Capítulo 6: La vida junto al forjador

Pocas veces en su vida Kleyn había tenido que cavar una tumba, pues este prefería quemar los cadáveres antes que enterrarlos. Pero aquella vez, fue una excepción. Tras el ataque que sufrió Mathel, Loretta, Kleyn y varios de sus clones se pusieron a cavar tumbas en el cementerio para enterrar los cuerpos de todos los fallecidos. Fue una tarea que tomó días. Kleyn le dijo a Loretta que no hacía falta que se esforzase tanto si no quería, pues sus clones podrían ocuparse de ello. Pero ella aseguró que estaba bien y que quería continuar con ello. Esto preocupaba un poco a Kleyn, temía que ella se estuviese sobre esforzando. Cavar no era una tarea sencilla, requería de aguante y persistencia, se hacía pesado al cabo de un tiempo, y cavar las tumbas de seres queridos lo hacía aún más difícil.

A pesar del dolor aún presente en sus corazones, varios de los ciudadanos se sintieron empujados por la voluntad de Loretta, y ayudaron llevando los cuerpos en carretas, colocándolos de la forma ordenada, sin apilarlos. Eso haría que les llevase más tiempo, pero no querían poner un cuerpo encima de otro, consideraron que, si cada uno tendría su propia tumba, lo menos que podían hacer era llevarlos con respeto al cementerio.

Después de tres días de duro trabajo, todos los muertos tuvieron sus tumbas y todos ellos fueron enterrados y lapidados. Mathel entero asistió al día en concreto para honrar a los caídos. El reverendo había fallecido durante el ataque, pero su hijo había aprendido el oficio de su padre, y lo había ayudado en varias ocasiones a velar un entierro, y esta sería su primera vez solo. Le fue difícil, mas lo hizo bien.

Todos y cada uno de los presentes se colocaron cerca de la tumba de alguien cercano para llorar su pérdida y dedicarle unas palabras sinceras. Loretta también lo hizo, pero solo cuando todos se fueron del cementerio, solo entonces le dedicó unas palabras a su madre, unas lágrimas sobre su tierra removida y un adiós profundo.

Lo siguiente fue limpiar las calles de la sangre que había manchado la tierra, las piedras, el césped y las paredes de los edificios, eso sin mencionar la limpieza interna de los hogares. Aquello no fue fácil, mas de la mitad de los habitantes habían muerto, algunas casas ya no tenían dueños siquiera, por lo que nadie limpiaría su desastre y la pintura carmesí de sus muros. Al final, los clones de Kleyn se encargaron de esos hogares sin dueños.

Los destrozos no resultaron ser graves, además de limpiar las calles, solo hizo falta reparar algunas puertas y ventanas rotas, lo cual no tomó muchos días, pues Mathel había vuelto a ser el mismo, pero solo en aspecto. Después de aquello, la gente no se sintió segura en ese pueblo. Además de haber perdido mucho, cada una de las esquinas de los edificios le recordaba al horror de aquel día.

Kleyn habló con los reyes de Wilnevar para que pudiesen ayudar a los habitantes de Mathel. Estos eran reyes benevolentes, conocían la fama del forjador, y también consideraron que aquel pequeño escuadrón enemigo había escapado sin que ellos lo notasen, y que, por lo tanto, era responsabilidad suya que hubiesen huido a Mathel e hiciesen una masacre. Les ofrecieron a sus habitantes un lugar en la ciudad en donde vivir y comenzar una nueva vida. La mayoría accedieron de inmediato, el resto se negaron al principio, pero solo fue cuestión de tiempo para que ellos también accedieran.

Poco a poco, Mathel se convirtió en un pueblo fantasma los únicos que aún estaban allí eran Kleyn y Loretta, quienes esperaban pacientes a la partida del último de los ciudadanos del pueblo. Una vez que este se fue a Wilnevar, ya no había nada que retuviese a ambos en aquel pueblo.

Solo restaba empacar aquello que Loretta necesitase para vivir con Kleyn.

― ¿Tienes todo lo que necesitas? ―preguntó el tipo mientras esperaba que su compañera terminase de revisar las cosas que llevaría consigo.

Estaba terminando de mirar unas cuantas piezas de ropa que llevaba en una bolsa. No había tomado mucho más que eso, prendas de vestir. Todo lo demás en su casa sobraba. Lo único que llevó consigo a parte de ropa, fue un collar que pertenecía a su madre, el pañuelo de panadero que usaba su padre en la cocina y las armas que Kleyn le había dado. Cuando acabó de examinar, asintió conforme y se puso de pie.

― Todo listo. ―confirmó ella― Cuando quieras.

Kleyn tomó una de las dos bolsas que Loretta había preparado y la apoyó en su espalda. Abrió la puerta de casa, listo para partir. Caminar por las calles de Mathel por última vez era un pequeño gusto que Loretta quería darse antes de irse, y por eso el portal que daba directo a la habitación de Kleyn estaba cerrado.

― Vamos, entonces. ―dijo este, siendo el primero en salir.

La chica lo siguió muy de cerca y, antes de cerrar la puerta, dio un último vistazo al que, a partir de ese día, sería su antiguo hogar.

Caminaron por las calles sin prisa, pero sin pausa. Ella miraba cada una de las calles y edificios del pueblo, evocaba en ellos recuerdos de su niñez y adolescencia, momentos inolvidables y enriquecidos de sentimientos y emociones profundas.

Continuaron avanzando. Pasaron delante de la panadería. Ella acercó su mano para acariciar las paredes mientras mantenía su paso. Hasta que llegaron a la salida del pueblo y, justo al lado, el cementerio. Allí terminaría su caminata. Loretta sacó el pañuelo de Joe y se lo ató en la cabeza, se colocó delante de la tumba de sus padres, las cuales estaban juntas, y se arrodilló frente a ellas, con su estoque en mano, sosteniéndolo de la funda mientras este apuntaba hacia abajo. Agachó la cabeza y le dedicó unos pensamientos de despedida antes de ponerse de pie con calma, y mirar con tristeza ambas lápidas.

Tras un par de segundos se giró hacía Kleyn.

― Ya podemos irnos. ―indicó ella.

Kleyn asintió y desenvainó una de sus espadas, listo para abrir el portal. Fue a dar el corte, pero se detuvo un momento.

― ¿Estás segura de querer vivir conmigo, Loretta? ―preguntó el tipo― Aún puedo llevarte con Dorothy, que seguro te recibirá con los brazos...

― Kleyn... ―interrumpió ella, alargando su nombre― Estoy lista, quiero vivir contigo.

Este se encogió de hombros.

― Yo solo pregunto en caso de que cambies de opinión.

Dicho eso, realizó el corte en el aire y rasgó el tejido dimensional, abriendo un portal rojo.

― Después de ti. ―ofreció el pelirrojo, apuntando al portal con sus manos.

Ella aceptó con gusto e introdujo un pie en el portal, dio una última mirada hacia atrás.

― Adiós, Mathel.

Se metió en el portal, segura de su elección. Kleyn la continuó justo después de ella, y cerró el portal, convirtiendo a Mathel en un pueblo sin habitantes, en un pueblo fantasma.

Aparecieron en la entrada de la guarida de Kleyn, donde los dos guardias que resguardaban la entrada saludaron a ambos con una ligera reverencia. Ella saludó haciendo lo mismo y pasó hacia el interior. La chica vio lo que parecía ser un espacio circular en donde había dos abrevaderos, uno de ellos era de lava, el otro solo contenía roca seca, como si la lava de ese se hubiese secado. En medio de estos, una escalera que iba hacia abajo. Supuso que tenía que continuar por allí. Bajó sin más, junto con Kleyn a sus espaldas. Llegaron a un pasillo largo que se extendía tanto como podía. A sus lados, muchas puertas. Ella se quedó parada un momento, asombrada por la extensión de aquel sitio. Notó una mano en su hombro, volteó un momento para mirarla, y cuando no vio a nadie allí, volteó al otro lado. Allí estaba el rosto de Kleyn mirando hacia el punto más profundo del pasillo, sonriendo.

― Sabrías adivinar cual es la puerta de mi... quiero decir, nuestra habitación.

La joven se quedó pensando un momento. Anduvo hacia adelante, mirando todas y cada una de las puertas que se cruzaba a su paso, se veían iguales, el diseño era lo que se lo indicaba, pero ella se detuvo delante de una que le llamó a atención por encima del resto. Llevó su mano hacia el pomo, y lo sostuvo un momento antes de girarlo. Miró hacia Kleyn, quien sonrió y asintió con la cabeza. Loretta dio un leve giro de muñeca y abrió la puerta, recordaba la habitación de Kleyn a la perfección, por eso le llamó la atención ver en ella algunos muebles de más.

― Hice que los colocaran para que pudieras guardar tus cosas.

― ¿En serio? ―dijo algo maravillada― Pero, ¿si te hubiese dicho que me llevases con tía Dorothy?

Este hizo una línea con sus labios y se encogió de hombros.

― No me habría supuesto un problema retirarlos.

Ella sonrió.

― Gracias.

Kleyn dejó la bolsa con las cosas de Loretta junto a su cama.

― Y dime, ¿estás segura de que quieres esto?

― Kleyn, de verdad quieres preguntármelo...

― Sí, Loretta. Sé que no estás bien. Perdiste a tu madre y tuviste que abandonar el lugar en el que naciste y te criaste. Está claro que no estás igual que siempre, y lo comprendo. Por eso quiero estar seguro de que estás segura de hacer esto. No quiero que tomes decisiones precipitadas por todo lo ocurrido.

Ella agachó un momento la cabeza y dejó sus cosas en la cama. Se acercó a Kleyn y lo tomó de la mano.

― Kleyn, estoy bien. Desde la muerte de mi padre aprendí a ser fuerte y seguir adelante a pesar de que sucedan estas cosas. No puedo evitar sentirme triste en algún momento, es obvio. Pero de verdad que quiero vivir contigo, estoy segura de ello. ―dijo, entrelazando sus dedos con los de Kleyn.

Este respiró hondo y luego dejó salir el aire.

― De acuerdo, pero si en algún momento quieres cambiar de parecer, o simplemente necesitas un tiempo a solas para ti, por cualquier cosa, solo pídemelo, ¿entendiste?

― No hace falta que...

― Loretta, lo digo en serio. Sé que te has vuelto más fuerte estos años, pero a veces no nos sentimos tan fuertes como deberíamos. De verdad, si en algún momento necesitas cualquier cosa, dímelo. ―reiteró este― ¿Me lo prometes? ―sus ojos mostraban seriedad a la vez que preocupación.

La joven comprendió que Kleyn de verdad quería que ella estuviese bien, y ella sabía que no estaba en el mejor momento de su vida, pero realmente deseaba estar ahí, con él. Acercó su cara a la del albino y, con su otra mano, lo tomó del rostro y se acercó a él. Acarició sus labios con los de él en un beso tierno y agradable. Disfrutaron de él durante varios segundos, y luego se separaron. Ella lo miró a los ojos de forma serena.

― Lo prometo, Kleyn.

Este sonrió y volvió a besar a la joven, contento de poder confiar en ella.

Dos días habían pasado desde que Loretta se había ido a vivir con Kleyn. Se habían dedicado a caminar por los alrededores para que ella conociera la zona, también llamada el Bosque de las Aflicciones. En verdad, no había mucho por ver, terreno árido y muerto, cadáveres de criaturas que ya se encontraban en los huesos, y cuervos de cinco ojos alimentándose de los resquicios de carne que encontraban en aquellos cadáveres. Este apuntó a ellos cuando pasaron a su lado.

― ¿Sabes que con esos se puede hacer un estofado bastante bueno?

No dijo nada al respecto, solo arrugó la cara, algo dudosa de que aquello pudiera ser cierto, sobre todo al ver como ese cuervo rebuscaba con su pico debajo de una de sus alas. Sabes cómo dejar sin palabras a la gente.

Además de ver los alrededores, Kleyn presentó a Loretta ante todos sus clones en la herrería subterránea. Ella se sorprendió a ver tantos como él en un solo sito. Todos parecían estar a gusto con la presencia de la joven. Con gusto fueron a saludarla, pero Kleyn no dejó que se le acercaran demasiado, pues los conocía y sabía que, al igual que él, estaban enamorados de la chica.

― Kleyn, no hace falta que te pongas así de celoso, si todos ellos son tú.

― Esos tipos son unos degenerados, no lo entenderías a menos que también tuvieras clones. ―La primera gallina que cacarea es la que puso el huevo.

A pesar de esas situaciones, Kleyn seguía notando que Loretta no estaba igual que siempre. Sabía que aquello tomaría tiempo, pero, aun así, quería ayudar en algo. Pensando, se le ocurrió una idea que podía distraerla y, a su vez, ayudarla a divertirse.

― ¿Una mazmorra? ―preguntó ella, desconcertada ante la proposición del pelirrojo.

― Sí, un lugar en el cual lucharemos contra monstruos para llegar hasta el final y encontrar un tesoro. Te servirá de entrenamiento, ganarás algo, y también te divertirás. Son todo ventajas. ―Si sobrevive.

― Suena interesante. ―meditó un momento, palpándose la barbilla con su dedo pulgar― Está bien, me apunto.

Este dio un salto de alegría. Sacó una de sus espadas y abrió un portal en el cual se metió, salió de otro que se abrió junto a Loretta y se la llevó en su brazo junto con sus armas por un tercer portal. Cuando ese se cerró, el resto también lo hizo.

Aparecieron en un lugar que parecía ser un bosque, pero este era distinto de los que Loretta había visto, parecía mucho más pequeño y cerrado de lo que solía ser un bosque normal para ella. Rocas enormes se alzaban a los lados, simulando ser los dientes de la tierra que se alzaban hasta el cielo y casi se cerraban sobre ellos, pero no, pues había una enorme grieta entre estos, la cual era adornada por las enredaderas que trepaban por la roca y pasaban de un lado a otro sobre esta. Por delante, el camino se extendía en un largo prado verde, hasta llegar a un muro de enredaderas que se alzaba hasta arriba. Parecía ser un muro para evitar que los intrusos pasaran, pero en su centro había una obertura para que las personas pudieran pasar a través de esta.

El albino comenzó a correr hacia aquella obertura, y le indicaba con la mano a su compañera que lo siguiese. No quiso darse a la espera, así que también corrió hacia donde este se dirigía. Se detuvo delante de aquella obertura, y así lo hizo ella también.

― Una vez que entremos, esta obertura se cerrará. ―advirtió, girándose hacía la chica.

― ¿Y qué más da? Tienes portales.

― Lo sé. ―dijo, riendo― Solo quería ponerle algo de suspenso al momento.

Por fin, atravesaron la obertura. Tan pronto lo hicieron, esta se cerró y, justo delante de ellos, del suelo comenzaron a salir unas extrañas raíces que se unían con la piedra hasta formar criaturas pequeñas de raíces y piedra unida. Estas poseían dos brazos y piernas, y una cabeza en la cual reposaba una piedra azul y brillante en su centro, simulando ser un ojo. Pero no era muy grandes, pues median casi dos cabezas menos que Loretta.

― ¿Qué son esos? ―preguntó Loretta.

― Engendros enraizados. ―respondió él― O al menos así es como yo los conozco.

Los engendros siguieron saliendo de la tierra y tomando su forma, hasta haber ocho de ellos. Una vez estuvieron todos en pie, se giraron hacia donde estaban Kleyn y Loretta. Aquello hizo que la joven diera un pequeño brinco de sorpresa, pero notó la mano de Kleyn en su hombro, y se sintió reconfortada.

― Buena suerte. ―dijo este, y desapareció en un portal, el cual lo llevó hasta una roca que sobresalía de aquel enorme muro que se cerraba hacia arriba― Yo te estaré vigilando desde aquí. ―le gritó a la joven.

Esta se giró, en dirección al muchacho, y lo vio sentado en las alturas.

― Kleyn, no bromees con esto. ―tuvo que parar un momento para saltar hacia atrás porque un engendro casi le da con su brazo― ¡KLEYN!

― Desenvaina tus armas. ―sugirió. Me pregunto si después de esto querrá seguir en una relación contigo― Va, todo el mundo sabe que las mazmorras ayudan a olvidar los problemas. ―Pues a ella, más bien, se los está aumentando.

Loretta corría para alejarse de aquellas criaturas. Eran más lentas que ella, pero más numerosas. Consiguió sacar sus aceros y ponerse en guardia para atacar. No conocía cómo funcionaban aquellas cosas, por lo que no sabía dónde atacarlas, así que fue probando. Atacó en el pecho, en los brazos y en las piernas, pero nada parecía surtir efecto. Ya se había percatado de que su arma no era la mejor para combatir contra criaturas de raíz y roca. Pero sabía que podía derrotarlos, si no, Kleyn no la habría dejado allí sola contra tantos... o al menos eso es lo que quería creer.

Durante un rato, la joven se dedicó a evadirlos, porque se había cansado de estar luchando durante tanto rato. Cuidó siempre que no la encerrasen mientras la perseguían, o estaría en serios problemas. Cuando estuvo a punto de lanzarse otra vez por ellos, una mano la tomó del hombro y la llevó consigo. Apareció encima del mismo saliente en el que se encontraba Kleyn.

― ¿Qué ocurre?, ¿por qué me has sacado de la pelea? ―preguntó algo exaltada, respiraba de forma pesada y tenía su rostro cubierto de sudor.

― Hora de comer. ―anunció sacando una cesta de un portal junto a él― Es importante que te alimentes para que recuperes energías y poder continuar.

Kleyn le acercó la cesta para que ella misma se sirviera lo que quisiese.

― No tengas prisa, cuando acabes, necesitarás descansar antes de volver.

― Sí. ―confirmó ella, y le dio un mordisco al sándwich que había sacado de la cesta.

Después de un rato, la joven estaba lista para volver. Para entonces, Kleyn ya tenía preparado el portal que la llevaría donde los engendros enraizados.

En el mismo momento en el que Loretta puso un pie en el césped, los engendros volvieron a emerger de la tierra de la misma forma que lo habían hecho al principio. Y esta vez, fue ella quien se lanzó al ataque. Ese pequeño descanso le había venido mejor de lo que había esperado, le había ayudado a aclarar la mente y a pensar en su próximo movimiento.

Uno de los engendros que tenía delante, era uno que estaba más adelantado que el resto, lo cual le dio la oportunidad de atacarlo primero a este y comprobar una teoría que tenía en su cabeza.

Lanzó una estocada contra el engendro, dándole en el hombro, y con su daga, buscó aquella piedra brillante en su rostro. Clavó esta entre las rocas y las raíces y la utilizó de palanca para arrancar la roca. Esta salió disparada hasta caer al suelo, y ella retrocedió un poco, sintiéndose triunfante por quitarle aquella roca a la criatura, pensando que eso la destruiría. Para su sorpresa, no fue así, sino que el enraizado comenzó a buscar aquella roca hasta toparse con ella y colocarla de nuevo en su sitio.

― Oh, oh. ―exclamó ella al ver que aquello no lo detuvo.

Tuvo que retroceder, porque el resto ya se encontraba cerca. Y luego pensó en otro plan.

Estuvo toda la tarde intentando abatirlos, pero no lo consiguió. Mas sus esfuerzos no fueron en vano, porque había descubierto cómo podría derrotarlos la próxima ves. Esto alegraba a Kleyn, pues ella se veía entretenida con la mazmorra.

Al día siguiente, ambos volvieron. Kleyn se sentó en el mismo sitio de ayer, y Loretta volvió a enfrentarse a los enraizados, esta vez, con un plan. Arrancó la piedra azul del primero de ellos cuando tuvo la oportunidad y la dejó en una bolsa de tela que traía consigo. Repitió lo mismo con el resto, lo cual le tomó un rato, pues si los engendros perdían la piedra en sus cabezas, eran guiados por la ubicación de esta, y eso hacía que la joven tuviese el cuidado de no atacar cuando estuviese a punto de ser encerrada.

Una vez tuvo todas las piedras, se alejó tanto como pudo de los engendros. Se situó en una esquina entre las raíces y el muro de roca, guardó su espada ropera y dejó la daga libre. Sirviéndose de ella, comenzó a subir por las enredaderas hasta llegar a una altura próxima a un pequeño saliente. Se aferró bien a las raíces y lanzó la bolsa con las rocas azules a esa roca, dejándola ahí, lejos de sus dueños.

Cuando bajó, los enraizados estaban arremolinadas donde ella se iba a bajar, pero no la esperaban a ella, sino que alzaban los brazos, buscando tomar las piedras que ella les había quitado. Ignoraron por completo la presencia de la joven cuando pasó a su lado, pues sin piedra no eran capaces de hacer nada.

Su compañero apareció detrás de ella mediante un portal, y le comenzó a aplaudir.

― Bien hecho, Loretta. Pasaste la primera parte de la mazmorra. ―felicitó este.

― Primera parte. ―dijo, extrañada.

― Sí, no esperarías que esos enemigos fuesen los únicos que encontrarías en esta mazmorra, ¿no?

Ella no dijo nada, solo se quedó mirando al tipo, respirando de forma pesada.

― Eso pensé. Ahora vamos, que después de comer y descansar tienes que seguir.

Y así, fue. Después de comer y descansar, la chica pasó al siguiente lugar de la mazmorra. Allí fue recibida por un arbóreo, un árbol de cinco metros con brazos y piernas. En esta ocasión, ella sabía que no podría darse el lujo de acercarse mucho a su oponente, o podía salir mal parada y ser golpeada.

En esta ocasión, no hallaba punto débil. El tamaño de su enemigo y el alto daño que este era capaz de hacerle tampoco ayudaba a que ella pudiese encontrar alguna debilidad. Además de que saltaba a la vista que su espada no podía cortar la gruesa madera del arbóreo. Por lo que la pelea se convirtió en un ejercicio para que ella conociera a su oponente, y así, encontrar una forma de vencerlo.

Le tomó varios días de análisis y esquives, pero, al final, se le ocurrió una forma de usar los recursos que tenía a su disposición para vencerlo. Usó las piedras de los enraizados para que estos hicieran lo que ella necesitaba. Una cosa que había descubierto, es que, a pesar de que las piedras azules de los enraizados eran iguales, cada enraizado tenía su propia piedra, por lo que este solo buscaría su piedra, y no la de otro enraizado, por más que la tuviese justo delante de él.

Se las había ingeniado para atar a dos enraizados con unas enormes lianas. Lanzó las piedras de estos más allá del arbóreo y, cuando este se aproximó hacia ella, las lianas hicieron que este tropezara. Cayó directo al suelo al tropezarse con los enraizados, provocando que estos también cayeran. Rápido, tomó las piedras de los enraizados y las lanzó a lados opuestos, haciendo que se cruzaran. Lo cual hizo que los enraizados cambiasen de un lado a otro, pasando las lianas por encima de las piernas del arbóreo.

Utilizó más piedras azules e hizo que otros enraizados atados con lianas envolviesen aún más al arbóreo, hasta que, de tantas lianas que lo envolvían, fue incapaz de moverse. Loretta volvió corriendo a la primera zona, y lanzó de nuevo las rocas azules encima de el mismo saliente que la última vez. En esta ocasión, no solo los enraizados estarían fuera de juego para siempre, sino que el arbóreo también.

Ya solo quedaba una parte más, según había dicho Kleyn. Esta vez, al avanzar, llegaron a un espacio grande, abierto y extenso. A lo lejos, había un árbol enorme del cual se podía ver unas enormes raíces provenientes de él, las cuales se expandían por toda la roca.

― ¿De ese árbol es de donde vienen todas las raíces que hemos visto hasta ahora? ―preguntó la joven, maravillada.

― Así, es, y ahí está el último obstáculo. ―apuntó hacia adelante.

Un pequeño remolino comenzaba a tomar fuerza, haciendo que el pasto se meciera, y que las hojas girasen junto con él. En su centro, comenzó a destellar una luz verde. Poco a poco, alrededor de la luz se fue formando una figura sólida, un cuerpo. Corteza de árbol recubría la luz destellante, dándole un cuerpo por el cual se filtraban aquellos destellos en las grietas entre corteza y corteza. Alrededor de su cuerpo seguían bailando las hojas que antes giraban con aquel remolino. La figura parecía humanoide, pero no tenía rostro, solo una corteza en forma de cabeza. No era un ser grande como el arbóreo, pero eso no haría que la joven se confiase.

Loretta se puso en guardia, a la espera de ver qué movimiento realizaba su oponente.

― Por cierto, ―dijo Kleyn desde atrás, había asomado la cabeza por un portal pequeño― esa cosa es conocida como el espíritu del bosque. Es una representación de la naturaleza cuando esta quiere proteger algo, y ten por seguro que lo hará, así que ten cuidado.

Después de decir aquellas palabras, el pelirrojo volvió a su sitio, donde permanecía expectante.

― Que raro, no me dijo nada cuando luché contra el arbóreo y los engendros. Supongo que eso significa que este será un enemigo duro.

Apretó más la empuñadura de su espada, a la espera de que su oponente se precipitase. Pero este no parecía moverse. Dudosa, dio un par de pasos para acortar distancias, fue entonces cuando el espíritu hizo su primer movimiento. Alzó su brazo y lo apuntó hacia la joven. El camino que su mano trazaba estaba siendo marcado por raíces enormes que comenzaron a salir de la tierra, moviéndose y escarbando como un montón de lombrices de madera.

Aquello tomó por sorpresa a la chica, no esperaba un ataque a distancia, y menos uno de esas proporciones. Comenzó a moverse para evadir el camino que seguían las raíces, pero, cuando lo hizo estas cambiaron su rumbo hacia donde ella estaba.

― ¿Es en serio? ―se quejó.

Las raíces ya estaban cerca de ella. Como última idea, saltó hacia la derecha justo cuando las raíces estaban encima de ella y consiguió esquivarlas. Estas se detuvieron, finalizando su avance y quedándose con sus puntas bajo tierra. Aquel ataque había dejado marcado todo el camino que las raíces habían recorrido, como si formaran un muro de madera. Loretta respiraba de forma agitada, esas cosas eran, en conjunto, más altas que ella. No estaba segura si aquel muro de raíces volvería a moverse o si se quedaría tal y como estaba. Tampoco quiso averiguarlo, pero ahora, si era atacada de nuevo, solo podría esquivar al lado contrario de donde estuviese el muro de raíces, a menos que quisiera quedar atrapada entre dos muros.

El espíritu del bosque se asomó por el borde del muro de raíces hasta ver a la joven. Una vez la localizó, volvió a enviar sus raíces en su búsqueda.

Loretta suspiró y volvió a prepararse para correr y esquivar las raíces. De nuevo, casi la alcanzaron. Eran enormes y difíciles de esquivar, y lo peor era que no paraban de venir una detrás de otra. El único momento de respiro que tenía era cuando el espíritu la buscaba para volver a lanzar sus raíces. Su mayor problema fue que ya se estaba cansando.

Otra vez un ataque fue lanzado, Loretta estaba jadeando por la falta de aire, incluso se mareó un poco. Las raíces ya estaban encima de ella, e intentó esquivarlas de nuevo, pero algo salió mal. Cuando saltó, sintió un golpe en el hombro izquierdo, un empuje muy fuerte que la hizo rodar y arrastrarse en el suelo. No sabía que tan grave había sido, pero supuso que bastante cuando, al intentar mover hombro, este no le respondía.

Giró sobre sí misma, apoyándose en su hombro sano, y se quedó de espaldas en el suelo. Levantó un poco la cabeza para ver a su enemigo, el cual se asomó al final del muro de raíces, justo como en las veces anteriores. Observó lentamente como el espíritu alzaba su mano y como, después de ello, las raíces seguían su guía.

Intentó levantarse como pudo, apoyando en su codo y levantándose a duras penas. Intentó correr, pero solo podía arrastrar los pies mientras se sujetaba el hombro. Podía oír el sonido de las raíces acercándose, ya estaban encima de ella. Giró la cabeza para verlas antes de ser atrapada, cuando, de pronto, se sintió caer. Unos brazos blancos y enormes la atraparon, se dio cuenta de que estaba en el bosque de las aflicciones, justo delante de la guarida de Kleyn. Encima suyo, un portal que se cerraba. Y a su lado, Kleyn, sujetando su espada y su daga.

― Creo que ya tuviste suficiente por hoy. ―comentó el tipo― Vamos a mirarte ese hombro y luego te daremos un baño.

La joven intentaba relajar su respiración y calmar su ansiedad.

― Gracias. ―pudo decir con debilidad.

El muchacho se rio inclinándose levemente hacia adelante.

― No iba dejar que te atrapara. ―argumentó, queriendo hacer que aquello sonase evidente.

Le sonrió al oír la forma en la que Kleyn le decía que se preocupaba por ella, cerró sus ojos y se dejó llevar por el cansancio.

Loretta sintió como se despertaba después de haber dormido quien sabe cuánto tiempo. Notó que se encontraba recostada en algo. Al abrir los ojos se percató de que ese algo era la cama de Kleyn, ahora suya también. Intentó levantarse, mas, al hacerlo, de inmediato sintió un dolor que le recorrió todo el hombro derecho. Se fijó en este y se percató de que tenía su brazo recargado en una tela que se sujetaba de su cuello. Se dispuso a levantarse, lo cual le resultó complicado.

Tras varios esfuerzos, Loretta consiguió caminar, y fue hasta la cocina, pues esta parecía ser la única habitación con la puerta abierta, supuso que ahí estaría Kleyn; y no se equivocaba. Lo encontró cocinando en una máquina extraña de metal, similar al horno en donde hacían el pan, pero este tenía orificios en una enorme plancha de metal, por los cuales salía fuego. El pelirrojo se percató de su presencia.

― Deberías estar en la cama. ―dijo este, sin desviar la atención de aquello que cocinaba.

― Lo siento, me había despertado y no quería quedarme en la cama por más tiempo.

― Siéntate, al menos. ―apuntó con una cuchara de madera a una de las sillas que había junto a la mesa.

La joven tomó la palabra del pelirrojo y se sentó junto a la mesa.

― Solo fue un golpe fuerte, nada grave. ―comenzó este― En unos cuantos días deberías de poder mover el brazo con normalidad, pero te seguirá doliendo un poco el hombro.

Ella escuchó atenta, pero no dijo nada al respecto, estaba pensando.

― Kleyn, quiero volver a la mazmorra para vencer al espíritu del bosque.

― Cuando te recuperes podrás volver a intentarlo.

― No... quiero decir... quiero volver a intentarlo mañana mismo.

Kleyn, quien estaba removiendo lo que parecía ser un estofado usando la cuchara de madera, se detuvo, dejó la cuchara a un lado y respiró profundo para luego suspirar.

― Loretta, estás herida.

― Lo sé.

― No te encuentras en condiciones de luchar.

― Lo sé.

― Entonces, si lo sabes, ¿por qué quieres ir de nuevo mañana mismo a intentar acabar con el espíritu.

― No, no quiero acabar con él, solo quiero ir para conocer mejor sus ataques, creo que puedo hallar una forma de vencerlo, aunque no pueda hacerlo hasta que tenga ambas manos.

El albino volvió su atención al estofado, introdujo la cuchara y extrajo un poco de aquel líquido burbujeante para darle una probada. Cuando acabó, se quedó saboreando la salsa.

― ¿Estás segura de que quieres hacerlo en tu estado actual?

― Sí. ―respondió convencida de ello.

― De acuerdo, pero si veo que estás en peligro, te sacaré de allí. De hecho, si sientes que no puedes más, alza tu estoque y apunta al cielo. Así evitaremos cualquier tipo de incidente.

― Gracias. ―dijo. Intentó levantarse para darle un abrazo, pero torció su rostro en una mueca de dolor cuando notó el tirón en su hombro― Mejor, te lo doy otro día.

Por la mañana, ambos fueron a la tercera parte de la mazmorra. Ciertos movimientos le provocaban dolor en el hombro a la joven, así que estaría limitada. Llevaba su espada envainada a un costado, pero solo para avisar a Kleyn cuando ya no pudiese más.

De nuevo, el espíritu del bosque se mostró ante la joven, y después de unos segundos de silencio, alzó su mano y las raíces comenzaron a emerger en búsqueda de la chica. Una cosa que aprendió, fue que correr estaba mal, pues, de ese modo, no podría ver con claridad cuando las raíces estuviesen a punto de alcanzarla, así que se quedó de pie, mirando al frente, a la espera de que las raíces se acercasen. Cuando estas estaban a unos pocos metros de ella, corrió hacia un lado e intentó esquivar el ataque. Este le rozó el pie. Estaba intranquila, lo sabía, pues aún conservaba el recuerdo de ayer. Pero se dijo a sí misma que necesitaba volver a intentarlo de nuevo.

El resto del día se dedicó a esquivar las raíces del espíritu. En un determinado momento, notó que ya no tenía fuerzas suficientes para continuar, así que levantó su espada como si fuera la asta de una bandera y, de inmediato, Kleyn se la llevó a la guarida. Repitió esta acción los días siguientes, cada vez, arriesgándose un poco más a ser alcanzada por aquellas raíces. Pero ella sabía que estaba descubriendo algo que antes no, y eso la mantuvo motivada a seguir.

Cierto día, ya no necesitó el uso de aquella tela que sujetaba su hombro. Probó a moverlo un poco. Se sentía normal, pero no podía realizar movimientos bruscos o acelerados sin que un dolor palpitante emergiese de sus músculos.

Esta vez, tomó consigo una bolsa de tela, igual que la que había usado para guardar las piedras de los engendros enraizados, parecía tener un plan, o, al menos, eso era lo que Kleyn pensaba al verla así.

Loretta fue dejada en el césped, como de costumbre, pero esta vez le sonrió al espíritu cuando este apareció. Se sentía tranquila, incluso, algo confiada, pero no demasiado, pues la confianza es aquello que podría costarle más que solo el hombro. Tal y como fue en el resto de días, el espíritu movió su cabeza en dirección a la joven, casi como si pudiera verla con sus inexistentes ojos, inmutable e imperturbable. Sin motivo de espera, lanzó el primero de sus ataques de raíces.

― Aquí viene. ―se dijo Loretta a sí misma.

Permaneció quieta e inmóvil mientras las raíces se aproximaban hacia ella, lo único que se movía eran sus ojos, los cuales seguían a las raíces como si estas llevasen algo que la joven quisiera. Pronto acortaron distancia, y ya casi estaban encima de ella, cuando esta usó sus pies para impulsarse hacia un lado, a escasos metros de ser alcanzada por las raíces; salió ilesa. Sonrió, contenta de que aquello funcionase.

No esperó que el espíritu apareciera otra vez más allá de las raíces para volver a lanzarle otras. Corrió por el borde marcado de las raíces que había esquivado antes, dirigiéndose hacia su enemigo. Este volvió a asomarse por el borde, y volvió a lanzarle otra ráfaga de raíces a la joven. Esta no dejó de correr, continuó recto, al igual que la madera que se precipitaba hacia ella. De nuevo, cuando la tuvo casi encima suyo, torció su trayectoria y evadió aquel ataque. Su oponente aún estaba lejos.

Una y otra vez el enemigo continuó lanzando ataques, la joven los evadía, hasta que casi llegó donde el espíritu. Pensó que este le volvería a lanzar otras raíces, pero ocurrió todo lo contrario. Aquellas raíces que había lanzado antes y que aún estaban inmóviles en la tierra, fueron recogidas y aladas como una cuerda. Loretta tuvo que alejarse de estas para evitar salir herida. Cuando todas las raíces fueron recogidas, el espíritu las lanzó todas a la vez. Eran siete al menos, la chica las estaba mirando incrédula, ya estaban cerca. Esquivó una, seguida de otra, la cual también pudo esquivar. Una le venía por el lado contrario, y detrás de esta, otra. No podía esquivarlas, una de las dos le acabaría dando. Con su brazo izquierdo se aferró a una de las raíces que se había detenido en el suelo. Notó un dolor punzante cuando intentó subirse, tirando de su hombro, pero detenerse era un lujo que no se podía permitir.

Consiguió subir y, con esto, evadir las dos raíces que se le habían aproximado. Mas aquello no sería todo. Otras dos raíces más fueron a alcanzarla, se habían elevado por encima de las otras. No tuvo más opción que saltar para evadirlas, pero justo abajo la estaba esperando la séptima raíz, la cual se estrelló junto con otra que había allí, y cubrió a la joven, desapareciendo de la vista de Kleyn.

Idiota, ¿por qué no fuiste a buscarla?

― Pensé que lo tenía todo controlado. ―respondió algo preocupado.

El espíritu del bosque se dio por satisfecho tras acabar con su enemiga. Alzó los brazos y recogió las raíces utilizadas. Pero, sin saberlo, de su izquierda apareció una sombra rápida y mortal. El espíritu intentó reaccionar para atacar a la chica, pero esta ya se le había acercado demasiado. Un rápido movimiento de su hoja fue todo lo que necesitó. Cortó la corteza del espíritu desde su clavícula hasta la axila. Su parte superior se desplomó en el suelo, resquebrajándose y rompiéndose en muchos trozos de corteza. En el interior de aquel cuerpo se podía ver aquella luz verde destellante. Rápido, Loretta tomó la bolsa que traía consigo y atrapó aquella luz dentro de esta.

El cuerpo de madera que recubría la luz había dejado de moverse y la corteza se desmoronaba como la cáscara de un huevo. Y, por fin, la joven sintió calma. Tomó aire profundamente y cerró los ojos. Tras un par de segundo de silencio, soltó un grito de triunfo y júbilo al cielo, clamando su victoria que tantos días le había tomado.

Kleyn apareció junto a ella.

― Felicidades, conseguiste atrapar al último...

― Kleyn, lo conseguí. ―aclamó ella, pegándose al muchacho y dándole un fuerte abrazo, el cual fue detenido a la mitad cuando el dolor se hizo presente en su hombro.

― Te dije que tuvieras cuidado.

― Lo siento, no me di cuenta. ―sacó la lengua― Es que derrotar al espíritu del bosque después de tanto se siente tan... ―estaba muy extasiada― ¡AHHH!

― Sí, sí. Te entiendo. Pero no te olvides de tu tesoro por haber superado la mazmorra. ―apuntó hacia el enorme árbol que resguardaba el espíritu.

Justo delante del árbol, pegado a este, había un pozo en el que caía agua clara y brillante de un tono verdoso. Esta provenía de la copa de ese enorme árbol, y parecía que no se desbordaba del pozo.

― ¿Qué es esa agua?

― El agua de la vida. Hay ciertos árboles que están tan llenos de vida que sus hojas destilan esta agua rica en minerales y nutrientes. Esta agua es capaz de hacer que los cultivos de un campo crezcan en abundancia y de la mejor forma con tan solo una gota en su tierra. Además, ayuda a los músculos a reponerse y a reconstruirse.

― Quieres decir que...

Kleyn no dejó que acabase la pregunta, solo asintió de forma serena.

― Adelante.

La joven se acercó al pozo y juntó sus manos para tomar un poco de esa agua. Se llevó el líquido a la boca, y le dio un pequeño sorbo. Fue instantáneo, notó como su cuerpo se llenaba de energía y de vitalidad. Su hombro ya no dolía, lo sentía tan sano como antes, incluso más. Comenzó a saltar llena de alegría, y rebosante de energía.

― Oh dios, esta agua es maravillosa.

― Lo sé. ―sacó un pequeño recipiente de cristal, usado normalmente por los practicantes de alquimia. En él podría caber un cuarto de lo que cabe en un odre de agua― Traje esto para que puedas llevarte un poco. Beber solo una vez de la fuente no sería recompensa suficiente, creo yo.

― Oh, gracias, gracias, gracias. ―festejó ella, dándole un fuerte abrazo a Kleyn, tanto que, incluso, lo levantó.

Rápido, tomó el recipiente y lo llenó. Tras taparlo con un corcho para que no saliese nada del líquido, volvió con Kleyn, lista para irse. Kleyn abrió un portal para que ambos se fuesen de allí, no sin que antes Loretta soltase la luz del espíritu del bosque, la cual se quedó levitando cerca del árbol, con su conciencia confundida. Pero pronto volvió a la tierra, junto con las raíces, dejando todo aquel lugar limpio, como si nada hubiera pasado.

De regreso a casa, ambos se sentaron en la mesa del comedor. Loretta había dejado la botella con el agua de la vida sobre esta y se había quedado mirándola. Parece una niña pequeña mirando un juguete que le gusta mucho, ¿no te parece?

― Loretta, qué tienes pensado hacer con el agua, te veo muy concentrada en ella.

― Llévame hasta el árbol de Mathel. ―dijo levantando la mirada y centrando sus ojos en los de Kleyn― Ya sabes a cuál me refiero.

Un poco desconcertado, Kleyn llevó a la joven al lugar que ella había solicitado. Pensó que, a lo mejor, ella querría ir a ver a sus padres. Pero no fue así. Se subió encima del roble a las afueras de Mathel, aquel en el que jugaban tanto, y buscó uno de sus frutos. Cuando lo consiguió, bajó de él y le dijo a Kleyn de volver.

― ¿Qué tienes en mente?

― Dijiste que el agua de la vida hará crecer lo que sea donde sea, ¿no?

― Bueno, esas no fueron mis palabras exactas, pero sí. ¿Y qué ocurre con eso, quieres plantar un árbol?

― Sí, pero quiero plantarlo cerca de donde vivimos. Tu zona es un poco triste, y quiero que tenga algo de vida, algo más natural. ¿No te gustaría?

El tipo no contestó de inmediato, sino que se quedó quieto, en silencio, pensando.

― Kleyn. ―reclamó ella, al ver que este no respondía.

― Sí, sí, está bien. Pero debemos alejarnos bastante de mi guarida. Recuerda que tengo forjas bajo tierra. Si algo sale mal en algún momento, no quiero iniciar un incendio forestal.

― Me parece bien. ―sonrió, satisfecha.

Juntos, caminaron hasta llegar a un enorme montículo que había en el bosque de las aflicciones. Allí, Loretta hizo un hoyo, depositó el frutó y lo cubrió hasta enterrarlo. Luego, dejó caer una gota del agua de la vida encima de la tierra, pero se quedó algo pensativa al respecto, dudosa de si aquello era suficiente. Así que le echó un poco más, y habría echado otro poco, de no ser porque Kleyn la detuvo. Ella solo se rio un poco y miró a aquel pequeño montón de tierra. Tenía la esperanza de que aquel arbolito creciera pronto.

Aquel día, Loretta se sintió realmente feliz, incluso estuvo inquieta cuando era la hora de irse a dormir, se movía mucho en la cama.

― Cálmate. ―sugirió Kleyn― Parces una niña pequeña.

― Lo siento, es que hoy fue un día muy feliz para mí, y todo gracias a ti.

― ¿De qué hablas? tú sola pasaste la mazmorra. Y solo te tomó quince días.

― Kleyn, no habría superado la mazmorra de no ser porque tú me animaste a hacerlo.

― Solo te estuve vigilando mientras lo hacías. Tampoco hice mucho más.

Esta se le acercó y lo tomó de la nariz.

― Sí que hiciste mucho más. ―se acercó más a él y le dio un beso tierno, pero rápido― Y no intentes decir lo contrario. ―sopló la llama de su cabeza, apagándola, y con ella hizo que las llamas de todas las antorchas de la habitación también se apagasen― Buenas noches, Kleyn.

El tipo sonrió, contento de ver que Loretta parecía haber recuperado esa felicidad que tanto desprendía.

― Que descanses, Loretta.

Ambos se acurrucaron, apoyándose de la forma más cómoda posible sobre sus almohadas. Después de todo aquello, Kleyn se sintió satisfecho. En su interior se preguntaba por un lado qué cosas vendrían después de hacer la mazmorra, pero por el otro no le importaba, pues sabía que, junto a Loretta, esas cosas llegarían por su cuenta.

Cuando su pensamiento comenzaba a apagarse y su cabeza se adormecía, notó una mano recorriéndole el torso. Abrió los ojos sin ver nada, solo podía distinguir vagamente la silueta de la chica que debía de estar durmiendo frente a él, pero la mano en su pecho sugería otra cosa.

― ¿Loretta...? ―quiso preguntar, pero sus palabras fueron acalladas por los labios de la joven.

Notó la forma en la que ella lo estaba besando, vívida y apasionada. Sus labios empujaban contra los suyos, y notaba como su lengua comenzaba acariciar de forma gentil la suya. No sabía si era por el sueño, o que aquel beso estaba haciendo que su mente se emblanqueciera, pero se sentía confundido.

― ¿Loretta estás...?

― Shhh. ―le calló. Se había acercado al oído del tipo para susurrarle― Quiero que esta noche sea especial ―hizo una pequeña pausa― para ambos.

Tras susurrar aquello, le dio un pequeño mordisco a la oreja del forjador, lo cual provocó un ligero estremecimiento en su cuerpo. Poco a poco fue bajando por su cuello, dándole pequeños besitos, los cuales le acariciaban la piel y le daban cosquillas, agradables y placenteras.

Loretta quiso seguir bajando más en su camino de besos, pero sintió la tela de la camiseta de tirantes de Kleyn estorbándole.

― Kleyn, ¿podrías quitarte la camiseta? ―preguntó susurrando.

― Oh, claro. ―respondió en el mismo volumen mientras comenzaba a sacarse la camiseta, hasta lanzarla al suelo― Ya está.

― Gracias.

Continuó acariciando la piel del tipo usando sus manos, y volvió a besarlo mientras lo hacía. Estaba encima de él. Notó como la temperatura de ambos iba subiendo mientras sus lenguas bailaban un compás único y erótico. Kleyn se había dejado llevar, y su compañera así lo había notado. Las manos de este se inmiscuían por las caderas de ella, y le levantaban el vestido que usaba para dormir. Pero ella se detuvo un momento, despegándose del beso.

― Espera... ―dijo en voz baja― Yo misma lo haré. ―comenzó a subirse el vestido por encima de la cintura― No mires. ―advirtió.

― Está oscuro, no puedo verte.

Pero la verdad era que la poca luz que se filtraba por la puerta le permitía ver con más claridad de la que uno esperaría en un ambiente oscuro y cerrado. Y Loretta también lo sabía, pero prefería fingir que no. Lanzó su vestido al suelo. Kleyn admiró el pecho de esta de forma entre lasciva y deleitante. No llevaba nada debajo, solo sus bragas.

― No te quedes callado, es un poco incómodo. ―expresó, tomándose del brazo. De pronto, notó algo cálido y húmedo rozando la punta de uno de sus pechos― Ah, Kleyn. ―gimió por lo bajo.

Comenzó a notar como este jugaba con sus pezones usando su boca. Los trataba con cuidado, aun así, los mordía con esos dientes afilados aplicando poca presión. Loretta lo tomaba del cabello y lo presionaba contra su pecho para que siguiese. Este le acariciaba el otro con una de sus manos, mientras que con la otra la sujetaba de la cintura.

― Tu piel es tan suave y linda, ―mencionó este mientras volvía a lamer sus pechos― podría estar así todo el día.

― Tonto, no digas eso. ―respondió algo apenada.

― Pero es la verd... ―volvió a ser acallado por los labios de ella. Parecía estar incluso más animada que antes.

Tomó a la chica del rostro mientras era besado por ella, le acariciaba las mejillas. Notaba como ella hacía lo mismo con una de sus manos, mientras que, con la otra, descendía de forma lenta y gentil por su torso, acariciando la línea de su abdomen y disfrutando de alargar ese momento, hasta toparse con los pantalones de este. Kleyn pegó un pequeño brinco al notar la mano de ella tan cerca de su entrepierna, ella lo sintió también, pero eso no la detuvo. Siguió bajando hasta que sus manos se toparon con algo duro. En ese momento Kleyn no pudo evitar soltar un pequeño gemido de placer.

― ¿Estás bien? ―preguntó ella.

Eso le produjo algo de gracia al tipo, pero no era capaz de reírse en ese momento.

― Sí, es solo que... tu mano es muy suave.

Ella sonrió al escuchar eso, y comenzó a mover su mano de arriba abajo. Kleyn cerró los ojos para dejarse llevar por la agradable sensación que le producían las caricias de aquella mujer. Se quitó los pantalones para que no le estorbasen. Lo cual ella agradeció en silencio, y continuó. Pero no estaba segura de que lo estuviese haciendo de la forma adecuada, sin querer, comenzó a mover su mano de forma rápida y torpe.

― Lo siento, es la primera vez que hago esto. ¿Lo estoy haciendo bien?

― Sí, solo ve más despacio, con calma.

Hizo caso a la petición del pelirrojo, e intentó ser más gentil.

― ¿Así...? ―esta vez, fue ella la interrumpida por los labios de él.

Buscaba desesperado su lengua, invadía su boca, y le hacía perder su mente mientras continuaba moviendo su mano. De pronto sintió como él la tomaba de los hombros y la colocaba contra el colchón, posicionándose él encima. Lo había hecho muy rápido, casi por instinto, o por impulso. Ella sintió como ahora su entrepierna empujaba contra la de ella, provocándole un gemido notorio, el cual hizo reaccionar al tipo.

― Perdón, ―dijo, apenado― me dejé llevar y yo...

― Shhh. ―volvió a callarlo― Está bien. ―pronunció mientras se quitaba las bragas y tomaba la cadera de Kleyn, acercándolo hacia ella― Estoy feliz de poder hacer esto contigo, eres la persona que más quiero en este mundo, y nada me haría más feliz que compartir algo tan íntimo como esto.

Aquellas palabras le provocaron una tonta sonrisa al tipo, se sintió muy contento de oírla decir eso. Tanto, que no pudo evitar besarla.

― Yo también te quiero, Loretta.

Ella también sonrió.

― Adelante. ―susurró.

Kleyn comenzó a empujar con suavidad, abriéndose paso, intentando no dañarla, pensando en que aquella era su primera vez. Loretta reprimió un quejido de dolor ahogado en su boca, pero no pudo evitar aferrarse al pecho de Kleyn y abrazarlo mientras sentía que él iba más y más adentro de ella.

― Tranquila, dejará de doler en un momento. ―dijo para relajarla, notando lo tensa que estaba.

Volvió a besarla para desviar su atención y que se concentrase en sus labios mientras él seguía hasta llegar al fondo, y esperase ahí un momento hasta que ella se acostumbrara. Poco a poco notó como ya no ejercía presión al abrazarlo, y poco a poco lo fue soltando.

― Ya estoy bien, puedes moverte si quieres. ―dijo, aún con esfuerzo.

Él hizo caso, y comenzó a empujar con suavidad, acariciándola con su sexo. Loretta respiraba de forma entrecortada, intercalando entre suspiros y gemidos. Se aferraba con fuerza a los brazos de Kleyn mientras él seguía moviéndose.

Ya no podía pensar en nada, solo en el placer y en la felicidad que le producía estar compartiendo algo así con Kleyn, sabiendo que, desde ese momento, ambos serían más íntimos que antes.

Aquella experiencia también fue nueva para Kleyn, nunca antes había mantenido relaciones con una mujer de la forma en la que lo estaba haciendo con Loretta, con cariño, preocupado por ella a un nivel que no podía describir. Todo aquello le daba un toque distinto, algo personal y único, algo que no se podía comparar con todo lo anterior vivido.

Aquella fue la primera noche de intimidad para ambos, en la cual se perdieron en el placer de sus cuerpos, bañados por el sudor y los sentimientos del uno hacia el otro. Algo que solo era de ellos, algo que los haría quererse más el uno al otro.

Por la mañana, Kleyn abrió los ojos, y lo primero que hizo, fue buscar a Loretta, quien no estaba en la cama. Se levantó para ir en su búsqueda. Cuando salió al pasillo, percibió cierto aroma proveniente de la cocina. Era el aroma de algo que se estaba cocinando, un aroma familiar que no acababa de identificar del todo, hasta que decidió acercarse para averiguarlo y, en mitad del camino, se dio cuenta de qué se trataba. Echó a correr, guiado por el hilo de vapor característico de la cocina. Cuando llegó, lo primero que vio fue a Loretta, quien llevaba puesta la camiseta de tirantes de Kleyn. Esta sostenía en su mano una bandeja de metal con pan recién horneado.

― ¿Loretta, has vuelto a hornear pan? ―preguntó sorprendido.

Desde que su madre había muerto, Loretta no había vuelto a hacer pan. Aquel era uno de los signos que le indicaban a Kleyn que la chica no estaba bien del todo aún. Y verla en la cocina, sosteniendo aquella bandeja con pan recién horneado, le hizo pensar que por fin había vuelto.

― Me apetecía. Ya hacía un tiempo que no horneaba pan así que quería recuperar eso. ―dijo sonriendo mientras dejaba el pan en una cesta en el centro de la mesa de la cocina.

Por fin, Kleyn sintió que aquella joven que tanto reía y que irradiaba alegría había vuelto. Costó, fue duro, no tanto como cuando fue pequeña, pero sí que fue un bache en su vida, y ahora estaba contento de tenerla devuelta.

Tras quitarse los guantes de cocina, Loretta no pudo evitar fijarse un momento en Kleyn, quien seguía parado, mirándola. Apartó un poco la mirada, un tanto avergonzada.

― Kleyn, de verdad que disfruté mucho lo de anoche. Pero no me acostumbro tan rápido como para verte desnudo por las mañanas.

El muchacho miró un momento hacia abajo, donde se suponía que tendrían que estar sus calzoncillos o sus pantalones, pero no había nada más que piel blanca y desnuda. Este sonrió apenado, y la chica también lo hizo. Ambos rieron al compartir momentos tan simples como ese.

Ese día habían decidido salir un momento para ver cómo se encontraba el árbol que habían plantado ayer. Para la sorpresa de ambos, el fruto que habían plantado creció de forma desmesurada. Se encontraban ante un roble joven, cuyas hojas eran tan verdes como las del árbol que había al final de la mazmorra, y cuya altura rivalizaba con la del forjador. Debajo del tronco, cerca de sus raíces, se expandía un terreno de césped, el cual crecía poco a poco. En tan solo un día, el césped abarcó unos cien metros a la redonda. Ambos se quedaron atónitos por la magnitud de lo que aquello significaba.

― Te dije que solo tenías que echarle un par de gotas. ―le recordó el albino, refiriéndose a la cantidad de agua de la vida que la joven había vertido sobre la tierra.

― No le veo el problema, es un roble bonito, quizá, algún día, lo podamos ver desde tu guarida.

Claro, y en fin de año podemos adornarlo con unas cuantas piedras luminosas y festejar la llegada de un viejo gordo y barbudo como relatan en esos libros de fantasía que hay sobre las costumbres en otras dimensiones.

Con el tiempo, ambos fueron visitando aquel roble de forma periódica. Este iba creciendo cada vez más y más. Y, al igual que él, su terreno también crecía. Aquella extensión de césped que vieron al principio se convirtió en un campo enorme lleno de flores y pequeños retoños que comenzaban a crecer. Kleyn agradeció haber tomado la precaución de plantar ese árbol lo más alejado posible de su guarida. Aun así, podía ver la pequeña columna de humo que salía de su guarida desde allí.

Así como así, fue transcurriendo él tiempo. Se había dedicado a vagar por los alrededores, visitar más el árbol y regarlo con gotas del agua de la vida, esta vez, controladas por Kleyn. También cazaban algún que otro cuervo en las cercanías o, más bien, Kleyn los cazaba, pues Loretta no quiso matar a ningún animal de los que se encontraba. Incluso cuando estuvo en el bosque cerca de Mathel combatiendo contra ellos usando sus armas, nunca los hería de gravedad, solo se defendía de ellos hasta que estos mismos veían que no debían continuar con su intento por abatir a la joven.

Un día se atrevió a probar aquellos cuervos rostizados de los que Kleyn tanto había hablado, y tuvo que admitir que estaban buenos, mejor de lo que se había imaginado. Tal vez se dejó llevar un poco por el aspecto de estas bestias, y las tachó por desagradables al gusto.

Cuando pasó un año entero desde su partida de Mathel, Loretta le pidió a Kleyn que la llevase de nuevo allí para ir a visitar a sus padres. Este accedió sin ningún tipo de problema, incluso prepararon algo de comida para pasar el día allí.

Salieron del portal, justo delante de la salida del pueblo, junto al cementerio. El lugar se veía bastante desolado. Aquello que habían pensado cuando se fueron se había hecho realidad. Ahora, Mathel era un pueblo fantasma, en el cual solo albergaba el silenció y la quietud.

Kleyn se quedó mirando un momento las calles de Mathel, pero Loretta se dirigió hacia el cementerio.

Frente a ella, se encontraban las tumbas de sus padres. Sonrió al verlas y se sentó delante de ellas.

― Hola, mamá. Hola, papá. Pasó un largo tiempo desde la última vez que los saludé. Desde entonces he hecho muchas cosas ahora que vivo con Kleyn. Deberían haberlo visto, tiene un hogar enorme. Hay tantas habitaciones llenas de cosas raras, y también hay una forja enorme con cientos y cientos de clones como él trabajando. ―explicaba abriendo los brazos para intentar simular la inmensidad de aquel sitio― Ah, sí. Y la mejor parte, es que todo está bajo tierra. ¿Pueden imaginarlo? ―se perdía en sus explicaciones― También planté un árbol que creció un montón gracias a un agua milagrosa que conseguí al vencer a la criatura al final de una mazmorra. Fue tan emocionante. Y... ―recordó lo otro― oh, cierto. ―se acercó más a la tumba de su madre e interpuso su mano entre su boca y la tumba de su padre― Mamá, Kleyn y yo ya hicimos eso de lo que me hablaste hace tiempo. ―susurró, riéndose un poquito.

Notó a Kleyn apareciendo por su espalda.

― Así que eso es lo que estás haciendo. ―comentó, refiriéndose al comentario que acababa de hacerle a su madre― No sabía que podías hablar con los muertos.

― No puedo... bueno, no lo sé. Yo solo les hablo, pero yo no puedo oírlos a ellos. ―explicó de forma natural.

Este tomó asiento junto a ella, justo delante de la tumba de Joe.

― Nunca entendí este tipo de ritual humano. ―confesó― Cuando alguien cercano a mí muere, suelo quemarlo. Es lo más rápido y efectivo. Además, ―hizo una pausa― ayuda a aliviar ese frío inevitable que aparece en los cuerpos de los muertos.

Aquello último que dijo estuvo cargado de un tono pesaroso, no porque este hubiese perdido a alguien sumamente importante para él, sino porque el frío de la muerte era implacable, inminente e inevitable. El forjador, cuyas llamas eran capaces de protegerlo da las tormentas más heladas, no era capaz de eludir aquel frío natural en todo ser vivo al final de su transcurso vitalicio.

― Bueno, esa es una forma de verlo. ―comenzó ella― Pero a los humanos nos gusta enterrar a los muertos porque así siempre sabemos que ellos han vuelto a la tierra, donde todos proceden.

― Sí, entiendo eso, pero, por qué perder el tiempo viniendo a sus tumbas para visitarlos. Ellos ya han cumplido su tiempo en vida, y ahora ya no están. ―comentaba confuso― Perdón sí esto suena un poco irrespetuoso, es solo que... hay cosas de las otras razas que aún no he llegado a comprender del todo.

― Tranquilo. ―lo calmó― Pues, verás. Nosotros creemos que la muerte no es el final del ciclo, sino que es solo otra fase más. Aquellos que vivimos no sabemos que hay después de la muerte, pero nos gusta pensar que, a pesar de que no podamos saber lo que pasa después, hablar con nuestros seres queridos es una forma de recordarlos y mantener viva su imagen en nuestros corazones.

― Es... curioso.

Ella sonrió.

― Sí que lo es. ―volvió la mirada hacia la tumba de sus padres― Pero, sabes, a mí me gustaría que el día que yo muera la gente que se acuerde de mí venga a visitarme y a hablar conmigo. Eso me haría muy feliz al ver que aún les importo, a pesar de que yo ya no pueda estar con ellos.

― Y cómo sabes que podrás oír a aquellos que vienen a visitarte? ¿Cómo siquiera puedes saber si serás consciente después de morir?

De nuevo, sonrió y se encogió de hombros.

― A veces es necesario creer un poco.

En su rostro no se veía tristeza, solo felicidad mezclada con un poco de añoranza. Kleyn comprendió que aquella tradición podía llegar a ser más compleja de lo que él pensaba, pero que todo aquello se hacía por un motivo. Y por uno bastante maravilloso si tenía que ser sincero. Tal vez, a partir de ese momento comenzase a ver de otra forma a aquellos rituales que los humanos realizaban, y que ahora podría entender mejor.

― ¿Quieres hablar con ellos? ―ofreció la chica, sacándolo de sus pensamientos.

― Eh, yo... no sé qué decirles.

― Lo que quieras. Habla como lo harías si ellos estuviesen delante de ti.

― Emmm, hola. ―dijo un tanto extrañado. No sabía cómo abordar aquella situación. Loretta no pudo evitar reírse al ver la situación en la que se ponía Kleyn, quien intentó ignorar ese gesto y proceder a hablar de forma más natural― Bueno, yo... Joe, sabías que tuve que encargarme de la cocina cuando te fuiste... bueno, supongo que Lina ya te habrá hablado de ello, después de todo es tu mujer. El caso es ―retomó el hilo para no irse por las ramas― que la experiencia resultó ser muy similar a la de forjar. Un poco más fresca en comparación, pero con un ambiente más hogareño. Aunque Lina me regañaba de vez en cuando, cuando hacía algo mal.

― Sigue, lo estás haciendo bien. ―lo animó esta.

― Oh, sí. Y mantuve mi promesa. Me aseguré que tu hija creciera sana y fuerte... y feliz. ―volteó hacia Lina esta vez― Lina, nunca te lo dije, no sé por qué, pero debí haberlo hecho. Estoy muy agradecido contigo por el apoyo que me diste a mí y a tu hija para poder estar juntos. Sin ti, no sé si hubiese tenido el valor para acercarme más a Loretta. ―la joven también estaba poniendo especial atención a lo que Kleyn estaba diciendo― La verdad, ―se dirigió a ambos― es que nunca conocí a una mujer como su hija. Y nunca pensé sentirme tan a gusto con alguien más. Quiero seguir viviendo con ella por mucho más tiempo. ―Loretta no pudo evitar torcer la mirada en un gesto de felicidad al oír esas palabras. Se acercó a él, tomándolo de la mano y apoyó su cabeza en su hombro― Yo... quiero a su hija. La quiero como a ninguna otra persona que haya conocido antes.

Esa fue una de las primeras experiencias en las que Kleyn aprendió algo por parte de Loretta. Sus años de vida le dieron la perspectiva de que, probablemente, nadie sería capaz demostrarle algo que no supiera ya. Pero se equivocó.

Y esa no fue la única vez que aprendió algo por parte de la joven. El tiempo que pasaban juntos lo invertían en conocer el mundo, cuidar del árbol que habían plantado y ver como crecía, cocinar juntos, realizar alguna que otra mazmorra, aunque Loretta siempre hacía más difícil la labor buscando completar su misión sin matar a ningún enemigo, y montones de otras experiencias surgidas del momento y del azar. Durante todas ellas, Kleyn aprendió más sobre la chica y su forma de ver el mundo. Y ella conoció cada vez más el mundo en el que Kleyn vivía, y lo diferente que era su perspectiva de la vida teniendo en cuenta que su punto de vista era el de un ser eterno.

Así, su vida juntos, había comenzado.


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