Corazones dulces.

Cuando termino de construirse aquella ciudad fue cuando volvieron a nacer los portadores. Se escucha un llanto con fuerza y los suspiros de una mujer agotada. Pues había dado a luz al siguiente portador del sol. Todos admiraban la belleza del recién nacido y le deseaban muchísimas
bendiciones, pues su nacimiento había sido a la par de un nuevo día.

—Leonardo—. Expresó la mujer acariciendo su pequeña mejilla, que de igual sostenía un pequeño pedazo de tela color salmón.

Desgraciadamente esas fueron las últimas palabras de la mujer, ya que gastó todas sus energías en dar a luz al pequeño. De su mano cae con delicadeza dejando en libertad aquel pequeño pedazo de tela, que es levantado y guiado hasta la ventana para poder salir.

Aquel pañuelo llevaba volando todo el día hasta que llegó  la noche, cuando el viento se hizo presente y con su fuerza abre la ventana.  Cae ligeramente en una hermosa bebita que no tenia mucho de haber nacido. Su madre al ver aquel pequeño pedazo de tela sonríe y pronuncia.

–Ese es un mensaje de los dioses amor—. Expresó feliz la mujer—. Tenemos que llamarla así, Rosa—. Su esposo no quiso corregir las carencias de su amada así que aceptó  ponerle ese nombre.

Con el paso de los días, los pequeños fueron demostrando su gracia y belleza.

—Rosa, hija mía, por favor necesito que compres una unas manzanas para el pay—. Su madre le entrego la canasta y su manto color rosa.

Sin preguntar o expresar alguna molestia fue al pequeño Mercado que se encontraba cerca de su hogar.

—Buenos días señor—. Expresó la joven para empezar a escoger las manzanas, pero de repente algo o mejor dicho alguien se a impactado con ella haciendo que el puesto empezara a tambalearse.

—¡Cuidado!—expresó el dueño preocupado, ella rápidamente soltó la canasta para poder agarrar él puesto, pero fue demasiado tarde haciendo que todas las manzanas cayeran al pizo—.¡Tú!—. Expresó aquel señor—Tendrás que pagar por las manzanas que se han caído, nadie me comprará esas manzanas.

—Yo no...fue un accidente—. Expresó Rosa nerviosa.

—Tiene razón, fue mi culpa—. Se levanta el muchacho del suelo y en la mano traía el manto color salmón—. Tropecé con este manto: se me enredó en los pies, provoca que chocara con la señorita—. El señor toma de la muñeca a Rosa con fuerza y después la camiseta del chico.

—¡No me importa quien haya sido, págame mis manzanas!—.

—Señor, yo no tengo dinero para pagar aquellas manzanas—. Mencionó con temor. Entonces el muchacho saca una bolsa pequeña lleno de monedas de oro y se las deja caer en la mano.

—¿Con esto? —el muchacho mascullé—debe ser suficiente—. El señor de mala gana toma las monedas y se va de ahí.

La chica sin pensar tomo las manzanas del suelo, todas las que pudo, pues no podía regresar a casa con las manos vacías.

En eso el joven coloca el manto en el suelo y empieza a llenarlo de las manzanas para poder ayudarle, la joven se quedó impresionada. Al juntar todas ambos se levantan con un poco de dificultad.

—No debiste pagar todas estas manzanas—. Mencionó ella, el chavo lleva, ahora, saco rosado a un carrito de madera que era impulsado por un corcel blanco—.

—No podía quedarme viendo como te culpaban por algo que tú no provocaste—. La chica se sonroja un poco y se rasca con delicadeza la mejilla.

—Pues digamos que prácticamente fue mi culpa—. El muchacho ríe y se acerca a ella rosando su mano con las de ella para tomar la canasta y subirla de igual manera a la carretilla.

—Lo se—. Rosa se sonroja aún más—. Ven— extiende su mano hasta ella—Te llevare a tu casa, algo me dice que esto no se quedará así—. Ella toma su mano pero ella era muy baja de estatura por lo que decidió tomarla de la cintura para subirla al corcel. Después él se sube y se van de ahí. Ella con un poco de vergüenza se agarra de la cintura de aquel joven misterioso.

Al llegar él baja primero para ayudarla. Ambos estaban un poco nerviosos por la presencia del otro y quedaron maravillados por la platica que habían tenido en el camino. Ella sentía demasiada tranquilidad a lado de él, como si por fin hubiera encontrado lo que estaba buscando.

—Bueno hemos llegado a su hogar señorita—. Ella se quedó perpleja con su mirada esmeralda y aquellos labios rosados. Él se aleja de ella para poder ir por su canasta y poder entregársela.

—Rosa—. Sale su madre preocupada y al ver aquel muchacho que estaba junto a ella, frunce la expresión.

—Que lindo nombre tiene, Rosa—. Ella voltea un poco sonrojada, apretando más la canasta por los nervios que aquella miraba provocaba. Ella observó la canasta y alza la vista nuevamente para estirarla ligeramente, es no entendía lo que estaba pasando.

—No puedo aceptar los frutos qué hay en ella, por favor quédatelo tú—. Él la ve confundido—. Quédate con ellas y con mi manto, es lo único que puedo ofrecerte, por ayudarme—. Expresó con su voz dulce y tímida. El muchacho sonríe ligeramente y besa su mano, sorprendiéndola a ella y a la madre que se encontraba apreciando todo.

—Espero volverte a ver, Rosa—. Sin más que decir el joven sube a su corcel, sin aceptar aquella canasta y se alejan de ahí.

Rosa se había quedado petrificada con aquel pequeño acto de gentileza.

—Vaya—. Se coloca su madre aún lado de ella—. Qué chico tan apuesto—.

—Si, lo es—. Expresó en un suspiro.

—Lastima que hoy ya vinieron a pedir tu mano—. Ella se sorprende y deja caer aquella canasta. Aquellas palabras fueron un golpe demasiado fuerte e inesperado.

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