Capítulo 41: De vuelta al reino
Abrió los ojos notando el dolor palpitante en su cuerpo. Estaba en una camilla en el suelo. El peso de sus extremidades no le dejaba menearse hacia los lados, a menos que hiciera un gran esfuerzo, y sabía por experiencia que, en su estado actual, esa no era una buena idea. Lo has vuelto a hacer, Kleyn.
—¿He vuelto? —Sí, te has vuelto a desmayar por un exceso de esfuerzo—. ¿Cómo lo sabes? —Estuve contigo cuando te entrenaste en tu propia dimensión—. ¿Y por qué nunca dijiste nada hasta que volvimos a Mewni? —Quería darte una sorpresa. "Vaya sorpresa", pensó. Te he oído.
De pronto escuchó los pasos de alguien detenerse de forma brusca. Inclinó la cabeza hacia adelante y vio a una semibestia zorra vestida de enfermera. Tryda.
—Estás despierto —dijo esta, con entusiasmo—. Tengo que avisar al resto. —Dio un paso encarando hacia la derecha del pasillo, pero entonces pareció caer en la cuenta de algo—. Espera, estás despierto —se giró hacia él—. Debería tomarte las constantes. —Esta vez giró hacia el lado opuesto, encarando hacia la izquierda, pero se detuvo—. Pero Talux querrá enterarse de esto. —Tengo la sensación de que esta chica está algo estresada.
Debido al escándalo, Kelly apareció por un lado y vio a Kleyn.
—Por fin despertó. Voy a avisar al resto —dijo la chica de pelo turquesa antes de irse hacia la derecha. Ella, en cambio, es mil veces más serena.
Tryda acabó por atender a Kleyn. El estado actual del pelirrojo era tan grave que la semibestia tuvo que ayudarlo a comer con una cuchara de madera. Mientras Kleyn abría la boca para tomar un poco del puré medicinal de la curandera, y cuidando de no hacerle daño con sus dientes de sierra, Talux y el resto de los suyos se asomaron por la puerta. Tryda y él se giraron hacia ellos, y el puré cayó en el interior del cuenco.
—No esperaba que me vieran en este estado —dijo Kleyn.
—Ni nosotros —dijo Talux—. Ágata nos contó lo ocurrido —apuntó a la pícara con la cabeza.
Kleyn se giró hacia la Mewmana con decepción fingida.
—Tenías que haberme esperado. Tenía ganas de informarlo yo también.
Los presentes se miraron entre ellos.
—No se lo has dicho, ¿no? —le preguntó Ágata a Tryda.
—Oh, no. Se me olvidó decírselo.
—¿Decirme qué? —preguntó Kleyn.
Tryda dejó el cuenco de lado y miró a Kleyn a los ojos. Este es el momento en el que te confiesa que te queda una semana de vida.
—Has estado inconsciente por tres días. —O no.
—¿Tres días? —preguntó Kleyn, abriendo los ojos de golpe. Luego sintió un estremecimiento en su estómago y miró a Tryda—. ¿Podrías seguir dándome de esa pasta extraña? —dijo, quitándole importancia al asunto. La curandera se disculpó por haberse olvidado y continuó dándole de comer.
—Bueno, mejor estar ausente por tres días que por trescientos años —bromeó Talux, pero nadie se rio.
Kleyn terminó de tragar antes de hacer la siguiente pregunta.
—Entonces, ¿cuál es la situación actual? —preguntó antes de que Tryda le acercara la cuchara.
—Tanto nosotros como los reyes están al tanto de la situación actual —comenzó Talux—. El líder de la zona sur, su muerte, la esclavitud y liberación del pueblo enano, y el acto de presencia de la mente detrás de todo.
—Gigael —comentó Kleyn sin disimular el desprecio al pronunciar su nombre.
—Ágata dijo que te está buscando, y que él sabía que volverías después de tu muerte.
Kleyn se giró hacia Ágata.
—¿También les contaste eso?
—No omití detalle alguno —aseguró ella.
—Es algo que aún no acabamos de asimilar —dijo Talux.
—Tranquilo, a mí también me costó asimilarlo al principio, pero después de unos cuantos siglos te acabas acostumbrando. —Era obvio por la expresión del líder de la Orden que no entendía lo que quería decir Kleyn con aquella frase.
—Ya habrá tiempo para explicaciones al respecto. Por el momento tenemos que centrarnos en lo principal, saber quién es ese tal Gigael y por qué te busca. Por el momento no disponemos mucha información al respecto. —Talux dio un par de pasos hacia él y se arrodilló para estar a su altura—. Ágata dijo que tú y él pelearon por unos instantes —Si es que a eso pudieras llamarlo pelea—. Me consta que antes de pelear, tú y él compartieron unas palabras. ¿Te dijo algo relevante?
Kleyn rebuscó en su mente algo que pudiese ser de utilidad de todo lo que Gigael le había dicho. Sin embargo, por más que rebuscase, no hallaba nada de utilidad. Las palabras que habían soltado fueron pocas. Y ninguna en sí parecía de utilidad.
Si se ponía a pensarlo, la "conversación" había sido un saludo simple y luego una persecución encarnizada.
—Me temo que no hay nada de utilidad. A penas si me dijo quién era. Biggon tuvo tiempo de luchar contra él, aunque fuese por un momento. ¿Él sabe algo?
—A mí solo me dijo una cosa —dijo Biggon, asomándose por la puerta—: quita de en medio.
—¿Nada más?
—No. Tenías razón. Ese tipo es fuerte, y solo le interesabas tú, Forjador.
Kleyn bajó la mirada por un momento, pensativo. "Forjador" repasó en su mente. Y entonces la idea le golpeó la mente.
—Había una cosa que me llamó la atención —intervino Kleyn—. Cuando descubrí que se trataba de un celestial, Gigael me llamó por mi título, pero luego me llamó por mi raza.
Talux enarcó una ceja de su ojo bueno.
—¿Tú raza?
—Demonio pálido.
Todos los presentes, sin excepción, se mostraron desconcertados. Enarcaron cejas e intercambiaron miradas entre ellos.
—Es la primera vez que escucho ese término —dijo Talux.
—Sospechábamos que eras un demonio, pero nunca estuvimos seguros —dijo Ronnin, ubicado detrás de Kelly.
—Bueno, desde luego no era un ángel —opinó Kelly, y Ágata se rio por lo bajo, un hecho que, como mínimo, Kleyn consideraría histórico.
—Volviendo al tema —prosiguió Talux—, ¿qué tiene que ver tu raza?
—Que hasta hace poco ni yo mismo era consciente de eso. —Por la expresión de todos, era evidente que no veían la relación entre un hecho y el otro. "Normal", pensó él—. Verán, cuando Gornak me mató, mi "alma", por así decirlo, se fue a una dimensión extraña en donde conocí a Marco y Hekapoo.
—¿Conociste a Marco y a Hekapoo? —saltó Kelly.
—Pero, ¿cómo? —dijo Ronnin.
—Dejen que Kleyn hable —aseveró Talux, y todos se contuvieron—. Continúa.
—Hablé con ellos de todo durante mucho tiempo.
—Pero solo estuviste ausente unos pocos días —comentó Ágata.
—El tiempo en esa dimensión era igual que en la mía. Yo estuve muchos, muchos siglos allí con ellos. —"Y la mejor parte, sin la voz en mi cabeza", pensó este. Oye—. Lo importante de todo esto es que mi pa... digo, Marco, me contó la historia del origen de los Forjadores. Ahora les explico —dijo, anticipándose a la pregunta de varios—. Al principio los miembros de la Alta Comisión de Magia fueron creados, al menos dos de ellos. El resto fue elegido y dotado de un gran poder. Hekapoo fue uno de esos seres. Antes de ser la Forjadora, era tan solo un demonio pálido.
—¿Y qué quieres decir con eso? —inquirió Biggon.
—Dos posibles cosas. O Gigael sabe que el Forjador es un demonio pálido, y que por ello estuvo vivo durante la época en la que el Forjador fue seleccionado, o alguien le contó acerca del origen del Forjador.
—O puede que él sepa cómo se ven los demonios pálidos, y solo halla adivinado tu raza solo con verte —sugirió Ágata.
—Parecía demasiado seguro cuando lo dijo. No. Yo creo que él sabe cosas que nosotros ignoramos. Sabía que volvería a la vida. Sabía que era un demonio pálido. —Entornó la mirada—. Él me conoce. Quiere algo de mí, y no sabemos el qué.
Hubo un silencio pensativo y un tanto desolador. Todo parecía un ciclo sin fin: ir a una zona, derrotar a su líder, intentar hallar información, no hallar nada, volver a empezar. Aquello se repetía de forma constante, y todos allí lo sabían. Seguro que cada uno de los integrantes estaba pensado qué hacer ahora. ¿Qué pasaría con los traficantes? ¿Qué quería Gigael? ¿Dónde se ocultaba? Tantas preguntas, y ninguno sabía por dónde empezar a investigar para responderlas.
—Bueno —dijo Talux, poniéndose de pie—, amargarnos no servirá de nada. Por el momento, lo mejor que podemos hacer es procurar que te recuperes lo más rápido posible. Luego ya veremos lo que hacemos. Mientras tanto, iré a hablar con los reyes. Ellos querrán enterarse de esto. Vamos, chicos, dejémosle un poco de espacio a Kleyn para que se recupere. —Talux animó a todos, menos la curandera, a salir de la habitación.
—Esperen, Ágata, Biggon, ¿se pueden quedar un momento? —pidió Kleyn.
Ágata miró a Talux, y este asintió. Biggon, en cambio, solo esperó que Talux saliera para que no le estorbase. Los dos compañeros se acercaron al Forjador mientras este seguía inclinado y Tryda le ayudaba a comer.
—¿Qué necesitas? —preguntó Ágata.
—Quería saber qué ocurrió cuando me metí en el portal hacia la Orden Armada. Sobre todo, lo ocurrido entre tú y Gigael —le preguntó a Biggon.
—Ágata corrió a socorrerte, al principio, y yo me quedé para luchar contra ese celestial.
—¿Y cómo fue?
—Tenías razón. Gigael es un oponente diferente a todos los que me he enfrentado. Fue por un corto periodo de tiempo, pero durante mi batalla con él pude ver sus habilidades. Esquivaba mis golpes como si nada. Atacaba a la cabeza sin piedad. Además, utilizaba mucho ese rayo luminoso. Si no fuera por mi hacha, esos rayos ya me habrían dado. Y tengo el presentimiento de que no me habría levantado después de eso. Creo.
—Es normal. Gigael pertenece a una raza más fuertes. Y, además, dentro de los que son pertenecientes a esta raza, parece ser de una de las ramas de las clases guerreras. Desconozco a qué rama perteneciente de los celestiales pertenecerá. Mi conocimiento al respecto es escaso.
—¿Y tú qué eres? —preguntó Ágata, metiéndose en la conversación—. Demonio pálido.
Kleyn cruzó la mirada con ella. Podía percibir desconfianza en sus ojos.
—Como bien dices, soy un demonio pálido. Por lo que me contó mi ma... Hekapoo, los demonios pálidos eran aquellos que juzgaban a otros demonios. Aquellos que hacían valer las normas del inframundo. Aquellos que, a veces, impartían ellos mismos el castigo a los enjuiciados. Debido a esto poseían cierto poder, un poco más que los infernales promedios, pero nada que se pueda comparar con la vertiente guerrera. Por lo poco que sé, Gigael tiene toda la pinta de pertenecer a una vertiente guerrera de celestiales, lo cual explicaría sus aptitudes de combate —dijo Kleyn mientras Tryda esperaba a que termine para acercarle un poco de papilla.
—¿Quiere decir eso que no eres capaz de hacerle frente? —preguntó Biggon.
Kleyn terminó de tragar y luego se giró hacia Biggon.
—No exactamente. Quiere decir que él ha nacido para luchar. Yo, en cambio, tengo otras cualidades naturales. Pero es gracias a la magia que recorre mi cuerpo que soy capaz de hacer frente a muchas cosas que de otra forma no podría.
—Pero no sabes si podrías derrotarlo —comentó Ágata. Kleyn la miró por un momento, luego respondió negando con la cabeza—. Entonces, explícanos cómo es que has vuelto de la muerte. Después de todo lo ocurrido, es algo que nos debes.
—¿Y por qué tienes brazos y piernas de metal? —añadió Biggon.
—¿Y cómo es que conociste a Hekapoo y Marco? —dijo Tryda, acercando un poco más de papilla.
—Está bien —dijo Kleyn, queriendo acompañar la frase con un movimiento de manos, pero solo acabó en un pequeño meneo de hombros—. Les contaré. Cuando morí, mi fuego del alma, lo cual vendría a ser mi alma en sí, trascendió a otra dimensión. La Forja se llamaba. Allí conocí al Ente, una especie de entidad que habitaba en La Forja. Poco después conocí a Marco y Hekapoo. Y estos tres individuos serían las únicas personas con las que podría hablar en aquel sitio. —Así Kleyn comenzó su relato. Comentó que no había empezado con buen pie su relación con la antigua Forjadora. También les explicó que él había sido creado por Hekapoo como su sucesor. También les dijo que la intervención de esta fue clave para que Kleyn volviese a la vida. Y el gran problema que tuvo al buscar carne para reconstruir las partes que las bestias de Gornak le habían arrancado. También les explicó el origen de la primera Forjadora.
—Aun no acabo de comprendelo del todo. ¿Por qué tienes la capacidad de volver a la vida? —preguntó Ágata.
—En palabras del Ente: siempre debe haber un Forjador. Por ello entiendo que el poder de Glossaryck obliga a que un Forjador permanezca con vida —dijo Kleyn.
—¿Quieres decir que eres inmortal? —observó Biggon.
—No estaría tan seguro de ello. Es verdad que alguien tiene que ser el Forjador, pero también es verdad que pasé por muchos problemas para poder conseguir un cuerpo adecuado. Ustedes solo me echaron en falta dos o tres días. Para mí pasaron milenios. Durante todo ese tiempo estuvimos buscando la forma de conectar los nervios de mi cuerpo con el metal, y conseguir que funcionaran. Solo eso nos llevó una cantidad de intentos terrible. Ninguno de nosotros había practicado la medicina hasta entonces. Pero eso no fue todo. Una vez que descubrimos la forma de conectar carne y metal, teníamos que realizar un diseño que pudiese aprovechar la fuerza de los músculos del hombro y el fuego de mi cuerpo como combustible. Eso sin tener en cuenta el diseño interno, el cual se asemejaba mucho a los músculos de los seres vivos. Y luego el diseño externo —explicó, y solo de recordarlo sentía que se agobiaba—. Recuerdo que cuando terminamos el primer prototipo, sentimos que nos habíamos ganado el cielo. La sensación de satisfacción duró poco cuando hicimos las pruebas necesarias para ver si era funcional. No lo era. Volvimos a repetir el proceso por lo menos unas diez veces, revisando dos veces que todo estuviera bien. Solo entonces el metal respondía a los impulsos nerviosos. El problema era que no lo hacía de la forma en la que quería. Intentamos solucionarlo durante mucho tiempo, solo para darnos cuenta de que estaba bien. Solo faltaba que yo aprendiera a utilizarlo. Eso fue una de las peores partes, porque, al ser metales, costaba mucho moverlos, y el tiempo de práctica era de periodos cortos con descansos largos. Cuando conseguí moverlo a voluntad, tuvimos que volver a hacer más diseños que se adaptasen bien a mi figura y que además fueran prácticos. Cuando dimos con el cuerpo ideal, me pasé mucho tiempo practicando con este. Acostumbrándome a moverlo y a sentirme cómodo con él. Seguía requiriendo de bastante energía, pero cuando conseguí mantenerme consciente y estable por largos periodos combatiendo, decidí que ya estaba listo para volver.
—Pero tu pelea contra Gornak no duró mucho —dijo el esqueleto.
—Cierto, y eso es porque, hasta entonces no había tenido que librar un combate como aquel. Tuve que llevar mi cuerpo al límite, y mis cualidades ígneas también.
—Como se nota que Gornak era un tipo duro.
—Sí, pero ahora tenemos otro problema aún mayor —dijo Ágata—. Volvemos a la situación de siempre. Sabemos quién es el siguiente objetivo, pero no sabemos dónde está.
—Sí, pero el siguiente objetivo es el líder detrás de todo esto. El tráfico de tijeras no acabará si lo derrotamos, pero desmantelaremos una parte muy grande de la red de traficantes —le recordó Kleyn.
—Ahora que sabemos las carencias que tiene tu cuerpo, ¿crees que podrás derrotar a Gigael? —dijo Ágata.
—No lo sé. No me muevo tan rápido como antes con estas extremidades de metal. Pero puedo soportar sus rayos de luz. Si no fuera por estos brazos, lo más seguro es que necesitaría mis espadas... —calló un segundo al recordarlo—, ¡mis espadas! No las recuperé.
—¿Qué espadas? —preguntó Biggon.
—Sus espadas tijeras. Una secuaz de Gigael se las robó —dijo Ágata.
—Gornak las tenía. Las utilizaba como tijeras. Y yo no pude recuperarlas.
—Dudo que el cadáver de Gornak siga allí. Y en caso de que siga allí, dudo que las espadas sí lo hagan —comentó Ágata. Es muy buena dando ánimos.
—¿Y qué es lo que haremos ahora? —dijo Biggon.
Kleyn se lo pensó por un momento, buscando la respuesta indicada, pero, para su pesar, solo hallaba una que, si bien era cierta, no le agradaba aceptarla.
—Esperar.
Al cabo de unos dos días más de descanso, Kleyn abandonó su estancia en la enfermería de Tryda. Los reyes de Mewni habían querido hablar con él después de su recuperación, y él no los haría esperar más.
Fue al castillo en cuanto pudo, avisando de su presencia a los administradores reales, los cuales organizaron la audiencia del Forjador con los reyes.
Kleyn se esperó en el mismo salón en el que se vio con Star la primera vez que ella solicitó su presencia para hacerle unas preguntas. Ahora mismo aquel recuerdo se le hacía bastante lejano. Pese a ella, sí que recordaba los dulces que había tomado aquella vez. Los mismos que había en el cuenco delante suyo. La última vez se había llevado el cuenco entero. Aquellas bolitas rosas eran exquisitas. Pero en esta ocasión se contendría.
—Un verdadero Forjador debe saber medir sus impulsos —se dijo a sí mismo. Tomando asiento y poniéndose cómodo. Por fin demuestras algo de autocontrol. Si tuviera ojos estaría llorando de orgullo. Sin embargo, no le quitó ojo de encima a las golosinas—. Bueno, uno no hará daño. —Estiró el brazo y cerró los dedos con cuidado para no aplastar el dulce con sus dedos de metal.
Justo cuando se llevó el dulce a la boca, la puerta se abrió. Kleyn se giró y vio a los reyes entrar. Tom, vestido con un traje de color rojo muy oscuro, y Star, con un vestido pomposo de color rosa pálido, el cual hacía juego con su piel.
Tragó el caramelo, intentando que ninguno de ellos se diera cuenta. Y luego se inclinó.
—Reyes —dijo este, al agachar la cabeza.
El gesto extrañó a ambos. ¿Y cómo culparlos? Ellos recuerdan a otro Kleyn. Uno con menos metales encima.
—¿A qué vienen esas formalidades? —preguntó Star.
—Oh, es que intento ser un mejor Forjador —dijo este, levantando la mirada.
Star miró a Tom, y este le devolvió la mirada. Ambos sonrieron.
—No hacen falta tantas formalidades —dijo ella, agitando la mano para restarle importancia al asunto.
—Lo siento. Han pasado cosas y he cambiado un poco desde la última vez que nos vimos.
—Yo diría que has cambiado más que solo un poco —dijo Tom, mirando con detenimiento las extremidades metálicas del pelirrojo.
—Sí —convino Star—, la verdad es que yo también he cambiado un poco durante este tiempo. He recuperado un poco de mi antiguo yo —dijo con gesto reflexivo, como si se hubiese perdido en sus pensamientos, pero cuando se dio cuenta de ello meneó la cabeza y volvió en sí—. Pero bueno, no es momento para eso. Por favor, siéntate —invitó esta, apuntando al sofá que había ocupado el Forjador.
Star se sentó con calma, y Tom le dio un abrazo a Kleyn antes de sentarse junto a Star. Un gesto que le llamó la atención a Kleyn. Parece que le caes bien.
Los tres comenzaron manteniendo una conversación bastante tranquila. Los reyes le preguntaron a Kleyn todo lo ocurrido en la zona sur. Pero no le pidieron que lo dijese como si fuese el informe de una misión. De eso ya se había encargado Talux. No. Lo que querían ellos era que Kleyn les contase todo con sus propias palabras.
Así lo hizo, explicando todo. Desde su llegada a aquel pueblo perdido, hasta su fallecimiento en el coliseo.
Hicieron un inciso cuando llegaron a la parte en la que él explicaba que había ido a la Forja y que allí había conocido a Marco y a Hekapoo. Ambos se emocionaron al escuchar el nombre de aquellos dos, y saber que, aunque no estuviesen con vida, ellos siguiesen juntos en aquel sitio.
—Sí, esos dos se llevan muy bien, pero también se meten el uno con el otro todo el rato. Una vez, Marco y yo estábamos revisando unos de los filamentos de metal que se conectarían con los nervios, y entonces le pidió ayuda a Hekapoo para que le ayudase con una parte bastante pequeña, y con sus manos no llegaba. Obviamente ella aceptó, y cuando acabó, Marco le dio las gracias diciendo que se alegraba de que su esposa siempre diese la talla. Lo siguiente que recuerdo es a Marco corriendo por todo el espacio infinito de la Forja, esquivando bolas de fuego de Hekapoo —intentó contener la risa—. Y mientras corría, él le gritaba: cariño solo era una broma. Ella se detuvo un momento, él también, ambos se miraron, y entonces él dijo: sí, una pequeña broma. Y volvió a huir.
Star y Tom se rieron y se echaron para atrás. Tom se llevó las manos al estómago y se encogió en el sofá. Star se limpió las lágrimas con sus guantes.
—Espera, espera. Recuerdo una vez en la que Marco escuchó unos sonidos por los pasillos del castillo. Y yo le dije que era un monstruo que se había quedado allí debido a un mal hechizo de guardián protector. Él no me creyó, pero cuando asomó un ojo por la mirilla de la puerta y vio una sombra pasar, acabó durmiendo en el suelo de mi habitación por una semana.
—¿Y qué era ese monstruo? —preguntó Kleyn.
—Mi padre sonámbulo —dijo ella, y los tres volvieron a estallar en risas.
La verdad, no me esperaba una reunión de este tipo. Kleyn tenía que admitir que tampoco se esperaba algo así, pero sin duda alguna se lo estaba pasando bien. Algo por lo que estar agradecido después de todo el asunto de Gornak y Gigael. Sin embargo, y como era de esperar, cuando terminaron las risas, volvieron al tema, y al llegar a la parte del celestial, se pusieron más serios. Kleyn no escatimó en detalles, ni en las impresiones que tenía de él. También les contó lo mismo que a sus compañeros de la Orden Armada, y un poco más, incluso.
—Entonces, ¿qué piensas al respecto? —preguntó Star.
—Que estamos en un punto muerto. Tenemos poca información sobre él. Así que no sabemos por dónde empezar a buscar.
—Una cosa es segura, no está ni en el norte, ni en el oeste, ni en el este —comentó Tom.
—Por lo que vi en los mapas, en esa parte solo hay mar, y lo zona habitada más próxima se aleja bastante —comentó Kleyn. Bueno, es mejor que nada.
—Creo que por el momento sería sabio esperar y mantener los ojos abiertos —dijo la chica.
—Es lo que pienso hacer.
Aquella noche volvió a sus labores de vigilante en la guarida de la Orden, en aquella sala llena de espejos que mostraban todo lo que ocurría en el reino, siempre que hubiese una de las aves entrenadas con un espejo en su cuello.
En la sala lo esperaba Kelly. Y, como siempre, Kleyn se presentaba con dos tazas de café. Tomó asiento junto a ella y esta le sonrió.
—Ha pasado tiempo desde la última vez que nos vimos aquí —dijo ella, aceptando la taza de café y acercándosela a los labios para soplar.
—¿Cómo han ido los robos de tijeras desde que me fui?
—Pues casi no ha habido robos. En ese aspecto hemos mejorado muchísimo. Hemos tenido que lidiar con otros problemas derivados del racismo entre humanos y monstruos.
—Ah, ¿sí? —preguntó Kleyn, girándose hacia la muchacha.
Kelly asintió.
—Hubo un problema con una banda organizada que vivía oculta en la parte subterránea del reino. Parece ser que allí estuvieron maquinando algunos ataques controlados para crear caos entre la población —explicó ella, dándole un sorbo a su café.
—Joder. Parece que no estuvieron aburridos en mi ausencia.
—No todo gira en torno a los traficantes de tijeras. Pero bueno. Al final, Star pudo resolverlo todo tras mucho esfuerzo.
—Interesante —concluyó Kleyn, mirando las pantallas y dándole un sorbo a su café—. Por cierto, ¿qué tal te va con Talux?
La pregunta tomó por sorpresa a la chica, la cual casi se atragantó con el café y terminó tosiendo.
—¿A qué viene esa pregunta? —dijo ella, girándose de golpe con cierto rubor en sus mejillas.
Kleyn se rio.
—Bueno, es algo que me habías comentado hace tiempo, y que no hemos vuelto a mencionar desde entonces.
Ella miró al frente.
—Las cosas entre nosotros han cambiado últimamente. A mejor, quiero decir. Ahora nos hemos atrevido a salir juntos por las calles. Lo he presentado a mis padres, y para mi sorpresa, les gustó. Mi padre dice que parece alguien confiable.
—Puedes apostar un ojo a que sí.
Kelly se giró hacia él y arrugó la cara por ese mal chiste.
—La verdad, estoy muy contenta con respecto al tema —continuó ella.
—Me alegro por ti —dijo Kleyn, cuando vio una sombra en una de las pantallas moviéndose por uno de los espejos que estaba dentro del territorio del castillo. "Parece que volvemos a las andadas", pensó Kleyn.
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Seguimos con esta historia. Creo que publicaré, con normalidad, los domingo. Me resulta bastante cómodo. Espero que también les resulte cómodo.
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