Diez
Aclaraciones iniciales (para que nadie se pierda):
*Nueva Zelanda está dividida en dos islas: la Norte (donde está Auckland) y la Sur.
*Bachillerato son dos cursos del instituto que se hacen en España y sirven para prepararse para la Selectividad, el examen de acceso a la Universidad. Se hacen entre los dieciséis y los dieciocho años (no es obligatorio).
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—¿Lo tienes todo listo? —me preguntó Max, y yo asentí con la cabeza justo antes de recordar que, de hecho, no lo tenía todo listo.
—Ay, no —me corregí—. Me dejo el jabón.
—Yo creo que como mucho os ducharéis en una cascada —comentó Hayes, sentado en el porche mirando cómo cargábamos su furgoneta—. Que Max es muy hippie, aunque intente ocultarlo.
Sonreí, sin contestar a su comentario, y volví a entrar en casa mientras ellos dos se enzarzaban en una discusión de las suyas. Entré en mi habitación y rebusqué entre mi maleta hasta encontrar la bolsa en la que guardaba el jabón y los champús. No había querido llevarme la maleta entera porque ocuparía demasiado espacio en la furgoneta, así que había cogido la mochila que llevé como equipaje de mano en el avión.
Al volver a salir, metí la bolsa con los jabones dentro de la mochila, que ya estaba en la parte trasera de la furgoneta. Un colchón doble. Ahí era donde íbamos a dormir, Max y yo.
No habíamos hablado del beso del sábado ni había pasado nada más desde entonces, pero las cosas no se habían puesto incómodas entre nosotros. Aún así, estaba bastante claro que, en ese viaje a la Isla del Sur que empezábamos ese mismo día, lunes, iba a pasar algo. Y sabía que estaba preparada, pero eso no me quitaba los nervios o la vergüenza.
Miré a Max, que seguía discutiendo con Hayes —ni siquiera recuerdo cuál era el motivo de su discusión, pero seguro que era una estupidez—, y carraspeé, atrayendo la atención de los dos chicos.
—¿Nos vamos? —pregunté.
—Vámonos. —Sonrió.
—Joder, te tiene bien dominado —le dijo Hayes, y luego se dirigió a mí—. Contrólalo bien, que está muy loco.
—Tú cállate y preocúpate por ti mismo, que con eso ya tienes suficiente —le contestó Max.
Me reí y cerré las puertas traseras de la furgoneta. Max se fue directamente al asiento del conductor y yo me despedí de Hayes con la mano antes de entrar en el del lado.
—¿Todo listo? —me volvió a preguntar Max—. ¿No te dejas ningún jabón, ni champú, ni nada?
Reí y asentí con la cabeza.
—Ya podemos irnos.
Las primeras horas del trayecto pasaron con tranquilidad. La furgoneta de Hayes era algo vieja y no tenía para conectar el móvil, así que probamos a escuchar los CDs que tenía en la guantera, pero al cabo de unas horas ya estábamos hartos y optamos por poner la radio.
El plan de ese día era parar en cualquier lugar a dormir lo más cerca de donde salía el ferry que nos llevaría a la isla Sur posible, ya que lo cogíamos al día siguiente por la mañana. Conducir hasta allí en un solo día habría sido demasiado, ya que eran más de siete horas de viaje, y dado que solo había un conductor —me sentía algo inútil, pero no había tenido tiempo de sacarme el carné de conducir— era mejor hacerlo en dos días.
—Me sabe mal que tengas que conducir tú —confesé tres horas después de haber empezado el viaje—. Vas a acabar muerto.
—No tenemos otra opción, ¿no? —Se encogió de hombros, hablando con tono tranquilo.— Además, llevo más de medio año en este país y todavía no he visitado la isla Sur, era algo que tenía que hacer sí o sí, así que no me importa.
—En realidad sí sé conducir, pero no me he sacado el examen —le dije, y no mentía: mi padre me enseñó a conducir a los diecisiete por pura diversión, y no se me daba mal. Sobra decir que no conducía nunca, solo lo había hecho alguna vez y en sitios sin apenas tráfico, con mi padre al lado.
—¿Has probado a sacártelo? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
—No, no he tenido tiempo —respondí—. Entre el Bachillerato y el trabajo apenas me daba tiempo a vivir.
—Segundo de Bachillerato es una mierda —dijo.
—Lo es —contesté—. Solo espero que la Univeridad sea un poco menos estresante.
—No hay tanta presión como en Bachillerato —dijo—. Pero como te relajes empezarás a saltarte clases y todo irá cuesta abajo, es la maldición del universitario.
—Eso suena como algo que podría pasarme fácilmente —admití.
—Yo tuve que recuperar un par de asignaturas —me explicó—. Teníamos esas dos clases por la tarde, y con mis amigos tomamos como costumbre ir a tomar algo antes de ir. En fin, que siempre terminábamos quedándonos en el bar y no íbamos a clase. Fue un desastre, pero al menos nos lo pasamos bien.
La conversación siguió durante un buen rato más, y de repente a Max se le iluminó algo en la cabeza —en la parte del cerebro destinada a las malas decisiones, probablemente— y paró el coche en una área de descanso.
—¿Quieres conducir? —me propuso, y lo miré como si se hubiera vuelto loco, lo que lo hizo reír—. Va en serio. Estamos en el culo de la isla, aquí apenas hay coches o policía.
—Tú estás loco —contesté, sin cambiar mi expresión de horror—. Al final resultará que Hayes tenía razón.
—Hayes está mucho peor, así que no sé de qué habla —se defendió—. Va, será divertido. ¿Sabes conducir bien, por eso?
—Sí —admití, aunque probablemente debería haberle dicho que no—, pero nunca he conducido por el autopista.
—Seguro que hay alguna carretera pequeña que salga de esta, es una zona de montaña —dijo—. Va, hacemos un trato: si encuentro una calle donde no haya nadie, conduces. ¿Qué te parece?
Debí sufrir un breve episodo de demencia, porque accedí. En el fondo me hacía gracia, aunque todas las cosas que podían salir mal no dejaban de repetirse en mi cabeza
—Pero primero comemos algo, que me muero de hambre —dije.
Comimos en el pequeño restaurante que había en el área de descanso y, cuando volvimos al autopista, no pasaron ni veinte minutos cuando Max encontró un desvío hacia un pueblo perdido de la mano de Dios y salimos por ahí. Paró al lado de la carretera, y me miró.
—Nos vamos a arrepentir de esto —le aseguré.
—Pero admite que será divertido —contestó con esa media sonrisa que usaba para aumentar su poder de convicción.
Se me escapó una carcajada, y supe que había perdido la batalla. La voz de Sandra animándome a vivir la vida sin preocuparme por nada vino a mi cabeza como si de una aparición divina se tratara, y me bajé del coche. Max sonrió e hizo lo mismo, y nos cambiamos los asientos. Me metí en el de la izquierda, e inmediatamente vi que algo iba mal.
—Esto de conducir por el lado izquierdo es una locura —me quejé, tocando la palanca de cambios con la mano izquierda y sintiéndome rara.
—Al final uno se acostumbra —contestó él, abrochándose el cinturón—. Ahora que lo pienso, debería haberme traído un casco.
—Cállate, que esto ha sido idea tuya —le recordé, y se echó a reír.
Respiré hondo, pisé el embrague y puse la primera marcha. Pisé el freno, quité el freno de mano y volví a respirar hondo. Max estaba aguantándose la risa de verme tan estresada, y agradecí que no se riera porque me habría desconcentrado y algo malo habría ocurrido.
—Allá vamos —dije, y solté el freno y el embrague suavemente.
El coche empezó a avanzar y Max se quedó en silencio, pero yo sabía que estaba reprimiendo muchas bromas para evitar ponerme más nerviosa.
—Venga, va, dilo —suspiré cuando sentí que ya empezaba a ir bien.
—No tengo nada que decir —contestó, pero una sola mirada hacia él me bastó para ver que sonreía diabólicamente—. No lo haces nada mal.
—Ya, claro. Estás tan loco como Hayes ha dicho.
—Puede que sí. —Esa sonrisa traviesa suya bailaba en sus labios y me quedé mirándola más tiempo del necesario.
Max tampoco dejaba de mirarme, sentía sus ojos sobre mí, y cuando subí la mirada y me encontré con la suya, quise decir algo pero el coche empezó a ir más rápido de lo normal. Volví mi atención a la carretera y vi que estábamos en una bajada.
¿Quién había puesto esa bajada ahí?
Solté un grito e intenté retomar el control de la furgoneta mientras Max se moría de risa a mi lado. Intenté cambiar la marcha y poder seguir adelante, pero vi que nos íbamos a matar, así que pisé el freno con todas mis fuerzas y el coche se caló de golpe, frenando con tanta fuerza que mi cabeza casi golpeó el volante.
—Joder, pues como conductora de carreras no te iría mal —soltó Max, y los dos nos echamos a reír como idiotas, aliviando toda la tensión que había sentido.
—Todo esto es culpa tuya —dije cuando recuperé el aliento.
—Algo bueno habrá tenido —contestó con ese aire de misterio—. Avanza un poco más, va.
Arranqué el coche de nuevo, haciendo caso a sus indicaciones sobre cómo maniobrar para arrancar en una bajada tan pronunciada y, tras conseguir recuperar el control de la maldita furgoneta, seguimos avanzando. Gané seguridad poco a poco hasta que pude conducir a una velocidad decente, y en cuanto giramos por la siguiente curva, tuve que frenar el coche porque era imposible no distraerme.
Delante de nosotros había una enorme masa azul, un lago gigantesco rodeado por montañas verdes, con algunas ya cubiertas por el blanco de la nieve más a lo lejos. Ni siquiera me había parado a pensar en el buen dís que hacía hasta que vi el sol reflejado en el agua.
—Bienvenida al lago más grande del país, y de Oceanía entera —me dijo Max.
—Es enorme —murmuré, fascinada. Yo no había viajado mucho, solo alguna vez por Francia y Bélgica con mi familia, y allí no había lagos tan grandes. Miré a Max—. Lo has hecho expresamente.
Sonrió.
—Es posible —contestó con diversión.
Nos cambiamos los sitios de nuevo, porque yo no me veía capaz de concentrarme en conducir con semejante espectáculo de la naturaleza delante —y no, por una vez no estaba hablando de Max— y fuimos varios kilómetros más hasta llegar a un descampado al lado a la orilla, en una zona alejada del pueblo más cercano.
En cuanto Max puso el freno de mano y apagó el motor, salí, cogiendo mi jersey, y fui hasta la orilla del lago. Me puse el jersey sin dejar de mirar el paisaje, e inspiré con fuerza. Escuché a Max cerrando la puerta y sus pasos acercándose a mí, hasta que llegó a mi lado.
—¿Te gusta? —me preguntó.
—Me encanta —contesté, maravillada, y cuando me giré a mirarlo no pude reprimir una sonrisa.
Max me imitó y se sentó en el suelo.
—No hemos pensado en comprar nada para cenar —dijo.
—¿Ya estás pensando en comer? —bromeé—. No hace ni una hora que hemos comido.
Habíamos comido muy tarde, así que los últimos rayos de sol ya estaban empezando a esconderse detrás de las montañas nevadas, a lo lejos, y el cielo empezaba a teñirse de un color rosado.
—Ya, pero pensaba dormir aquí —contestó—. ¿Te parece bien?
—Sí —contesté sin vacilar.
Me senté a su lado y nos quedamos en silencio durante rato, mirando cómo el sol se despedía y el cielo mudaba sus colores poco a poco. Era un espectáculo digno de ver, y me sentí más agradecida que nunca de estar allí. Sí, había sido una idea loca y muy precipitada, pero no me arrepentía en absoluto.
—Julia —me llamó Max, y giré mi cabeza hacia él.
—¿Qué?
—¿Quieres hablar de lo que pasó el otro día? —preguntó, y pude jurar que noté mi pulso acelerarse de golpe.
—¿Qué hay que hablar? —respondí con otra pregunta, porque realmente no lo sabía. Lo único que podía querer hablar de ello era algo malo, como decirme que fue un error o alguna cosa así, y sinceramente no me sentía preparada para llevarme tal palo.
Max suspiró, jugando con sus manos como había aprendido que hacía cuando estaba nervioso.
—No quiero que me malinterpretes. —Hizo una pausa y tragué saliva porque la conversación cada vez pintaba peor.— No quiero que te pienses que me estoy aprovechando.
Espera, ¿qué?
—¿Aprovechando? —Levanté las cejas.
—Acabas de salir de una relación, supongo que estarás dolida y no quiero que te pienses que he visto una oportunidad de... bueno, de hacerte hacer algo que realmente no quieres —dijo, sin mirarme—. Joder, yo no hago estas cosas, y no quiero que pienses eso de mí.
Me quedé callada unos —bastantes— segundos, sin saber bien qué decir porque no me lo esperaba para nada.
—Max —dije, y me miró—. No estoy dolida, y mi ex no podría darme más igual. Esto no tiene nada que ver con él, tiene que ver contigo. Quiero hacer esto, de verdad que quiero.
No sé de dónde saqué el coraje para soltar tal discurso, pero funcionó porque Max rió.
—Y yo que estaba preocupado —dijo, recuperando su actitud bromista.
Reí con él y volví a mirar al lago. Ahí vino otro de mis momentos de demencia ese día.
—Oye —lo llamé—. ¿Quieres meter los pies en el agua?
Max me miró con interés y sacó su móvil para mirar algo rápidamente y volverlo a guardar en su bolsillo.
—Estamos a tres grados —explicó—. ¿Quiero meter los pies en el agua y probablemente tener que amputarlos por congelación? Puedes apostar que sí.
Me eché a reír y él se levantó. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme, pero luego no la soltó. Nos sacamos los zapatos con los pies, rápidamente, y fuimos al agua cogidos de la mano. El calor de su mano contrastaba con el frío que hacía. Me arrepentí de no haber cogido la chaqueta de la furgoneta, pero estaba a punto de meterme en agua casi congelada, así que en el fondo daba igual.
Cuando mis pies tocaron el agua solté un grito, porque sentí como si se estuvieran helando, y Max gimió antes de empezar a reírse.
—Luego soy yo el que está loco — dijo. Me mordí el labio y tiré de él, con su mano aún envolviendo la mía—. Ah, no. Ahora nos quedamos aquí.
—Si hombre —me quejé—. Me voy a quedar sin pies. Va, vamos.
—No quiero —insistió.
Tiré de él más fuerte y él hizo lo mismo, hasta que de un tirón acabé pegada a su cuerpo. Miré hacia arriba para quejarme, pero cuando me encontré con sus ojos me quedé sin palabras, como siempre. No sé qué es lo que tenían los ojos de Max, pero siempre me perdía en ellos. Y, como si no supiera el efecto que tenía en mí, encima desvió la mirada lentamente hasta fijarla en mis labios. Otra vez. Y supe que, aunque hubiera querido, no habría sido capaz de negarme a lo que pasó a continuación.
Bajó la cabeza y presionó sus labios sobre los míos, y de repente ya no importaba el clima, mis pies fríos o si iba a morir congelada. Solo importaba el calor de su boca y cómo esta se abría, incitando la mía a hacer lo mismo para introducir su lengua sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Sus manos soltaron la mía y subieron por mis brazos y mis hombros, acariciando mi cuello hasta llegar a mis mejillas.
Pasé mis brazos por sus hombros y lo acerqué a mí, poniéndome de puntillas y recordando, solo por un breve instante, que apenas podía sentir mis pies. Mis manos lo rodearon y fueron directamente a su pelo. Enredé mis dedos con sus mechones y subí, tirando un poco de su pelo, hasta que tocaron la goma que había usado para recoger su pelo despreocupadamente para poder conducir más cómodo. Entonces mis pies dijeron "basta", y tuve que moverlos, separándome de Max brevemente.
—Apenas me noto los pies —le dije, y soltó una carcajada.
Me tendió la mano otra vez.
—Vamos —propuso, y cogí su mano para seguirlo hacia la orilla de nuevo, fuera del agua.
Las toallas estaban en el coche, y ponernos los calcetines y los zapatos con los pies mojados sonaba como una pésima idea, así que fuimos a la furgoneta dando saltitos para hacernos el mínimo daño posible con las piedras. Max abrió directamente las puertas traseras y nos subimos a la cama.
—Joder, ahora noto el frío todavía más —dijo, envolviendo sus pies en una de las toallas que habíamos cogido de casa y dándome la otra a mí—. Voy a poner la calefacción.
Se fue a los asientos delanteros mientras yo seguía secándome los pies e intentando hacerlos entrar en calor, y cuando volvió ya empezaba a notar el aire caliente viniendo de la parte delantera.
—¿Mejor? —preguntó, y se subió a la cama.
Cerró las puertas de la furgoneta de nuevo. Decidí coger una de las mantas que había y ponerla encima de mis pies, tapando además los de Max.
—Mucho mejor —contesté—, pero falta algo.
Y, en otro de esos arranques de valentía que estaba teniendo y que me hacían sentir cada vez más segura de mí misma, lo besé. Noté la sonrisa de Max en mi boca y profundicé el beso. Mis manos fueron otra vez a su pelo —¿qué puedo decir? Me gustaba mucho— y, con unos pocos movimientos, me senté encima suyo. Por algún motivo, cada vez que estaba con él me sentía más segura, pero cuando estaba sentada en su regazo casi sentí que había ido demasiado a saco cuando lo noté. Su erección contra mi abdomen.
Moví mis caderas en dirección a su miembro y Max gimió en mi boca. Joder, me encantaba ese sonido. Volví a hacerlo y Max me acompañó moviendo sus caderas contra las mías. Lo hacíamos lenta y repetidamente. Max me regalaba gemidos de vez en cuando y yo no podía reprimir los suspiros de placer que escapaban de mi boca.
—Joder —susurró, separándose por un momento, y me mordió el labio con suavidad antes de volver a besarme. Luego se volvió a separar, haciendo una mueca—. Mierda, no he traído condones.
—Max, estaba muy claro que esto iba a terminar pasando. —Reí, aún a pocos centímetros de su boca.— Eres poco previsor.
Rozó su nariz con la mía y se separó lo justo para poder mirarme a los ojos. Sus manos se colaron debajo de mi jersey y de la camiseta, tocando la piel de mi abdomen.
—Julia —Mi nombre en sus labios sonaba tan tentador que por un segundo casi me dio igual que no tuviéramos preservativos. Suerte que el sentido común hizo una oportuna aparición—. ¿Qué te gusta?
—¿Mm? —pregunté, sin saber a qué se refería.
—¿Dónde quieres que te toque? —su voz era un susurro y noté la humedad en mis bragas. Tragué saliva y Max sonrió. Su boca rozó mis labios brevemente antes de viajar por mi mejilla hasta llegar a mi oreja. Mordió el lóbulo con suavidad antes de volver a susurrar—. Quiero ver cómo te corres, Julia.
Si yo alguna vez había valorado algo en un hombre, sexualmente hablando, era que supiera hablar sucio cuando tocaba. Honestamente, me ponía muchísimo, y si sumamos eso a que Max ya me ponía de por sí, os podréis imaginar cómo estaba.
Cogí sus manos, que seguían trazando círculos en mi abdomen, y tiré suavemente de ellas hacia arriba. Max entendió la indirecta y acarició mis pechos por encima del sujetador. Toda la sensibilidad de mi cuerpo parecía haberse concentrado ahí, y cuando bajó una de las copas y su pulgar rozó mi pezón, se me escapó un gemido. Cuando bajó el sujetador por completo y sus manos empezaron a acariciar, pellizcar y rozar mis puntos más sensibles, inconscientemente mordí su labio para acallar todos mis gemidos. Mis caderas volvieron a moverse contra las suyas y Max sonrió.
Entonces recuperé el control, me aparté y me quité el jersey, arrastrando la camiseta junto con este. Quedé semidesnuda, con el sujetador bajado de cualquier manera, pero duró poco porque lo quité del medio, tirándolo a un lado de la cama.
—Joder —dijo, con los ojos manchados de deseo, y llevó sus dos manos a mis pechos, acariciándolos por encima.
Apenas pude reaccionar cuando Max nos cambió de posición, cogiéndome de la cintura y girándonos, de forma que quedó él encima. Sus manos desabrocharon el botón de mis pantalones y los deslizó por mis piernas. Cuando estuvieron fuera, se quedó mirando mis bragas un segundo antes de esbozar una sonrisa.
—Hoy no llevas las de estrellas —comentó, y me eché a reír.
—Lo siento, aspirante a astronauta —contesté, y me incorporé para quitarle la camiseta.
Sentía que necesitaba tocar su piel tanto como respirar, pero cuando la camiseta cayó al colchón, no pude evitar distraerme a ver los tatuajes que tenía en el hombro y el abdomen. Eran dibujos que apenas me pude parar a examinar porque él ya estaba volviendo a besarme. Me eché hacia atrás, y su boca se separó de la mía para bajar y centrarse en mis pechos. Me volví un desastre de gemidos y suspiros, pero entonces sus dedos acariciaron mis bragas y presionaron en el punto exacto. Fue como magnetismo: dedos, clítoris. Gemí aún más fuerte, y clavé mis uñas en sus hombros de forma instintiva. Masajeó ese punto, y entre lo excitada que ya estaba y su destreza con los dedos tardé tan poco en llegar al orgasmo que fue impresionante.
Normalmente no tardaba en llegar, pero eso era cuando lo hacía yo misma porque me conocía bien, con alguien más —Daniel, vamos— nunca había conseguido llegar tan pronto.
Cuando pude recuperar el aliento, me incorporé y, mientras volvía a besar a Max, mis manos desabrocharon sus pantalones rápidamente. Los bajé, junto con su ropa interior, y cogí su miembro en una mano. Max gimió en mi boca y empecé a subir y bajar con mi mano, aumentando el ritmo progresivamente.
—No duraré mucho —dijo a centímetros de mi boca—. Joder, me gustas tanto...
Seguí tocándolo hasta que se corrió en mi abdomen y pecho entre gemidos y besos descoordinados. Lo último que había dicho se quedó resonando en mi cabeza mientras nos limpiábamos y nos volvíamos a vestir. No sabía si iba en serio o lo había dicho por la excitación del momento, pero decidí no darle más vueltas a la cabeza y simplemente dejar que todo fluyera.
Contemplamos la idea de ir a buscar algo de cenar, pero entre que hablábamos y, de vez en cuando, nos besábamos, Max se quedó dormido, y yo no tardé en seguirlo.
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