Veintisiete

Me desperté la primera. Recordaba haberme quedado dormida con Max abrazado a mi cuerpo, pero él ya se encontraba en el otro lado de la cama. Seguramente nos habíamos separado en medio de la noche, sin poder soportar el calor.

Su pelo estaba completamente revuelto y su boca entreabierta. Estaba durmiendo completamente desnudo —yo al menos me había puesto unas bragas—, y sonreí al recordar lo que había pasado la noche anterior. Su respiración era tranquila, y acaricié su brazo, sin poder evitar quedármelo mirando.

El condenado era guapo, y mucho, pero de una forma diferente a lo habitual. No tenía un cuerpo musculado, aunque sí fibrado, pero a lo que me refiero es a que no era una persona de ir al gimnasio para ponerse fuerte, el músculo que tenía lo había ganado haciendo deportes que a él le gustaban. Los tatuajes que adornaban su cuerpo de una forma que casi parecía aleatoria, pese a no ser muchos, le daban aún más personalidad, y el pelo despeinado como si ni siquiera le importara le daba ese encanto tan característico de él. Por no hablar de esos ojos verdes, que parecían decir muchísimo más que lo que salía por su boca.

Cerré los ojos y me quedé un rato más en la cama, disfrutando de la sensación de tranquilidad y de tener a Max durmiendo a mi lado. El sol empezaba a dar a la ventana y, con él, el calor entró en la habitación. Empecé a sentirme incómoda con la temperatura y me levanté para poner el ventilador. Aproveché para ponerme la camiseta que Max llevaba la noche anterior, y bajé al piso inferior a por algo para desayunar, porque empezaba a rugirme el estómago.

En cuanto entré en la cocina, vi la cabellera castaña de Miriam, de espaldas, preparándose algo. Me escuchó entrar y se giró hacia mí para saludarme con una sonrisa. Se la devolví y fui directamente a servirme algo de agua fría, porque al haber bebido la noche anterior, estaba muerta de sed.

—Mira qué cara de felicidad traes —comentó con diversión.

—No me puedo quejar —respondí, sonriendo, mientras cogía pan de molde de uno de los armarios.

Se giró hacia mí, mirándome mientras untaba chocolate en el pan para hacerme un bocadillo, y vi que tenía dos surcos oscuros marcados bajo los ojos.

—¿No has dormido bien? —pregunté, porque aunque hubiéramos salido la noche anterior, ella se había ido a dormir antes de las cinco, y eran pasadas las doce—. ¿Tienes resaca?

—No. —Negó con la cabeza, dándome una sonrisa forzada—. He tenido pesadillas.

—¿Otra vez? —pregunté, cogiendo otro trozo de pan de la bolsa para ponerlo encima del que acababa de untar.

—Sí —respondió, y me senté en el taburete que había al lado de la encimera, mirándola.

—¿Era como las de las otras veces? —inquirí, y ella hizo un gesto de asentimiento, inclinando la cabeza levemente.

—La psicóloga dice que mejorará con el tiempo —me explicó—, pero ya no sé ni si creerla. Cada vez parecen más reales. Además, todavía tengo que ir a buscar mis cosas a su piso. Llevan ahí semanas, las mismas que llevo sin hablar con él, y ya es hora de que me lo lleve. Mi portátil, mi cámara de fotos y casi toda mi ropa están ahí.

—Puedo ir yo, si quieres —sugerí—. Si sabes a qué horas no está, puedo colarme con tus llaves y llevarme tus cosas.

—Sería más fácil. —Suspiró—. Pero, ¿y si te pilla? Como te pase algo por mi culpa, yo...

—Iré con alguien más —propuse—. Puedo ir con Max, con Adri, o con Sandra. Si las cosas se ponen feas, ella es cinturón negro de karate. O marrón, ahora no me acuerdo. El caso es que le partirá la cara si es necesario.

Miriam soltó una carcajada y asintió con la cabeza de nuevo.

—Vale —contestó—. No negaré que la imagen de él con la cara partida me ha causado satisfacción. Pero bueno, cambiemos de tema, que paso de estar rayada todo el día. ¿Qué tal con Max? Y me refiero a nivel sentimental, eh. Ahórrate las descripciones explícitas, por favor.

Reí mientras me comía el bocadillo, y ella se sentó a mi lado con un plato de tostadas con mermelada en una mano y un café en la otra.

—Pues bien, supongo. —Me encogí de hombros—. No sabría decirte, la verdad. Es un poco confuso todo.

—¿Confuso? —Levantó una ceja.

—Se va a la otra punta del mundo en dos meses —le recordé—. No quiero desperdiciar el poco tiempo que nos queda juntos, pero me da miedo pensar que él se irá y yo me quedaré aquí. No tengo ganas de pasarlo mal, la verdad.

—Normal —contestó ella—. Supongo que lo más fácil sería que Max se quedara. No entiendo por qué no lo hace.

—Ni hablar. —Negué con la cabeza—. A Max le encanta Auckland, tiene una vida ahí y un contrato para un proyecto de lo suyo. Nunca en la vida le pediría que se quedara por mí, ni quiero que lo haga. Quiero que sea feliz y que haga lo que le gusta. Nos queda mucha vida por delante. Si algún día vuelve y se da el caso, a lo mejor sí estamos juntos... Y espero que sí, la verdad, pero no voy a obligarlo a quedarse, porque no será feliz.

—Mírala, la filósofa —bromeó, y sonreí.

—Es el sexo, que me pone así de sentimental —contesté, y ella hizo una mueca de asco.

—Te he dicho que nada de comentarios sexuales —se quejó.

—Que yo recuerde, has dicho explícitos —puntualicé, señalándola con el dedo índice.

Ella rió y se terminó el café de un trago.

—¿Lo quieres? —me preguntó, refiriéndose a su hermano.

—Sí —contesté sin dudarlo.

—¿Se lo has dicho?

Suspiré.

—No —dije—. Creo que será peor para los dos si lo hago.

Miriam iba a contestar, pero escuchamos unos pasos bajando las escaleras, y segundos más tarde Pablo entró en la cocina sin camiseta, con el pelo revuelto y bostezando.

—Buenos días —nos saludó con tranquilidad y se puso a prepararse el desayuno.

Mi conversación con Miriam terminó ahí. Pablo se fue a desayunar al jardín y yo fui con él a terminarme lo mío. Andrea bajó poco después quejándose de lo mucho que odiaba su vida, lo que solía ser un síntoma de la resaca, y Sandra apareció a la media hora. A excepción de Sandra, ninguno nos sentíamos con estómago para comer nada, así que la decisión grupal fue ir a la playa.

Subí a la habitación de Sandra, en la que se suponía que yo iba a dormir, y cogí mi bolsa para llevarla a la que compartía con Max para cambiarme. Cuando entré en la habitación, vi que Max seguía durmiendo. Cerré la puerta con cuidado, pero al parecer no con el suficiente porque empezó a moverse sobre la cama.

Se giró hacia donde yo estaba y me miró, con los ojos entrecerrados.

—Te queda bien mi camiseta —dijo con la voz ronca.

—Lo sé —contesté con una sonrisa, y fui a sentarme a su lado en la cama—. Nos vamos a la playa, ya están casi todos listos menos Raquel. Creo que han ido a despertarla.

—¿Tiene que ser ya? —murmuró en tono quejoso.

Solté una carcajada y crucé las piernas, metiéndome completamente en la cama. Él apoyó una mano en mi rodilla y escondió la cara en la almohada.

—Casi había olvidado lo mal que se te daba esto de despertarte —comenté con diversión.

—Pero hay otras cosas que se me dan muy bien —contestó, y su mano en mi pierna empezó a subir más hasta llegar al borde de mis bragas.

Su voz seguía sonando adormilada, pero él estaba bien despierto, y prueba de ello era la erección que empezaba a crecer entre sus piernas. Me mordí el labio y miré en dirección a la puerta, pensando en que nos estaban esperando... Pero a lo mejor Raquel se estaba haciendo de rogar y les costaba despertarla. Algo de tiempo teníamos.

Sus dedos índice y corazón acariciaron mi monte de venus por encima de las bragas y bajaron hacia mi punto más sensible... Pero entonces alguien llamó a la puerta.

—¡Vamos, lentos! —gritó Raquel desde el otro lado—. Dejaos de folleteo y vámonos a la playa.

Max se echó a reír, apartando la mano de mis bragas.

—Siempre se despierta de mala hostia —dijo—, aunque se le pasa rápido.

Muy a mi pesar, tuvimos que pausar lo que estaba a punto de ocurrir y me cambié para ponerme el bikini. Max solo tuvo que levantarse, ponerse el bañador, y ya estaba listo.

—Por cierto —dijo Max de repente, cuando ya estaba casi lista para salir—, te traje algo de Nueva Zelanda. Ni siquiera sabía si te vería, pero te lo traje de todos modos. Parece que hice bien.

Levanté una ceja, interesada y algo nerviosa, porque no tenía ni la más mínima idea de qué era lo que Max podía haberme traído. Lo conocía, sí, pero nunca sabía muy bien qué esperarme de él, y la verdad es que tampoco lo veía como el tipo de persona que hace regalos a menudo.

Él rebuscó en su mochila, que parecía ser un desastre tan caótico como la mía, y cuando por fin sacó algo de ella, lo puso encima de la cama.

Apreté mis labios en una fina línea e intenté mirarlo con seriedad, pero cuando vi que él traía la misma expresión que yo, no pude hacer nada por no romper a reír.

—Eres imbécil —le dije, y él se echó a reír conmigo.

Marmite. El muy capullo me había traído un bote de Marmite.

El ungüento negro y pastoso estaba ahí, delante mío, dentro de ese bote que lo intentaba vender como si estuviera bueno, cuando era lo más desagradable que había probado en mi vida.

—Yo que te lo traigo con todo mi cariño —se hizo la víctima y lo empujé en la cama para tirarme encima de él.

Max se defendió y me giró sobre la cama. El Marmite cayó al suelo y Max gritó un "no" desesperado por temor a que pudiera romperse, confirmándome que había traído esa sustancia negra asquerosa con la intención de comérsela él.

Entonces Raquel volvió a llamar a la puerta, casi con violencia, y nos gritó cuatro cosas más. Nos separamos, aún riéndonos a ratos, y cogimos las cosas para irnos.

Llegamos a la playa media hora más tarde y Raquel plantó la sombrilla como si fuera una bandera en la luna, con firmeza y decisión.

—Yo de aquí ya no me muevo —sentenció y, tras poner su toalla en la arena, se echó encima con la intención de seguir durmiendo.

Yo hice lo mismo pero omitiendo la parte de irme a dormir. En vez de eso, me puse crema de sol y me eché en la toalla que había puesto entre Andrea y Raquel. En cuanto mi cabeza tocó la toalla, Andrea se giró hacia mí con una sonrisa traviesa.

—¿Qué tal anoche? —preguntó, y me reí.

—Eres una cotilla —contesté, girando mi cuerpo hacia ella.

—Necesito escuchar sobre historias de amor que salen bien —me pidió, y recordé lo optimista que era ella con respecto a mi relación con Max.

—Ah, pues vete a preguntarle a otra persona —lo dije en tono de broma pero en el fondo lo pensaba, porque tenía muy claro que lo mío con Max no podía salir bien de ninguna manera.

—No me seas quejica, que para eso ya estoy yo —me reprochó—. Al menos tienes sexo, que ya es mucho decir.

—Pero si solo debes llevar como tres días sin follar —le recordé.

—Ya, pero fue un desastre —se quejó.

—¿No te gustó? —Levanté una ceja y le di una sonrisa divertida.

—Claro que sí, tonta. —Suspiró—. Nico lo hace de maravilla, pero no me salió a cuenta perder a Aitor por eso.

—Bueno, nunca se sabe —contesté, intentando transmitirle algo de optimismo aunque era más bien complicado hacerlo.

—¿Sabes? Realmente, lo que le hice a Aitor no está tan lejos de lo que te hizo a ti Daniel —dijo con un hilo de voz, y aunque llevaba gafas de sol yo sabía que llevaba una expresión triste en la cara.

—Técnicamente no —contesté con tranquilidad—. La acción es la misma, pero con Daniel hubo muchos agravantes, como el hecho de que fuera con mi mejor amiga, de que me lo ocultaran y me mintieran durante meses, o de que él se comportara como un imbécil de mientras. ¿Que creo que lo que hiciste está mal? Sí, pero somos humanos y nos equivocamos. Estas cosas pasan y, aunque hubiera estado mejor que te esperaras a dejarlo con Aitor, al menos fuiste sincera con él y se lo contaste.

Ella asintió lentamente con la cabeza y volvió a suspirar. Escuché risas y vi a Pablo y Max irse directamente al agua, con las palas y la pequeña pelota que habíamos traído en la mano. Empezaron a jugar como se supone que hay que hacerlo, pero pronto se aburrieron y cambiaron el juego para pasar a darse golpes con la pelota mutuamente.

—¡Julia, ten a tu chico controlado! —me gritó Pablo cuando Max le tiró la pelota al estómago.

Levanté la cabeza y me bajé las gafas de sol por un segundo. Max me miraba con diversión y, en cuanto se distrajo, Pablo le tiró la pelota apuntando a la entrepierna, pero le dio en el muslo.

—Oye, capullo, eso está fuera de los límites —se quejó Max, tapándose las partes nobles con las manos.

—Yo no quiero saber nada de esto —contesté a la petición de Pablo antes de sonreír y volver a echarme.

Así que Max era, oficialmente —al menos para Pablo, y probablemente para el resto del grupo—, "mi chico". Interesante.

Duré, más o menos, media hora al sol. Normalmente aguantaba más, pero ese día hacía un calor especialmente insoportable, y al no haber ni una sola nube en el cielo el sol daba con mucha fuerza, así que me levanté de la toalla y me dirigí al agua. Pasé por el lado de Pablo y Max, que habían vuelto a jugar a las palas como seres humanos normales, y les sonreí antes de entrar en el agua.

Esta vez me metí entera directamente, sin pensármelo dos veces, y gemí cuando el frío envolvió mi cuerpo.

—Eso ha sido bastante sexy —dijo Max, y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba a mi lado.

—¿De dónde sales tú? —pregunté, acercándome a él.

—De jugar a las palas, como ya has visto, pero es que ha pasado una chica guapísima y tenía que ir con ella, ¿sabes? —contestó, y me eché a reír.

—Deberías haber dicho algo como "un bombonazo" o "una nena", habría quedado más de macho —bromeé.

—¿He suspendido la prueba otra vez? Joder —fingió enfadarse y sonreí antes de abrazarlo. En cuanto lo hice, sus manos pasaron por mi espalda en una caricia hasta juntarse ahí, sujetándome. Envolví su cintura con mis piernas, y me miró—. Entonces, ¿qué tipo de cosas dicen los machotes?

—Oh, ya sabes, te llaman "nena" cada dos segundos —le expliqué—, te repiten que eres suya doscientas veces al día, y hacen cosas como golpear a los tíos que osen mirarte.

Max hizo una mueca.

—Suena aburridísimo —dijo—. ¿Has tenido el placer de encontrarte a uno de estos alguna vez?

—Por suerte, no —contesté—. Solo en muchas novelas románticas que dejé a la mitad.

—Algún día tenemos que leer una de esas juntos —propuso, y lo miré con una ceja levantada—. ¿Qué? Puede ser gracioso. Podemos incluso invertir los papeles: tú lees las partes del macho alfa dominante, y yo las de la chica virgen, inexperta e insegura. Podríamos hasta fundar una compañía de teatro.

Ahí sí que no pude aguantarme más y me eché a reír.

—¿Pablo y Adri te han dado maría? —le pregunté.

—Ojalá —contestó—. Pídeles un poco tú también, para cuando te venga la regla.

Me sonrojé un poco al recordar esa vez, en Nueva Zelanda, en la que había curado mis síntomas de la regla con marihuana... Y todo lo que había ocurrido después. Cada vez que pensaba en los días de viaje en furgoneta que habíamos pasado Max y yo, más cuenta me daba de lo genial que había sido.

Iba a decir algo más cuando Max dejó un beso frío en mi frente. Dejó los labios ahí unos segundos y cerré los ojos, permitiéndome disfrutar de ello, de él. Se separó, dejó otro en mi mejilla, y luego en mi boca, brevemente. Se separó y me miró justo antes de que una pelota pequeña, de plástico nos pasara volando por encima. Nos giramos —yo con un poco de mala hostia, la verdad— y vimos a un grupo de adolescentes jugando a palas dentro del agua. De él vino un chico de unos quince, dieciséis años y, mirándonos como si nos pudiera pedir perdón con la mirada, se fue a buscar la pelota. Eso nos pasaba por ser unos vagos y haber ido a la misma cala del día anterior que, para variar, estaba llenísima de gente.

Max sonrió, enseñando los dientes, y volvió a irse a molestar a Pablo, que seguía jugando a palas, esta vez con Miriam. Yo estuve nadando un rato hasta que decidí que ya había tenido suficiente y volví a las toallas, donde Sandra ya estaba conspirando para hacer cosas raras para San Juan.

—Esta noche vamos a la playa nudista, va —estaba proponiendo Sandra cuando llegué a las toallas con el resto—. Es la noche más corta del año, hay que celebrarlo.

—¿Quieres que hagamos algún tipo de ritual en honor a la luna desnudos? —Levanté una ceja y ella me tiró la botella de crema solar desde su toalla. Me aparté, consiguiendo esquivar el objeto, y me reí para luego encogerme de hombros—. A mí no me parece mal.

—Pero no vamos a tirar petardos desnudos —dijo Andrea.

—Ah, y yo que planeaba encender mi propio cuerpo en llamas —contestó Sandra con sarcasmo.

—Hay fiestas que parecen interesantes —comentó Raquel, que al parecer ya había despertado del letargo.

—¿Habrá hogueras en la playa? —preguntó Pablo, que estaba sentándose en su toalla, al igual que Miriam y Max.

—Creo que está prohibido —contestó Miriam—. Hay mucho bosque por aquí, es peligroso.

—Tiene sentido —asintió.

—Hacen una fiesta aquí mismo —dijo Raquel—. Podemos pasarnos.

Al final decidimos que iríamos a dicha fiesta, y poco después volvimos a casa, porque cuando a la mayoría se nos pasó la resaca, los estómagos empezaron a rugir. Pablo y Adri decidieron que, aunque era ya pasada la hora de comer, querían hacer una paella, así que los dejamos hacer y yo fui a ducharme. Pasé por la habitación para coger ropa, y vi a Max echado en la cama.

—Me voy a la ducha —le dije—. ¿Quieres venir?

Él solo sonrió y asintió con la cabeza. Cogió unos calzoncillos limpios y sus pantalones de chándal, junto con la toalla que había usado el día anterior, y nos fuimos al cuarto de baño que había en esa misma planta. Los demás estaban fuera, en el jardín, probablemente vigilando que Pablo y Adri no le pegaran fuego a nada, así que no teníamos que preocuparnos por el ruido.

Me desnudé rápidamente antes de encender el agua, y Max lo hizo con más lentitud, como si no tuviera prisa alguna. Por algún motivo, hasta hacía nada me ponía nerviosa su mera presencia, pero en ese momento, y desde el día anterior, me sentía tan a gusto con él, y en tanta confianza, que ni siquiera me parecía raro estar desnuda a su lado, aunque no estuviéramos haciendo nada sexual —al menos por el momento—.

—¿En qué piensas? —me preguntó, entrando en la ducha.

—En nada importante. —Sonreí, negando con la cabeza y entré con él.

Nos duchamos con toda la normalidad del mundo excepto por las risas cuando Max intentó lavarme el pelo pero terminó desistiendo porque, según él, "era demasiado largo". Después de terminar de enjabonármelo yo misma, me giré para aclararlo, y fue entonces cuando la mano de Max, desde atrás, acarició mi barriga.

Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación del agua caliente cayendo sobre mí, y la mano de Max acariciando mi abdomen. Di un paso hacia atrás, tocando su torso con mi espalda, y apoyé mi cabeza en su hombro.

—Ojalá pudiéramos quedarnos aquí mucho tiempo —murmuró antes de empezar a besarme el cuello.

—Ojalá... —susurré, con los ojos aún cerrados y la piel erizada pese al calor del agua.

Usar un condón con toda esa agua parecía una idea pésima, así que decidimos solucionarlo de otra manera. Y fue así como, minutos más tarde, mis piernas estaban abiertas de par en par y Max estaba haciendo magia con su boca en el punto de unión de estas. Empecé a mover mis caderas, buscando más, a la vez que intentaba mantener bajo control el volumen de mis gemidos, porque aunque estuvieran todos fuera, puede que hubiera subido alguien. Las manos de Max subieron a mis pechos y los estimuló entre sus dedos, con lo que yo ya quería derretirme ahí mismo.

—Max —jadeé—. No puedo más.

Él se separó un segundo y me miró.

—Pues déjate llevar —contestó con una sonrisa, y cuando volvió a ponerse con lo que estaba haciendo, no lo aguanté más y llegué al orgasmo tapándome la boca con una mano y sin dejar de mover las caderas.

—Vamos a la cama —le dije en cuanto pude volver a hablar, y él se mordió el labio.

Salimos del cuarto de baño como si estuviéramos infiltrados en el Pentágono, mirando a todos lados para asegurarnos de que nadie nos pillara, cosa que habría sido un poco incómoda porque la erección de Max se notaba incluso a través de la toalla, aunque a él parecía preocuparle más bien poco.

Entramos en la habitación y en apenas un segundo ya nos estábamos besando. Max tenía una de sus manos en mi nuca, y con la otra cerró la puerta para empezar a dirigirme a la cama. Las toallas se quedaron en el suelo antes de que tocáramos la cama y caí de espaldas, con él encima. Noté su erección contra mi pierna y sonreí en su boca justo antes de que él se separara.

—¿Qué postura te gusta más? —me preguntó, con la curiosidad chispeando en sus ojos.

Apenas tuve que pararme a pensarlo, porque lo tenía claro, pero decidí jugar un poco con él.

—¿Cuál te gusta a ti? —devolví la pregunta y él sonrió.

—A mí me gustan todas —contestó.

—Oye, esa es una respuesta trampa —me quejé.

—La próxima vez te lo digo, pero hoy te toca a ti —propuso, y solté una carcajada.

No contesté, simplemente me di la vuelta y gateé un poco por la cama hasta llegar al centro, donde me eché completamente, boca abajo.

—Así —le dije.

Max tampoco dijo nada, solo se acercó a mí por detrás. Levanté el culo para dejar claro cómo quería que lo hiciera, y pronto escuché el sonido del envoltorio del preservativo rompiéndose. Lo siguiente que noté fue su punta presionándose contra mi entrada, y se hundió en mí lentamente. Gemí cuando llegó al fondo. Esa posición me gustaba porque le permitía llegar mucho más profundo.

Él empezó a moverse poco a poco, haciéndome notar cada centímetro que entraba y salía, pero pronto empezó a acelerar el ritmo de las embestidas. Tuve que morder la almohada para que no se escucharan mis gemidos y noté que Max también hacía un esfuerzo por reprimirlos. De repente, me cogió por las caderas y tiró hacia arriba, incitándome a levantarme. Me levanté sobre mis manos y él me cogió de los brazos para llevarme más arriba, de modo en que todo mi peso quedaba apoyado en mis rodillas flexionadas. Su boca encontró el lugar preciso en mi cuello en el que dejar besos y sus manos atraparon mis pechos. Gemí otra vez y él empezó a ir aún más rápido. Bajó una de sus manos a mi clítoris para acariciarlo con dos dedos, y me estremecí cuando lo hizo por lo sensible que estaba.

—Oh, joder —jadeé—. Max...

—Julia —dijo mi nombre entre gemidos.

La pose era una maravilla en lo que a placer se refiere, pero no se podía decir lo mismo de su comodidad así que probamos haciéndolo a cuatro patas, pero era demasiado raro, demasiado frío.

Me giré, me eché boca arriba en la cama, y Max se puso entre mis piernas. Era la postura más básica pero la más íntima a la vez, y me gustaba por eso. Al parecer ese día Max quería hacer todo el trabajo, porque no paró de moverse ni cambiamos la pose hasta lo noté contraerse dentro de mí y, poco después, alcancé mi segundo orgasmo.

Él fue a deshacerse del condón, y justo en ese momento escuchamos a Adri gritar desde abajo que la paella ya estaba lista, pero lo ignoramos, al menos durante unos minutos. Max se echó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro, y respiró hondo. Lo miré y, cuando nuestras miradas se cruzaron, un "te quiero" se quedó atascado en mis labios, pero no lo dejé salir porque sabía que habría roto esa burbuja en la que estábamos, y aún no me sentía lista.


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Capítulo dedicado a lauumunozd_ bc ha habido salseo del bueno ;D

En realidad este capítulo iba a tener más contenido, pero estaba quedando muy largo así que decidí partirlo en dos.

Ya que estamos, me he dado cunenta de que desde que soy una pesada en Instagram apenas interactúo por aquí, así que voy a responder algunas FAQs:

- No tengo ni idea de cuántos capítulos tendrá Auckland Memories exactamente, pero yo calculo que unos cuarenta.

- En realidad ya no hay más FAQs xd pero si tenéis preguntas con respecto a esta novela las podéis hacer aquí y yo las contesto

En otras noticias, hace poco terminé de ver La casa de papel y, aunque la primera temporada no me hizo el peso y casi dejo de verla como mil veces, la tercera me ha gustado mucho más. ¿La habéis visto? O, mejor, dicho, ¿hay alguien aquí que no la haya visto? Porque está everywhere esta serie.

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