Treinta y tres

No sé si fue casualidad, si los astros se alinearon, o si debería haber empezado a creer en un ser superior que controlaba todo lo que ocurría, pero fue como si el simple hecho de pensar en una cosa hubiera hecho que pasara.

Pongámonos en contexto: era viernes, y me estaba preparando para salir. Andrea estaba a mi lado, lamentándose desde hacía cinco minutos de su poca habilidad para hacerse la raya superior del ojo.

—Házmela tú, que se te da mejor —me suplicó por quinta vez.

—Pero si te la hago siempre yo no aprenderás nunca —rebatí, y ella soltó un gruñido de frustración—. No me vengas con rabietas, que ni siquiera lo has intentado.

—Porque me quedará fatal —insistió.

Esta vez la que gruñó fui yo, porque tenía pocas ganas de discutir ese tema con ella, así que me giré y le cogí el delineador. Ella sonrió, triunfante, y cerró los ojos.

—Que no, que los dejes abiertos —le dije, y soltó una risita antes de volver a abrirlos.

—En realidad eres la mejor, Julia —empezó a hacerme la pelota como siempre que me pedía cosas, y sonreí.

—Y lo dices como si no fuera obvio —bromeé.

—Dejad de tiraros la caña mutuamente, que vamos tarde —dijo Sandra, entrando en el cuarto de baño de mi casa.

—Ya vamos, pesada —repliqué.

La puerta del baño estaba abierta, y Claudia asomó la cabeza para mirarnos con una ceja levantada.

—¿Vais a tardar mucho? Tengo pis —se quejó, mirándonos como si fuéramos una gran molestia.

—Eso mismo me pregunto yo. —Sandra asintió con la cabeza, dándole la razón.

—¿Tú no sales? —le pregunté a mi hermana.

—No —se limitó a contestar, pero cuando vio que la seguía mirando, rodó los ojos y decidió alargar su explicación—. No me gusta salir de fiesta.

—Eso decía yo a los quince, y mírame ahora —dijo Sandra, y Claudia la miró con impasibilidad.

—Tengo diecisiete —la corrigió, y se fue a su habitación sin decir nada más.

Hay que decir que mi hermana era borde a matar. Aun así, no era mala chica y, aunque a veces pudiera parecerlo, no me odiaba. De hecho, por sus acciones podría haberlo pensado perfectamente, pero era inusualmente protectora conmigo, y mira que yo era la mayor. Prueba de ello eran las dos veces en que casi mata a Daniel —cuando el muy iluminado se había presentado en mi casa— a sartenazos, cosa que no consiguió porque me puse en medio.

—Me cae bien tu hermana —anunció Sandra, con una sonrisa de oreja a oreja—. Es todo un misterio, pero tiene las cosas claras.

—Tú eres masoquista. —Reí, porque parecía que le gustara que fueran tan cortantes con ella.

Salimos de mi casa veinte minutos más tarde, aunque en realidad poco nos preocupaba no llegar a la hora porque conocíamos al resto, y lo más probable era que llegáramos las primeras.

Llevábamos unos días saliendo bastante. Algunas veces solo nosotras tres, otras con Miriam y sus amigas, otras se unían algunos de nuestros amigos de la universidad, a los que habíamos conseguido mezclar, y otras con la panda de locos con la que íbamos hoy. Y esa panda de dementes con los que las noches terminaban de formas cada vez más graciosas incluía a Max, evidentemente.

Solo que, esa noche, "gracioso" no era la palabra que usaría para describir lo que ocurrió, pero tampoco es una palabra negativa. En absoluto.

Como era de esperar, llegamos las primeras. Luego llegaron Max, Albert y Pablo, y finalmente Raquel y Adri al cabo de media hora.

Esa noche no tenía ganas de beber demasiado, así que me ceñí al vino blanco que había llevado, que era suficiente para achisparme, pero no para hacer que me encontrara mal. Max tampoco parecía interesado en coger la turca del siglo esa noche, porque solo bebió cerveza, igual que Adri. Los demás ya eran otra historia. Raquel y Sandra le estaban dando al vodka como si fuera lo mejor que habían probado en la vida, y Andrea estaba probando de combinar el ron con cosas raras. Yo solo esperaba que no terminara vomitando. Pablo seguía en su línea, con cerveza y marihuana, y Albert era de drogas más duras. La verdad es que no me sentía demasiado cómoda teniendo a alguien metiéndose cosas por la nariz tan cerca, pero tenía clarísimo que no era algo que me interesara probar en absoluto, así que tampoco le daba mucha importancia.

—¿Lo has probado? —le pregunté a Max, mirando a su amigo, y él se giró hacia mí con una ceja levantada.

—¿La coca? Qué va, me da muy mal rollo. —Negó con la cabeza—. Solo he probado la maría, el hachís y el LSD una vez, pero paso de todo eso. A un porro de vez en cuando no le digo que no, pero el resto no me va. Ah, también probé las setas, y fue una experiencia curiosa, pero para vivirla solo una vez.

—Vaya —respondí, mirando al horizonte mientras mi mente le daba vueltas al tema—. Yo también he probado las setas, y opino lo mismo. Estuvo interesante, pero fue todo demasiado loco.

Las había probado unos meses antes, con Fede y Elisa. Estábamos en un parque al lado de la montaña, en el norte de Barcelona, y había sido una experiencia peculiar, pero la sensación había sido demasiado rara como para que quisiera repetirla.

Max rió y apoyó la cabeza en mi hombro.

—¿Estás pensando en probar cosas? —me preguntó.

—Qué va —contesté—. Paso. Es un mundo en el que no quiero meterme.

—¡Gente! —nos llamó Raquel, considerablemente ebria, al poco rato—. Nos vamos, que la fiesta nos espera.

—Esta va de general del ejército, que se cree que somos sus ovejitas —me dijo Max, divertido.

—Tú, imbécil, te he escuchado. —Raquel lo señaló con un dedo—. Si yo fuera general, te pasarías el día pelando patatas.

—Al menos pelando patatas no me van a pegar un tiro. —Se encogió de hombros y reí antes de levantarme.

—Vamos. —Le tendí la mano, y Max sonrió antes de cogerla.

***

El club estaba lleno a reventar. Habíamos tenido suerte de haber decidido ir a una hora relativamente temprana, porque tenía toda la pinta que dentro de poco el aforo iba a estar completo y cerrarían las puertas de entrada.

Raquel, Pablo y yo estábamos en el piso inferior, en la zona de fumadores. La historia de Raquel con el tabaco era como la de ese amor al que no consigues dejar ir por más que lo intentes: a épocas no fumaba nada, y luego volvía a fumar unos meses, para terminar harta y dejarlo. Era un ciclo que había repetido varias veces. Yo nunca había sentido ningún interés especial por el tabaco, pero estaba con ellos porque esa noche Raquel estaba especialmente graciosa y me iba contando chistes malísimos con los que me reía a más no poder.

Por desgracia, el sentido del humor se le fue apagando, y empezó a ponerse sentimental, algo que no me esperaba hasta, por lo menos, tres horas más tarde.

—Ay, Julieta —dijo, rodeando mis hombros con su brazo y estrechándome contra ella mientras Pablo nos miraba como si estuviéramos dando un espectáculo digno del circo—. Qué puto asco que Max vaya a irse, joder. Sois mi pareja favorita. Si no estáis juntos, ¿a quién le propondré sexo grupal?

—Gracias, Raquel, eso es justamente lo que necesitaba escuchar ahora —contesté con sarcasmo, y ella me dejó un beso en la frente.

—Tú no te preocupes —me aconsejó, rescatando algo de su optimismo habitual—. Yo también estuve fuera cuando ya estaba con Adri y nos fue genial, ¿sabes? Lo eché de menos, pero no fue tan horrible.

—Ah, ¿sí? —pregunté, con una ceja levantada, porque esa historia no me la sabía—. ¿Cuándo?

—Uy, ya hace unos años —respondió—. Yo estaba en tercero de carrera y me fui de Erasmus a Italia. Una locura de país, por cierto. El caso es que estuve fuera casi seis meses, y aunque fui viendo a Adri y habíamos decidido abrir la relación, fue una buena experiencia. Luego, cuando volví, decidimos que eso de la relación abierta no era para nosotros, pero probarlo no estuvo nada mal.

—Me acuerdo de la primera vez que Adri estuvo con otra chica —dijo Pablo, divertido—. Al día siguiente vino a mi casa y estuvo rayándose durante horas.

—Pobrecito —dijo Raquel, negando con la cabeza, antes de soltar una carcajada—. Yo me lié con un italiano que decía cosas muy raras durante el sexo. Supongo que eran guarradas, pero es que no entendía una mierda de lo que decía porque me fui allí sin saber italiano.

Acto seguido se puso a intentar imitar lo que le decía el italiano, que yo tampoco comprendía pero sonaba muy sucio, y estallé en carcajadas. Solo de imaginar la situación y la cara que Raquel habría puesto —era muy expresiva, ella—, me reía aún más fuerte.

Subimos arriba poco después, mientras seguían dándonos ataques de risa cada vez que alguno de los tres intentaba decir algo en italiano, y estábamos prácticamente llorando cuando nos encontramos con el resto del grupo.

—Y ¿a vosotros qué os pasa? —nos preguntó Sandra casi a gritos, porque la música estaba muy fuerte, y cuando Raquel intentó decir no sé qué en un idioma que ya distaba mucho del italiano, me reí tanto que esta vez sí que se me saltaron las lágrimas.

—Ay, ya está contando la historia del italiano —dijo Adri, rodand los ojos, y Max se echó a reír, dando a entender que ya conocía bien esa historia.

Hasta hacía unos meses, me habría parecido una locura que una pareja, e incluso todo su grupo de amigos, pudiera tener bromas internas sobre gente a la que se habían tirado mientras estaban juntos, pero había aprendido tanto en el último año, que me parecía incluso algo ideal. Con Daniel era algo que ni siquiera podría haberme imaginado. Antes de él, lo único que había hecho con un chico era un beso, enrollarnos y esas cosas, y Dani me reprochaba hasta eso. Le daba rabia que hubiera estado con más gente a parte de él, aún teniendo en cuenta que había sido cuando aún no estábamos juntos.

Con Max, me parecía incluso sexy pensar que pudiera estar con alguien más. De repente me sentí eufórica porque me di cuenta de que, pese a que las circunstancias no eran las mejores, estaba justo donde quería estar: con una persona que me dejaba todo el espacio que necesitaba, que no era celoso en absoluto, y con el que podía hablar de cualquier cosa. Una lástima que esa fantasía fuera a acabarse en cuestión de semanas.

Poco más tarde, la broma del italiano ya se había evaporado, y estaba comiéndole la boca a Max. Así, tal cual. Una de sus manos sujetaba delicadamente mi mentón, y la otra rodeaba mi cintura. Habíamos perdido al resto hacía ya un rato, pero no es que nos preocupara demasiado. El tacto de su lengua acariciando la mía sin ninguna prisa hacía que me olvidara de todo, de la música sonando, de la gente bailando, e incluso de los cuerpos que de vez en cuando chocaban contra los nuestros.

Se separó y me miró. Su semblante se volvió serio durante un momento, pero luego sonrió y se mordió el labio. Imité su gesto y lo abracé, sintiendo la adrenalina que me daban sus besos recorrer todo mi cuerpo. Dejé un beso en su cuello y noté su piel erizarse bajo mis labios. Me sentí repentinamente abrumada por él, por su proximidad, por su tacto, su piel bajo la mía. Pero no de una forma negativa, solo que cada vez que hacíamos esto me daba cuenta de lo mucho que me dolería su partida. Cuando estaba con él todo parecía correcto, en su sitio. Él era donde quería estar.

En un arrebato de sinceridad borracha casi me salió decirle que lo dejaría todo y me iría a Auckland con él, e incluso pensé en pedirle que se quedara, pero por suerte Adri hizo una de sus apariciones inoportunas chocándose contra nosotros.

—¡A ver! —dijo en cuanto se recuperó del golpe, poniéndose recto y llevando las manos a sus caderas—. Que os estábamos buscando. Raquel dice que quiere hacer un brindis.

—¿Has venido a buscarnos para esta mierda? —le preguntó Max, incrédulo—. Pero si ya sabes que Raquel delira cuando bebe.

—Ya, pero es que si no venís se pondrá triste, y luego me tocará a mí aguantarla —rebatió él.

—Ay, qué mono. —Le pellizqué una mejilla y me miró con aburrimiento—. En realidad te duele que Raquel se ponga triste.

—No digas tonterías —gruñó.

Se giró y se fue, confirmando que mi teoría era cierta. Yo me reí, porque me parecía adorable cuando hacía como que no le importaba nada, y lo seguí. Pensaba que Adri tenía claro dónde estaba el resto, pero vi que el hombre estaba perdidísimo cuando habíamos dado dos vueltas y no aparecían. Él se paró en cuanto salimos de entre la multitud bailante a un lugar en el que había espacio para respirar, y se llevó las manos a la cabeza.

—¡Estaban aquí! —se quejó, y le di una palmadita en la espalda, como si me compadeciera de él.

Por suerte, no nos hizo falta buscar mucho más. ¿Sabéis eso de que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña? Pues eso es lo que pasó, pero en vez de Mahoma era Raquel con un pedo impresionante encima.

—¡Escarolilla mía! —gritó Raquel, apareciendo de repente tras abrirse paso con un poco de violencia entre una pareja que tenía pinta de estar a punto de liarse.

Miré a Max, que me devolvió la mirada con el ceño fruncido, y luego miramos a Adri, que rodó los ojos.

—¿Escarolilla? —le preguntó Max con una sonrisa burlona.

Cuando me fijé bien, me di cuenta de que su pelo sí tenía una forma muy parecida a la de la escarola, y cuando mi mente sustituyó su habitual mata de pelo por el vegetal mencionado, no pude evitar echarme a reír.

—Ya sabéis lo original que es ella —contestó justo antes de que Raquel se tirara encima de él.

La bebida de la susodicha salió volando hasta estamparse contra la pared, y Andrea, detrás de ella, se llevó la mano al pecho, asustada.

—¡Será bruta! —gritó, agachándose para ver el desastre que nuestra amiga había causado en el suelo, que estaba lleno de trozos de cristal.

Típico de Andrea: preocuparse por nimiedades incluso habiendo bebido. Yo no sé cómo podía vivir con tanto estrés encima.

—Ay, ahora tendré que ir a por otra para hacer el brindis —dijo.

—Yo creo que con que te pidas una Coca-Cola ya haces —le aconsejé, porque aunque la mujer tenía aguante con el alcohol, al día siguiente iba a pasarlo fatal.

Es curioso cómo, cuando sales una noche y no bebes —o bebes poco, como era mi caso—, te das cuenta del nivel de alcoholismo y demacración de tus amigos. Y más aún saliendo con esa gente.

El resto del grupo apareció poco después. Sandra bailaba mientras caminaba, y Pablo se reía de algo que Albert le estaba diciendo.

—Yo también tendré que pedir algo más —dije en cuanto estaban todos ahí, en parte porque no quería que Raquel fuera y se bebiera la barra entera, que la mujer cuando bebía se pensaba que era una superheroína.

Así que fuimos a la barra junto con Max y Pablo para pedirnos algo más. Había mucha gente esperando para pedir o simplemente tomándose sus copas y hablando ahí en medio, sin dejar espacio para los demás —cosa que a mí me molestaba mucho—. Hice uso de la mítica técnica de los codos y los usé para abrirme paso de una forma muy descarada entre la gente, para luego apoyarlos en la barra. Me gané un par de malas miradas, pero al menos entendieron que la barra era para pedir, y no para estar ahí de pie estorbando. Se apartaron, y Max se puso a mi lado, dejando un beso esporádico en mi hombro. Sonreí y acaricié su pelo antes de ponerme manos a la obra en la ardua tarea de conseguir la atención de algún camarero o camarera.

Unos minutos más tarde, por fin se nos acercó un camarero. Max pidió dos cervezas, una para él y otra para Pablo, y yo me lo estaba pensando cuando la cara de Raquel apareció por detrás para apoyarse en mi hombro.

—¡Yo quiero un ron cola! —exclamó para que pudiera escucharla bien.

Luego se apartó, y me acerqué al camarero.

—Dos colas, pero sin ron, por favor —le pedí.

Raquel iba tan pedo que ni se iba a enterar de que eso no llevaba ron.

El camarero se rió, y asintió con la cabeza antes de ponerse a buscar las bebidas y a preparar las cervezas. Me puse a observar a la gente trabajando, preparando bebidas, cuando unos ojos claros, cuyo color exacto no podía distinguir, acapararon mi atención. Una chica, que debería tener poco más de mi edad, me miraba con una sonrisa enigmática, y se la devolví sin pensar mucho en ello. La verdad es que me pareció muy guapa, y tenía un qué, algo que la hacía aún más atractiva. Probablemente fuera ese aura de misterio que la envolvía, parecido al de Max cuando apenas lo conocía.

Nos sirvieron las bebidas, y Max se giró para darle su cerveza a Pablo. Fue entonces cuando la camarera de ojos claros se acercó a mí con una sonrisa de lado, y ahí empezó la noche de verdad.

Apoyó los hombros en la barra, imitando mi postura, y se acercó a mí.

—Tu novio es muy guapo —me dijo, y no pude evitar sonreír ante el tono que usó, que se mantenía en su línea de misterioso, pero sonaba seductor a la vez.

Justo lo que a mí me ponía.

Pasé de decirle que, técnicamente, Max no era mi novio, porque la verdad es que tenía la cabeza en otras cosas, y a efectos prácticos éramos casi una pareja.

—Lo es —contesté, girando la cabeza ligeramente para mirar a Max, que hablaba con Pablo, ajeno a lo que estaba pasando a su lado.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó, con interés.

—Julia —contesté, apoyando mi mentón en mi mano—. ¿Y tú?

—Gala —respondió, y lo primero que pensé fue que el nombre le encajaba a la perfección, y mira que ni siquiera la conocía.

Estuve hablando con ella un buen rato. Ni siquiera recuerdo de qué, pero hubo comentarios con segundas intenciones, y muchos de ellos bastante directos. Estaba calentándome y empezando a hacer planes mentales hasta que Raquel prácticamente me arrastró de vuelta a la pista para hacer su tan esperado brindis. Una vez hecho —ella se agachó hasta el suelo para apoyar el vaso porque quien no apoya no folla, de toda la vida, así que yo también me uní—, le dio un largo trago a su bebida y hizo un sonido de placer, a lo que yo sonreí. No se había ni dado cuenta de que ese vaso no llevaba absolutamente nada de ron. Misión cumplida.

En un momento de la noche volví a perderme, pero esta vez sola. Estaba bailando, sin que el hecho de haber perdido a mis amigos me importara, y entonces vi a Gala caminando hacia mí con una sonrisa. Casi al mismo momento, noté una mano en mi hombro, y me giré para encontrarme a Max.

—Por fin te encuentro —me dijo—. Tú siempre perdiéndote por ahí.

—Lo hago porque sé que vendrás a buscarme —contesté con una sonrisa, y él soltó una carcajada, sonrojándose un poco, como si lo hubiera pillado.

No pude resistirlo y lo besé, siendo perfectamente consciente de que Gala nos estaba viendo, pero de alguna forma eso hacía que me gustara aún más.

—¿Marcando territorio? —preguntó su voz a mi lado, claramente divertida.

Nos separamos y vi a Gala mirándonos con una sonrisa.

—No soy de hacer ese tipo de cosas —respondí.

—¿Sabes compartir, entonces? —preguntó, y Max soltó una carcajada porque parecía hacerse de una idea de por dónde iba encaminada esa conversación.

—Por supuesto —contesté, y ella me miró con diversión.

La mano de Max dejó una sutil pero intencionada caricia en mi pierna. No lo miré, pero la sonrisa que se dibujó en mis labios probablemente lo decía todo.

—Y tú, ojos bonitos, ¿cómo te llamas? —inquirió Gala, centrándose en Max y mirándolo como si fuera un postre delicioso.

Tampoco podía culparla: Max estaba para comérselo, era un hecho y yo lo sabía mejor que nadie.

—Podría decir lo mismo —contestó él con la voz algo ronca, señal de que le gustaba lo que estaba ocurriendo, y noté un sutil pinchazo de placer—. Soy Max. Y tú eres...

—Gala —se presentó, y cuando fueron a darse dos besos, ella giró la cara y lo besó, sin más.

Y, lejos de hacerme sentir mal, casi se me caen las bragas.

Max sonrió en su boca y le devolvió el beso con ganas. Estaba excitado, lo conocía, y sabía que el rubor que iba creciendo en sus mejillas estaba relacionado con eso, poco tenía que ver con las no tantas cervezas que se había bebido.

Se separaron a los pocos segundos y me acerqué a ellos. No dije nada porque ni siquiera me pareció necesario, solo llevé mi mano a la mejilla de Gala, acariciándola para luego dejarla posada ahí, y la besé.

Sabía a fresa y a pecado. Pero pecado del bueno, de ese que hace que te sientas viva, y más porque sabes que estás haciendo algo que no todo el mundo vería bien. Que le jodieran a todo el mundo. En ese momento, nada parecía más correcto que eso.

Luego besé a Max, y volví a besar a Gala, y ellos volvieron a besarse y empezó a descontrolarse la cosa, aunque siempre en positivo. Gala me acariciaba el cuerpo sin ningún tipo de pudor y, aunque había interceptado alguna mirada morbosa, a nadie parecía importarle, porque estaban demasiado ocupados bebiendo y bailando.

—Vamos —dijo Gala con una sonrisa enigmática, y me cogió de la mano.

Max nos siguió escaleras arriba. En un principio pensaba que nos estaba llevando a su casa, pero cuando pasamos de largo la puerta que daba a la calle y seguimos subiendo por unas escaleras mucho más discretas, no pude evitar morderme el labio.

Gala se sacó un juego de llaves del escote y, con una de las más pequeñas, abrió una de las puertas a las que llegamos al final de las escaleras. Las paredes eran negras y las puertas también, así que no tenía ni idea de qué habría detrás. Cuando entramos, me encontré con una sala iluminada con luces rojas, con un amplio sofá y una mesa.

—Esta se supone que era una sala de descanso, pero es donde la jefa suele traer a sus ligues —nos explicó mientras volvía a cerrar la puerta con llave—. Estos días está fuera, y una sala así de caliente no puede quedar desaprovechada.

Mientras ella hablaba, la mano de Max, que estaba detrás de mí, encontró su camino por debajo de mi vestido. Subió con una caricia hasta llegar a mi punto más sensible. Lo acarició tan suavemente que hizo que la tensión volviera a vibrar entre mis piernas.

—Tócame —le susurré al oído, y él sonrió antes de besarme.

Incliné la cabeza hacia atrás para poder besarlo como era debido. Él presionó su dedo ligeramente justo encima de mi clítoris y gemí en su boca. Empezó a frotar poco a poco, de una manera casi dolorosa, porque sentía que si lo hacía más rápido podía incluso llegar a correrme, así, con tan poco.

—Así que empezando sin mí —la voz de Gala me devolvió al mundo terrenal, y la miré, notando mis labios mojados y con la mano de Max aún trabajando lentamente ahí abajo.

—Ven —le dije, y ella obedeció, tirando las llaves encima de la mesa y quitándose la camiseta mientras venía.

No llevaba sujetador, y me encontré con unos pechos que tranquilamente doblaban el tamaño de los míos —aunque no lo digo desde la envidia porque yo estaba muy contenta con mi delantera—. Los pezones estaban adornados por un piercing en cada uno, y cuando se acercó a besarme no pude resistir la tentación de pellizcar uno. Ella gimió antes de liberar una risita, y esta vez nuestros labios sí se tocaron. Pude notar la erección de Max en mi culo, y me froté contra él. Su respuesta fue introducir dos dedos en mi interior de golpe, y grité, rompiendo el beso. Empezó a moverlos rápidamente y me deshice en gemidos. De mientras, Gala aprovechó para bajar los tirantes de mi vestido y atacar mis pechos con su boca. Estaba tan cerca que sentía que iba a romperme en cualquier momento, y entonces Gala habló.

—Métesela —le dijo a Max—. Se está muriendo de ganas.

Noté la risa traviesa de Max vibrar en su pecho, en el que tenía la espalda apoyada, y empezó a bajarse los pantalones sin dejar de masturbarme.

—No puedo más —dije en un sollozo—. Estoy muy cerca...

Max retiró sus dedos y solté un gruñido de frustración. Tenía auténticas ganas de llorar, porque había parado justo cuando estaba a punto. Gala me besó y pellizcó uno de mis pezones, haciéndome gemir. Cuando Max se hubo bajado los pantalones, noté su polla dura contra mi culo, y me mordí el labio. Escuché cómo rebuscaba en sus pantalones y, al poco rato, mientras Gala seguía besándome, el sonido del condón siendo retirado de su envoltorio. Se lo puso, y me puse de puntillas casi instintivamente. Max se agarró con una mano de mis caderas, y con la otra guió su miembro hacia mi entrada para deslizarse dentro de mí.

No tuvo piedad. Empezó a hacérmelo rápido, sin pausa, y mis jadeos cada vez iban acercándose más a gritos. Gala volvió a besar mis pechos, ya que parecía haberse dado cuenta de que era uno de mis puntos más sensibles, y cuando siguió bajando para empezar a lamer mi clítoris, sollocé de placer. Pocos segundos después estaba llegando a un orgasmo arrollador, como había tenido pocos, y fue tan fuerte que, cuando terminó, casi no podía ni sostenerme en pie.

Max salió de mi interior, con la respiración entrecortada, y estaba tan duro que supe que le quedaba muy poco, así que le quité el preservativo, tirándolo al suelo sin preocuparme por nada más y, con las fuerzas que me quedaban, me agaché delante de él. Lo introduje en mi boca y empecé a mover la cabeza.

—Oh, joder —gimió Max, y una de sus manos viajó a mi pelo, para enredar sus dedos en él. Luego miró a Gala—. Ven aquí.

Gala se acercó a él y pude escuchar cómo se besaban. Tanto el sonido como la situación eran tan calientes que tardé muy poco en estar encendida otra vez, y bajé mi mano a mi sexo para empezar a tocarme. Gala gemía en la boca de Max, y cuando levanté la mirada pude ver que sus pantalones cortos estaban bajados y él la tocaba.

—Julia —dijo de repente—. Me voy a correr...

Empecé a ir aún más rápido y los gemidos de Max fueron en aumento, en sintonía con los de Gala, hasta que se vació en mi boca.

Me levanté y Max se sentó en el sofá, respirando entrecortadamente. Se había quitado la camiseta en algún momento, seguramente mientras yo le daba placer con mi boca, y ver su cuerpo brillando por el sudor me hizo querer sentarme encima de él. Le di una mirada de súplica y rió, agotado.

—Dadme un par de minutos —nos pidió—. Estoy seguro de que podréis divertiros sin mí.

Liberé una risita y me giré, encontrándome directamente con los labios de Gala. Le seguí el beso sin pensármelo dos veces y ella terminó de quitarse los pantalones. La empujé suavemente hacia el sofá, y se sentó al lado de Max. Yo tomé asiento encima suyo, colocando mi sexo encima de sus piernas, y bajé la cabeza para lamer uno de sus pechos. Escuché un sonido de placer por su parte y seguí, notando el curioso tacto del metal de su piercing en mi lengua, junto con el de la suave piel de sus pechos y sus duros pezones. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero sabía que a mí me encantaba que me lo hicieran, y por sus gemidos no debía de estar haciéndolo mal.

Entonces me arrodillé delante de ella, y Gala abrió sus piernas instintivamente. Nunca había visto un coño ajeno así, abierto y tan cerca de mí. Era de un color rosado algo más oscuro que el mío, y brillaba por algunas partes a causa de los fluidos. Llevé mi boca ahí y al principio me sentí extraña, pero empecé a mover mi lengua y, para qué negarlo, me gustó la sensación. Ella movía sus caderas en dirección a mi boca, y de repente noté a Max acercarse para empezar a dejar mordiscos y a lamer distintas partes de su cuerpo, especialmente en los pechos. Gala cada vez gemía más, y de repente empezó a mover sus caderas aún más rápido hasta que se corrió entre gritos.

Me levanté y ella sonrió, mirándome. Parecía estar algo cansada, pero de repente agarró la polla de Max y pasó el dedo pulgar por la punta, haciendo que él jadeara.

—Yo también quiero un poco de esto —dijo, lamiéndose los labios.

Se levantó rápidamente para ir a buscar un condón en el bolsillo de sus pantalones, y cuando volvió no perdió el tiempo. Sacó el preservativo del envoltorio rápidamente y lo deslizó por la polla de Max. Él seguía sentado, mirándola con expectación, y cuando se sentó encima de él, introduciéndoselo dentro, ambos gimieron. Y joder si era caliente. Ella empezó a moverse con brío y, sin previo aviso, Max introdujo tres dedos de golpe dentro de mí. Grité porque no me lo esperaba y él paró, mirándome con preocupación. Asentí con la cabeza para que viera que todo iba bien, y empezó a mover sus dedos rápidamente dentro de mí.

Fue una de las cosas más calientes que he hecho nunca: los tres gimiendo, Gala moviéndose encima de Max y acariciando su abdomen, Max tocándome y dándole placer a ella con la boca en sus pechos, y en sus labios de vez en cuando... Hasta que, de repente, sonó la alarma de un móvil.

—Mierda —dijo Gala, parando de golpe y levantándose—. Señal de que se me ha acabado el descanso.

No pude evitar echarme a reír. ¿Había aprovechado su descanso para hacer un trío? Decididamente, era una mujer peculiar.

—¿Estás en tu descanso? —preguntó Max, divertido con la situación.

—Se me podrá culpar de muchas cosas, pero no de desaprovechar el tiempo —dijo ella mientras se vestía, y volví a reír.

En cuanto estuvo completamente vestida, se acercó a nosotros, nos dio un pico en los labios a cada uno, y con una sonrisa traviesa señaló las llaves.

—Terminad lo que hemos empezado, vosotros que tenéis tiempo —nos sugirió—. Eso sí, devolvedme las llaves en la barra, e intentad ser sutiles.

Max asintió con la cabeza, y yo ni siquiera esperé a que ella se hubiera ido para adoptar su anterior posición encima de Max y dejar que se deslizara dentro de mí.

—Así que vuelves a estar ansiosa —dijo él, cogiéndome de las caderas, y no me dejó responder porque empezó a dar embestidas hacia arriba.

Escuchamos la risita de Gala antes de que dejara las llaves que había usado para volver a abrir la puerta y se fuera. Apenas tuve tiempo de preocuparme por el hecho de que ya no estaba cerrado con llave y podía entrar cualquier persona, porque estaba en el cielo con el ritmo con el que Max me lo hacía.

—Julia —me llamó y lo miré, para encontrarme con sus ojos verdes mirándome intensamente, su cabeza echada hacia atrás y sus mejillas ruborizadas por la excitación y el esfuerzo—. Te quiero tanto, Julia, tanto...

Sonará a cliché, pero en cuanto dijo eso, me corrí. Mis dedos jugando con mi clítoris también tuvieron un papel muy importante en eso, pero sus palabras me dieron un subidón de adrenalina que no sé explicar. Max no tardó en seguirme y noté cómo su miembro se contraía dentro de mí, soltándolo todo dentro del preservativo.

Me abracé a su cuerpo y acaricié su pelo sudado mientras él hacía lo mismo con mi espalda. Mi móvil empezó a vibrar en mi bolso, que estaba en el suelo, y nos obligó a volver a la realidad, porque era seguro casi al cien por cien que era alguno de nuestros amigos buscándonos. A ver cómo les explicábamos dónde habíamos estado... Aunque a Sandra y Raquel les iba a encantar escucharlo.

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