💋[Clandestino] Robby x Tory

La historia pertenece a milkxlawrence
Este one shot no cambia en nada la historia ,que lo disfruten!

Robby
x
Tory

Robert Keene.

Martes 13:19 p.m

Victoria Nichols.

Nunca había odiado tanto un nombre. Nunca había sentido tanto la ausencia de alguien que ni siquiera tenía derecho a extrañar. Y, sin embargo, aquí estaba, encerrado en mi oficina, mirando la nada, mientras el mundo seguía girando afuera.

Mi oficina era perfecta: las paredes de vidrio daban una vista panorámica de la ciudad; el escritorio, hecho a medida, de madera de nogal, era un símbolo de poder; y el silencio... Ah, el silencio solía ser mi mejor aliado. Hasta que dejó de serlo. Ahora era un recordatorio constante de su ausencia, un eco que amplificaba todo lo que había perdido.

La computadora frente a mí llevaba horas encendida. El cursor parpadeaba en el mismo archivo de Excel que había abierto hacía ya media mañana, pero no importaba. Porque lo único que ocupaba mi mente era ella. Su risa, su mirada, la forma en que cruzaba las piernas mientras trabajaba en mi oficina. Todo de Tory se había quedado conmigo... incluso cuando ella ya no estaba aquí.

La puerta se abrió de golpe, sin previo aviso, y apareció Miguel.

—¿Qué mierda quieres? —gruñí, sin molestarse en ocultar mi fastidio.

—Vaya, hermano, ¿así recibes al favorito de la familia? —respondió, ignorando mi tono mientras cerraba la puerta tras él. Llevaba un par de carpetas bajo el brazo, pero su verdadero propósito era obvio: molestarme.

—Miguel, no estoy de humor. Haz lo que tengas que hacer y sal.

Pero, por supuesto, Miguel no era el tipo de persona que se limitaba a lo que se le decía.

—Relájate, Robby. Sólo vine a dejarte esto. Ah, y un mensaje de papá. Dice que el informe del próximo trimestre tiene que estar listo antes del lunes. Ya sabes cómo es, siempre apretando el reloj. —Se giró hacia mí, con una sonrisa de suficiencia que quería borrarle de un golpe. Pero no podía.

No ahora. No mientras Tory trabajara con él.

—¿Algo más? —pregunté con impaciencia, intentando que mi tono sonara más amenazante de lo que realmente era.

Miguel me observó por un momento, como si tratara de leer mi mente, y luego sonrió aún más.

—Sí, en realidad. Quería darte las gracias. Tory es fantástica. —El sonido de su nombre salió de su boca como un disparo, directo al centro de mi pecho. Me tensé, pero intenté mantenerme estoico.

—¿Gracias? —repetí, esforzándome por sonar desinteresado, aunque sabía que Miguel estaba disfrutando cada segundo de mi incomodidad.

—Sí, gracias por no valorar lo que tenías. —Su tono era despreocupado, casi burlón, pero había una chispa de desafío en sus ojos. Lo sabía. Sabía que estaba jugando conmigo.

Miguel no se detuvo se acomodó en uno de los sillones de cuero frente a mí, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—En realidad, vine por otra razón. Quería agradecerte. —Lo dijo con una sonrisa que me puso en alerta.

—¿Agradecerme? —levanté una ceja, finalmente mirándolo. Había algo en su tono que no me gustaba.

Miguel apoyó los codos en sus rodillas y me miró directo a los ojos, disfrutando cada segundo de mi incomodidad.

—Por Tory. —Su nombre salió de su boca como un disparo, directo al centro de mi pecho.

Me tensé al instante, pero intenté mantener la compostura.

—¿Qué estás diciendo? —Mi tono era frío, pero mi garganta se sentía seca.

—Oh, no te hagas el desentendido, hermano. La mejor secretaria que he tenido en mi vida. Es eficiente, inteligente, y, bueno... hermosa. Muy hermosa. —Sonrió, dejando que sus palabras se filtraran lentamente en el aire, como veneno.

Me levanté de mi silla. No iba a dejar que me provocara. No con esto.

—Miguel, te lo advierto, no te metas donde no te llaman.

Pero él solo levantó las manos en un gesto de aparente inocencia.

—¿Meterme? ¿Yo? Hermano, sólo estoy siendo honesto. ¿Sabes lo increíble que es trabajar con alguien como ella? Siempre está impecable, con esas faldas que le quedan tan bien... —Su tono era deliberadamente lento, como si saboreara cada palabra—. Y ni hablemos de esa cintura, ¿verdad? O de cómo camina cuando lleva tacones.

—¡Basta! —golpeé la mesa con ambas manos, incapaz de contenerme.

Miguel se reclinó en el sillón, completamente imperturbable.

—¿Qué? ¿Te molesta que admire su... profesionalismo? Porque, déjame decirte, ella es profesional hasta cuando sonríe. Esa sonrisa, Robert, es capaz de iluminar el peor día de cualquiera. Bueno, supongo que tú ya lo sabías. O al menos, lo sabías antes de que todo se fuera al carajo, ¿no?

—Miguel, te juro que si sigues hablando de ella...

—¿Qué harás? —me interrumpió, levantándose del sillón y caminando hacia mí con una sonrisa burlona—. ¿Golpearme? ¿En serio crees que eso cambiará algo? Porque, déjame decirte, Robby, ella está mucho mejor ahora. Y no lo digo sólo porque trabaje para mí. No, lo digo porque por fin está lejos de ti. ¿Sabes lo que me dijo ayer?

No respondí. No podía. Cada palabra suya era un golpe directo al pecho.

—Me dijo que nunca se había sentido tan valorada. —Miguel se inclinó sobre mi escritorio, mirándome con esa chispa de burla en los ojos—. Que trabajar aquí era un alivio. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que, a pesar de todo lo que creíste que tenías con ella, al final... no eras suficiente.

Mis manos se cerraron en puños. Sentí un calor insoportable subiendo por mi cuello, pero no podía moverme. Miguel sonrió, satisfecho, y dio un paso atrás.

—En fin, sólo quería darte las gracias. Por arruinarlo todo, claro. —Me guiñó un ojo antes de girarse hacia la puerta—. Ah, y por cierto... dile a Zara que felicidades por el bebé. Estoy seguro de que vas a ser un padre fantástico.

Y con eso, se fue, dejando la puerta abierta detrás de él.

El silencio volvió, pero no era el mismo de antes. Ahora era un eco de todas las palabras que Miguel había lanzado, un recordatorio cruel de lo que había perdido. De lo que había destruido con mis propias manos.

Victoria Nichols

15:41 p.m

El sonido de mis dedos tecleando llenaba el aire, una especie de música mecánica que intentaba usar como refugio para no pensar demasiado. Era uno de esos días en los que el trabajo parecía mi única salvación, mi única excusa para no enfrentar todo lo que no quería sentir. Había correos que responder, contratos que revisar, documentos que organizar, pero mi mente estaba en otro lugar. O, mejor dicho, con otra persona.

Llevaba el cabello recogido en un moño desprolijo, como siempre que no tenía ganas de esforzarme demasiado en mi apariencia. Era irónico, considerando la industria en la que trabajaba. A pesar de todo, sabía que lucía bien. Siempre había tenido esa confianza. Pero hoy no se trataba de cómo me veía. Hoy se trataba de mantenerme ocupada y no pensar en él.

La puerta del ascensor se abrió con un suave "ding", y escuché pasos acercándose. No necesitaba mirar para saber quién era. Miguel. Su caminar tenía esa energía despreocupada que siempre anunciaba su presencia antes de que él hablara.

—¿Trabajando duro ,señorita Nichols? —preguntó con su tono ligero, casi juguetón, mientras se acercaba a mi escritorio.

Levanté la vista de la pantalla justo a tiempo para verlo con su sonrisa de siempre, esa mezcla de amabilidad y coquetería que podía desarmar a cualquiera. En una mano llevaba dos cafés, y en la otra, probablemente, la intención de sacarme una sonrisa.

—Como siempre, señorito Díaz. —Respondí con una ligera sonrisa, más por cortesía que por ganas reales de sonreír.

—Señorito Díaz, ¿en serio? Tory, ya te he dicho mil veces que me llames Miguel. —Se sentó en el borde de mi escritorio con la confianza de alguien que sabía que nunca se le iba a decir que no.

—Y yo te he dicho mil veces que me llames señorita Nichols. —Intenté bromear, aunque mi voz sonó algo apagada.

Él rió suavemente mientras extendía uno de los cafés hacia mí. Lo acepté con una inclinación de cabeza.

—Gracias.

—Siempre a tu servicio. —Respondió, encogiéndose de hombros con una sonrisa que no podía ser más casual.

Di un sorbo al café, dejando que el calor me relajara, mientras Miguel seguía sentado frente a mí, observándome con esa mirada que mezclaba curiosidad y algo de admiración.

—¿Sabes? —comenzó, inclinándose un poco hacia adelante—. No sé qué haría esta oficina sin ti. De verdad. Antes de que llegaras, todo era un desastre. Tú haces que todo funcione.

—¿De verdad? —Respondí con un tono que intentaba sonar despreocupado, aunque no podía evitar sentirme un poco agradecida por el cumplido.

—Lo digo en serio. —Dijo, apoyando su café en el escritorio—. Eres increíble, Tory. Y no sólo por lo eficiente que eres. Me refiero a cómo haces que todo parezca fácil. Eres un soplo de aire fresco.

Sonreí levemente, pero no dije nada. Miguel era un buen jefe. Eso era indiscutible. Era amable, atento, y trabajaba duro. Pero incluso con toda su amabilidad, había algo que no podía ignorar: él no era Robby.

Robby.

El nombre golpeó mi mente con una fuerza que me hizo tensarme ligeramente. Como si mi cuerpo reconociera el peso de ese recuerdo antes de que mi mente pudiera detenerlo. No quería pensar en él, pero lo hacía. Lo hacía todo el tiempo.

Lo recordaba entrando a esta misma oficina, siempre con su ceño fruncido, como si todo lo que hacía yo lo irritara. Pero también recordaba cómo, cuando nadie más miraba, su rostro cambiaba. Su mirada se suavizaba, y de vez en cuando me regalaba una de esas sonrisas que parecían reservadas sólo para mí.

—Tory, ¿estás bien?

La voz de Miguel me sacó de mis pensamientos. Lo miré, parpadeando un par de veces para aclarar mi mente.

—Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?

Él me miró con una mezcla de diversión y preocupación.

—No sé, parecía que te habías ido a otro planeta por un momento.

—Lo siento. Sólo estoy... concentrada. —Mentí, intentando sonar convincente.

—Bueno, espero que sigas igual de concentrada esta tarde.

—¿Por qué?

Miguel sonrió y dio un sorbo a su café antes de responder.

—Tenemos una reunión con el equipo de marketing. Quiero que estés ahí. Tu opinión es importante para mí.

Sentí un nudo formarse en mi estómago al instante. Por supuesto que habría una reunión. Y si era con el equipo de marketing, eso significaba que Robby estaría ahí.

—Claro. Estaré ahí. —Respondí, esforzándome por sonar tranquila.

—Perfecto. —Dijo Miguel, poniéndose de pie. Se detuvo por un momento, como si estuviera considerando decir algo más, pero al final sólo añadió: —Y, Tory... Si necesitas algo, lo que sea, ya sabes que puedes pedírmelo, ¿verdad?

Asentí, agradecida por su amabilidad, aunque sabía que no había nada que él pudiera hacer por mí.

Cuando se fue, dejándome sola una vez más, el peso de mis pensamientos volvió con fuerza.

¿Cómo iba a enfrentarlo? ¿Cómo iba a sentarme en la misma sala que Robby sin que todo lo que sentía se reflejara en mi rostro?

Porque, aunque nunca lo admitiría en voz alta, lo extrañaba. Extrañaba su compañía, sus bromas sarcásticas, esa manera en la que siempre parecía leerme incluso cuando yo no decía nada. Extrañaba sus besos, sus caricias, y esa sensación de que, al menos por un momento, todo estaba bien cuando estaba con él.

Pero ya no era mi lugar sentir eso. No después de cómo habían terminado las cosas. Y, sin embargo, aquí estaba, sentada en mi escritorio, deseando cosas que sabía que nunca tendría de nuevo.

Pasaron varios minutos antes de que pudiera siquiera concentrarme nuevamente en la pantalla. Mis manos tecleaban mecánicamente mientras mi mente seguía reproduciendo recuerdos que prefería enterrar. Robby siempre había tenido esa maldita capacidad de quedarse conmigo, incluso cuando ya no estaba cerca.

El sonido del teléfono vibrando sobre el escritorio me arrancó de mi ensimismamiento. Lo tomé con una mano, esperando encontrar un correo nuevo o alguna instrucción de Miguel, algo que pudiera obligarme a enfocar mi atención en otra cosa. Pero no. Era una notificación del calendario:

Reunión con el equipo de marketing: 3:00 p.m.

Suspiré profundamente. Aún faltaba un rato, pero el simple hecho de saber que Robby estaría allí hacía que un peso incómodo se asentara en mi pecho.

Intenté distraerme volviendo al trabajo, revisando contratos, propuestas, cualquier cosa que necesitara un ojo crítico. Analicé cada palabra con una precisión excesiva, como si buscar errores minúsculos pudiera mantener a raya los pensamientos que amenazaban con desbordarse. Sin embargo, no importaba cuánto lo intentara. Cada vez que el silencio se hacía presente, su recuerdo regresaba. Cada palabra que habíamos dicho, cada mirada, cada herida.

No importaba cuánto tiempo pasara, Robert Keene seguía siendo como una sombra que nunca desaparecía del todo.

Cuando las 3:00 p.m. finalmente llegaron, sentí como si el tiempo me hubiera traicionado. Entré en la sala de reuniones, que ya estaba casi llena, y mi mirada lo encontró de inmediato. Robby estaba allí.

Estaba sentado al otro lado de la mesa, revisando algo en su tablet, con la misma expresión imperturbable que siempre llevaba en reuniones como estas. Su presencia dominaba la sala, no porque hiciera algo para reclamar la atención, sino porque simplemente la tenía. Había algo en la forma en que se sentaba, en cómo su camisa perfectamente planchada se ajustaba a sus hombros anchos, en cómo su cabello estaba impecablemente arreglado, lo que hacía que todos supieran quién tenía el control.

Robby no era solo un empleado más. Era el jefe.

Mi corazón dio un vuelco cuando me di cuenta de que no me había visto entrar. O tal vez sí lo había hecho, pero no le importaba. Eso era lo peor de todo: que no podía leerlo, que nunca sabía qué había detrás de esa mirada impenetrable.

—Perfecto, ya estamos todos. —Dijo Miguel desde el extremo opuesto de la mesa, rompiendo el silencio con su tono amigable.

Tomé asiento cerca de él, tratando de mantenerme tranquila, aunque mi cuerpo parecía estar en constante alerta. Si Robby había notado mi presencia, no lo demostró. Ni un solo vistazo en mi dirección, ni un movimiento que pudiera indicar que mi llegada había alterado algo en él.

Miguel comenzó a hablar sobre los proyectos en curso, pero sus palabras parecían un eco lejano. Mi mente estaba dividida entre el esfuerzo de parecer concentrada y la realidad de que Robby estaba en la misma sala que yo. Cada tanto, mi mirada se desviaba hacia él, casi contra mi voluntad.

Lo observé mientras escribía algo en su cuaderno, sus dedos moviéndose con precisión sobre el papel. Su mandíbula estaba tensa, y cada línea de su rostro irradiaba esa seriedad que solía desconcertarme tanto. Pero luego, en un momento en el que creí que podía observarlo sin ser descubierta, levantó la vista.

Nuestros ojos se encontraron.

Fue solo un segundo, quizá menos, pero fue suficiente para que todo dentro de mí se detuviera. Había algo en su mirada que me desarmó, como siempre lo hacía. No era enojo, ni sorpresa. Era algo más profundo, algo que no podía descifrar del todo. Y, como si el peso de ese contacto visual fuera demasiado, aparté la mirada rápidamente.

Me forcé a centrarme en Miguel, quien seguía hablando sobre la estrategia de marketing.

—Victoria, ¿qué opinas? —Su voz me sacó de golpe de mi burbuja.

Parpadeé, tratando de recuperar la compostura.

—Creo que el enfoque está bien, pero podríamos ajustar la campaña para que sea más inclusiva. Asegurarnos de que estamos llegando a un público más amplio. —Respondí, esperando sonar más segura de lo que realmente me sentía.

Miguel asintió, satisfecho con mi aporte.

—Eso es exactamente lo que pensaba. Gracias, Tory.

Sentí una mirada fija en mí, y aunque no quería comprobarlo, sabía de quién era. Robby me estaba observando. Siempre lo hacía cuando creía que no me daría cuenta. Pero esta vez, incluso después de notarlo, no aparté la vista. No me atrevía.

Cuando la reunión finalmente terminó, todos comenzaron a recoger sus cosas. Miguel se acercó a mí con una sonrisa.

—Buen trabajo hoy, como siempre. —Me dijo antes de salir de la sala, dejándome sola con Robby.

Mientras me dirigía a la puerta, una voz profunda y firme me detuvo en seco.

—Tory.

No tuve que girarme para saber quién era. La forma en que dijo mi nombre, con esa mezcla de autoridad y algo que sonaba a vulnerabilidad reprimida, era inconfundible.

Robby estaba de pie junto a la mesa, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón perfectamente planchado. Su postura era relajada, pero había algo en su mirada que me hizo sentir como si estuviera atrapada bajo su escrutinio.

—¿Podemos hablar un momento?

Lo miré, y por un instante, todo lo demás desapareció. La sala, el trabajo, incluso Miguel. Todo lo que podía ver era a Robby y los recuerdos que tanto me esforzaba en ignorar.

—¿Hablar de qué? —Pregunté finalmente, intentando sonar indiferente.

Robby dio un paso hacia mí, cerrando la distancia entre nosotros, aunque no lo suficiente como para intimidarme.

—Quiero saber por qué me evitas.

La pregunta me golpeó como un ladrillo.

—No te estoy evitando. —Mentí, pero mi voz sonó débil incluso para mis propios oídos.

Robby dejó escapar una risa breve, sin rastro de humor.

—Por favor. Sabes que no soy idiota. Apenas me miraste durante toda la reunión, y ni siquiera puedes sostenerme la mirada ahora.

Su tono era serio, pero había algo más. Algo que no podía identificar del todo, pero que me hacía sentir más vulnerable de lo que quería admitir.

—¿Qué esperabas? —Dije, con una voz que intenté mantener firme. —¿Qué todo fuera como antes? Porque no lo es.

Robby me sostuvo la mirada, y por un momento, pensé que iba a discutir. Pero en lugar de eso, simplemente suspiró.

—No quiero que sea como antes. Solo quiero que hablemos. Que arreglemos esto.

—¿Arreglar qué? —Le espeté, mi tono lleno de una mezcla de frustración y dolor. —¿El hecho de qué me humillaste? ¿O el hecho de que ahora pretendes que nada de eso importa?

El silencio que siguió fue pesado, lleno de todo lo que no se decía. Robby apretó la mandíbula, sus ojos llenos de algo que parecía ser arrepentimiento.

—No fue así, Tory. Tú no sabes...

—No quiero saberlo. —Lo interrumpí, mi voz apenas un susurro. Antes de que pudiera decir algo más, salí de la sala, dejando atrás todo lo que no estaba lista para enfrentar.

Cuando volví a mi escritorio, sentí que cada paso que daba era un recordatorio de lo mal que había salido aquella conversación con Robby. Mi mente estaba todavía atrapada en sus palabras, en su mirada, en la sensación de que no importaba cuánto lo evitara, siempre encontraba la manera de alcanzarme.

Me dejé caer en mi silla con un suspiro pesado, cerrando los ojos por un momento, intentando calmar mi corazón. Sabía que había tomado la decisión correcta al alejarme, pero eso no hacía que fuera más fácil. Las heridas seguían ahí, y cada interacción con Robby las hacía sangrar un poco más.

No tuve mucho tiempo para ahogarme en mis pensamientos, porque apenas unos minutos después, Miguel se acercó a mi escritorio. Su presencia siempre tenía una forma de ser reconfortante, como un recordatorio de que no todo estaba mal en mi vida. Aunque sabía que no insistiría si decía que estaba bien, su expresión mostraba claramente que estaba preocupado.

—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose un poco hacia mí mientras apoyaba las manos en el borde de mi escritorio. Su voz era tranquila, pero había un matiz de preocupación que no podía ignorar.

—Sí, estoy bien —respondí rápidamente, demasiado rápido, quizás, mientras me obligaba a sonreír. Él alzó una ceja, como si no me creyera del todo, pero no insistió.

—Si necesitas hablar o lo que sea, ya sabes que estoy aquí, ¿verdad? —dijo, y la calidez en su tono casi me hizo bajar la guardia.

—Lo sé, Miguel. Gracias. —Intenté sonar convincente, aunque no estaba segura de haberlo logrado.

Él se quedó ahí un momento más, mirándome como si estuviera considerando si debía decir algo más, pero al final optó por cambiar de tema.

—Bueno, ya que estamos hablando... hay algo que quería pedirte. —Se cruzó de brazos y me lanzó una de esas sonrisas suyas que siempre parecían desarmar a todos. Esa sonrisa que lo hacía tan diferente de Robby.

—¿Pedirme algo? —respondí con cautela, alzando una ceja.

—Sí. Este fin de semana mi familia organiza una cena, algo grande, ya sabes cómo son ellos. Y, bueno... pensé que tal vez te gustaría acompañarme. —Lo dijo con tanta naturalidad que por un segundo no entendí la magnitud de lo que estaba diciendo.

Me quedé en silencio, procesando lo que acababa de decir. Una cena familiar. Con los Lawrence. Con Zara Malik. Con Robby. Sentí un nudo formarse en mi estómago al pensar en estar en la misma habitación que esas tres personas al mismo tiempo. No podía imaginar un escenario más incómodo.

Miguel notó mi reacción antes de que pudiera ocultarla del todo. Su expresión se suavizó, y su sonrisa perdió un poco de brillo.

—Tory, no tienes que hacerlo si no quieres. No quiero que te sientas presionada ni nada. —Se inclinó un poco más hacia mí, su tono lleno de comprensión. —Solo pensé que... bueno, sería bueno tenerte ahí.

—Miguel, no sé si sea una buena idea. —Finalmente encontré mi voz, aunque sonaba más débil de lo que hubiera querido.

—Entiendo por qué podrías pensarlo, pero quiero que sepas que si decides venir, estaré contigo todo el tiempo. —Hizo una pausa, su mirada fija en la mía. —No tienes que enfrentarte a nadie sola.

Era un gesto amable, como siempre lo era Miguel, pero la idea de enfrentarme a todo ese grupo de personas seguía siendo aterradora. Robby sería un problema, sin duda, pero Zara... Ella tenía una forma de hacerme sentir pequeña, como si cada mirada suya fuera un recordatorio de que nunca sería lo suficientemente buena.

Y Johnny... Bueno, Johnny siempre había sido un tema complicado.

—Miguel, aprecio que me lo pidas, pero no sé si pueda manejar eso ahora mismo. —Mi voz era apenas un susurro, y aparté la mirada de la suya, incapaz de sostenerla.

—No hay problema si decides que no puedes. De verdad, no quiero que te sientas incómoda. —Su tono era tan genuino que casi me sentí culpable por dudar.

Él se enderezó, pero antes de alejarse, añadió:

—Solo quiero que lo pienses, ¿de acuerdo? Me haría muy feliz tenerte ahí.

Asentí lentamente, incapaz de decir más. Su sonrisa volvió, cálida y comprensiva, antes de que se diera la vuelta y regresara a su propio escritorio.

Pasé el resto del día pensando en su invitación. ¿Sería lo justo para mí? Para mi propia paz mental. Me imaginé sentada en esa mesa, rodeada de las personas que habían causado tantas grietas en mi vida. Pero luego recordé las palabras de Miguel, su tono lleno de seguridad, y la promesa de que no estaría sola.

Al final, cuando el día estaba por terminar, me encontré enviándole un mensaje.

"Está bien. Iré contigo a la cena."

La respuesta llegó casi al instante.

"Sabía que dirías que sí. Gracias, Tory. Te prometo que no te arrepentirás."

Sus palabras deberían haberme tranquilizado, pero en lugar de eso, solo hicieron que mi ansiedad creciera aún más. Porque, aunque Miguel prometiera que todo estaría bien, sabía que nada en esa cena sería sencillo.

Viernes 10:21 a.m

Era viernes por la mañana y, por primera vez en mucho tiempo, tenía el día completamente libre. Había planeado aprovecharlo para quedarme en casa, con mi pijama favorito y una taza de café caliente entre las manos, mientras devoraba capítulos de una serie en Netflix. Sin embargo, mi mente no estaba del todo presente. Cada tanto, mi mirada se desviaba hacia la ventana o mi teléfono, como si estuviera esperando algo sin saber exactamente qué. Desde que acepté la invitación a la cena familiar de Miguel, una especie de inquietud había comenzado a instalarse en mi pecho, como un nudo imposible de deshacer. No era nerviosismo exactamente, pero tampoco calma. Era algo en el medio, y eso me molestaba.

El sonido de mi teléfono me sacó del trance en el que me encontraba. Sin mirar quién llamaba, lo alcancé de manera distraída y llevé el aparato a mi oído.

—¿Hola?

—¿Dormilona? —La voz de Miguel sonó al otro lado, con ese tono despreocupado y lleno de confianza que parecía ser parte de su personalidad. No pude evitar sonreír.

—¿Miguel? —respondí, tratando de disimular mi sorpresa—. Buenos días para ti también.

—Buenos días —replicó con una risa ligera—. ¿Qué estás haciendo?

—¿Por qué? —respondí, sospechando de inmediato. Miguel nunca llamaba sin un propósito claro.

—Porque estoy afuera de tu edificio. Baja.

Su declaración me hizo incorporarme de golpe en el sofá. Me llevé una mano a la frente, intentando procesar lo que acababa de decir.

—¿Qué? ¿Cómo que estás afuera? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Escuché ayer tu charla con Rose ,que no tenías nada que ponerte para la cena. Así que pensé que podíamos buscar algo juntos.

—Miguel, no es tan importante. Tengo algo en mi armario que...

—No empieces con eso. No voy a aceptar un no. Bájate. Dame un par de horas y prometo no hacerlo tan terrible.

—Miguel... —comencé a protestar, pero él cortó la llamada antes de que pudiera terminar.

Me quedé mirando el teléfono, con una mezcla de sorpresa e incredulidad. "Es típico de él", pensé. Suspiré, resignada, y me levanté del sofá. En el dormitorio, escogí unos jeans ajustados y un suéter de lana color beige. Nada especial, pero suficiente para no parecer que acababa de levantarme.

Cuando bajé, lo vi apoyado contra su auto, un modelo negro brillante que reflejaba la luz del sol de manera impecable. Llevaba una chaqueta de cuero negra y jeans oscuros, con esa combinación entre elegancia y relajación que parecía natural en él. Sonreía de una manera que siempre parecía a medio camino entre diversión y desafío.

—Ahí estás. —Se apartó del auto y abrió la puerta del copiloto para mí, como si estuviera en el set de alguna película romántica.

—Esto no era necesario, ¿sabes? —dije mientras me acercaba.

—Claro que lo era. —Su sonrisa se ensanchó, y su voz adoptó un tono casual que no dejaba espacio para discusiones—. Y, si no lo era, ahora lo es.

—Siempre tienes que tener la última palabra, ¿verdad? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Por supuesto. —Hizo una leve reverencia teatral, como si fuera algo de lo que estuviera orgulloso.

No pude evitar reír, y esa risa alivió un poco la tensión que había sentido al aceptar su propuesta. Subí al auto, y él cerró la puerta detrás de mí antes de rodear el vehículo para sentarse en el asiento del conductor.

El trayecto comenzó tranquilo, con él encendiendo el motor y acomodándose en su asiento con facilidad.

—¿Qué estabas haciendo antes de que te interrumpiera? —preguntó, lanzándome una mirada rápida antes de enfocarse en la carretera.

—Nada especial. Viendo una serie.

—¿Cuál?

—Una de esas de crímenes que te hacen sospechar de todos los personajes —respondí, haciendo un gesto vago con la mano.

—¿Y quién es el asesino?

—Todavía no lo sé. —Lo miré de reojo, y su sonrisa pícara ya me estaba sacando una risa antes de que pudiera evitarlo—. ¿Por qué? ¿Estás planeando arruinarme el final?

—Yo nunca haría algo tan cruel. —Hizo una pausa, fingiendo pensar—. Bueno, tal vez lo haría, pero solo si me provocas.

Me reí, y la conversación continuó con esa misma ligereza. Hablamos de trivialidades, de cosas que no tenían peso pero que hacían que el tiempo pasara rápido. Esa era una de las cosas que siempre me había gustado de Miguel: su habilidad para mantener las cosas fáciles y agradables.

Cuando llegamos a la boutique, supe de inmediato que no era un lugar cualquiera. Las vitrinas brillaban con luces doradas, y los maniquíes estaban vestidos como si acabaran de salir de un desfile de alta costura. Me detuve en seco antes de entrar.

—Miguel, esto es demasiado. No puedo permitirme nada aquí.

—¿Quién dijo algo de que pagaras tú? —Se giró hacia mí, con una ceja levantada, como si mi objeción le pareciera absurda—. Esto es un regalo.

—No puedo aceptar eso.

—Claro que puedes. —Se acercó y, antes de que pudiera protestar, me tomó suavemente del codo y me guió hacia la entrada. Su toque era firme pero no invasivo, y su sonrisa, desarmante—. Además, piensa en esto como mi modo de asegurarme de que no te sientas incómoda en la cena.

Dentro de la tienda, una vendedora se acercó a nosotros con una sonrisa profesional. Miguel tomó las riendas de inmediato, explicándole lo que buscábamos. Mientras ellos hablaban, me quedé mirando distraída un vestido azul en una de las perchas. Era simple pero elegante, y algo en él me llamó la atención.

—¿Te gusta? —preguntó Miguel, siguiendo mi mirada.

—Es bonito —respondí, intentando no parecer demasiado interesada.

—Entonces pruébatelo. —Antes de que pudiera protestar, ya lo había descolgado y se lo había entregado a la vendedora.

Me encontré en el probador unos minutos después, mirando mi reflejo. El vestido azul me quedaba perfectamente, pero no podía evitar sentir una punzada de nostalgia. Era imposible no recordar la última vez que llevé un vestido de este color. Robby me había regalado uno casi idéntico. Fue durante la noche en que todo se fue al infierno: cuando descubrí la apuesta que tenía con su padre y que Zara estaba esperando un hijo suyo.

Sacudí la cabeza, intentando borrar esos recuerdos. Salí del probador y me encontré con Miguel, que estaba sentado en una de las sillas, revisando su teléfono. Cuando levantó la vista, sus ojos se iluminaron.

—Wow —dijo, levantándose de inmediato—. Te ves increíble.

—Es demasiado —murmuré, ajustándome el escote con nerviosismo.

—Es perfecto. —Su tono era tan seguro que no podía evitar creerle.

Pero a pesar de sus palabras, algo en mí no podía aceptar ese vestido. Regresé al probador y me lo quité, dejando que la vendedora se lo llevara.

—¿No te gustó? —preguntó Miguel cuando volví con las manos vacías.

—No era mi estilo. —Sonreí, intentando sonar convincente.

Miguel no insistió. En lugar de eso, buscó otro vestido, uno completamente diferente: un naranja cálido que parecía brillar bajo las luces.

—Prueba este —dijo, entregándomelo con una sonrisa.

El naranja era diferente. No cargaba recuerdos ni fantasmas. Cuando me lo puse, sentí una ligereza que no había esperado. Salí del probador y vi a Miguel mirarme con una mezcla de orgullo y satisfacción.

—Este es el indicado ,estas hermosa. —dijo, sin rastro de duda en su voz.

Por primera vez en todo el día, me sentí realmente cómoda.

—Gracias, Miguel. Por esto. Por todo.

—Siempre, Tory.

Miguel se acercó a la caja sin dudarlo. Sacó su billetera con esa tranquilidad que siempre lo caracterizaba y, con un gesto despreocupado, extendió su tarjeta. No cualquier tarjeta, claro. Una Black Card, de esas que solo las personas extremadamente privilegiadas llevan en el bolsillo como si fuera algo tan común como un billete arrugado.

Mientras él manejaba la transacción con una confianza natural, yo me quedé de pie, algo incómoda, observando alrededor para evitar mirarlo directamente. Había algo en la forma en la que lo hacía todo —con esa calma tan suya— que lograba inquietarme y, al mismo tiempo, me hacía sentir protegida. Es una combinación peligrosa.

Mientras mis ojos vagaban por la tienda, algo llamó mi atención. En una esquina bien iluminada, sobre una plataforma baja, estaban esos tacones. Altos, blancos, y de un diseño tan hermoso que por un momento olvidé todo lo demás. Eran perfectos. Elegantes, sofisticados, pero con un toque moderno que gritaba mi nombre.

Me acerqué un par de pasos, tratando de no parecer demasiado interesada, pero sé que fue inútil. Había algo magnético en ellos, algo que me hizo detenerme más tiempo del que debería. Los observé con una mezcla de fascinación y resignación, porque sabía que no tenía sentido siquiera considerar comprarlos. Seguro costaban más de lo que ganaría en un mes entero trabajando.

—¿Te gustan? —La voz de Miguel me sacó de mi trance.

Me giré hacia él rápidamente, como si me hubieran atrapado haciendo algo indebido. Lo encontré sonriendo, esa sonrisa de medio lado que usaba cuando sabía que estaba en ventaja.

—No, no, solo los estaba mirando. Son bonitos, pero no es nada... —Intenté sonar casual, como si no los hubiera estado admirando con ojos de cachorro enamorado.

—Tory... —dijo, arqueando una ceja mientras cruzaba los brazos frente a mí—. No me mientas. Puedo ver en tu cara que te encantan.

—No, en serio, no es necesario. Ya hiciste demasiado. El vestido es más que suficiente. —Intenté ponerle fin a la conversación antes de que pudiera complicarse, pero él no parecía tener intención de dejarlo pasar.

Miguel dio un paso hacia mí, observándome como si pudiera leer cada pensamiento que intentaba esconder. No importaba cuánto tratara de negarlo, él ya había tomado una decisión.

—¿Cuál es la talla? —preguntó, ignorando por completo mi protesta. Se giró hacia una de las vendedoras, que estaba atenta a nuestro intercambio.

—Miguel, no —intervine, poniéndome entre él y la plataforma con los tacones—. En serio, no tienes que hacer esto. No los necesito.

—No se trata de necesidad. —Su tono era firme, pero no duro. Me miró directo a los ojos, y por un momento, sentí como si el resto de la tienda se hubiera desvanecido—. Se trata de que te gusten, y de que yo quiera que los tengas.

—Miguel... —comencé de nuevo, pero él alzó una mano, silenciándome de manera suave pero definitiva.

—¿Vas a decirme que no puedo regalarle algo a una amiga? Porque creo que eso no está en las reglas de la amistad. —Me lanzó una mirada que era casi desafiante, y tuve que apartar la vista, sintiendo cómo una ligera oleada de calor subía a mis mejillas.

La vendedora regresó con la caja en sus manos antes de que pudiera seguir discutiendo. Miguel tomó los tacones sin siquiera consultarme, revisándolos brevemente antes de sonreír con aprobación.

—Perfectos. Agrégalos a la cuenta, por favor. —Se los entregó a la vendedora, quien asintió con profesionalismo.

—Miguel, basta. No tienes que hacer esto. —Mi voz sonó casi suplicante, pero él apenas me dedicó una mirada tranquila antes de volver su atención a la caja registradora.

—Tory, ya está hecho. Además, ¿quieres saber la verdad? —Me miró de reojo mientras la vendedora procesaba la compra.

—¿Cuál verdad? —pregunté, cruzándome de brazos en un intento de aparentar una determinación que ya sabía que no tenía.

—Que soy terco. Cuando decido algo, no hay forma de que me convenzan de lo contrario. Y decidí que esos tacones son tuyos. Así que, ¿quieres ahorrarte tiempo y energía? Acepta el regalo y disfrútalo.

No pude evitar soltar una pequeña risa, mitad exasperada, mitad rendida. Había algo en su insistencia que hacía imposible seguir peleando.

—Eres imposible —murmuré.

—Eso dicen. —Sonrió mientras guardaba su tarjeta y recogía las bolsas, una en cada mano. Después, extendió una hacia mí—. Aquí tienes. Tus nuevos tacones.

—Esto es ridículo. —Pero lo tomé de todos modos, porque sabía que no tenía sentido seguir argumentando. Además, en el fondo, estaba emocionada. No solo por los tacones, sino porque alguien se había esforzado tanto en hacerme sentir especial.

—No es ridículo. Es una inversión. Ahora, tendrás el mejor look de la cena. —Abrió la puerta de la tienda para que saliera primero, y lo seguí con las bolsas en las manos.

—¿Inversión? ¿Qué estoy devolviéndote a cambio, exactamente? —pregunté con una mezcla de humor y curiosidad mientras nos dirigíamos al auto.

Miguel me miró por un momento antes de responder.

—Tu sonrisa. Y, tal vez, que dejes de insistir en que no mereces que te consientan de vez en cuando.

Me quedé callada mientras procesaba sus palabras. A veces, Miguel tenía una forma de ver a través de las capas que construía alrededor de mí, y eso me desarmaba por completo. Cuando subimos al auto, sentí algo cálido en el pecho. Tal vez no merecía todo esto, pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentí culpable por aceptarlo.

12:23 p.m

Salimos de la tienda con las bolsas en mano. Miguel, con esa calma suya, no parecía ni un poco apurado, mientras yo seguía sintiéndome algo abrumada por el regalo. Caminamos por la calle hasta que él, sin avisar, giró hacia una pequeña cafetería en la esquina.

—Es mediodía, y sé que no has comido —dijo simplemente, sin mirarme mientras abría la puerta para que entrara primero.

—¿Cómo sabes que no he comido? —repliqué, siguiendo su paso.

—Soy vidente.—Sonrió, como si acabara de ganar algún tipo de debate.

Rodé los ojos y entré. El lugar era pequeño, acogedor, con una decoración sencilla que invitaba a quedarse un rato. Nos sentamos junto a una ventana que dejaba entrar la luz cálida del sol. Cuando el mesero vino con los menús, aproveché para insistir en que esta vez pagaría yo.

—Miguel, en serio. Déjame invitarte. Ya compraste el vestido, los tacones, y...

—Y lo haría de nuevo sin pensarlo. —Me interrumpió con una sonrisa despreocupada—. Pero no, Tory. Yo pago.

—Miguel... —Lo miré con una mezcla de frustración y exasperación, pero él simplemente alzó una mano, como si quisiera cortar cualquier intento de discusión.

—Mira, si pagas la comida, no voy a disfrutarla. Y si no la disfruto, no voy a poder concentrarme luego en el trabajo. ¿De verdad quieres que toda la responsabilidad recaiga sobre ti? —Su tono era tan serio que por un segundo pensé que hablaba en serio, hasta que vi la sonrisa escondida en la comisura de sus labios.

—Eres imposible —murmuré, tomando el menú para esconder mi propia sonrisa.

—Lo sé. Pero esa es parte de mi encanto, ¿no? —replicó, riendo suavemente.

El mesero regresó, y ambos pedimos algo liviano. Un sándwich para mí y una ensalada para él. Cuando la comida llegó, Miguel se apoyó en la mesa y me miró, claramente dispuesto a iniciar una conversación.

—¿Entonces? ¿Cómo va todo? —preguntó mientras comenzaba a comer.

—¿Todo como en el trabajo o en mi vida en general? —repliqué, dándole un mordisco al sándwich.

—Ambas cosas. Pero, primero, el trabajo. —Se inclinó ligeramente hacia adelante, como si realmente le interesara lo que tenía que decir.

—Bueno, sobrevivir siendo tu secretaria no es sencillo. —Le dediqué una mirada significativa, y él soltó una risa baja.

—¿Tan terrible soy?

—No tanto. Eres exigente, pero justo. Aunque, a veces, no entiendo cómo puedes tener tanta energía. Creo que nunca te he visto cansado.

—Es una fachada, Tory. Créeme, estoy tan agotado como cualquier otra persona. —Hizo una pausa antes de agregar—: Aunque supongo que algo de experiencia tengo. Llevo años lidiando con las expectativas de los demás.

Eso último lo dijo con un tono más serio, y por un momento, el aire entre nosotros cambió. Su rostro perdió parte de esa sonrisa constante, y vi algo que rara vez mostraba: cansancio. No físico, sino emocional.

—¿A qué te refieres? —pregunté, apoyándome en la mesa para acercarme un poco más.

—A todo esto. —Hizo un gesto amplio con las manos, como abarcando más de lo que el pequeño café podía contener—. Mi padre quiere que esté en la empresa, aunque ya tienen a Robby como jefe. No entiendo por qué necesitan dos Lawrence liderando el mismo barco.

—Tal vez porque eres bueno en lo que haces. —Lo dije sin pensar demasiado, pero su mirada se suavizó cuando me escuchó.

—¿Crees eso? —preguntó, con una sonrisa pequeña pero sincera.

—Claro que sí. Lo veo todos los días. Eres meticuloso, perfeccionista... aunque eso a veces me vuelva loca. Pero también eres creativo. Tienes ideas que otros no tienen. Eso no se enseña.

Se quedó en silencio por un momento, como si estuviera procesando mis palabras. Luego, asintió lentamente.

—Gracias, Tory. De verdad.

—No lo agradezcas. Es la verdad. —Encogí los hombros y desvié la mirada, incómoda con el momento. Nunca había sido buena con los elogios, ni dándolos ni recibiéndolos.

Miguel pareció darse cuenta y decidió cambiar de tema.

—¿Y tú? ¿Por qué dejaste la universidad? —preguntó suavemente, como si supiera que la respuesta no sería fácil.

Solté un suspiro y dejé el sándwich en el plato.

—Dinero. —La palabra salió rápida, casi cortante—. No podía seguir pagando las clases, y mucho menos con Kwon a cuestas.

—¿Kwon? —repitió, frunciendo el ceño.

—Mi ex. ¿Recuerdas? Creo que te lo mencioné alguna vez. —Hice una pausa antes de agregar—. Era un mantenido. Yo pagaba todo: la renta, la comida, sus tonterías. Para cuando quise darme cuenta, estaba gastando más en él que en mí. Y, bueno, ahí se fueron mis ahorros para la universidad.

Miguel me observó en silencio, y aunque no dijo nada, podía ver la furia contenida en su mirada. Era una de las pocas personas que nunca me juzgó por mis decisiones pasadas, pero tampoco ocultaba lo mucho que despreciaba a Kwon.

—Lo siento, Tory. —Su voz era baja, casi un susurro.

—No lo sientas. No fue culpa tuya. —Me encogí de hombros, intentando restarle importancia—. Además, de alguna manera, todo esto me llevó a donde estoy ahora. Y, aunque no lo creas, me gusta trabajar contigo.

Miguel levantó la vista, sorprendido.

—¿En serio?

—Sí. No siempre, claro. A veces me das ganas de tirarte una grapadora. Pero, en general, me gusta. —Le sonreí, y él hizo lo mismo.

—Bueno, supongo que puedo vivir con eso. —Su tono era ligero, pero había algo en su mirada que mostraba cuánto valoraba mis palabras.

Terminamos la comida en un silencio cómodo, con pequeñas conversaciones aquí y allá. Cuando finalmente salimos de la cafetería, sentí que algo había cambiado entre nosotros. No sabía exactamente qué, pero estaba segura de una cosa: trabajar con Miguel nunca había sido solo un empleo. Y, aunque no quería admitirlo, esa conexión que teníamos me hacía sentir más segura de lo que había sentido en mucho tiempo.

Sábado 22:45 p.m

La noche había caído sobre New York, y con ella llegó una mezcla de emoción y ansiedad que no lograba controlar. Me encontraba frente al espejo, dando los últimos toques a mi maquillaje, mientras trataba de ignorar el torbellino de pensamientos que se acumulaba en mi mente.

El vestido naranja que Miguel había insistido en comprarme caía perfectamente sobre mi figura, destacando cada curva con una elegancia que pocas veces lograba sentir en mí misma. Los tacos blancos, altos pero cómodos, añadían un toque de sofisticación que agradecí. Mi cabello, liso y brillante, caía como una cascada sobre mi espalda. Había optado por un maquillaje sencillo, con tonos suaves, lo justo para resaltar mis facciones sin parecer demasiado cargada.

Quería verme bien. Mejor dicho, necesitaba verme bien.

No era por Miguel, aunque no podía negar que la forma en que me miraba siempre hacía que mi corazón latiera un poco más rápido. Había algo entre nosotros, algo que ninguno de los dos mencionaba, pero que estaba ahí, en cada silencio compartido, en cada sonrisa que duraba un segundo más de lo necesario. Miguel era más que mi jefe, más que un amigo. Pero justo porque sabía cuánto significaba para mí, no podía permitirme que él viera lo que realmente me pasaba esta noche.

El verdadero problema era Robby Keene.

Solo pensar en él hacía que una especie de nudo se formara en mi estómago. Había pasado tiempo, sí, pero el impacto que Robby tenía en mí no había disminuido ni un poco. Tenía esa habilidad de desarmarme con una sola mirada, de hacer que todo lo que había construido a mi alrededor se desmoronara al instante. Y sabía que verlo esta noche sería una prueba. Una que no estaba segura de poder superar.

Un mensaje llegó a mi teléfono. Era de Miguel.

"Estoy afuera."

Respiré hondo, guardando todos mis pensamientos en ese rincón de mi mente al que intentaba no acudir demasiado seguido. Tomé mi bolso y salí del departamento. Lo vi de inmediato. Ahí estaba él, apoyado contra su deportivo negro, vestido con un esmoquin que parecía hecho a medida. Miguel tenía esa presencia que lograba destacar en cualquier lugar, como si hubiera nacido para dominar cada habitación que pisaba. Cuando me vio, una sonrisa ligera cruzó su rostro, y se acercó para abrirme la puerta del copiloto.

—Te ves increíble. —Su tono era bajo, tranquilo, pero cada palabra estaba cargada de sinceridad.

—Gracias. —Respondí, tratando de sonar igual de relajada, aunque sabía que mis mejillas estaban un poco más cálidas de lo que debería.

Subí al auto, y él cerró la puerta con cuidado antes de rodearlo para ocupar su lugar al volante. Cuando arrancó, el motor rugió con suavidad, llenando el silencio que se había formado entre nosotros. Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Yo me dediqué a mirar por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad se difuminaban a medida que nos alejábamos de mi edificio.

—¿Estás nerviosa? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.

—¿Nerviosa? ¿Por qué lo estaría? —respondí con una risa breve, intentando sonar despreocupada.

Miguel me lanzó una mirada rápida, esa que solía usar cuando sabía que estaba escondiendo algo.

—No lo sé... pareces más callada de lo normal. —Sonrió de lado, ese gesto que siempre lograba hacerme sentir un poco más cómoda—. Pero no tienes de qué preocuparte. Es solo una fiesta, Tory. Y además, estás conmigo.

—Eso ayuda... un poco. —Murmuré, ajustando el tirante de mi bolso.

Quería desviar la conversación. Hablar de cualquier cosa, menos de lo que realmente estaba sintiendo. Pero Miguel parecía especialmente atento esta noche.

—¿Hay algo que te preocupe? —insistió, su tono todavía tranquilo, pero con un toque de curiosidad.

—Nada en especial. —Respondí, quizás demasiado rápido.

—Tory... —pronunció mi nombre con un leve suspiro, como si no creyera ni una palabra de lo que acababa de decir. Pero en lugar de insistir, cambió de táctica—. Solo para que lo sepas, pase lo que pase esta noche, estoy aquí para lo que necesites.

Lo miré de reojo, agradecida por sus palabras, aunque una parte de mí sabía que no podría ser completamente honesta con él. No con todo.

—Gracias, Miguel. —Sonreí, intentando no dejar entrever más de lo necesario.

El resto del trayecto lo llenamos con una charla más ligera. Hablamos de trabajo, de algunas películas que habíamos visto, incluso de los proyectos que él tenía en mente para la empresa. Pero mientras Miguel hablaba, mi mente se desviaba una y otra vez hacia Robby.

¿Cómo sería verlo con Zara? ¿Me miraría con ese aire de superioridad que siempre lograba que quisiera lanzarle algo? ¿O, peor aún, me miraría como lo hacía antes, con esa intensidad que siempre me dejaba sin aire?

Sacudí la cabeza, obligándome a regresar al presente. No podía permitirme pensar demasiado en Robby. No cuando estaba a punto de enfrentarme a él. Y, mucho menos, no cuando Miguel estaba a mi lado. Porque, aunque había decidido no pensar demasiado en lo que sentía por Miguel, sabía que lo último que él merecía era verme distraída por alguien más.

La verdadera prueba estaba por venir, y yo no estaba segura de cómo saldría de esta.

Llegamos a la fiesta poco despues de las once. Desde el momento en que Miguel estacionó el auto frente al salón, supe que no sería una noche fácil. El lugar, una mansión de estilo colonial rodeada de jardines impecablemente cuidados, estaba iluminado por luces cálidas que resaltaban cada detalle de la arquitectura. Parecía sacado de una revista.

Miguel apagó el motor y bajó primero. Vi cómo se ajustaba la solapa de su esmoquin mientras rodeaba el auto con pasos tranquilos. Cuando abrió mi puerta y extendió la mano, sentí un nudo en el estómago. Sus gestos siempre eran precisos, medidos, y aun así lograban transmitirme algo que no podía explicar.

—¿Lista? —preguntó, con una pequeña sonrisa.

Tomé su mano, tratando de ignorar el leve temblor en la mía.

—Tanto como puedo estarlo. —Intenté sonar relajada, pero la verdad era que la idea de entrar a ese lugar me ponía al límite.

—No te preocupes. —Miguel me miró con esa calma suya que siempre parecía desarmarme—. Esto será pan comido.

Nos dirigimos hacia la entrada, donde dos anfitriones impecablemente vestidos saludaban a los invitados. Al cruzar el umbral, el aire cambió. La música suave llenaba el ambiente, y los murmullos de conversaciones animadas se mezclaban con el tintineo de copas. El lugar estaba decorado con una elegancia intachable: flores frescas, candelabros dorados y mesas perfectamente dispuestas con centros de mesa minimalistas pero impactantes. La atención al detalle era asombrosa, y eso solo aumentó mi nerviosismo.

Miguel, por el contrario, parecía en su elemento. Saludaba a las personas que se cruzaban en nuestro camino con un gesto de cabeza o una sonrisa cortés. Yo me mantenía a su lado, casi como una sombra, intentando no llamar demasiado la atención. No era mi ambiente, ni lo sería jamás.

De repente, entre la multitud, vi a Carmen, la madre de Miguel. Su presencia era imposible de ignorar. Llevaba un vestido fucsia que resaltaba su porte elegante y un peinado recogido que dejaba ver sus facciones impecables. A pesar de su apariencia sofisticada, había algo en ella que irradiaba calidez. Caminaba hacia nosotros con una sonrisa amplia, y por un momento me pregunté si había heredado esa misma energía encantadora de Miguel.

—¡Miguel! —exclamó Carmen con entusiasmo mientras se acercaba. Abrazó a su hijo con familiaridad y lo miró con una expresión que solo las madres saben tener, esa mezcla de orgullo y cariño incondicional—. Llegaste justo a tiempo ,cariño.

—Ya sabes que no me gusta llegar demasiado temprano. —Miguel le devolvió la sonrisa antes de señalarme con un gesto—. Mamá, quiero que conozcas a Tory.

Carmen desvió la mirada hacia mí, y mi corazón dio un pequeño salto. No estaba segura de cómo reaccionaría, especialmente considerando que mi relación con Johnny, su esposo, era... complicada, por decirlo de alguna manera. Pero, para mi sorpresa, sus ojos brillaron con amabilidad mientras me estudiaba de arriba abajo.

—Victoria —dijo, pronunciando mi nombre completo con un tono que me sorprendió—. Que bueno al fin conocerte. Miguel me ha hablado maravillas de ti.

Parpadeé, desconcertada por su comentario. No esperaba ese nivel de amabilidad, y mucho menos un halago.

—Gracias, señora Díaz. —Logré responder con una sonrisa algo temblorosa—. Es un placer conocerla.

—Llámame Carmen, por favor. —Me corrigió suavemente mientras daba un paso más cerca—. Y debo decir que Miguel no exageraba. Te ves preciosa esta noche.

—Gracias... eso significa mucho. —Respondí, sintiéndome un poco más aliviada. Por un segundo olvidé lo nerviosa que estaba.

—¿Y Johnny? —preguntó Miguel, como si leyera mi mente. Siempre tenía ese instinto para redirigir las conversaciones cuando sentía que algo podría incomodarme.

—Está hablando con algunos socios, como siempre. —Carmen rodó los ojos, pero lo hizo con una sonrisa afectuosa—. Ya sabes cómo es, Miguel. Pero estoy segura de que en cuanto te vea querrá monopolizarte para hablar de la empresa.

—Bueno, entonces mejor lo evitamos por ahora. —Miguel sonrió, y Carmen rió con suavidad.

—Haces bien. —Luego, volvió a mirarme con un gesto más maternal—. Espero que te sientas cómoda, Victoria. Cualquier cosa, no dudes en decirme, ¿de acuerdo?

—Gracias, Carmen. De verdad, se lo agradezco. —Asentí, sintiéndome genuinamente agradecida por su amabilidad.

Carmen me dedicó una última sonrisa antes de ser llamada por alguien más. Se despidió de nosotros con una excusa rápida y desapareció entre la multitud.

—¿Ves? No tenías de qué preocuparte. —Miguel se inclinó ligeramente hacia mí, susurrándome con un toque de humor—. Mi mamá ya te adora.

—Supongo que me preocupo por nada. —Dije, aunque la tensión en mis hombros aún no desaparecía del todo.

—Confía en mí, Tory. Nadie aquí puede intimidarte. —Su voz era baja y firme, y por un momento, casi creí en sus palabras.

Pero entonces, en ese preciso instante, lo vi.

Robby.

Estaba de pie junto a un grupo de personas al otro lado del salón. Llevaba un traje negro perfectamente ajustado, con una camisa blanca que resaltaba el bronceado de su piel. Su cabello estaba peinado con una elegancia descuidada, y su sonrisa... esa sonrisa que había intentado olvidar tantas veces, iluminaba su rostro mientras hablaba con alguien.

Mi corazón dio un vuelco, y el aire pareció volverse más denso. Traté de apartar la mirada, pero era como si mis ojos estuvieran atados a él.

Miguel notó mi cambio inmediato.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, acercándose un poco más.

—Sí, estoy bien. —Mentí, aunque mi tono apenas era convincente.

Miguel siguió la dirección de mi mirada y su expresión se endureció levemente al verlo también.

—Si quieres, podemos ir a otro lado. —Ofreció, su voz más seria ahora.

—No... no. Estoy bien. —Respiré hondo, enderezando los hombros—. Estoy aquí por ti, Miguel.

Él me miró por un segundo, como si estuviera evaluando mis palabras, y luego asintió.

—Entonces, quédate a mi lado. —Sonrió de nuevo, esta vez más suavemente, y extendió su brazo para que lo tomara.

Lo hice, tratando de ignorar el temblor en mis manos y el peso de la mirada que sabía, tarde o temprano, Robby dirigiría hacia mí.

Johnny apareció poco después de que Carmen se despidiera, abriéndose paso con su caminar seguro y despreocupado. Aunque la confianza que exudaba solía imponerse a los demás, a mí no me generaba más que incomodidad. Vestía un traje oscuro y una corbata azul que parecía estar fuera de lugar, como si cada vez que se la acomodaba estuviera maldiciendo haber tenido que usarla. Su expresión, al verme, era lo que esperaba de él: seria, inexpresiva. No cálida, no fría, simplemente... Johnny Lawrence.

—Nichols —dijo, inclinando apenas la cabeza a modo de saludo. Su voz era seca, cortante, como si el simple hecho de dirigirse a mí fuera un esfuerzo innecesario.

Respiré hondo antes de responder, manteniendo un tono educado que no coincidía con la incomodidad que sentía por dentro.

—Señor Lawrence.

Intenté sostener su mirada, pero su porte imponente me hacía sentir diminuta. La tensión entre nosotros no era nueva. Desde que mi relación con Robby había terminado de forma desastrosa, Johnny me veía con desdén, como si yo fuera un recordatorio constante de los errores de su hijo. A veces, sus palabras eran silenciosas, pero otras veces...

—Nichols, tú sí que estás empeñada en ser de la familia —soltó de pronto, con una sonrisa torcida y un tono que pretendía ser ligero pero estaba cargado de veneno.

El golpe de su comentario me dejó sin aliento por un momento. La insinuación era clara. Primero Robby, ahora Miguel. ¿Eso era todo lo que pensaba de mí? ¿Una oportunista que saltaba de un Lawrence a otro? Bajé la mirada, buscando algo, cualquier cosa, para distraerme del nudo que se estaba formando en mi garganta. Lo último que quería era darle la satisfacción de una reacción.

—Papá —la voz de Miguel interrumpió mis pensamientos.

Había algo peligroso en su tono, un filo que pocas veces había escuchado en él. Lo vi acercarse a Johnny con pasos decididos, y antes de que su padre pudiera decir algo más, lo tomó del brazo.

—¿Qué pasa? —preguntó Johnny, frunciendo el ceño como si no entendiera por qué Miguel parecía tan molesto—. Solo era una broma.

Miguel no perdió el tiempo.

—No aquí —respondió, en un tono bajo pero firme. Sin esperar réplica, lo apartó hacia otro rincón del salón, dejando claro que la conversación no era opcional.

Me quedé inmóvil, incapaz de moverme o incluso de procesar lo que acababa de suceder. La sensación de incomodidad no había desaparecido; de hecho, se había intensificado. Sabía que Miguel solo quería protegerme, pero no podía evitar sentir que su intervención solo había puesto más ojos sobre mí.

Miré a mi alrededor, tratando de encontrar algo que me distrajera, pero lo único que encontré fue la mirada de Zara. Estaba al otro lado del salón, luciendo impecable en un vestido ajustado que resaltaba su creciente barriga de embarazada. La expresión en su rostro no era sorpresa ni curiosidad. Era el mismo desdén con el que siempre me miraba, como si yo fuera una plaga que no podía evitar.

No esperaba menos de ella. Desde el principio, Zara había dejado claro que no le caía bien, y mi presencia en la fiesta seguramente reforzaba todo lo que no soportaba de mí. Podía casi leer sus pensamientos en su mirada: "¿Qué haces aquí? No perteneces".

Desvié la vista antes de que pudiera afectarme más, pero el peso de todo lo que había pasado en los últimos minutos me estaba ahogando. Johnny, Zara, incluso Miguel, aunque sus intenciones fueran buenas, me habían dejado sola en un lugar donde claramente no encajaba.

Fue entonces cuando vi al camarero con una bandeja de champagne. Sin pensarlo demasiado, tomé una copa y me dirigí a la puerta que daba al jardín. Necesitaba aire.

El cambio de ambiente fue inmediato. El aire fresco de la noche me envolvió, y por primera vez en lo que parecía una eternidad, pude respirar con algo de tranquilidad. Me alejé de las luces y del bullicio, siguiendo el camino de adoquines que llevaba al corazón del jardín.

A medida que avanzaba, el ruido de la fiesta se desvanecía, reemplazado por el suave susurro del viento y el crujido de la grava bajo mis pies. Los arbustos perfectamente recortados y las flores cuidadosamente dispuestas parecían sacadas de una película, un lugar diseñado para escapar del mundo real. Fue entonces cuando lo vi: un laberinto de setos, iluminado por pequeñas luces que lo hacían parecer mágico, casi irreal.

Sin dudarlo, me adentré.

El silencio del laberinto era diferente. No era incómodo ni pesado. Era... reconfortante. Con cada paso que daba, sentía que el peso de la noche se aligeraba un poco más. El murmullo de la fiesta ya no llegaba hasta aquí; estaba sola, finalmente.

Cuando llegué al centro, encontré un pequeño banco rodeado de flores. Me senté, dejando escapar un largo suspiro. Miré la copa de champagne en mi mano y observé cómo las burbujas subían lentamente, como si reflejaran mis propios pensamientos dispersos.

Johnny me veía como una intrusa. Zara me miraba como si quisiera borrar mi existencia. Y Miguel... Miguel, aunque siempre intentaba protegerme, también había desaparecido cuando más necesitaba que se quedara.

Tomé un sorbo de champagne, dejando que el líquido burbujeante recorriera mi garganta. Era una sensación extraña, pero me dio algo que necesitaba: un pequeño respiro en medio de todo este caos.

Cerré los ojos por un momento, permitiéndome sentir el frío del banco y el aroma de las flores a mi alrededor. Pero mi tranquilidad duró poco.

Pasos.

Al principio, fueron apenas un eco lejano, pero se acercaban con rapidez. Abrí los ojos y me quedé inmóvil, escuchando atentamente. ¿Quién sería? ¿Miguel? ¿Johnny? ¿Zara?

Los pasos se detuvieron justo frente a mí.

Robert.

Su voz alcanzó mis oídos antes de que su figura emergiera entre las sombras del laberinto. Era tan nítida, tan familiar, que por un instante sentí cómo mi corazón se detenía. Un torbellino de emociones me invadió, todas luchando por salir a la superficie. No quería verlo, pero tampoco podía evitarlo.

Cuando finalmente lo vi, parado frente a mí, el aire pareció volverse denso, como si el universo conspirara para retenerme allí, obligándome a enfrentar lo que tanto había intentado ignorar. Robby Keene, con esa mirada que parecía poder leer cada rincón de mi alma, estaba aquí. Y yo no estaba lista.

—¿Pensaste que podrías escapar tan fácilmente? —preguntó, con esa mezcla de arrogancia y algo más... algo que no lograba identificar. Su voz era firme, pero no agresiva, como si estuviera conteniendo algo.

No respondí. Bajé la mirada rápidamente, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos. Era demasiado. Todo era demasiado.

—No estoy escapando —mentí, mi voz apenas un murmullo.

—¿No? —Su tono se volvió sarcástico, y dejó escapar una risa breve, pero sin rastro de humor—. Entonces dime, Nichols, ¿qué haces aquí? Sola, en medio de un laberinto, con una copa de champagne en la mano.

Lo odié por lo fácil que era para él ponerme contra la pared, por lo rápido que encontraba las grietas en mi fachada.

—No quería estar ahí dentro —respondí, encogiéndome de hombros como si no importara, aunque ambos sabíamos que sí lo hacía. Todo lo hacía.

—Ah, claro. Porque estar conmigo aquí es mucho mejor, ¿no? —Había algo en su tono, una especie de provocación que me desarmaba. Era su manera de probarme, de empujarme al límite.

—No lo es —murmuré, pero ni siquiera yo creí mis palabras.

Él dio un paso hacia mí, y el espacio entre nosotros pareció encogerse. La tensión que colgaba en el aire era tan palpable que casi podía tocarla. Mis dedos apretaron la copa con fuerza, tratando de mantenerme firme, de no ceder al torbellino que era él.

—Entonces, ¿por qué no me echas? —Su voz bajó de tono, volviéndose casi un susurro. Había algo en él que parecía pedir más que palabras. Algo que dolía.

Levanté la vista, enfrentándolo por primera vez desde que llegó. Había tantos sentimientos encontrados en mi pecho que sentí que iba a explotar. Dolor. Rabia. Nostalgia. Y algo más profundo, algo que no quería reconocer.

—Porque no necesito hacerlo, Robby. Tú siempre encuentras la manera de irte solo —dije, con un filo en mi voz que no esperaba.

Vi cómo sus ojos se entrecerraron ligeramente. Mi comentario había golpeado justo donde quería. Pero lo que no esperaba era la sombra de dolor que cruzó su rostro. Y eso me hizo sentir peor.

—Touché, Nichols. —Él retrocedió un poco, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. Su postura era tensa, como si estuviera conteniéndose para no decir algo que pudiera empeorar las cosas.

El silencio se instaló entre nosotros, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir. Me odiaba a mí misma por cómo mi corazón reaccionaba a su presencia, por cómo todavía tenía ese poder sobre mí. Y lo odiaba a él por ser tan... Robby.

—¿Cómo estás? —preguntó finalmente, su voz más suave, casi vacilante.

Me reí, un sonido amargo que ni siquiera sonó como mío.

—¿De verdad quieres saberlo? —repliqué, girando la copa en mi mano. Mis ojos se encontraron con los suyos, desafiándolo a retroceder.

Él no lo hizo. En lugar de eso, dejó escapar un suspiro y pasó una mano por su cabello, desordenándolo ligeramente.

—Sí, Victoria. Quiero saberlo.

Su sinceridad me desarmó por un instante. Pero no podía dejarme llevar por eso. No después de todo lo que había pasado.

—¿Te importa? —pregunté, mi voz más fuerte de lo que pretendía—. ¿De verdad te importa ahora, después de todo?

Él apretó los labios, y sus ojos parecieron oscurecerse. Sabía exactamente a qué me refería, pero no dijo nada. Y eso me enfureció.

—No puedes simplemente aparecer aquí y actuar como si todavía importáramos —continué, sin poder detenerme. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, mis emociones desbordándose—. Porque no lo hacemos, Robby. No después de lo que hiciste.

Él dio un paso hacia mí, y esta vez no retrocedí. Sus ojos estaban llenos de algo que no podía descifrar del todo. ¿Culpa? ¿Arrepentimiento? ¿Dolor?

—Tory... —empezó, pero lo interrumpí.

—No. No me llames así. No me mires así. No tienes derecho.

—¡No tienes idea de lo que siento! —espetó de repente, su voz subiendo un tono. Su frustración era palpable, casi como si estuviera al borde de perder el control—. ¿Crees que esto es fácil para mí? ¿Verte aquí, con mi hermano, como si yo nunca hubiera significado nada para ti?

Su confesión me tomó por sorpresa, y mi corazón dio un vuelco. Pero no podía dejar que eso me debilitara.

—Tú fuiste quien arruinó todo, Robby. Tú apostaste por mí como si fuera un maldito juego. ¿Qué esperabas? ¿Que te perdonara? ¿Que fingiera que nada de eso pasó?

—No fue así. Lo sabes. ¡Lo sabes! —Su voz se quebró ligeramente, y vi cómo pasaba una mano por su rostro, luchando por mantener la compostura—. Sí, cometí un error, uno enorme, pero nunca quise lastimarte. Tory, juro que nunca quise...

—Pero lo hiciste. —Mi voz era apenas un susurro, pero mis palabras eran tan afiladas como cuchillos—. Me lastimaste más de lo que jamás podrás imaginar.

Nos miramos en silencio, ambos al borde del abismo. Sus ojos estaban vidriosos, y por un segundo pensé que tal vez... tal vez de verdad lo sentía. Pero el dolor seguía ahí, tan fuerte como siempre.

—Lo lamento. —Su voz era baja, rota—. Lamento cada maldita cosa que hice. Pero no puedo cambiarlo. Todo lo que puedo hacer ahora es pedirte otra oportunidad. Una más. Por favor.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a dejarlas caer. No podía dejar que me viera débil.

—Robby, no sé si puedo...

—Puedes. —Él se acercó más, hasta que casi podía sentir el calor de su cuerpo. Sus ojos buscaron los míos desesperadamente—. Déjame demostrarte que he cambiado, que puedo ser mejor. Por ti.

Sus palabras flotaron entre nosotros, llenas de promesas que no sabía si podía creer. Y en ese momento, supe que estaba atrapada. Entre el pasado que me destrozó y la posibilidad de algo más.

No respondí. Porque en el fondo, tenía miedo de lo que significaría hacerlo.

El aire estaba cargado de tensiones no resueltas, de palabras no dichas y de sentimientos que habían permanecido enterrados durante semanas, negándose a desaparecer. El laberinto parecía un escenario perfecto para lo que estaba por ocurrir: un rincón aislado, lleno de sombras y ecos de pasos que no lograban encontrar salida. Ambos estaban atrapados, no solo por el diseño del lugar, sino también por el torbellino de emociones que habían traído consigo.

Robby miraba a Tory como si fuera la única persona en el mundo que importara. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de desesperación, arrepentimiento y algo más profundo que no podía ocultar, por más que lo intentara. La había perdido, y verla con Miguel día tras día era como recibir una puñalada constante que nunca dejaba de doler. No había esperado enamorarse de Tory, y mucho menos perderla por su propia estupidez.

Ella, por su parte, lo miraba con una mezcla de desdén y dolor. Había querido odiarlo por lo que había hecho, por la humillación y la traición, pero el rencor no era suficiente para acallar la parte de su corazón que aún lo añoraba. Era una batalla constante entre su orgullo y sus sentimientos, y en ese momento ambos estaban a punto de colapsar.

Robby dio un paso más hacia ella, sus manos temblando ligeramente, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.

—Tory, por favor... —dijo en un susurro cargado de emoción—. No puedo seguir así. Necesito que me escuches.

Ella lo miró con frialdad, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento de protegerse. Había aprendido a construir muros a su alrededor, y no iba a derribarlos tan fácilmente.

—¿Escucharte? —repitió con sarcasmo, arqueando una ceja—. ¿Qué más podrías decirme que no haya escuchado ya, Robby? ¿Que fue un error? ¿Que no significó nada? Créeme, ya me sé ese discurso de memoria.

—No, no es eso —dijo rápidamente, su voz rompiéndose un poco—. No fue solo un error. Fue el peor error de mi vida. Y cada día que pasa, cada vez que te veo con... con él, me doy cuenta de cuánto te extraño, de cuánto lo arruiné.

Tory dejó escapar una risa amarga, girando la cabeza para evitar su mirada. Pero no pudo evitar sentir cómo sus palabras se clavaban en ella, removiendo heridas que aún no habían cicatrizado.

—¿De verdad crees que esto se trata solo de Miguel? —preguntó, girándose para enfrentarlo—. Esto no tiene nada que ver con él y todo que ver contigo. Tú tomaste la decisión de hacer esa apuesta, de jugar conmigo como si fuera un simple premio. ¿Y ahora quieres que lo olvide todo porque tú lo lamentas? ¿Así de fácil?

Robby negó con la cabeza, sintiendo cómo la culpa lo consumía desde dentro.

—No espero que lo olvides. Ni siquiera espero que me perdones. Pero tenía que decirte... tenía que intentar arreglar esto, aunque sea un poco. Tory, tú eres lo único bueno que he tenido en mucho tiempo. Y sí, fui un idiota, un imbécil, lo que quieras llamarme, pero te juro que te amo. No soporto verte con él, no soporto la idea de que ya no me mires como antes.

—¿Amor? —Tory lo interrumpió, dejando caer los brazos a los costados con frustración—. No puedes amar a alguien y hacer lo que me hiciste, Robby. Eso no es amor, eso es egoísmo.

Robby cerró los ojos por un momento, como si sus palabras fueran un golpe físico. Luego volvió a abrirlos, mirándola directamente.

—Tal vez lo fue. Tal vez fui egoísta, porque no sabía cómo manejar lo que sentía por ti. Pero eso no cambia lo que siento ahora. Tory, te amo, y haría lo que fuera por demostrarte que lo digo en serio.

—Entonces demuéstramelo —respondió ella, su voz temblando de ira y tristeza—. Demuéstramelo con algo más que palabras, porque estoy harta de que todos en mi vida me llenen de promesas vacías.

Robby asintió lentamente, dando otro paso hacia ella hasta que quedaron a apenas unos centímetros de distancia.

—Lo haré —prometió, su voz baja pero firme—. Lo haré, aunque me tome el resto de mi vida.

Tory quiso responder, quiso decirle que no le creía, que ya no podía confiar en él, pero las palabras murieron en su garganta cuando sus ojos se encontraron. Había algo en su mirada que la desarmaba por completo, una mezcla de vulnerabilidad y determinación que la hacía dudar de todo.

El silencio entre ellos era pesado, cargado de emociones no expresadas. Y entonces, sin previo aviso, Robby alzó una mano, rozando suavemente su mejilla. Tory debería haberlo detenido, debería haberse apartado, pero no lo hizo. En cambio, cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso.

Fue Robby quien rompió la distancia primero. Con un movimiento rápido, desesperado, tomó su rostro entre sus manos y la besó.

El beso no fue dulce ni calmado. Fue un choque de emociones reprimidas, de furia, dolor y deseo acumulado durante semanas que ya no podían contenerse. Los labios de Robby se encontraron con los de Tory como si fueran una respuesta a un vacío insoportable que había crecido dentro de él desde el día en que ella se había alejado.

Tory se resistió al principio, no porque no quisiera, sino porque sabía que ceder significaba abrirse de nuevo a algo que la había roto. Pero la intensidad de Robby, la desesperación en su toque, la manera en que la sujetaba como si estuviera temiendo perderla otra vez, fue demasiado para luchar contra ello. Sin darse cuenta, su copa de champagne resbaló de sus dedos y cayó al suelo, el vidrio rompiéndose en mil pedazos que reflejaban la luz tenue de la luna, pero ninguno de los dos se molestó en mirar.

Robby profundizó el beso, sus manos bajando a su cintura como si necesitara asegurarse de que ella estaba realmente ahí, de que no era solo otra tortura de su imaginación. El tiempo sin ella lo había destrozado. Cada vez que veía a Tory reírse o incluso hablar con Miguel, sentía cómo una furia amarga le subía por el pecho. No soportaba la idea de que su hermano menor pudiera ocupar un lugar que había sido suyo, de que Tory pudiera olvidarlo tan fácilmente, mientras él no podía dormir por las noches pensando en ella.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban jadeando, sus respiraciones chocando en el aire frío de la noche. Tory lo miró, sus ojos ardían de una mezcla de emociones: enojo, confusión, deseo. Había una parte de ella que quería abofetearlo por haber cruzado esa línea, pero también había otra parte, más fuerte, que no podía ignorar cuánto lo había extrañado.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —exigió Tory, su voz temblando. No estaba claro si temblaba de rabia o por el peso de lo que acababa de pasar.

Robby la miró, sus manos aún en su cintura, sus ojos fijos en los de ella. Estaba completamente expuesto, sin rastros de la arrogancia habitual que solía protegerlo.

—No puedo más, Tory —dijo, su voz quebrándose ligeramente—. No puedo seguir fingiendo que estoy bien, porque no lo estoy. No lo he estado desde que te fuiste.

—Tú me empujaste a irme, Robby —espetó ella, empujándolo ligeramente para crear algo de distancia, aunque su cuerpo aún temblaba por el contacto reciente—. Tú fuiste el que me hizo sentir como si no significara nada, como si todo esto... —Hizo un gesto entre los dos— ...no fuera más que un juego.

Robby negó con la cabeza, su frustración evidente.

—No era un juego para mí, Tory. Tal vez al principio fui un idiota, tal vez no supe cómo manejar lo que sentía por ti, pero eso no significa que no fuera real. Cada maldito momento contigo fue real.

Tory rió, una risa amarga que lo hizo encogerse.

—¿Real? ¿Eso es lo que me dices ahora? Porque lo único que recuerdo es cómo me miraste después de que todo salió a la luz. Fue como si ni siquiera supieras quién era, como si... como si todo hubiera sido una mentira.

Robby apretó los puños, sus uñas clavándose en sus palmas. Quería golpear algo, no por ella, sino por sí mismo. Porque sabía que ella tenía razón. Lo había arruinado todo, y no había forma de cambiar eso.

—Tory, no puedo cambiar lo que hice, pero sí puedo prometerte que no voy a volver a cometer el mismo error. —Su voz era casi una súplica—. Por favor, dame otra oportunidad. No te pido que me perdones ahora, pero... déjame demostrarte que no soy ese tipo de persona.

Ella lo miró, y por un momento, el silencio entre ellos fue ensordecedor. Sus ojos buscaban algo en él, una verdad que pudiera confiar, una razón para dejar que volviera a acercarse. Pero las heridas seguían abiertas, y el miedo seguía presente.

—No puedo confiar en ti, Robby —admitió finalmente, su voz más suave pero no menos firme—. No después de lo que pasó. Y verte con esa cara de culpa cada vez que estoy con Miguel no va a cambiar eso.

El nombre de su hermano lo atravesó como un puñal. Cerró los ojos con fuerza, tratando de controlar la rabia que amenazaba con desbordarse.

—¿De verdad tienes que mencionarlo? —preguntó, su tono más duro de lo que pretendía—. ¿De verdad tienes que recordarme que estás con él? Porque créeme, no necesito que lo digas. Lo veo todos los días, Tory. Lo veo cada vez que te ríes de algo que dice, cada vez que lo tocas. Y me mata, ¿entiendes? Me está matando.

Tory frunció el ceño, sorprendida por la intensidad en su voz. Pero antes de que pudiera responder, Robby continuó.

—¿Sabes lo que es amar a alguien y tener que fingir que no te importa cuando la ves con otra persona? Porque yo sí. Cada maldita vez que te veo con él siento que me estoy volviendo loco. Y no es solo por Miguel. Es porque sé que fui yo quien arruinó todo, que fui yo quien te empujó a él.

Tory tragó saliva, sus emociones comenzando a agitarse de nuevo. No quería sentirse mal por él, no después de todo lo que había pasado. Pero verlo así, tan vulnerable, tan honesto, hacía que su resolución comenzara a tambalearse.

—Robby... —comenzó, pero él negó con la cabeza.

—No, no quiero escucharlo. —Su voz era firme, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas que se negaban a caer—. Sé que no puedo cambiar el pasado, pero no puedo quedarme callado. Te amo, Tory. Te amo más de lo que he amado a nadie, y no puedo seguir fingiendo que estoy bien con esto.

Ella lo miró, sintiendo cómo sus defensas comenzaban a desmoronarse. Había algo en su voz, en su mirada, que hacía imposible ignorar lo mucho que la extrañaba, lo mucho que realmente la quería.

Finalmente, Tory dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Esto no arregla nada, Robby —murmuró, sus palabras apenas un susurro.

Él asintió lentamente, acercándose a ella de nuevo.

—Lo sé —respondió, su voz cargada de determinación—. Pero no voy a rendirme contigo. Nunca.

Sin pensar, sin planearlo, ambos se inclinaron al mismo tiempo, y sus labios se encontraron de nuevo. El beso fue igual de intenso que el primero, pero esta vez había algo más: un atisbo de esperanza, de posibilidad. Ambos sabían que las cosas no se resolverían de inmediato, pero en ese momento, ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar ir lo que aún quedaba entre ellos.

El beso continuó con la misma furia y desesperación que ambos habían reprimido durante semanas. Las manos de Robby viajaban por el cuerpo de Tory, recorriéndola con una intensidad que dejaba claro cuánto la había extrañado. Su respiración era irregular, y la de ella no era diferente. Tory no lo quería admitir, no en voz alta, porque sabía que si lo hacía, solo alimentaría el ego de Robby. Pero en el fondo, sabía que lo había extrañado tanto como él a ella.

Cuando Robby la empujó ligeramente hacia un arbusto cercano, ambos ignoraron el leve ruido que hicieron al trastocar algunas ramas. Todo lo demás se había desvanecido: los errores, las discusiones, incluso el maldito nombre de Miguel. Todo se reducía a ese momento. Sus labios se buscaban con necesidad, con una mezcla de enojo, pasión y un anhelo insoportable.

Tory deslizó sus manos por el pecho de Robby, tratando de mantener algo de control, pero era inútil. El calor de sus cuerpos, el roce de sus respiraciones, las semanas de frustración acumulada... todo la estaba desarmando.

Sin embargo, el momento se rompió abruptamente cuando escucharon una voz a la distancia.

—¡Tory! ¡Tory, ¿dónde estás?! —era Miguel, llamándola. Su tono era despreocupado, pero claramente la estaba buscando.

Robby se tensó inmediatamente. La simple idea de su hermano menor llamando a Tory, buscándola, como si tuviera algún derecho sobre ella, lo llenó de una rabia incontrolable. Cerró los ojos por un momento, intentando calmarse, pero no pudo evitar murmurar entre dientes.

—Por supuesto que tiene que aparecer él, el maldito inútil —escupió, su voz cargada de desprecio.

Tory abrió la boca para responder, quizás para pedirle que se calmara, pero antes de que pudiera decir algo, Robby le tapó la boca con una mano. Sus ojos, oscuros y llenos de una mezcla de celos y frustración, se clavaron en los de ella.

—Ni una palabra, Tory —le susurró en voz baja pero firme, acercándose aún más a ella. Su cuerpo prácticamente la cubría, escondiéndola de cualquier vista.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados, claramente molesta por su acción, pero no se movió. Robby notó su mirada desafiante, pero en lugar de retroceder, la acercó más a él, apretándola contra el arbusto. Su mano seguía cubriendo suavemente su boca, y aunque el gesto podría haberla enfurecido, había algo en la intensidad de Robby, en la manera en que la protegía incluso de un escenario inofensivo, que hizo que su corazón latiera aún más rápido.

—¿Robby, estás loco? —intentó decirle, pero las palabras apenas se entendieron contra su mano.

El beso continuaba, y con cada segundo que pasaba, la intensidad entre ambos aumentaba. Era como si las semanas de distancia, los errores, las palabras hirientes y las miradas furtivas hubieran explotado en ese instante. Las manos de Robby se deslizaban con firmeza y necesidad por el cuerpo de Tory, deteniéndose en su cintura, subiendo lentamente por su espalda y luego regresando como si necesitara memorizar cada detalle. Su respiración era irregular, pero la de Tory no era menos frenética. Ambos estaban atrapados en esa tormenta que habían intentado evitar y que ahora los consumía por completo.

Tory trataba de mantener cierto control, moviendo sus manos por el pecho de Robby, marcando el ritmo del beso, pero todo era inútil. Su cuerpo respondía a él de formas que no quería admitir, y aunque su mente le decía que no debía ceder, su corazón y su deseo la traicionaban. Lo había extrañado más de lo que estaba dispuesta a decir en voz alta, porque lo último que quería era alimentar su ego. Pero en lo profundo, sabía que lo extrañaba tanto como él a ella.

Con un movimiento decidido, Robby la empujó suavemente hacia un arbusto cercano, envolviéndola con su cuerpo mientras continuaban besándose. El leve crujir de las ramas bajo ellos pasó completamente desapercibido. En ese momento, nada más existía. Ni las discusiones, ni el orgullo herido, ni siquiera el nombre de Miguel, que tantas veces había sido un muro entre ellos. Todo se había reducido a este instante.

—¿Te das cuenta de lo que haces conmigo? —murmuró Robby contra sus labios, sin detener el beso, su voz ronca por la mezcla de enojo y anhelo.

—Cállate —respondió Tory entre jadeos, y lo volvió a besar con más fuerza, como si quisiera castigarlo por atreverse a verbalizar algo que ella misma no se atrevía a decir.

Pero la intensidad del momento se rompió abruptamente cuando una voz distante interrumpió la burbuja que habían creado.

—¡Tory! ¡Tory, ¿dónde estás?! —Era Miguel, llamándola. Su tono despreocupado contrastaba con la tensión que ahora invadía el ambiente.

Robby se congeló por un segundo, separándose apenas unos centímetros de Tory, lo suficiente para escuchar con claridad. Su mandíbula se tensó de inmediato, y sus ojos, oscuros y llenos de furia, miraron hacia la dirección de la voz.

—Por supuesto que tiene que aparecer él... —murmuró con un veneno evidente en su tono. Luego se pasó una mano por el cabello, claramente tratando de contenerse, pero era inútil. La simple idea de que Miguel estuviera llamándola, buscándola, como si tuviera algún derecho sobre ella, lo llenaba de una rabia incontrolable. Cerró los ojos un momento, como si intentara encontrar algo de calma, pero solo logró empeorar su frustración.

—¿Qué? ¿Ahora vas a ponerte celoso? —preguntó Tory, con una mezcla de sarcasmo y desafío en su tono, aunque sus labios todavía estaban ligeramente hinchados por el beso.

—¿Celoso? —Robby soltó una risa amarga, acercándose nuevamente a ella, invadiendo su espacio personal. Sus ojos la desafiaban tanto como los de ella lo desafiaban a él. —No tienes idea de lo que estoy sintiendo ahora, Tory. Ese idiota no debería ni siquiera pronunciar tu nombre.

Ella rodó los ojos, tratando de apartarse un poco, pero Robby no se lo permitió. Con un movimiento rápido, le tapó la boca con una mano, sus dedos firmes pero cuidadosos. Sus ojos no dejaron de observarla, como si estuviera anticipando algún tipo de resistencia.

—Ni una palabra, Tory —le susurró con voz baja pero firme. Su cuerpo prácticamente la cubría por completo, escondiéndola de cualquier vista. Sus ojos se desviaron hacia el lugar de donde provenía la voz de Miguel, pero su atención seguía completamente enfocada en ella.

Tory lo miró fijamente, sus ojos lanzándole dagas. Estaba molesta, tanto por su actitud como por el hecho de que, en el fondo, le encantaba verlo así. Robby, enfurecido, posesivo, y completamente fuera de control, tenía una intensidad que no podía ignorar, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, le gustaba.

—¿Robby, estás loco? —intentó decir contra su mano, pero las palabras apenas fueron un murmullo amortiguado.

—Sí, Tory, estoy loco —respondió él sin vacilar, inclinándose más hacia ella, dejando que su voz baja y grave la envolviera. —Estoy loco porque tengo que verte con él, porque cada vez que lo hace, actúa como si tuviera algún derecho sobre ti. Y lo odio. Lo odio porque no puedo soportar la idea de que esté cerca de ti.

Sus palabras estaban llenas de una frustración tan honesta que Tory sintió que su corazón daba un vuelco. Pero no quería ceder, no quería darle la satisfacción de saber que su confesión había movido algo en ella.

—¿Y crees que tapándome la boca vas a solucionar algo? —murmuró Tory con tono sarcástico en cuanto Robby retiró su mano, aunque apenas se separó un par de centímetros de su rostro.

Robby la miró fijamente, con una mezcla de desesperación y rabia. Su respiración seguía agitada, y las palabras parecían atascadas en su garganta. El espacio entre ellos era prácticamente inexistente, pero no podía alejarse. No quería hacerlo.

—No —admitió finalmente, su voz más calmada, pero con un filo de frustración evidente. Su mirada, que solía ser dura y desafiante, ahora era diferente: se veía vulnerable, casi suplicante. —No quiero solucionarlo... quiero que entiendas lo que siento, Tory.

Tory entrecerró los ojos, analizando sus palabras y el tono con el que las decía. Era extraño verlo así, tan desnudo emocionalmente frente a ella. Era una versión de Robby que no solía mostrar, y aunque no lo admitiría fácilmente, eso la desarmaba un poco.

—¿Y qué se supone que siento yo? ¿Crees que solo apareces, me besas, me dices un par de cosas bonitas y todo desaparece? —replicó, cruzándose de brazos en un intento de recuperar el control de la situación, aunque su respiración seguía siendo un poco errática.

Robby dio un paso hacia atrás, pasando una mano por su cabello, claramente frustrado consigo mismo. Tory veía cómo su pecho subía y bajaba con fuerza, como si estuviera buscando las palabras correctas.

—No estoy diciendo eso, Tory. No espero que me perdones tan fácil. —Su tono bajó de nuevo, más calmado, pero lleno de emoción. —Pero estoy aquí porque no puedo seguir así... sin ti. Estas semanas han sido un infierno, ¿sabes? Verte con él, fingir que no me importa... ¿Cómo diablos esperas que me quede de brazos cruzados cuando Miguel...?

—¡Miguel no tiene nada que ver en esto! —lo interrumpió Tory, su voz más alta de lo que pretendía. Sus ojos destellaban con esa furia que tanto la caracterizaba. —Deja de usarlo como excusa. Esto es entre tú y yo, Robby. Lo que pasó, lo que dijiste, cómo lo manejaste... eso fue todo tuyo, ¿entiendes?

Robby cerró los ojos con fuerza, como si cada palabra de Tory lo golpeara físicamente. Cuando los abrió, había un brillo de remordimiento en ellos que Tory no esperaba ver.

—Lo sé, Tory. Sé que la cagué, ¿de acuerdo? Sé que fui un idiota, que te fallé cuando no debía, que dije cosas que no debí decir... pero no puedo cambiarlo. —Dio un paso hacia ella de nuevo, su tono se suavizó, pero su intensidad no disminuyó. —Lo único que puedo hacer es decirte que lo siento, y que haría lo que fuera por arreglar esto.

Tory no respondió de inmediato. Su respiración era pesada, y su mente estaba dividida entre el enojo, la frustración, y algo más que no podía terminar de definir. Robby estaba frente a ella, con el corazón en la mano, y aunque una parte de ella quería aferrarse a su orgullo, otra parte, una mucho más profunda, quería ceder. Porque a pesar de todo, lo extrañaba.

—No es tan fácil, Robby —susurró finalmente, su voz más baja, como si el peso de sus propias emociones estuviera empezando a aplastarla.

—Lo sé —respondió él, con una honestidad tan cruda que casi dolía. Su mirada estaba fija en ella, rogándole sin decirlo. —Pero tampoco puedo seguir pretendiendo que puedo vivir sin ti.

Tory se mordió el labio, intentando contener las emociones que amenazaban con desbordarse. Antes de que pudiera responder, escucharon nuevamente la voz de Miguel, más cerca esta vez.

—¡Tory! ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

Robby se tensó de inmediato. Sus puños se cerraron con fuerza, y Tory vio cómo el enojo volvía a apoderarse de él. La idea de que Miguel la estuviera buscando, que incluso pudiera aparecer en ese momento, parecía estar quemándolo por dentro.

—Si lo escucho decir tu nombre una vez más... —murmuró Robby, más para sí mismo que para ella, aunque Tory lo oyó claramente.

—Robby, no empieces —advirtió Tory, levantando una mano como para detenerlo antes de que su temperamento se saliera de control.

Robby respiró profundamente, tratando de calmarse. Pero antes de que pudiera decir algo más, Tory lo agarró del cuello de la camiseta y lo acercó de nuevo a ella, sus labios chocando con los suyos con la misma furia y frustración de antes. El beso era una mezcla de enojo, necesidad y algo más profundo que ambos se negaban a nombrar.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban respirando con dificultad, sus frentes juntas mientras intentaban procesar lo que acababa de suceder.

—Esto no cambia nada, Robby —murmuró Tory, aunque su voz carecía de la convicción que pretendía transmitir.

—Tal vez no ahora... pero lo hará. —La respuesta de Robby fue tranquila, pero había una certeza en su tono que la hizo mirarlo fijamente.

Antes de que pudieran decir algo más, Tory escuchó pasos acercándose. Miguel estaba más cerca de lo que pensaban. Ella lo empujó suavemente hacia el arbusto, sus ojos advertentes.

—Vete, Robby. Ahora.

—¿Y dejarte con él? —protestó, su voz baja pero claramente molesta.

—No es una discusión, Robby. Lárgate antes de que te vea.

Robby la miró durante un segundo que se sintió eterno, y luego asintió, aunque claramente no quería hacerlo. Sin decir una palabra más, desapareció entre las sombras, dejando a Tory tratando de recuperar el control de su respiración justo a tiempo para enfrentar a Miguel, quien finalmente apareció entre los árboles.

—¡Ahí estás! Te estuve buscando por todas partes. ¿Estás bien? —preguntó Miguel con una sonrisa.

Tory forzó una sonrisa, aunque su mente estaba todavía en otro lugar.

—Sí, Miguel. Estoy bien. —Y aunque sus palabras eran para él, su mente seguía con Robby, con el beso, con todo lo que acababa de suceder y lo que todavía no podía procesar.

Miguel observó a Tory por unos segundos, como si percibiera que algo en ella no estaba bien. Pero al final, solo asintió, demasiado confiado como para imaginar que acababa de interrumpir algo que jamás se le habría pasado por la cabeza.

—¿Seguro que estás bien? Pareces... distraída.

—Sí, Miguel, estoy bien —repitió Tory con más firmeza esta vez, cruzándose de brazos. Su tono era cortante, más de lo normal, pero él parecía ignorarlo por completo.

—Bueno, genial, porque estábamos todos esperándote. ¿Vienes? —le dijo con esa sonrisa despreocupada que, por alguna razón, siempre la irritaba más de lo que debería.

—Claro, ya voy. —Su respuesta fue rápida, casi automática. Tenía que quitarse de la mente el rostro de Robby, su mirada intensa, la manera en que había susurrado que no podía vivir sin ella, y sobre todo, el sabor de sus labios que todavía sentía en los suyos.

Mientras seguía a Miguel de regreso al grupo, Tory se obligó a adoptar una expresión neutral, como si todo estuviera perfectamente en orden. Pero por dentro, su mente era un torbellino.

Robby Keene.

El idiota arrogante que siempre lograba meterse bajo su piel, el mismo que había dicho y hecho cosas que todavía la herían, pero también el único que conseguía despertar en ella sentimientos tan intensos, tan contradictorios, que no sabía si quería golpearlo o besarlo otra vez.

Cuando llegaron al claro donde estaban los demás, Miguel volvió a unirse al grupo con facilidad, hablando y bromeando como si nada hubiera pasado. Tory, por su parte, se quedó a un lado, intentando no llamar la atención, aunque su mirada seguía vagando hacia los árboles, donde Robby había desaparecido minutos antes.

Lo que más la irritaba no era el beso, ni siquiera el hecho de que lo había disfrutado tanto. Era el conocimiento de que, sin importar cuánto lo negara, lo que Robby había dicho tenía razón: las cosas no estaban resueltas entre ellos. No lo habían estado nunca.

Mientras el grupo se reía y hablaba alrededor de la fogata, Tory sintió su teléfono vibrar en el bolsillo. Al sacarlo, vio un mensaje de un número que conocía demasiado bien, aunque lo había bloqueado y desbloqueado más veces de las que le gustaría admitir.

"Esto no se ha acabado. Tú lo sabes tanto como yo."

El mensaje era breve, pero cargado de la misma intensidad que había sentido en su mirada antes de que se fuera. Tory lo leyó varias veces antes de bloquear el número otra vez, apretando los labios con frustración. Pero no pudo evitar sentir cómo su corazón latía un poco más rápido.

—¿Todo bien? —preguntó Miguel de repente, inclinándose hacia ella.

—Todo bien —repitió Tory con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

Sin embargo, mientras Miguel volvía a centrarse en la conversación, Tory deslizó el teléfono de nuevo en su bolsillo, con las palabras de Robby aún rondando en su mente.

Y por mucho que lo odiara admitir, sabía que tenía razón. Esto no se había acabado.

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