μαχή

Como cada mañana desde que tenía uso de razón, Nerea se fue a pasear con los dos perros que su tía nunca se llevaba a las jornadas de caza. Siguió el mismo recorrido de siempre: salió de su templo, recogió a los canes y caminó río abajo saludando a cada ninfa que se encontraba. Todo eso para acabar en el lago que, casualmente, bordeaba los campos de entrenamiento.

Soltó a los perros, para que fueran a refrescarse, y ella aprovechó para sentarse en el suelo. Apoyó la espalda en una roca y mantuvo su mirada fija en la persona de cada día: Aitana, hija de Atenea.

La morena blandía la espada con soltura y se deshacía de dos y hasta tres adversarios en un solo ataque. Se reía con cada fallo de sus hermanos y primos, pues ella no erraba. Sus movimientos eran gráciles e iban llenos de precisión, lo cual maravillaba a la pequeña rubia.

-Es hermosa, ¿verdad, Leukon?- Preguntó al perro albino, que se había sentado a su lado. Este se limitó a poner una pata en su regazo pidiendo cariño. Nerea soltó una carcajada antes de acariciar su cabeza.- Me lo tomaré como un sí. Mírala, es realmente perfecta. Ha heredado toda la técnica de su madre... No se le resiste nadie.- Un suspiró se escapó de sus labios al mismo tiempo que el otro perro se situaba en su otro costado.

Lánzate, cachorra. Escuchó la voz de su tía como un eco lejano. Nerea no hizo más que rodar los ojos. Se levantó y sacudió la parte posterior de su túnica.

-Leukon, Lycos, nos vamos.- Empezó a caminar hacia el río, dispuesta a volver al templo, pero una flecha se clavó justo donde iba a dar su próximo paso.- ¡¿Estás loca?!- Exclamó mirando hacia el bosque. Vio a Artemisa entre dos árboles al otro lado del río con una mueca divertida. Sin embargo, escuchó sus palabras como si estuviera justo a su lado.

-Tranquila, cachorra, sabes que tengo buena puntería. Ahora, ve a hablar con ella.

-No puedo, Artemisa.- Murmuró echando la vista hacia atrás. Aitana seguía con sus piruetas imposibles y sus acompañantes, turnándose para caer al suelo y volver a levantarse.

-Por supuesto que puedes.- Cuando Nerea devolvió la vista al bosque, su tía había desaparecido.

Llevaba demasiados meses siguiendo el mismo itinerario por dos razones. La primera: se sentía extremadamente atraída por Aitana. La segunda: deseaba luchar tan bien como ella. Quería aprender y estaba segura de que podría llegar a hacerlo. En su corta vida había desarrollado habilidades que no le correspondían teniendo en cuenta su linaje y estaba segura de que la estrategia de combate tampoco sería un imposible. Pero, claro... Necesitaba una institutriz.

En ese segundo, tomó una decisión: hacerle caso a Artemisa. Reunió la poca osadía que tenía y comenzó a caminar hacia Aitana. La pradera donde los hijos de Atenea y los de Ares entrenaban era enorme y a Nerea le daba la sensación de avanzar a cámara lenta.

Cuando la morena reparó en su presencia, a la rubia se le secó la boca. Estuvo tentada de darse la vuelta y huir corriendo. Lo habría hecho de no ser porque todos pararon sus combates personales para prestarle atención. Intentó dar la impresión de tener confianza en sí misma, pero cuando Aitana se le acercó dándole vueltas a su espada, toda esa fachada se le derrumbó.

-¿Necesitas algo?- Preguntó manteniendo el semblante serio, alerta, preparado para cualquier ataque.

-Quiero aprender a luchar.- Alcanzó a decir con un hilo de voz. Las facciones de Aitana se relajaron, pero una sonrisa burlona apareció en sus labios.

-¿Perdona?

-Que... Que quiero... Me...- Balbuceó.- Me gustaría aprender a luchar.

La carcajada de Aitana vino seguida de las de todos los que estaban allí. Nerea apretó los dientes con rabia. Si ya de por sí las burlas eran horribles, que estas provinieran de la chica por la que sentía tantas cosas era simplemente insoportable.

-¿Luchar? ¿Una hija de Apolo?- La voz de la morena casi no se escuchaba entre tantas carcajadas.- Pero si solo sabéis cantar y tocar instrumentos.

-Eso no es verdad.- Se defendió Nerea apretando también los puños. La risa cesó tan pronto como había llegado y volvió la dureza en la mirada de Aitana.

-¿Ah, no?- La rubia iba a negar, pero no le dio tiempo. Aitana la empujó y la hizo caer sin demasiado esfuerzo. Los canes comenzaron a ladrar enseñándole sus fauces a la morena, que ni siquiera se inmutó. Bastó que Nerea alzara una mano para que Leukon y Lycos dejaran de amenazar y se sentaran a su lado.- Lo dicho, solo cantar y tocar instrumentos.

Nerea quiso contestarle de nuevo, pero un chico se acercó a la hija de Atenea por la espalda. Aitana se movió con rapidez hacia la derecha y frenó el ataque con su espada. Sus cinco sentidos estaban alerta incluso hablando con la rubia y, a pesar de la reciente humillación, Nerea solo podía admirarla.

Antes de que pudiera darse cuenta, todos los combates se habían reanudado y ella pintaba aún menos que antes ahí. Se levantó cabizbaja y se alejó de los campos de entrenamiento. Aquel encontronazo la había dejado sin fuerzas para afrontar el resto del día, así que se limitaría a componer encerrada en su templo. Ahogaría sus penas entre las cuerdas de su lira y las letras melancólicas que tan bien se le daba escribir.

⚔⚔⚔

A la mañana siguiente, seguía igual de desanimada. En cuanto abrió los ojos y recordó las palabras de Aitana, maldijo en voz alta su arranque de valentía. Dio media vuelta en su lecho y subió los cobertores hasta su cuello. Respiró hondo y volvió a cerrar los ojos dispuesta a dormir de nuevo para no tener que pensar.

-No puedes quedarte ahí todo el día.- Ni siquiera le sobresaltó la presencia de otra persona en su habitación.

-¿No tienes templo?- Abrió los ojos cuando sintió que el colchón se hundía a su lado.

-Mi hermano se pasa fuera la mitad del día, literalmente.- Se justificó abriendo mucho sus ojos plateados.- Ni se entera de que le quito la ambrosía.- Alzó una copa llena del líquido anaranjado y le dio un trago antes de seguir hablando.- Además, alguien tiene que cuidar de sus cachorros. Maldito irresponsable...- Murmuró entre dientes. Nerea ya no aguantó más la risa. Adoraba a su tía por encima de cualquier persona y se alegraba de tener su compañía todos los días.

-Sus cachorros hemos aprendido a cuidarnos solos, Artemisa.- Se incorporó quedándose sentada y, al hacerlo, reparó en la armadura que tenía a los pies de la cama.- ¿Y eso?- Exclamó gateando por encima del colchón. Artemisa sonrió.

-Regalo de Hefesto. Parece que no eres solo mi favorita.- Nerea la miró con un brillo en los ojos que pocas veces se le había visto.- Confiamos en ti. Eres muy inteligente y con eso tienes lo necesario para ganar cualquier batalla.- La semidiosa se estiró para abrazar a su tía y dejó que el calor que emanaba su cuerpo la invadiera por completo.

-Gracias...

-Si alguien puede acabar con la hija de Atenea, eres tú. Y no me refiero a matarla.

-¡Artemisa!- Gritó riéndose.- Qué bochorno...

-Peores cosas he visto, cachorra. No me hagas recordarte el árbol genealógico.- La diosa se levantó de la cama y, viendo que su sobrina se quedaba estática, apremió:- ¡Venga, prepárate!

-¡Ah, sí, sí!- Nerea saltó del lecho para buscar una túnica corta en su vestidor y Artemisa decidió abandonar la estancia para darle su intimidad.

Minutos después, una equipada Nerea salió de su templo. Silbó varias veces, una llamada que solo una criatura entendería. Sonrió cuando lo vio planear hasta posarse en el suelo frente a ella.

-Hola, bonito.- Pegaso relinchó.- Hoy peso más que de costumbre. ¿Crees que puedes conmigo?- El animal dio dos golpes con sus cascos en el suelo.- Allá voy.- Se impulsó para subirse a lomos del corcel.- ¿Aguantas?- Un nuevo relincho.- Genial. Llévame a los campos de entrenamiento, por favor.

Pegaso despegó y Nerea se agarró con fuerza a él, pero cuidando no hacerle daño. Si bien otros días mantener el equilibrio era fácil, en ese momento la rubia creía que, o se caía ella, o se le acabarían cayendo el escudo y la espada. No sabía cuál de las dos cosas daría un peor resultado.

Pegó su cara a la suave crin de la criatura y se quedó observando los paisajes por los que normalmente caminaba. Cuando vio el final del río, giró su rostro para localizar a Aitana. No le costó: estaba en el centro de la contienda, recibiendo ataques por todos lados, pero saliendo airosa de ellos.

Pegaso descendió lentamente hasta aterrizar a orillas del lago. Nerea se bajó de su lomo y agradeció el viaje dándole una zanahoria. Cogió con determinación la espada y comenzó a caminar a través de la pradera. De nuevo, esa sensación de caminar a cámara lenta; de nuevo, todas las luchas se detuvieron; y, de nuevo, Aitana reparaba en su presencia.

-¿Vuelves a por más?- Preguntó con la misma sonrisa burlona.

-Quiero aprender a luchar.- Repitió las palabras del día anterior.- Sé que puedo hacerlo, da igual de quién sea hija.- La morena se rio en su cara, una vez más, y negó con la cabeza.

-Claro que no da igual.- Nerea reconoció el movimiento en cuanto Aitana dio un paso hacia delante. Se lanzó hacia ella para empujarla otra vez, pero la rubia ladeó su cuerpo para que la mano pasara rozándola únicamente.

-¿En serio creías que ibas a volver a pillarme por sorpresa? Los que tropiezan dos veces con la misma piedra son los humanos.- Se escucharon algunas risitas en el campo de batalla. Aitana la miró con el ceño fruncido, claramente molesta, pues la que había quedado mal en ese momento era ella.

-Largo de aquí. Ya te lo he dicho, los hijos de Apolo solo sirven para tocar instrumentos.

-Y yo te he dicho que no.

-Cierto. También sabes manejar el carro del sol, ¿no?- Preguntó dispuesta a seguir riéndose de sus aptitudes.

-No.- Aitana alzó una ceja y sonrió con malicia.

-Ni siquiera sabes hacer lo que se espera de ti.- Soltó una risa envenenada y se dio media vuelta dispuesta a seguir con su entrenamiento. Sin embargo, Nerea no tenía pensado dejarse achantar esa vez.

-Tengo una veintena de hermanos que saben hacer eso.- Aunque la morena seguía caminando de espaldas, ella continuó hablando.- Sé conducir el carro de la luna.- Aitana frenó en seco.- Mi tía, Artemisa, no tiene hijos y soy la única que podría sustituirla ahora mismo.- La morena se giró para seguir escuchando.- Me enseñó el arte del tiro con arco y también a tratar con animales, especialmente con los perros. No soy una inútil, Aitana.- Esa vez, la morena alzó ambas cejas al escuchar su nombre.

-Y piensas que por dominar esas habilidades podrás con el combate...

-Exacto. Los humanos se están cargando su planeta y pronto nos tocará intervenir.- Dio un paso hacia delante, mucho más segura de sí misma.- Yo quiero estar ahí, en el campo de batalla. Sé que puedo aportar grandes cosas, solo necesito aprender a luchar.- La hija de Atenea volvió a reír, pero fue la única que lo hizo esa vez. Nerea se había ganado el respeto de todos los demás semidioses.

-De verdad, siento tener que bajarte de la nube, pero la estrategia en la guerra es mucho más de lo que se ve desde fuera. Se deben tener reflejos, técnica, precisión, sangre fría... Algo que solo se tiene...- señaló a todos los presentes.- si eres hijo de un dios de la guerra.

-Entonces, ¿de qué tienes miedo?- Unos "uuuuh" se escucharon de fondo como un murmullo uniforme. Aitana se giró hacia sus hermanos y primos y los fulminó con la mirada.

-¡Seguid con vuestro puto entrenamiento!- La morena volteó de nuevo para encarar a Nerea.- Una semana. Ese es el tiempo que voy a entrenarte. Después de eso, nos enfrentaremos cuerpo a cuerpo. Sin ayudas de ningún tipo, sin casco, sin escudo. Solo tú, yo y nuestras espadas. Si no consigues ganarme, no volverás a pisar los campos de entrenamiento.- A la rubia se le abrieron los ojos y la boca al mismo tiempo.

-Pero... ¡¿Cómo pretendes que te gane?!- Señaló a los demás semidioses.- ¡Ni siquiera ellos te vencen y llevan toda su vida combatiendo! ¡Lo justo sería luchar contra alguien con el mismo nivel que yo!- Aitana sonrió de lado ante las súplicas de Nerea.

-Ese es el trato. ¿Lo tomas o lo dejas?

Acepta, cachorra. Recuerda: eres inteligente, te harás con una estrategia. Nerea miró hacia atrás, hacia el bosque, donde su tía estaría escondida observando y escuchándolo todo.

-Trato hecho.- Aitana ofreció su mano y Nerea la aceptó con gusto. Era mucho más suave de lo que cabría esperar sabiendo que siempre tenía una espada en ella. Se miraron a los ojos. La rubia comprendió que la hija de Atenea no escondía ninguna maldad, sino que simplemente era su ADN lo que le hacía ser tan cautelosa y áspera. Lo que Aitana encontró en los ojos avellana de Nerea... Ninguna quería pensar en ello.

⚔⚔⚔

Al día siguiente, Nerea se presentó temprano en los campos de entrenamiento. Casi no había amanecido y ni siquiera Aitana había llegado. Se entretuvo observando los dibujos de su escudo hasta que escuchó pasos a sus espaldas.

-Buenos días.- Saludó al girarse y ver a la hija de Atenea.

-Qué madrugadora.- Se limitó a contestar. Nerea se encogió de hombros.

-Quiero aprovechar el tiempo.- Aitana asintió.

-Primera lección.- Caminó hacia ella y le quitó el escudo de un tirón para arrojarlo al suelo.- Nada de escudos entrenando. Te hacen ser lenta y torpe. En una batalla real puede servir de mucho, aquí solo te dificultan los movimientos. ¿Entendido?

-Entendido. ¿Podrías ser menos bruta?- Devolvió la pregunta.- Ese escudo es un regalo. Me gustaría conservarlo más de dos días, ¿sabes?

-Tranquila, los materiales de Hefesto resisten mucho más que ese golpecito.

-¿Cómo sabes que...?- Dejó la pregunta en el aire cuando Aitana desenfundó su espada y le enseñó la empuñadura. Tenía el mismo diseño que la suya. Ambas sonrieron.

-Tienes que decirle que también te haga un casco.- Aconsejó quitándose el suyo. Se acercó a Nerea y, con delicadeza, se lo colocó.- Hay caídas que pueden ser traicioneras.- La hija de Apolo se quedó sin palabras ante el gesto y, sobre todo, ante la cercanía de la otra chica. Aitana de lejos ya era una obra de arte, pero de cerca resplandecía por su perfección.

-Gracias.- Alcanzó a decir.

-No hay de qué.- Volvió a colocarse frente a ella.- Ahora, rodillas flexionadas.- Hizo el gesto y Nerea lo imitó.- La espada siempre lista para atacar. Tu otro brazo debe servir de equilibrio. ¿Entendido?- La rubia asintió.- La vista siempre en tu adversario. Nunca te despistes. Nunca.- Nerea repitió el gesto.

Después de esas palabras, ambas se quedaron en silencio. La hija de Apolo esperaba con ansias el primer movimiento de la morena. No estaba despistada, estaba todo lo atenta que podía. Agarraba su espada con fuerza, dispuesta a utilizarla en cuanto Aitana la atacara. A pesar de esto, no supo evitar su caída cuando la morena se agachó y de un giro rápido le hizo la zancadilla con la pierna estirada. Nerea cayó de espaldas y se quedó sin respiración un par de segundos. Los que tardó en empezar a sentirse inútil.

-Segunda lección. Tienes cuatro extremidades, no solo las dos superiores.

Lo que restaba de día, Aitana se limitó a darle consejos básicos a Nerea: cómo colocarse, cómo moverse en el campo de batalla y cómo manejar la espada. Le enseñó los ejercicios con los que ella había aprendido a controlarla como si fuese una extensión de su cuerpo. No mencionó nada de defensa ni de ataque y tampoco lo hizo en los dos días siguientes.

Nerea no lo echó en falta, pues era consciente de que esa base era completamente necesaria. Por eso, esos tres primeros días se quedó en la pradera hasta que se hizo de noche. Todos los demás guerreros se habían ido ya, pero a ella no le importó. Necesitaba practicar, demostrarle a Aitana que, aunque no iba a vencerla, al menos aprendería muchísimo esa semana.

Repetía los mismos movimientos una y otra vez. Se deslizaba con soltura de un extremo a otro del lugar. Movía la espada en el aire siguiendo las pautas que la morena había impuesto. Le costaba parar y dejar el entrenamiento hasta el día siguiente porque, como bien había dicho, quería aprovechar el tiempo. Los dos primeros días llegó al templo bien entrada la madrugada. El tercero, Aitana y el amanecer la sorprendieron aún blandiendo la espada.

-Veo que ya has calentado.- Nerea se giró sobresaltada y con la respiración agitada por el esfuerzo realizado.

-Por Zeus, qué susto.- Bajó el arma y se frotó un ojo. Miró a su alrededor y solo entonces pareció ser consciente de que un nuevo día estaba naciendo.- Rayos, se me ha ido la noche entera.

-¿No has dormido?- Nerea negó.- ¿Y no has comido nada?

-No...

-Ve ahora mismo a tu templo, aliméntate y descansa.

-No.

-Yo no te pienso entrenar así. Tu cuerpo es tu principal arma. Sin él, tener la espada y el escudo no sirve de nada.

-Aitana, me has dado una semana y ya han pasado tres días. No puedo irme a dormir ahora.- La morena negó incrédula con la cabeza, preocupada por la autoexigencia de Nerea. Ni siquiera ella llegaba a esos niveles.

-Cansada sirves mucho menos que sin entrenar, Nerea.- El corazón de la nombrada se agitó en su pecho. Nunca creyó que Aitana se supiera su nombre. Eran tantos los hijos de Apolo que era imposible conocerlos a todos... Y, sin embargo, ella la había mencionado.- Tu cuerpo y tu mente deben estar frescos para el combate, porque si no todo será demasiado confuso.

-Ya...- Aceptó, aún en shock.

-Vamos a hacer algo. Hoy me quedaré contigo más horas después de la cena, pero ahora debes ir a descansar. ¿Trato?- Esa vez fue la rubia la que estiró su mano para dársela a Aitana. Su mirada encerraba la concentración de siempre, pero Nerea no encontró ni rastro de la burla con la que se había dirigido a ella los primeros días.

⚔⚔⚔

Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando Nerea volvió a los campos de entrenamiento acompañada por Leukon y Lycos. Desde que había empezado a luchar, no los había sacado de paseo y comenzaba a sentirse mal por ello. Los soltó cuando estaba cerca del lago y ella se dirigió hacia el grupo de semidioses que estaban enzarzados en distintas peleas.

Como era usual, a la primera que distinguió fue a Aitana. Estaba peleando con una chica rizosa que parecía más fuerte y mayor que ella. Sin embargo, el combate estaba muy reñido. Nerea observaba maravillada los movimientos de las dos hijas de Atenea deseando llegar a algo así ella también.

Cuando pensaba que nunca llegaría su turno de practicar, Aitana miró hacia ella dándose cuenta así de que ya había vuelto de su templo. Nerea temió que ese despiste le trajera consecuencias, pero la morena seguía completamente concentrada. De hecho, en ese momento sus ojos parecieron decir: hasta aquí.

Asestó tres espadazos fuertes en el arma de su contrincante, para que esta aflojara su agarre. Acto seguido, hizo un movimiento circular con el que enganchó la otra espada en la hoja de la suya. Con un latigazo, hizo que saliera volando por los aires hasta acabar cogiéndola con su mano libre.

-¡Rayos!- Maldijo la rizosa quitándose el casco. Aitana se rio devolviéndole la espada antes de hacer lo mismo.

-Has mejorado mucho, Miri.

-Pero sigo sin poder ganarte, enana.- La morena se encogió de hombros.

-No en vano iba a ser la única que nació de la cabeza de madre.- La rizosa rodó los ojos y comenzó a hablar caminando hacia otro combate.

-Sí, sí, tú sigue restregándolo...- Aitana volvió a reír una vez más antes de caminar hacia Nerea, que lo observaba todo con una sonrisa divertida.

-Hola.- Saludó la morena volviendo a su faceta seria.- ¿Has dormido?- Nerea asintió.

-Y también he comido.- Alzó una bolsa que había improvisado con telas de antiguas túnicas.- He... He traído la cena para las dos.- Informó sintiendo cómo sus mejillas se coloreaban.- Así no perderemos tiempo en ir a nuestros templos.- Nerea pareció observar una minúscula sonrisa en los labios de Aitana, pero era tan imperceptible que no sabía si eran imaginaciones suyas.

-Oh... Eh...- Se peinó el flequillo.- Me parece una buena idea.- La rubia sonrió más ampliamente y dejó la bolsa en el suelo. Total, ¿quién se la iba a llevar?

-¿Empezamos?

-Sí.- Se pusieron sus cascos (el cual Nerea había recibido nada más llegar al templo el primer día) y desenfundaron las espadas.- Hoy vamos a empezar con la defensa y a partir de mañana lo dedicaremos al ataque y a combatir entre nosotras.- Un escalofrío recorrió el cuerpo de la rubia. Iba a llevar más golpes...

-Vale.- Intentó sonar segura cuando añadió:- Estoy lista.

-A la hora de defenderte, tienes que tener siempre en cuenta tu cuerpo. Es lo que tienes que cubrir con el ancho de la espada. Nunca la pongas así, - La puso en vertical.- sino así.- La giró.- Piensa que es con ella con lo que tienes que frenar todos los golpes que vayan a tu pecho.- Nerea asintió y se colocó tal y como Aitana le estaba diciendo.

-Vale, pero... ¿No sería más lógico cubrirme con el escudo?

-Cuando estés en un combate real, - comenzó a hablar caminando hacia ella. Se colocó en su espalda y le cogió las manos con las suyas. El corazón de Nerea dio un vuelco. - la espada te protegerá donde tienes los ojos.- Apretó su mano derecha.- Y el escudo - llevó su mano izquierda a su costado girándola un poco hacia atrás.- cubrirá tu punto ciego.

La rubia se quedó callada. No podía hacer otra cosa ante ese contacto con Aitana. Deseaba con todas sus fuerzas girarse y abrazarla, saber lo que se sentía al tocar su cuerpo o, al menos, su armadura. Quería que le dedicara la risa que le salía con su hermana... En cambio, la del flequillo se apartó y volvió a colocarse frente a Nerea dejándola con una sensación de frío por todo el cuerpo.

-Coloca la espada.- Nerea obedeció.- El pie izquierdo siempre un poco más atrás.

-Como contrapeso, ¿no?- Aitana sonrió genuinamente.

-Exacto.- Nerea se contagió de su sonrisa no solo porque fuera hermosa, sino por saber que por fin hacía algo bien.- Voy a atacarte despacio, ¿vale? Van a ser golpes suaves, pero vas a tener que defenderte de ellos.

-No te pases, ¿eh?- Aitana soltó una carcajada, pero no una de burla. Se estaba riendo de forma sincera, estaba relajándose ante la rubia y no sabía hasta qué punto iba a ser bueno. Por su parte, Nerea estuvo a nada de decirle que esperara, que se tenía que sentar para recuperarse de semejante sonido celestial, pero consiguió contenerse.

-Dile eso a tus enemigos cuando te vayan a atacar.- La rubia rio también.

-Si sabes que no voy a vencerte.

-¿Te rindes ya?

-Más quisieras.- Nerea volvió a ponerse en guardia y miró a Aitana con la mirada más decidida que le había dedicado hasta entonces.- Voy a aprovechar todos los consejos que me des e intentaré mejorar todo lo posible. Aunque no te lo creas, me gusta esto y disfruto aprendiendo nuevas habilidades.

-Genial, titana, vamos a ello.- Le dio varias vueltas a su espada en el aire.- Y, recuerda, tienes cuatro extremidades.

En cuanto terminó de decir eso, atacó con un movimiento de arriba a abajo. Nerea puso su espada en medio, en posición horizontal. El siguiente golpe vino en la dirección contraria y la rubia tuvo que ser rápida para bajar su espada antes de que la otra alcanzara su cuerpo. Poco a poco, con cada golpe, se iban moviendo de lado a lado, hacia atrás, hacia delante...

-Moldéate a mis golpes.- Orientó Aitana. Nerea asintió y, con el siguiente espadazo, comprendió lo que la morena quería decirle. Los ataques venían de lado, lo cual significaba que ya no podía defenderse con la espada en horizontal.

Continuaron así un buen rato. Los sonidos de sus espadas eran lo único que escuchaban, a pesar de que hubiera otras cincuenta alrededor suya. Los espadazos provenían de cualquier lado y Nerea tenía que ser rápida si no quería acabar con algún miembro menos.

Cada vez se notaba más suelta, con más reflejos y haciendo movimientos más ágiles. Por eso se sorprendió cuando Aitana bajó su espada y la miró aún con los ojos entrecerrados. Nerea iba a relajar su cuerpo, pensando que la sesión de defensa había terminado, pero entonces la morena se agachó. La hija de Apolo ni siquiera lo pensó: en cuanto Aitana comenzó a girar, dio un salto para esquivar la zancadilla que se avecinaba.

-Aprendes rápido.- Dijo la morena levantándose.

-Te lo vuelvo a decir: los que tropiezan dos veces con la misma piedra son los humanos.

-Tienes buenos reflejos y mucha resistencia.- Nerea sonrió sin poder evitarlo.- Eso es un punto positivo, desde luego.

-Gracias.- Aitana asintió a modo de respuesta. Esa vez, ni siquiera le cambió la cara a una de concentración cuando golpeó la espada de Nerea haciendo que se le cayera al suelo.

-Agárrala siempre fuerte.- Advirtió agachándose para recogerla y devolvérsela.

-Perdón. No estaba lista.

-¿Y cuál es el fallo ahí?

-Que no me puedo despistar, porque en una guerra no van a esperar a que me prepare para atacar.

-Me encanta que seas tan inteligente. Intentar enseñarles esto a los hijos de Ares es como hablar con el aire.- Nerea rio un tanto sonrojada por los halagos de la morena.- Antes estabas viendo cómo luchaba con mi hermana, ¿cuándo se terminó el enfrentamiento?

-Cuando le quitaste la espada.

-Exacto. Nunca puedes perder la espada, porque entonces estás muerta.- Nerea asintió.- ¿Vamos otra vez?

-Vamos.

Y así se pasaron cerca de seis horas más, entre ataques de una y defensas de la otra. Poco a poco, se fueron quedando solas hasta que, ya sí objetivamente, solo se escuchaban sus dos espadas. Poco a poco, se fue haciendo de noche, pero ellas solo pararon su entrenamiento cuando escucharon aullar a los dos perros.

-¿Están... ladrándole a la luna?- Preguntó Aitana confusa. Nerea asintió.

-Saben que es mi tía.- Silbó tres veces y Lycos y Leukon dejaron de aullar.- Deberíamos cenar ya, ¿no?

-Sí, estoy hambrienta.- Informó quitándose el casco.

-Vamos al lago y así les doy la cena a ellos también.- Fue a recoger la bolsa con la comida para después caminar hacia los canes.

-Espero que no se pongan a ladrarme otra vez.

-Me tiraste al suelo.- Aitana sonrió de lado al oírla.- ¿Pretendías que se pusieran a darte besos?

-Era algo entre nosotras dos, ni siquiera mis hermanos se metieron.- Nerea alzó las cejas.

-¿Te estás escuchando? Son animales, por Zeus. Me defienden porque es su instinto.- Continuaron el camino en silencio hasta que la rubia frunció el ceño y sintió la necesidad de añadir:- Y no te pongas tan chula, porque igual que les hice callar, podría haberles ordenado que te mataran a mordiscos.

-No serías capaz.- Afirmó.

-No.- Nerea la miró y, en cuanto sus ojos conectaron, empezaron a reírse al mismo tiempo. El sonido hizo que los perros repararan en ellas y comenzaran a mover sus rabos.- ¡Hola! -Saludó alegre acariciando sus cabezas.

-¿Cómo se llaman?- Preguntó Aitana sentándose en el suelo. La rubia la imitó.

-Lycos y Leukon.

-¿A que adivino cuál es cuál?- Nerea soltó una pequeña risita.

-Sí, la verdad es que es fácil de adivinar.- Y es que, llamar Leukon al perro blanco no había sido muy original por parte de Artemisa.- Sentaos.- Ordenó desanudando las telas.

Los perros obedecieron y Aitana se quedó observando, preguntándose cuál sería su próximo movimiento. Puso una cara de disgusto cuando vio que Nerea les lanzaba un trozo de carne cruda a cada uno.

-Espero que nosotras no vayamos a cenar lo mismo.- La rubia rio antes de mostrarle las frutas y la ambrosía que había llevado para ellas.

-¿Mejor?

-Mucho mejor.- Respondió abalanzándose sobre las uvas.- Mmm...- Dijo metiéndose dos en la boca. De repente, algo parecido a un caballo emergió de las aguas del lago sobresaltando a las dos semidiosas.- ¡Malditas gorgonas!- Exclamó Aitana. Nerea, por su parte, reconoció al segundo de quién se trataba.

-¡Hola, bonito!- Leukon y Lycos dejaron de comer para acercarse todo lo posible a saludar al hipocampo.

-¡Nerea, ¿qué haces?! ¡Aléjate! ¡Te va a hacer daño!- La rubia se giró y la criatura relinchó ofendida.

-Pero, ¿qué dices? Arion es muy manso. Además, que sepas que ha salido porque también le encantan las uvas.

-¿Arion?- Preguntó Aitana incrédula.

-Sí, le puse yo el nombre la primera vez que salió a saludarme. ¿A que sí?- Dijo con la voz extremadamente aguda mirando al hipocampo. Este apoyó la cabeza en el hombro de Nerea empapándola por completo, pero también haciéndola reír.

-Nerea... Es un hipocampo.- Advirtió.

-Sí, ¿y qué?

-Que son de Poseidón.

-¿Y?- Volvió a preguntar frunciendo el ceño. No comprendía el por qué de tal aversión.

-¡Claro, es que tu padre se lleva bien con él, pero la mía no!

-¿Pero qué tienen que ver ellos aquí? Poseidón es Poseidón y Arion es Arion. Atenea es Atenea y tú eres tú.

-Pero su enemistad sigue estando ahí...- Murmuró más para sí misma que para Nerea.

-No seas tonta y ven a acariciarlo y darle uvas.- Asintió para darle ánimos cuando vio la inseguridad que cruzaba los ojos de Aitana. Puede que su madre le hubiese dado toda esa destreza para el combate, pero estaba claro que también estaba cargándola con un bagaje innecesario.

-No sé...

-Coge una uva y ven. Te prometo que no te hará nada.- La morena pareció dudar un par de segundos pero, finalmente, le hizo caso.- Estira la mano con la uva.

-Como me muerda, te tiro al agua.- El hipocampo bufó, haciendo que el flequillo de Aitana se levantara al mismo tiempo que varias gotas de agua caían por su cara. Nerea empezó a reírse al verla cerrar los ojos arrugando la nariz. - Vale, me lo merecía.

-Te mereces más que eso, sinceramente.

-Cállate. Aún estoy a tiempo de cortarte el cuello con la espada.- Lycos empezó a ladrar ante tal amenaza y Nerea lo mandó callar riendo.

-¿No ves que está de broma, bobo?- Dijo dándole un toquecito cariñoso en el hocico.- ¡Y tú!- Miró a la semidiosa.- ¡Dale la uva a Arion!

-Que sí...- Suspiró. Antes de abrir la mano, miró al hipocampo. Tenía aspecto equino, pero sabía que bajo el agua se escondía un cuerpo de pez. Ciertamente... No parecía ofensivo. ¿Qué había de malo en dejarse llevar un poquito más?- Toma, Arion.- Estiró la mano y la acercó al hocico de la criatura, que devoró la fruta con rapidez.

-¿Ha estado tan mal?- Aitana negó con una sonrisa.

Justo a continuación, y por voluntad propia, la morena se acercó un poco más al hipocampo. Acarició con mimo su frente y también su cuello para acabar con un abrazo un tanto extraño. La sensación de humedad era incómoda, pero se estaba sintiendo tan bien que no pensó en apartarse.

Al lado, Nerea observaba la escena maravillada. El perfil de Aitana era aún más bonito si cabía que su rostro de frente. Echando la vista atrás, se dio cuenta de que era la primera vez que la veía tan tranquila desde que empezó a observarla de lejos. Y esa estampa, la de Aitana bañada por la luz de la luna abrazada a una de sus criaturas favoritas, le hizo querer saltarse todos los códigos morales y besarla. En un primer momento, se asustó ante el pensamiento, pero luego se le encendió la bombilla: ya tenía estrategia para ganarla en el combate.

⚔⚔⚔

En el siguiente entrenamiento, como había avisado, Aitana instruyó a Nerea sobre el ataque en combate. La dinámica fue parecida a la de los demás días. A la rubia pronto le quedaron claras todas las alternativas que tenía a la hora de enfrentarse a alguien. Aprendió a atacar con la espada, con las piernas como lo hacía la morena e incluso sin arma, por si acaso la perdía en algún momento.

-Sigo diciendo... que sería más... justo... que me enfrentara a otra persona.- Dijo Nerea el último día de entrenamiento mientras sus espadas chocaban sin tregua.

-Lo siento, pero... el trato era... el que era.- Contestó la morena con la respiración agitada y bajando el arma.

-¡Pero es que no lo entiendo!- Exclamó igual de jadeante.- Si soy mejor que muchos hijos de dioses de la guerra, ¿por qué no me dejas entrenar como ellos?

-Porque eres hija de Apolo. Tú no eres como ellos.- De pura rabia, Nerea asestó un espadazo que iba directo al cuello de Aitana. Ella, curtida en la materia, lo paró fácilmente en mitad de una carcajada.- No puedes dejar que las emociones te dominen.

-¡Vete a los establos de Augías!- Aitana continuó riendo y frenando los espadazos imprecisos de la rubia.

-¡Te lo digo en serio!- Advirtió con una sonrisa en la boca.- ¡Tienes que guiarte por la cabeza, no por el corazón!- Nerea resopló y, después de clavar su espada en el suelo, la miró.

-Es que me da rabia. Sabes perfectamente que podría ganar a algunos de tus hermanos y pretendes que me enfrente a la mejor guerrera que ha dado el Olimpo después de tu madre.- Aitana se sonrojó por el halago, pero Nerea prefirió obviarlo. No era momento de ser débil ante ella.- Parece que realmente quieres que pierda esto. ¿Tan malo es que quiera dominar una habilidad tan útil?- La morena calló después de escuchar esas palabras. Miró la hoja de su espada y fingió limpiar alguna imperfección inexistente.

-No estoy acostumbrada a que las cosas se salgan de lo previsto.- Respondió después de unos segundos de silencio.

-Pero es que, ¿en qué te afecta que yo quiera pasarme el día entrenando con otros semidioses? Si no quieres, no interferiré en ningún combate en el que estés. Así tu rutina no se saldrá de lo previsto.

-No es solo eso, Nerea. Es que no entiendes que una hija de Apolo no tiene los mismos reflejos que nosotros.

-¡Y dale! Hace unos días me dijiste que tenía buenos reflejos.

-Sí, en el cuerpo a cuerpo, con movimientos pautados y una sola fuente de ataque. Los entrenamientos de los semidioses son combates de todos contra todos. Eres tú sola contra otros cincuenta que, a su vez, compiten entre ellos. Esos reflejos no se consiguen en una semana.- Nerea apretó la mandíbula, cansada de que lo único que Aitana le dijera fuera que no podía hacerlo.

-Mira, ¿sabes qué? Da igual.- Cogió su espada de nuevo.- Mañana ya se acaba esto y podrás volver a fingir que no sabes quién soy.- Se colocó para atacar de nuevo, pero Aitana se mantuvo estática.

-¿Por qué te lo tomas como algo personal? Si hubiese venido cualquier hijo de Hermes, de Dioniso, de... ¡Yo qué sé, de Hestia!

-Aitana, Hestia es virgen.

-¡Pues de Afrodita! Les hubiera contestado lo mismo, Nerea.

-Mira, vale.- Dio varias vueltas a su espada, tal y como había aprendido de Aitana.- Vamos a seguir.

-Lo siento.- Su voz sonó suave, casi con miedo. Y es que, aunque Nerea no lo supiera, era la primera vez en su vida que pronunciaba esas palabras. Las facciones de la rubia se relajaron ante su tono y volvió a bajar la espada.- No quiero fastidiarte, de verdad que no. Tienes mucha fuerza de voluntad y mucho coraje, pero... acabarían contigo y yo no puedo permitir que eso pase en mi campo de entrenamiento...

Nerea negó con la cabeza repetidamente, sin creerse lo que estaba oyendo. Había semidioses guerreros que se pasaban más tiempo comiendo el suelo que de pie. Ella aprendía rápido, había avanzado muchísimo en solo siete días y se negaba a pensar que el combate no estaba hecho para ella.

-¿Sabes lo que te pasa?- Preguntó tranquila, sin ánimo de caldear más el ambiente. Sin embargo, Aitana endureció su mirada y apretó la espada en su mano.

-Sorpréndeme. ¿Qué me pasa?

-Que te has pasado toda tu vida haciendo lo mismo, encasillada en una sola tarea. Yo no soy así.- Sentenció llevándose la mano al pecho.- Yo soy el bicho raro del Olimpo. No me sirve con lo que heredé de mi padre, siempre quiero más, Aitana.- Suspiró y esbozó una sonrisa amarga.- Quiero aprender cosas nuevas, saber que puedo ayudar en algo que no se espera de mí...

-En una guerra te juegas la vida.

-Y tú.

-No es lo mismo, tú eres hi...

-¡Esto no va de ser hija de nadie!- Interrumpió exasperada.- ¿No te das cuenta de que mis hermanos no están aquí? ¡Que no es cosa de los hijos de Apolo, que es cosa mía!- Aitana negó con la cabeza, aún manteniendo su opinión.- ¿Por qué no?

-Porque tú no sirves para el combate.- Mintió.

Lo cierto era que lo estaba haciendo de maravilla y que, aunque fuera un uno contra uno, estaba bastante segura de que se desenvolvería bien en un entrenamiento normal. Sin embargo, algo le echaba para atrás y le decía que tenía que seguir negando su presencia allí.

A Nerea esas palabras le dolieron más de lo que le gustaría admitir. Claro que no era una guerrera pero, en una lucha, una espada más a favor podía suponer mucho. A pesar de sentirse tan mal, tomó la decisión de fingir que lo que Aitana había dicho no le importaba en absoluto. Se colocó en posición de ataque y asintió una sola vez.

-Perfecto. Ahora, si no te importa, quiero seguir hasta el final.- A la morena ya no le sorprendía esa determinación, pero cada vez la admiraba más.

-Vamos allá.- Aitana levantó la espada y, al segundo siguiente, las hojas ya estaban chocando entre sí.

Nerea seguía haciéndolo tan bien como los anteriores días, pero perdió toda la concentración cuando la morena colocó su espada en vertical coincidiendo con el protector nasal. Sus ojos brillaban más que nunca y, una vez más, pensó en lo bonita que era y en cuánto le gustaba. Sin embargo, el amor quedaba en un segundo plano cuando la decepción estaba presente. "Porque tú no sirves para el combate" se repitió en su mente.

El pensamiento la debilitó. Bajó lentamente su espada al mismo tiempo que Aitana atacaba con la suya de derecha a izquierda y desde abajo. Nerea no se iba a defender, pero la hija de Atenea no supo verlo hasta que su hoja ya estaba rozando la piel de su contrincante. El grito se oyó en toda la pradera haciendo que la mayoría de los semidioses miraran hacia ellas.

-¡Por todos los dioses, Nerea!- Exclamó Aitana agachándose a su lado cuando la rubia cayó al suelo. La espada había alcanzado justo el trozo de muslo que la túnica dejaba sin cubrir.- ¡Déjame ver eso!- Nerea negó, apretando aún más la herida con su mano. Algunos semidioses se acercaron para ver qué pasaba y acabaron formando un círculo alrededor de la escena.- ¡Para! ¡Vas a infectar la herida!- La rubia volvió a negar sin apartar su mano.- ¡Nerea, por Zeus!- Aitana gritó de tal forma que su voz se rompió.

-Ya está...- Alcanzó a decir la rubia.- Ya está.- Repitió con la voz mucho más clara. Suspiró de alivio y levantó su mano. No había ni rastro del corte.

-Pero... ¿Cómo lo ha hecho?- Murmuró un hijo de Ares.

-Increíble...- Dijo otro.

-No me lo puedo creer.- Poco a poco, el murmullo se fue generalizando, pero Nerea solo pudo prestar atención a la voz de Aitana.

-Pero Nerea... ¿Qué has hecho?- Preguntó fascinada.

-No solo servimos para cantar y tocar instrumentos.- Recordó.

-Claro...- Susurró Aitana para sí misma.- También es el dios de la medicina.- Le dedicó una mirada de completa admiración que a Nerea le hizo olvidar lo mal que le habían sentado sus anteriores palabras.

Solo entonces se dio cuenta de que sus manos estaban entrelazadas. Aitana le había cogido la que no había utilizado para curarse. No se separó, no quería, necesitaba ese contacto. La morena, en cambio, tenía otros planes.

Se soltó para, acto seguido, abrazar con fuerza a la hija de Apolo. Esta sintió cómo su corazón se paraba para luego bombear tres veces más rápido. A pesar del nerviosismo, se dejó llevar y le devolvió el abrazo con gusto. Aitana no iba a mentir si le preguntaran: se había asustado y mucho. Pero también se alegraba de que hubiera pasado, porque le sirvió para abrir los ojos: Nerea era igual de necesaria en combate que cualquiera de los allí presentes, incluida ella.

⚔⚔⚔

El día del enfrentamiento llegó. El evento, que había comenzado como una tontería entre ellas dos, se convirtió en el principal espectáculo de la pradera. Los semidioses guerreros no eran los únicos que querían ver en qué derivaba todo aquello. Los hermanos de Nerea se presentaron allí a la hora del combate temiéndose lo peor. Siempre habían sabido que la pequeña rubia podía hacer grandes cosas, pero aquello había sido excesivo.

Todos los presentes improvisaron un círculo alrededor de las dos chicas al que se unieron Artemisa y Atenea. No solían presenciar ese tipo de actos, pero esa vez era diferente. Eran sus cachorras favoritas, no podían faltar a algo así.

Nerea estaba muerta de miedo frente a la seguridad que Aitana transmitía. Tenía clara cuál era su estrategia, pero estaba casi segura de que no iba a funcionar. Además, para ser sinceras... era jugar un poco sucio.

-¿Estás lista?- Preguntó la morena con el ceño fruncido. Su actitud no tenía nada que ver con la que había tenido el día anterior al hacerle el corte. Volvían a parecer dos desconocidas y eso para Nerea fue revelador. El acercamiento que habían parecido tener habían sido solo eso: apariencias.

-Estoy lista.- Afirmó. Se pidió a sí misma concentración extrema. Si aquello no funcionaba, al menos quería irse con la cabeza bien alta.

-Pues... que comience el combate.- Aitana hizo una reverencia a modo de saludo que Nerea imitó.- Suerte.

-Diría que igualmente, pero no la necesitas.- La morena quiso sonreír, pero no podía permitírselo. Su madre observaba y no le perdonaría un trato tan personal con su adversaria.

Desenfundaron a la vez y comenzaron a dar vueltas en círculo lentamente. Ambas estaban esperando que la otra atacara primero. Nerea temblaba ligeramente, pero apretó con fuerza la empuñadura para que no se notara. Para Aitana, aquello era un entrenamiento más. Al menos, hasta que la rubia habló.

-Oye, que he pensado que... Si tú ganas, yo me olvido de volver a pisar esto, pero... En el remoto caso de que ganara yo, no me llevo nada.- Aitana sonrió de lado, sin relajarse lo más mínimo. Otra vez la burla volvía a estar presente en su rictus.

-Está bien. Si tú ganas, ¿qué quieres?- Nerea respiró hondo. Se preparó física y mentalmente para lo que iba a suceder y habló.

-Un beso.- Todo pareció cambiar para Aitana. Su frente, arrugada. Sus ojos, entrecerrados. Su cuerpo, relajándose. Y su brazo, bajando la espada.

-¿Qué?- Casi no le dio tiempo a formular la pregunta. Nerea golpeó con fuerza la espada de Aitana y esta cayó al suelo.

Un multitudinario grito ahogado se escuchó por parte del público. La rubia se apresuró a golpear el arma con la suela de su sandalia. Antes de que la morena pudiera agacharse para cogerla, Nerea tiró de su brazo. Se colocó tras ella, agarrando con fuerza su cintura, y le puso la espada en el cuello.

Nerea miró desafiante a la multitud, que se había sumido en un silencio sepulcral. Giró en redondo, volteando a Aitana consigo, para encontrar a Artemisa. Cuando lo hizo, vio su elegante sonrisa cargada de orgullo.

-Esa es mi cachorra.- Pronunció la diosa sin voz.

La hija de Apolo sonrió más ampliamente que nunca. Lo había conseguido. Bajó su espada y todos los presentes comenzaron a aplaudir. Aitana se giró con la respiración agitada. Nerea estaba pensando en tantas cosas que no pudo pararse a descifrar lo que decían sus ojos.

-Ven esta noche al lago.- Dijo en bajo la rubia. Tras esto, enfundó su espada, se abrió paso entre los semidioses y huyó corriendo a su templo.

⚔⚔⚔

Nerea se encontraba desde hacía cerca de hora y media en el lago. Se había vestido con su túnica más elegante y se había puesto la corona de hojas doradas. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho, si estaba claro que Aitana no aparecería.

¿Para qué iba a seguir esperando? Cogió una fresa de las varias que había llevado y se la llevó a la boca. Arion pronto emergió de las aguas y olisqueó el aire.

-Hola, Arion.- Saludó con voz triste.- Hoy no tengo uvas, lo siento.- Se levantó cogiendo una fresa más y se la acercó al hocico. El hipocampo no tardó en separarse.- No te gustan, ¿eh?

-A mí tampoco.- Nerea botó en el sitio llevándose la mano seca al pecho y Aitana se rio.- Perdón, no pretendía asustarte.

-No pasa nada.- Respondió la rubia sorprendida. Era la primera vez que veía a Aitana con una túnica larga y le quedaba maravillosamente bien.- Por los dioses, Aitana, estás...

-¿Arreglada y limpia por una vez en mi vida?- Nerea sonrió.

-Preciosa. Estás preciosa.- Dijo sonrojándose, ni siquiera se había parado a pensarlo. Aitana rio con nerviosismo, era la primera vez que alguien le decía algo así.

-Muchas gracias, Nerea.- Caminó la distancia que las separaba y la abrazó. Ese gesto les daba tiempo a ambas para ordenar su cabeza. Había muchas cosas pendientes, un ambiente enrarecido y un beso en el aire. Arion relinchó sacándolas de su burbuja. Nerea abrió los ojos tanto como pudo al ver que el hipocampo parecía querer salir del agua.

-¡Arion! ¿Qué rayos te pasa?- Preguntó separándose asustada. Él nunca se había comportado así.

-Tranquila, es culpa mía.- De entre los pliegues de la túnica, sacó una pequeña bolsita de cuero. Vació el contenido en su mano y lo acercó al hocico de Arion.- Toma, bonito.- La criatura no dudó en comerse la uvas. Aitana sonrió, contenta de haber cambiado tanto sus prejuicios, y le acarició la ternilla.- ¿Podrías dejarnos solas?- Dijo casi en un susurro. Arion no tardó en resoplar a modo de respuesta y desaparecer en las profundidades del lago. Cuando Nerea y Aitana volvieron a mirarse, sus sonrisas crecieron.

-Pensé que no ibas a venir.

-¿Por qué?- Frunció el ceño confundida.

-Llevo esperando bastante tiempo.- Se encogió de hombros.- De hecho, justo había empezado a cenar cuando llegaste.- Aitana se sorprendió ante esto último.

-¿Aún no has cenado?

-No... Pensaba que cenaríamos juntas como la otra noche...- La morena alzó ambas cejas antes de empezar a reírse.

-¿Y tú no piensas que habría sido más práctico decir "ven a cenar al lago" en vez de "ven esta noche al lago"?- Para decir esto último, fingió una voz mucho más aguda. Automáticamente, Nerea le dio un golpe en el hombro.

-¡No me hagas burla! Estaba muy nerviosa, ¿vale?

-Vale.- Aitana se pegó más a la rubia, a quien se le cortó la respiración durante un par de segundos.- Creo que... te debo algo.

-Aitana, yo...- Tartamudeó.- Yo, la verdad es que... Yo no...- Suspiró dejando la frase en el aire.

-Nere...

-¿Nere?- Frunció el ceño.- Nunca nadie me había llamado así...- La sonrisa de Aitana cambió a una mucho más tímida.

-Ni a mí me habían llamado preciosa...- Esa vez, fue Nerea la que sonrió tímidamente. ¿Podía alguien decirle a su corazón que parara de bombear tan fuerte?

-Solo quería desconcentrarte.- Confesó. No iba a decirle que su plan había surgido de las ganas reales que tenía de besarla.

-¿Desconcentrarme?- Aitana volvió a reír.- Nerea, como bien dijiste ayer, llevo toda mi vida haciendo lo mismo. Han intentado vencerme de las formas más rastreras posibles y nunca lo han conseguido.

-¿Qué? Pero entonces...

-Fingí despistarme para que pudieras ganar. Es más, me habría dado tiempo a recuperar mi espada, porque habría parado tu patada con mi pierna.

-¿Te dejaste?

-Me dejé.- Respondió asintiendo.

-¿Por qué harías algo así?- Preguntó completamente desconcertada.

-Porque te mentí.- Cogió las manos de Nerea y las apretó ligeramente con las suyas.- Sí que sirves para el combate. Sirves más que muchos de los que entrenan cada día conmigo.- La rubia se había quedado estática. No sabía qué sentir ante el contacto, ante las palabras de Aitana y ante el conocimiento de que no había ganado por su estrategia.- Tu habilidad como curandera salvaría muchas vidas en una guerra. Por no hablar de que me has callado la boca y has avanzado muchísimo más de lo que me habría imaginado.

-Me va a estallar la cara. Por favor, basta ya de halagos.- Aitana soltó una carcajada y Nerea pensó que la cara no era lo primero que iba a estallarle, sino el corazón.

-Está bien.- Subió las manos a la nuca de la rubia, cuyo cerebro cortocircuitó.

-¿Q-qué haces?

-Pagar la deuda.- Susurró. A Nerea se le cortó la respiración al ver cómo Aitana se acercaba entreabriendo los labios y cerrando los ojos. Hizo lo propio y, cuando el beso llegó, sintió que su cuerpo entero comenzaba a flotar.

La morena se separó con una sonrisa en los labios. Nerea abrió los ojos intentando salir del trance. Aquello había sido... Wow. Aunque lo que se había apostado ya se había resuelto, la rubia se negó a conformarse. Reuniendo valor de sabe Zeus dónde, cogió las mejillas de Aitana y esa vez fue ella quien la besó.

-Lo siento. Perdón. Eso ya estaba fuera de lugar.- La morena negó con la cabeza un tanto sonrojada y volvió a juntar sus labios.- Aitana, creo que es mejor parar.

-¿Por qué?- Arrugó la frente confundida.

-Porque... Me gustas muchísimo y... Me va a doler cuando mañana ni siquiera me mires en los campos de entrenamiento.

-¿Por qué iba a hacer eso?- Cada vez estaba más perdida en la conversación.

-Porque el trato ya se ha acabado.- Se encogió de hombros.

-¿Crees que te he besado porque me lo hayas dicho luchando?

-¿Por qué ibas a hacerlo si no?

-Por voluntad propia, como ahora.- Antes de que Nerea pudiese volver a hablar, Aitana selló por cuarta vez sus labios.- Creo que tú también me gustas a mí. Admiro tu coraje, tus ganas de aprender y también que nunca te das por vencida. Me llama muchísimo la atención tu fuerza de voluntad y... además de todo esto, me ha encantado pasar tanto tiempo contigo esta semana.- Una vez más, la rubia se quedó muda y su cerebro no conectaba con sus músculos. No sabía cómo reaccionar, porque nunca habría imaginado que Aitana le diría ese tipo de cosas.- ¿Nerea?

-Creo que... Voy a sentarme un ratito para asimilar esto.- Con las piernas temblando, se agachó lentamente. Su acción vino acompañada de una nueva carcajada de Aitana. Al parecer era la noche más graciosa de su vida.

-Me parece perfecto.- Imitó a Nerea y se sentó detrás de ella, para poder acariciar su melena.- Si te apetece, podemos quedarnos toda la noche aquí viendo las estrellas.

-Es un plan magnífico.- Respondió un poco más tranquila. Se instauró un silencio entre ellas que no duró mucho, pues Aitana no quería quedarse con una cosa en la punta de la lengua.

-Nerea.

-¿Mmm?

-Tú también estás preciosa.

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