T'estimo
Una noche más, Aitana era incapaz de conciliar el sueño. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba mirando a Nerea dormir en la cama de al lado. La rubia tenía el semblante sereno y la boca entreabierta dejando ver esos dientes de los que todas se burlaban, pero que a la morena le encantaban. Sonrió dándose la vuelta para quedar boca abajo y seguir observándola desde esa postura.
¿Que cómo había llegado a esa situación? Pues por la decisión más irracional que había tomado en su vida: presentarse a las pruebas para entrar en el ejército. Había sido una estupidez y se arrepentía cada día a todas horas. A todas horas... menos en esos momentos, cuando podía disfrutar de la otra chica sin tener que cumplir órdenes. Alguien como Aitana debería estar en alguna universidad estudiando una carrera que aumentara el prestigio de su familia. Sin embargo, ahí estaba, en el Cuartel del Bruch por un arrebato.
Decidiendo que ya era suficiente vigilia, se levantó. Al día siguiente, tendrían el primer simulacro de examen. No era nada oficial, pero si ya era patosa de por sí, no se quería imaginar cómo sería sin dormir absolutamente nada. Por tanto, se agachó frente a la única cama en la que había descubierto que podía dormir sin problema y, lo más importante, sin pesadillas.
-Nerea.- Susurró, rezando para que ninguna de sus otras compañeras se despertaran. Llevó una mano a la cara de la rubia y acarició la mejilla que quedaba al descubierto al estar de lado.- Nerea.- Volvió a llamar. Esa vez sí, los ojos de la susodicha se abrieron, pero frunciendo el ceño.
-¿Otra vez, Aitana? ¿No tienes mejores cosas que hacer que despertarme todas las putas noches?- Susurró enfadada.
-Jo, Nerea, no me hables así. Es que estoy nerviosa por lo de mañana.- Mintió, la prueba le daba absolutamente igual.- Además, ya sabes que me gusta dormir con alguien mayor que yo.
-Aitana.- Comenzó a hablar la rubia incorporándose para quedar sentada.- Literalmente, todas aquí son mayores que tú. Es más, yo soy la más pequeña después de ti. ¿Por qué no te vas a dormir con otra?- La morena no le dio una respuesta verbal. Se limitó a mirarla fijamente con aquellos ojos tan expresivos que brillaban con la poca luz de la luna que se colaba entre las ventanas. Nerea resopló, viéndose derrotada una vez más, y volvió a tumbarse dándole la espalda a Aitana.
-¡Bien!- Exclamó la pequeña metiéndose entre las sábanas.
-Em tens fins als collons.- Dijo provocando una pequeña carcajada por parte de Aitana.
-Jo t'estimo molt.- Respondió dejando un beso sobre su hombro.
-Si quieres quedarte, deja de hacer gilipolleces.
-Vale, vale.- Aceptó pasando un brazo por la cintura de la otra chica.
-Aitana.
-¡Pero si siempre te abrazo!- Se justificó afianzando más su agarre.
-Mira, está bien. Abrázame y duerme, pero cállate la puta boca ya, porque las vas a despertar a todas y se nos va a caer el pelo.- Contenta con esa respuesta, la morena cerró los ojos sin borrar la sonrisa de su cara.
Nerea caía mal a todo el mundo menos a Aitana, cosa que no era difícil, pues su carácter dejaba mucho que desear. En cambio, la morena sabía que esa no era su verdadera forma de ser, porque la otra chica había sido su mejor amiga desde que coincidieron en el coro municipal con trece años. Por cosas del destino, la vida de Nerea se quedó patas arriba con el asesinato de sus padres, que fueron víctimas del atentado sucedido en Las Ramblas. Desde ese momento, Aitana no volvió a verla siendo amable, en su boca no volvió a formarse una sonrisa y, sobre todo, no volvió a dar muestras de cariño por nadie. Ni siquiera la vio llorar en el entierro, ni horas más tarde cuando, en su habitación, juró que se vengaría entrando al ejército y especializándose en casos de terrorismo.
Su antipática forma de ser, acompañada de su mayor complejo y su escasa estatura la hicieron un blanco fácil cuando entró al cuartel. Pero las burlas solo sirvieron para que la coraza de Nerea se hiciera casi indestructible e inhumana. Su afán por mejorar y superarse se convirtió en algo enfermizo. Se volvió más solitaria aún y alejó a todas quienes querían entablar una amistad con ella. Incluso hizo todo lo posible para alejar a Aitana, cosa que no consiguió, porque la morena tenía un motivo de peso para quedarse a su lado.
A la mañana siguiente, la trompeta sonó por el megáfono de la habitación haciendo que todas las reclutas saltaran de sus camas y se pusieran en formación con la mano en la frente. Aitana tuvo que ser mucho más rápida que sus compañeras para que no la pillaran saliendo de la cama de otra persona.
-¡Aspirantes!- Gritó la comandante Naranjo paseándose entre las nombradas.- ¿Estáis preparadas para la prueba de hoy?
-¡Señora, sí, señora!- Gritaron todas al unísono. Aitana no pudo evitar girar su cabeza unos centímetros para observar a Nerea. Estaba tan seria y decidida... Aún no sabía qué hacían ahí ninguna de las dos.
-Quiero las camas hechas y a ustedes aseadas en diez minutos. El desayuno os espera antes de salir al circuito.- Hizo el mismo recorrido de vuelta hasta la puerta.- ¡Descansen!- Exclamó al salir. Un murmullo generalizado se estableció en la habitación mientras todas comenzaban a hacer sus camas.
-He pasado muy buena noche.- Informó Aitana estirando las sábanas que casi no había utilizado.
-Ya, pues yo no.- Respondió Nerea con toda su concentración puesta en arreglar el lío de telas que habían hecho entre ambas.
-No seas así... Sé de sobra que no duermes mal cuando te abrazo.- Esbozó una sonrisa ladeada con el fin de que la rubia se uniera a su ambiente distendido, pero lo único que consiguió por su parte fue una mirada fría sin un ápice de diversión.
Ante eso, Aitana optó por callarse y seguir con su tarea. Una vez terminó, recogió su ropa de diario y caminó a los vestuarios, donde ya estaban varias de sus compañeras. Al verla entrar, todas las conversaciones cesaron, lo cual le extrañó. Entonces, la pequeña figura de Nerea pasó por su lado bufando y se metió en el último cubículo. Ya lo entendía todo.
-Buah, Aitana. Estoy súper nerviosa.- Le dijo Amaia, una pamplonica de su misma edad, cuando todo el mundo volvió a hablar.
-Anda, calla. Si a ti ayer te salía genial el circuito.- Contestó antes de quitarse el camisón para poder vestirse.
-Ya, buah, si tienes razón.
-Yo tendré suerte si consigo trepar el muro entero.- Dijo haciendo referencia al primer ejercicio, que siempre se le atragantaba.
-Pues sí, porque eres muy patosa. Buah, lo siento, qué horror, pero es que es la verdad.- Se justificó Amaia, ya vestida, comenzando a peinarse frente al espejo.
-Lo sé, Amaia, tranquila. No hace falta que te disculpes.- Siguió los pasos de su amiga y cogió el cepillo que llevaba su nombre.
-¿Y por qué has entrado si se te da tan mal todo?- En ese momento, un portazo sonó al fondo de la estancia. A través del espejo, mientras se hacía la coleta, pudo ver cómo Nerea cruzaba los vestuarios ya preparada. La camiseta de tirantes negra y esos pantalones anchos de camuflaje le quedaban...- ¿Eh, Aitana?- Apremió Amaia al ver que la otra chica no contestaba.
-Pues, sinceramente, por enchufe y por capricho. Mi padre es alguien bastante importante aquí dentro y, cuando le dije que quería hacer las pruebas, consiguió colarme sin hacer el examen físico.- Apretó la coleta alta que acababa de hacerse y se encogió de hombros.- Total, sabe que no voy a pasarlas igualmente. ¿Vamos a desayunar?
-¿Qué?- Preguntó Amaia despertando de su ensoñación. Aitana siguió su mirada para encontrarse con... Miriam Rodríguez en sujetador, cómo no. Ni siquiera le había prestado atención al motivo por el que había entrado al cuartel.
-Que si vamos a desayunar.
-Ah, sí, sí, claro.- Respondió rápidamente comenzando a caminar.
Se dirigieron hacia el comedor, donde las mesas estaban perfectamente dispuestas y preparadas con el desayuno del día. Este consistía en pa amb tomaca y un vaso de leche. Generalmente había más variedad y cantidad, pero no era recomendable llenarse mucho si iban a hacer ejercicio justo a continuación. Amaia y Aitana se separaron. La primera fue a la mesa que solía compartir con otras cinco reclutas, mientras que la segunda fue a su sitio de siempre: junto a Nerea.
-¡Hola!- Saludó sentándose a su lado.
-Hola.- Correspondió con desgana. Ni siquiera levantó la vista de su plato, en el que ya casi no quedaba nada.
-Estás muy guapa hoy.- Elogió con una sonrisa enorme.
-Cállate, Aitana.- Levantó la cabeza justo a tiempo para ver cómo la sonrisa de la morena se borraba de golpe.- ¿Por qué no te vas con Amaia?
-Me gusta comer contigo.- Contestó sin más antes de darle el primer mordisco a su tostada.- ¿Estás nerviosa?- Nerea negó con la cabeza.- Ya, bueno, la verdad es que te lo has preparado muy bien. Has mejorado muchísimo.- La rubia metió el último trozo de comida en su boca y cogió su bandeja para irse de allí.
Aitana se quedó mirando cómo Nerea posaba la bandeja en el carrito antes de salir de la estancia pasando desapercibida. Suspiró cuando la puerta volvió a cerrarse y bajó la mirada a su plato. Ya ni siquiera tenía hambre. Miró el hueco que había dejado la otra chica a su lado y se obligó a sí misma a beberse la leche al menos.
-Solo quiero que nos vayamos de aquí.- Murmuró para sí misma. La mesa era la más apartada de todo el lugar, por lo que nadie la oiría hablando sola a un volumen tan bajo.- Vámonos.- Pidió como si Nerea siguiera allí.- Vámonos a estudiar juntas en la universidad. Ese es nuestro lugar de verdad.- Miró hacia arriba para evitar que salieran las lágrimas que se habían acumulado en las cuencas de sus ojos. Se levantó y fue a dejar su bandeja en el mismo sitio donde Nerea la había posado.
Salió de allí, no con la misma invisibilidad que su compañera, pues tuvo que saludar a cuatro de las treinta aspirantes de su año, que la vieron irse. Se dirigió hacia los aseos y se lavó los dientes para quitarse el sabor de la leche. Cuando el espejo le devolvió su reflejo, estuvo a punto de volver a romperse. ¿Qué hacía ella allí? Nunca podría superar las pruebas para entrar al ejército y, viendo su determinación, la rubia sí. Ya no podría acompañarla una vez superara la fase de admisión y eso era lo que había ido a hacer allí. Por eso, se quedaba sin tiempo para convencerla de la locura que todo aquello suponía.
Alejando esos pensamientos de su cabeza, Aitana salió prácticamente corriendo del baño para evitar cruzarse con cualquiera. Fue al campo en donde estaba el circuito y sonrió inconscientemente al encontrarse a Nerea de espaldas a ella. Cuando llegó a su altura, la rubia ni se inmutó, continuaba estudiando las distintas pruebas recordando todo lo que había hecho el día anterior, cuando no había fallado en ninguna.
-¿Qué?- Preguntó molesta al ver que la morena no le quitaba la vista de encima.
-Nada.- Se acercó a ella e intentó abrazarla, pero Nerea fue más rápida y se lo impidió poniendo las manos en sus hombros.
-Aitana, para. Te lo he dicho mil veces: no me abraces, no me des besos, no me hables. Déjame en paz.- Espetó con dureza.
-Pero sé que te gusta...
-No.- Respondió extrañamente calmada.- Ya no.- Se giró para mirarla de frente.- Bastante hago que dejo que duermas conmigo la mayor parte de las noches. Soporto con desgana que me abraces al dormir, pero de ahí ya no pasa.- Aitana quiso responderle, pero el resto de sus compañeras acababan de cruzar la puerta acompañadas del instructor Guix.
-¡Formen filas!- Exclamó. Con pasos rítmicos, las treinta aspirantes hicieron dos filas y se cuadraron mirando al frente. Aitana, de nuevo sin poder evitarlo, miró de reojo a Nerea. Estaba claro que ni siquiera tenía la disciplina para estar allí.- ¡Ocaña!- Se sobresaltó.- ¿Sabe usted lo que es mirar al frente?
-¡Señor, sí, señor!- Respondió haciendo lo que se le pedía utilizando toda su fuerza de voluntad.
-Que no la vuelva a ver con el ojo torcido o le esperan treinta vueltas al campo de fútbol.- Aitana tragó saliva pesadamente al escucharlo.- ¡Está bien, comencemos con el simulacro! ¡Abouk!- La susodicha caminó hacia el inicio del recorrido y comenzó a hacerlo con el sonido del silbato. Lamentablemente, la prueba terminaba en el momento en que se producía una caída e Hiba tropezó con una de las ruedas entre las que tenía que saltar.- ¡Bravo!
-¡Bravo, Bravo! ¡Olé!- Aplaudió Amaia ante la mirada desconcertada de Mireya, que ya estaba yendo a colocarse. La mayoría de las aspirantes no pudieron contener la risa ante semejante situación. Sin embargo, Nerea seguía bien firme mirando al frente y sin inmutarse.
-¡Romero! ¿Se ha levantado graciosa hoy?- Amaia, al darse cuenta de que era la única que aplaudía, supo que la había cagado.
-Señor, no, señor. Creí que estaba celebrando el avance de Abouk.- El instructor se llevó una mano a la frente y suspiró dándose por vencido. Se giró a mirar a la siguiente recluta que ya estaba en posición.
-Pero, ¡Bravo! ¿Qué demonios hace con cuñas?
-Es que con planos no sé caminar, ¿sabe usted?- Guix negó con la cabeza sin entender cómo habían dejado entrar en el cuartel a semejantes personajes .- Ya verá, ya. Le voy a clavar todo el circuito.
En efecto, Mireya completó el recorrido más ágilmente que Hiba y, lo que era más importante, hasta el final. Los turnos de las diferentes aspirantes fueron llegando poco a poco hasta que le tocó a Aitana.
-¡Ocaña!- La morena, con la inseguridad por bandera, se desplazó hasta el punto de partida.
Se arrepintió una vez más de haber cometido la locura de meterse allí cuando el silbato sonó. Corrió lo mejor que pudo, lo cual era bastante lento, hasta el muro y cogió la cuerda. Intentó impulsarse con las piernas pero, como siempre, no conseguía avanzar. Poco a poco y entre muchos resbalones, llegó arriba. Pasó su pierna hacia el otro lado del muro y se quedó sentada durante unos segundos. Cuando se decidió a pasar su cuerpo al otro lado, trastabilló y cayó.
-¡Aaaaah!- Su grito se cortó cuando llegó al suelo.
-¡Aitana!- Gritaron algunas de sus compañeras.
-Ay...- Se quejó al intentar girarse. Nerea no abrió la boca, pero tragó saliva preocupada, a pesar de que intentaba encerrar el sentimiento en la caja negra que tenía por corazón.
-¡Ocaña, levántese! ¡Demuestre por qué quiere estar en el ejército!
-Pero si es que no quiero.- Gimoteó adolorida lo suficientemente bajo para que nadie la escuchara. Se puso de pie y cojeó de vuelta al pelotón.
El instructor llamó a la siguiente aspirante, olvidándose ya de la caída. Cuando Aitana se colocó en su posición, Nerea y ella se miraron. La morena sonrió, a pesar de que su cadera seguía doliéndole, y la otra chica volvió a girarse. Al fin y al cabo, si sonreía no estaba tan mal. Unas cuantas reclutas más realizaron el recorrido hasta que, por fin, le tocó a Nerea.
-¡Rodríguez!- Miriam acababa de unirse a sus compañeras tras superar la prueba completa, por lo que la rubia sabía que había llegado su momento. Cuando se colocó en el punto de inicio, el instructor miró el papel que tenía en sus manos con el ceño fruncido.- ¿No eres un poco bajita para estar aquí?
-Señor, tengo otras cualidades, señor.- Respondió armándose de paciencia. El instructor soltó una risa con la cual pretendía burlarse de ella y tocó el silbato aún sabiendo que estaba sentenciada.
Nerea echó a correr hacia el primer ejercicio. Agarró la cuerda y trepó por el muro con tal facilidad que parecía tener ventosas en las suelas. Bajó de un salto y cayó de pie y sin desestabilizarse. Continuó corriendo hacia las vallas hechas con troncos de madera que, en vez de sortear de frente, saltó apoyando sus manos en ellas y pasando los pies por el lado contrario. Iba balanceándose como el péndulo de un reloj, de tal forma que sus pies iban cada vez por un lado distinto. Había descubierto durante las prácticas que así, además de ahorrar tiempo, se le hacía menos difícil superarlas.
Pasó al tercer obstáculo, la red que estaba dispuesta en vertical con bastante altura y que, además, se tambaleaba. Subió hasta la cima y tocó la campana, emplazada ahí para que todas justificaran que habían llegado, ya que los árboles impedían una buena visión desde abajo. Bajó por el otro lado, con cuidado de no enredarse como le había pasado en una ocasión y saltó cuando estuvo lo suficientemente cerca del suelo.
Siguió corriendo hacia la penúltima prueba: las ruedas en las que había fallado un buen número de sus compañeras. Comenzó a saltar entre ellas llevándose las rodillas al pecho. El skipping de Nerea tenía una ejecución perfecta. Algo bueno tenía que tener ser de piernas cortas y delgadas. Salió ilesa de aquel lío de agujeros para ir a su talón de Aquiles: la escalera horizontal. El día anterior, en la última oportunidad que había tenido para practicar, se dio cuenta de que coger carrerilla era mejor opción que saltar justo debajo. Por eso, según se acercaba, aceleró el ritmo y, al llegar, tomó impulso para agarrarse a una de las barras. Sin embargo, ya fuera porque no saltó lo suficiente o porque su piel estaba sudada por todo el ejercicio hecho, su mano resbaló por la madera haciéndole caer al charco de barro que había bajo la estructura.
Apretó la mandíbula y pegó un puñetazo en el suelo, con lo que también manchó su camiseta y salpicó ligeramente su cara. Se levantó con el pantalón empapado y caminó como si no hubiera pasado nada. Tampoco era el fin del mundo haber fallado en el último ejercicio, pero se sentía muy descontenta consigo misma.
-¡Romero!- Llamó el instructor cuando Nerea se colocó en su sitio.
-Ha estado muy bien, Nere.- Elogió Aitana una vez que el silbato sonó y la atención de Guix se centró en Amaia.
-No me llames así.- Respondió en bajo y con la cabeza mirando al frente.
-Ha estado muy bien, Nerea.- Lo intentó sin usar el diminutivo. Cuando la susodicha movió por fin la cabeza para mirarla, Aitana le guiñó un ojo sonriendo. Por un momento, creyó que la rubia le sonreiría de vuelta, pero simplemente se limitó a volver a su postura inicial. La más pequeña suspiró y volvió a cuadrarse.
Después de que las tres mujeres que quedaban hicieran su prueba, el instructor Guix comenzó a pasearse por delante del pelotón. Golpeaba con el boli el portafolios donde había estado tomando sus notas mientras emitía gruñidos extraños. Por fin, se paró frente a ellas y comenzó a hablar.
-Bueno, aspirantes, esto solo ha sido una prueba y todo depende de lo que hagan el día del examen, pero...- Volvió a mirar el folio y torció la boca.- Creo que pasaríais todas menos Rodríguez. Nerea Rodríguez.- Especificó al ver que había dos reclutas con el mismo apellido.
-¿Perdón?- Soltó la aludida, incrédula.
-¿Algún problema?
-Uno, sí.- Respondió intentando ser correcta, pues se trataba de un superior.- Muchas de mis compañeras ni siquiera han llegado tan lejos como yo. ¡Aitana ni siquiera superó el muro! ¿Por qué yo no pasaría el examen?
-Es una cuestión de estatura, Rodríguez.
-¡Por Dios!- Exclamó exasperada antes de pedir perdón con la mano y seguir hablando.- Aitana solo mide dos centímetros más que yo.
-Efectivamente. Ocaña mide 1'60, el cual es el mínimo para entrar en el ejército. ¿Algo más o tengo que castigarla por sus insolencias?
-¿En serio prima más un maldito mínimo de altura que las capacidades de cada una?- Nerea fruncía el ceño cada vez más y parecía querer atacar al instructor. Todas las demás reclutas miraban al suelo, queriendo desentenderse de la situación por miedo a que un posible castigo pudiera salpicarlas a ellas también.
-¡Rodríguez, es mi último aviso! ¡Una tontería más y la tendré todo el día haciendo flexiones!- Nerea amagó con volver a contestar, pero alguien tiró de su brazo haciendo que se girara. Guix aprovechó el momento para escabullirse y dejar solas a las aspirantes, que se fueron dispersando.
-¿Se puede saber qué coño haces?- Preguntó la rubia sacudiéndose el brazo para que Aitana la soltara. Esto no sucedió, sino que el agarre se afianzó y la morena tiró de la otra para llevarla a un lugar más apartado.- ¡Aitana, que qué haces! ¡Suéltame!- Y lo hizo. Cuando llegaron a la zona del campo que la fachada del cuartel cubría, Aitana soltó a Nerea de mala manera y la miró con enfado por primera vez en mucho tiempo.
-¿Por qué eres así?- Preguntó cruzándose de brazos.- ¿Por qué no puedes volver a ser amable? Sabes de sobra que no les gustaría...
-¡Cállate!- Ordenó interrumpiéndola.- Cállate y no me hables de nada de eso.- Aitana subió sus manos, fingiendo darse por vencida, pero volvió a la carga.
-Perfecto. Mejor hablemos de por qué me has puesto por ejemplo. Aitana esto, Aitana lo otro. Parece que quieres que me vaya de aquí.
-¡Es que es lo que quiero! Solo estás por enchufe, no sirves para esto. Es que, ¿por qué has venido?
-Por ti.- Respondió con total naturalidad.
-¿Por mí? ¿Por qué? Yo no te he pedido nada.- Dijo con dureza.
-¡Ya lo sé, joder!- Estalló Aitana con desesperación.- ¡Tú no me has pedido nada porque lo único que quieres es que te deje en paz!- Inspiró antes de volver a hablar un poco más calmada.- Es más, es lo único que me has pedido. Y también que me calle. A todas horas me lo pides. Me dices que me calle porque no quieres que te dé muestras de cariño. ¿Y sabes por qué?
-Cállate.
-No. ¿Sabes por qué no quieres que te dé muestras de cariño?- Repitió.- Porque si lo hago vas a romperte y no quieres parecer vulnerable.- Le dijo leyéndola a la perfección.- Pero, es que, ¿sabes qué pasa? Que, aunque no me lo pidas, voy a estar siempre contigo, porque estoy esperando el momento en que eso pase y vuelvas a ser tú.- Se secó una pequeña lágrima que se le había escapado.- Y, si he venido, es porque no quería dejarte sola en esto. Fue una puta locura, pero no podía darte por perdida tan pronto. Vine porque te quiero. No, joder, vine porque te amo.
-¿Qué?- Aitana negó con la cabeza poniendo la sonrisa más falsa que pudo.
-Nada, Nerea. Nada.
-No quiero que estés aquí.- Comenzó a hablar apoyándose en la pared. Resbaló por ella y se dejó caer hasta quedarse sentada en el suelo.
-¡Qué sorpresa!- Ironizó la morena.
-Déjame acabar.- Pidió.- Sabes perfectamente por qué entré aquí.
-Un plan suicida, si quieres mi opinión.
-No te la he pedido, Aitana.- La nombrada rodó los ojos y bajó la vista al suelo. Y ella que pensaba que su Nerea había vuelto...- Entré aquí porque quería evitar que otras personas pasaran por... eso. Y también porque quería protegerte a ti.- La más pequeña levantó la cabeza y la miró con el ceño fruncido.- No me mires así, eras el último ser querido que me quedaba.
-¿Era?- Preguntó apenada.
-Eres.- Confesó levantando ligeramente la comisura de sus labios.
-¿Acabas de...?- Sacudió su cabeza.- ¿Has sonreído?
-¿Qué? ¡No!- Volvió a su faceta introvertida y gruñona.- No quiero que estés aquí porque quiero protegerte y dentro del ejército corres aún más peligro que fuera.- Resumió quitándose la primera coraza. Aitana suspiró y se sentó al lado de Nerea, apoyando también su espalda en la pared.
-Rubia tonta...- Estiró la mano para acariciar su mejilla.- ¿No te das cuenta de que es imposible que nos cojan? Ni a ti, ni a mí, pero ya no solo por la altura. Hay que tener fuerza y resistencia, Nerea. Tienes que estar dispuesta a todo. Para entrar aquí, tienes que tener vocación.- Explicó, basándose en las anécdotas que su padre siempre le contaba.- No vale con tener sed de venganza.- Posó una mano sobre la pierna de Nerea y acarició ligeramente su muslo, intentando prepararla para lo que iba a decir a continuación.- Eso no hará que vuelvan.
-Cállate.- Tragó saliva con dificultad.- Te dije que no me hablaras de eso.
-No puedes ignorarlo para siempre, Nere.- La mandó callar antes de que le riñera por usar aquel apodo.- Llevas tragándote todo lo que sientes desde que pasó. No volviste a llorar, ni a sonreír, ni a hablarle bien a nadie... Eres humana, aunque te esfuerces por no serlo.
-Lo que tú digas.- Dijo mirando a un punto fijo del horizonte y apartando la mano de la otra chica de su pierna. Sentía cómo todas sus barreras se desmoronaban poco a poco, pero no quería. Antes amaba la conexión que tenía con su amiga. En aquellos momentos, odiaba que pudiera descifrarla tan bien.
-No es malo tener miedo.
-Yo no tengo miedo.- Aseguró.
-Desde que estamos aquí, tengo miedo de que nos obliguen a quedarnos y no podamos irnos nunca.- Contó ignorando la mentira de Nerea.- Cuando duermo sola, tengo pesadillas sobre la cantidad de cosas que tendríamos que hacer al entrar al ejército. Por eso, intento dormir contigo todas las noches posibles.- Cogió la mano de la rubia, rezando para que no la apartara y no lo hizo.- A tu lado todo está bien, me transmites paz y ni siquiera pienso en las cosas que pueden ir mal al día siguiente.- Nerea levantó la mirada, haciendo que sus ojos conectaran con los pardos de Aitana. Esta última sonrió ligeramente, viendo cómo su amiga debatía mentalmente si sería una buena idea dejarse llevar.- Bueno, ese es mi miedo. ¿Me dices cuál es el tuyo?
-Ya te he dicho que no tengo.- Aitana suspiró audiblemente.
-Las dos sabemos cuál es tu miedo, Nere. Podría decirlo yo, pero no serviría de nada. Estoy intentando que te abras, que dejes salir todo lo que llevas dentro. Dime lo que piensas y lo que sientes, no te lo guardes todo para ti cuando podemos llevarlo entre las dos.- Pidió, consiguiendo que la rubia asintiera, aún dudando si era lo correcto.- ¿Cuál es tu miedo?- Preguntó otra vez.
-Perder a los seres queridos que me quedan igual que perdí a mis padres.- Verbalizó su mayor temor, pero no consiguió sentirse mejor. No tuvo la sensación de quitarse un peso de encima. Al contrario, notó cómo su pecho se oprimía y miró a Aitana, un tanto asustada. Sin embargo, su amiga continuó sonriendo mientras le acariciaba la mano con el pulgar.
-Desahógate.- Pidió sabiendo que Nerea estaba comenzando a sentir todo lo que se había esforzado por opacar.
-No.- Negó con la cabeza rápidamente.- No puedo.
-Sí que puedes.- Animó.- Deja de pensar que es malo ser sincera con tus sentimientos.- Aitana se derritió al ver en la mirada de Nerea a la niña temerosa con la que coincidió el primer día de coro.- Solo estamos tú y yo. No pasa nada por decir lo que sientes, ni por mostrarlo. Aunque lo pienses, eso no te hace vulnerable.
La rubia se mantuvo impasible y Aitana se dio por vencida. Se había quedado sin formas de decirle que volver a ser ella misma no era algo malo. Al ver que seguía sin abrir la boca, soltó su mano y frotó sus propias piernas como acto reflejo.
-Bueno... Me ha gustado hablar contigo.- Dijo a modo de despedida. Entonces, cuando hizo el amago de levantarse, Nerea pasó una pierna por encima de las suyas quedándose a horcajadas. Antes de que la más pequeña pudiera procesar todo aquello, la rubia cogió sus mejillas y la besó. No fue solo un pico, sino varios besos seguidos con los que ambas, en secreto, habían estado soñando muchísimo tiempo.- ¿Qué...?
-Jo també t'estimo.- Susurró a modo de explicación antes de abrazarla con fuerza. Aitana, aún sin poder comprender lo que pasaba, sostuvo a la otra por la cintura y dejó un beso en su cabeza.
-Dios, Nerea... Te echaba muchísimo de menos.
-Y yo a ti.- Confesó sonriendo y comenzando a llorar en silencio.
-Eso es, - Apremió sintiendo cómo sollozaba en su hombro.- desahógate. No pasa nada por llorar.
-No quiero que te vayas como ellos. Me los quitaron de repente y no estaba preparada. Yo no quiero que eso te pase a ti.
-Eso nunca se sabe, pero no solucionas nada alejándonos a todos. Sabes que mis padres estaban encantados con que te quedaras a vivir con nosotros. No estabas sola.
-Lo sé, lo sé...- Se lamentó llorando aún más.- Pero era más fácil para mí estarlo, tía.- Aitana sonrió apretando aún más el cuerpo de Nerea contra el suyo. Hacía tanto que no se dirigía a ella sin ánimo de atacar... Nerea, aún llorando, se separó del abrazo para poder mirar a la morena mientras hablaba.- Creía que si no sentía cariño por nadie, ya no me dolería ninguna pérdida más.- Aitana seguía sonriendo, cosa que a la rubia llegó a darle miedo. No paraba de contarle penas, no había motivos para sonreír. Lo que ella no sabía era que la morena había estado esperando aquel momento desde que entraron en el Bruch.
-¿Y te funcionó?- Preguntó mientras pasaba sus pulgares por las mejillas de Nerea para secar sus lágrimas. Esta sonrió hipando por el fin del llanto y negó con la cabeza.
-No mucho.
-¿Eso quiere decir que vas a dejarte de gilipolleces?
-Joder, Aitana.- Chasqueó la lengua, pero volvió a sonreír ante la mirada divertida de su amiga.- Sí, xiqueta. Ya no voy a intentar apartarte. ¿Contenta?
-No.- Nerea alzó una ceja.- Dame otro beso.
-Eres muy tonta.- Respondió casi sobre sus labios. Le dio un pico y se separó dejando una sonrisa en los rostros de ambas.- ¿Contenta? -Repitió.
-No.
-Dios mío, qué pesada.- Dijo con dramatismo. Se dejó caer hacia delante y posó la frente en el hombro de la otra chica.- ¿Qué quieres ahora?
-Que nos olvidemos de esta locura. Vámonos a casa. Cuando abran las matrículas para la universidad, echaremos la solicitud: tú para teatro musical y yo para bellas artes.- Nerea levantó la cabeza y la miró sin estar convencida.- ¿Qué me dices?
-No sé, Aitana...
-¿Qué te preocupa?
-Todo. Es empezar de cero una vez más...- La morena resopló.
-Vas a tener que hacerlo igualmente. Olvídate ya de entrar al ejército, Nerea. Guix te ha dicho que no llegas a la altura mínima.
-¡Pero es que no lo entiendo! Soy mejor que muchas que sí son altas.
-¡Nerea!- Exclamó Aitana indignada.- ¿Puedes centrarte ya?
-Vale...- Respondió alargando la primera vocal.
-Entonces...
-Que sí, que sí, coño.- La miró y la falsa irritación fue sustituida por una sonrisa.- Que me voy contigo.- Puso una mano en el cuello de la más pequeña y selló la conversación con un beso más.
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