Ciervos.

Había tierras donde parecía que eran separadas por un muro de cristal, donde las riquezas eran muy distintas y brillantes, desatando la arrogancia de uno de los imperios y la curiosidad del otro. El cambio climático era muy evidente, una de las tierras lo cubría el Sol; florecían flores de oro, crecía la vegetación de una forma única, el canto de la felicidad hacia que aquellos momentos de agonía se esfumaran de forma instantánea. Mientras en  la otra tierra era cubierta por una capa gruesa de nieve, no crecía nada; de las ramas de los árboles colgaban picos de hielo, el frío era lo distintivo de aquel lugar, quién llegaba a cruzar aquella frontera no llegaban  a sobrevivir por las bajas temperaturas.

De ese lado frío, yacía un rey, que deseaba la riqueza del otro reino, pues se escuchaban leyendas que había montañas de oro puro, algo que no  podía conseguir en el suyo, así que fueron en la captura de alguien que pudiera describir tales bellezas.

En la orden del rey, se le fue entregada una joven que yacía en la frontera curiosa por ver aquel frío lugar. Al aventarla para que el rey la pudiera observar  mejor, quedó al descubierto llenando de asombro aquellos ojos negros  por tanta ternura. Piel apiñonada, cabello cobrizo, labios carmín. Acaricia su mejilla con delicadeza, observando cada detalle, cada rasgo, su piel a comparación de la suya hacía que pudiera tener algo de envidia, pues de ella brotaban pequeños destellos de oro. En su hermoso cabello traía algunas hojas verdes, pero sus ojos, sus ojos color verde, le recordaban aquel Safire que su madre le dio antes de morir.

— Dime, ¿como es tu lado?—. Ella no menciona nada—. El rey toma ligeramente su cabello  haciendo que se notara algunos cabellos dorados, era oró, lo que él buscaba, cambiando la admiración por avaricia. Si aquella mujer desprendía aquel preciado mineral, aquel lado tiene que estar cubierto de él—. Llévenla a una habitación, mientras que se hablaba de la próxima conquista.

Salieron tropas, pero en el caminó observaron un ciervo cobrizo, nunca se había visto uno así en esa tierra, pero no era un ciervo cualquiera, su pelaje brillaba como aquellos rayos que iluminaban aquel Páramo.

El rey decidió ir tras su captura, pero fue inútil. Desenfoco su visión de la conquista para la casería de aquel ciervo.

Aquella chica era prisionera, a pesar de que el rey le permitiera recorrer el castillo, los muros no podría pasar. En una ocasión la chica se encontraba sentada en una de las grandes ventanas observando aquellas tierras.

—Los aldeanos desean  casar aquel ciervo, dicen que traerá fortuna a este reino desdichado por la avaricia—. Murmura una de las criadas, aquella joven solo prestaba atención aquellas arboledas secas. Era tan obvio el error que sentía en ese momento que sin pensarlo, soltó una risa inocente. —¿Perdón?—. Exclamó una de ellas.

—Perdón, solo que no puedo creer que aún piensen que puede traer dicha a este reino, solo traerán más avaricia—. Las sirvientes no dicen nada y deciden retirarse.

—¿Al parecer sabes mucho de eso?—. Menciona el Rey acercándose poco a poco a ella. La joven se limita a contestar—Dime ¿cómo es tu lado?—. Sigue sin contestar. El rey aprieta sus labios y acaricia su cabello, aquellas hojas seguían verdes, incluso un poco más—. ¿Por qué se niega a responder?—.

—Porque si lo hago, su avaricia jamás cesará. La curiosidad siempre trae tragedias—. Contesta con calaña y sabiduría.

—Tú curiosidad te trajo hasta mi.

—Trayéndole tragedia a mi pueblo, provocado por su egoísmo— expresó con rapidez—. Avaricia.

El rey la observa unos instantes y después dirige su mirada hacia su pueblo. El realmente buscaba salvarlo, a inicio, pero después de escuchar las maravillas y leyendas del otro lado, fue creando un hambre de poder.

—Siemlre he pensando en buscar esa paz que no tengo aquí—. Menciona con fuerza.

—Y no la tendrá nunca si sigue pensando de esa manera. Tal vez su pueblo es rico y aún no puede verlo con claridad.

—¿Rico?—. Expresó entre risas—¿acaso estás ciega?—. Menciona en un grito—. No hay nada que pudiera rescatar de este lugar.

Aquella muchacha se baja para poder acercarse a él y sin decir más se sigue derecho.

—Seguirá siendo un pueblo pobre porque su Rey no confía en él ¿cómo piensa conquistar uno si no puede con el que tiene?— se aleja con rapidez.

Realmente le había dicho la verdad más fuerte que puede haber escuchado en su corta vida. El rey miraba aquel pueblo desde la ventana, si el ciervo decía la verdad era por algo. Busco aquella mujer hasta encontrarla en un jardín.
Las plantas estaban secas, no daban flores o frutos, la fuente tenía muy poca agua, pero lo que le llamó la atención fue una flor blanca en un arbusto. Se acercó poco a poco y vi que en sus pétalos había destellos dorados.

—Si la arrancas morirá—. Mencionó la mujer. El hombre volteo rápidamente.

—¿Cómo lo has hecho?— expreso.

—Con paciencia, únicamente le di un poco de agua todas las mañanas y ese fue el resultado—. Eso comprobaba aún más las palabras de aquella mujer.

El hombre se inclinó ante ella, lo cual era de admirarse. Los sirvientes y todos lo que se encontraban cerca de aquella escena quedaron asombrados, porque su rey se había rendido ante aquella mujer.

—Enséñame...por favor—.

La mujer aceptó y le enseñó muchas cosas, la principal era ser amable con todos los seres vivos. Le enseñó a escuchar a su pueblo, llevándoles comida y frutos más grandes que pudieran imaginar. El rey o empezaba a cobrar vida. Poco a poco el rey se enamoró de aquella mujer volviéndola su esposa.

Las cosas habían mejorado demasiado, el pueblo era rico y sobre todo protegían al otro reino de la avaricia de otros para que pudieran seguir en armonía. En tanto a los reyes, eran felices muy felices pero eso estaba por acabar.

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