Capítulo 12
—¡Deja ya de roncar!—gritó mi madre para despertarme.—No puedes estar todos los días así, despertando después del medio día y haciendo nada. ¡Hoy vas a ir a clases de natación!
—¿Qué? Mamá, sabes que odio los deportes—. Dije tratando de incorporarme.
—Nada de eso—dijo abriendo las ventanas—,si no haces actividad física vas a engordar. ¡Imagina que ya no te queda tu ropa! Además, tengo que ir a trabajar y tú no puedes quedarte sola en casa todos los días—se acercó a la puerta—, hoy a las 4:00. Te llevará el chofer. Ciao, cariño—. Dicho esto salió de la habitación y cerró la puerta detrás de ella.
—Creí que no tenias chofer—. Dijo George apareciéndose sobre el otro extremo de la cama.
—No trabaja los domingos, tonto—. Dije tirándome sobre la cama otra vez.
—Bueno, al menos tienes uno—. Río.—Bueno, creo que deberías levantarte ya. Necesitas desayunar y eso, tú sabes, faltan 3 horas para tu clase.
—¿Tan tarde es? Ah, no quiero ir, George.
—No hagas pucheros—. Reí.—Además, estoy de acuerdo con tu mamá.
—¡¿También piensas que estoy gorda?!
—¡No! Quiero decir... Solo es que tienes que socializar más.—dijo con una sonrisa tímida.
—Está bien. Iré. Pero solo si me acompañas.
—Déjame pensarlo. No.
—¡¿Qué?! ¿Porqué? Te odio.
—Oye, oye, tranquila—. Río.—Es una broma. Te acompañaré—. Sonrío.—Pero ya arréglate para que vayamos a comer antes de irnos.
Y eso hice. Me bañé, me puse un atuendo deportivo, y alisté una mochila con mi bañador y un cambio de ropa. Una vez que estuve lista, bajé a la cocina, donde George se encontraba cocinando alegremente en la cocina. Estaba también bailando y cantando con la música de mi móvil, por cierto, ¿cuándo había aprendido a usarlo?
—¡I got my mind set on you, I got my mind set on you, I got my mind set on you, I got my mind set on you!—gritaba sin notar mi presencia en la cocina.
—¡But it's gonna take money, a whole lot of precious money!—me uní a él.
—¡Me asustaste, idiota!—gritó mientras saltaba sobresaltado.
—¡Tranquilo, estrella del rock!—solté una carcajada.
—Ya, es en serio, me asustaste—. Dijo mientras metía la cuchara en la cacerola que soltaba delicioso olor a sopa.
—Está bien, no lo volveré a hacer—. Dije sentándome en la barra.—¿Qué hay para comer, chef Harrison?
—Cociné sopa de pollo, ya casi está, déjame servirte—. Sacó un plato de donde yo le indiqué y vació una porción en él para luego entregármelo.
—Huele muy bien—. Tomé la cuchara.
—Sabe mejor, nena, ahora prueba.
Probé la sopa y, efectivamente, el sazón de George era delicioso. Mis papilas gustativas estaban bailando de felicidad.
—¡Esto está delicioso, George!—dije mientras tomaba otra cucharada.
—Gracias—. Se sentó del otro lado de la barra.—Solía cocinar esto en la casa Beatle. Ya sabes, durante la beatlemanía—. Mencionó. En su gesto se podía adivinar cierta melancolía.
—Los extrañas, ¿cierto?
—Los extraño muchísimo. ¿Porqué tuvimos que separarnos? Ahora somos dos y dos—. Suspiró.
—John está donde tú, ¿no?
—Si. Ahora somos él y yo. Pero no es lo mismo. Somos un cuadrado, ¿sabes? Sin una de las esquinas, nos derrumbamos. No somos lo mismo.
—¿Porqué no vas con Ringo y Paul?
Pareció asustarse.—No...eso no se puede. No es posible, creo...—desvío la mirada.
—¿Porqué no?—cuestioné.
Pareció pensarlo más a fondo. En serio quería saber porqué George no podía o no quería visitar a sus amigos. Me miró directo a los ojos y pareció abrir la boca para hablar.
—¡Señorita Margot, ya es hora de irnos!—la voz del chofer, Víctor Wilson, impidió que George respondiese.
—¡Voy en un minuto!—dije apresuradamente.—¿Porqué, George?—pregunté retadoramente.
—Ya oíste, es hora de irnos, ve por tu mochila—. Y comenzó a recoger los platos. Subí a regañadientes por mi mochila y cuando bajé la cocina estaba reluciente. Caminé hacia la puerta y George me siguió. Salimos y subimos al auto. En realidad, Víctor cerró la puerta en cuanto yo subí, por lo que George tuvo que atravesarla un poco molesto. El camino la pasamos en silencio para que Víctor no sospechara nada. Claro que ya me había escuchado hablando sola, pero debía mostrar señales de haber mejorado o él le avisaría a mis padres y volvería al terapeuta.
Una vez que llegamos a la piscina, bajé junto con George a lo que parecía ser la recepción. Se encontraba una chica de unos 20 años ahí, tenía lentes de montura gruesa, cabello rubio recogido en una coleta y ojos azules. Volteé a ver a George y pude notar que sonreía embobado mientras miraba fijamente a la chica que se encontraba acomodando accesorios para natación en un estante que estaba al fondo de la pequeña recepción. Eso me enfado un poco. En cuanto notó mi presencia se volvió a atenderme.
—Hola, chica, ¿vienes a las clases, cierto?—preguntó mirándome.
—Eh...creo que sí—. Recibí un codazo de parte de George. —¡Quiero decir, si!
Ella sonrió un poco extrañada.—Okay... Dime tu nombre, por favor.
—Margot. Margot Brooks.
Ella tecleó en la computadora que se encontraba en el escritorio.
—Okay...Margot, tu clase está por comenzar. Alístate en los vestidores, en unos 10 minutos llega el profesor—. Dijo sonriente.
—Gracias—. Dicho esto, me alejé hacia los vestidores, jalando a George del brazo esperando que dejara de mirar a la rubia.
—¡Oye, tranquila, nena!—dijo mientras se liberaba de mi agarre.
—Ah, sí, claro. ¡Eres tú el que no deja de mirar a esa rubia!—contesté molesta.
—Espera, ¿estás celosa?—dibujó una sonrisa burlona en su rostro.
—¡No estoy celosa, Harrison, ahora déjame ir a cambiar!—me alejé hacia los vestidores huyendo de George en busca de que no notase que estaba muy sonrojada.
Una vez adentro, escogí un cubículo y me metí. Dioses, Harrison, deja de ponerme así. Me cambié a mi bañador. Se trataba de un traje negro completo. No me gustaban los bikinis. Me hacían sentir gorda. Salí de los vestidores y me senté en la orilla de la piscina a esperar al profesor. No había muchas personas, por lo que deduje que en mi clase no eran muchos estudiantes. Volteé a ver a George a las gradas. Sostenía un libro en mano, el cual dudo su procedencia. Notó mi mirada sobre él, y despego su vista del libro para mirarme y saludarme con la mano, acompañado de la misma sonrisa que tenía cuando me dijo que estaba celosa. Estaba a punto de devolverle la sonrisa, pero no lo hice. Se supone que sigo enojada con él. Volví la mirada hacia el agua. Me quedé mirándola un rato pensando en porqué me había sentido así cuando George miraba a la rubia, hasta que una voz muy cerca de mis oídos, me sacó de mis pensamientos.
—Se lo que escondes—. No era George. Me sobresalté por el sonido de esa voz, lo cual provocó que cayera al agua.
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