Diecisiete

El tiempo hasta fin de año pasó tan rápido que, cuando quise darme cuenta, ya llevaba casi tres meses en la Universidad, cursando Enfermería; tenía amigos nuevos, y estaba vistiéndome para salir.

—Creo que me pondré esto —dijo Sandra, enseñándome un vestido corto mientras yo intentaba pintarme la raya superior del ojo sin hacerme una desgracia.

—Sandra, el verano acabó hace meses —le recordé, porque en esas fechas hacía un frío espantoso.

Ella soltó un gruñido y se sentó en mi cama.

—¿Puedo robarte algo? —me preguntó.

Me giré hacia ella.

—Pensaba que para eso habías venido a cambiarte en mi casa.

Sandra rió, y se levantó de la cama para abrir mi armario y examinarlo.

—Entonces... ¿Qué tal con ese Fede? —me preguntó, y levanté una ceja.

—¿Con Fede? —contesté—. Somos amigos. Puede que ni siquiera eso, no lo conozco tanto.

—Elisa dice que cuando estáis juntos hay una tensión sexual insoportable —comentó, y solté una carcajada.

Había conocido a Fede y Elisa en la universidad. A Elisa, en clase, y a Fede en la fiesta de otoño del campus. Él estudiaba Ciencias Políticas. Era un chico argentino —de hecho, solo había nacido en Argentina; por lo que me había dicho, se había criado en España— que me sacaba solo un año y con el que me llevaba bien, pero no había nada más, al menos por el momento.

—No creo —dije mientras cogía un peine para arreglarme un poco el pelo—. Además, ya te lo dije: necesito estar sola.

—¿Para siempre? —inquirió.

—Solo hace cuatro meses que no estoy con nadie —expliqué—. Cuando esté lista y se dé el caso, ya ocurrirá.

Lo decía de verdad: necesitaba tiempo para mí misma. Precipitarme a otra relación tras el desastre con Daniel y sin haber superado a Max habría sido un completo suicidio. Porque no, no había superado a Max. Era como si todos mis sentimientos por él, que llevaban latentes desde que lo conocí, se hubieran disparado y alimentado aún más desde que ya no lo veía. Tampoco llegaba hasta el punto de hacérseme insoportable, pero cuatro meses y ningún mensaje dolían.

Media hora más tarde, a la una de la mañana, estábamos entrando en la discoteca. Estaba llenísimo de gente, algo no tan raro porque era año nuevo. De hecho, teníamos suerte de poder movernos, porque en otros sitios habría sido mucho peor.

Estábamos con Fede, Elisa y otra compañera llamada María. Se suponía que iba a venir más gente de la universidad, y Andrea nos había dicho que ya aparecería si se veía con ganas —lo que solía significar que no iba a venir—.

—No me digas que no te pone ni un poquito —insistió Sandra cuando ya llevábamos cada una una copa encima, refiriéndose a Fede, con quien había estado bailando un buen rato.

En ese momento él estaba pidiéndose una bebida, y suspiré.

—Pues claro que me pone —contesté—. Pero no es tan fácil. De verdad que no quiero saltar a otra relación, aunque solo sea sexual, tan precipitadamente.

—Es el acento argentino, eso le pone a cualquiera —prosiguió Sandra, sin hacer caso a lo último que le había dicho.

—Pero si no tiene acento argentino. —Reí— Se ha criado aquí, tiene acento de Barcelona.

—Puedes pedirle que te hable con acento argentino mientras lo hacéis, eso sí que suena sexy —dijo con una sonrisa pícara, y reí antes de darle un empujón.

—Si tanto te pone, folla tú con él —contesté, sin perder la sonrisa.

—Mis necesidades sexuales ya están más que cubiertas, yo ahora solo miro por ti —respondió.

—Qué considerada. —Rodé los ojos y la cogí de la mano para llevarla de nuevo a la pista, donde estaban Elisa y María esperándonos para bailar.

Fede se unió poco después y bailamos todos juntos hasta que una de sus manos se posó en mi cadera. Sonreí cuando las tres chicas me miraron con picardía, aunque Elisa ya estaba bastante ocupada con su novio, un chico de clase que había llegado hacía poco. Empecé a bailar con Fede detrás, notando el calor de su cuerpo contra el mío, y cerré los ojos para dejarme llevar por la música. No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché su voz en mi oído.

—Julia... —susurró, erizándome la piel.

Y me odié a mí misma durante unos segundos, porque lo primero que pensé cuando me dijo eso fue en la voz de Max susurrando mi nombre en mi oído, dentro de mí, moviéndose, cuando estábamos en la Isla del Sur en la furgoneta de Hayes. Me odié unos segundos porque no me podía creer que en cuatro meses no hubiera podido superarlo, y más sabiendo que, si es que volvía a verlo, iba a pasar mucho tiempo hasta eso.

Fue entonces cuando se escuchó el grito.

—¡Serás zorra! —gritó una voz masculina que no reconocí.

—¡Déjala en paz, imbécil! —exclamó la voz contundente de Sandra, sonando por encima de la música, y abrí los ojos rápidamente, justo a tiempo para ver cómo el puño de un hombre musculoso chocaba contra la cara de Maria.

Me separé rápidamente de Fede y fui corriendo a ayudar a mi compañera, que había caído al suelo y se sujetaba la nariz con las manos. Solo acercarme vi que empezaba a tener la cara empapada de sangre, y gemía de dolor.

—Pero, ¿de qué coño vas? —volvió a gritar Sandra, y empujó al agresor.

No tuve tiempo de ponerme a separarlos porque estaba intentando, con los pañuelos que llevaba en el bolso, limpiar la sangre que no dejaba de brotar de la nariz de María, pero tampoco me preocupaba porque sabía que Sandra era perfectamente capaz de defenderse contra ese tipo, varios cinturones de karate lo aseguraban.

El tipo se abalanzó sobre Sandra pero esta lo terminó bloqueando en el suelo, y aproveché la ocasión para coger a María y levantarla del suelo. Salimos de la pista en dirección a los baños y tanto Fede como Elisa nos acompañaron. El chico esperó fuera y entré con ella para poder revisar su cara a la luz.

—Creo que está rota —dijo, con los ojos aún llorosos por el impacto.

—Espera —le pedí, y di un suave toque a su nariz. Ella soltó un gemido de dolor y suspiré—. Tiene pinta, sí. Hay que llevarte al hospital.

María suspiró y se frotó la cara con las manos en un impulso, pero cuando se dio en la nariz por accidente soltó un pequeño grito.

—Joder —gruñó.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté.

—Que el imbécil ese me ha metido mano, lo he empujado y se ha cabreado —contestó, enfadada—. Ni siquiera le he dirigido la palabra y me ha dado un puñetazo, ¿a ti te parece normal?

—Menudo gilipollas —contesté.

Salimos del baño y le dije a Fede que había que llevar a María al hospital. Él asintió con la cabeza.

—Tu amiga, Sandra, se ha liado a hostias con el tipo ese —me comentó—. Elisa los ha separado, me han dicho que nos esperaban fuera.

Así que salimos y allí estaban las dos, sentadas en la acera. Sandra lucía un hematoma en el pómulo izquierdo, pero la experiencia me decía que el tipo había acabado peor. No es que Sandra fuera una persona violenta, nunca iniciaba una pelea si no la atacaban antes.

Nos subimos en el coche de Elisa y lo condujo Fede, que solo había tomado una cerveza y ya hacía un buen rato. María nos repitió mil veces, durante todo el camino, que estaba bien, que no hacía falta ir al hospital y que debíamos seguir la fiesta sin ella, que no pasaba nada, pero no la escuchamos. Una nariz rota no era algo que tomarse a la ligera, e igualmente, si se proponía denunciar a ese imbécil, le haría falta un informe de urgencias.


***


Dos horas más tarde llamaron a María en la sala de espera de urgencias y entró en una de las consultas. Me senté al lado de Sandra, agotada. Cerré los ojos y apoyé mi cabeza en el hombro de mi amiga. Cuando los volví a abrir, me fijé en que había una chica sentada justo delante de nosotras, y me extrañó no haber reparado en ella antes. Tenía la cara llena de moretones, y lo que parecía una ceja partida. Me quedé sin aire unos segundos, porque las probabilidades de que se hubiera hecho eso solo cayéndose por las escaleras eran casi nulas, pero algo me decía que era el argumento que iba a darle a la enfermera cuando la trataran. Además, su cara lo decía todo. Sus ojos parecían vacíos, cansados, y miraba al suelo como si le diera vergüenza estar allí.

—¿Estás bien? —le pregunté, porque no pude resistirlo.

Era obvio que la chica no estaba bien, pero sentía la necesidad de preguntárselo, de preocuparme por ella, de ofrecerle ayuda.

Ella levantó la mirada hacia mí, sorprendida, y se quedó callada unos segundos. Justo cuando abrió la boca para decir algo, tras darme una débil sonrisa, una enfermera habló.

—¿Miriam Elizalde? —preguntó, mirando la lista que había en su mano, y cuando la chica se levantó mis ojos se abrieron de par en par. 



_____________

Hola holaaaa

I'm back! Y esta vez de verdad. Ya he terminado mi trabajo final de carrera y ahora podré dedicarme plenamente a esta historia.

Para lxs que no lo recuerden, Miriam Elizalde es la hermana pequeña de Max.

¡Nos leemos pronto!

Claire

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