Capítulo 12
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"Hay muchas cosas
Que me gustaría decirte.
No sé cómo.
Yo dije...
Quizás tú vas a ser
Quien me salva.
Y después de todo
Tú eres mi maravilla."
—Oasis
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Sven
Intento ponerme de pie, sintiendo el peso de la desesperación en cada movimiento. Me acerco lentamente a la puerta, deseando que el tiempo pase más despacio. Cojo la maneta con manos temblorosas y la giro, abriendo la puerta con un esfuerzo que parece durar una eternidad.
— ¿Por qué estás llorando? — pregunta con voz dura, plantado en el umbral. Su expresión mezcla enfado y desdén, una mirada que atraviesa.
Las palabras golpean como un balazo, y no puedo evitar que un nudo se forme en mi garganta. Las lágrimas, que había intentado contener con todas mis fuerzas, empiezan a brotar con más intensidad. Su pregunta y el desprecio en su tono son como una bofetada cruel.
— Eres un imbécil, los hombres de verdad no lloran — grita, su voz resonando con una frialdad que congela el aire.
Me quedo paralizado, las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas. Quiero gritar, defenderme, pero el dolor y la humillación me han dejado sin fuerzas. Su presencia, en lugar de brindar consuelo, añade una capa más de tormento a mis emociones ya desgarradas.
— ¿Qué sabes tú de lo que es ser hombre? — logro decir con voz rota, levantando la vista con esfuerzo. — ¿Qué sabes tú de lo que estoy sintiendo?
Él me mira con una mezcla de incredulidad y desdén, como si mi dolor fuera una debilidad imperdonable. Su mirada no busca comprender, solo juzgar, y eso solo hace que el dolor se profundice.
Me siento estúpido por estar en esta situación, por no haber encontrado la fuerza para defenderme. Mi mente está en caos, y el dolor me inunda mientras lucho por mantener la compostura. De repente, escucho un estruendo en la habitación, y levanto la cabeza lentamente, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Lo primero que veo son sus zapatos negros. Antes de poder reaccionar, siento un golpe brutal en mi rostro. El impacto es tan fuerte que me hace tambalear, y de inmediato, el sabor metálico de la sangre llena mi boca.
El golpe me deja tambaleándome, y antes de que pueda procesarlo, siento cómo la furia de mi padre se desata sobre mí. Los puños vuelan con una rapidez brutal, y cada impacto me golpea como una ola pesada que arrastra todo a su paso.
— ¿Por qué me haces esto? — logran salir entre mis sollozos, pero sus palabras no llegan a mis oídos. Solo el sonido de sus golpes y mis gemidos de dolor llenan el espacio.
Bajo la cabeza, intentando cubrirme y aguantar los golpes en mi cuerpo en lugar de en mi cara. Cada golpe que me da es como una descarga eléctrica que me sacude hasta los huesos, y no puedo evitar odiarme por ello. Me odio por ser todo lo que él dice de mí, y me odio aún más por no encontrar una manera de acabar con este sufrimiento. Cada vez que me acuesto en la almohada, pienso en cómo la sobredosis que casi me mató debería haberlo logrado.
Intento protegerme como puedo, pero los golpes siguen cayendo, uno tras otro, como una lluvia implacable de dolor. Cada puñetazo es un recordatorio brutal de que alguien que debería estar allí para cuidarme me está destrozando por dentro. La mezcla de lágrimas y sangre en mi rostro hace que la situación sea aún más aterradora, y el dolor físico se mezcla con una tristeza profunda.
Siento el suelo frío bajo mí mientras intento moverme, pero cada intento es en vano. La furia de mi padre parece interminable, y el dolor se combina con una sensación de traición y desamparo que me aplasta. Me siento completamente abatido, no solo por el dolor físico, sino por el peso de saber que la persona que debería protegerme me está rompiendo por dentro.
—Eres una rata —dice, levantándome la cara con brusquedad—. Esto es para que aprendas a no salir sin mi permiso. Estás en mi casa y yo estoy a cargo de ti. Te he dicho que si quieres irte, serás más que bienvenido. Te odio desde que me robaste a mi esposa. ¡Mataste a Dulce, oíste! ¡La mataste! —grita, mientras escupe en mi cara.
Su aliento huele a alcohol, un aroma áspero que me quema los ojos y hace que me duela el estómago. Intento contener las lágrimas, aunque el escozor y el dolor me llenan de desesperación. Me clava la mirada por unos segundos, y luego suelta mi rostro con una fuerza brutal. Finalmente, mi padre se detiene, jadeando y exhausto. Me mira con una mezcla de furia y indiferencia y dice:
— Eres lo peor que me ha pasado.
Luego, se da la vuelta y sale de la habitación sin una sola palabra más.
— Al menos estamos de acuerdo en eso — digo en un susurro, con la voz temblando de dolor y resentimiento
Trato de levantarme, pero el dolor es abrumador, y mi cuerpo está tan adolorido que ni siquiera puedo moverme. Cada movimiento es un tormento, y el peso de su odio y sus palabras crueles se siente aún más pesado. Me quedo tirado en el suelo, sintiendo cómo el dolor se instala en cada rincón de mi cuerpo, mientras el silencio se cierne sobre mí como una losa implacable.
Miro la pequeña cómoda al lado de mi cama y me arrastro hacia ella, cada movimiento me duele más que el anterior. Abro el cajón de arriba y busco entre los objetos hasta encontrar el cilindro naranja. Con manos temblorosas, vacío su contenido en la palma. Las pastillas para dormir se dispersan, y el simple hecho de verlas me llena de una desesperanza abrumadora. ¿Para qué seguir viviendo si cada día es solo una tortura más?
Hace mucho que perdí la capacidad de encontrar sentido en mi vida. El dolor es tan constante que me resulta imposible imaginar un final feliz. ¿Existe una forma sencilla de acabar con esto? Estoy exhausto, deseando que el descanso llegue, y que, tal vez, en algún lugar más allá del sufrimiento, pueda reunirme con mi madre. Anhelo tanto poder abrazarla una última vez, sentir su calor y su amor, como si eso pudiera borrar todo el dolor que llevo dentro.
Levanto la vista hacia el techo de mi cuarto, el sufrimiento se convierte en un peso abrumador que me ahoga. Respiro con dificultad, y el dolor emocional es tan profundo que parece físico. Las lágrimas están a punto de caer, pero me esfuerzo por mantenerme. Cada segundo es una lucha por soportar, deseando en silencio que el tormento termine.
—Mierda, ¿me rompí una costilla esta vez? —digo, jadeando y tratando de sentarme en el suelo.
Cuando estoy a punto de ponerme las pastillas en la boca, un recuerdo inesperado me detiene. De repente, me vienen a la mente los ojos grises de Ellie y su sonrisa, esa que siempre lograba iluminar mis días más oscuros. Me acuerdo de esos momentos que compartimos, en los que todo parecía más sencillo y brillante solo porque estábamos juntos. Era como si, cuando estaba con ella, el mundo se desvaneciera y solo quedara ese pequeño rincón de felicidad y tranquilidad. En medio de este caos y dolor, su recuerdo me hace darme cuenta de cuánto la extraño, y cómo su sonrisa era el único refugio que realmente necesitaba para sentirme en paz.
Guardo las pastillas en la botella y dejo escapar un suspiro cansado. Me paso la mano por la cara y me arrastro al baño. Me levanto la camiseta frente al espejo y veo que el rojo de mi estómago y espalda es bastante feo; seguro que mañana voy a estar lleno de moratones. Me trago un analgésico y abro el grifo para beber un trago de agua.
Salgo del baño, cojo la portátil y me planto en una silla, tratando de ponerme lo más cómodo posible. Navego por internet, intentando distraerme, porque sé que hoy no voy a pegar ojo. Bebo el café que Marc me dio mientras me como la dona de canela. Me quedo así hasta que amanece, viendo cómo el cielo se aclara. Me siento como una auténtica mierda, preguntándome por qué demonios decidí volver al instituto justo hoy.
Me paso la mano por la cara, limpiando los ojos llenos de ojeras. Me doy una ducha rápida y busco ropa que sea cómoda, dadas mis circunstancias. Me pongo un suéter negro, unos vaqueros oscuros y zapatillas blancas. Me paso la mano por el cabello, desordenándolo un poco más.
Me pongo unos anillos en los dedos y agarro la mochila, cuidando de no presionar mucho mi abdomen porque todavía me duele todo el cuerpo por los golpes de ayer. Echo un vistazo rápido hacia la puerta del cuarto de mi padre, cerrada. ¡Perfecto! Bajo las escaleras rápido antes de que se despierte, si es que tiene la intención de trabajar hoy, porque pasa más tiempo borracho que sobrio. Al pasar por la sala, veo la tele tirada en el suelo otra vez, pero esta vez con la pantalla hecha añicos. Suelto un suspiro, paso de largo y camino hacia mi coche. Me subo y, al sentarme de golpe, un dolor agudo me recorre todo el cuerpo.» Maldita sea «me quejo mentalmente por haber olvidado lo hecho polvo que estoy.
Conduzco hacia el instituto, que por suerte no está tan lejos, y tras unos diez minutos aparco el coche. Justo cuando lo hago, veo que Tom estaciona al lado, y me mira incrédulo, y yo intento sonreírle, pero en cuanto siento el tirón en la mandíbula, desisto. ¡Menuda mierda!
—¿En serio, tío? —dice, mirando con escepticismo—. No puedo creer que estés aquí, y todo por una chica —añade, moviendo las cejas con diversión.
—No estoy aquí por nadie, y mucho menos por una chica —respondo, visiblemente molesto.
—Venga ya, y esos ojos azules que te tienen tan pillado... —dice, con una sonrisa pícara.
Le lanzo una mirada fulminante, y lo veo sonreír con picardía.
—Sí, estaba muy bien, y aquel bikini...
—¡Cállate, gilipollas! —digo, dándole un empujón juguetón.
—Deberías haber visto tu cara —responde el cabrón, sonriendo de oreja a oreja.
—Y tú, con ese ridículo vestido —digo, sonriendo mientras él me empuja de vuelta.
— Que era una broma, idiota —gruñe Tom, con una sonrisa traviesa.
Caminamos hacia el patio, y no puedo evitar sentir todas las miradas que se dirigen hacia mí. No sé si es porque soy el chaval que desapareció hace siglos del instituto o porque soy el chico con el padre alcohólico que todos conocen. Nos apoyamos contra una pared al final del patio, y me acuerdo de que tengo que hablar con la señora Jones sobre mi matrícula. Tom, por su parte, parece haber tragado una radio, porque no para de hablar ni un segundo. Me siento un poco mal por no prestarle mucha atención. Mientras tanto, recuerdo el cigarro que me dio Matthew, y al palpar mi bolsillo, me alegra saber que lo tengo conmigo. Suspiro aliviado.
Siento cómo el sudor se adhiere a mi piel, como si mi cuerpo estuviera pidiendo a gritos un cigarro. Me quito la capucha y me pongo los auriculares, agradecido de que Tom parece entender que no estoy para charlas. Pero esa extraña sensación de estar siendo observado no me deja en paz.
Trato de ignorarla, pero esta vez es diferente. La sensación es tan intensa que parece escanearme, y eso me pone incómodo. Sigo mi instinto, levanto la cabeza lentamente y miro hacia donde creo que proviene la mirada. Cuando mis ojos se encuentran con esos ojos grisáceos, mi corazón empieza a latir más rápido, el efecto que solo ella tiene sobre mí.
Ellie, al darse cuenta de que la he pillado, aparta la vista rápidamente, claramente avergonzada de haber sido descubierta. Sonrío, preguntándome si se acuerda de la fiesta o de cuando éramos niños. Aunque en ese entonces le gustaba ese idiota de Matthew, sigo mirándola. Ayer, a pesar de su estado, estaba hermosa; hoy, no hay palabras para describirla. Está guapísima, aunque esta palabra le queda corta. Lleva un suéter beige con rayas color caramelo que parece abrazar su figura y unos pantalones que destacan sus piernas. Su rostro se ve fresco y natural; es la chica más hermosa que he visto nunca.
La miro sin disimulo durante unos minutos, y me doy cuenta de que podría pasar el día entero haciéndolo. Es como si no la hubiera visto en años, aunque en realidad solo fue ayer. Ellie, maldita sea, lo que me haces sentir es una locura.
Cuando ella me vuelve a mirar, no puedo resistirme. Coloco mi mano en la comisura de mi boca, haciendo como si me estuviera limpiando la saliva, y le lanzo una sonrisa traviesa. La veo poner los ojos en blanco y cruzarse de brazos, claramente intentando no dejarse llevar. Ella empieza a hablar con su amigo, y yo me siento como un ganador total. Me río para mis adentros, disfrutando del momento.
El timbre suena, indicando que es hora de entrar a las aulas, pero yo tengo que resolver lo de mi matrícula y recoger mis horarios. Me despido de Tom y me dirijo hacia la coordinación, pero me detengo a descansar un momento. La espalda me duele un montón, y siento que necesito un cigarro como si mi vida dependiera de ello.
Llego a la coordinación y me encuentro con la señora Jones, que me pide que espere unos minutos porque está en una llamada. Mientras espero, echo un vistazo alrededor y me quedo de piedra al ver a una chica de espaldas, distraída mirando fotos de los jugadores. No necesito que se gire para saber quién es; creo que la reconocería incluso si estuviera disfrazada. Me siento como un tonto y no puedo evitar poner los ojos en blanco.
—¡Sven! —dice la señora Jones, sacándome de mis pensamientos.
—¡Señora Jones!
—¡Qué alegría verte de nuevo! —exclama emocionada y me da un abrazo.
Siento que un grito está a punto de escapar de mi boca, pero solo logran salir pequeños quejidos de dolor. Ella se da cuenta al instante y se aparta rápidamente, disculpándose con preocupación.
—¿Quieres tu horario, cielo? —pregunta la señora Jones mientras se dirige a la parte trasera de su oficina. Escribe algo en su computadora y en unos segundos, oigo el zumbido de la impresora.
—Aquí tienes, hijo —dice, entregándome el papel—. Tu primera clase es de filosofía.
—¿En serio? —me quejo, sin poder ocultar mi desagrado.
—Señora Jones —interrumpe una voz dulce y tranquila—. Lo siento, me distraje mirando los trofeos —dice, y veo cómo sus mejillas se tiñen de rojo.
—No pasa nada —responde la señora Jones—. Le estaba mostrando el horario a este jovencito.
Ella gira la cabeza lentamente hacia mí, y de repente, algo dentro de mí se revuelve. Es como si me hubieran dado un golpe en el pecho. ¿Por qué me afecta tanto? ¿Será que todavía me gusta? Nah, no puede ser... hace siglos que no siento nada por ella, ni sé qué ha hecho con su vida todo este tiempo. Pero entonces, ¿por qué cada vez que me mira siento este nudo en el estómago? Vale, de pequeño me gustaba, pero eso fue una tontería de crío, ¿no? No sé qué me está pasando, pero lo único que tengo claro es que estar cerca de ella me deja totalmente descolocado.
Cuando sus ojos se clavan en los míos, siento un vuelco en el corazón que me deja aún más confundido. Es como si me mirara más allá de lo que soy, como si hubiera algo entre nosotros que no logro descifrar. La observo con la misma intensidad, atrapado en ese momento, hasta que la voz de la señora Jones rompe el hechizo, preguntándole algo a Ellie y trayéndome de golpe de vuelta a la realidad.
—¿Señorita Payet, se siente bien?
—Oye, ¿qué dijiste? —responde tartamudeando, mientras la veo sonrojarse. No puedo evitar soltar una carcajada.
—Patética —murmuro, con una sonrisa burlona.
—¿Perdona? —responde, alzando la voz, tratando de encontrar alguna explicación.
—¡Y encima es sorda! —murmuro para mí, sintiendo que mi paciencia se va desvaneciendo.
—Oye, ¿tienes modales o qué? —interviene la señora Jones, con un tono firme que deja claro que no va a permitir más tonterías—. La señorita Payet es un ejemplo de estudiante; exijo que la respetes.
—Es una pesada, eso sí —digo mientras recojo mi horario—. Me piro de aquí.
—¡Un momento! —exclama, Ellie molesta, bloqueando mi camino. —¡Discúlpate! —me exige, plantándose frente a mí con las manos en las caderas.
—¿Qué? ¿Tienes cinco años o qué? —respondo con desdén. —Mira, chica, no tengo tiempo para tus dramas ni tus rollos existenciales. Busca a alguien más a quien dar la brasa. Yo tengo cosas más importantes que hacer —digo, dándome la vuelta y caminando hacia la salida como si nada.
—Sven, la señorita Payet podría enseñarte las instalaciones —dice la señora Jones, y de repente el aire se vuelve aún más denso. La miro, poniendo los ojos en blanco. ¿Es que no se da cuenta de lo molesta que es? La verdad, estaba mejor cuando iba borracha.
—¡Yo! —dice, casi gritando—. Pues qué pena, señora Jones, pero voy a tener que rechazar esta oferta tan irresistible. Tengo clase ahora mismo —añade con una mirada sarcástica en mi dirección. Después, con una sonrisa falsa—. Encantada de conocerte, Sven —murmura apenas moviendo los labios—. Que disfrutes tu primer día... bienvenido.
La maldigo por estar tan cerca, su olor me envuelve. Es dulce, pero no empalagoso, justo como ella. No sé si es su perfume o simplemente su esencia... Pero ¡qué mierda me está pasando hoy! —pienso, frustrado. Me hace gracia su reacción, y si no tuviera tantas ganas de fumar, me encantaría cabrearla un poco más. Ella extiende su mano para saludarme y se queda ahí, esperando unos segundos. Me debato si darle la mano o no, porque estar tan cerca me pone nervioso. Cuando ve que me tardo, empieza a bajar el brazo, pensando que la voy a dejar colgada. Justo cuando su mano está a punto de caer a su lado, la tomo.
Mi mano parece el doble de la suya. Es pequeña, frágil, pero cálida y delicada, lo que me transmite una sensación de familiaridad. Veo cómo me mira y sé que ella sintió lo mismo. Soltamos nuestras manos rápidamente, y nos quedamos mirándonos, incómodos por un momento.
—Eh... bueno, gracias, señora Jones, nos vemos —digo, ignorando por completo a Ellie mientras salgo de la oficina.
—¡De nada, Sven! —responde Ellie, con sarcasmo evidente.
Sigo mi camino, sintiendo que me cuesta respirar un poco por los golpes de mi padre. La verdad, no sé qué me duele más: si sus golpes o sus palabras hirientes. ¡Solo quería que se sintiera orgulloso de mí y me amara! Al final, soy su hijo, ¿no? Obviamente, no soy perfecto, pero ¿quién lo es? Meto la mano en el bolsillo mientras camino, pensando en la probabilidad de que vaya a ver una clase de filosofia.» ¡Ninguna! «responde la molesta voz en mi cabeza.
Empiezo a preguntarme qué narices hago aquí, sintiendo una mezcla de inquietud y emoción. Decido ir a mi lugar favorito y secreto, aunque sé que está prohibido. Especialmente si mi horario dice que no tengo clases en este edificio. Pero, como nunca he sido muy bueno siguiendo las reglas, me acerco con cuidado al taller de actividades. Echo un vistazo a ambos lados, con el corazón a mil por hora, asegurándome de que no venga nadie. Cuando veo que el camino está libre, empujo la puerta suavemente, disfrutando del leve crujido de las bisagras.
La puerta se abre sin problemas y entro en una habitación completamente oscura. Mi corazón late con fuerza en el silencio, mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra. Dirijo la mirada hacia unos pequeños puntos de luz que se cuelan, y sé que son de la ventana. Una sensación de tranquilidad me envuelve, y el aroma que me da la bienvenida es increíble. Para mí, es mil veces mejor que un perfume caro o un libro nuevo: son las tintas frescas, su fragancia me llena de una sensación de hogar y creatividad en ese momento, todas mis preocupaciones se evaporan, y solo existo yo y el olor a tinta.
Enciendo la linterna de mi teléfono y me doy cuenta de que estoy rodeado de lienzos recién pintados. Me acerco a uno que presenta un degradado que va del azul claro al oscuro, acabando en un tono tan profundo que parece negro, como un cielo estrellado. Hay algo mágico en mirar el cielo al atardecer; es como si la escena estuviera llena de poesía. Quizás un poeta podría describir con tanta grandeza las sensaciones que nos invaden al contemplar las estrellas.
Me siento en el suelo y no puedo evitar recordar el último lienzo que pinté de mi madre. El cuadro se veía espectacular; cada trazo capturaba un pedazo de lo que ella significaba para mí.
Sigo mi camino y subo por una antigua escalera de emergencia. Desde lo alto, tengo una vista privilegiada de la ciudad, aunque eso no es lo que más me gusta de estar aquí arriba. Doy la vuelta y me siento casi al borde del techo, cerrando los ojos mientras el viento frío me acaricia la cara. Al abrirlos, me encuentro con un gran lago de agua verdosa, rodeado de árboles que parecen admirar la belleza del lugar. En este momento, sus hojas están en el suelo, dejando al descubierto solo las ramas secas, y entre ellas se asoma el tímido sol.
Me pongo los auriculares y enciendo una lista de reproducción. Han pasado horas desde que llegué, pero para mí solo han sido unos minutos. Decido que es hora de irme, ya que el viento aquí arriba sopla con más fuerza. Bajo las escaleras y me encuentro con un montón de gente en los pasillos; me doy cuenta de que es la hora del descanso.
Me dirijo hacia la cafetería para tomar una bebida que me caliente un poco. Cuando estoy a unos metros de la máquina, veo que Ellie también está pidiendo algo. Sonrío con picardía al recordar el video que me enviaron más temprano. Con lo lenta que es, seguro no se da cuenta de por qué todo el instituto la mira con diversión. Pero antes de que pueda acercarme, se gira sonriendo y me deja en cortocircuito. ¡Mierda! No sé qué hace para lucir siempre tan guapa. Niego con la cabeza, dándome cuenta de que mis pensamientos me traicionan.
—Sven —me dice, sacándome de mis pensamientos.
—Chica de la hoguera —respondo divertido. —¿Qué? —pregunto receloso, al ver su sonrisa.
—Nada —dice, sonriendo aún más que antes, y yo desvío la mirada.
—¿Va a tardar mucho? —pregunto al notar que está distraída.
—Sí... no —responde mientras coloca las monedas en la máquina.
—¿Cacaolat, en serio? —digo para picarla, sabiendo que ha sido su bebida favorita desde que era una niña.
—¡¿Qué?! —responde a la defensiva—. ¿Qué tienes en contra del Cacaolat? Es la mejor bebida—agrega, cruzando los brazos.
—Sí, claro —digo, poniendo los ojos en blanco.
Estuvimos un rato en silencio, esperando que la máquina terminara de preparar su bebida.
—Entonces, ¿Que tal tu día? —pregunta, curiosa.
La miro, completamente confundido. ¿En serio no recuerda que nos conocemos? Está bien que la primera vez que nos vimos era solo una niña, y la segunda vez estaba tan borracha que dudo que pudiera pronunciar su propio nombre. Pero a pesar de eso, no puedo evitar que mi corazón se acelere un poco.
Doy un paso atrás mentalmente; no quiero que mi cabeza empiece a crear ilusiones donde sé que no habrá nada. Esa chispita de esperanza me aterra, porque no quiero una decepción más. No sé si podría soportar un corazón roto. Así que, en lugar de responder, me obligo a desviar la mirada, tratando de mantener a raya la confusión y la vulnerabilidad que empiezan a asomarse.
—No —digo de golpe, y en el instante en que lo hago, me arrepiento.
—¿No qué? —pregunta, confundida.
—No juegues a ser» amiga «, como si fuéramos colegas. No quiero, y para ser sincero, ni me va ni me viene.
—¡ARGH! ¿Siempre eres así de borde? —responde, enojada.
Me encojo de hombros, dándole poca importancia al asunto, mientras meto las manos en los bolsillos del pantalón. Cuando ve que no pienso decir ni mu, agarra su bebida y la deja en una mesa al lado.
—Café —dice, divertida, justo cuando yo pido la mía—. Qué predecible, señor Sven.
—¿Qué? —replico, alzando una ceja—. El café es la mejor bebida. Es la elección de los genios, tú sabes —le digo, con una sonrisa arrogante—. Las bebidas infantiles son solo azucaradas. Como esa cosa que bebes —añado, señalando su Cacaolat—. Pero claro, siempre hay espacio para los caprichos de los niños, ¿no?
—¡Oye! —responde, cruzando los brazos y mirándome con desdén—. Cacaolat es lo mejor.
—Claro, claro —digo, poniendo los ojos en blanco—. Sigue disfrutando de tu» nektar de los dioses «.
Ella me da la espalda y se aleja en dirección a lo que asumo que son sus amigos. Cojo mi bebida y le doy un sorbo, sintiendo el calor del líquido caliente recorrerme. No puedo evitar seguirla con la mirada; es la dueña de la voz más irritante que he conocido. La veo lanzar una mirada a sus amigos, que parecen preocupados, y frunce el ceño al ver sus caras.
El café amargo se desliza por mi garganta, recordándome que a veces las cosas son más complicadas de lo que deberían. Tras observarla un momento más, me doy cuenta de que necesito un respiro, un lugar donde desconectarme de todo. Así que decido ir al campo, donde probablemente no habrá nadie. Allí podré fumar en paz, alejado de miradas curiosas y de esas conversaciones que no llevan a nada.
Meto las manos en los bolsillos buscando el encendedor y el paquete de cigarrillos. De repente, el cigarro que me regaló Matthew se cae al suelo. Lo miro, frustrado, y pienso que de nada sirve estar sobrio si nada de lo que hago funciona. Siento cómo mi vida se desmorona día tras día, como un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Las noches me asaltan en recuerdos, y cada golpe que recibo resuena en mi mente como un eco doloroso.
Odio sentirme así, débil y vulnerable. Tal vez soy todas esas palabras que mi padre repite como un mantra, tal vez soy una escoria, un estorbo. La lucha se siente interminable, y me pregunto por qué sigo peleando si, al final, siempre regreso a esta adicción, a este ciclo que parece no tener fin. Quisiera ser fuerte, pero cada vez que intento levantarme, la sensación de impotencia me arrastra de nuevo.
Enciendo el cigarro, y al inhalar, una oleada de alivio me envuelve. Es como si el humo se llevara mis dolores, aliviando un poco el peso que siento en el pecho. Por un momento, me siento más ligero, como si me estuviera desprendiendo de este cuerpo que se siente tan inútil, tan cansado de la lucha constante. La verdad es que me asusta pensar en la posibilidad de seguir así, atrapado entre lo que deseo y lo que soy.
Cierro los ojos un momento y trato de relajarme, dejando que el sol calienta mi piel, mientras suena» Boulevard of Broken Dreams «de fondo. En ese instante, todo parece desvanecerse, pero de repente, todo parece oscuro como se el sol hubiera se apodera de mí. La confusión y la frustración se mezclan en mi pecho, y si no fuera por ese perfume que me atormenta desde que la reencontré en la fiesta, estaría dispuesto a patear a la persona frente a mí. Me irrita cómo me aferro a ella como si fuera mi maldita ancla, un punto de apoyo en un mar de incertidumbre.
Abro los ojos y me encuentro con sus intensos ojos azules. No sé si ella tiene idea de cuánto me fascina. Su mirada despierta en mí una mezcla de admiración y vulnerabilidad que me desarma por completo. No es solo su figura delgada lo que me atrae, ni tampoco su inteligencia deslumbrante. Hay algo en su forma de ser, en su risa, que me atrapa y me deja sin aliento.
A veces me siento como un prisionero de mis propios sentimientos. Es un tira y afloja entre la atracción y el miedo a lo que eso significa. La ansiedad me agobia, y cada vez que la miro, siento que me estoy cayendo en un abismo del que no sé si quiero salir. Su presencia me llena de esperanza, pero al mismo tiempo, me aterra la idea de perderla.
— Quítate del medio —digo con la voz algo rasposa, soltando el humo del cigarro.
— Apestas a tabaco —responde ella, arrugando la nariz.
— Nadie te pidió opinión, niña de la hoguera —le suelto con una sonrisa de lado.
— ¡Cállate! No puedes llamarme así ni de coña —contesta cruzando los brazos y mirándome como si fuera obvio.
— ¿Ah, no? ¿Y eso por qué? —pregunto, en plan curioso pero disfrutando la pelea.
— ¿No es obvio? — dice poniendo los ojos en blanco—. No juegues a ser» amiga «, como si fuéramos colegas. No quiero, y para ser sincero, ni me va ni me viene. —responde, clavándome mis propias palabras con una sonrisa triunfal.
— Touché —digo, esbozando una sonrisa aún más grande mientras me la quedo mirando.
Nos quedamos en silencio unos minutos, y yo aprovecho para mirarla bien, porque nunca he estado tan cerca. Noto que cada vez que nos quedamos callados se pone nerviosa, como si no supiera qué hacer con el silencio, y ya me veo venir la pregunta de turno. Me pregunto cuánto va a tardar en soltarme otra de sus historias, y lo más raro es que, si fuera otra tía, ya la habría mandado a paseo sin pensarlo. Pero con ella... no sé, me da por no decirle nada. No entiendo por qué y eso me desconcierta.
— ¿De dónde eres? —pregunta con curiosidad.
— ¿Y tú por qué crees que no soy de aquí? —replico, con un tono algo confundido.
— Porque si lo fueras, ya me habrías cruzado en el camino alguna vez —responde, mientras se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
— Lo que tú digas, reina —digo, tratando de contener una sonrisa.
Me pongo el cigarrillo en la boca y miro al cielo, sintiendo su mirada fija en mí. Esa sensación me provoca un cosquilleo de inseguridad. Es como si quisiera desnudarme el alma solo con mirarme, y eso me deja un poco perdido.
— En serio, deberías dejarlo —se queja.
— Ellie, ¿puedes callarte un momento? —respondo impaciente, cansado de sus constantes quejas.
La miro acercarse, a tal punto que su pierna toca la mía, y trato de ocultar lo nervioso que me siento a su lado. Se coloca un auricular en la oreja y, en ese instante, mi corazón empieza a latir más rápido. Intento relajarme, pero hay algo en su cercanía que me descoloca, como si cada pequeño gesto suyo desatara un torbellino de emociones. «¡Qué estúpido soy!» pienso, sintiéndome como un chiquillo en su presencia.
— ¿Qué es eso?
— Eso es rock —respondo poniendo los ojos en blanco como si fuera lo más obvio del mundo.
— ¿Por qué gritan tanto? —pregunta, confundida—. Creo que perdí el sesenta por ciento de mi audición —se queja, rascándose la oreja.
— No gritan, es que no sabes apreciar una buena canción —replico, con un toque de ofensa en la voz—. Dame tu móvil —extiendo la mano, listo para hacer lo que tengo en mente.» Debería haber sabido que no eras perfecta, Ellie «pienso.
— ¿Qué? ¿Por qué? —pregunta, mirándome con desconfianza, como si estuviera evaluando mis intenciones.
— Dame el maldito teléfono —insisto ya algo impaciente.
— ¿Es esto un robo o qué? —pregunta, con un tono que mezcla temor y desafío.
— Claro que no —respondo, como si fuera lo más lógico—. Robarte sería lo más fácil del mundo. Con lo despistada que eres, un ladrón podría quitarte la ropa y tú ni te enterarías.
— ¡Por favor! Si eso fuera cierto, ya estaría en la portada de un periódico como "la chica a la que le robaron la ropa en plena calle". ¡No soy tan despistada! Tampoco me conoces para decir eso —me dice, entregándome el teléfono, aunque a regañadientes.
» En realidad si me conoces, pequeña idiota, solo que no lo recuerdas. No te culpo, ¿a quién le importaría el chaval torpe y raro que se sienta al fondo de la clase? «pienso.
— Bueno, eso es cierto —reconozco, encogiéndome de hombros—. Pero tampoco es que necesite conocerte al dedillo para darme cuenta de que te distraes fácilmente. —digo sin poder ocultar mi sonrisa.
— Piri timpici is qii nicisiti cinicirti il didilli piri dirmi ciinti di qii ti distriicis ficilminti. — repite lo que digo y no creo que la persona que me gustó sea súper infantil.
Cojo su teléfono mientras ella está distraída mirando el césped y me meto en su galería de fotos. Hago clic en una imagen al azar y me encuentro con ella luciendo un suéter negro holgado y el pelo recogido hacia atrás. Se ve preciosa y divertida a la vez, con algo verde en la cara que la hace parecerse a Fiona de Shrek. La foto sería perfecta... si no estuviera al lado de Matthew. Una presión rara me oprime el pecho, algo que no logro entender. Hago una mueca de disgusto al pensarlo, y cuando la veo acercarse, trato de disimular mi malestar con una sonrisa.
— ¡Oye, no mires mis fotos, idiota! —me suelta, claramente enfadada.
— Está bien, lo siento—respondo, con una sonrisa pícara.
— Eres un imbécil—dice, cruzando los brazos y frunciendo el ceño.
— Nunca dije que no lo fuera—replico, encogiéndome de hombros, como si fuera algo evidente.
Abro la app de música y el asco se me nota en la cara. Si el disgusto fuera una persona, definitivamente sería esta playlist.
— ¿Qué te pasa? —pregunta levantando una ceja al notar mi reacción.
— ¿Es en serio lo que escuchas? —digo incrédulo, deslizando la pantalla de su móvil como si fuera una bomba.
— Si está ahí, es por algo —responde encogiéndose de hombros, casi como si eso lo justificara.
— ¡¿Justin Bieber?! Esto ni siquiera cuenta como música, ¡es un atentado sonoro!
— Cállate, que hace unos minutos casi me quedo sorda con tu "buen gusto musical" —replica, con un tono burlón.
— Ragazzi Ribelli, ¿eso es una marca de ropa o qué?
— Por supuesto que no, es una banda italiana —dice, con un aire de superioridad que me hace reír.
— ¿Y tú hablas italiano? —pregunto, divertido. — Sei la ragazza più bella che abbia mai visto nella mia vita. *Eres la chica más guapa que he visto en mi vida* —le suelto, guiñándole un ojo.
La miro y su expresión de "no he entendido ni papa" es un poema en sí misma. Me contengo para no sonreír como un idiota, porque, en el fondo, se ve bastante tierna así. Es como si la frase en italiano fuera un acertijo que no puede resolver, y eso me saca una risa interna.
— Por supuesto... espera, ¿qué dijiste?
— No hablas italiano, ¿verdad? —le digo con una sonrisa pícara.
— Claro que sí, ¡hago Duolingo todos los días! —responde con orgullo.
— ¿Qué has dicho? —digo tratando de contener la risa—. ¿Duo qué?
— Uso estas apps para aprender idiomas —se sonroja, y puedo ver cómo sus mejillas se tiñen de un rojo adorable.
— Está bien — le digo, acercándome un poco más, sin poder evitar fijarme en sus labios y preguntándome cómo se sentirían entre los míos. —. Estas aplicaciones están para algo, ¿no? Si quieres, puedo echarte una mano —susurro, sintiendo que el aire entre nosotros se vuelve denso. Le deslizo un mechón de pelo detrás de la oreja.
— ¿Y qué dijiste en italiano? —pregunta, curiosa.
— Que eres una pequeña idiota —digo mientras me alejo. — Nos vemos, Ellie —añado, cortando la conversación mientras recojo mis cosas
Camino hacia la salida del campo, pensando en lo cerca que estuve de besar a Ellie. No tengo ni idea de qué estoy haciendo; me parece imposible que ella pueda estar interesada en alguien como yo. Me hierve la sangre solo de imaginarla en los brazos de Matthew. De hecho, estoy empezando a pensar que ni siquiera la merezco. Pero él, ¡por favor! Ni de coña.
Lo que pasó hoy con Ellie dejó claro que no está tan atrapada en el pasado como pensaba. Después de tantos años sin saber nada de ella, es una locura que, al tenerla cerca, todo se sienta tan diferente. Aparece justo cuando más necesito a alguien y me da un pequeño atisbo de esperanza. Tal vez, solo tal vez, algún día pueda tener una vida mejor. Y joder, esa idea me emociona y me asusta a la vez.
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¡Hola, hola! :) ¿Cómo estáis?
Bueno, hoy fue el último capítulo del maratón de Sven, y espero que hayáis conseguido pillarle un poco los miedos, inseguridades y toda la movida de su vida. La lección que podemos sacar es clara: ¡no juzguéis antes de conocer! OJO, que no estoy aquí de abogada del diablo; no voy a negar que el chaval me cae bien, pero soy un poco parcial en eso, o al menos lo intento. ¡Jajaja!
Ahora, ¡vayamos a los chismes! :x
Sven no se cayó, ¡se lanzó al vacío! Jajaja, ¡nuestro chico está más enamorado que un gato persiguiendo un rayo de sol!¿Os imaginabais que Ellie y Sven ya se conocían?
¿Y lo de MATTHEW? ¿En serio, el chico bueno vendiendo drogas? No lo vi venir ni con un mapa. Me quedé en plan "¡Perdona, están hablando de mi Matt!" No sé si me explico. ¡Jajaja!
Y por último el padre de Sven... ¡madre mía! Mejor ni lo menciono, que ese mal nacido me pone de los nervios. ¿Vosotros qué opináis?
Bueno, ¿os gustaría que Sven hiciera más apariciones por aquí? ¡Hacedmelo saber con vuestros votos o comentarios. Por último, ¡un megagracias a todos por leer la historia de Sven y Ellie! De verdad, me emociona un montón vuestro apoyo ❤❤❤❤ ¡Gracias por los 700 leídos! ¡Sois los mejores!
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