Capítulo 43: Confrontación
Hay ocasiones en las que nos vemos obligados a hacer daño a algunos para salvar a otros. Llegado el día, espero poder decidir con sabiduría el rumbo que tomarán mis acciones.
— Anónimo
Ahí estaban, cada uno en una habitación diferente del castillo, cada uno frente a un enemigo que solo tenía un objetivo, eliminarlos.
Hekapoo había imbuido sus hojas con fuego hasta volverlas de un rojo incandescente. Justo después, se lanzó por Marco.
El humano realizó un tajo un corte hacia abajo, el cual impactó contra una de las cuchillas de la mujer. Esta tuvo que doblar las rodillas debido a la fuerte presión. No ganaría en fuerza contra él.
Pero no le hacía falta.
Con un movimiento rápido, Hekapoo se giró hacia aún lado y se zafó del forcejeo. Aprovechó la inercia de Marco al echarse hacia adelante debido al empuje, y le hizo un tajo ascendente.
En el mismo momento en el que Marco sintió el filo ardiente cortándole la piel se impulsó hacia atrás.
Mantuvo ambas armas alzadas en caso de tener que protegerse. Apretó los dientes con fuerza, pues notaba el calor residual en la herida que le habían hecho. Una línea ardiente que empezaba cerca de su ombligo y le subía hasta la clavícula.
Se quitó la túnica, pues esta solo sería un estorbo, y dejó su torso descubierto.
Hekapoo sonrió con malicia al ver la marca rojiza que había dejado en aquel lienzo de carne.
Marco también se había dado cuenta. La fuerza que a ella le faltaba para hacerle frente la compensaba con su velocidad.
Cargó hacia adelante usando un impulso y atacó a la mujer, tomándola por sorpresa. Esta consiguió bloquear la acometida, pero tuvo que echarse hacia atrás para evitar ser aplastada por la fuerza del tipo.
Tanto la hoja como la vaina del tipo golpearon el suelo, provocando que este se agrietara un poco en el punto de impacto.
— Parece que sabes algunos trucos —comentó Hekapoo sin perder su porte serio y enfadado.
— Sí, me pasé años practicando —respondió, cargando otra vez con un impulso.
La mujer de piel albina pudo esquivar sin problemas. Ahora que sabía de lo que era capaz el humano, no volvería a ser tomada por sorpresa.
Marco volvió a atacar una y otra vez de la misma forma, pero era inútil. Hekapoo era lo suficientemente rápida como para evadir todos los ataques que recibía.
En cierto momento, cuando ella volvió a esquivarle, abrió un portal a su espalda y se dejó caer en él. Confundido, Marco se preparó para que esta apareciera por cualquier lado, pues podría salir de donde fuera. Notó algo de calor en la nuca y se giró de golpe con la vaina alzada para bloquear las dos cuchillas de la pelirroja.
Con su otro brazo, Marco intentó atacar a la mujer, pero esta se alejó, apoyándose en la vaina para impulsarse. Giró en el aire como si se tratase de un torbellino blanco y cayó pulcra sobre sus botas en una pose elegante.
— Es hora de ir en serio —comentó esta.
Varios clones comenzaron a poblar la sala y, de un momento a otro, Marco se vio rodeado. Miró a todos lados sin bajar la guardia, pues sería atacado en cualquier instante, pero no sabía por dónde vendrían los golpes.
Los clones envolvieron sus manos en llamas e hicieron aparecer una bola de fuego en cada una de estas. Marco tragó saliva.
— Acaben con él —ordenó Hekapoo con voz serena.
Dos clones a su izquierda le lanzaron las bolas de fuego, y Marco se tuvo que girar rápido para cortar el fuego con sus armas, partiendo las llamas en dos y evitando que estas lo alcanzasen.
— Así que el brillo en esas espadas no es sólo de adorno.
— ¿Acaso pensabas que solo eran para iluminar en la oscuridad?
— Con lo extraño que eres no me sorprendería. Pero basta de charlas —alzó una mano con su dedo medio y pulgar junto—, es hora de acabar. —Hekapoo chasqueó sus dedos y todos los clones volcaron sus llamas sobre él.
Por otro lado, Eclipsa le lanzaba continuos proyectiles mágicos a Omnitraxus, el cual se defendía utilizando su brazo de escudo, pero cuya resistencia estaba decayendo.
Eclipsa corrió hacia él, acumulando magia en ambas manos y, cuando estuvo cerca, lanzó un rayo cargado que estalló en el pecho del tipo y lo lanzó hacia atrás. Este cayó y permaneció inmóvil, cosa que hizo pensar a la mujer que había ganado el enfrentamiento.
Relajó su cuerpo y respiró con pesadez. Aún sentía caliente el golpe en el rostro. Le dolería mañana, aunque eso le parecía un precio pequeño a pagar por la salvación del reino trol.
Al pensar en eso recordó a Marco, y que tendría que encontrarlo cuanto antes e irse después de tomar la varita.
Vio al final de la otra sala, justo en el medio de aquella alfombra roja, un pedestal la varita resguardada tras una cúpula mágica. Iba a dar el primer paso cuando escuchó los quejidos de alguien. Miró los guardias a los que Marco había derrotado antes, pero ninguno estaba consciente, luego comprendió que, quien emitía aquel quejido no era otro que Omnitraxus. Aún seguía consciente.
— Deberías quedarte ahí. Ya te derroté. Además, no estás en condiciones de seguir luchando —dijo, y sus palabras se notaron aplastantes. No quería tener que luchar de nuevo contra Omnitraxus y dejarlo en un estado peor. Ya había causado suficientes estragos en el reino, no necesitaba más.
— Sí, en efecto me has derrotado, pero no sería un buen miembro de la Alta Comisión Mágica si me dejara vencer solo con eso. Y más aún si sé que puedo hacer algo al respecto.
Omnitraxus levantó una de sus manos mientras aún seguía tirado en el suelo y cerró el puño de golpe. Al hacerlo, la imagen remanente de un reloj con las manecillas girando en sentido contrario creció hasta desvanecerse. La figura del tipo brilló con un manto de color óxido transparente, y su cuerpo se levantó y siguió la trayectoria contraria a la que había tomado cuando recibió el golpe de Eclipsa. Como si se tratase de una película al rebobinar. Acabó situándose en el mismo sitio del cual había sido lanzado, sorprendiendo a Eclipsa, y aprovechó ese pequeño momento para propinarle un puñetazo en el estómago. Tal fue la fuerza del golpe, que sacó a Eclipsa de su sitio.
La mujer rodó en el suelo hasta detenerse. Se levantó tan rápido como pudo y alzó sus brazos en guardia. Vigiló a su oponente y cuando lo vio no quiso creerlo. Todo el daño que le había hecho antes había desaparecido. Ahora el tipo estaba concentrando energía entre sus dos manos. Tal era la fuerza de esta que sus brazos estaban teniendo temblores continuos. Cuando pareció acabar, apoyó ambas manos en el suelo. La imagen de un reloj se expandió por toda la sala hasta desvanecerse, como si nunca hubiera estado ahí.
A Eclipsa apenas le había dado tiempo a reaccionar para defenderse de un posible ataque, pero aquel truco no pareció hacerle nada dañino.
Desconocía las habilidades de Omnitraxus, pues este no las había usado durante su reinado, o al menos no delante de ella. Por eso no estaba segura de qué sería aquello, pero no podía detenerse para a averiguarlo. Lo más prudente sería intentar abatirlo para que no pudiera volver hacia atrás y curarse.
Juntó sus manos y lanzó tres misiles mágicos que fueron hacia su oponente desde direcciones distintas. Justo en ese momento, Omnitraxus chasqueó sus dedos y la imagen del reloj en el suelo volvió a aparecer. Las manecillas de este, las cuales giraban en el sentido correcto, se ralentizaron hasta a penas lograr avance.
Los disparos de la mujer se volvieron tan lentos como una pelota cuando uno se la pasa a un bebé. No le costó demasiado evadir los ataques, tan solo se tuvo que mover con calma para pasar junto a ellos.
Eclipsa reaccionó intentando defenderse, pero sus movimientos eran lentos, pese a que intentaba ser lo más rápida posible. Sintió un golpe en un costado y otro en la cabeza. Volvió a utilizar aquella onda de magia para alejar a Omnitraxus, y se recuperó tan rápido como pudo.
Aquel campo de ralentización iba a ser un problema. Por lo pronto, su prioridad era mantener al enemigo alejado. Disparó tantos proyectiles como pudo, pero el señor del tiempo los seguía esquivando con bastante facilidad.
— Deja de hacer esfuerzos inútiles, no te servirán de nada —dijo este, cada vez más cerca.
Eclipsa sonrió, y cuando vio que varios de sus proyectiles estaban cerca del enemigo, cerró las manos y estallaron. El primer estallido que alcanzó al enemigo provocó que este perdiese el dominio sobre la ralentización de la zona, y resto de explosiones arrasó con él, como si fuese una estampida de toros.
Solo quedó una nube de humo después de tanta explosión. Eclipsa se acercó dubitativa hacia los restos. Colocó la mano delante y no redujo el brillo de esta en ningún momento.
Omnitraxus salió de allí de golpe, alejándose de ella. Estaba usando el mismo truco de antes. Cuando marcó distancia entre ambos detuvo su retroceso. Al igual que antes, se recuperó de todo daño sufrido.
Esa habilidad va a ser un problema, pensó ella mientras apretaba los puños. Tenía que dejarlo inconsciente.
Antes de que Omnitraxus volviese a activar ese campo de ralentización, Eclipsa se lanzó hacia adelante con un impulso sombrío y se colocó a dos metros gigante, le apuntó con ambas manos y comenzó a disparar proyectiles a diestra y siniestra.
Su oponente se protegió usando los brazos, pues a esa distancia no le daba tiempo a activar el campo y luego esquivar. Se movió hacia un lado para evitar la mayor cantidad posible de disparos. Conseguía que varios de estos disparos fueran al techo, pero eran pocos en comparación a los que recibía. Cuando se colocó donde quiso, realizó una acción arriesgada. Quitó los brazos y luego realizó dos hechizos tan rápido como pudo. Tres disparos le dieron en el pecho y el rostro. Apretó los dientes para contener el dolor, se sobrepuso y luego chasqueó los dedos de una mano, y con la otra cerró el puño, así consiguió activar los dos hechizos de forma simultánea.
El campo de ralentización se activó y, a la par que este hacía su efecto, Omnitraxus comenzó a rebobinar hasta situarse en un ángulo distinto al anterior, hasta estar libre de heridas. Este vio a Eclipsa girar hacia él sin dejar de disparar, pero ahora las cosas eran más fáciles para el señor del tiempo. El campo estaba activo, y tanto los disparos como la redirección de la mujer eran más lentos. Al tipo ya solo le bastaba con caminar hacia un lado para evitar ser alcanzado por la magia.
— Eres persistente. Por un momento pensé que me habías atrapado. —Eclipsa no dejó de girar para intentar alcanzarlo, sin embargo, sus lanzamientos estaban escaseando—. No lo negaré, eres fuerte, un peligro, sin duda. Recuerdo que pocas veces tuviste que luchar, pero, cuando lo hacías, rara vez enfrentabas al mismo enemigo una segunda vez. Pero ya no tienes la varita contigo, ya no posees todo el poder que tenías cuando eras reina, y aun así no dudaste en darlo todo para acabar conmigo. Pero —Eclipsa dejó de disparar y tuvo que arrodillarse sobre una de sus piernas para reposar— tu intento es inútil. Ahora me toca a mí demostrarte de lo que soy capaz.
Omnitraxus le dio un gancho a la mujer que la hizo levantarse del suelo y caer de espaldas. Esta comenzó a toser por el golpe, mientras que él caminó hacia ella con total calma, pues todo seguía moviéndose igual de lento.
— Hasta aquí has llegado —alzó los puños por encima de su cabeza—, antigua reina oscura —descargó sus pesadas manos sobre la mujer como si se tratasen de dos enormes martillos. El impacto resonó en la sala, casi haciéndola vibrar. Pero no era el cuerpo de Eclipsa aquello que estaba debajo de las manos del miembro de la Alta Comisión, sino una cúpula mágica que cubría por completo a la mujer, escudándola—. Ríndete de una vez. Hagas lo que hagas va a acabar cayendo, ya sea porque te derrote, o porque lo haga el cansancio. —Una piedrecita le golpeó la cabeza, haciendo que este se llevara la mano a la nuca para acariciarse y aliviar el dolor. Vio a Eclipsa sonreír. No era una sonrisa cualquiera; no era de burla ni de gracia, sino una muy distinta.
De victoria.
Omnitraxus abrió grande las cuencas vacías que tenía por ojos y se giró hacia atrás. La estructura del techo se había debilitado por los continuos golpes de magia, y ahora este estaba cayendo encima de ellos. En un intento desesperado, Omnitraxus intentó rebobinar sobre sí mismo para evitar el desastre, pero fue inútil. Los escombros cayeron por toda la sala. Da igual donde fuera, pues no importaba el sitio, ni cuan lento fuesen las rocas, no había lugar al que huir.
El techo acabó por caer del todo, junto con algunas columnas que desistieron a los golpes. La estancia quedó cubierta por una gruesa manta de piedra gris. Varios de los restos se removieron y revelaron la figura de la mujer. El escudo la protegió de todo daño, aunque esta tuvo que empujar algunos escombros con gran esfuerzo para poder salir de la trampa que ella misma había creado. Miró al techo, o más bien, al enorme agujero que había en este. Fue un buen plan utilizar el entorno a su favor, pero ahora todo el castillo estaría alertado de su presencia. Tenía que buscar la varita y salir de allí cuanto antes.
Corrió hacia la sala de las reliquias y se detuvo en mitad del camino. Allí, justo al final de la sala se encontraba la varita. Solo tendría que encargarse de la cúpula mágica y la varita sería suya. No dudó en caminar hacia esta.
La sensación de que algo peligroso se acercaba la asaltó, y se giró rápido a la par que se envolvía en una cúpula mágica. Una luz azulada golpeó contra ella y se la llevó a las alturas. Antes de que pudiera darse cuenta, esa cosa la sacó por la ventana, destruyendo el cristal de esta.
La claridad de la luna le permitió ver a su atacante. Ahí, justo frente a ella, tras la fina capa púrpura de su escudo, vio a Moon con su vestimenta de guerrera y en su forma de Butterfly, sujetaba dos espadas de magia entrecruzadas con las cuales la estaba empujando.
Moon realizó un corte doble y empujó a la mujer. La acción fue suficiente para abrir el escudo, el cual se extinguió y desprotegió a su oponente.
En medio del aire, Eclipsa adoptó su forma de Butterfly para no caer. Ahora, la actual reina de Mewni y ella se encontraban a la misma altura, frente a frente. La expresión en la cara de Moon era una de seriedad y enojo. Esta alzó las hojas radiantes y las colocó en forma de cruz.
— En nombre de Mewni y como portadora de la corona, yo, Moon Butterfly, me encargaré de que pagues por tus crímenes de traición, prácticas prohibidas y asesinato. Eclipsa Butterfly —plegó las alas—, prepárate para ser ejecutada.
Moon abrió las alas y cargó hacia Eclipsa con total determinación.
Las llamas cubrieron por completo al humano y Hekapoo sonrió al pensar que ya había acabado con él. Pero algo creó una apertura entre las llamas y salió de allí disparado, como si se tratase de una flecha. Los clones detuvieron el fuego y se giraron hacia la sombra surgida de entre las llamas.
Marco corrió hasta la pared del coliseo y saltó hacia ella hasta apoyar los pies en esta, luego flexionó las rodillas y se impulsó con tanta fuerza que la tierra se removió un poco. Colocó los pies en el suelo antes de caer y aprovechó la fuerza de empuje que había generado. Tuvo que emplear un gran esfuerzo, pues el impulso había sido tal que a sus piernas casi no les daba tiempo a seguir la velocidad a la que iba. Lo cual provocada que diese algún que otro trompicón.
— ¡Ataquen! —señaló Hekapoo.
Los clones volvieron a lanzar llamas hacia él, pero Marco ya estaba preparado. Dio un salto que lo colocó por encima de las llamas, y con su brazo derecho (el que sujetaba la espada) realizó un corte en arco mejorado con impulso, además, el humano aprovechó la elasticidad del brazo cefalópodo para dar a más de uno. Todos los clones fueron aniquilados al instante.
Hekapoo apretó los dientes y de sus hojas surgieron remanentes de llamas que se extinguieron al instante, como el aliento en un terreno invernal. Dio un salto tan prodigioso como el de Marco y chocó contra este en el aire. Del choque de metales salieron llamas producidas por el imbuido de Hekapoo.
Ambos se empujaron a la vez y se situaron lados opuestos del campo. Se dedicaron apenas un momento de inacción antes de volver a lanzarse otra vez a la batalla: ella; veloz y fiera, él; fuerte y decidido.
Hekapoo abrió un portal a mitad de camino y atacó a Marco por un costado. Este bloqueó el impacto de las dos hojas. Llamas volvieron a salir de aquel choque de aceros, y pese a que el imbuido de magia oscura podía cortar el fuego, estos remanentes ígneos conseguían dañar en menor medida la humano, provocándole quemaduras superficiales.
La albina se separó del tipo y volvió a correr para atacar desde otro ángulo. Marco tuvo que estar atento, pues los ataques le vendrían de cualquier lado.
Por la derecha. Bloqueó. Saltaron chispas y una pequeña llama le dio en el pómulo, provocando que cerrara el ojo.
Una nueva acometida desde atrás casi lo hizo perder el equilibrio, pero su resistencia era envidiable. Mas Hekapoo la estaba llevando al límite.
Golpes por doquier, todos ellos bloqueados, pero igual recibía daños por parte de la mujer. Las pequeñas quemaduras habían alcanzado sus brazos, torso y espalda. Eran molestas a la hora de moverse, y aún seguía sintiendo el escozor del corte de antes.
Tengo que acabar con esto cuanto antes, se dijo el tipo.
El siguiente golpe vino de frente. En un acto de fe, Marco se impulsó hacia adelante en una acometida arriesgada. A Hekapoo no le dio tiempo a detenerse, ni a cambiar de trayectoria. Ese pequeño momento de duda le quitó fuerza de impacto a su ataque, y solo fue capaz de bloquear.
El golpe de Marco fue tan fuerte que a la mujer se le entumecieron los brazos. Tuvo que alejarse antes de que la fuerza del tipo la aplastara. Sin embargo, para Marco aquello era una oportunidad que no podía desaprovechar.
El humano actuó tan rápido como pudo y lanzó un corte oscuro. Hekapoo retrocedió. Si intentaba cambiar de dirección perdería tiempo, y tal vez no saldría bien parada de la situación. Tuvo que saltar.
En ese momento, Marco dio un giro y utilizó la elasticidad de su brazo para lanzarle la vaina de la espada. Esta dio vueltas en el aire mientras se dirigía a Hekapoo.
No tenía escapatoria, no podría esquivar en el aire, solo podía intentar bloquear el golpe. Aún tenía los brazos entumecidos, pero no sé dejaría ganar. Apretó los dientes e hizo acoplo de todas sus fuerzas para alzar las hojas y recibir el golpe.
La vaina golpeó contra esta. Hekapoo consiguió evitar el daño que podría haberle causado la funda, pero los brazos le fallaron. Soltó las hojas a la par que desvió el objeto que le habían lanzado. Sus brazos quedaron en el aire, dejándola expuesta.
Para cuando la mujer se quiso dar cuenta, Marco ya se había impulsado hacia ella. Este sujetaba la katana con ambas manos, y en su rostro no parecía haber vestigio de duda. El tiempo se ralentizó para Hekapoo, y esta vio impotente como el humano se acercaba hacia ella, y no podía hacer nada para defenderse.
Marco llegó hasta ella, y antes de que el metal tocase la piel de porcelana de la mujer, este le dedicó unas palabras que duraron tan solo una fracción de segundo.
— Lo siento —susurró.
Hekapoo abrió los ojos en grande, pues fue capaz de escucharlo, más la sorpresa le duró poco, porque el metal en su vientre la empujó como si fuese una muñeca de trapos, y salió disparada, chocando contra el suelo y rodando con violencia hasta estamparse contra el muro, levantando una nube de tierra.
Marco cayó sobre sus piernas, apoyó ambas manos en el suelo y comenzó a respirar con pesadez. Sudaba a borbotones y sentía como el aire de los pulmones le ardía.
Entre jadeos, miró a la nube de tierra, la cual se estaba disipando, y vio a Hekapoo, inconsciente. Agradeció para sus adentros el haber girado la espada durante el salto y golpear a su enemigo con el lado sin filo. Había aplicado bastante fuerza para asegurarse de derrotarla. De haber atacado con normalidad, ahora tendría a otro miembro de la Alta Comisión en su lista de muertos.
Se permitió permanecer en el suelo el tiempo suficiente para volver a levantarse. Necesitaba descansar, pero no estaba dispuesto a hacerlo mientras aún siguiese en pie la misión.
Se levantó con cierto esfuerzo y caminó hasta llegar a la vaina de su espada. Tras recogerla y dejarla en su amarre buscó el camino de vuelta a la sala de artilugios.
Había pasado tiempo desde la a última vez que deambuló por el castillo. En aquel tiempo fue capaz de guiarse en cierta medida, pero ahora se sentía como una rata en un laberinto.
A medida que avanzaba por los pasillos comenzó a percibir el sonido de los metales resonar al paso de una marcha organizada.
Guardias.
Era normal que, con tanto ruido, se enterasen de que algo estaba pasando. Ya no tenía sentido intentar ser discreto. Lo único que le quedaba era ser rápido y contundente.
Se colocó en una esquina, justo antes de doblar al siguiente pasillo, y esperó a que se acercasen. Imbuyó la vaina de su espada, la sujetó con firmeza y luego se mostró ante los guardias, pero tan solo fue una fracción de segundo antes de que se lanzara por ellos como un rayo. Tan el sonido de los cascos al ser golpeados precedió a la caída de los guerreros.
Siguió andando y subiendo, y todo guardia que con el que se encontraba lo reducía en cuestión de segundos. Pero, por más prisa que se daba, no conseguía localizar la sala de artilugios.
Se detuvo ante un pasillo que se dividía en tres direcciones. Miró dudoso a cada una de ellas, y estuvo a punto de decantarse por tomar la de la izquierda, cuando un fuerte estruendo hizo temblar los cimientos y provocó que el tipo se detuviera en seco.
— Eclipsa —se dijo, impulsado más por una corazonada que por un razonamiento. Aunque, dadas las circunstancias, pocos serían capaces de hacer semejante escándalo.
Echó a correr hacia el lugar del que provino el temblor, sin tan siquiera dudarlo, y rezó porque Eclipsa estuviera bien.
Cruzó por varios pasillos, derrotó a muchos guardias y casi se perdió, pero, al final vio algo que le llamó la atención. Allí, a punto de entrar a la misma habitación a la que él quería ir, estaba Moon. Esta parecía ir vestida con su armadura de batalla, y estaba transformada. La vio convocar dos espadas de magia y lanzarse hacia el interior. Alarmado, corrió para ayudar a Eclipsa, pues aquella era la respuesta más lógica para la reacción de la reina.
Escuchó el romper de un cristal y luego estuvo a punto de entrar a la habitación, pero se paró en seco al ver todos los escombros dispersos por el lugar. Elevó la mirada y descubrió que se trataba del techo, alguien lo había destruido. Y no solo eso. Al final de la sala, justo por encima del pedestal donde estaba la varita, había una ventana rota. Sorteó los escombros como pudo hasta llegar a la sala. Se adhirió a la pared y trepó hasta situarse junto a la ventana. Asomó la cabeza para ver lo que ocurría y allí lo vio. En cielo, una lucha entre Moon y Eclipsa estaba a punto de ser desatada.
— Maldición. Esto complicará aún más las cosas. Tenemos que tomar la varita e irnos de aquí —al decir eso, se recordó a sí mismo que justo detrás estaba el pedestal con el objeto que buscaba.
Bajó de la pared y se acercó a él. Una pequeña cúpula de magia pura rodeaba la varita. Imbuyó su arma en magia y luego aplicó un corte horizontal a la tapa de la cúpula. La hoja cortó aquel escudo como si se tratase de la corteza de un pastel.
— Oh, esperaba que fuera más difícil —dijo, extrañado.
No perdió más el tiempo. Tomó el objeto y luego pensó en cómo salir de allí. Quizá lo mejor sería salir por el ventanal por el cual había entrado. Se dirigió hacia él y estuvo a punto de abrir las ventanas con la mano con la que sujetaba la varita, cuando se percató de algo.
La varita no había cambiado de forma.
Siempre que un nuevo portador tomaba la varita esta cambiaba de forma. Pero, por algún motivo, seguía igual que siempre. Confundido, Marco levantó la varita y trató de hacer un hechizo espontaneo.
— Abra kadabra, que aparezca una cabra —apuntó con firmeza y apartó un poco la mirada por si algo salía mal, pero no ocurrió nada. Intentó con otro—. Ala aladín, que aparezca un pudín —igual, sin resultados.
Aunque el usuario no supiera utilizar magia, la varita siempre respondía a sus palabras e intenciones, aunque fuese para expulsar un poco de humo, o algunas chispas en señal de disfunción. Aquello era muy extraño.
Examinó la varita con más cuidado y vio detrás de ella una inscripción, la cual decía "Echo en el reino paloma".
— Es falsa —gritó, acto seguido, lanzó la varita al suelo, y esta se rompió al instante.
Buscó por toda la sala de artilugios, pero no había nada. Ninguno de los objetos de allí era o se parecía a la varita.
¿Dónde estaba? ¿Dónde? Si tenía que comenzar a buscar por todo el castillo, entonces no acabaría nunca. Tenía que pensar en dónde buscar aquel objeto.
— Vamos, Díaz. Piensa, piensa. ¿Dónde puede estar esa maldita varita? —se decía mientras arrugaba el entrecejo—. No puede estar muy escondida. Star siempre la llevaba... —se detuvo un momento al mencionar eso—. ¡Eso es!
Salió por el ventanal y trepó por las paredes hasta ver la torre que correspondía a la habitación de su amiga. No estaba dispuesto a recorrer aquellos pasillos laberínticos de nuevo. Además, así se ahorraba la lucha contra los guardias.
Se metió por la ventana y luego halló a Star metida en la cama. ¿Cómo puede seguir dormida con todo lo que está ocurriendo?, pensó este. Dio un paso para dirigirse hacia ella, cuando algo lo tomó de atrás y se lo empujó. Fuese quien fuese, sacó al humano de la habitación por la puerta, y justo después de cruzarla cruzó otra puerta que estaba delante de esta, y entró a una zona que no había visto antes. Se trataba un lugar lleno de roca y tierra rodeado por estalagmitas (las que crecen del suelo), como si fuesen una especie de muro o barrera. El techo estaba cubierto de estalactitas, y debía de estar en el interior de un volcán, porque hacía un calor infernal, y escuchaba el sonido de algo líquido y burbujeante en los límites de aquella especie de estadio natural. Además, el rojo intenso que iluminaba el lugar le hacía pensar que se encontraba rodeado por roca fundida.
— Así que tú eres el intruso que se metió en el castillo —dijo una voz que le resultó familiar, justo a sus espaldas—. Lo siento por ti, pero no voy a dejar que merodees por el castillo. Y menos por la habitación de la princesa.
Se giró para ver de quién se trataba, y halló a un demonio de tres ojos y piel rosa pálido.
— ¿Tom? —exclamó el humano.
— ¿Cómo sabes mi nombre? —dijo el demonio, extrañado.
— Viejo, soy yo, Marco.
— ¿Marco? —dijo, dubitativo—. No te pareces en nada a él.
— Una vez nos vestimos de dos de los cantantes de Love Sentences y nos pusimos a interpretar una de sus canciones frente al espejo. Nos metimos tanto en el papel que no nos dimos cuenta de que Janna nos estaba espiando con una cámara entre sus manos. Después de eso tuvimos que ser sus esclavos por una semana para conseguir que borre la cinta.
— ¿Y, al final, la borró? —preguntó, con cierta preocupación.
— Pensé que tú lo habías comprobado.
Los dos se quedaron callados un momento y luego soltaron una maldición conjunta.
— Marco, ¿qué demonios te ha pasado? —preguntó Tom, por fin reconociendo a su amigo—. Pareces, pareces... —buscó la palabra indicada.
— ¿Muerto?
— Sí, pero no lo estás, si no ya te habría visto. Además, pareces un adulto. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
— Es una larga historia, y no tengo tiempo para contarla. Necesito tomar prestada la varita de Star —dijo, caminando hacia la puerta.
— Espera, espera —dijo el demonio, interponiendo su brazo en el camino del humano—. ¿Para qué quieres la varita?
— Tom, de verdad que no tengo tiempo para esto ahora. —Apartó el brazo del chico e intentó abrir la puerta, pero estaba trancada.
— Viejo, no pareces tú. Moon nos dijo a mí y Star que tal vez ya no te volveríamos a ver, pues habías desaparecido con Eclipsa. Y que, si te veíamos de nuevo, tal vez no fueras el mismo —lo miró a los ojos—. Tuve mis dudas al principio, pues conocía a Eclipsa un poco, y no parecía mala persona. Sí, estaba la huida del reino, lo cual es comprensible teniendo en cuenta que la iban a ejecutar. Pero mataron a Rhombulus. ¿Cómo explicas eso?
— De no haberlo hecho, este habría matado a Eclipsa.
— Tal vez, pero se llevaron su cabeza. ¿Eso también era porque habría matado a Eclipsa?
Marco se quedó callado por un momento.
— Viejo, no es que no te crea, pero no pareces tú. No solo por tu aspecto, sino porque el Marco que yo conozco no se mete en el castillo de alguien e intenta robar la varita. Creo que Eclipsa te lavó el cerebro, y por eso estás actuando así.
— Podríamos pasar horas hablando del tema y a lo mejor no me creerías porque Moon te ha metido las mismas ideas que tiene la Alta Comisión y el pueblo entero.
— Yo solo creo que Eclipsa nos engañó, y a ti también. Creo que estuvo actuando todo el tiempo para poder liberarse, pero como no pudo hacerlo por la vía legal, ahora lo está intentando hacer por la fuerza.
— Tom, de verdad, abre la maldita puerta, tengo algo importante que hacer.
Marco intentó pasar, ignorando al demonio, pero este le colocó una mano en el pecho y lo empujó con fuerza, alejándolo de la puerta.
— Moon me llamó porque alguien había entrado en el castillo, y quería que resguardase la habitación de Star. Por lo que tengo entendido, ella debe estar luchando con Eclipsa. Tal vez, cuando la derrote, pueda hacer algo por ti. Hasta entonces, no te irás a ninguna parte —sentenció, firme.
— Tom no me obligues a hacerte abrir la puerta —dijo el humano, serio.
— Marco, tranquilízate, tan solo... —No pudo terminar su frase, pues una patada lo apartó del camino y lo hizo rodar hacia un lado.
— Lo siento, Tom, pero tengo asuntos que atender.
Caminó hacia la puerta, pero una enorme llamarada se interpuso entre él y la salida. A su izquierda, Tom se puso en pie con los ojos rojos.
— Mira, te tengo mucho aprecio —comenzó a volar desprendiendo fuego de sus pies—, pero si tengo que dejarte inconsciente con tal de hacer que te quedes quieto, entonces, que así sea.
— Genial —dijo, irónico, desenvainando la espada.
Eclipsa bloqueó un golpe directo de una de las hojas de Moon con el escudo mágico que había creado. Con su otra mano libre intentó atacar a Moon utilizando una espada mágica, justo como la de su enemiga. La reina interpuso su otra arma y evitó ser herida.
Ante ese punto de inflexión, ambas se separaron y luego volvieron a cargar la una contra la otra. Moon dio un giro en medio del aire y atacó, aprovechando la fuerza del giro. Eclipsa bloqueó, pero el golpe fue tan fuerte que desvío el escudo y abrió un hueco en su guardia. Moon ya tenía ambas espadas alzadas para atacar. Miró a Eclipsa de la misma forma que un verdugo mira a un condenado a muerte, y luego hizo caer ambos filos sobre la mujer.
La antigua reina oscura quiso interponer su espada, pero no llegaría a tiempo. Generó un escudo tan rápido como pudo frente a ella, pero no fue tan sólido como habría querido.
Los cortes cayeron sobre ella y esta retrocedió. Su lado derecho estaba intacto, pues tuvo la suerte de reducir el daño con la punta de su espada. Por otro lado, su hombro izquierdo no corrió la misma suerte. La magia había cortado su hombro y le había dejado una fea marca ardiente. El escudo que este sujetaba desapareció, y la sangre comenzó a pintar la piel pálida de la mujer.
— Eres conocida por ser la reina oscura, aquella se ha adentrado en las artes prohibidas, catalogadas como tal por el peligro que albergan. Soy consciente de ello, pues por eso busqué tu ayuda tiempo atrás. Tu magia es peligrosa, así como lo eres tú —la señaló con su espada—. Pero yo tengo más experiencia en batalla. He vivido las guerras y me he tenido que enfrentar a ellas. He sufrido asaltos y golpes continuos contra mi familia y contra este reino. No lucho por mí, ni por la varita. Lucho por todo lo que tengo que defender. Soy una guerrera, y como tal, no puedo permitir que te vuelvas escapar —dijo con rostro decidido y lleno de determinación.
Eclipsa se sujetaba el hombro con uno de los brazos derechos que tenía libre. Miró a Moon e intentó recuperar la compostura. Consiguió estabilizar la respiración, y se puso recta.
— Sí, no lo dudo. Con tan solo ver cómo te mueves puedo ver qué tu manejo de la espada no es algo que posea cualquiera. Y no puedo equipararme a ello, lo sé. Mi madre pasó años enseñándome, pero cuando decidí aprender la magia oscura me olvidé de todo lo relacionado con la espada —con sus tres brazos izquierdos, pese a tener el hombro herido, invocó una especie de bola púrpura y oscura que se movía y retorcía, como si dentro de esta hubiese un montón de serpientes sacudiéndose sin control—. Descubrí mucho, no solo sobre la magia oscura, sino sobre mí misma. Descubrí que yo no quería ser como mi madre, la gran asesina de monstruos, sino alguien capaz de relacionarse con ellos. Descubrí que lo mío no era la batalla, sino el diálogo y el descubrimiento. Y descubrí —hizo una pausa y cerró sus tres manos izquierdas sobre aquella bola oscura. De entre sus dedos salieron varias vendas oscuras que comenzaron a envolver los brazos de la mujer— que mi poder no está en mi fuerza o mi habilidad con la espada, sino en el manejo de la magia. —Los vendajes acabaron por cubrir sus brazos, incluido el hombro, y Eclipsa pareció ya no tener inconvenientes en mover sus extremidades izquierdas.
Eclipsa soltó la espada que tenía en su mano derecha y esta se desvaneció en el aire, como si estuviese hecha de un montón de dientes de león. Luego hizo aparecer siete proyectiles mágicos en arco alrededor de sus alas.
Marco saltaba de un lado a otro intentando evadir las cadenas que salían del suelo. Tom movía sus dedos como si fuese una especie de titiritero manipulando las cadenas a su placer. Las condenadas parecían serpientes de hierro buscando atrapar al humano entre sus fauces y apresarlo. Aun así, Marco no se rendía, y seguía luchando por evitar que las cadenas lo aprisionasen.
Mientras desviaba una con la katana, otra atrapó su vaina e intentó quitársela. Esto tomó por sorpresa al humano, y ese pequeño momento de incertidumbre provocó que otra cadena lo atrapase de la muñeca derecha. Intentaba tirar de ella para cortar la cadena que tiraba de la vaina, pero no era suficiente. Entonces, se le ocurrió una idea. Movió ligeramente la muñeca para tirar la espada al aire, y utilizó la falta de huesos de su extremidad para tirar y zafarse del agarre del metal. Atrapó la espada en el aire y cortó la cadena en un solo movimiento.
Otras cadenas estaban a punto de cernirse sobre el adulto, pero evitó tener otro enfrentamiento con ellas, y corrió hacia adelante, ayudado por un impulso. Tom no se vio capaz de detenerlo a tiempo con las cadenas, así que optó por un enfrentamiento directo. Preparó sus manos para atrapar al humano, pero este hizo un giro brusco antes de llegar hasta él y luego lo evadió como si nada.
Marco fue directo a la puerta con la intención de partirla a la mitad. Alzó la hoja y quiso cortar, pero una cadena lo atrapó del torso y tiró de él evitando que pudiera abrir la puerta. Otra cadena lo atrapó del brazo, y otra de la pierna. Entre las tres, comenzaron a arrastrar al tipo. A medida que lo arrastraban, Tom se aproximaba a él.
— Es suficiente, Marco, deja de hacer esto más difícil. Solo quiero ayudarte a volver a la normalidad —decía el demonio con el tono más comprensivo y sincero que era capaz de emular.
— La normalidad que tú conoces ya no existe para mí —respondió este mientras, con la katana, desviaba otras cadenas que intentaban atraparlo—. Esta es mi nueva normalidad. Ya no soy el mismo al que conociste.
— Tal vez —dijo, estirando la mano a medida que se acercaba—, pero volverás a ser el mismo de siempre. Volverás a ser feliz con nosotros.
— ¡Yo ya soy feliz!
Sin querer, cuando Tom se acercó demasiado al humano, este se giró de golpe y le cortó el brazo, pensando que se trataba de una cadena. Tom proliferó un grito de agonía y se echó hacia atrás, llevándose la mano a la zona cercenada. Tuvo que cerrar los ojos y apretar los dientes debido al dolor que le produjo la herida.
Las cadenas dejaron de tirar de Marco y cayeron al suelo. El humano aprovechó el momento para cortar las cadenas que lo estaban sujetando, y luego miró a Tom, preocupado por la herida que acababa de hacerle.
— Tom —corrió hacia él, hasta estar junto a este. Guardó la espada en su vaina y luego intentó acercar su mano libre para ayudarlo—. Lo siento, viejo. No era mi intención.
El demonio abrió los ojos de golpe, estos estaban tan encendidos como las mismas llamas del sol. Con su brazo libre empujó a Marco con una fuerza invisible y luego se puso de pie.
— Ya basta —una nueva extremidad surgió del punto en donde Marco la había cortado—. He intentado ser bueno. Pero si no puedo llevarte por las buenas, entonces lo haré por las malas.
El cuerpo de Tom comenzó a crecer, así también lo hicieron sus cuernos y su cola. Los músculos, tanto los del torso como los de sus extremidades, se marcaron con notoriedad. El tamaño de este aumentó hasta convertirse en un coloso de tres metros y medio que ya poco se asemejaba al antiguo Tom. Los ojos horizontales se habían quedado pequeños en comparación con el resto del rostro, excepto el de la frente, el cual se mantenía redondo y radiante. Ahora su aspecto se asemejaba bastante al de un minotauro, al menos en el cuerpo físico, pues sus piernas también se habían deformado para tener la estructura ósea de estos.
Marco miró el proceso, atónito, y luego, cuando acabó, Tom arañó el suelo con una de sus patas y cargó hacia Marco. El humano apenas tuvo tiempo de levantarse e interponer la vaina, cuando el impacto lo alcanzó y lo empujó con tanta violencia que chocó contra las estalagmitas. El golpe casi le saca el aire de los pulmones, pero no tuvo tiempo para preocuparse de eso, porque el demonio volvió a cargar contra él.
En un intento desesperado por escapar, realizó un impulso a escasos metros de ser aplastado y consiguió evadir el golpe. El impacto provocó un pequeño temblor, e hizo pensar al humano que las estalactitas de la cueva caerían sobre ellos, pero no fue así.
Antes de que su oponente volviera a atacar, desenvainó su hoja e imbuyó ambas armas. Una nueva carga le sobrevino, y Marco afrontó el golpe, pero la fuerza de Tom era tal, que Marco salió despedido. Aterrizó sobre sus pies, sin mayor problema, pero ahora sabía que no sería capaz de hacerle frente a Tom en una batalla de fuerza, por lo que solo le quedaba una cosa: la velocidad.
Por lo que parecía, Tom estaba yendo con todo, o eso quería pensar Marco, pues se negaba a creer que pudiese hacerse aún más fuerte. Así que, si quería salir victorioso de esa situación, también tendría que ir con todo.
Rememoró aquella vez que luchó contra el azotarriscos, tal vez la ocasión en la que se vio en mayor riesgo hasta entonces. Se sumergió en las oscuras aguas de la magia prohibida. Un espacio ya conocido para él, un espacio al que solo pocos podían acceder. Se llenó tanto como pudo, a la vez que hacía acoplo de la mayor cantidad de Orden posible para evitar que el Caos lo consumiese. Notó como los músculos del cuerpo se le tensaron, el aura de la espada y de la vaina refulgía ferviente. Y las marcas de las mejillas se le encendieron como dos faros en el mar.
Tom estaba a punto de volver a cargar, pero Marco decidió tomar la iniciativa. El suelo resonó al pisar con tanta fuerza en un impulso brusco y violento. La hoja de se halló con el brazo del demonio y le llegó hasta el hueso, donde se detuvo.
El brazo que estaba intacto amenazó con golpearlo, pero el humano se alejó en un instante. Solo para volver arremeter. Para entonces Tom ya había curado su herida. Las garras en los dedos de este le crecieron y luego, antes que llegara hasta él, le lanzó un zarpazo mortal. Marco dio un giro rápido y desvío la trayectoria del impulso. Se situó detrás del demonio en un segundo. La vaina ya no estaba con él, solo la katana, y la sujetaba con ambas manos. Cuando Tom se giró para contraatacar, Marco aplicó un fuerte corte que atravesó el brazo con el que el demonio se defendió y luego se abrió paso entre carne y hueso, hasta estancarse en el pecho de este.
Por la expresión en el rostro de Tom, aquello pareció hacerle un daño considerable. Aun así, tuvo la fuerza y resistencia para tomar la espada y arrancársela del pecho.
Marco retrocedió, así como lo hizo el demonio. Para hacer tiempo, Tom lanzó una bola de fuego que estalló en el techo, justo encima de Marco. Las estalactitas se quebraron y comenzaron a caer sobre el humano. Este las miró a todas y cada una de ellas, moverse no era una opción, pues fuera donde fuera, estaría en la misma situación, ya que todas caían a la vez. Preparó la espada y eliminó cuanta estaca de piedra le caía. Todo acabó en un instante, su derredor se había convertido en un cementerio de rocas puntiagudas y escombros.
Pensó que ya estaba a salvo, cuando el suelo bajo sus pies se abrió. Se movió hacia un lado para evitar caer. Para su sorpresa, la grieta se fue moviendo, pero no iba hacia él, sino que giraba en torno a este. Para cuando se quiso dar cuenta, un círculo se había formado a su derredor. Vapor salió de la grita, y junto con este, dos manos gigantescas y esqueléticas. Intentaron atrapar al humano, pero este las burló con facilidad, dando un salto hacia adelante. Creyó escapar de los trucos de Tom, pero este volvió a utilizar aquel empuje telequinético. Marco salió disparado hacia atrás, y las manos de antes lo atraparon y se cerraron en torno a él.
El agarre era firme y efectivo, no podía moverse apenas. Intentó con todas sus fuerzas abrir un poco su prisión con tal de zafarse, pero era inútil.
Sin previo aviso, la tierra bajo sus pies comenzó a descender, junto con las manos y él.
— Pero ¿qué demonios? —se quejó este.
Allí, por donde bajaba, vio a Tom asomarse, sujetándose el brazo cortado. Este ya se estaba recuperando, y la herida que iba desde la clavícula hasta el pecho también.
— Lo siento, Marco, pero no me has dejado opción. Permanecerás atrapado hasta que atrapemos a Eclipsa y el resto venga con nosotros.
— No, Tom, suéltame.
El demonio negó con la cabeza, decepcionado.
— Nos vemos luego, viejo amigo. —Se dio la vuelta y echó a andar.
— Tom. Es en serio —gritó desesperado, pero no obtuvo respuesta alguna—. ¡Tom!
El suelo ya había quedado arriba, y cada vez descendía más y más. No sabía qué hacer, y sentía que la desesperación se apoderaba de él. Si no salía, no podría encontrar la varita. Tal vez Eclipsa podría si vencía a Moon. Y a Tom. Pero no se iría de allí sin él. La conocía demasiado como para no saber que no lo dejaría solo en el castillo, y eso era un problema.
Tenía que salir de cualquier forma, la que fuera, pero tenía que hacerlo.
Recurre a mí, escuchó en su cabeza.
Conocía esa voz, la había escuchado antes, aquella vez en la dimensión de Hekapoo, cuando los daskins mataron a Meldion y Nilda. No le gustaba esa voz, pues, tras escucharla aquella noche, sucedió el horror. La magia oscura lo poseyó y se produjo en aquella ciudad una de las mayores masacres que hubiese oído jamás. No quería que eso volviera a ocurrir. Y, aun así, necesitaba salir de alguna forma.
Recordó, junto con la experiencia de aquella noche, que, justo antes de que empezara la masacre, había realizado una especie de estallido de magia pura. Si conseguía recrear eso, tan solo por un momento para intentar liberarse, le era suficiente.
Para conseguirlo lo antes posible, tendría que sucumbir a la magia oscura, pero tan solo por un instante, pues seguía descendiendo, y se le acababan las ideas.
Cerró los ojos y apartó todo el Orden que utilizaba para contener al Caos. Era peligroso, pero, de alguna forma, tenía que conseguirlo. Tenía que ser capaz. Tenía que salvar al reino.
Las aguas sobre las que Marco se sumergía cuando conectaba con la magia oscura lo tragaron para sumirlo en las tinieblas más profundas. La presión era fuerte y las corrientes internas estaban embravecidas. Tan solo oía los latidos de su corazón acompañados por una voz que le decía "hazlo".
Abrió los ojos de golpe. Ahora estos eran dos focos púrpuras y luminosos, iguales a sus mejillas. Alrededor de su cuerpo creó una presión de magia oscura que, cuando llegó se concentró toda en un solo punto y estalló. El estallido fue capaz de hacer que las manos que lo apresaban se desprendieran de él por un momento, lo suficiente como para permitirle recoger su espada. La tomó por el mango con ambas manos y apuntó la hoja hacia abajo. Clavó el hierro imbuido en la tierra y destellos purpúreos recorrieron toda la base y se extendieron hasta las manos huesudas. Aquello las destrozó, provocando que se rompieran en miles de trozos de calcio que cayeron a la lava. El problema, era que la tierra bajo sus pies también cayó.
Marco estiró un brazo y se adhirió a uno de los muros, luego se impulsó hacia otro con fuerza. Impactó en el otro muro, aterrizando sobre sus pies, y luego volvió a impulsarse de igual forma. Repitió el proceso un par de veces, subiendo por el agujero, hasta llegar a la superficie. Tom lo oyó llegar, y cuando lo vio, no dudó ni un segundo en atacar. Aun transformado, dio un fuerte pisotón en el suelo y llamas abrasadoras corrieron hacia Marco, destrozando la tierra por la que pasaban. El humano, aun en su estado de Caos, imbuyó su hoja con tanta magia que esta pareció arder en llamas púrpuras. Las venas de todo el cuerpo se le marcaron como las fuertes raíces de un árbol, y luego hizo un tajo ascendente que partió desde atrás, arañó el suelo y emitió una onda de corte enorme, como nunca antes había visto. El corte de magia oscura partió las llamas y llegó hasta Tom, quien, antes de poder hacer nada, fue partido en diagonal. Y junto con él, la puerta de detrás.
La imagen de Tom siendo cortado con violencia fue suficiente para darle al humano la lucidez necesaria como para que el Orden aplacar al Caos. Los ojos volvieron a su estado normal, así como las mejillas. De pronto, un súbito bajón de energía lo azotó sin compasión alguna, y lo obligó a caer al suelo, arrodillado, y con las manos apoyadas en este. Respiraba muy rápido y con pesadez. Los músculos le ardían, y el sudor le caía a chorros.
Pese a que su estado fuese terrible, Marco seguía pensando en buscar la varita, así que se obligó a ponerse de pie, usando su espada como apoyo. El dolor y el ardor en todo su cuerpo provocó que apretara los dientes para reprimir un quejido. Las quemaduras de Hekapoo eran ahora peores que antes, como si se tratases de brasas ardiendo. Y el corte en todo su torso palpitaba como si fuera una luz de bomberos.
Echó a andar como pudo, haciendo un esfuerzo incomible por no ceder ante el dolor muscular. Sus brazos aún seguían siendo los monstruosos, así que estos le ayudaban a permanecer en pie. Cuando pasó cerca de su vaina estiró uno de estos para recuperarla.
En su camino hacia la puerta echó un vistazo a Tom y a su lamentable estado. Tan solo era una cabeza con la mitad de su torso cortada en diagonal y la mitad de un solo brazo. Este jadeaba. En las partes en las que había sido cortado se podía apreciar unos pigmeos similares a los granos de arena iluminados por el sol. Eran restos de magia oscura, los cuales impedían la sanación del chico.
— Lo siento, Tom. Pero necesito salir de aquí —le dijo antes de seguir avanzando—. Confío en que eso no te matará.
— No hagas esto, Marco. Serás enemigo del reino. Serás enemigo de todos —advirtió, quejumbroso.
Marco se detuvo un momento y negó con la cabeza antes de mirar hacia atrás.
— Te equivocas, Tom. Ya soy enemigo del reino.
Tras decir eso continúo caminando, esta vez, sin mirar atrás y sin detenerse.
Las dos Butterfly se miraron de frente. Moon posó sus ojos sobre las siete esferas de energía oscura que tenía Eclipsa, entornó la mirada y luego hizo aparecer una espada de luz en cada una de las manos que tenía libre. Seis espadas en total. Acto seguido, cargaron la una contra la otra, sin dudarlo.
Eclipsa lanzó dos de los misiles y Moon los cortó en el aire, provocando que explotaran. Aquello no pareció afectar a la reina, quien siguió hacia adelante.
Otros dos misiles se dispararon, y Moon repitió la misma acción que antes. Dos más. Y, a tan solo cinco metros de distancia, el último.
Moon salió del humo de las explosiones como si nada. Si los misiles le habían hecho daño alguno, no lo demostraba. Ya no había distancia que las separase. La reina comenzó a atacar descargando sus espadas una a una sobre Eclipsa. Esta se tuvo que defender respondiendo con ráfagas de energía oscura que invocaba moviendo sus manos, como si trazase en el aire un pequeño arco que salía disparado hacia las espadas mágicas. Cada vez que Moon intentaba arremeter, Eclipsa respondía con una pequeña ráfaga que echaba atrás el ataque de la reina mientras se movían en el cielo nocturno.
Con cada golpe Moon demostraba su maestría en el combate de armas. Cada una de sus manos se movía y atacaba de forma individual, pero sintonizada con el resto para no estorbarse. Eclipsa, pese a no ser tan buena como ella, dominaba las artes oscuras con soltura, pues no le costaba nada conjurar hechizo tras hechizo.
A medida que se movían, Eclipsa fue dejando esferas oscuras repartidas por el cielo. Moon las evadía y continuaba la persecución. En cierto punto, la mujer de ropas púrpuras dio un impulso hacia arriba y luego giró en el aire para ir en sentido contrario. Moon tuvo que realizar un parón brusco y girarse para perseguir a la mujer.
Eclipsa invocó nuevas esferas cuando vio llegar a Moon y se las lanzó. De nuevo la reina cortó una por una las bolas de magia oscura e ignoraba los estallidos de estas.
Cuando se quiso dar cuenta, Eclipsa se había detenido en el aire, y la miraba de frente. Ya no había esferas junto a ella. No comprendió el porqué de aquella acción, pero tampoco se paró pensarlo. Cargó contra ella sin piedad.
Antes de que Moon llegase hasta ella, Eclipsa la empujó con una ráfaga de energía, echándola hacia atrás. Moon se repuso y luego se preparó para volver a cargar, pero una esfera de magia apareció por la derecha. La cortó sin problemas. Otra apareció por la izquierda. Y luego dos más, y luego tres.
Moon bloqueaba como podía, aun así, las esferas la alcanzaban. Algunas llegaban a golpearla, pues no podía evitarlo. Miró a Eclipsa, quien apuntaba hacia ella con sus seis brazos. Entonces lo comprendió, comprendió que acababa de caer en la trampa de la mujer.
Todas las esferas que habían sido plantadas en el aire durante la persecución estaban cayendo sobre Moon. Esta gritó de rabia e intentó atacar a Eclipsa, ignorando el peligro. La antigua reina oscura no tuvo compasión, envió todas las esferas contra Moon, y se produjo un estallido múltiple que cubrió por completo a su oponente.
Aquello tuvo que acabar con ella, tenía que estar abatida. Eclipsa ya sentía como el agotamiento de usar tanta magia oscura de forma indiscriminada la azotaba. Sin embargo, no bajó las manos, pues no cantaría victoria hasta que Moon no pudiese levantarse del suelo. Y, por el momento, no había caído de la explosión de antes.
Un destello azul cargó sobre ella, saliendo de la nube de humo. Tan rápido como pudo, Eclipsa creó un escudo en diagonal que redujo y desvió la estocada de la única espada que le quedaba a Moon. Pero la potencia con la que había atacado pudo traspasar la defensa mágica de la mujer, provocando que la espada le rozase el costado del ojo.
Una de sus manos Eclipsa tomó la hoja de Moon y transmitió su magia a través de esta, tornando el azul de la misma en un púrpura oscuro. Al instante, la reina soltó el arma y se alejó.
Eclipsa desvaneció el escudo y la espada que acababa de corromper. Respiraba con esfuerzo, pues aún se sentía cansada. Moon parecía estar en condiciones similares, pero no aparentaba estar tan exhausta como ella.
— Suficiente —se quejó la mujer, moviendo tres de sus brazos hacia un lado—. Ya hemos jugado bastante al gato y el ratón. Esto se acaba aquí, y ahora. —Las marcas de diamantes en sus mejillas brillaron con viveza. Moon comenzó a cargar energía entre sus manos. Era tal la fuerza con la que lo hacía, que el destello de esta iluminó de azul cierta parte del reino y las nubes. Eclipsa comprendió que Moon en verdad terminaría con todo con aquel último ataque, así que no perdió el tiempo, y comenzó a cargar magia, al igual que ella—. Soy Moon, reina de Mewni, y no voy a permitir que alguien como tú quede impune de sus crímenes. Por el poder que se nos confiere a las Butterfly, invoco a las fuerzas destructoras del mal y el caos, pues yo soy la madre que defiende a sus hijos sin importar el peligro, soy la luz que los ilumina en la noche. Siente el poder del hechizo más poderoso —la energía entre sus manos se comprimió hasta desaparecer—. Moon —susurró, y un enorme haz de luz salió disparado de sus seis manos.
Eclipsa tardó un poco en realizar la misma acción, pero, al final pudo hacerlo. Su rayo, similar al de la reina, era tan oscuro como las manchas de corrupción de sus manos, y en su centro se distinguía la parte más brillante.
Ambas fuerzas chocaron, y Eclipsa notó un empuje hacia atrás debido al fuerte impacto de la magia. Moon, por su parte, pareció resistir el poder del choque.
A Eclipsa le costaba respirar, los brazos le temblaban y sus codos se doblaban. Estaba más débil que su oponente.
— Moon, detente. Esto no acabará bien.
— Las súplicas no te ayudarán ahora. Eres una mancha en la historia de las Butterfly, y por el bien de todos, debes desaparecer de la faz de Mewni —pronunció con desprecio, arrugando el gesto de su rostro.
Eclipsa no encontró vestigio de duda en las palabras de Moon. No iba a ceder por nada del mundo. No tenía otra opción. Cerró los ojos y comenzó a ceder.
— En nombre de lo oscuro, el mayor de todos los poderes, yo Eclipsa, hija de Solaria, invoco a la corrupción para que me sirva una vez más. —El rayo de Eclipsa perdía fuerza y el haz de Moon se iba acercando con gran velocidad—. Consume a mi enemigo y elimina su fuerza, yo que soy tu domadora, yo que te he dominado con Orden, yo que he gobernado el Caos, te invoco. —La magia de Moon acabó por abarcar toda la de Eclipsa, hasta que chocó contra las manos de la mujer—. Eclipse lunar —susurró.
La mujer abrió los ojos de golpe, y sus mejillas brillaron. Detrás de esta se formó un círculo de tinieblas cuyo contorno era definido por una luz naranja, similar a la del sol. El rayo de Moon fue cambiando de color a un negro puro que partió desde las manos de Eclipsa, y cuyo contorno también era marcado por una luz ámbar. La negrura avanzó a gran velocidad. Tanta, que Moon no tuvo tiempo a responder. Tan solo fue capaz de proliferar un suspiro ahogado de sorpresa antes de que la oscuridad la cubriera por completo.
El haz de luz se resquebrajó como si fuese un montón de cristal, hasta que se destruyó por completo. Moon, cubierta por completa de negro, movió un brazo, y el recubrimiento oscuro que tenía también se resquebrajó. Los trozos oscuros cayeron de su piel como si fuese un caparazón destruido, y mostró el cuerpo de la mujer en su forma normal, sin alas, sin poder, sin vestigio de magia aparente.
Al instante cayó del cielo, y Eclipsa voló hacia ella para atraparla. La tomó de la muñeca y voló hasta el tejado del castillo. Moon estaba atónita. Miraba a su reino sin saber cómo reaccionar. Luego miró sus manos.
— ¿Qué me hiciste? —pronunció al fin.
— Anulé tu magia. Sin ella no podrás luchar, así no habrá necesidad de destruirnos la una a la otra.
— Acaso... —se quedó a media frase— ¿hiciste esto por compasión?
— No. Lo hice porque no tengo intención de matarte. No tengo intención de matar a nadie. Solo quiero algo que ustedes tienen, algo que necesito, la varita.
— Y te piensas que solo por no tener magia dejaré de intentar acabar contigo.
Eclipsa la miró sin decir nada, y luego la dejó caer sobre el techo del castillo cuando estaban a menos de dos metros de altura. Moon cayó de rodillas. Intentó levantarse, pero el cuerpo no le respondió como ella quiso, y acabó por caer.
— No intentes levantarte. Tú vínculo con la magia es algo vital. Al desaparecer de golpe tu cuerpo nota la falta de algo con lo que siempre estuvo conviviendo. Te sentirás débil e incluso mareada. Pero no te preocupes, para mañana podrás volver a la normalidad. —Tal y como se posó en el tejado, deshizo su forma Butterfly, y echó a andar hacia la puerta que daba al castillo.
— Oye. Vuelve aquí —gritó con pesadez—. No te librarás de mí. Da igual donde vayas, te buscaremos, y cuando te encontremos responderás a tus crímenes. ¿Me oíste?
Ya no la escuchaba, pues el cansancio y el dolor en su brazo eran más importantes para ella que las quejas de la reina. Y, sobre todo, lo era encontrar a Marco.
El humano arrastró los pies hasta la habitación de Star. Agradeció a quien fuese capaz de escuchar sus plegarias mudas que la puerta estuviese justo delante. Cuando entró y la puerta se cerró, una luz fuerte le apuntó directo, y se vio obligado a cubrirse los ojos con el brazo con el que no se apoyaba sobre la espada.
— ¿Quién eres? —preguntó la voz de Star.
Como pudo, Marco miró a la chica con los ojos entrecerrados para que la luz no le lastimase demasiado la vista.
— Star, soy yo, Marco —respondió, quejumbroso—. Por favor, baja esa luz.
— ¿Marco? —respondió esta, alzando una ceja. Miró de arriba abajo al tipo, y supo que era él cuando se fijó en el lunar de su rostro, y en los abdominales marcados en su abdomen—. Por la corona, Marco —bajó la varita y corrió a ayudarlo al ver lo mucho que le costaba mantenerse en pie. Lo tomó de un brazo e hizo que apoyara parte de su peso sobre ella para llevarlo hasta el borde de la cama, donde lo sentó—. ¿Estás bien? Tienes marcas de quemadura en todo el cuerpo, y tu aspecto es terrible. Pero, eres un adulto. ¿Qué te ocurrió? ¿Por qué estás aquí?
— Es una larga historia, y no tengo tiempo de contarla toda. Para resumir, solo diré que Eclipsa y yo encontramos un lugar en donde vivir después de huir del reino. Pero ahora ese lugar está en peligro, y necesitamos el poder de la varita para salvarlo.
Star, que estaba frente a él, escuchó con atención las palabras de su amigo, pero aún había muchas cosas que no sabía.
— Pero, tu aspecto, ¿por qué estás así? Tan dañado.
— Cuando Eclipsa y yo nos metimos en el castillo, la Alta Comisión nos atacó. Tuvimos que pelear para defendernos. Ahora no sé dónde está ella, tan solo sé que estaba luchando con tu madre.
Star, conmocionada por las palabras del chico, caminó hacia el centro de su habitación e invocó al ojo que todo lo ve. Con este observó la habitación en la que estaba Omnitraxus, aplastado por escombros del techo. El corazón le comenzó a latir con fuerza, entonces cambió a otro escenario en el castillo. Vio a Hekapoo, tirada junto a una pared, desmayada.
— Son ellos —exclamó—. Están...
— No. No están muertos. Solo inconscientes.
— Y mi madre —cambió la imagen del ojo.
En la visión se proyectaba la imagen de Moon y Eclipsa luchando en el aire. Ambas parecían estar metidas a fondo en el combate.
— Es verdad —dijo Star—. Están luchando.
— Sí, lo sé, y quiero pararlo. Solo queremos la varita e irnos. Sé que tu madre no me creerá, pero tú sí. Tan pronto como arreglemos nuestro problema te devolveré la varita. La dejaré en un lugar secreto donde los guardias no nos ataquen, y así no causaremos tantos problemas como ahora.
Star miró a Marco a los ojos.
— Hay alguien más que haya sido lastimado.
— Algunos guardias que intentaron detenerme, y... —calló al recordar el estado del demonio.
El silencio del hombre alarmó a la chica.
— Marco, ¿quién más? —inquirió.
— Tom —pronunció con dificultad.
Star se giró de golpe al ojo y cambió la proyección para que mostrase a su novio. Halló, con horror, el torso cercenado del muchacho.
— Tom —pronunció, preocupada.
— Está vivo. Lo comprobé antes de salir de la habitación —explicó, acongojado—. Tuve que hacerlo. Me encerró en un espacio en el que no podía llegar a ti, y no me dejaba salir.
Star retrocedió la imagen y reprodujo los sucesos como si la proyección fuese un video. Vio a Marco y a Tom pelear con fiereza. Daba miedo la violencia con la que ambos se atacaban. Tuvo que detener la secuencia y cambiar la imagen. La dejó observando la batalla entre Moon y Eclipsa. Luego se giró hacia Marco con los ojos entristecidos. Se notaba la duda en todo su rostro.
— Marco, ¿cómo pudiste?
— Star, te lo digo de verdad, no tuve otra opción. El reino del que venimos está en peligro, Eclipsa está luchando con tu madre y a cada segundo que pasa corremos el peligro de que los guardias nos encierren otra vez. Hice lo que hice porque estoy en una situación límite. —Se levantó de la cama como pudo y se apoyó en la madera de esta—. Solo queremos la varita e irnos. No queremos tener que derramar más sangre.
A la par que hablaba con Star, Marco daba vistazos rápidos a la batalla entre Eclipsa y Moon.
— Mi mamá nos dijo a mí y a Tom que ustedes regresarían algún día en busca de algo, y que no tendrían buenas intenciones.
— Sabes que eso es mentira. —Caminó para acercarse a ella.
— No. Quieto —le dijo a este, apuntándole con la varita.
Por la expresión en el rostro de la chica, se notaba que no quería estar en aquella situación, Marco tampoco, pero todo aquello era un asunto delicado, y el humano lo sabía.
— Está bien —dijo, levantando las manos—. Mira, me alejaré un poco para dejarte espacio. No busco luchar, ni huir, solo quiero ayuda —explicó mientras se alejó un poco hacia el lado de la ventana.
— No lo sé. Mi mamá me dijo todo eso. No quise creerle, pero después de ver todo eso —desvió la mirada un momento—. No sé qué pensar.
— Star, si quisiéramos hacerles algo malo, ya lo habríamos hecho. Podría haber matado a Hekapoo y a Tom, pero no lo hice, porque lo último que quiero es herir más al reino.
La chica lo miró a los ojos. No dejaba de apuntarle. Las manos le temblaban y respiraba como podía.
— Hace unos meses, cuando Eclipsa y tú se escaparon, encontraron el cuerpo de Rhombulus en la prisión de cristal —guardó silencio por un momento—. ¿Quién fue?
Marco se quedó mudo por un instante.
— Tienes que entender que estábamos en una situación delicada...
— ¿¡Quién!? —reiteró.
No había más opción.
— Yo —admitió con cierta vergüenza—. Yo lo hice.
Los ojos de la chica se llenaron de lágrimas, y bajó un poco la varita debido al inminente sollozo que amenazaba con aflorar en su rostro.
Marco la vio con pena, pero luego se fijó en la batalla entre Moon y Eclipsa. Vio un choque de ataques mágicos que iluminó todo el lugar y provocó que el hechizo del ojo que todo lo ve desapareciera. Tenía que darse prisa.
— Star, lo siento mucho. Sé que hay mucho que explicar, pero se me acaba el tiempo. Necesito la varita —dijo, estirando la mano y dando un par de pasos al frente.
Star, negando con la cabeza, se transformó en su forma Butterfly, y cargó magia en el centro de la varita.
— ¿Star?
— Lo siento, Marco —pronunció entre lágrimas y con la voz rota—. Quiero creerte, pero has herido a mis amigos y a mi familia —se tragó un nudo en la garganta—. No puedo dejarte ir. Por favor, ríndete.
La situación ya se había tornado en la peor posible. No había más opción, tenía que noquear a su amiga.
Con un esfuerzo horrible sujetó su espada envainada y se preparó para atacar. Aun contaba con la fuerza de sus brazos monstruosos, así que podría desmayarla de un golpe. No era capaz de recurrir a suficiente magia para imbuir sus armas o para impulsarse, así que solo le quedaba esquivar.
Era un todo o nada.
Apretó los dientes y corrió hacia ella. Star cerró los ojos con dolor, solo para abrirlos al instante y disparar un rayo de energía pura. Marco quiso esquivarlo, pero no se movió todo lo rápido que habría querido. Aun así, pudo evadir el rayo por poco, y cuando estuvo a un lado de Star, le dio un fuerte golpe que la hizo chocar contra la pared y le dejó inconsciente. La chica perdió la transformación, pero aún tenía la varita entre sus manos.
Los brazos de Marco volvieron a su forma humana, y luego caminó hacia Star y se agachó para tomar el objeto mágico. Esta cambió su forma, y el tipo se lo quedó mirando.
— Ese rayo iba a darme, lo sé, pero tú lo desviaste a propósito. ¿No es así? —le preguntó a la chica, observándola con gesto dolido. No hubo respuesta, pero Marco estaba seguro de cual habría sido. Apretó la varita contra su pecho y guardó unos segundos de silencio antes de mirar hacia la puerta—. Tengo que encontrar a Eclipsa.
Salió de la habitación y se guardó la varita en uno de sus amarres. Caminó en busca de Eclipsa y se apoyó en la pared en todo momento. Estuvo deambulando por dos pasillos, cuando escuchó a unos guardias acercarse.
No estaba en condiciones de huir, mucho menos de luchar. Hasta ahí había llegado. Todo el sufrimiento que había causado fue en vano.
Los guardias ya casi estaban a punto de aparecer por la esquina del pasillo, cuando una explosión de magia los noqueó. Eclipsa salió del pasillo y lo encontró recargado en la pared.
— Marco —dijo esta, entre aliviada y sorprendida.
El humano sintió como si hubiese encontrado un oasis después de días vagando por el desierto.
La mujer corrió hacia él y lo ayudó a sostenerse.
— ¿Estás bien? —preguntó ella, preocupada.
— Sí. Tengo la varita —pronunció con los ojos entrecerrados.
— Oh, por fin. —El sonido de más guardias acercándose los llamó la atención a ambos—. Hay que salir de aquí.
Eclipsa tomó la varita y esta adoptó la forma de una sombrilla. Abrió la puerta más cercana y luego se dirigió hacia la ventana. Apuntó hacia afuera y creo una nube purpura.
— ¿Puedes saltar? —le preguntó al humano.
— Sí. Creo que puedo —respondió tras unos segundos de duda.
Con ayuda de la mujer, ambos consiguieron saltar por la ventana y caer sobre la nube mágica.
— Llévanos a un claro que esté lejos del reino —ordenó la mujer, y la nube comenzó a moverse.
El sol salía tras el horizonte, revelando los primeros rayos de luz. Marco se había desmayado en el hombro de la mujer, y esta lo acomodó para dejar la cabeza de este descansado sobre su regazo. Lo miró con pena, deteniendo sus ojos en cada una de las heridas que tenía, y en el gesto dolido del tipo. Le acarició el cabello con cariño, buscando aliviar un poco el dolor por el cual debía de estar pasando, esperando que todo lo que habían hecho mereciera la pena.
Minutos después, Eclipsa se durmió sentada.
—-—-—-—-—-—-—-—-—
Buff, me tardé más de lo necesario, pero creo que valió la pena. Vaya que fue un capítulo largo. Casi casi 12.000 palabras. Hacía tiempo que no escribía tanto para un solo capítulo. Espero que les haya gustado y no se les haya hecho pesado. Próxima semana toca ver a dónde irán a parar nuestros heroes.Espero verlos allí.
Sí te gustó el capítulo escríbeme un comentario, el que sea, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, pues me encantar leer a mis lectores.
Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top