Capítulo 9
Debí haberte encontrado
diez años antes
o
diez años después
Pero llegaste a tiempo.
—Jaime Sabines
___________________________________
Le doy una mirada enojada, y él parece entender que no estoy de humor para sus bromas.
—Bueno, entonces eso es un no—dice, levantando la mano en señal de rendición—. Creo que puedo esperar un poco más.
Simplemente lo miro como si no lo reconociera. Veo cómo me lanza una sonrisa arrogante, y pongo los ojos en blanco ante su comportamiento.
» No te hagas la difícil, te mueres por besarlo «dice una voz irritante en mi cabeza.
Observo cómo arranca el coche y nos dirigimos a la carretera principal. El tráfico ya no está tan caótico por la hora; maldita sea la hora. Mi madre me va a poner fina cuando llegue a casa. Nerviosa, rebusco en el bolso y, al encontrar el móvil, casi me da un patatús al ver que no tiene batería. ¡Perfecto! Hoy me despido de este mundo.» Definitivamente estamos muertas. «dice me conciencia.
—Ellie—escucho a Sven.
—¿Qué? —respondo, ya un poco cabreada.
—Tranquila, fiera—dice con una sonrisa—. Solo quería saber si estás bien, te pusiste pálida de repente.
—Es que voy a morir—digo, dramatizando mientras me paso la mano por la cara.
—¿Cómo? —me pregunta, sin entender—. ¿Por qué dices eso?
Le enseño el móvil sin batería. Él me mira con cara de no entender nada y suelto un suspiro de cansancio.
—Mi móvil no tiene batería—digo, poniendo los ojos en blanco.
—Sí, ya lo vi cuando levantaste el teléfono—responde, como si fuera obvio—. No entiendo por qué un móvil sin batería te mataría.
—No dije que el teléfono me matara—digo, aún con cara de "en serio".
—Entonces—dice, esperando que le aclare—¿qué pasa?
—Mi madre me va a matar—suelto con un suspiro—. Seguramente ya ha llamado a Matt, y no tengo ni idea de qué ha contado sobre lo del centro comercial.
—Ah, ya veo—dice, mirando al frente—. Si quieres, puedo hablar con ella—añade, dudando mientras me mira de reojo.
—Es... gracias, pero no—respondo.
—Tú verás—dice, encogiéndose de hombros.
Nos quedamos en silencio unos minutos, pero no era incómodo. Estábamos cada uno en lo suyo, hasta que decido encender la radio para llenar el vacío del coche. Aún nos queda un buen rato hasta llegar a casa.
—¿Te importa? —pregunto, señalando la radio.
—No, dale—responde, dejándome a cargo del aparato.
Me acerco a la radio, emocionada, y empiezo a buscar una canción. Solo encuentro noticias, y justo cuando estoy a punto de rendirme y apagarla, suena una canción que, aunque no es nada de mi estilo (y eso que me gusta casi todo), al menos hay música. Apoyo la cabeza en la ventana y me dejo llevar por el paisaje, viendo cómo los edificios y las casas se alejan. Ya estaba empezando a engancharme con la canción cuando, de repente, la radio cambia de estación.
—¿Qué? —pregunto, sin entender.
—Eso apesta—dice, cambiando de estación con cara de asco.
—Entonces déjame a mí—le respondo, apartando su mano con una sonrisa desafiante.
—No vas a poner a Justin Bieber—replica con seriedad.
Mientras navego por la aplicación de música del coche, levanto la vista, lo miro con los ojos entrecerrados.
— Cállate! —digo, cruzando los brazos.
—Cállate tú! Te recuerdo que estas en mi coche—me responde, poniendo los ojos en blanco.
—Técnicamente, el coche es de tu madre— provoco.
—Técnicamente, a nadie le importa—responde con un toque de desdén.
—Soy el copiloto, así que invoco el poder del copiloto—digo con una sonrisa triunfante.
—¿Poder de qué? —pregunta, mirándome confundido.
—Es conocimiento general: el copiloto es el encargado de poner la música mientras el otro conduce—explico, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Ah, claro, como si siempre tuviera copiloto—contesta con sarcasmo—Repito, es mi coche, yo decido qué suena aquí—añade, con un toque de arrogancia, y apaga la radio.
Le echo una mirada de fastidio y vuelvo a encender el cacharro. Cuando se da cuenta de que sigue encendido, lo apaga de nuevo. Estamos en una pelea absurda, cada uno empeñado en cumplir su objetivo: el mío, que la radio siga sonando; el suyo, que no lo consiga. Prendo la radio por sexta vez y, como era de esperar, Sven vuelve a colgar. Esto ya no es solo por molestia, es una cuestión de orgullo. Ahora es personal.
— Vas a estropear la radio —digo, ya cansada de que siga apagándola.
—Entonces deja de encenderla —responde, con tono impaciente.
Acerco la mano para volver a encenderla, pero cuando él ve mi mano al lado del botón, la aprieta pensando que ya había activado el aparato.
—¡Eh, gané! —grito emocionada y me pongo a bailar un pequeño pasito de celebración.
—¡Pero qué demonios, Ellie! —grita, saltando sobre el banco— ¡Me has pegado un susto de muerte! —dice, llevándose una mano al pecho.
Suelto una risa tan fuerte que retumba por todo el coche.
—Dios, deberías haber visto tu cara —digo, entre carcajadas.
—Eres un escándalo —murmura, molesto.
—Y tú un pesado —respondo, sacándole la lengua.
—Infantil.
—Idiota.
—Pelotudo.
—Guapa.
—¿Estúpi... espera, ¿qué? —pregunto, confundida.
—Nada —responde rápidamente, tratando de disimular.
Lo miro perpleja por lo que acaba de decir y decido guardar silencio. Me doy cuenta de que ya estamos en mi calle, seco las lágrimas de la crisis de risa que me dio y empiezo a ponerme nerviosa pensando en cómo despedirme de él. «Un beso no estaría mal, ¿eh?», dice esa vocecita molesta en mi cabeza. Finalmente, llegamos frente a mi casa. Veo que todas las luces están apagadas y suspiro aliviada. Tal vez viva un par de años más —pienso.
—Bueno, ya llegamos, señorita —dice con una amplia sonrisa.
—Muchas gracias, Sven —respondo tímidamente, mirando al frente.
—De nada —responde con un suspiro.
Ambos estamos en un silencio incómodo, esperando que uno de los dos rompa el hielo. Como veo que él no va a decir nada, pongo la mano en la palanca para abrir la puerta. Justo cuando saco una pierna, noto que Sven dice algo.
—¿Qué? —pregunto, confusa.
—Seis y medio —responde, mirándome como si hubiera salido un ojo en medio de su frente.
—¿Seis y medio? —repito— ¿De qué?
—Del beso —responde con una mirada llena de malicia.
—¿En serio, Sven? —digo, incrédula— Eres un idiota —añado, molesta, y salgo del auto.
Cierro la puerta con tanta fuerza que casi me imagino que se va a quedar atascada. Oigo el sonido de otra puerta cerrándose, pero de forma mucho más suave. Ni siquiera necesito girarme para saber quién es. Acelero el paso mientras rebusco en mi bolso buscando la llave. Obviamente, no lo consigo porque soy un desastre haciendo dos cosas a la vez. En segundos, todo lo que llevaba en el bolso acaba esparcido por el suelo y me maldigo mentalmente por ser tan torpe.
Me agacho para recoger mis cosas del suelo, escuchando los pasos que se acercan cada vez más. Me apresuro a meter todo en el bolso, con el corazón acelerado. Cuando finalmente me levanto, intento caminar lo más rápido posible, pero me detengo en seco al chocar con algo duro. Levanto la cabeza y me encuentro con esos ojos que tanto me atormentan. Mi nerviosismo y mi enfado eran tan intensos que ni siquiera me di cuenta de que Sven me había adelantado.
Me pregunto si esos ojos alguna vez dejarán de tener impacto en mí. La verdad, no creo que sea posible. Cada vez que los miro, me pierdo en las profundidades de ese cielo azulado. Siento su mirada fija en mí, y salgo de la burbuja en la que siempre me sumo cuando nos miramos. Recuerdo cómo, hace unos segundos, me había humillado, y toda la furia vuelve a aflorar. Me doy la vuelta para pasar junto a él, pero no puedo avanzar mucho porque me agarra del brazo.
—Déjame ir —digo, enojada, intentando soltarte.
—Ellie, relájate —me dice con una sonrisa que solo me irrita más.
—Sven, no es gracioso.
—Era una broma —responde, sin dejar de sonreír.
—¿Qué? —pregunto, incrédula— Eres un idiota —digo, molesta.
—Perdona —dice, poniendo los ojos en blanco— Quería decir... eh...—intenta explicarse, pero no lo consigue.
—Sabes que cuanto más hablas, más la cagas.
—Lo que quería decir es que quiero otro beso, nada más —dice directamente, mirando hacia otro lado.
—Tu sentido del humor es un desastre —digo, sonriendo a pesar de todo.
—Gracias —responde, poniendo los ojos en blanco.
Estamos a una distancia segura, Sven ya me ha soltado el brazo hace unos segundos, y ahora me agarra de la mano. Me acaricia con el pulgar, provocándome cosquillas, y me tira hacia él. Justo cuando estoy a un paso, oigo un ruido y desvío la mirada.
—Ellie —escucho que me llaman desde atrás.
—¿Qué quieres? —responde Sven, un poco brusco.
—Matt —digo, sorprendida, girándome para mirarlo.
Veo cómo Sven se pone tenso y mira por encima de mi cabeza a Matt, dado lo pequeña que soy. Puedo notar cómo Sven adopta su típica máscara de frialdad y desinterés. Me he dado cuenta de que tiene dos versiones de sí mismo: una que muestra al mundo y otra que reserva para mí, como si quisiera que viera lo que hay debajo de ese caparazón.
Sven es como una cebolla; cada vez que estamos juntos, me va mostrando una capa más. Empiezo a entender un poco más cómo es realmente, revelando poco a poco sus heridas y cicatrices, como si conmigo no tuviera que mentir ni ser otra persona. Me alegra mucho que se sienta seguro a mi lado. Sé que, cuando llegue el momento, me contará lo que tanto deseo saber.
—Podemos hablar —me dice Matt, sacándome de mis pensamientos.
Siento cómo Sven aprieta mi mano y me vuelvo hacia él, tratando de retomar la normalidad.
—No creo que sea una buena idea, Ellie —susurra Sven, con preocupación.
—Está bien —digo, intentando calmarlo—. Es solo Matt, estaré bien.
—¿Estás segura? —pregunta, todavía dudoso.
—Sí, vete a casa y descansa —le respondo, tratando de sonar lo más tranquila posible—. Gracias por traerme.
Le doy un pequeño beso en la mejilla, sintiendo el aroma de su perfume. intentando al menos sacarle una sonrisa. Me transporto a esos momentos en los que me perdía en sus labios y odio a Matt por aparecer justo ahora y romper este momento.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top