Amor de dragón

Desde los astros, el Sol miraba la tierra, buscando aquel rastro del alma de aquella estrella profana, pero no tenía éxito, no presentía nada fuera de lo inusual. Aún seguían sin encontrar nada, pero presentía que la era de Oro que habían llevado, estaba apunto de terminar ¿Cómo era posible? Ambos presintieron el mal que trajo ese hombre, la felicidad que sintió en esos momentos hizo que se odiara así mismo, pues había bajado la guardia, la emoción de que por fin formarían una familia lo hizo que no se diera cuenta de las cosas.

El Sol,tenía gente que lo admiraba, representaciones divinas en la tierra hacían que lo veneraran, pero ninguno era realmente su yo real, a excepción de Apolo. Empezaba a quebrarse, ¿por qué le pasaban cosas malas? ¿Por que simplemente no lo dejaban ser feliz? ¿Que no era suficiente con su sacrificio? No tenía una respuesta concreta. Su amada se preocupó al ver que su amado se llenaba de odio, pero no podía abrazarlo, besarlo como quisiera. Dicen que los gritos de la Luna fueron demasiado fuertes a tal grado que quedaron impregnados en una pequeña  parte de la tierra donde la luz es casi nula, iluminando el cielo de colores, a las cuales se les conoce como auroras boreales. Sin embargo, no fue suficiente para que El Sol la escuchara. Faltaba mucho tiempo para que la estrella lunar llegara con noticias. Con duda, decidió volver a bajar un pedazo de su alma, pero al hacerlo, escuchó con mucha claridad.

—Sigue disfrutando tu victoria, porque no dudará para siempre—. ¿Acaso había cometido un error? No, el no lo sabía, era imposible.

Cuando renacieron sus portadores era demasiado cliché, su portadora era rubia, cabello largo, ondulado, mejillas rosadas, su piel brillaba de una forma preciosa, sus orejas eran puntiagudas. El portador de su amada era algo serio, generoso y muy amable, a pesar de tener un rostro de villano.

El era un príncipe si nombre, su nombre era Damián. Ella era una plebeya a quien le dieron el nombre de Raquel. Ella trabajaba en el castillo, ordenando su ropa y sus cosas. El la miraba con asombro, pues su belleza era inusual. El tenía un don que era el hielo, pues su poder había sido gracias a que era un regalo de aquel lugar donde ahora había un arcoíris nocturno. Los padres del joven príncipe estaban fascinados, por lo que decidieron casarlo con una princesa que tenía los dones parecidos a los de su hijo.

El Sol al escuchar este suceso a través de su portadora, lo supo, había llegado su fin, habían. Lo peor es que había descubierto la provino de aquella estrella. Descubrió que aquella estrella se encontraba escondida en una Luna de un planeta ubicada en el corazón de la constelación de Orión. Esto era malo, pues si aquel señor hacía lo que imaginaba, sería un caos de oscuridad.

Tenía que hacer algo, pero no podía, aún no. Su portador estaba en peligro, su amada estaba en peligro, el mundo lo estaba y no había nada que pudiera hacer para protegerlos. Por lo que cada idea que se le ocurría la iba plasmando en el libro de oro.

Un día mientras Damián, caminaba por los jardines, escuchó los cantos de una joven y ahí fue donde quedó flechado. Ella le daba de comer a los animales del palacio, mientras que con su canto le daba lecciones a los niños, hijos de otros asistentes del palacio. Aquel acto lleno de bondad al joven príncipe.

—Disculpe—. La joven volteo sorprendida—. ¿Pero acaso usted es maestra?—. La joven no respondió nada, solo lo miro con algo de temor.

—Si—. Contesta una niña, Damián agacha la mirada para ver a la pequeña—. Ella es muy buena y muy divertida, siempre nos enseña muchas cosas y sobre todo nos enseña muchos valores—. Exclama feliz

Damián a quedado perplejo al escuchar aquellas palabras tan puras e inocentes. La Luna, escuchaba aquellas palabras mientras cargaba a su hijo en brazos, agacho su mirada y supo que quería proteger siempre esos valores inocentes de todo mal.

—¿Y cuáles son?— exclamó.

—Respeto, honestidad, lealtad, responsabilidad—. El príncipe sonríe ya que La Niña ya no se acordaba de más.

—¿y por qué les enseña?—. Cuestiona.

—Porque son el futuro, príncipe Damián—. Damián se asombra al escuchar aquella confesión. Es verdad, todos los niños, representan el futuro de la humanidad—. Si queremos que el mundo sea mejor, debemos educarlos de la misma manera—.

Después de esa platica Damian iba todas las tardes, para ayudarle con aquella meta, educar a los niños con respeto. Ambos se enamoraron poco a poco, disfrutando un poco más de ellos.

Sus padres del príncipe temían a de este amor que estaba surgiendo por aquel trato que ya tenían. Sus padres de Damián le reclamaron y le exigieron que dejara de ver aquella dama, por lo que la despidieron para que no tuviera contacto con él nuevamente. Damián, molesto con este acto, escapó del castillo para casarse con su amada esa misma noche.

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