🩶[Samantha x Axel] Monstruo

Samantha Larusso
x
Axel Kovacevic

El gimnasio de Miyagi-Do en Barcelona estaba en silencio, solo roto por el sonido seco de los golpes de Samantha LaRusso contra el saco de entrenamiento. Cada puñetazo resonaba en la sala con una violencia que no era solo física, sino emocional. Desde la lesión de Robby, no había vuelto a ser la misma.

Su respiración era agitada, su cuerpo cubierto por una fina capa de sudor. No estaba entrenando, estaba peleando contra fantasmas. Contra el recuerdo de Robby en el suelo, su rostro contorsionado por el dolor, su pierna doblada en un ángulo imposible. Contra la imagen de Axel Kovacevic, de pie sobre el tatami, su expresión vacía, fría, sin rastro de remordimiento.

—¡Más fuerte, Sam! —gritó Demetri, observándola desde el costado—. No puedes dejar que el trauma te controle.

Ella se giró, su mirada oscura y encendida como brasas.

—No es trauma. Es odio.

La voz de Devon resonó desde la pared opuesta, donde estaba apoyada con los brazos cruzados.

—Sam... ya sabes lo que dicen. Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia.

Sam soltó una risa amarga antes de volver a golpear el saco, esta vez con más fuerza.

—¿Quieres saber qué es la indiferencia, Devon? —su tono era un filo de navaja—. Veré a ese imbécil en el torneo de Cataluña y le haré pagar lo que le hizo a Robby.

Los ojos de Devon y Demetri se cruzaron en un gesto silencioso. Ambos sabían que nada de lo que dijeran cambiaría su determinación.

Al otro lado de la ciudad, en un dojo iluminado por luces rojas y negras, Axel Kovacevic se ajustaba las vendas de las manos. Iron Dragons no era solo un dojo, era un campo de batalla. No había honor, no había compasión, solo disciplina y fuerza bruta.

El aroma del sudor y el metal impregnaba el aire, mezclado con el sonido de los golpes secos de los otros peleadores contra los sacos y maniquíes de entrenamiento. Axel sintió la mirada de su sensei antes de que hablara.

—Estás tenso, Kovacevic. —La voz de Sensei Wolf era baja, controlada, pero con la dureza de una orden militar—. ¿Sigues pensando en la chica LaRusso?

Axel cerró los puños, apretando los dientes.

—No es nada, sensei.

—No me mientas. —Wolf se acercó, su sombra proyectándose sobre Axel—. El odio de esa chica podría destruirte.

Axel tragó saliva, pero no respondió.

¿Cómo podía explicarle a su sensei lo que sentía?

Samantha LaRusso. La chica que lo odiaba más que a nadie en el mundo. La chica que no entendía la verdad. Que no sabía que él no había querido hacerle daño a Robby.

Axel recordaba aquel momento con una claridad cruel. La presión del torneo, la voz de su sensei retumbando en su cabeza, la amenaza de lo que pasaría si desobedecía.

"Dobla su resistencia. Destroza su confianza. Asegúrate de que no vuelva a levantarse."

Había seguido la orden. No tuvo opción.

Pero cada vez que Samantha lo miraba, con sus ojos encendidos por la furia, cada vez que su voz escupía su nombre como si fuera veneno...

Lo único que deseaba era que lo mirara de otra manera.

—Kovacevic. —Wolf lo sacó de sus pensamientos—. Si flaqueas en el torneo, haré que lo pagues.

Axel asintió lentamente, su rostro volviendo a la máscara de frialdad que usaba siempre. No podía permitirse errores.

Pero por dentro...
Por dentro, las brasas de un sentimiento prohibido ardían en su pecho.

.

CENIZAS DEL DRAGÓN

(Basado en Cobra Kai – Ambientado en Barcelona)

Capítulo 2: Ecos en Cataluña

Faltaban dos días para el torneo, y la ciudad de Cataluña ya respiraba el ambiente de la competencia. Equipos de todo el mundo habían llegado, cada uno con la misma hambre de victoria y la misma certeza de que este torneo no era solo una prueba de habilidad, sino de carácter.

El hotel donde se hospedaban los equipos tenía un salón de entrenamiento exclusivo para los competidores, y ahí estaba Tory Nichols, vestida con el gi negro de Cobra Kai, sentada en el suelo mientras le hacía masajes en la pierna a su novio, Robby Keene.

Yo los observaba desde la distancia, sintiendo una punzada en el pecho. No por celos. No por envidia. Pero sí por... algo que no podía describir del todo.

Extrañaba a Miguel.

Mucho más de lo que quería admitir.

Suspiré y me crucé de brazos, apoyándome contra la pared del salón mientras veía a Tory trabajar con las manos en la pierna de Robby, su expresión concentrada, con un gesto que parecía de preocupación genuina. Era extraño ver a Tory así, tan entregada, tan... tierna.

Robby la miraba con una mezcla de dolor y orgullo herido. Él nunca admitiría que todavía le dolía la pierna, nunca aceptaría que Axel Kovacevic lo había dejado marcado.

Y yo lo entendía.

Sabía lo que era querer ser fuerte todo el tiempo. Fingir que nada te afecta, que puedes con todo.

Miguel siempre decía que yo hacía lo mismo.

"Sam, a veces también tienes que dejar que la gente te ayude."

Dios. Solo pensar en él me hacía sentir un vacío en el pecho.

Odiaba admitirlo, pero... su ausencia me dolía más de lo que esperaba.

La vida de Miguel en Los Ángeles siempre había sido un caos, pero esta vez el problema había sido más grande de lo normal. Su abuela Rosa había enfermado de repente, y él tuvo que tomar el primer vuelo de regreso para estar con ella.

No lo dudó ni un segundo. Porque Miguel era así.

Siempre tan bueno.
Tan comprometido con su familia.
Tan comprometido con todo.

Incluso conmigo.

Y yo lo necesitaba.

Más de lo que quería aceptar.

Era él quien siempre me calmaba antes de los torneos, quien me recordaba que el karate era más que una pelea, que había honor en lo que hacíamos. Era él quien me abrazaba cuando las pesadillas volvían, quien me sostenía cuando el peso de todo se hacía demasiado.

Pero ahora... no estaba.

Y el vacío que dejaba era frío.

—¿Qué tanto miras? —La voz de Tory me sacó de mis pensamientos.

Me di cuenta de que me había quedado observándolos demasiado tiempo. Parpadeé, recomponiéndome.

—Nada —respondí, con tono neutro—. Solo me sorprende verte preocupada por alguien más que no seas tú.

Tory bufó con una sonrisa burlona.

—Qué tierna, LaRusso. Si quieres te hago un masaje a ti también, pareces un poco tensa.

—Gracias, pero no necesito ayuda de Cobra Kai.

Ella sonrió de lado, disfrutando la pequeña provocación.

Robby no dijo nada. No me miró.

Desde que Axel le rompió la pierna, había cambiado. Y yo también.

Porque aunque odiaba a Kovacevic, aunque cada fibra de mi ser deseaba hacerle pagar...

Había una parte de mí que se preguntaba por qué su mirada siempre parecía estar a punto de decirme algo que su boca nunca decía.

Dos días para el torneo.

Y por alguna razón, tenía la sensación de que nada volvería a ser igual después de esto.

(. . .)

La brisa marina golpeaba mi rostro con suavidad, arrastrando el aroma salado del Mediterráneo mientras mis pies se hundían en la arena fría de la noche. Había pedido disculpas a mis amigos y me había escabullido del hotel para dar un paseo por la playa. Necesitaba despejarme.

El torneo estaba cada vez más cerca, y mi mente estaba hecha un caos.

No importaba cuántas veces me dijera a mí misma que estaba lista, que iba a entrar al tatami con la única misión de ganar, de destruir a Axel Kovacevic y hacerle pagar por lo que le hizo a Robby...

Había algo dentro de mí que me decía que esto no era solo sobre karate.

Porque el problema no era solo Axel.

Era yo.

Era todo lo que sentía enredado dentro de mí.

Mis ojos se perdieron en el horizonte. La luna flotaba sobre el mar, reflejándose en las aguas oscuras como si el cielo y la tierra fueran uno solo. Polos opuestos, completamente distintos, pero que siempre encontraban la manera de tocarse.

Como Robby y Tory.

A veces me preguntaba cómo funcionaban juntos.

Eran tan diferentes.

Tory era fuego. Explosiva, intensa, imprudente. Cobra Kai hasta la médula.

Robby, en cambio, tenía algo más de equilibrio. Sí, podía ser terco, podía ser impulsivo, pero en el fondo... era un chico de Miyagi-Do. Alguien que creía en la defensa, en el control.

Dos mundos completamente distintos, y sin embargo... ahí estaban.

Encajaban de alguna manera.

Se amaban.

No podía evitar preguntarme si eso era lo que realmente importaba. Si cuando dos personas eran polos opuestos, su atracción era inevitable.

Suspiré y pateé una piedra en la arena, viendo cómo rodaba hasta perderse entre las olas.

"¿Por qué estoy pensando en esto?"

Tal vez porque, aunque odiaba admitirlo... estaba cansada de pelear contra lo que sentía.

La ausencia de Miguel me estaba afectando más de lo que imaginaba.

Él era mi punto de equilibrio.

Miguel siempre había sido el que me mantenía firme cuando sentía que todo se desmoronaba. No importaba cuántas veces peleáramos, o cuántas veces el destino intentara separarnos, al final... siempre volvíamos el uno al otro.

Pero esta vez...

Esta vez, él no estaba.

Y yo me sentía perdida.

Otra ola rompió contra la orilla, mojándome los pies. Me estremecí.

"Tengo que concentrarme."

El torneo estaba cerca. Axel Kovacevic iba a estar ahí.

Solo de pensar en él, mi estómago se retorció de rabia.

Axel era el problema.

Era el obstáculo que tenía que derribar.

Pero entonces, ¿por qué cada vez que cerraba los ojos... su mirada volvía a mí?

¿Por qué recordaba la forma en que siempre bajaba la vista cuando nuestros caminos se cruzaban?

Como si...

Como si fuera él quien tenía miedo de mí, y no al revés.

La arena húmeda se colaba entre mis dedos mientras caminaba, dejando un rastro de huellas que pronto serían borradas por las olas.

Barcelona de noche era otra cosa.

Lejos del ruido, de las luces y del bullicio de los turistas, la playa se sentía como un refugio. Un lugar donde la mente podía despejarse, donde el peso del torneo y del entrenamiento podían disolverse en el sonido del mar.

Pero mi cabeza seguía siendo un campo de batalla.

Un torbellino de pensamientos me arrastraba, y en el centro de todo, como una sombra persistente, estaba él.

Axel Kovacevic.

No podía sacarlo de mi mente.

Por más que intentara ignorarlo, su imagen volvía a mí como un eco imposible de acallar.

Intentaba enfocarme en el torneo, en la estrategia, en todo lo que debía hacer para derrotarlo, pero cada vez que pensaba en él, no veía solo a mi enemigo.

Veía la forma en que sus ojos se oscurecían cuando me miraba.

El modo en que desviaba la vista, como si... como si le costara sostenerme la mirada.

Y eso me irritaba.

Me enfurecía no poder descifrarlo.

¿Quién demonios era Axel Kovacevic?

Para muchos, solo era un peleador más. Otro competidor que había aparecido de la nada y se había hecho un nombre en el mundo del karate.

Un chico fuerte, rápido, letal.

Un luchador que, al menos en la superficie, parecía hecho para el combate, sin debilidades aparentes.

Pero para mí...

Para mí era el tipo que le había roto la pierna a Robby.

El que le arrebató su oportunidad en el Sekai Taikai sin pensarlo dos veces.

El que se convirtió en la razón de mis noches en vela, entrenando hasta la extenuación solo para imaginar el momento en que podría devolverle el golpe.

Porque él tenía que pagar.

Porque yo no podía dejar que se saliera con la suya.

Porque no podía permitir que se repitiera lo mismo con alguien más.

Pero entonces, ¿por qué no podía quitarme de la cabeza la forma en que me miraba?

Cerré los ojos por un instante, sintiendo la brisa fría golpear mi rostro.

Polos opuestos.

Esa idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Miguel y yo éramos parecidos. Teníamos el mismo código, los mismos valores. Era natural que nos entendiéramos.

Nuestra relación funcionaba porque hablábamos el mismo idioma, porque sabíamos cómo apoyarnos sin perder nuestra esencia.

Pero Robby y Tory... ellos eran diferentes.

Dos extremos que encontraron la forma de funcionar juntos.

Era algo que nunca había entendido del todo. Tory era pura intensidad, fuego y caos. Robby, en cambio, era más racional, con una disciplina que a veces rayaba en la terquedad.

Pero a pesar de sus diferencias, se entendían.

Había algo en ellos que hacía que encajaran.

Un balance.

Un equilibrio extraño.

Y no podía evitar preguntarme...

¿Qué pasaba cuando el fuego y el hielo se tocaban?

¿Qué pasaba cuando la luz y la sombra se encontraban?

Volví a abrir los ojos, sintiendo una punzada en el pecho que no entendí del todo.

No quería pensar en Axel Kovacevic como algo más que mi enemigo.

No quería.

Pero la verdad era que ya lo estaba haciendo.

Y ese pensamiento me aterraba.

Suspiré y me dejé caer sobre la arena, abrazando mis rodillas mientras miraba el mar.

Miguel estaría decepcionado de mí si supiera lo que estaba pasando por mi cabeza.

No porque él fuera celoso o posesivo, sino porque... él siempre confiaba en que yo tenía todo bajo control.

Que no me dejaría arrastrar por mis emociones.

Que siempre pondría la razón antes que el impulso.

Pero el problema era que yo nunca había sentido algo tan fuerte como lo que sentía por Axel.

No era atracción.

No era odio.

Era algo más.

Algo que no podía nombrar.

Algo que me asustaba más que cualquier pelea en el tatami.

Porque, de alguna manera, Axel Kovacevic había logrado entrar en mi cabeza.

Y eso lo convertía en mi peor amenaza.

El viento sopló con más fuerza, y por un instante, tuve la sensación de que no estaba sola.

Mi cuerpo se tensó de manera instintiva.

Me giré de golpe.

Y ahí estaba él.

Axel Kovacevic.

De pie a pocos metros de mí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, mirándome con esos ojos que nunca terminaba de descifrar.

Había algo en su postura, en la forma en que me observaba, que me hizo dudar.

No había arrogancia en su expresión.

No había desafío.

No había nada que se pareciera a la mirada de un enemigo.

Solo algo... indescifrable.

Casi como si, al igual que yo, tampoco supiera qué hacer con lo que sentía.

La tensión se cortaba con un cuchillo.

Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera procesarlo.

Mis puños se cerraron, mi postura se volvió rígida y mis ojos se clavaron en los suyos con furia contenida. Axel Kovacevic estaba ahí, parado frente a mí, con esa maldita expresión de calma que me sacaba de quicio.

Él me miraba como si fuera frágil. Como si yo no fuera un peligro para él.

Y eso fue suficiente para hacerme explotar.

Rápidamente me acerqué y lo empujé con fuerza.

—¡¿Por qué lo hiciste?! —exigí, mi voz temblando de rabia.

Axel ni siquiera se tambaleó. Su cuerpo era sólido, inamovible. Me observó con una paciencia exasperante, como si estuviera esperando a que terminara mi arrebato.

—Samantha... —comenzó.

—¡No digas mi nombre! —solté con furia, volviendo a empujarlo. Esta vez puse más fuerza, pero él se mantuvo firme como una estatua.

Me mordí el labio con frustración. Yo no era débil.

—¿Por qué lo hiciste? —repetí, mi voz un poco más baja, pero con la misma intensidad.

Él suspiró y bajó la cabeza por un momento, como si estuviera decidiendo sus palabras con cuidado. Pero yo no quería cuidado.

Quería respuestas.

Quería que me mirara y me diera una razón válida por la que le había roto la pierna a Robby.

Pero Axel no dijo nada.

No de inmediato.

Parecía tener un millón de pensamientos chocando en su cabeza, como si hubiera algo que no podía decirme.

Y yo estaba harta.

Quería golpearlo.

Quería una pelea.

Pero entonces, Axel se movió con rapidez y atrapó mis manos entre las suyas.

El contacto me tomó por sorpresa. Sus palmas eran firmes, cálidas, pero su agarre era suave, como si no quisiera hacerme daño.

—Cuando te calles —murmuró, con una voz baja y profunda—, te lo explicaré.

Mi respiración se aceleró.

Sus ojos eran oscuros y había algo en ellos... algo casi vulnerable.

No me gustaba.

No me gustaba verlo así.

Porque eso significaba que lo estaba viendo como otra cosa que no fuera mi enemigo.

—Vamos a caminar —dijo, soltándome con cuidado.

Abrí la boca para rechazarlo.

Juro que iba a decir que no.

Iba a darme la vuelta y marcharme.

Pero entonces, vi sus ojos ,una mirada entre tierna y triste.

Y sin darme cuenta, asentí.

(. . .)

Caminamos en silencio.

El viento soplaba fuerte y las olas rompían contra la orilla, cubriendo con su sonido el latido acelerado de mi corazón.

Axel no hablaba.

Yo tampoco.

No era un silencio incómodo, pero tampoco era pacífico. Era un campo minado.

Sabía que en cualquier momento él diría algo que podría cambiar todo.

Y la verdad es que no sabía si quería escucharlo.

Pero no llegamos muy lejos.

Una risa burlona nos interrumpió.

—¡Qué tiernos! —dijo una voz con un tono mordaz.

Levanté la vista y ahí estaban.

Kwon y Yoon.

Cobra Kai Corea.

Dos de los peleadores más despiadados del torneo.

—Se mezclan entre ellos. —Kwon sacudió la cabeza con falso desprecio.

—Ridículos. —agregó Yoon, con una sonrisa ladina.

Mi sangre hirvió.

No por los insultos.

No por la provocación.

Sino porque ellos no tenían derecho a meterse en esto.

Di un paso adelante, lista para responderles. Lista para pelear.

Pero entonces, algo inesperado sucedió.

Axel se adelantó.

Mi cuerpo se congeló por un segundo.

Pensé que iba a dejarme sola.

Pensé que haría lo que siempre hacía: guardar silencio y desaparecer.

Pero en lugar de eso, se puso frente a mí, protegiéndome con su cuerpo.

—¿Tienen algo más que decir? —preguntó Axel, con una voz peligrosa.

Kwon rió.

—Oh, Kovacevic, ¿ahora juegas al caballero? No me hagas reír.

Axel no respondió.

Solo lo miró.

Yoon chasqueó la lengua.

—Pensé que eras más listo. Pero supongo que hasta los depredadores se vuelven débiles cuando están con la persona equivocada.

Axel apretó la mandíbula. Yo lo vi.

Fue sutil. Apenas un cambio en su expresión.

Pero lo vi.

Algo en esas palabras le dolió.

—¿Y tú qué dices, princesa? —preguntó Kwon, girándose hacia mí. —¿Estás disfrutando de tu cita con el hombre que le rompió la pierna a tu amigo?

Ese fue el golpe final.

No lo pensé.

Simplemente ataqué.

Mi pie voló directo al pecho de Kwon, obligándolo a retroceder con una mueca.

—¡Cállate! —espeté, sintiendo la adrenalina explotar en mis venas.

Yoon intentó moverse, pero Axel lo bloqueó antes de que pudiera siquiera reaccionar.

La pelea había comenzado.

El aire se llenó de tensión en cuestión de segundos.

No había más burlas.

No había más provocaciones.

Solo el choque de cuerpos, golpes y la violencia de una pelea que ninguno de los cuatro iba a evitar.

Axel se movió primero.

Fue rápido, una sombra entre la brisa marina. Su puño se estrelló contra el rostro de Yoon con una precisión que solo los años de entrenamiento podían perfeccionar. El coreano gruñó, tambaleándose hacia atrás, pero no tardó en recuperar el equilibrio y lanzar una patada que Axel esquivó con facilidad.

No tenía que preocuparme por él.

Yo tenía mi propio objetivo.

Kwon me sonrió de lado, arrogante, antes de atacar.

Lo estaba esperando.

Levanté el brazo para bloquear su golpe, sintiendo la fuerza detrás de su puño. Era fuerte. Más de lo que esperaba. Pero eso solo hizo que mi sangre hirviera con más intensidad.

No iba a perder.

Aproveché el momento y giré mi cuerpo, usando el impulso para lanzar una patada directa a su abdomen. Kwon la esquivó por poco, pero su sonrisa se desvaneció.

—Nada mal, princesa —se burló, volviendo a la carga.

Esta vez no me quedé en la defensiva.

Me lancé contra él, conectando un golpe en su mandíbula.

El impacto resonó en mis nudillos.

Kwon retrocedió con una mueca de dolor, llevándose la mano a la boca. Le había cortado el labio.

—Vaya, vaya... —murmuró, escupiendo sangre—. Quizás no eres tan frágil después de todo.

Rodé los ojos, preparando mi siguiente ataque.

Pero entonces, se escuchó un ruido en la distancia.

Un sonido que nos paralizó a todos.

Sirenas.

Policía.

Kwon apretó la mandíbula y giró la cabeza hacia Yoon.

—Nos largamos —ordenó en coreano.

—¿Qué? ¡Aún no hemos—!

—¡Ahora!

Yoon fulminó con la mirada a Axel, pero no discutió. Con un último empujón, se separó y corrió tras su compañero.

Cobardes.

Los vi desaparecer entre las sombras, tragados por las luces de la ciudad.

Podríamos haber ganado.

La rabia hervía en mi pecho, mis puños todavía estaban cerrados. No quería que terminara así. No quería que huyeran.

Pero entonces, sentí una mano en mi muñeca.

—Sam.

Axel.

Me giré hacia él, todavía con la adrenalina corriendo por mis venas.

—¿Qué?

—Tenemos que irnos también.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué? No hemos hecho nada malo.

Axel apretó los labios en una línea tensa.

—¿Crees que a la policía le importa quién empezó?

Demonios.

Odiaba que tuviera razón.

Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca.

—Vamos —insistió Axel, con una urgencia en su voz que me hizo reaccionar.

Corrimos.

No miramos atrás.

Las luces de los patrulleros iluminaban la calle, pero nosotros nos movimos rápido, zigzagueando entre los callejones hasta que la playa volvió a aparecer ante nosotros.

El sonido de las olas fue lo único que rompió el silencio cuando finalmente nos detuvimos.

Jadeaba.

Mis piernas dolían.

Mi corazón latía como un tambor.

Me giré hacia Axel, todavía sintiendo la adrenalina en mis músculos.

—¿Siempre corres cuando hay problemas?

Él me miró.

—¿Siempre atacas sin pensar?

Chasqueé la lengua, cruzándome de brazos.

—Ellos empezaron.

Axel sacudió la cabeza.

—Y nosotros terminamos huyendo igual que ellos.

—¡No porque quisiéramos!

Axel me sostuvo la mirada por un largo momento.

—¿Por qué peleas tanto, Samantha?

Mi mandíbula se tensó.

—Porque así soy.

Él suspiró, apartando la vista.

El silencio entre nosotros se alargó.

La luna iluminaba el agua, reflejándose en sus ojos.

—Querías respuestas —dijo, después de un rato.

Sentí mi estómago encogerse.

Porque sí, quería respuestas.

Pero ahora, después de todo esto... no estaba segura de querer escucharlas.

El viento soplaba con más fuerza, arrastrando la arena alrededor de nuestros pies. Axel estaba en silencio, con la mirada fija en el suelo, como si buscara las palabras correctas.

Pero yo no quería palabras.

Quería que hablara.

Quería que me explicara por qué.

Por qué había lastimado a Robby.

Por qué estaba aquí, parado frente a mí, mirándome como si esperara que lo entendiera.

Y entonces, finalmente, habló.

—No quería hacerlo.

Mi respiración se detuvo por un momento.

Axel levantó la vista, su mirada sombría, cansada.

—Nada de lo que pasó en el torneo... —hizo una pausa, como si le costara decirlo—. Nada de eso fue realmente mi decisión.

Mis manos se cerraron en puños.

—No te creo.

Él suspiró, pasando una mano por su cabello.

—Lo sé. Pero igual voy a contártelo.

No dije nada. No podía.

Y él comenzó.

—Desde que tengo memoria, Wolf me enseñó que el respeto se gana con miedo. Que un peleador no es solo fuerza, sino un depredador.

Había algo en su voz... algo que me puso la piel de gallina.

Dolor.

Rencor.

Resignación.

Axel respiró hondo y continuó.

—Cuando llegué a su dojo, tenía catorce años. No era el más fuerte, ni el más rápido. Pero tenía algo que él quería. —Me miró directamente—. Potencial.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué te hizo?

Axel dejó escapar una risa sin humor.

—Lo que hacen todos los senseis como él. Me moldeó a su manera. Me convirtió en alguien que pudiera infundir miedo.

Mis puños temblaron.

—¿Te golpeaba?

Él tardó en responder.

Pero lo hizo.

—Sí.

Mis uñas se clavaron en mis palmas.

Axel bajó la mirada.

—Si no cumplía con sus expectativas, me golpeaba. Si fallaba en un combate, me golpeaba. Si mostraba compasión... me golpeaba más fuerte.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—Axel...

Pero él negó con la cabeza.

—No me mires así. No quiero tu lástima.

No era lástima.

Era rabia.

Era impotencia.

Era odio hacia ese tal Wolf.

Axel continuó.

—Cuando peleé con Robby, yo... yo sabía que él era fuerte. Sabía que podía ganarle sin llegar a ese punto. Pero Wolf no quería una victoria limpia. Quería una declaración.

Mis ojos se llenaron de furia.

—Y tú hiciste lo que él quería.

Axel cerró los ojos, como si mis palabras fueran un golpe más.

—No tenía opción.

—Siempre hay una opción —susurré, sintiendo la ira arder en mi pecho.

Axel negó lentamente.

—No en mi mundo.

El teléfono en mi bolsillo vibró, haciéndome dar un respingo.

Lo saqué con manos temblorosas.

Un mensaje de Robby.

"¿Dónde estás?"

Y de repente, todo volvió a mí.

Robby.

Mi mejor amigo.

El chico que estuvo en el hospital por culpa del que tenía delante.

La furia que se había disipado mientras Axel hablaba volvió con más fuerza.

Levanté la vista, mis ojos encendidos.

—Esto no cambia nada.

Axel parpadeó, sorprendido por mi cambio de tono.

—Sam...

—Sos un monstruo.

Vi cómo su rostro se tensaba.

—No vuelvas a acercarte a mí.

Me di media vuelta antes de que pudiera decir algo más.

Empecé a caminar, mis pasos firmes, sin mirar atrás.

Axel dijo mi nombre, intentó detenerme.

Pero no podía dejar que esto me afectara.

No ahora.

No nunca.

Tenía que estar centrada.

(. . .)

La habitación de Demetri y Eli estaba hecha un desastre.

Ropa tirada por todos lados, botellas vacías apiladas en la mesa, restos de comida en el suelo.

Definitivamente, ninguno de los dos se molestaba en ordenar.

—Si el torneo se ganara por quién tiene la habitación más asquerosa, ustedes serían campeones —comentó Devon, arrugando la nariz mientras se sentaba en la cama de Demetri.

—Gracias, gracias —dijo Eli, haciendo una reverencia exagerada—. Apreciamos el reconocimiento.

—No es un halago, Hawk —intervino Tory, apoyada contra la pared con los brazos cruzados.

—Para mí sí lo es.

Rodé los ojos mientras revisaba mi teléfono. El Uber aún no llegaba.

—¿Cuánto falta? —preguntó Robby desde el otro lado de la habitación, donde estaba recostado en el sofá con la pierna estirada sobre una almohada.

—Cinco minutos —respondió Devon, que era la que había hecho el pedido.

Suspiré.

—No sé por qué no podíamos caminar.

—Porque este pobre lesionado no puede andar por ahí como si nada —dijo Demetri, señalando a Robby con una sonrisa burlona—. Y como somos un equipo, nos quedamos juntos.

—Yo no me quejo —intervino Eli, acomodándose el cabello—. Es mejor llegar al bar frescos y sin sudar.

—Tú solo quieres impresionar a alguna chica —murmuró Devon.

—Exacto.

—Dios, Eli...

El ambiente en la habitación era relajado, pero yo sentía una tensión en el pecho que no podía ignorar.

Sabía por qué.

Mi mente seguía atrapada en la noche anterior.

Axel.

Su mirada.

Su voz cuando me confesó todo lo que su sensei le hacía.

Cómo lo había obligado a hacer cosas que no quería.

Cómo lo había golpeado.

Cómo no había querido lastimar a Robby, pero terminó haciéndolo de todos modos.

Cerré los ojos por un segundo, tratando de borrar su imagen de mi mente.

Cuando los abrí, me encontré con la mirada de Tory.

No dijo nada.

No lo necesitaba.

La forma en que me miraba lo decía todo.

Kwon y Yoon le contaron.

Mi corazón latió más rápido.

Esperaba que hiciera algún comentario mordaz, alguna broma sarcástica para ponerme en aprietos frente a los demás.

Pero no lo hizo.

Solo me observó por un largo segundo, con esa intensidad que pocas veces mostraba, y luego apartó la mirada.

Me estaba dando un pase.

No me delataría.

Tragué saliva y desvié la vista hacia mi teléfono, sintiendo una mezcla de alivio y... algo más.

No sabía por qué, pero en ese momento lo entendí.

Tory y yo no éramos las mejores amigas.

Pero me cubría las espaldas.

Siempre lo hacía.

—¿Qué pasa, LaRusso? —La voz de Eli me sacó de mis pensamientos—. Estás callada.

—Nada —respondí rápidamente—. Solo estoy esperando el Uber.

—Mentira —intervino Demetri, señalándome con una papa frita que había encontrado en el suelo—. Estás en otro mundo.

Fruncí el ceño.

—¿En serio vas a comer eso?

Demetri se la llevó a la boca sin dudar.

—¿Por qué no?

Devon hizo una mueca de asco.

—Voy a fingir que no vi eso.

Eli se rió y Tory negó con la cabeza, pero yo noté que Robby me miraba de reojo.

Sabía que algo me pasaba.

Y eso era un problema.

—Por cierto, LaRusso —dijo Eli, inclinándose hacia adelante—. ¿Contra quién peleas primero mañana?

El nudo en mi garganta volvió de golpe.

Intenté actuar normal.

—Contra Kovacevic.

La habitación quedó en silencio.

Por un momento, nadie dijo nada.

Hasta que Eli soltó una carcajada.

—¡Eso sí que va a estar interesante!

Robby dejó escapar un suspiro.

—¿Estás bien con eso?

No lo miré.

No podía.

—Por supuesto —mentí.

Tory me observó de nuevo, como si pudiera leer mi mente, pero no dijo nada.

—Entonces... —Eli levantó su vaso con entusiasmo—. ¡Por el torneo!

Tory esbozó una media sonrisa.

—Y por nosotras.

Hubo una breve pausa antes de que todos alzáramos los vasos.

Por nosotras.

Por el torneo.

Por lo que estaba por venir.

Y por todo lo que ninguno de nosotros estaba diciendo en voz alta.

El sonido de la notificación del Uber interrumpió la conversación.

—Está aquí —anunció Devon, levantándose de la cama de Demetri con su celular en la mano.

—¡Por fin! —exclamó Eli, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Me estaba empezando a preocupar por mi hígado. Ha pasado demasiado tiempo sin procesar alcohol.

Devon le lanzó una mirada de incredulidad.

—Dijiste que habías tomado anoche.

—Sí, pero mi hígado es como un coche de carreras, Devon. Necesita estar en movimiento constantemente o empieza a fallar.

—¿Entonces si te hacen un examen de sangre, saldría puro whisky? —preguntó Demetri, divertido.

—Me ofende que pienses que tomo whisky —dijo Eli, señalándolo—. Soy más de tequila o cerveza barata.

—Ah, claro, el paladar refinado de Moskowitz —se burló Devon.

—Exacto.

Yo sonreí mientras me ponía de pie, pero antes de que pudiéramos movernos, una voz interrumpió nuestro entusiasmo.

—Mierda...

Robby.

Giramos la cabeza para verlo. Seguía sentado en el sofá, con una expresión de fastidio mientras intentaba levantarse.

O, mejor dicho, fallaba al intentarlo.

—¿Otra vez? —Tory suspiró, cruzándose de brazos.

—Estoy bien —dijo Robby entre dientes.

—No lo parece —se burló Eli.

—Si no puede ni levantarse, ¿cómo planea llegar al bar? —preguntó Devon.

—A gatas —respondió Demetri.

Robby le lanzó una mirada asesina.

—¿Quieres probar mi pierna buena en tu cara?

—Nah, gracias. Ya tuviste suficiente contacto físico con nosotros por hoy.

Me acerqué a Robby y extendí una mano.

—Déjame ayudarte.

—No necesito ayuda.

Robby intentó ponerse de pie otra vez. Apretó los dientes cuando apoyó la pierna y, en un segundo, se tambaleó peligrosamente hacia un lado.

Antes de que pudiera caerse de lleno, Tory rodó los ojos y se adelantó.

—Eres un desastre, Keene.

—Déjame en paz.

—No.

Y sin previo aviso, lo cargó en brazos como si fuera una princesa.

El silencio en la habitación fue instantáneo.

Hasta el mismísimo Robby quedó en shock.

Yo me quedé con la boca abierta.

Eli soltó un jadeo exagerado.

Demetri pareció procesar la escena durante unos segundos y luego, sin poder evitarlo, estalló en carcajadas.

—¡Dios mío! —se sujetó el estómago—. ¡Esto es lo mejor que he visto en mi vida!

Eli lo miró, completamente maravillado.

—Yo pensé que ya había visto todo en este mundo, pero esto... esto es una obra de arte.

—¡Keene, tienes que poner los brazos alrededor de su cuello para que sea más romántico! —añadió Demetri, doblándose de la risa.

Robby, con el rostro completamente rojo, los fulminó con la mirada.

—¡Cállense los dos!

—No podemos. Este es un momento histórico —dijo Devon, sacando el celular—. Necesitamos pruebas de esto.

—Si alguien graba esto, lo mataré.

—¿Cómo? ¿Con tu pierna lesionada? —se burló Eli.

Tory, sin la menor muestra de esfuerzo, lo sostuvo firmemente y caminó hacia la puerta como si estuviera cargando una bolsa de pan.

—Si te mueves demasiado, te suelto en las escaleras —le advirtió, con una sonrisa maliciosa.

Robby dejó de moverse de inmediato.

—Ni se te ocurra.

—Entonces quédate quieto y disfruta del paseo, princesa.

Eli y Demetri se doblaron de la risa otra vez.

Devon solo suspiró, ya resignada a la estupidez del grupo.

Yo tuve que cubrirme la boca para no reírme en la cara de Robby.

—Juro que si alguien menciona esto otra vez, me voy a encargar de que desaparezca de la faz de la Tierra.

Eli fingió tomar una foto con las manos.

—Demasiado tarde, Keene. Esto ya está grabado en mi memoria.

—Y en la mía —añadió Demetri.

—Los odio.

—No más de lo que te odias a ti mismo por esto —se burló Tory.

—Por lo menos no hagas contacto visual conmigo mientras me llevas así.

—Qué pena, ya lo hice.

Salimos al pasillo entre carcajadas.

Tory bajó las escaleras sin inmutarse, mientras Robby, muerto de vergüenza, evitaba mirarnos a los ojos.

Cuando llegamos a la puerta, el Uber ya nos estaba esperando.

—Déjalo en el suelo antes de que el conductor piense que somos raros —susurré.

Tory suspiró teatralmente y lo dejó en el suelo con toda la delicadeza del mundo.

—Ahí tienes, tu alteza.

Robby le lanzó una mirada asesina antes de apoyarse en mí para no perder el equilibrio.

—Odio esta maldita pierna.

—Y yo odio que seas tan terco —le respondí.

Cuando todos estuvimos dentro del coche, el conductor nos echó un vistazo a través del espejo retrovisor.

—¿Fiesta?

—Algo así —respondió Eli.

—¿Cumpleaños?

—No, solo una excusa para beber irresponsablemente y tomar malas decisiones —dijo Demetri.

—Ah, perfecto. Entonces pórtense bien y no vomiten en mi coche.

Nos reímos.

El Uber arrancó, y mientras el coche avanzaba por las calles iluminadas, apoyé la cabeza contra la ventana y observé la ciudad.

Había algo extraño en el aire.

Algo que no podía describir del todo.

Quizás era solo el hecho de que era nuestra última noche juntos antes del torneo.

Nuestra última noche antes de que Tory se fuera.

Antes de que todo cambiara.

(. . .)

El bar estaba a reventar.

Las luces de neón parpadeaban en la oscuridad, iluminando el humo que flotaba en el aire. El sonido de la música retumbaba en mis oídos, mezclándose con el murmullo de las conversaciones, las risas y el estruendo de los vasos chocando entre sí.

Desde el momento en que cruzamos la puerta, el ambiente nos envolvió por completo.

Eli fue el primero en moverse, arrastrando a Devon con él.

—¡Misión número uno! —exclamó Eli, alzando un dedo en el aire—. ¡Llevar al lisiado a su trono!

—Gracias, Moskowitz —murmuró Robby, con sarcasmo.

—De nada, su majestad.

Demetri se adelantó y apartó a un par de personas de una mesa.

—¡Vamos, vamos! Háganle espacio al rey tullido.

Devon y Eli ayudaron a Robby a sentarse en uno de los sofás de cuero rojo del fondo.

Tory, por otro lado, no perdió el tiempo y se adentró en la multitud. La vi moverse con facilidad entre la gente, con su vestido negro ajustado y su cabello recogido en una coleta alta.

Sabía exactamente a dónde iba.

Cuando la vi acercarse a Kwon, lo supe de inmediato.

Kwon le sonrió en cuanto la vio. Tory le devolvió el gesto y se inclinó para decirle algo al oído. Él rió y apoyó un brazo en la barra, inclinándose hacia ella con confianza.

—Oh, por favor... —murmuró Robby desde nuestra mesa.

Le eché un vistazo.

Estaba mirando en dirección a Tory y Kwon, con la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados.

—¿Celoso? —pregunté, divertida.

—No.

—Suenas celoso.

—Solo me parece ridículo —dijo, cruzándose de brazos—. ¿En serio Kwon? ¿Ese idiota?

—Kwon es divertido —intervino Devon.

—Es un payaso —refutó Robby.

—¿Y qué tiene de malo un poco de diversión? —dije, apoyando la barbilla en mi mano—. A lo mejor Tory quiere relajarse antes del torneo.

Robby bufó y apartó la mirada.

—No es mi problema.

Devon y yo nos miramos con complicidad. Claro que era su problema.

Mientras tanto, Eli y Demetri ya estaban en la barra, rodeados de botellas y vasos.

—¡Dame lo más fuerte que tengas! —le dijo Eli al barman, golpeando la barra con entusiasmo.

—¿Qué tal un Long Island? —preguntó el barman, arqueando una ceja.

—¿Eso tiene ron?

—Sí.

—¿Vodka?

—Sí.

—¿Tequila?

—También.

Eli lo pensó por un segundo.

—Eso suena como un ataque al hígado.

—Exactamente.

—¡Me encanta! ¡Dame dos!

Demetri, a su lado, suspiró.

—Voy a necesitar que alguien lo cuide cuando empiece a desvariar.

Devon se sentó junto a mí y negó con la cabeza.

—Dios, esta noche va a ser larga.

Yo me pedí algo más tranquilo y saqué mi celular.

Deslicé la pantalla y revisé mis mensajes.

Miguel no había respondido.

Fruncí el ceño y abrí la conversación.

Mis últimos dos mensajes seguían sin respuesta.

"¿Todo bien?"
"Avísame cuando puedas."

Nada.

Sentí una punzada de molestia.

Lo conocía lo suficiente para saber que, si no me respondía, no era porque estuviera ocupado. Era porque estaba evitándome.

Suspiré y bloqueé la pantalla.

Cuando levanté la vista, el aire del bar cambió.

Vi la puerta abrirse de golpe y, como si el destino estuviera jugando con nosotros, un grupo de personas entró al lugar.

Lo reconocí al instante.

Axel Kovacevic.

A su lado, caminando con la misma arrogancia de siempre, estaba Zara Malik.

—Genial... —murmuró Robby, notándolos también.

Sus manos se cerraron en puños sobre la mesa.

Axel escaneó el lugar con la mirada, pero al vernos, desvió la vista de inmediato.

Zara, en cambio, nos miró directamente.

O mejor dicho, miró a Robby.

Sonrió con burla y alzó una ceja, como si estuviera desafiándolo en silencio.

Robby la miró mal, pero no dijo nada.

Axel, en cambio, se giró y se alejó rápidamente.

Se dirigió al otro lado del bar, como si de pronto le hubiera entrado pavor de cruzarse con nosotros.

—¿Vieron eso? —murmuró Devon.

—Sí —respondí—. Axel está evitándonos.

—Debe ser porque Keene está aquí —dijo Eli, volviendo con su trago en la mano—. Ya sabemos que tiene problemas con la gente más alta que él.—Dijo ocultando una risa ,claramente el comentario iba con sarcasmo—.

—¿Entonces también te tiene miedo a ti? —bromeó Demetri.

Eli le lanzó una mirada fulminante.

—Debería.

Pero Robby no prestaba atención a nuestras bromas.

Seguía con los ojos fijos en Zara.

Ella le sostuvo la mirada por unos segundos más antes de soltar una pequeña risa y girarse hacia la barra.

—Bien —murmuró Robby—. Esto solo se puso más interesante.

(. . .)

Tory regresó a la mesa con una sonrisa satisfecha en los labios y se dejó caer en el asiento junto a Robby.

—¿Te divertiste? —preguntó él con una frialdad que no pasó desapercibida.

Tory ladeó la cabeza y entrecerró los ojos con picardía.

—¿Te enojaste, bebé tuttifruti?

Robby suspiró pesadamente y apartó la mirada, pero no antes de que viéramos el leve fruncimiento de su ceño.

Eli, que ya estaba en su tercer trago de la noche, estalló en carcajadas.

—¡Bebé... tuttifruti! —repitió entre risas.

El problema fue que justo cuando soltó la carcajada, también tenía un sorbo de su bebida en la boca.

El resultado fue catastrófico.

Me escupió todo el trago encima.

—¡Eli! —exclamé, sintiendo el líquido helado empaparme la blusa.

—¡Oh, por Dios! —jadeó Devon, buscando servilletas rápidamente—. ¡Eli, eres un desastre!

Eli seguía riendo como un idiota, golpeando la mesa con la mano.

—¡No puedo creer que lo dijo así, con esa voz tan condescendiente! —soltó entre risas, secándose una lágrima.

Tory, en cambio, se inclinó hacia Robby con diversión en los ojos.

—¿Ves? A la gente le gusta mi sentido del humor.

Robby no respondió. Solo se limitó a tomar un trago de su whisky sin mirarla.

Mientras tanto, Devon intentó ayudarme con la mancha en mi blusa, pero levanté una mano para detenerla.

—No te preocupes —dije, suspirando—. De todos modos, tenía calor.

Me quité la chaqueta que llevaba encima y la dejé sobre el respaldo de la silla, tratando de ignorar la pegajosidad de la bebida en mi piel.

Fue en ese momento cuando mi celular vibró sobre la mesa.

Lo agarré rápidamente, sintiendo un pequeño chispazo de esperanza.

Tal vez era Miguel.

Tal vez, finalmente, había decidido responder mis mensajes.

Deslicé la pantalla y abrí la notificación.

Pero no era Miguel.

Era Yasmine.

Mi mejor amiga, desde Los Ángeles.

"Amiga, ¿cómo estás?"
"Disculpa que te escriba a esta hora, pero tienes que ver algo."

Fruncí el ceño.

Antes de poder escribirle de vuelta, me envió una foto.

Cuando la abrí, mi mundo entero se vino abajo.

Era Miguel.

En una fiesta.

Besándose con una chica que no conocía.

No fue solo el beso lo que me destruyó.

Fue la forma en la que la sostenía. La manera en la que sus manos estaban firmemente colocadas en su cintura, atrayéndola hacia él con una facilidad que antes había sido mía.

Fue la forma en la que la chica tenía las manos en su cuello, como si ya se conocieran, como si no fuera la primera vez.

Fue la expresión en su rostro.

No parecía borracho.

No parecía fuera de sí.

Parecía totalmente consciente.

Mi estómago cayó hasta el suelo.

Sentí que alguien acababa de meterme un puñal en el pecho y lo giraba con saña.

Los ojos se me llenaron de lágrimas al instante.

—Sam... —murmuró Tory.

Levanté la vista y vi que tanto ella como Demetri me miraban con el ceño fruncido.

Rápidamente, bloqueé la pantalla.

—Estoy bien —dije apresuradamente, aunque mi voz sonó más quebrada de lo que me hubiera gustado.

—Sam, ¿qué pasó? —preguntó Demetri, notando mi expresión.

—Nada. Solo... Necesito ir al baño.

Me levanté de golpe.

Las lágrimas ya estaban cayendo.

No podía evitarlo.

Empujé mi silla hacia atrás y caminé rápidamente entre la multitud, sintiendo el ardor en mi garganta y la opresión en el pecho.

Nadie parecía notarlo.

O al menos eso pensé.

Porque justo cuando pasé por el lado de Axel, vi por el rabillo del ojo que él me estaba mirando.

Su expresión cambió apenas un segundo. Como si notara que algo estaba mal.

Pero no me detuve.

Seguí caminando hasta encontrar el pasillo de los baños y, en cuanto cerré la puerta de uno de los cubículos, me dejé caer contra la pared.

Y ahí, finalmente, me derrumbé.

Lloré.

Lloré como no había llorado en años.

Lloré como una niña pequeña, con sollozos entrecortados y un dolor punzante en el pecho.

El sonido de la música seguía retumbando en el fondo, pero ahora todo me parecía lejano.

Todo lo que podía ver en mi mente era a Miguel.

Besando a otra.

Tocando a otra.

Y lo peor de todo, sin remordimiento.

Me sentí patética.

Me sentí insignificante.

Había estado esperando su mensaje, pensando en él, extrañándolo... Y él estaba con alguien más.

¿Acaso alguna vez le importé?

¿En qué momento dejó de quererme?

Un sollozo me sacudió los hombros y me tapé la boca con la mano, tratando de sofocar el sonido.

No quería que nadie me escuchara.

No quería que nadie viera lo rota que estaba.

Mi cabeza daba vueltas.

Mi corazón se partía en mil pedazos.

Y lo peor era que... sabía que esto era real.

No había vuelta atrás.

Miguel me había olvidado.

Y yo todavía no sabía cómo olvidarlo a él.

El dolor seguía latente en mi pecho, punzante, ineludible.

Me sentía diminuta, rota, abandonada.

El sonido de la música seguía vibrando a lo lejos, el murmullo de las conversaciones y el bullicio del bar me parecían ajenos, como si estuviera encerrada en una burbuja de tristeza.

Las lágrimas aún caían, calientes y pesadas, deslizándose por mis mejillas.

Entonces, escuché la puerta del baño abrirse.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

Me apresuré a secarme las lágrimas con la manga de mi blusa y aclaré la garganta, intentando sonar normal.

—Está ocupado —dije rápidamente, mi voz sonó quebrada.

Pero la persona del otro lado no se detuvo.

El sonido de pasos acercándose me puso en alerta.

Antes de que pudiera reaccionar, la puerta del cubículo se abrió suavemente.

Y ahí estaba él.

Axel Kovacevic.

Me quedé en shock.

Él me miraba desde arriba, su altura imponía más de lo normal en el reducido espacio del baño. Su cabeza casi rozaba el marco de la puerta y su figura bloqueaba la tenue luz del pasillo.

Axel era enorme. Gigantesco.

Yo, en comparación, parecía una niña pequeña.

Pero lo que más me sorprendió fue su expresión.

No había arrogancia.

No había burla.

No había esa actitud de superioridad con la que siempre se dirigía a todos.

Había preocupación.

Mis labios temblaron.

No tenía fuerzas para discutir con él, para decirle que se fuera, que no me interesaba hablar.

Axel cerró la puerta detrás de él con suavidad, sin apartar la mirada de mí.

Mi respiración estaba agitada, y aunque quise sostenerle la mirada, me fue imposible.

Él no dijo nada.

Simplemente alzó una mano y, con una ternura inesperada, acarició mi mejilla.

Mi piel ardió bajo su tacto.

El contraste entre su piel fría y la calidez de mis lágrimas hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.

Me quedé completamente inmóvil.

Sus dedos rozaron la piel húmeda de mi rostro con una delicadeza que no esperaba de alguien como él.

Axel Kovacevic, el líder de Iron Dragons.
El tipo más peligroso del bar.
Acariciándome como si fuera de cristal.

—¿Qué haces aquí? —susurré, mi voz apenas era un hilo de aire.

Axel tardó unos segundos en responder.

—Vi cómo saliste corriendo. —Su voz era profunda, pausada—. Vi tus lágrimas.

Desvié la mirada, avergonzada.

—No es nada —mentí.

Axel soltó un resoplido, como si mi respuesta fuera ridícula.

—Eso no parece "nada" —replicó suavemente, sin dejar de mirarme.

Mi corazón latía demasiado rápido.

No entendía qué estaba pasando.

Axel y yo no éramos amigos.

No hablábamos.

No compartíamos nada.

Él no tenía motivos para preocuparse por mí.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Acariciando mis mejillas, mirándome con una ternura que me desarmaba por completo.

Bajé la mirada y apreté los puños.

No quería llorar más.

Pero el dolor seguía ahí, oprimiéndome el pecho, recordándome la imagen de Miguel besando a otra.

Axel pareció notar mi lucha interna porque suspiró y dejó caer su mano a su costado.

—¿Quieres que lo mate? —preguntó de repente.

Mis ojos se abrieron de golpe.

—¿Qué?

—Ese idiota que te hizo llorar. —Su tono era tan serio que me dejó sin palabras—. ¿Quieres que lo mate?

Solté una risa incrédula.

—No quiero que mates a nadie, Axel.

—Solo dime su nombre. —Se encogió de hombros, como si realmente estuviera considerando la idea.

Lo miré con incredulidad, pero había una parte de mí que, en medio de mi dolor, encontró su comentario casi reconfortante.

Axel estaba dispuesto a pelear por mí.

No entendía por qué, pero en ese momento, no me importó.

Suspiré y apoyé la espalda contra la pared del cubículo, cerrando los ojos un instante.

—No quiero hablar de eso —murmuré.

—Entonces hablemos de otra cosa —dijo Axel con calma.

Abrí los ojos y lo encontré mirándome fijamente, con esos ojos oscuros llenos de algo que no lograba descifrar.

Era extraño.

Axel siempre parecía una amenaza.

Siempre tenía esa actitud de líder, de tipo duro, de alguien que no se preocupaba por nadie.

Pero aquí, en este baño, conmigo... se veía diferente.

Se veía sincero.

—No tienes que fingir que estás bien, Sam. —Su voz sonó más baja esta vez—. No conmigo.

Su sinceridad me golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.

Un nuevo nudo se formó en mi garganta.

Me mordí el labio y desvié la mirada.

Axel esperó.

No presionó.

No insistió.

Solo estuvo ahí.

Y, sin saber por qué, eso fue suficiente para que mi corazón doliera un poco menos.

(. . .)

El calor comenzó a invadirme, lento pero implacable.

Sentía mi piel arder, mi pulso acelerarse, la cabeza ligeramente nublada por los tequilas que había bebido antes.

No estaba borracha.

Pero definitivamente estaba sintiendo los efectos del alcohol.

Y de Axel.

Él estaba demasiado cerca.

Mi respiración se agitó cuando volví a mirarlo.

La penumbra del baño, la forma en que su sombra se proyectaba sobre mí, la intensidad con la que me observaba... todo me envolvía de una manera peligrosa.

Peligrosa porque no me alejé.

Peligrosa porque no quería hacerlo.

Axel no se movió.

No dijo nada.

Solo me miró con esos ojos oscuros, indescifrables, como si estuviera esperando que hiciera algo.

Y lo hice.

Bajé la mirada, primero a su cuello, luego a la línea de su mandíbula, hasta finalmente detenerme en sus labios.

Mis dedos se apretaron contra mi vestido.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Era Axel.

Axel Kovacevic.

Un tipo que apenas conocía.

Alguien que ni siquiera estaba en mi radar.

Pero en este instante, con su fragancia exquisita envolviéndome, su calor corporal pegándose al mío y la rabia latiendo en mi pecho como un tambor, me importaba un carajo quién era.

Miguel estaba besando a otra.

Miguel me había traicionado.

¿Por qué tenía que ser yo la que sufriera?

¿Por qué tenía que quedarme con el corazón roto mientras él se divertía?

Una oleada de venganza me recorrió el cuerpo como un rayo.

Axel seguía mirándome, expectante.

Y entonces, lo hice.

Con un movimiento rápido, lo agarré de la chaqueta y lo atraje hacia mí.

Lo besé.

Con fuerza, sin pensarlo, sin detenerme a cuestionar lo que estaba haciendo.

El impacto fue instantáneo.

Axel se quedó inmóvil por una fracción de segundo, sorprendido.

Luego, sin dudarlo, me respondió.

Su boca se abrió sobre la mía con una intensidad que me dejó sin aire.

Dios.

Axel besaba diferente.

No tenía la suavidad cuidadosa de Miguel.

No tenía su ternura ni su paciencia.

Axel era fuego.

Puro fuego.

Su beso era fuerte, dominante, como si estuviera devorándome.

Sentí su mano rodear mi cintura y apretarme contra él.

Mi espalda chocó contra la pared del cubículo con un golpe sordo.

Un jadeo escapó de mis labios, pero Axel no me dejó separarme.

No quería que me separara.

Su otra mano subió por mi cuello, enredándose en mi cabello, tirando suavemente de él mientras profundizaba el beso.

Mi cabeza daba vueltas.

El calor que había comenzado como una simple sensación en mi pecho ahora me envolvía por completo, quemándome desde adentro.

No pensaba en nada más.

Ni en Miguel.

Ni en la traición.

Ni en lo que significaba besar a Axel Kovacevic en el baño de un bar.

Solo pensaba en él.

En la forma en que su cuerpo se pegaba al mío, en la presión de sus labios, en el modo en que me sostenía como si no tuviera intención de soltarme.

Mis dedos se aferraron a su chaqueta con más fuerza, como si temiera que si lo soltaba, la realidad volvería a golpearme.

—Mierda, Sam... —murmuró Axel contra mis labios, su voz ronca, casi como un gruñido.

Su respiración estaba entrecortada, su pecho subía y bajaba con rapidez.

Yo tampoco podía respirar bien.

¿Qué carajo estaba haciendo?

Me aparté un poco, sin soltar su chaqueta, con la cabeza nublada.

Axel apoyó su frente contra la mía.

Su aliento mezclado con el mío.

El silencio se hizo pesado entre nosotros.

Mi corazón latía descontrolado.

Axel también parecía alterado.

—No me quejo —dijo de repente, con una sonrisa ladeada.

Mi estómago se contrajo.

Apreté los labios, sintiendo una mezcla de adrenalina y nerviosismo.

—No te hagas ilusiones, Kovacevic. —Intenté sonar indiferente, pero mi voz me traicionó.

Él rió suavemente.

—Oh, no me las hago. —Su mirada descendió hasta mis labios, luego subió de nuevo—. Pero deberías tener más cuidado.

Fruncí el ceño.

—¿Cuidado de qué?

Axel se inclinó un poco más, su boca rozando la mía, apenas un susurro de contacto.

—De besarme así.

Mi piel se erizó.

Un escalofrío me recorrió la columna.

Axel sonrió con arrogancia.

—Podrías acabar queriendo repetirlo.

Mis mejillas ardieron.

¿Qué acababa de hacer?

Lo miré fijamente, sintiendo que el aire en el baño se había vuelto insoportablemente denso.

Mis labios aún hormigueaban.

Mis piernas temblaban ligeramente.

Y Axel... Axel parecía encantado con mi reacción.

Con su típica calma, me soltó lentamente, sus manos deslizándose por mi cuerpo antes de alejarse unos centímetros.

El espacio entre nosotros se sintió vacío.

Frío.

Quise decir algo.

Quise encontrar una excusa para lo que acababa de pasar.

Pero no había excusa.

Yo había besado a Axel Kovacevic.

Y lo peor de todo... es que lo había disfrutado.

El silencio entre nosotros se volvió más espeso, más denso.

Axel aún estaba frente a mí, demasiado cerca, su cuerpo irradiando calor contra el mío, su respiración rozando mi piel con cada exhalación.

Mis labios seguían ardiendo.

Mi corazón latía con fuerza.

Pero lo que realmente me preocupaba no era eso.

Era la forma en que él me miraba.

Oscuro. Intenso. Hambriento.

Como si estuviera esperando el más mínimo movimiento para devorarme.

Y el problema era que yo... quería que lo hiciera.

Tragué saliva, sintiendo el nudo de emociones mezcladas en mi garganta.

Venganza. Deseo. Rabia.

Miguel había besado a una cualquiera en una fiesta, y yo tenía a Axel aquí. Alto, atractivo, con esa mirada que me desarmaba y unas manos que parecían hechas para sostenerme.

¿Por qué no iba a aprovecharlo?

Sonreí de lado.

Axel frunció el ceño, notando mi cambio de actitud.

—Te has quedado muy callada, Sam —murmuró con voz ronca, su mirada recorriéndome con atención.

Mi estómago se contrajo.

Intenté abrir la boca para responder, pero él ya estaba moviéndose.

Su mano subió a mi mejilla, rozando la piel con el dorso de sus dedos en una caricia apenas perceptible.

Cerré los ojos sin querer.

Su tacto era cálido.

Seguí el instinto.

Me incliné hacia él, recortando la distancia entre nosotros hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.

—Si quieres que pare... —continuó Axel, su aliento chocando contra mi boca—. Dímelo ahora.

Abrí los ojos.

Él me miraba con fijeza. Expectante.

Pero yo no quería que parara.

No esta noche.

Sonreí con malicia y enredé mis dedos en la tela de su chaqueta de cuero.

—No quiero que pares.

Axel apretó la mandíbula.

Su cuerpo se puso rígido, como si estuviera intentando contenerse.

—Sam... —murmuró con advertencia.

—¿Qué? —ladeé la cabeza y, con un descaro que no sabía de dónde venía, dejé que mis labios rozaran su mandíbula. Apenas un roce, pero suficiente para hacerlo cerrar los ojos un instante.

Su autocontrol estaba pendiendo de un hilo.

Perfecto.

—No tienes que hacer esto —susurró, con la voz más grave que antes—. No conmigo.

Solté una risa baja.

—¿Quién dijo que no quiero?

Mis manos se deslizaron hasta su nuca, enterrando mis dedos en su cabello oscuro.

Axel inhaló hondo.

—Estás borracha.

—Apenas un poco.

—No es una buena idea.

Sonreí de lado.

—Entonces dime que no lo quieres.

No respondió.

Me miró fijamente, con esa lucha interna reflejada en sus ojos.

Y entonces, cedió.

Gruñó algo ininteligible antes de sujetar mi rostro con ambas manos y besarme con una intensidad que me dejó sin aire.

Feroz.

Desesperado.

Hambriento.

Un jadeo escapó de mis labios cuando sus manos descendieron a mi cintura, atrapándome contra su cuerpo.

Me apegó más a él, sin dejarme espacio para nada más que el calor de su piel, el sabor de su boca, la sensación de su lengua enredándose con la mía en un juego sin tregua.

Yo quería provocarlo.

Él quería resistirse.

Pero ya era demasiado tarde.

Mis dedos viajaron hasta su chaqueta y comencé a deslizarla por sus hombros.

Axel atrapó mis muñecas en el aire.

—Sam... —Jadeó contra mis labios—. No deberíamos...

Sonreí con inocencia fingida.

—¿No deberíamos?

Mis caderas rozaron contra su cuerpo.

Axel soltó un maldición entre dientes.

—Eres un problema.

Le mordí el labio inferior antes de susurrar:

—Entonces, resuélveme.

Él maldijo otra vez y me besó con más fuerza.

Sus manos descendieron hasta la curva de mi cadera, apretándome sin reparos.

Solté un gemido ahogado cuando su boca dejó mis labios para recorrer mi cuello.

—Dios... —susurré, entrelazando mis dedos en su cabello.

Axel sonrió contra mi piel.

—Eso pensé.

Sus labios trazaron un camino de besos descendentes, quemando cada rincón de mi piel.

Mis uñas se aferraron a su camisa, buscando más contacto.

Mis piernas temblaban.

Mi cabeza estaba nublada.

Y en medio de ese torbellino de sensaciones, escuché una voz familiar.

—¡¿Sam?!

Mi corazón se detuvo.

Axel también se quedó inmóvil.

Me miró y, en lugar de apartarse, sonrió con diversión.

—Parece que nos han interrumpido.

Mi respiración aún estaba acelerada.

Mi mente aún estaba atrapada en la sensación de sus labios sobre los míos.

Pero lo único que pude hacer fue empujarlo.

No con fuerza.

Solo lo suficiente para que tomara distancia antes de que Tory abriera la puerta del cubículo.

Axel me lanzó una última mirada.

Sabía lo que habíamos hecho.

Sabía que esto no había terminado.

Y yo también lo sabía.





Muchas gracias por el pedido brunelitaaa !
Espero lo disfrutes <3

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