Once

Me gustaría poder decir que desperté con el canto de los pájaros, con un rayo de luz agradable dándome calor, o con el cuerpo de Max haciendo la misma función, pero desperté porque el susodicho me había robado la manta mientras dormíamos y me estaba muriendo de frío.

Dormir a la orilla de un lago, en una furgoneta y en un país del hemisferio sur puede sonar precioso, y lo es, pero la cosa se tuerce un poco cuando duermes con un ladrón de mantas.

Mi primer instinto, antes incluso de abrir los ojos, fue tirar de la manta para que volviera a su lugar, es decir, a mi cuerpo, pero me era imposible. Por más que tirara, no había manera de sacarla de ahí. Abrí los ojos y comprobé que ya era de día, antes de ver que Max estaba completamente enrollado en la manta.

—Max —lo llamé en un susurro y ni siquiera se inmutó, así que volví a probar en voz alta—. Max, la manta.

Entonces sí que reaccionó, pero en forma de un gruñido y de aferrarse aún más a la manta. Visto el poco éxito, no me quedó más que pasar a la acción y tirar de la manta. Max volvió a quejarse pero se despertó a los pocos segundos y me miró con una ceja levantada.

—Así que intentando robarme la manta, ¿eh? —preguntó, divertido.

No entiendo cómo podía estar de tan buen humor segundos después de levantarse.

Abrí la boca para protestar y defenderme, pero la mano de Max en mi brazo tirando de mí hasta que aterricé a su lado me lo impidió. Se desenrolló de la manta y me tapó con ella, pegándome a su cuerpo. Él no llevaba camiseta ni pantalones y yo solo llevaba una camiseta y mis bragas, y por mucho que hubiera pasado la noche anterior, de repente me sentía muy expuesta. No hasta el punto de estar incómoda, sino más como que me daba vergüenza.

Aún así, cuando me topé con el calor del cuerpo de Max, fue como si toda la tensión desapareciera. Mi cuerpo se relajó y, cuando los nervios desaparecieron, cerré los ojos. Nos quedamos en silencio durante varios minutos, hasta que la alarma que habíamos puesto empezó a sonar. Entonces nos separamos, nos vestimos y el viaje continuó.

Llegamos a la isla Sur a las seis de la tarde. El trayecto en ferry había durado tres horas que Max y yo habíamos pasado escuchando música y durmiendo. Por la mañana habíamos viajado cuatro horas más desde el lago hasta Wellington y habíamos visitado la capital muy rápidamente, así que estábamos cansados.

La ciudad en la que nos dejó el ferry no tenía nada de interesante, así que simplemente cogimos la furgoneta y nos fuimos. La idea era ir hasta un pueblo cercano a una playa muy famosa, que quedaba a una hora de allí, pero a medio camino hubo un... llamémosle giro en los acontecimientos.

Paramos en una gasolinera porque la furgoneta llevaba ya un buen rato en reserva. Además, estirar las piernas nunca iba mal, y más cuando llevabas horas metida en diferentes medios de transporte que apenas te permitían moverte.

Max se quedó en el coche para poner la gasolina y yo fui a la tienda a pagar y a comprar algunas cosas para el viaje de dos horas que todavía teníamos por delante. Cogí un par de chocolatinas, más agua, galletas, y estuve buscando a ver qué más podía coger cuando pasé por la sección de los preservativos. Por suerte había la misma marca que en España, así que ya me conocía la gran mayoría, pero había algunos que no había probado y no pude evitar examinarlos durante un rato para ver cuál podíamos probar. Y eso me llevó a pensar en lo que el hecho de comprar preservativos nos permitiría hacer.

Estaba nerviosa, pero me moría de ganas de que ocurriera. Para mí estaba siendo casi como un sueño, porque ni en mil años me habría imaginado que habría hecho eso con Max. Hasta aquel entonces, yo pensaba que para él era una cría y que no me tomaba demasiado en serio, y darme cuenta de que no era así fue, por decir poco, inesperado.

—¿Con puntos y estrías? Suena interesante —la voz de Max leyendo la descripción de la caja de condones que tenía en la mano me sacó de mi ensoñación y lo miré como si se hubiera aparecido cual fantasma.

—¿De dónde sales tú? —pregunté, devolviendo la caja a su sitio como si me hubieran pillado haciendo algo malo.

—No venías y me estaba aburriendo. —Se encogió de hombros, y alzó la mirada a la sección de condones—. ¿Alguna preferencia?

—¿Tú tienes alguna? —respondí con otra pregunta para evitar contestar, porque preferencias sí tenía, pero me daba algo de corte comentarlas con él cuando tampoco éramos tan íntimos.

—Si me pusiera gracioso te diría que los XL, pero ya sabes que no es el caso, así que el de puntos y estrías este parece interesante —contestó, cogiendo la caja que yo acababa de dejar, y me eché a reír.

Fui a pagar la comida, los preservativos y la gasolina y volvimos a la carretera. Todo fue bien durante la primera media hora, pero de repente notamos un golpe, como si hubiéramos pasado por un pequeño bache, o algo así. Max frunció el ceño y noté cómo la furgoneta se desviaba ligeramente hacia la derecha.

—Joder —gruñó.

—¿Qué pasa?

—Creo que hemos pinchado.

Condujo como pudo hasta una zona en la que pudo salir de la carretera y nos bajamos de la furgoneta para comprobar que, efectivamente, una de las ruedas delanteras estaba pinchada. Y, por si fuera poco, no teníamos rueda de repuesto.

La poca suerte que nos quedaba quiso que hubiera un pueblo a pocos metros de esa salida, así que Max condujo a velocidad reducida hasta el primer taller mecánico que vio y dejamos la furgoneta ahí. Tuvimos que pagar la rueda y, ya que estaban, nos la pusieron, pero para cuando terminamos ya habían pasado dos horas, se nos había hecho de noche. Además, tener que pagarlo todo no fue una buena noticia para el bolsillo de ninguno de los dos, así que los ánimos no estaban muy altos, que digamos.

—No creo que nos dé tiempo a ir hasta donde queríamos —dije, mirando las indicaciones del mapa en mi móvil y viendo que todavía nos quedaban dos horas de viaje—, aunque podemos intentarlo.

Max se quedó callado unos segundos, y se quedó mirando algo al otro lado de la calle. Seguí su mirada hasta que vi yo también el bar de carretera que había justo delante del taller, y al lado de este había un edificio más alto con un cartel en el que se leía "Motel".

—¿Y si...? —empezó a plantear, y sonreí.

Media hora más tarde ya estábamos registrados en el motel y habíamos pedido la cena en el bar. Apenas había gente a esas horas, solo algún que otro anciano que leía el periódico y un par de personas más cenando. Comimos en silencio, porque estábamos cansados del viaje y porque sonaba música de los ochenta y no podía evitar centrarme en ella mientras cenaba. En lo que sí que me fijé fue en que, a medida que pasaba el tiempo, el bar se iba llenando más y más, hasta el punto en que cuando terminamos de comer estaba lleno.

No lo habría definido como un pub juvenil porque era demasiado cutre para serlo y porque, aunque había un grupo de gente de jóvenes, la media de edad estaba en los cuarenta años.

—Oye, ¿quieres tomar algo? —sugirió Max, y miré a la barra para ver que tenían todos los licores que uno podía imaginar.

—No es mala idea —concordé con él y fuimos a pagar la cena y a pedir algo de beber.

Max pidió una cerveza; yo necesitaba algo más fuerte para resistir la tentación de irme a dormir, así que pedí un Martini. Y, aunque el bar era muy cutre, sabían hacer buenos cócteles, porque me pusieron incluso una aceituna.

—Vale, vamos a ver: en una escala del uno al diez, ¿cómo de insoportable es trabajar con Adri? —me preguntó Max cuando yo iba por el segundo Martini y él se había pasado al ron cola.

Me eché a reír como si me hubiera contado el mejor chiste del Universo —el alcohol, que hace esas cosas— y me paré a pensarlo unos segundos.

—Tampoco es tan malo —dije, y él me miró con una ceja levantada.

—Eso es que aún no lo conoces bien —me aseguró—. Llevo con él toda la vida, está fatal.

—Como si tú estuvieras mejor —contesté, y él solo sonrió.

Nos quedamos callados unos segundos, cada uno bebiendo lo suyo, y Max se me quedó mirando.

—¿Qué planes tienes para cuando vuelvas a Barcelona? —me preguntó, seguramente para sacar algún tema de conversación, pero pensar en un futuro después de volver de Auckland se me hacía extraño, e incluso un poco doloroso.

Estar en Nueva Zelanda era como vivir otra vida. Sí, tenía presente a mi familia y a mis amigas, pero estando tan lejos y en un entorno tan diferente, era como estar en una nube... Aunque quizás "burbuja" se acercaría más al término correcto, porque en algún momento iba a estallar y me iba a encontrar de nuevo en Barcelona, y sin Max.

—Me iré unos días a la Costa Brava con mis amigas —comenté—. Ah, y también me tocará volver a estudiar para la Sele. Qué palo.

—¿Con la amiga de los cuernos incluida? —preguntó, levantando una ceja.

—No, no —negué rápidamente—. Sería rarísimo.

Marta no entraba en ese plan. Decididamente no.

—Ya decía yo...

—Y tú, ¿qué harás en las próximas semanas? —le pregunté antes de dar otro sorbo a mi copa.

—Pues mira, esta semana y la que viene seguiré disfrutando de una muy agradable compañía femenina —dijo, intentando sonar formal y serio, y me hizo sonreír—. Y luego... Pues seguir con el proyecto, supongo.

En ese momento empezó a sonar September, de Earth, Wind & Fire y sonreí como una niña porque de pequeña me encantaba esa canción.

—Con el repertorio musical de hoy están abarcando casi cuarenta años de historia musical —comentó Max, y me eché a reír porque tenía razón. En media hora habían sonado, que yo recordara, Lady Gaga, Elvis Presley, Nirvana y My Chemical Romance, y si ahora le sumábamos este grupo quedaba un popurrí de lo más extraño, pero le añadía aún más encanto al lugar.

—A mí no me parece mal —contesté—. De hecho, me gusta mucho esta canción.

—¿Quieres ir a bailar como si estuviéramos en los setenta? —preguntó—. Es lo que está intentando hacer toda la gente en la pista.

Miré hacia el pasillo entre el bar y las mesas, que no podía considerarse una pista de baile pero la gente se había conformado con eso, y vi que, efectivamente, había personas haciendo movimientos dignos de Saturday Night Fever.

—Me encantaría —contesté, y tendí mi mano como si fuera una señorita de la era victoriana, que decididamente estaba lejísimos de la época disco, y Max se mordió el labio, divertido, antes de levantarse y cogerme la mano.

Nos llevamos las copas, porque el alcohol acallaba el sentido del ridículo, y nos pusimos la lado de un grupo que lo estaba dando todo con la canción. Hicimos ademán de bailar pero terminó rápidamente en un ataque de risa porque, seamos honestos, no teníamos ni idea de bailar, y menos música disco. John Travolta había contribuido a que bailar eso pareciera muy fácil, pero no lo era en absoluto.

Cuando se nos pasó el ataque, Max coló una mano por mi cintura, pasándola por mi espalda, y me pegó un poco más a él. Sonreí y di un trago a su copa sin pedirle permiso, algo a lo que él no se opuso en absoluto, y al mirar hacia arriba me encontré con sus ojos verdes mirando a los míos.

Lo miré y, de repente, me entró miedo. Miedo por todas las cosas que podían salir mal, que eran muchas. En menos de dos semanas yo me iría y él se quedaría ahí, a miles de kilómetros de mí, y pensé que no podía permitirme caer demasiado por él justo antes de darme cuenta de que ya lo había hecho.

Max pareció ver el miedo en mis ojos, y me besó. Me besó en esa pista de baile improvisada, haciendo que la gente cantando a gritos, September y el tacto frío de la bebida en mi mano dejaran de existir. De repente solo estábamos él y yo, en la otra punta del mundo, y todo lo que podía salir mal ya no tenía importancia. Durante unos segundos, solo estaba el calor de su boca tocando la mía, y su lengua pidiendo permiso para entrar. Tranquilamente, sin prisa, porque en ese momento no la teníamos.

Dejamos las bebidas a medio terminar y en minutos estábamos en la habitación del motel, besándonos con su espalda contra la puerta y mi cuerpo presionándose con el suyo como si necesitara de su calor para poder funcionar.

—Julia —dijo contra mi boca—. ¿Estás borracha?

—No —contesté—. ¿Tú?

Estaba bebida, achispada, pero no se podía decir que borracha. Era plenamente consciente de todo lo que estaba pasando.

—No —respondió, y su boca volvió rápidamente a la mía.

No tenía tiempo para tener vergüenza o cortarme, así que mis manos se deslizaron por debajo de su camiseta y acaricié su suave piel. Apenas tenía pelo en el torso, solo una fina línea debajo del ombligo, que acaricié y noté cómo su abdomen se tensaba por la proximidad a su zona más sensible.

Sus manos jugaron por un segundo con el borde de mi jersey hasta tirar de este hacia arriba, junto con mi camiseta, y me separé de sus labios el tiempo justo para sacármelo.

Él se sacó su camiseta rápidamente y la dejó caer al suelo, al lado de la mía. Llegamos a la cama sin apenas separarnos y Max se echó hacia atrás, quedando echado conmigo encima. Su dedo índice recorrió mi escote, acariciando los bordes de mi sujetador, y pude notar mi piel erizarse. Ni siquiera habíamos encendido la luz de la habitación, pero la luz roja del rótulo de neón que anunciaba el motel me permitía verlo bien y le daba un toque aún más erótico a toda la situación.

En su clavícula había tatuado un avión de papel. Lo acaricié, así como la luna que había en su brazo, pero no pregunté qué significaban, no dije nada porque me bastaba con su mirada.

Me levanté, decidida a pasar a la acción, y me deshice de mis pantalones. Max no hizo nada, solo se quedó mirándome con expectación. El bulto en sus pantalones era más que notable, y me acerqué a él de nuevo para desabrochárselos y bajarlos. Ya estábamos los dos en ropa interior, y yo podía notar la humedad en mis bragas. Llevaba tiempo sin estar tan excitada, y no sabía ni por dónde empezar.

No quise esperar más. Cogí un preservativo de la caja que habíamos comprado ese mismo día, lo abrí y Max se bajó los calzoncillos para que pudiera ponérselo. Sujeté la punta del plástico entre mis dedos pulgar e índice y lo desenrollé por su polla.

Ni siquiera me quité las bragas. Di gracias a la existencia de la ropa interior elástica, la hice a un lado y me senté encima de Max poco a poco, introduciéndolo en mi interior y notando cada centímetro que entraba en mí. Cuando llegué hasta abajo, gemí y empecé a moverme.

En condiciones normales me habría dado vergüenza ponerme encima, pero el alcohol me había metido en la cabeza la muy acertada idea de que no tenía tiempo para andarme con tonterías, así que me desinhibí e hice lo que quería.

Max gimió y me bajó el sujetador para pellizcar mis pezones, consiguiendo que soltara un grito que lo hizo sonreír. Siempre habían sido mi punto débil, y como quedaba poco para que me viniera la regla estaban todavía más sensibles.

Sus manos se posaron en mis caderas y acompañaron mis movimientos, dándome cuerda para ir aún más rápido. Entonces las movió a mi cuello y me acercó a él para besarme, empezando a moverse él también. Fue un beso húmedo y descoordinado. Yo no podía parar de gemir en su boca y Max también lo hacía de vez en cuando, excitándome cada vez más y más.

Entonces me abrazó, y nos giró en la cama de forma que quedó él encima. No perdió ni un segundo y empezó a moverse, dentro y fuera de mí. Se separó lo justo para poder mirarme a los ojos, y me apartó un mechón de pelo de la cara.

—Max —gemí su nombre y su rostro adoptó una expresión de placer.

—Julia —susurró, acercándose a mi oído—. Me correré.

Mis manos fueron a su culo y lo apreté aún más contra mí, desesperada.

—Hazlo —supliqué, porque me moría por ver cómo se corría estando dentro de mí.

No se hizo esperar; pronto sus gemidos fueron más fuertes y constantes, y noté su polla contraerse en mi vagina hasta que paró de moverse.

Se quedó unos segundos abrazado a mi cuerpo y acaricié su espalda con los ojos cerrados, absorbiendo todo lo que había ocurrido.

Pero, entonces, se separó y, tras deshacerse del preservativo, se arrodilló delante de mí.

—¿Qué...? —iba a preguntar, pero la respuesta llegó por sí sola cuando su lengua encontró mi clítoris— ¡Oh!

Si antes de eso pensaba que no había nada que Max hiciera mal, me reafirmé aún más en esa idea cuando me dio el mejor sexo oral de mi vida. Antes de él solo lo había hecho con Dani, y no estaba mal, pero lo de Max era otro nivel.

Parecía saber todo lo que me gustaba. Lamía, succionaba en los puntos exactos, y cuando subió las manos por mi cuerpo para jugar con mis pechos, creí que iba a deshacerme. No pasó mucho hasta que noté el orgasmo empezar a construirse, y apenas tuve tiempo de extrañarme por estar llegando tan rápido cuando había tenido un orgasmo el día anterior, porque llegué. Gemí sin que me importara si los vecinos venían a quejarse, y me removí en la cama mientras todo dentro de mí estallaba para convertirse en placer.

Cuando Max se levantó, vi que volvía a tenerla dura, y reí.

—Creo que no aguantaré uno más, me dará un infarto —dije, aún recuperandome del orgasmo.

—Yo tampoco creo que pueda —contestó con una sonrisa, y se echó a mi lado—. Mañana tendremos la energía recargada para más.

Me mordí el labio, y Max dejó un beso en mi frente antes de que nos metiéramos en la cama. Y nos quedamos dormidos, agotados pero satisfechos, sin ni siquiera habernos vestido.

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¡Hola! I'm back.

Ya avisé, pero he estado esta última semana sin publicar porque estaba trabajando en la publicación en papel de Conociendo a Noah. El trabajo ya está terminado, así que las actualizaciones vuelven a la normalidad a partir de hoy :)

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