𝐜 𝐚 𝐩 𝐢 𝐭 𝐮 𝐥 𝐨 - ú 𝐧 𝐢 𝐜 𝐨





𝑺𝑰𝑪𝑶





Se siente la presión de un año entero.


Actualmente me dedico a buscar la cura para su variante, la cual hace que el virus sea altamente letal. El gobierno la llamó "variante SICO", la cual afecta a nivel neuronal y crea un desequilibrio mental en la gente. CORPO es nuestro virus principal. La poca información que se maneja del virus se mantiene oculta, por órdenes directas del presidente, el resto de nuestra capital desconoce esto.


Mi nombre es Bell, soy científica. No sé dónde me encuentro, nos han dicho que es una medida de seguridad el desconocer nuestra ubicación pero, no imagino la razón. Corre el rumor de que nuestras instalaciones están dentro de una fábrica.


Pienso más en la cura, ¿saben?


Han pasado meses y todavía no tenemos avances significativos. No sabemos de dónde vino este virus ni menos sabemos de dónde salió la variante. No nos pasaron mucha información y eso hace que el trabajo sea más complicado. Para remate nuestro Gobierno exige semana a semana que intensifiquemos y apresuremos la actividad.


De solo pensar en el quehacer mi cuerpo se tensa.


Afortunadamente el trabajo se hace menos duro con la calidez de mis ayudantes. Constantes elogios y bromas casuales suben el ánimo del ambiente. Nos tratamos bien, y más siendo un número reducido de trabajadores.


Nos conocemos entre todos, e incluso tengo un amigo cercano.


Hubo una ocasión en la que todos nos reunimos para pedir que nos dejaran salir. Pocos recordaban el exterior, llevábamos más de un año estudiando y experimentando sin parar. El alto mando acogió ese anhelo colectivo y después de unos días cumplieron nuestro deseo.


Contemplamos el exterior y este era gris. Una vista increíble del deterioro de una ciudad -nuestra capital-.


En el fondo no quería admitir que mi mundo había perdido sus aguas azules y verdes campos pero, gracias a la ciencia sé entender lo que hay frente a mis ojos. Ya no es el lugar más hermoso antes visto, pero es mi hogar y también el de muchas personas más. Me siento con la responsabilidad y el deber de mantener este lugar a flote y sé que se puede hacer si se trabaja juntos. Y si con mi trabajo ayudo a esa causa... no dejaré que el infierno avance más.



Yo prometo que nuestro gris no se transformará en rojo.





𝑨𝑳𝑫𝑨





Estaba leyendo archivos cuando escuché una explosión. Me levanté al instante de mi escritorio para agudizar mi oído en la pared. Quise hacer una llamada interna pero sentí a alguien correr en el pasillo, esta gritaba desesperada. Me asomé desde el umbral de mi oficina, viendo la espalda de una trabajadora que corría rápidamente.


A los segundo de asomarme escuché otro grito detrás de mí.


– ¡JEFA! – exclamó la voz. Reconocí a mi amigo Oliver al instante. Voltee a verlo y este se acercó a mi jadeando – ¡Jefa! ¡Hubo una explosión. S-se trata de el laboratorio C2!


– ¿¡Cómo!? –  lo miré impactada – No perdamos tiempo, hay que recuperar lo que podamos.


– ¡Entendido! – asintió determinado.


Corrimos rápidamente.


Seguí a mi amigo por varios pasillos, notando el humo cada vez más denso. La situación me impactaba de sobremanera y comencé a sentir la impotencia. Mis pensamientos hacían chispas al recordar el total de pruebas y datos recopilados por meses. Apreté fuertemente los puños de mis manos, tratando de no imaginar a detalle la forma en que el masivo calor funde o consume lo que toca. 


– ¡Voy por un extintor! ¡No me tardo! – mi amigo se cubrió la boca y tomó una dirección fija, perdiéndose entre el humo del laboratorio.


– Si, ¡Apresúrate Oliver! – exclamé antes de toser -el humo era molesto-. 


Me moví a través de las llamas, queriendo recuperar las muestras o las pruebas, pero los minutos pasaban y el humo era cada vez peor.


– Maldición Oliver, te estás tardando... – miré la caja de documentos en mis manos y la dejé caer al suelo, lejos del fuego para correr libremente en busca de mi amigo. 


Comencé a desesperar al no encontrarlo en ningún lado. 


Inhalé profundo para gritar por ayuda cuando por fin mi vista inquieta lo encontró. Él estaba tumbado en el suelo, sus ojos se desorbitaban por la falta de oxígeno. Abrí mis ojos asustada al recordar que Oliver sufría de asma. ¡Cómo pude olvidar un detalle tan importante! Arrastré su cuerpo por pocos metros y busqué su inhalador, queriendo ayudarlo. Me dispuse a inhalarlo pero otra explosión sacudió el suelo, una onda de viento intenso mandó a volar el aparato lejos de mis manos. Maldije para mis adentros y cuando quise recuperarlo 5 hombres tapados de negro aparecieron de la nada y nos tomaron a ambos por los brazos.


– ¿¡De qué se trata esto?! – exclamé.


– Por favor, baje la voz – demandó uno de ellos.


– ¡Exijo que me digan! –  encaré al sujeto mientras trataba de soltarme a codazos del agarre de sus compañeros.


– Lo sabrá pronto, guarde silencio.


Nos sacaron del laboratorio y de las instalaciones. Ayudaron a mi amigo con su inhalador y me sentí ligeramente más tranquila, solo un poco pues aún me sentía asustada y preocupada por lo que pudiera pasarnos. ¿Quiénes eran estos sujetos?


Miré hacia el camino detrás de nosotros, observé por unos huequitos que tenía el vehículo blindado. Los rumores eran ciertos, una fábrica a la mitad de la nada. 


Al cabo de unas horas llegamos a un lugar más recóndito, aparentemente habitado y con tiendas de campaña, comedores públicos, un gran galpón, baños químicos y personas organizadas en grupos amplios. Todos llevaban algo que cubría sus rostros, al igual que nuestros secuestradores.


Este lugar podía ser un refugio como también una base de operaciones, pero era imposible hacer conclusiones si no tenía motivos para creerlo. Por un momento solo dejé volar mi imaginación.


Llegamos al galpón.


Nos recibió un grupo de personas que no hacían más que obstaculizar el camino en el afán de echarnos un vistazo. ¿Éramos exhibición de algún tipo? 


Desataron nuestras manos al cabo de una hora y noté que la gente miraba detrás de sus espaldas y se separaba, abriéndole camino a una mujer. Al vernos bajó la bufanda que cubría su rostro.


Se puso enfrente adquiriendo una postura relajada y se dirigió a ambos:


– Lamento cualquier trato brusco, doctora Bell. Mis hombres no tenían la intensión de ser torpes con usted.


– Oiga, ¿y yo estoy pintado? – mi amigo arrugó el puente de su nariz – A mi me cargaron como costal de harina por varios pasillos, ¿se hace una idea del tiempo que me llevó recuperar la movilidad de mis piernas?


La mujer miró a mi amigo y luego a sus hombres. Oliver se cruzó de brazos e hizo una mueca, indignado.


– No soy doctora, soy científica – corregí antes de aclarar mi garganta – ¿Usted quién es?¿Cómo sabe mi nombre? 


Oliver se acercó a mí, mirando a la mujer con desconfianza – Jefa, no tiene que preguntar ni responder a estos sujetos – murmuró bajo para que solo yo le escuchara – hasta donde sabemos nos trajeron aquí a la fuerza. Pueden ser los mismo causantes de las explosiones, no le recomiendo confiar en ellos.


– Qué murmuras, niño – habló la mujer.


– ¿¡Niño?! 27 años y con bello en el pecho, señorita. Pido que se retracte – le di un codazo a mi amigo y este me abrió los ojos como plato.


– Leí sus expedientes, ya sé quienes son – aclaró ella – no por nada pedí que los trajeran aquí. 


– Ni pir nidi lis triji iquí – miré a Oliver con el ceño fruncido y éste apretó los labios para callarse.


– Y hablando de modales... aún no me presento – ella se se acercó y estrechó nuestras manos como saludo – Mi nombre es Alda. Tengo mucho que explicarles.


Oliver y yo nos miramos confundidos.


Esta mujer comenzó a hablar de su labor. Alda es científica pero, a diferencia de mi, ella no trabaja para el Gobierno. Su nombre me sonó familiar y tras pensar al respecto la pude reconocer. La vi en los expedientes del trabajo. Los reportes en los archivos decían que Alda estaba muerta.


Alda hizo un chasquido con su lengua y se cruzó de brazos.


– No estoy muerta, como puedes ver. Esa es una de las tantas mentiras del Gobierno e incluyo también al virus y su supuesta "variante SICO" – habló con molestia.


– ¿Mentiras? – cuestioné – No comprendo. El virus es real y nuestro Gobierno no dice mentiras.


Ella me miró levantando una ceja – SICO es un engaño, algo que inventó el Gobierno. Ni la variante ni el virus existen. Bell, cómo puede creer todo lo que el Gobierno le dice sin cuestionar nada ¿Acaso usted es ingenua? ¿No dudó de la información que le entregaron?


Guardé silencio, meditando lo que me estaba diciendo.


Alda me miró y viendo que no que decía más continuó interrogando


– ¿Qué información maneja de este virus y su variante? – preguntó.


Desvié la mirada más que confundida. 


Como ya eh mencionado antes, no manejamos tanta información del virus, eso hacía nuestra tarea más difícil pero, no se supone que fuera imposible. Los datos eran suficientes para armar una vacuna de contingencia, pero en la infinidad de pruebas que hicimos ninguna era efectiva contra esta variante, solo lograba empeorar al paciente que tenemos bajo cuarentena.


– Usted y sus ayudantes fueron engañados, Bell.


Respiré profundo para darme paciencia, pero sin remedio comencé a molestarme.


– No es cierto – mordí el interior de mis labios luego de decir eso.

Mientras negaba en voz alta, mi mente entendía que había algo raro. Nunca nos dijeron nada, nos dieron un trabajo y nosotros hicimos lo posible por cumplir, pero nunca recibimos la información completa.


Todo se sentía raro.


Miré de reojo a mi amigo, quien nos miraba en silencio y con ojos atentos mientras escuchaba la conversación.


Alda volteó hacia Oliver, mirándolo brevemente para luego mirarme de nuevo.


– Bell, escúchame – dijo ella y yo solo la miré sintiéndome frustrada.

– No lo acepto. Nos pidieron ayuda... – dije mientras sentía ganas de llorar – Ellos me dijeron que podía salvar vidas –  mascullé, juntando mis cejas.


Alda levantó la mirada con suavidad.


– Sé que tienes un supuesto "primer contagio". Un paciente. Pero él no está enfermo – fruncí el ceño al escuchar eso y la miré con mayor atención – Bell... no hay más casos de contagio porque nunca hubo un virus. No hay gráficas, no hay números, no hay datos, porque no existe de dónde sacarlos. ¿Por qué crees que tienen tan poca información? – Alda suspiró y se acomodó mejor en su silla – Ellos te dijeron "crea una cura" sin siquiera darte el virus. ¿Cómo generas los anticuerpos de la nada? Dime si eso no te suena raro o sospechoso.


– ¿Pero ,por qué? No lo puedo entender... – La miré juntando mis cejas. Tragué saliva mientras me cubría el rostro y trataba de callar mi sollozo.


No tenía sentido para mí. Que las personas responsables de nuestra seguridad y bienestar hicieran algo como eso...


Oliver dio toquecitos en mi hombro y me ofreció un pañuelo para limpiar mis mejillas. Este me sonrió  formando una línea con sus labios mientras yo recibía el gesto y le agradecía en voz baja.


Esperé unos minutos para calmarme y Alda esperó pacientemente.


Formulé mi pregunta de nuevo y en silencio.


– ¿Sabes por qué lo hacen? ¿Alda, tú sabes para qué quieren una cura si no existe una amenaza viral?


Alda asintió levemente y relajó su postura – No quieren extraer la cura de un virus, sino lo contrario. Ellos quieren extraer el virus de la cura – miró a sus hombres antes de seguir – Nosotros también fuimos reclutados para ese trabajo, pero nos negamos.


La miré con sorpresa – ¿Por qué se negaron?


Se tomó unos segundos antes de responder – La cura sería la base para crear un arma biológica y ninguno de nosotros estuvo de acuerdo con esa idea. Sé que eres capaz de entender el por qué – Alda habló en un tono más serio.


La miré y me quedé helada. La magnitud de sus palabras y el entendimiento de estas eran estremecedores.


Me voltee hacia Oliver y éste se veía más espantado que yo.


Él incluso parecía nervioso.





𝑶𝑳𝑰𝑽𝑬𝑹





La mujer nos contó que tras enterarse de los planes del alto mando escapó inmediatamente y reclutó un batallón para hacer frente al gobierno en su debido momento. Ahora su prioridad era encontrar el laboratorio C1, destruirlo y terminar con la amenaza de esta arma, luego iría y enfrentaría al alto mando con su equipo.


El laboratorio C2 fue incendiado por completo de forma exitosa y quieren terminar el trabajo. Si no lo logran acabar con el virus, este se esparciría matando a centenares y miles de personas incluso más allá de la capital.


Por supuesto estuve dispuesta a ayudar. Fueron tantos los experimentos y pruebas, todas nos llevaron meses de esfuerzo, pero no podía aceptar que mi trabajo y el de muchos fuera usado como un arma. Eso no era correcto.


Partimos al alba. Extrañamente no fue difícil regresar e ingresar de nuevo a nuestras instalaciones, o al menos a la mitad de ellas, ya que gran parte había sido reducida a escombros y ceniza.


Los guardias no estaban y mis ayudantes no se veían por ningún lado, situación que bien podía estar relacionada a las explosiones del día anterior. Todos se habían ido.


Alda sugirió dividirnos y dejó que Oliver y yo buscásemos el laboratorio por nuestra cuenta. Llegamos con tres bombas pequeñas y esperamos pacientemente una señal al radio para activar la cuenta regresiva de cada una.


Oliver se sintió asfixiado y usó su inhalador.


– Alda me asusta – el comentario de mi amigo me tomó desprevenida y voltee a mirarlo. Luego prosiguió – Ella no me da confianza. Puede parecerte amable o comprometida, pero me asusta. ¿Qué tal si nos está engañando?


– Tranquilo Oliver, estaremos bien – traté de calmarlo y éste asintió con suavidad. Le regalé una pequeña sonrisa y continué con la instalación.


– Bell, ¿confías en mí? ¿verdad? – asentí sin dudar al escucharlo.


– Me preguntas algo raro. ¿Por qué no confiaría en mi mejor amigo?


En ese instante recibimos una orden por radio para colocar las bombas. Le pedí ayuda a Oliver con la ultima bomba mientras terminaba de armar la segunda, pero este no se movió.


– ¿Sucede algo? – dejé mi labor de lado y me acerqué a él. Este simplemente no se quería mover.


Suspiré y dejé una amigable palmadita en su hombro antes de tomar la bomba que estaba a su lado pero, antes de que pudiera tocar el aparato Oliver detuvo mi muñeca y me sostuvo con una fuerza que desconocía.


 – ¿Oliver?, ¿Qué pasa?


– No hagamos eso, salgamos de aquí ¿quieres? – mi amigo me habló en un tono tan dulce que incluso me dio escalofríos.


– ¿Qué haces? – reí nerviosa – debemos quemar todo, ¿no escuchaste a Alda?


Como si la hubiera invocado, Alda apareció corriendo por el pasillo y frenó brusco. No alcancé siquiera a pestañear y Oliver sacó un arma de su pantalón para apuntar el cañón en mi frente.


– No interfieras Alda. Son ordenes de mis superiores – el tono de voz de Oliver cambió completamente – guardias y milicia no tardarán en llegar, te recomiendo irte antes de que alguien salga herido.


– Entonces fuiste tú el que avisó que vendríamos – los hombres de Alda aparecieron por detrás de ella y nos miraron atentamente.


– Ajá, me descubriste – sacó su inhalador y nos mostró descaradamente el micrófono oculto – Haz lo que te digo, ¿quieres?


Tragué saliva y miré su dedo en el gatillo – ¿Oliver...?


– No lo entienden. La salvación está a nuestro alcance. La extinción de nuestra raza dará paso a la nueva generación – mi amigo los miró de reojo y siguió hablando, ésta vez dirigiéndose a mí – Bell, usted quiere una Tierra verde y azul. Yo sé que no le gusta ver que nuestro mundo sea un lugar tan gris. Imagínelo, animales y plantas por todos lados ¿suena genial, verdad?. Pues coopere. Nuestro gobierno hará ese sueño realidad.


– No. Eso no es... 


– No me joda jefa, dije verde y azul... – la mano con la que Oliver sostenía el arma comenzó a temblar – VERDE Y AZUL – gritó hasta casi rasgar su garganta.


Di un respingo y lo miré impactada – Oliver...


Él bajó ligeramente la mano del arma, mirándome decaído, como si lo hubiera decepcionado. Aprovechando su titubeo tomé sus manos y elevé el arma. Oliver disparó al techo.


Alda aprovechó para retenerlo, quitarle el arma y lanzarla lejos mientras uno de sus hombres terminaba de colocar y armar la bomba faltante. De pronto Oliver se liberó de Alda e intentó atacarme.


– OLI... – grité con poca voz mientras éste me tiraba al suelo e intentaba ahorcarme – Es... genocidio... – traté de hablarle pero estaba asustada. Mi amigo empujaba mi garganta contra el suelo, sin piedad.


– ¡Suéltala Oliver! – exclamó Alda.


Oliver se volteó y en ese instante una bala atravesó su ojo.


Uno de los hombres sacó su arma y le disparó a mi amigo. Oliver cayó muerto al instante, aplastándome.


Ni siquiera me esforcé en levantarlo pues ya no tenía las fuerzas para eso. Mis manos temblaban y mi respiración se entrecortó. Una lágrima resbaló por mi mejilla mientras liberaba la adrenalina con un suspiro profundo. 


Alda y sus hombres me ayudaron a quitar a Oliver de encima, me levantaron y luego salimos del lugar. El conductor maldijo en voz alta cuando vio a la milicia en sus autos y aceleró. Alda presionó un botón y todo hizo explosión. Cubrí mis oídos con ambos brazos por el fuerte estruendo. Gracias a esa distracción, el conductor logró evadirlos a tiempo y pudimos huir.


En el camino uno de los hombres de Alda me ofreció un pañuelo y recordando el gesto de mi amigo negué levemente, no sin antes agradecer su preocupación.


El laboratorio junto al resto de las instalaciones ardían a la distancia.


Una vez que ambos laboratorios fueron quemados y destruidos no quedó rastro de nuestro trabajo científico. Todo se perdió.


Durante las siguientes semanas me enteré. Todos mis ayudantes fueron enviados a sus hogares junto a sus familias. Yo me quedé en el refugio junto a Alda.


El descanso nos esperaba con los brazos abiertos y sin embargo para mi fue imposible dormir.


Las siguientes noches no pude descansar bien. Mi cabeza se sentía fatal y tenía sueños muy raros, acompañados de dolores de cabeza y garganta, pero al parecer yo no era la única que sufría lo mismo.


Alda y algunos de sus hombres también tenían los síntomas.


Una noche de luna llena decidí salir por mi cuenta en uno de los vehículos blindados. Robé las llaves del despacho de Alda y conduje de vuelta a los escombros de las instalaciones. Tenía la vaga esperanza de encontrar medicamentos en la farmacia subterránea.



Caminé a lo más un par de pasos después de bajar del vehículo, quedé a unos 30 metros de los escombros porque no pude avanzar más. Caí de rodillas al suelo y desde ese punto de vista pude ver humo y esporas flotando. La luz de la luna llena iluminaba el lugar. Como neblina, el humo y las esporas se esparcían lentamente desde los escombros.


– Cielos... – una fuerte punzada me instó a bajar la cabeza y esconderla entre mis brazos – mi cabeza...


Mi cuerpo cayó sobre la tierra y la arena.


Sentí todos los malestares de golpe, todos se juntaron y armando fiesta se hicieron más intensos que nunca. Apenas tuve fuerza para quejarme del dolor, sentía más y más pesados mis párpados por cada respiración que daba.


Al cabo de unos minutos todo a mi alrededor se nubló. 


La noche se oscurecía más.


En medio del malestar y sintiendo que moriría pronto, pude distinguir una voz.


Un chico me habló de cerca.


El inconfundible tono de mi amigo Oliver, diciendo:


"Tranquila Bell, lo logramos. Finalmente habrá verde y azul para ellos. Duerme y confía en mí."





𝑩𝑨𝑵𝑮





Esta es una transmisión en vivo, nos llegan reportes de diversos casos de enfrentamiento civiles y gente infectada pidiendo ayuda en las calles. 


Las campañas de vacunación no están funcionando. Civiles afirman que las vacunas empeoran la situación y llaman a evadirlas.


No hay reportes de animales o mascotas infectadas. Recientes investigaciones revelan que este viral afecta exclusivamente al bioma humano.


El problema crece a nivel nacional, no solo es la capital. Estudios y proyecciones indican que este virus se seguirá propagando indefinidamente si no se haya una pronta solución al caos y desorden de las calles. El llamado de nuestros servicios de salud es a guardar cuarentena y ocultarse lo mejor posible de las esporas, este virus es letal y no deben exponerse de ninguna forma.


Mantengan a sus cercanos lo más seguros posible y cuídense ustedes también.


Con este mensaje finalizamos la transmisión de hoy.



El presidente apagó la televisión de su despecho, dejando que el reproductor de aquella transmisión se apagara. Rodeando su escritorio caminó hacia la puerta, del otro lado lo esperaban sus ministros. Juntos caminaron hasta el patio ubicado en el centro del edificio. 


– Espero su orden, Sr. presidente.


El susodicho miró las caras de sus ministros y regresó la vista al comandante que se había dirigido a él.


La infección había consumido la ciudad, no había existido un caos peor en la historia. En cuestión de un año nadie pudo sobrevivir, no ante un virus letal que los hacía perder la cordura como tortura antes de morir. Un genocidio masivo que se esparció por todo el planeta.


El "alto mando" conformado por el presidente, algunos ministros y un general de milicia, se habían distanciado del caos para ser los últimos en morir.

–  Hoy damos un paso adelante en la historia. El sacrificio de nuestra especie llevará a esta tierra por un buen camino, puesto que fue ideado para el bienestar de la vida misma – suspiró hondamente, evitando que la culpa de millones de muertes calara sus pensamientos – Esperamos y confiamos en un futuro más brillante sin nosotros. 


Todos asintieron, guardando un respetuoso silencio antes de ubicarse en una fila junto a su presidente. Todo había sido ensayado.


Sus hombres fueron silenciosos, pero el mundo en sí se sentía más silencioso, pensó el presidente mientras observaba su alrededor por última vez. 


– Es hora de que el ser humano pague su deuda – cerró sus ojos y dio la orden  – Adelante comandante, puede proceder.


El comandante asintió solemne y puso en marcha un mecanismo liberador de esporas, las que estaban modificadas para dar muerte instantánea al respirarlas. Así funcionaba, pero el comandante era el encargado de dar la muerte definitiva. Una vez que los cuerpos cayeron al suelo y aguantando la respiración les disparó en la cabeza a cada uno.


 – Que así sea, presidente – Otro disparo y el último humano cayó junto con su arma.


 Lo que ocurriría después, bueno.. es una historia que no nos corresponde contar.





𝑭𝑰𝑵





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