es cierto que no irás a la capital con nosotros?
—Órdenes de arriba —Encojo los hombros.
—Es tu tío, dile que quieres ir...
—No puedo hacer eso, Nico, es mi jefe.
Nicolás suspira. Su pie empuja suave el mío, sólo quiere mantener el contacto, lo sé porque me pasa igual. Me gusta tocarlo, mis manos se estremecen con su proximidad cuando no puedo sentirlo.
—Entonces no te veré todo el fin de semana.
Extiendo la mano hasta rozar sus dedos, él permanece mirando nuestra unión.
—Creo que no...
—¿Y qué harás?
—No sé, dormir. Tal vez tenga trabajo por hacer.
Nicolás asiente, pero noto que hay algo que le molesta.
—¿Saldrás con alguien?
La pregunta me desconcierta, ¿con quién saldría?
—No.
—¿No sales con nadie? —Posa su mirada en mí y suspiro, lo cual es vergonzoso, pero... ¿está celoso de alguien que ni existe?
—No estarás aquí.
Mis escasas palabras dicen todo, no puedo elaborarlo más, los nervios no me lo permiten. Nicolás juega con el arete en su lengua y entrelaza su mano con la mía, creo que lo ha comprendido.
Sólo saldría con él y no estará aquí, así que no saldré con otra persona.
—¿Tienes algo qué hacer el viernes por la noche?
—Dormir —sonrío—. ¿Por?
Nicolás toma aire, desvía la mirada hacia la mesa y dice:
—¿Te gustaría ir a cenar?
—¿Me estás invitando a salir? —catapulto apenas termina de preguntar.
Él parece hundirse un poquito en su silla, pero no pienso quedarme con la duda. No puedo pasar horas preguntándome si es una cita o no, necesito saberlo.
—Sí —responde luego de un momento de silencio—. ¿Quieres...?
—Sí quiero —acepto.
Nicolás levanta la mirada, esboza una sonrisa suave al descubrir mis mejillas arreboladas, pero... ¡tengo una cita con Nicolás!
—¡Nico! —llama Berenice desde la entrada a la cafetería, aunque parece arrepentirse al notar que nos soltamos—. ¡Tómate tu tiempo! ¡Me adelanto!
Él pone los ojos en blanco, yo rio bajito, es difícil tener privacidad con todos sus amigos cerca.
—Nos ponemos de acuerdo al rato o mañana, ¿sí? —inquiere mientras se incorpora.
—Claro... No conozco la ciudad, tendrás que elegir.
Nicolás sonríe, su hoyuelo me invita a tocarlo, pero controlo las ansías. Nos despedimos con un asentimiento y se marcha.
Lo observo alejarse. Es alto, su espalda ancha y los hombros trabajados se notan debajo de la playera café, ¿cómo será sentirlo arriba de ti al hacer el amor? La imagen mental enciende mi rostro y mi cuerpo entero.
Berenice estaba esperando por él en la entrada, veo su melena de cabello rojo cuando intercepta a Nicolás, supongo que quiere saber qué está pasando. Ojalá Nicolás lo sepa, porque yo no, pero se siente bien, «bonito». No tengo palabras para explicarlo, quizá lo que crece entre nosotros es inefable.
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