Capítulo 4: La pubertad
― Vamos, Kleyn, date prisa y termina de comer, que si no llegaremos tarde a la tienda. ―apresuró Loretta al forjador.
― Sí, sí, lo sé. Llevamos años haciendo esto, ya sé cuánto me tardo en acabar de desayunar.
― Menos charlar y más masticar.
― En verdad no hace falta que se den prisa, ―objetó Lina― vamos bien de tiempo, el sol apenas se está asomando por el horizonte.
― Pero es un nuevo día y hay que tra-ba-jar.
― Te veo muy alegre hoy. ―comentó el forjador― ¿Es por algo en concreto?
La chica sonrió.
― Hoy pasarán por aquí un grupo de caballeros que van hacia la capital del sur. Hacía años que no pasaban por aquí, y como voy a estar repartiendo pan tendré la oportunidad de verlos.
El pelirrojo y la madre se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros, al parecer, a ninguno de ellos le interesaba la idea de ver a un caballero. Kleyn ya había visto a muchos en su larga vida, también había combatido, derrotado y perdido contra muchos, y sí, podían verse emocionantes, pero aprendió a no dejar que una buena armadura nublase su juicio y le hiciera olvidad que debajo de todo trozo de metal hay una persona, y que, independiente de la calidad y el estilo de la armadura, esta persona podría ser un ser malvado o un noble a partes iguales. A Lina solo le daba igual la idea de ver a un caballero. Había visto alguno que otro a lo largo de su vida, pero no le llamaba la atención, solo era alguien envuelto en metal con un arma atada a su cuerpo.
Pero a Loretta, ah, para ella era otro gallo el que cantaba. De pequeña había visto a un caballero una vez, justo antes de conocer a Kleyn, solo eso hizo falta para que se quedase maravillada. Desde entonces, guarda una gran admiración por ellos.
Por fin habían terminado de comer y pasaron a dirigirse hacia la panadería. Loretta estaba que saltaba y corría de un momento a otro.
― Tranquilízate. ―sugirió Kleyn― Recuerda que los caballeros no tardarán menos solo porque tú vayas más rápido. Además, recuerda que ya no eres una niña.
― ¿Eso qué tiene que ver con que corra? ―preguntó Lina.
― Nada, pero a lo mejor así nos espera un poco.
Pero aquello que había dicho Kleyn era cierto. Varios años habían transcurrido ya desde que Loretta había decidido aprender el oficio de panadero. Ahora tenía diecisiete años, y su cuerpo y mente ya no eran los de una niña, a pesar de que a veces se comportase de forma infantil. Era algo en lo que Kleyn se había fijado, además de su aspecto, el cual consideraba un tanto atractivo. Ya no era la misma de antes, era más alta, su cabello había crecido junto con ella, sus pechos se habían mostrado de forma sutil, y con ellos, el resto de su figura. Tal vez ella no se había dado cuenta, pero a ojos de Kleyn ya era toda una mujer.
Por otro lado, su madre también había envejecido un poco, seguía siendo una persona joven, pero las facciones de su rostro ya resultaban un poco más notorias que antes. Aun así, seguía conservando ese aire de vida y juventud tan característico que tenía, al igual que su hija.
En cuanto a Kleyn... seguía igual, como siempre.
Ni el forjador ni la madre se habían dado cuente de que Loretta había tomado las llaves de la tienda, porque, cuando llegaron, ya había abierto y se había metido en la cocina.
― ¿Acaso oíste algo de lo que dije de camino a la tienda? ―quiso saber el tipo al meterse a la cocina con la chica.
No parecía haber oído la voz del pelirrojo, solo había continuado preparando la masa para los panes.
― Perdón, ¿me dijiste algo?
Kleyn ni se molestó en decirle nada, sabía que sería inútil, la chica ya estaba perdida en sus pensamientos. Se colocó junto a ella y la ayudó a preparar la masa de los panes.
Lina se dedicó a barrer la tienda, ahora que Dorothy no estaba con ellos, decidió ser ella quien se encargase. Su cuñada se había mudado a otro pueblo para abrir su propio negocio. Y ahora la tienda la llevaban ellos tres.
En cuestión de minutos los panes estuvieron listos, tanto los que estaban en el muestrario como los que estaban en la cesta que Loretta se llevaba consigo.
La tienda estuvo por fin abierta y la joven no perdió el tiempo. Tomó la cesta y salió disparada del local, esperando no perderse a los caballeros transitar por la ciudad. Por las calles había poca gente, casi nadie en verdad. Hasta parecía ser ella la única que deambulaba por allí. Pero solo era cuestión de tiempo. Saludaba a aquellos que ya desde temprano se iban a trabajar a los campos. Estos a su vez le devolvían el saludo y algunos también le compraban una barra de pan al pasar junto a ella.
Poco a poco todo Mathel se fue levantando y las calles comenzaron a estar transitadas de nuevo. Ella se situaba en la plaza del pueblo, lugar por el cual pasaba la mayoría de personas. Varios se paraban para comprarle a la chica una o dos barras, algunos en particular le compraban más de tres, personas que tendrían familias grandes y que por eso necesitarían tantas.
Sin darse cuenta, el tiempo había volado. Echó un vistazo al cielo y se fijó en el sol. Faltarían al menos un par de horas para que fuese medio día. Ya casi no tenía barras para vender, solo había cinco. Tendría que pasarse de nuevo por la tienda para cargar la cesta otra vez y volver a vender.
Mientras debatía cuando encaminarse hacia la panadería, tres niños pasaron corriendo en frente de ella; dos niños y una niña. Se estaban riendo mientras dos de ellos perseguían al que iba delante.
― No me atraparán. ―reía el que iba delante mientras giraba la cabeza hacia donde se hallaban sus persecutores.
Loretta sonreía al ver esta escena, le hizo recordar cuando, de pequeña, hizo correr a Kleyn por toda la ciudad mientras intentaba atraparla. En aquellos tiempos no había otros niños con los que jugar, pero desde que Kleyn había aparecido en su vida, nunca tuvo en cuenta ese detalle de su infancia. Aun así, se alegró de ver que los niños de esa generación tenían amigos con quiénes jugar.
De pronto escuchó el sonido de un trotar lento. Vio un caballo comandando una fila de caballeros a su espalda. Su jinete era un tipo de tez alta y con armadura brillante. Se sorprendió a sí misma con la llegada de los caballeros, había supuesto que los vería llegar antes, o que al menos se enteraría de una forma menos brusca. Estaba a punto de perderse en sus pensamientos cuando se fijó en los tres niños que iban corriendo directos hacia el caballo que lideraba al pelotón de su espalda.
― Cuidado. ―advirtió estirando la mano.
Se olvidó de su cesta y la dejó caer, dio una zancada hacia adelante y corrió directo a los tres niños. Estos se dieron cuenta tarde de a donde se habían metido, quedaron paralizados ante la imagen del caballo que se acercaba inminente hacia ellos. Loretta llegó a tiempo para cubrirlos. Los rodeó a los tres con sus brazos, colocándose de espaldas al caballo que encabezaba la marcha. Todos se aferraron a la joven y cerraron los ojos a la espera de la colisión.
― So. ―se oyó decir del jinete, seguido del relinchar del caballo.
Curiosa, Loretta giró la cabeza y vio la imagen del caballo parado sobre sus dos patas en contra posición de la luz del sol, lo cual le dio una imagen de cuento.
― ¿Estáis bien, jóvenes? ―preguntó el jinete con voz grave y sonora.
Espoleó su caballo y se puso de lado a la muchacha.
― Sí, estamos bien. ―respondió ella, los niños seguían apegados a ella, pero miraban absortos el aspecto y el porte del jinete y su caballo― Gracias por detenerse.
― No es nada, señorita. Pero tendré que pediros que os mováis, pues mi pelotón y yo debemos proseguir con nuestra ruta.
― Claro. ―se puso de pie y tomó a los niños de la mano― Vamos chicos, movámonos de aquí.
Los niños obedecieron y se pusieron a un lado, dejándoles la calle libre a los caballeros.
― Gracias, bella damisela. ―dijo el caballero con una leve inclinación de cabeza― Muchachos, proseguid con la marcha.
Todos aquellos detrás del líder prosiguieron con el trote. Los niños que antes jugaban corriendo unos tras otros ahora estaban maravillados por aquella marcha de hombres envueltos en armadura. Persiguieron a los tipos mientras avanzaban. Poco a poco se fue formando una pequeña multitud de espectadores que también se deleitaban con la marcha de aquellos tipos. Loretta también estuvo a punto de unirse a esos niños y perseguir a todo el pelotón, pero cuando iba a comenzar a caminar hacia el líder, algo la tomó de la muñeca. Se giró para ver qué era y vio a un chico joven que parecía pertenecer al grupo que estaba pasando por la calle.
― Creo que se os ha caído esto, señorita. ―pronunció acercándole la cesta.
Parecía ser igual de mayor que Loretta, tal vez un poco más, se fijó en su aspecto. Tenía cabellos que eran tan dorados como los campos de trigo iluminados con la luz del sol al atardecer, sus ojos oscuros y azules como el cielo en los días de tormenta. Piel tan blanca y limpia que parecía nunca antes haber sido tocada por los rayos del sol. Y sus labios eran dos líneas curvas y llamativas que parecían bailar cuando hablaba.
A diferencia del resto de caballeros, llevaba una armadura de malla con partes de acero en los sitios en donde no había algún tipo de articulación, como los antebrazos, el pecho y las piernas. Una espada corta a un costado y un cuchillo en el otro. Y, al parecer, su cabeza era la única parte de su cuerpo que carecía de protección, por eso su cabello se mecía salvaje y resplandeciente.
― Gracias. ―dijo la joven tomando la cesta sin apartar la mirada del joven, se había quedado un poco absorta― ¿Eres un caballero como ellos?
― Así es, miladi. Pertenezco a la cuadrilla de señores que puede ver pasear por estas calles. Ellos me suelen llamar Davison de León, pero vos podéis llamarme Davison. ¿Cuál es vuestro nombre, señorita?
― Oh, claro, me llamo Loretta, un placer.
― El placer es todo mío, ladi Loretta. Mi tiempo aquí será corto, pero podéis creerme cuando os digo que estaré gustoso de serviros en todo aquello que deseéis. ―se inclinó con sutileza y tomó la mano de la joven para darle un beso en el dorso.
Ella soltó una risita pequeña y fugaz que cubrió llevándose la otra mano, junto con la cesta colgándole del brazo, hasta la boca y cubriéndose con la falange de su dedo índice. Davison tomó aquel gesto como una señal de aquello le había gustado.
― Hablas raro.
― ¿A que os referís con raro?
― A eso, dices cosas raras como os, y cosas así.
― Eso es porque de la tierra de la cual provengo hablamos de esa forma. Es una característica propia de mi pueblo y los que lo habitamos. Venga, ―se puso de pie― caminemos mientras os hablo de mi tierra y de los caballeros, los cuales creo que son de vuestro interés. No ha apartado la mirada de los señores que pasan por la calle, ni de mi armadura.
― Sí, no hay caballeros por aquí, se ven divertidos, a decir verdad. Cuéntame acerca de ellos, entonces.
― Seguidme pues. ―le acercó el codo, ofreciéndole su brazo.
Loretta lo miró confundida. Entonces imitó el gesto que él hacía y chocó su codo con el de él de forma amistosa, pensando que con ello había captado la idea que el muchacho intentaba transmitir. Este no pudo evitar reírse con moderación por la reacción de la chica.
― No, señorita Loretta, habéis confundido mi gesto. Permitidme. ―pasó su brazo por el de ella, enganchándolo al suyo― Ahora podemos proseguir.
― A sí, leí sobre este gesto en algún cuento de cuando era pequeña. ―eso le refrescó la memoria― Es verdad. Davison, ¿alguna vez viste a un dragón?
― Sí, alguna vez he visto a uno de esos enormes reptiles con alas surcar los cielos. Criaturas tan maravillosas como aterradoras, nunca me he acercado a uno de ellos. Pero un caballero como yo es valiente, así que me atrevería a acercarme tanto a uno de ellos como para respirar su aliento.
― Wow, eso requiere de mucha valentía.
― Así es, nosotros los caballeros debemos de estar preparados para todo tipo de amenazas. Dudar no es una opción, nuestra espada señala el camino y nuestra mano la empuña para abrirse paso ante cualquier enemigo.
― Y yo que solo he matado algún que otro mosquito cuando me picó y, aun así, me dio lástima.
― Sabéis, sois una mujer muy graciosa, al igual que encantadora, Loretta. Continuemos, os llevaré a ver nuestro campamento.
Davison siguió caminando por la ciudad, siguiendo el rumbo de su grupo y llevando a Loretta del brazo. Este le contaba las historias acerca del arduo entrenamiento que había pasado para convertirse en caballero. Se vanagloriaba de ser un joven con talento para el oficio, pues, con tan solo diecisiete años había conseguido un título como el de sus compañeros de mayor edad.
Le explicó que era hijo de un noble que se encargó que, desde muy pequeño, se le enseñase el arte de la espada. Nunca llegó a ser escudero, pues su padre quiso que no conociese otra cosa que no fuese la espada. Recibía entrenamiento particular por parte de uno de los maestros contratados por su padre. A la edad de quince tomó lugar en varias misiones con un reconocido grupo de caballeros. Durante dos años fue ganando el reconocimiento de los suyos y luego fue nombrado caballero oficial por el rey. Y le explicó también que ahora se encontraban de viaje hacia la otra ciudad, una que estaba a varios días a caballo, y que tomarían parte en una batalla contra los enemigos de esa ciudad, aliándose con los militares de esas tierras. Su paso por Mathel estaba estipulado para recolectar víveres y descansar.
Todo aquello le resultó muy interesante a Loretta. Quiso saber más acerca de las misiones que había realizado con el escuadrón al que pertenecía. Y él, con gusto se las contó.
Llegaron al campamento de sus compañeros. Habían caminado bastante lento, tanto, que al grupo le había dado tiempo de levantar todas las carpas y de atar a todos los caballos. Algunos estaban quitándose los cascos para mojarse sus sudadas cabezas, otros decidían usar el agua para beber, mientras que otros buscaban en sus bolsas alguna pieza de comida de la cual servirse. Uno de ellos había tomado una pierna de pollo que, al parecer, llevaba envuelta en tela. Le daba mordiscos grandes e intensos, tales que en su barba quedaban restos de grasa y pequeñas tirillas de carne que se le caían al masticar.
― Ser Hector, deberíais masticar con la boca cerrada, o se os va a meter una mosca mientras tragáis. ―comentó el joven con una sonrisa al pasar junto a él.
― Niño, no te he dicho ya que no molestes a los mayores cuando están comiendo. Además, voy a comer como me salga de las barbas, y si una mosca se mete en mi boca, te aseguro que no saldrá de ahí. ―se fijó en la muchacha que iba tomada del brazo de Davison― ¿Quién es esa, tu novia?
― Ella es la señorita Loretta, es una habitante de Mathel. La he invitado a ver a nuestro grupo de caballeros. Al parecer, está muy interesada en ellos.
― ¿Ah sí? ―la examinó de arriba abajo, levantando una de sus pobladas cejas― Oye, pequeña, acércate. ―le ordenó.
Algo sorprendida por la repentina petición del tipo, miró a Davison y este se encogió de hombros, pero luego asintió, asegurándole que todo estaba bien y que podía acercarse con confianza. Así lo hizo. Dio un par de pasos y, separándose del brazo del rubio, se aproximó más al tipo barbudo.
― ¿Sois panadera?
Bajó la mirada a la cesta que llevaba colgando de su brazo izquierdo y recordó que aun llevada cinco barras consigo.
― Ah, sí. Me paseo por las calles de Mathel para ofrecerle pan a los pueblerinos. ¿Quiere comprarme una barra, cuestan una moneda de cobre?
― ¿Una moneda de cobre? Si es que los pueblerinos no tenéis vergüenza. Cobrar una moneda de cobre por una simple barra de pan...
― Hector, podría ser el precio más bajo que he escuchado en mi vida por una barra de pan. ―comentó Davison.
― A ver, déjame probar un poco de tu pan. ―de un manotazo arrancó la punta de una de las barras de pan y le dio un mordisco tan generoso como el que le daba a la pierna de pollo que aún tenía en su mano. Se permitió saborear la corteza y el relleno. Relamió sus labios y pensó con detenimiento― Ten. ―le dio una moneda de plata― Me quedo con todas las barras.
― Bueno, gracias, ahora mismo le doy el cambio.
― No me molestes, solo quiero comer tranquilo, ya te di el dinero, así que déjame comer en paz.
Esta miró confundida al barbudo, no esperaba una reacción como aquella. Notó la mano de Davison apoyándose en su hombro para llamar su atención.
― Es su forma de deciros gracias.
― ¿Aun seguís aquí? Largaos.
Ambos jóvenes se rieron y prosiguieron su paso por el campamento, dejando al tipo comer en paz. Loretta se mostraba curiosa ante todo lo que veía en el campamento, cada cosa que veía era nueva para ella. Cuando pasaron al lado del pequeño establo improvisado que los caballeros habían montado, se detuvo para admirar a los equinos. Ya había visto caballos en más de una ocasión, pues a las afueras de las murallas había un pequeño establo, además de un transportista que se dedicaba a llevar a la gente allí donde quisiera, pero aquellos caballos de ahí estaban cubiertos por telas de colores, las cuales eran similares a las de la vestimenta de Davison.
― ¿Habéis visto un caballo alguna vez?
Fue sorprendida. Se había perdido en la imagen de aquellos caballos tan extravagantes.
― Sí, solo que esta es la primera vez que veo caballos vestidos con telas como esas. O más bien, es la primera vez que veo caballos vestidos con telas.
― Representan la bandera de la ciudad de la que venimos, llevan el símbolo de nuestro reino. ―explicaba mientras ella no dejaba de mirarlos― ¿Habéis montado a caballo alguna vez? ―ella negó con la cabeza― ¿Os gustaría montar uno?
A la chica se le iluminó el rostro cuando le dijo eso. Era evidente que la idea le gustaba.
― Me encantaría, pero no sé montar a caballo.
― Si quisierais, podría montar mi caballo y llevaros conmigo.
― ¿Harías eso por mí? ―preguntó con un notorio brillo de ilusión en sus ojos.
― Claro, mi caballo puede llevarnos a ambos a sus espaldas. No hay ningún problema. Venid, os llevaré a verlo.
Ambos fueron a buscar al caballo de Davison. Se encontraba atado a una valla puesta por los caballeros. Era de pelaje blanco con manchas grises, parecía alegrarse de ver llegar a su dueño. Alargó el hocico hacia él y el tipo lo recibió acariciándolo. Se notaba que ambos se llevaban bien.
Aquella fue la primera vez en su vida que Loretta estuvo tan cerca de un caballo, o quizá la segunda o tercera. No recordaba con exactitud si de pequeña había tenido el valor de acercarse lo suficiente a una de esas criaturas. No sabía cómo reaccionaría, así que permaneció a espaldas de Davison.
Era evidente para el joven que la chica no se sentía del todo cómoda cerca del caballo. Con sus manos le indicó que se atreviese a acercarse al equino, sonrió con serenidad para inspirarle confianza a la muchacha. Le ofreció su mano para ayudarle a tocar al animal. Ella dudó por un momento, pero aceptó al final. Davison la tomó de la muñeca y le acercó un poco la mano al caballo. Este reaccionó con curiosidad, olfateó la mano de la chica y luego dio un respiro sobre ella.
― Abrid vuestra palma e intentad tocarlo de forma lenta.
Ella obedeció y siguió las indicaciones del rubio. Abrió la palma de su mano y posó el primer dedo sobre la frente del caballo, el cual se dejó hacer. Davison soltó la muñeca de Loretta y dejó que ella continuase con su primer contacto, no olvidó sonreírle para asegurarle que todo estaba bien. Un poco insegura, pero algo animada, le devolvió la sonrisa a la chica y poco a poco se acercó más al caballo, primero, posando la palma entera, y luego, posando su otra mano para para acariciarlo. El animal no sintió hostilidad alguna por parte de la chica, así que él también se arrimó más a ella.
― Davison, lo conseguí. ―decía mientras seguía acariciando a la criatura.
― Enhorabuena, señorita Loretta, lo habéis conseguido. Ahora, permitidme soltar a mi caballo para cabalgar.
― Me temo que hoy no cabalgareis, ser Davison. ―dijo una voz a sus espaldas. El muchacho se giró para ver quién era. Y reconoció a su capitán a cargo.
De pronto, el joven se puso derecho e hizo una pequeña reverencia.
― Señor.
― Soldado, tenemos varios trabajos que hacer aquí. Escoltad a la señorita hasta el pueblo y luego volved para proseguir. Mañana seréis libre de continuar con cualquiera de sus actividades personales.
― Sí, señor. ―se giró hacia la joven― Lo siento, señorita Loretta, pero tendré que llevaros de vuelta al pueblo. Si gusta y dispone del tiempo, mañana podremos seguir en donde nos hemos quedado.
― Claro que volveré, no quiero perderme el poder montar a este pequeño mañana. ―acariciaba al caballo con energía. Se fijó en el caballero al que Davison había llamado señor y se dio cuenta de que se trataba del mismo que había detenido su caballo cuando ella cubrió a los tres niños en la calle. Le sonrió al reconocerlo y también hizo un pequeño gesto de reverencia.
― Señorita. ―correspondió el caballero antes de marcharse.
Se despidió del animal que acababa de conocer y con el que acababa de hacer sus primeras migas y siguió a Davidson, quien la escoltó hasta la entrada de Mathel. Allí se despidieron.
― Bueno, señorita Loretta, lamento no haber podido daros un viaje a caballo.
― ¿Bromeas?, jamás había tocado a un caballo en mi vida, fue interesante. No puedo esperar a que sea mañana para poder subirme al caballo. ―sonreía mientras miraba al cielo fantaseando con montar al equino.
El muchacho veía con claridad la expresión de ilusión de la chica, le resultaba cautivadora la forma en la que parecía vivir de pequeñas cosas como aquella, ilusionarse por montar a caballo.
― Pues me alegra saber que estéis ansiosa por ello. Me aseguraré de que viváis esa experiencia. Decidme, ¿dónde podré hallaros mañana?
― Estaré en la plaza del pueblo, vendiendo panes. Si vienes a una hora similar a la que nos vimos hoy no creo tener problemas en pasar un rato contigo.
― De acuerdo, pues. Esperaré con ansias nuestro encuentro de mañana. ―hizo una pequeña reverencia― Que os vaya bien el resto del día, señorita Loretta.
― Solo llámame Loretta, no hace falta que seas tan formal.
Él sonrió.
― De acuerdo, Loretta. Nos veremos mañana. Y, por cierto, traed mucho pan, creo que mañana os será un buen día para vender.
― Es raro que me lo digas, pero bien, te haré caso. ―también hizo una pequeña reverencia. Había visto el gesto tantas veces ese día que le había comenzado a resultar divertido― Hasta mañana, ser Davison. ―imitó a su capitán.
Antes de que el joven pudiera responder a la chica, esta se fue corriendo, desapareciendo entre los edificios de Mathel. No sabía cómo, pero algo en esa mujer había conseguido cautivarlo desde el momento en el que le había echado el ojo. Dio la media vuelta para volver al campamento con un pensamiento en mente "ya quiero que sea mañana".
Rauda, la joven se movía entre las personas que había desperdigadas por las calles, caminaba con intensidad hacia la panadería. En su mente repasaba las cosas divertidas que había hecho. Se lo había pasado bien junto a Davison. Había hecho un nuevo amigo y se había divertido bastante con él. Le resultó extraño pensar que había pasado un día de diversión con alguien más aparte de Kleyn, normalmente solía pasar su tiempo con él, pues no había otros con quienes poder divertirse en Mathel. Conocer a alguien más le resultaba renovador e interesante.
A la hora de comer, no pudo evitar hablarle a su familia acerca de lo que había vivido aquel día.
― Así que conociste a un chico. ―señaló su madre, siendo este el punto que más le llamó la atención de toda la historia.
― Sí, parece bastante divertido, además, es caballero. Me explicó mucho acerca de cómo la gente podía volverse caballero en su ciudad. Y también pude conocer a algún que otro tipo de su grupo, fue... ―recordó a Héctor cuando este le arrebató todas las barras de pan de golpe― interesante.
Oh, interesante. ¿Has oído eso Kleyn, lo has oído? Kleyn no había dicho nada al respecto, solo se había limitado a escuchar y a seguir masticando su comida.
― Me dijo que mañana me llevaría a dar un paseo a caballo. Nunca subí en un caballo, es emocionante. ―se fijó en Kleyn y en el rostro de indiferencia que mantenía mientras se fijaba en su comida― Aunque seguro que eso no será lo mismo que ser llevaba a hombros del forjador.
El pelirrojo escuchó la palabra mágica que empezaba por f y giró la cabeza hacía la muchacha.
― ¿Que yo qué? ―preguntó entre confundido y perdido en el hilo de la conversación.
Tanto la chica como su madre comenzaron a reírse del albino. Este las miró a ambas alternando la mirada entre la una y la otra, sin saber exactamente qué decir o hacer. Así que solo se encogió de hombros y se unió a ellas en su risa conjunta. Eso, hazte el inocente, tal vez las engañes a ellas, pero a mí no.
El día ya había pasado y Loretta se encontraba con Davison a punto de subirse a lomos del caballo que, al parecer, recibía el nombre de Rolner. Se habían alejado del pueblo y del campamento de caballeros para tener un lugar amplio por el cual cabalgar.
Davison fue el primero en subir al caballo, una vez sentado encima de la silla de montar, le tendió la mano a Loretta para que también subiera. Debido a su vestido, tuvo que sentarse de costado sobre el caballo. Con una mano se sostenía de la silla y con su brazo libre rodeaba el torso del muchacho para no caerse.
― ¿Estáis lista?
― Arranca cuando quieras. ―soltó firme y con decisión.
Tras aquellas palabras, Davison espoleó a Rolner y este, después de un relincho, comenzó a trotar de forma suave por la explanada. Por instinto, Loretta se aferró más al torso del muchacho y a la silla cuando el caballo echó a andar. Notaba el ligero vaivén de la espalda del animal mientras este mantenía su ritmo de trote.
― Agarraos, Loretta. Voy a decirle a Rolner que corra.
― Por mi bien, adelante.
De nuevo, el muchacho espoleó a su caballo y este pasó del trote al galope en cuestión de segundos. Loretta comenzó a reír al notar la velocidad a la que corría el animal. A ese ritmo podía sentir el viento que chocaba en su rostro y hacía bailar su cabello. Admiraba el paisaje a su alrededor, el cual iba cambiando constantemente debido a la velocidad a la que iban. Nunca antes había experimentado una sensación de júbilo y libertad como aquella.
― ¿Cómo os sentís, Loretta? ―preguntó en voz alta por la presión del viento.
― De maravilla, jamás pensé que montar a caballo fuese algo tan hermoso.
El chico rio en voz alta.
― Me alegra que os guste tanto. Nos detendremos un rato por allí para darle un pequeño momento de descanso a Rolner. ―señaló a unas rocas que había cerca de camino, junto a un cartel que indicaba las direcciones en las que este se dividía y a donde los llevaría.
― De acuerdo. Me parece bien.
Rolner se recostaba en el césped tras dar un resoplido. Tras unos segundos se hizo un ovillo para descansar. Mientras tanto, Loretta se dedicó a acariciar al animal y Davison la observaba concentrada en su tarea.
― No puedo creer que nunca antes haya hecho algo como esto. Debería conseguir un caballo algún día. ―fantaseó― Ya sé, lo llamaré Penélope.
― No sería un mal nombre para un caballo. Seguro que lo cuidaréis y alimentareis como es debido.
― Gracias por darme la oportunidad de vivir está experiencia. Y también hiciste que tus compañeros me comprasen todo el pan que llevaba. No sé cómo pagártelo.
― Tranquila, no es nada. Además, vuestro pan estaba muy bueno, es por eso que mis camaradas os lo compraron. Yo solo os advertí que trajerais el suficiente para que así ninguno de ellos se quedase sin ninguna barra. A pesar de que Héctor se haya adelantado y se haya hecho con más barras que el resto.
― Lo sé, pero realmente estoy agradecida. ―miró un momento al pelaje del caballo mientras lo acariciaba― Ah, ya sé. ―exclamó y se puso de pie, acercándose a Davison― Prepárate, porque mañana iremos a uno de los sitios que solía visitar mucho de pequeña. ―sonrió― Espero que te guste.
Lejos del pueblo, pero no tanto como para no verse la entrada de este, se situaban Loretta y el joven Davison. Estos se aventuraban entre los árboles del bosque, al parecer, la chica había decidido a llevarlo a dar un paseo por aquel lugar. Lugar que había frecuentado durante una gran parte de su infancia.
Resultaba extraño para el chico imaginar el cómo a esa mujer podía llamarle la atención adentrarse en un bosque alejado del pueblo que habitaba. Estaba claro que, si algo les ocurría a ambos, nadie de Mathel se enteraría hasta pasados uno o dos días. Y si los familiares de ella no supieran a dónde tenía planeado dirigirse ese día, entonces es seguro que, además de pensar en buscarlos cuando ya fuese demasiado tarde, nadie sabría por dónde comenzar a buscar. Quería pensar que Loretta era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de algo como eso, pero, entonces, por qué se veía tan tranquila y segura moviéndose a sus anchas entre los árboles y arbustos.
Tanto había sido su desconcierto ante la aparente calma de la chica que, cuando se quiso dar cuenta, había perdido el camino por el cual habían venido. Volteó hacia atrás, sabía que por lo menos diez pasos hacia atrás era por dónde habían venido, pero luego de eso, ¿qué? Su propio nerviosismo disimulado le impedía intentar disfrutar de la experiencia que Loretta se esforzaba en ofrecerle, aunque aún seguía preguntándose cuál era la experiencia que ella quería otorgarle. Se había perdido tanto en sus pensamientos, que solo el choque repentino contra la chica fue lo que consiguió quitarlo de su aparente trance.
― Disculpadme, Loretta, estaba sumido en mis pensamientos.
― No pasa nada. ―aseguró ella― Quería decirte que ya hemos llegado.
Ella señaló a la casa de madera que había encima de un árbol, una muy pequeña, lo suficiente como para que dos personas entrasen y estirasen las piernas. En su suelo había un agujero cuadrado, y debajo de este, escalones hechos con tablas de madera clavadas al tronco del árbol. Con un gesto de cortesía, Loretta se ubicó a un costado del árbol y señaló a la escalera junto a ella, ofreciéndole al muchacho ser el primero en subir.
― Adelante.
― Oh, os ruego que vayáis primero, Loretta.
Ella se rio por un momento y luego miró a Davison directo a los ojos.
― Davison, de verdad, creo que deberías ir primero. ―insistió, sujetándose el vestido.
Este se fijó en ese pequeño gesto y entonces comprendió el motivo de su insistencia. Al momento, su rostro enrojeció, avergonzado.
― L-lo siento, no era mi intención...
― Tranquilo, solo sube.
― Sí, sí, claro. Ahora mismo. ―dijo algo nervioso, aquel desliz lo había hecho sentir un poco incómodo.
Subió por la escalera sin mucho esfuerzo hasta cruzar el agujero del suelo de la casa. Lo primero que vio fue a unas ardillas que se asustaron al ver la repentina aparición del rubio. Este no pudo evitar reprimir un pequeño grito de sorpresa al ver los animales huyendo de él.
― ¿Va todo bien? ―preguntó la joven desde abajo.
― Sí, sí, no os preocupéis, solo fue un susto repentino.
Ahora que los animales no estaban allí para causarle más problemas, se centró en ver mejor el interior del lugar. Era un interior simple, aunque le llamó la atención algún que otro juguete de madera, como una pequeña espada algo vieja, una muñeca de trapos y algún que otro libro de cuentos infantiles algo arruinado por el tiempo. Se introdujo a gatas en la casa. Se dio cuenta de que podía pararse, el techo era lo suficientemente alto como para hacerlo. Justo detrás de él, apareció Loretta. Se colocó en una esquina del lugar, justo como Davison lo había hecho.
― ¿Qué es este lugar? ―preguntó el muchacho, entre confundido e intrigado.
― Esta es la casa del árbol que construí cuando era pequeña.
― ¿Construisteis esta casa? ―quiso saber, algo perplejo por aquella revelación. Había pensado que esa casa se la había construido su padre, o quizá un tío o algún familiar. Aunque ya le sonaba raro que alguien construyese una casa en medio del bosque para una niña pequeña.
Ella se rio un poco por la reacción del rubio.
― Sí, la construí yo. ―aseguró con tono sereno― No fue fácil al principio. Tuve que aprender muchas cosas: a subir a los árboles, a encontrar arboles adecuados en donde pudiera apilar ramas para hacer la base, a encontrar ramas más resistentes que las primeras para que no se rompieran, a sujetar todas las ramas juntas usando unas lianas... todo, para ser más concisos.
― ¿Y lo hicisteis vos sola?
Volvió a reír ella.
― Bueno, a decir verdad, al menos al final, tuve la ayuda de alguien. Él me ayudó a conseguir las tablas, los clavos y las herramientas para hacer una casa más bonita... y más resistente. ―dio un par de golpes con los nudillos a una de las paredes de la casa, produciendo un sonido que retumbó en el interior, pero que demostraba que la estructura era sólida― Esta ya no se cae.
Davison admiró de nuevo la casa en la que se encontraba, esta vez, con una perspectiva algo distinta con la que la había admirado al principio. Se fijó mejor en la madera, deslizó su mano por ella y comprobó con asombro que esta no astillaba. También le echó un vistazo a los objetos que estaban dentro, pero no a lo que era cada uno de ellos, sino a su estado. Cierto es que estaban algo viejos, pero no se les veía mojados ni húmedos, eso quería decir que el techo era lo suficientemente bueno como para evitar que el agua de las lluvias se filtrase entre las maderas que había arriba.
― Debo de admitir, Loretta, que este es un gran trabajo.
― Sí, ―contempló la casa de una sola mirada, pero lenta, para permitirse recuperar algunos de los recuerdos que albergaba entre esas cuatro paredes de madera― la verdad, es que sí. Pasé gran parte de mi infancia en este sitio. ―tomó uno de los libros que estaba a su alcance, uno que trataba sobre un caballero y una princesa― Es un lugar al que le tengo mucho aprecio, pensé que a lo mejor podría gustarte. Así conocerías algo más acerca de mí.
A Davison se le encogió el corazón cuando escuchó esas palabras. Lo único que la chica quería era compartir algo de su vida con él, mostrarle algo de su mundo para que la conociera un poco más. Le hizo valorarla aún más que antes.
― Me encanta, es todo un gustó que os hayáis preocupado así por mí y por enseñarme un lugar como este. Al parecer, habéis tenido una vida plena durante vuestra infancia.
Para la sorpresa del tipo, la chica no reaccionó como él había esperado. Su mirada se obscureció un ápice y su sonrisa se tornó un tanto amarga y melancólica.
― A decir verdad, tampoco es que haya tenido una infancia de ensueño. ―comenzó a explicar― En Mathel no había niños de mi edad con los que jugar, así que casi siempre estaba sola. ―recordó aquellos momentos de soledad, cuando, para no aburrirse, acudía a la tienda de sus padres para entretenerse con algo. Recordó que era un poco difícil, pero siempre intentaba mantener una actitud positiva y divertirse con las cosas más sencillas― Pero un día llegó un chico a la ciudad y, para mi suerte, se convirtió en un buen amigo mío. Estuvo a mi lado durante mucho tiempo, en los buenos momentos... ―rememoró aquella vez en la que su padre había fallecido por culpa de una enfermedad, lo mucho que Kleyn había intentado evitarlo y lo mucho que luego intentó ayudar a toda su familia― y en los malos, también. ―guardó silencio por un momento. Davison pensó que había metido la pata al mencionar algo de lo que no tenía la certeza de saber, así que intentó decir algo para ayudar a la joven, pero esta se le adelantó― Sí, no creo que haya tenido la vida más fácil del mundo, tampoco ha sido una vida horrible hasta ahora. Pero creo que sí, he tenido una infancia plena.
Ese fue un momento muy personal para ambos, Loretta se había abierto un poco más con Davison y él había tenido la oportunidad de ser participe en ese momento intimidad. La miró contento de poder estar un poco más cerca de ella, como persona. Ella sonrió y levantó la mirada para fijarse en él, este se percató de que la había estado mirando fijamente durante un rato sin darse cuenta. Fue incapaz de evitar sonrojarse un poco. Tuvo que apartar la mirada para disimular su enrojecimiento. Decidió centrar su atención en un grupo de roedores que veía a través de la ventana que tenía junto a él, estos correteaban por las ramas de los árboles, parecían estar jugando.
― Loretta, venid a ver esto, creo que os interesará. ―apuntó hacia fuera.
La chica se acercó a él y se situó a un lado para poder ver. Admiró con gusto a la familia de ardillas que vio correr por los árboles, una tras otra. Le dio un golpecito con el codo a su compañero, el cual se giró para prestarle atención.
― ¿Salimos un rato a dar un paseo?
Este sonrió y asintió de forma ligera usando la cabeza.
Bajaron de la casa en el árbol y continuaron caminando por el bosque. Cuando retomaron su caminata, Davison observó a las ardillas que antes estaban jugando metiéndose en la casa del árbol, eso lo hizo abrir los ojos un momento y se le ocurrió que, a lo mejor, esas podrían ser las ardillas que lo habían sorprendido al entrar. No pudo distraerse demasiado, pues la chica continuaba con su paso, al parecer, estaba segura de que su compañero estaría siguiéndola.
Continuaron su paso por el bosque, permitiéndose admirar un poco más el paisaje. Davison aceleró un poco su ritmo para alcanzar a la chica y situarse a su lado. Pero en cierto momento se detuvo de golpe al notar como un arbusto comenzó a moverse de forma sospechosa. Tomó a Loretta del hombro, indicándole que se detuviera. Se colocó delante de ella y desenvainó su espada, apuntó al arbusto y adoptó cierta posición de batalla. Mantuvo su porte a la espera de que saliera aquello que movía el arbusto. Pudo vislumbrar un hocico asomando de entre las hojas. Cuando salió por completo, se mostró la figura de un lobo gris con una marca blanca que iba desde la punta de su oreja izquierda, pasaba por su ojo y acababa en el extremo derecho de su hocico. Era un lobo adulto, lo podía ver por su tamaño. Este se fijó en el caballero y en la mujer que había detrás de él, pero sobre todo en el hombre, quien sostenía la espada de forma amenazante. Davison llevó su otra mano a la empuñadura de la espada y la sujetó con firmeza a la espera de que la criatura los atacase. De pronto, notó algo en su antebrazo, era la mano de Loretta, esta estaba tirando suavemente de él para que bajara el arma. Se giró hacia ella, extrañado.
― Loretta, ¿qué hacéis?
― Déjame encárgame de esto. ―indicó.
El muchacho dio un vistazo rápido al animal y luego volvió la mirada hacia la muchacha.
― Loretta, es peligroso, podríais...
― Confía en mí.
Este le sostuvo la mirada a la chica, dudaba si ella estaba en sus cabales al decirle aquello, pero sus ojos parecían ir en serio. Dio un leve suspiro y rompió su postura, tomó la espada y la volvió a envainar.
― Gracias. ―dijo, tomando lugar delante del chico.
No sabía si lo que iba a hacer ella era algo que ya había hecho antes, algo lógico y que los sacaría a ambos, o si, por el contrario, solo se trataría de un acto temerario impropio de ella. Por lo poco que había conocido a la chica, podía deducir que no era una mujer loca, si no que estaba en buenas condiciones mentales, o al menos eso esperaba, pues no quería tener que volver al campamento con un herido, o con un cadáver. Por si acaso, mantuvo su mano izquierda cerca del mango de la espada, listo para actuar en caso de que algo saliese mal.
La joven se agachó y se puso en cuclillas, luego comenzó a golpear sus piernas de forma enérgica, dándole palmadas.
― Ven aquí, Folsworf, ―llamó esta― ven aquí, muchacho.
No podía creerlo, ¿acaso se pensaba que un lobo salvaje era lo mismo que un perro cualquiera? Davison se comenzó a culpar de pronto por pensar que alguien como Loretta, sin entrenamiento ni conocimientos de las criaturas salvajes, podría hacerse cargo de una situación como esta. Se rindió ante su sospecha y tomó la empuñadura de su espada con firmeza, estuvo a punto de sacarla, cuando se fijó en algo a lo que no daba crédito. El lobo estaba moviendo la cola y había bajado la cabeza. Parecía estar contento de que la chica realizara aquel gesto mientras lo llamaba. Fue entonces cuando el can corrió hacia la chica. Davison no fue capaz de evitar sentir una sensación de peligro al ver a la bestia aproximándose de forma efusiva. Casi desenvaina su espada, pero Loretta también se acercó a él, y este se abalanzó sobre ella y comenzó a lamerle la cara.
― Para, para. ―reía ella.
Ahora sí que el muchacho no daba crédito a lo que estaba viendo. Se preguntaba de todas las formas posibles cómo es que esa mujer había sido capaz de mantener contacto directo con un lobo salvaje. Lentamente fue alejando su mano de la empuñadura de la espada, hasta quedarse con los brazos colgando.
― Loretta, ―llamó este, a lo que la chica dirigió su mirada hacia él usando su ojo derecho, pues el otro lo mantenía cerrado porque el lobo seguía lamiéndola― ¿cómo es que habéis conseguido amaestrar a una bestia salvaje como esa?
Se levantó del suelo sin dejar de lado al sabueso y siguió acariciándolo.
― Cuando era pequeña, mi amigo y yo veníamos muy seguido a este bosque. Y como es obvio, podíamos encontrarnos con algún animal peligroso. Siempre tuvimos la opción de defendernos o de hacernos amigos de ellos. ―explicaba― Luchar no me gustaba mucho, así que elegí hacernos amigos de ellos, no fue fácil, tomó su tiempo, pero al final nos volvimos amigos.
Absorto, a pesar de recibir una explicación acerca de la situación que se estaba produciendo, Davison desistió en intentar comprender algo tan inverosímil como aquello.
― Loretta, sois una caja de sorpresas.
La situación pasó tan rápido como vino, la chica le había ofrecido al muchacho la oportunidad de hacerse amigo de Forlsworf, el así llamado lobo, pero Davison decidió que tal vez no era el momento, quizá lo haría en otra ocasión. Volvieron a casa y se dijeron que al día siguiente volverían a verse.
De nuevo, Davison y Loretta caminaban por el campamento de caballeros. Este quería mostrarle a la chica las armas que utilizaban para las batallas que solían librar. Estaban de camino a la carpa donde se guardaban las armas, cuando, de pronto, en medio del paseo, Loretta oyó el sonido de alguien que tocaba alguna clase de instrumento, uno de viento. Se dejó guiar por ese sonido tan llamativo y caminó en dirección a él sin darse cuenta.
― Eh, Loretta, os estáis perdiendo en el sonido de la música de nuestro flautista.
― ¿Quién es el que hace ese sonido?
― Te lo presentaré.
Sentado sobre uno de los equipajes, estaba un hombre de cabello medio, le llegaba al cuello. Entre sus manos sostenía un instrumento alargado con varios agujeros. Mediante el soplo y los movimientos coordinados de sus dedos producía ese llamativo sonido que la había atraído hasta ahí. Al ver a los dos jóvenes, el flautista detuvo su música de forma suave y paulatina.
― Davison, veo que viene bien acompañado. ¿Quién es la bella dama que traéis al campamento?
― Ser Raúl, ella es la señorita Loretta. Ha sido hechizada por vuestra música.
― ¿Es cierto eso, señorita Loretta? ―preguntó posando sus ojos en la chica.
Asintió.
― Su música es muy buena. ―afirmó la muchacha.
― Ah, sois muy amable al alabarme. Sí tanto os gusta mi música, entonces tendré que deleitaros con ella. Permitíos oír, señorita, la voz de la flauta. Espero que sea de vuestro agrado.
El llamado Raúl cerró los ojos y acercó sus labios al orificio en uno de los extremos del palo. Inspiró aire en abundancia y luego sopló de forma continua y suave. El mismo y cautivador sonido de antes volvía a inundar el ambiente. Loretta se dejó llevar por este, como si su son la meciera. Soltó su cesta, dejándola en el suelo y comenzó a moverse de un lado a otro sin sentido alguno, pero con gracia.
― Esperad, señorita Loretta, permitidme. ―intervino Davison.
Tomó una de las manos de la joven y la otra la colocó en su cintura.
― Apoyad vuestra mano en mi hombro.
― Pero no sé bailar.
― Dejadme guiaros entonces.
Hizo caso a las palabras del muchacho, colocó su mano libre en el hombro de Davison y dejó que él guiara. Llevó su cuerpo haciéndolo girar al son de la flauta. Ella intentaba de forma efusiva no pisar a Davison, pero a él no parecía preocuparle que algo como eso ocurriera. Parecía ser alguien fuerte, pues era capaz de mover su cuerpo sin hacerle daño a su cintura, ni tirarle de la mano. Más bien, parecía que guiase el movimiento del cuerpo de la chica para que siguiese al suyo. Resultaba divertido, a la vez que bonito el acto de darle al cuerpo movimientos que se dejasen llevar por la música de Raúl. Parecía que el rubio conocía la canción que Raúl tocaba, porque aceleraba o reducía su movimiento casi al mismo tiempo que Raúl cambiaba de tono su canción. Antes de que la canción acabase, Davison hizo dar un giro sobre sí misma a la chica, justo para acabar sujeta entre los brazos de Davison. Él sonreía mientras ella recuperaba el aire, se sentía algo agitada. Se separó del chico tras terminar la música.
― Ha sido divertido. ―dijo ella.
― Me alegra saber que el baile ha sido de vuestro agrado. Yo también he disfrutado de la pieza. Todo un deleite, como siempre, Raúl.
― Lo que sea por una dama. ―indicó este con una leve inclinación.
― Loretta, ¿queréis seguirme un momento para hablaros de algo?
― Claro. ―dijo animada, puesto que se lo estaba pasando bien― Pero sígueme tú a mí, conozco un buen sitio.
― Oh, por supuesto.
Esta recogió su cesta y tomó a Davison de la muñeca, acto seguido, comenzó a correr para salir del campamento.
― Gracias por la música, Raúl. ―gritó antes de alejarse más de aquel sitio.
― No ha sido nada. Divertíos, jóvenes. ―alcanzó a responder antes de que las figuras de ambos fuesen lo suficientemente pequeñas como para perderse entre las carpas― Ay, la juventud. ―suspiró antes de volver a centrarse en tocar su flauta.
Davison estaba siendo arrastrado por la joven mientras corría. Marcaba un ritmo decente y sostenido, aquello le sorprendió de forma grata, pues no imaginaba que aquella mujer estuviese llena de tanta energía. Observó que lo llevaba a un lugar alejado de la ciudad, suponía que sería el árbol grande y robusto que estaba encima del montículo que había más adelante. Se veía llamativo, pues parecía ser un único árbol en medio de aquella explanada, alejado del bosque que había más al oeste. Además, también se le notaba emocionada a la joven por ir a ese sitio.
En cuestión de un par de minutos llegaron al sitio esperado. Loretta dejó la cesta junto a una de las raíces del árbol y se arrojó al suelo, recostándose en el césped bajo la sombra de las hojas. Davison solo se sentó junto a ella. Soplaba una brisa agradable, la cual era de agradecer después de haber corrido desde el campamento hasta ese lugar. Davison debía de admitir que la pequeña carrera que habían echado para llegar hasta allí lo había hecho sudar un poco, pero había hecho tramos más largos y, por lo tanto, más duraderos.
― Este es uno de mis lugares favoritos. Solía jugar mucho de pequeña cerca de este árbol. Me servía mucho como espacio para descansar después de estar jugando durante mucho rato. Es un sitio tranquilo y agradable. Pensé que sería bueno mostrártelo, ya que tú me mostraste tu campamento.
― Bueno, ya compartisteis la casa del árbol conmigo, así que no me esperaba que me llevarais a otro sitio especial para vos.
Como respuesta, ella le ofreció una sonrisa agradable al chico. Davison pensó que bajo la sombra de ese árbol y con esa sonrisa, la joven se veía bastante linda.
― Loretta, ¿alguna vez habéis pensado en iros a vivir a una ciudad?
Ella ladeo la cabeza al oír esa pregunta. Hizo un pequeño repaso mental, pero no recordó nunca antes que nada similar se le cruzase por la cabeza. Así que solo negó con la cabeza.
― ¿Por qué lo preguntas? ―dijo, mientras se levantaba hasta quedar sentada sobre el césped.
― Veréis, mis compañeros y yo hemos estado aquí por cuatro días. Hoy partiremos a la ciudad que se ubica al norte de Mathel. Eso significa que ya no podremos vernos, al menos no aquí. Y pensé que a lo mejor querrías vivir en una ciudad como Wilnevar algún día. Por lo que sé, nosotros pasaremos allí cinco años al menos, pero nuestros superiores nos han dicho que es muy probable que el tiempo se extienda. ―continuó― Quería seguir viéndoos, pero me sería imposible si vos vivís aquí, así que, si la idea os parece agradable, yo podría ayudaros a conseguir una casa en la que vivir, incluso podríais abrir una panadería como en Mathel y... ―comenzó a acelerarse.
― Wow, Davison, tranquilo, tranquilo. Entiendo lo que quieres decir, pero nunca antes se me había pasado por la cabeza vivir en una ciudad.
― La vida allí es mejor que la que hay en un pueblo, los edificios son más grandes y más resistentes, las calles son más amplias y hay un montón de gente. Además, me tendréis a mí para que os lleve todos los días a conocer más y más la enorme ciudad que es Wilnevar. ―se acercó a ella de forma presurosa y la tomó de las manos― ¿Qué me decís?
Loretta se sentía algo confundida, a la vez que agitada por la forma en la que se expresaba el chico: inquieta y excitada. Lo miró a los ojos y luego miró sus manos. Se echó un poco hacia atrás para tener algo de espacio vital entre ambos, sobrepuso sus manos por encima de las de él y de las devolvió, lo cual provocó en el rostro del muchacho una expresión desesperanzada.
― Davison, lo siento, pero mi lugar está aquí. Me crie en Mathel y conseguí todo lo que quiero en este sitio, no podría abandonarlo, aunque quisiera. Mi vida y mi felicidad están aquí. ―explicó intentando sonar lo menos contundente posible― Espero que lo entiendas.
La miró a los ojos, estos se veían algo destrozados por la negativa que ella le había dado.
― Entiendo. ―respondió, bajando la mirada. Se sentía mal, pues aquella chica había logrado cautivarlo en tan solo unos pocos días. No quería perder toda aquella emoción e intriga que ella provocaba en él, pero tenía que aceptar que, tal vez, ella no sintiera la misma sensación que él cuando estaba con ella― Loretta, dejadme preguntaros una cosa. ―alzó la mirada― ¿Hay alguien a quien vuestro corazón pertenezca, alguien que sea dueño de sus sentimientos más puros y profundos?
La pregunta tomó por sorpresa a la muchacha, mucho más que la pregunta anterior. Intentó ser lo más sincera posible con su respuesta, pues sabía que el muchacho no tenía que estar pasando por su mejor momento de su vida.
― La verdad es que mi corazón no le pertenece a nadie. ―eso confundió al chico, se le notó en su mirada― Mi corazón es solo mío y de nadie más. Pero eso no quiere decir que no pueda compartir lo que albergo dentro de él con otras personas.
― Entonces, siguiendo vuestra filosofía, ¿hay alguien con quien os sintáis a gusto compartiendo aquello que guardáis en lo más profundo de vuestro corazón? ¿Alguien con quien disfrutéis competiendo momentos a solas y en quien penséis cuando no estáis a su lado?
Loretta guardó silencio por un momento. En su mente vinieron imágenes de su pasado, imágenes muy personales en las cuales aparecía la persona por la que Davison preguntaba, la persona la que podía ver siempre que quisiera.
― Sí, hay alguien. ―respondió con calma― Es la misma persona que apareció durante mi infancia para ofrecerme su compañía y llenar aquellos momentos de soledad con recuerdos irremplazables. Él se encargó de hacerme reír siempre que pudo, es él quien me acompañó en los momentos más difíciles de mi vida y es él quien me ayudó a crecer y a volverme fuerte. ¿Cómo no podría ser el con quien quiero compartir mis sentimientos más íntimos y personales? ―confesó. Sin darse cuenta, se había animado un poco al hablar así del chico por el que Davison preguntaba.
El muchacho había oído atentamente todas y cada una de las palabras que Loretta había dicho. Le dolió, le dolió saber que nunca tuvo la oportunidad de ser el afortunado hombre con quien ella quisiera compartir esos tesoros guardados en su interior. Sonrió de forma irónica, pero a la vez, con alegría. Al menos, podía sentirse tranquilo de que la persona a la que ella quería era alguien de bien.
― Parece ser que él debe ser un tipo muy bueno y responsable.
En ese momento, Kleyn se encontraba atareado con un pan en la cocina.
― Oh, mierda, se me quemó el pan sin querer. ―se quejó mientras sostenía un pan redondo, el cual estaba recubierto por una capa negra y chamuscada.
Lina apareció por la puerta al oír las quejas del tipo.
― Te dije que tuvieras cuidado si usabas tu propio fuego. ¿Y qué fue lo que te dije de utilizar ese lenguaje en mi presencia?
Te dije que moderaras tu lengua, ahora nos regañará por tu culpa.
― Sí, es alguien confiable.
― ¿Y acaso se lo habéis dicho, como os sentís hacia él?
Esta miró algo reservada a Davison.
― La verdad es que no. ―confesó, algo apenada.
― ¿Por qué?
― Verás, tiempo atrás, cuando tenía diez años, mi padre murió por una enfermedad.
― Siento oír eso. ―pero ella negó con la cabeza.
― Lo que ocurre es que, durante su lecho de muerte, él le pidió a mi amigo que cuidase de mí hasta que fuese mayor. Me enteré de ello poco después de su entierro. Y eso me hace pensar que a lo mejor ha permanecido todos estos años junto a mí porque se siente obligado a cuidarme, debido a esa promesa. ―dijo finalmente― Además, él es algo mayor y no sé si eso es algo que le incomode.
Davison miró a la chica con decisión, mantuvo un porte serio y sereno.
― Patrañas. ―exclamó― Vos no sois una chica que necesite ser cuidada. Me habéis demostrado que sois atrevida, intrépida y fuerte. Habéis montado a caballo conmigo por primera vez en vuestra vida y no habéis vacilado en ningún momento. Habéis adiestrado a un lobo para que no fuese agresivo con vos. Solo os faltaría saber manejar un arma para ser caballero.
― De hecho, ―intervino― este tipo del que te hablo me enseñó a manejar la espada.
― A lo que quiero llegar, vos no sois una chica que necesite ser cuidada, sois una mujer fuerte que puede cuidar de sí misma. ―señalo, muy seguro de sus palabras― Sí me lo preguntáis, yo creo que vuestro amigo no está con vos porque necesites ser cuidada, tal vez sí que quiera protegeros, pero yo creo que él sabe de lo que sois capaz y que sí sigue aquí, es porque os ve con otros ojos. Además, no creo que la edad le importe si sois vos la mujer con quien quiera compartir su vida.
Esta miró a Davison sorprendida, a la vez que apenada. No esperaba recibir tales palabras de apoyo y menos de él después de haber hecho una confesión como la de antes. De verdad tenía un corazón noble.
― ¿De verdad crees eso?
― Sí, Loretta, de verdad lo creo. Daos una oportunidad y sed sincera con vos misma y con él hombre que ocupa vuestros pensamientos.
De verdad que se sentía apenada al recibir apoyo de la persona que acababa de rechazar momentos atrás.
― Gracias, Davison, nunca esperé recibir un apoyo tan grande como este sobre este tema. ―apretó un poco sus labios― Lamento no poder corresponder tus sentimientos.
― No lo mencionéis. Yo soy quien se lamenta por haberse comportado de forma tan precipitada y haber perdido la compostura. Solo os deseo lo mejor a vos y a vuestro corazón.
― Gracias. ―dijo con una sonrisa pura y sincera― Tal vez no vaya a vivir a tu ciudad, pero te visitaré en algún momento.
― Y yo estaré encantado de recibiros con los brazos abiertos. Hasta entonces, ―inclinó la cabeza de forma cordial― os deseo lo mejor, señorita Loretta. ―volvió a ponerse recto.
Loretta tenía los ojos húmedos. Le había caído bien su nuevo amigo y le había dolido que los sentimientos de él saliesen malparados en una situación como aquella. Se apresuró hacia él y le dio un abrazo.
― Adiós, Davison.
Este se sintió algo sorprendido, a la vez que contrariado. Pero no pensó en ello, solo se dejó llevar y correspondió el abrazo de la joven.
― Adiós, Loretta.
De camino a la tienda, Loretta era incapaz de quitarse de la cabeza todo lo que habían hablado ella y Davison, o más bien, aquello que le había propuesto el propio rubio, confesarse. Hacía varios años que se había dado cuenta de que no veía a Kleyn de la misma forma en la que lo hacía antes. Durante un tiempo se había acostumbrado a quererlo a su manera, de forma secreta, así no habría momentos incómodos entre ambos. Fue así como la constancia se convirtió en algo natural para ella, tanto que, cuando se dio cuenta, tenía diecisiete años. Pero ahora que alguien le había hecho recordar que tenía algo guardado en su interior, algo que estaba a la espera de salir, sintió que su porte había flaqueado un poco.
Repasó la idea de confesarse en su cabeza, intentó imaginarse dónde sería, cómo lo haría y de qué forma se lo podría tomar Kleyn. Para su mala suerte, alguna vez había fantaseado con momentos como aquel y la inseguridad que le producía la situación en la que se encontraba con respecto a él, hacía que los escenarios nunca acabasen bien.
Intentó recapacitar y tener en cuenta las palabras que Davison le había dicho. ¿Acaso Kleyn seguiría presente en su vida porque quisiera estar cerca de ella? ¿De verdad la vería como una mujer adulta capaz de cuidarse por sí misma?
Tenía que ser sincera consigo misma, todo aquello le sabía a nuevo, porque nunca se había dado a esa clase de pensamientos. Y ahora que los repasaba en su cabeza, parecían cobrar más sentido del que ella habría esperado. Tal vez, solo tal vez, sus emociones tuvieran la oportunidad de ser correspondidas.
Antes de que se diera cuenta, había llegado a la panadería, se sorprendió a sí misma, porque ni se había dado cuenta hasta que había puesto un primer pie en el interior de la tienda. Del otro lado del mostrador la recibió su madre, quien le sonrió al verla.
― Hija, ya has vuelto. ¿Qué tal te ha ido?
― Bien. Al parecer hoy era el último día en el que los caballeros estarían aquí, partirán justo al mediodía. ―dejó la cesta encima del mostrador, la cual siempre llevaba consigo cuando salía a vender― Creo que no volveré a ver a Davison por un tiempo.
― Bueno hija, ya sabes, hay más peces en el mar.
Su hija torció el gesto en uno de vergüenza mezclado con un poco de desagrado.
― Mamá, no digas esas cosas. ―rezongó esta.
Oportuno, Kleyn sacó la cabeza por la puerta de la cocina al oír la voz de la joven.
― ¿Llegaste ya? ¿Hiciste algo divertido? ―preguntó curioso.
Al ver el rostro del forjador, a Loretta se le vinieron a la mente aquellas palabras que Davison le había dicho, ¿"se lo habéis dicho"? De pronto, notó que las mejillas le enrojecían, su boca se cerró un poco y una sensación de nerviosismo se apoderó de ella. ¿Qué demonios le pasaba?
― Eeeh, yo... ―balbuceaba. Sacudió la cabeza para despejar un poco sus pensamientos― Sí, me divertí. ―dijo de forma simple― Solo pasaba a buscar más pan para seguir vendiendo. ―señalaba a la cesta mientras se acercaba para tomarla― Bueno, tengo que irme, el pan no se vende solo. ―rio de forma torpe mientras se acercaba presurosa a la puerta― Adiós.
Lina y Kleyn se miraron el uno al otro. Aquello le resultó extraño al pelirrojo, sobre todo porque no había un solo pan en la cesta cuando Loretta se fue.
― ¿Qué le pasa a tu hija?
― Ay, Kleyn. ―suspiró ella― Tendrás milenios de vida, pero, para tu desgracia, eres igual que mi marido... tonto. ―Sí, eso es algo indiscutible.
Durante la noche, todos se sentaron juntos para cenar, como de costumbre. Aunque Loretta se encontraba algo distante de Kleyn. Este, un tanto inocente, pensó que a lo mejor se había enojado con él. Lejos estaba de saber que aquello era todo lo contrario a lo que la chica tenía en su cabeza.
Por su parte, Loretta se sentía impotente. Antes era capaz de mirar a Kleyn de forma sutil y serena, incluso un poco coqueta en alguna ocasión, pero ahora, cuando tenía las palabras de Davison frescas en su cabeza, no podía siquiera levantar la mirada de su plato. Ni siquiera pensaba en decirle nada al forjador. ¿De verdad los nervios podían con ella?
― Y bueno, hija, ―comenzó Lina para romper el silencio que había en la mesa― ¿qué hiciste con Davison en su último día?
― Bueno, pues... me enseñó a bailar mientras uno de sus compañeros tocaba la flauta. ―dijo sin levantar la mirada de su plato― Fue divertido.
Kleyn no dijo nada, solo miró a la chica, quien continuaba evitándolo. Tampoco hizo gesto alguno, pero en su interior sintió un poco de celos al oír aquello. Qué pasa, Romeo, ¿acaso el gato te comió la lengua?
― Oh, que bonito. ―expresó la mujer llevándose ambas manos a las mejillas, miró de reojo a Kleyn y este le devolvió la mirada, pero ni ella ni él se dijeron nada― ¿Y que más hicieron, hija? Porque no habrán estado bailando durante todo el día, ¿no?
― Luego lo llevé hasta el árbol que está fuera de Mathel y... hablamos. ―decía de forma tímida, ya que en su mente ella se acercaba al momento en el que se ponían a hablar de Kleyn.
― ¿De qué hablaron? ―insistió la madre.
― Pues, él... ―pausó un segundo― se me confesó.
De pronto, Kleyn comenzó a toser de forma violenta, se había atragantado con un poco de la comida.
― ¿Estás bien, Kleyn? ―preguntó Lina, apoyando su mano en el hombro del tipo, pero sus ojos mostraban una sonrisa sugerente y él sabía a lo que ella se refería con esa mirada.
― Sí, ―tosió otra vez― solo fue un poco de carne atorada.
La mujer le dio unas palmaditas en la espalda, eran casi burlonas y él lo sabía.
― Bueno, ¿y qué fue lo que le dijiste a Davison, hija?
― Mamá. ―protestó ella, algo sonrojada.
― ¿Qué?, ―se defendió levantando las manos― solo me intereso por mi hija.
Loretta dirigió una mirada fugaz al forjador, ahora era él quien centraba su atención en su plato. Luego, volvió la mirada hacia su madre. Carraspeó un poco la voz.
― Le dije que lo sentía, pero que no pensaba igual de él que él de mí.
― Oh, es una lástima, parecía un buen chico. ¿No opinas lo mismo, Kleyn?
― ¿Qué? ―dijo de golpe levantando la mirada y se fijó en que ahora, tanto la madre como su hija lo miraban― Pues... no sé, supongo. ―se encogió de hombros, buscando quitarse de encima ese par de miradas, pero sin querer cruzó la suya con la de la chica, y ambos se sorprendieron el uno al otro.
Ahora, tanto la chica como el forjador aludían los ojos del otro. Mientras que Lina los miraba a ambos de forma pícara.
― Saben, ―se puso de pie― creo que ya sé qué pueden hacer. ―dirigió su mirada al albino― ¿Kleyn, sabes bailar? ―Magnífica pregunta.
― Aaah... ―miró con sus ojos a ambos lados― sí, creo yo que sí.
― Perfecto, entonces, toma a mi hija y llévala a bailar en a algún lugar adecuado.
― Espera, ¿qué? ―Oh, esa fue buena.
― Mamá... ―protestó la chica.
― Lo ves, Kleyn. Ella se siente mal por todo lo sucedido con Davison. Llévala a bailar a algún sitio y hazla sentir mejor. Yo ya estoy mayor para esa clase de cosas.
― Mamá, no hace falta que....
― ¿Acaso no te gustaría? ―interrumpió antes de que ella intentara seguir.
Calló de golpe, recordó lo cerca que estaba de Davison cuando habían bailado a la mañana, sabía que, si hacía eso con Kleyn, tendría la oportunidad de vivir un recuerdo similar al de esta mañana, pero con un significado totalmente distinto. Pensó que, a lo mejor, su madre estaba intentando acercarla más a él. Estaba muy nerviosa.
― ¿Entonces? ―insistió su madre.
Loretta fue sacada de sus pensamientos de golpe.
― S-sí, me encantaría. ―respondió sin pensar, cuando se dio cuenta de lo que dijo y la situación en la que estaba, ya era demasiado tarde.
― Perfecto, entonces no hay más que hablar. ―tomó a Kleyn de la mano junto con su hija y los arrastró hasta dejarlos fuera de la puerta de entrada― Diviértanse y no vuelvan tarde. ―cerró la puerta, pero en un par de segundo volvió a abrirla― Y eso va por ti, Kleyn. ―le apuntó con su dedo, y luego volvió a meterse en su casa.
Ahora sí que la chica se sentía nerviosa, había accedido a pasar tiempo a solas con Kleyn, justo ahora que su mente era una maraña de pensamientos que no la dejaban en paz y la hacían sentirse rara. Y lo peor, era que esta vez parecía ser la única, porque, por algún motivo, Kleyn se mostraba sereno ahora. Joder, lo había visto ponerse un poco nervioso en la mesa, por qué estaría tan calmado ahora. ¿No va a hacer nada?
Mientras la chica se sumía en sus pensamientos, Kleyn había desenvainado una de sus espadas y con ella abrió un portal rojo en el cual se introdujo sin decir nada.
Loretta supuso, por la situación, que tendría que seguirlo, así que lo hizo. No sabía a dónde irían, pero sentía que debía seguir a Kleyn, a pesar de sentirse ansiosa, quería seguirlo y ver a donde iría a parar todo aquello.
Aparecieron en un despeñadero, uno que ella recordaba a pesar de los años en los que no había lo había visitado. Era el mismo al que la había llevado Kleyn cuando quiso ayudarle a superar lo de su padre. Aquella fue una noche que nunca olvidaría.
Se fijó en el muchacho, el cual se encontraba sentado en el borde del despeñadero, mirando al cielo nocturno, o más bien, a las estrellas que lo adornaban. No sabía que es lo que estaba ocurriendo con exactitud, pero supuso que lo mejor que podría hacer, sería sentarse junto a él, lo cual no le resultó fácil, pues aún le provocaba vértigo ver todos aquellos árboles desde tan alto. Hizo gran acoplo de su fuerza de voluntad y, al final, consiguió unírsele.
Sabía que ahora estaba a solas con él, los nervios tenían que estar comiéndosela viva, pero, su mente se estaba calmando, justo como la calma del lugar en el que se encontraba ahora. No había ruido alguno más que el del viento meciendo las hojas de los árboles, el césped y la llama sobre la cabeza del pelirrojo. Se preguntó si acaso ese lugar tenía alguna clase de magia o misterio que le ayudase a calmar sus emociones. Porque años atrás también lo había conseguido. La brisa era fresca y eso, creyó, debía ayudarla a enfriarse un poco y a centrarse, pero, también, le provocó un ligero temblor debido al frío. Notó como el brazo de Kleyn la rodeaba y se apoyaba en el césped, dejándola a ella entre su brazo y él. Comenzó a sentir el calor que el cuerpo de este estaba emitiendo, como la protegía del frío. Sin darse cuenta, enrojeció un poco, pero quiso dejarse llevar por el momento y con su brazo izquierdo rodeó el del tipo para hacerse con un poco más de su calor.
― Loretta. ―comenzó él para su sorpresa, pero no volteó a verla.
― ¿Sí, Kleyn? ―sonaba serena, había recuperado su compostura.
― ¿De verdad no sentías por Davison lo mismo que él sentía por ti?
Fue tomada por sorpresa, pensó que eso la haría flaquear y que se pondría nerviosa al tener que contestar a una pregunta como esa hecha justamente por él. Pero, al ver el rostro de Kleyn mientras mantenía su mirada fija en el cielo y que, a su vez, parecía hablar con seriedad e interés, simplemente no pudo dejarse llevar por los nervios. Estaba a punto de llevar una conversación sincera con él y, por sus formas, no parecía que este estuviese intentando jugar con ella ni nada por el estilo.
― Así es, realmente no siento lo mismo por él.
― Mmm. ―exclamó― Pensé que, a lo mejor, sí. Es decir, parecías estar divirtiéndote con él. Y por lo que nos decías, parecía ser un chico atento a ti. ―comentaba.
― ¿Hubieses querido que lo correspondiera? ―contraatacó.
Kleyn guardó silencio.
― Si eso te hiciera feliz, sí.
― ¿Y si fuera otro el que pudiera hacerme feliz?, ―bajó un poco más su mano por el brazo de Kleyn hasta apoyarla encima de la suya― y si te dijera quién es, ¿qué harías?
El tipo bajó la mirada de las estrellas y la posó sobre los ojos de la chica, la conversación había adquirido un nivel de seriedad más elevado que antes y este sentía que tenía que ser igual de serio.
― Te apoyaría y te diría que lucharas por estar con él. ―aseguró, muy serio.
― Sí, pero, ¿y si ese alguien estuviese justo delante de mí? Entonces, ¿qué dirías? ―tragó saliva, aunque no lo pareciera, le había costado horrores formular esa pregunta.
― Pues, te preguntaría por qué elegir alguien como él, alguien tan viejo como ese hombre, cuando podrías estar con alguien de tu edad, con alguien que no vive en un mundo diferente al tuyo, alguien normal.
― En ese caso, yo te contestaría que, para mí, ese hombre me dio todo lo que siempre quise: alguien que esté conmigo para hacerme reír, para que me ayude a levantarme cuando me caiga, para que me anime a ser más fuerte que antes y que sea capaz de levantarme yo sola la próxima vez. ―entrelazó sus dedos con los de él― Y te contestaría que nunca me importó lo viejo que ese hombre fuese, ni lo distinto que su mundo fuese en comparación con el mío, porque yo sabía que nunca encontraría a alguien como él, alguien que se preocupara tanto por mí y que fuera capaz de hacerme feliz con tan solo darme los buenos días. ―sintió como lo dedos de él también se aferraban a los suyos.
― Entonces, ¿querrías compartir tus sentimientos con alguien como él? ―la distancia entre los dos se había acortado.
― Claro que querría. ―aseguró agitando la cabeza, decidida a soltarlo de una vez y ser directa― Kleyn, yo...― quiso hablar, pero fue interrumpida.
Los labios de Kleyn le habían robado el aliento, juntándose con los suyos, impidiéndole decir nada, forzándola a respirar por la nariz a través de una inhalación profunda y prolongada que llenó su pecho. Sintió el calor, el fuego que recorría la piel de ese hombre, el sabor ardiente de ese beso sorpresa. Se perdió en él, cerró sus ojos y se dejó llevar por el torrente de emociones que se desataba en su mente y en su corazón. Toda duda se había esfumado, todo nervio había sido apartado. Ahora solo quedaba una sensación de plenitud al saber que sus emociones habían sido aceptadas, que sus sentimientos eran correspondidos. Aquella noche quedaría grabada en su memoria como el momento en el que su corazón podría compartir todo aquello que, durante varios años, había ido guardando.
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