Capítulo 4: Un forjador suelto por las calles

La vida cotidiana de los ciudadanos de Mewni se producía con normalidad. La gente andaba por las calles entre los puestos de fruta, ropa y comida. Los viajeros examinaban con curiosidad las cosas que había allí. Alguno se atrevía a adquirir alguna de ellas para conmemorar su viaje, y otros preferían seguir buscando otras cosas.

Desde las alturas, todos ellos eran vigilados por un tipo encapuchado con cuernos. Este y muchos otros tipos como él permanecían expectantes al momento en el que algo ocurriera. ¿Cuándo crees que pase algo?

― Solo es el primer día, y todavía es temprano. Ya nos lo dijeron cuando aceptamos hacer esto. ―comentaba Kleyn, recordando lo que había ocurrido el día que lo invitaron a formar parte de la reunión.

Los presentes en la dimensión de Kleyn se prepararon para volver a casa. Ya casi todos habían atravesado el portal, solo quedaba Kleyn. Antes de que este también se fuera, vio un clon que venía corriendo para avisarle de algo. Era Kin, el cual estaba bajando por las escaleras, corriendo como un poseso. Kleyn estiró una pierna al interior del portal mientras veía como Kin se acercaba corriendo y gritando.

― Kleyn, espera!

El que había sido llamado se metía más y más en el portal a medida que el clon se acercaba, hasta desaparecer en él. Kin corrió rápido para entrar en el portal antes de que este se cerrara.

― Espera. ―volvió a llamar.

Cuando llegó, el portal se había cerrado, pero detrás de este se hallaba Kleyn, quien sonreía de forma burlona.

― Has sobreactuado mucho. ―le dijo al clon.

― Qué puedo decir, hay que darle emoción a algo a pesar de que sea obvio que es una broma.

― Sí, demasiados años conociéndonos, supongo. ―comentó calmando su burla y dándole un tono un poco más serio a la conversación― ¿Y bien, para qué me llamabas?

― Hay un dragón motocicleta en la entrada, quiere entrar, pero el otro guardia lo está entreteniendo por el momento.

― Entiendo. Voy para allá.

Kleyn apareció delante de la entrada, justo donde estaba el guardia entreteniendo a la criatura. Se fijó en que era el mismo dragón que había encontrado en la sala de reuniones del castillo.

― Deja que entre. ―le ordenó a Krux.

Este dejó de acariciar al dragón y se quitó de en medio. Nachos hizo girar sus ruedas con calma, entrando a la guarida. Allí, fue directo a donde se encontraba la valla de hierro. Metió su cabeza por los barrotes en afán de querer entrar.

― No, chico, no puedes ir ahí. ―pronunció en tono alegre por la peculiar situación.

Mas el dragón se giró hacia él, y su rostro, lejos de ser uno de curiosidad por algo que la criatura no entendía, era de añoranza. La expresión de Kleyn se tornó un poco más serie. Miró a aquella criatura directamente a los ojos. Tuvo una corazonada.

Dio un suspiro y con su dedo fundió un par de barrotes de la valla. Quitó la parte que había cortado y le permitió a la criatura pasar. Esta comenzó a olisquear el banco y el suelo. Luego comenzó a frotar su hocico en ambos sitios, recordando los tiempos con sus compañeros.

El forjador se le acercó por la espalda y le apoyó su mano sobre la cabeza. Lo comenzó a acariciar para consolarlo. Lo cual provocó que Nachos se girase a verlo.

― Ey, grandullón, volvamos a Mewni, que los demás nos están esperando. ―mencionó inspirando aire por la nariz para expulsarlo convirtiéndolo en dos pequeñas llamaradas que se apagaron al instante de salir.

Nachos realizó el mismo gesto que Kleyn. Luego se acercó a él y comenzó a lamerle la cara, produciéndole cosquillas. Ya se había calmado y estaba listo para partir.

Antes de irse, Kleyn les encargó a los clones de allí que reparasen la valla que había cortado. No hubo objeciones por los presentes, reparar aquello sería algo sencillo.

Cuando todos volvieron a aquella sala en el castillo Star le explicó a su madre lo que harían. Esta asintió conforme con ello. Acto seguido, todos se sentaron en una silla y comenzaron a proponer soluciones para detener los hurtos de tijeras. O, más bien, le preguntaron a Kleyn cuál era su propuesta, en vista de que él había sido el único en poder atrapar a uno de los ladrones.

Este les explicó a todos los presentes que poseía la capacidad de notar las tijeras dimensionales a su alrededor. Pero esta capacidad solo actuaba en un rango aproximado de cincuenta metros. Sus clones también podían hacerlo, pero el rango se percepción de estos de reducía a la mitad del suyo. También tenía la capacidad de crear un portal hacia donde hubiese una tijera sin necesidad de conocer el sitio en donde se encontrase esta. Esto solo pasaba si una tijera era utilizada demasiado, así él era capaz de sentirla y buscarla. Pero eran tantos los que utilizaban sus tijeras inadecuadamente, que encontrar a uno de los ladrones mediante ese método sería cuestión de suerte.

Asimilando esa información, se decidió permitirle a Kleyn rondar por los tejados para vigilar la ciudad y atrapar a los ladrones antes de que estos se escaparan.

Buff Frog se lo llevó consigo para explicarle que podía y que no podía hacer, bajo qué tipo de autoridad él estaba autorizado a ejercer su poder, y lo que tenía que mostrarle a la gente para que sepan que el actuaba en nombre de la ley.

Es curioso todo lo que puede ocurrir en una sola mañana. Sobre todo, a ti. A veces parece que lo único que encuentras son problemas

― Al final acabé convirtiéndome en un guardia del reino. No era exactamente para lo que vine, pero no me quejo. La actitud de la reina y del resto es totalmente comprensible.

Le resultaba curioso caminar por los tejados. No tenía inconveniente algún en moverse por ellos, podía saltar de uno a otro sin problemas. Pero tuvo que cambiarse las botas por un calzado más ligero. Pues sus suelas de metal solo habrían servido para generar escándalo.

En más de una ocasión se encontraba con un gato callejero rondando por los tejados al igual que él. Alguno de ellos tenía la picardía de acercarse al forjador, otros simplemente huían al verlo. Eres querido y odiado por los animales a partes iguales.

Mientras caminaba por el tejado saludó a uno de sus clones, el cual se aproximaba por la derecha. Chocaron sus manos y continuaron con sus respectivos trayectos.

Kleyn levantó un poco la mirada para ver la posición del sol, el cual no le dañaba los ojos. Por la posición en la que estaba, dedujo que Barden debería de tener la tienda abierta. Por lo que se dirigió hacia allá.

― Barden. ―vociferó Hermet desde el mostrador― ¿Tienes listo el pedido del cliente de las nueve?

― Ahora mismo. ―se oyó desde el interior de la herrería.

― Hermet, acabo de llegar, de hecho, ni siquiera me diste tiempo a saludarte, y ya te pusiste a gritarle al muchacho.

― Ustedes están malacostumbrando a mi pupilo. Debe ser puntual.

Cuando el viejo de la tienda estaba terminando de dialogar con el cliente, apareció Barden por la puerta con una armadura de cuero y malla. Se la habían traído con muchos de los eslabones rotos, tanto en la camisa como en los quijotes. Barden tuvo que volver a unirlos y fundirlos para dejarlos en perfecto estado. Habría sido lógico que se notase la parte de la armadura que había sido cortada. Pero el muchacho la había dejado reluciente y sin marcas de fundición.

― Míralo, ahí está. ―gruñó― Ya era hora, chico.

― Lamento la demora. ―se disculpó― Aquí tiene señor. ―le extendió la armadura al cliente.

Este abrió grande los ojos y examinó la armadura a conciencia. La miró desde un ángulo, luego desde otro. Pasaba las yemas de sus dedos por los eslabones una y otra vez.

― ¿Ocurre algo con su armadura, señor? ―preguntó el muchacho de forma humilde, pero un poco preocupado en su interior.

― Seguro que algo hiciste mal. ―le reprochó Hermet.

― No, no. Para nada. Está... perfecta. De hecho, no esperaba que estuviese tan bien.

― Gracias. ―pronunció con una pequeña sonrisa.

― No, gracias a ti. ―dijo con gran sinceridad― Ten. ―le dio el dinero correspondiente al arreglo de la armadura― Tu deberías estar en una mejor herrería chico.

Hermet frunció un poco el ceño al oír eso, haciendo que su bigote y su barba se removiesen un poco.

― No lo creo. La verdad, estoy en la mejor herrería posible para alguien como yo.

El cliente realizó un pequeño gesto de incomprensión acompañado de un levantamiento de hombros.

― Pero no con el mejor jefe. ―añadió― Valórate más, chico, tienes potencial.

Tras decir eso, el cliente salió por la puerta contento por su armadura reparada. Barden le entregó el dinero a su compañero sin que este se lo pudiese.

― Parecía un tipo agradable.

― Sí, como una chispa de metal en la bota. ―gruñó― Me voy al baño, quédate aquí mientras tanto.

Antes de irse al baño, el viejo Hermet tomó el periódico de ese día y lo colocó debajo de su axila.

Fue en el mismo momento en el que Hermet se fue al baño, que Kleyn apareció por la calle y entró directamente a la tienda. Barden lo reconoció al momento, y se hizo notoria su expresión de sorpresa al verlo.

― Señor... quiero decir, Kleyn. ¿Qué te trae por aquí? Pensé que pasaría más tiempo hasta que volviésemos a vernos.

― Buenos días. Vengo justamente por lo que pasó ayer. El robo.

― ¿Qué ocurre con eso? ―preguntó confundido― ¿Ah, quieres que te lo agradezca debidamente? Puedo darte alguna de las armas que tengo aquí.

― No, no te confundas. ¿Mira, ―inició su explicación― recuerdas al ladrón de ayer? ―el muchacho asintió― Pues, fue atrapado, el problema es que necesitamos que le confirmen a la guardia que fue ese hombre el ladrón. Así que vine para pedirte que testifiques.

― Claro, no tendré inconveniente alguno en hacerlo, pero, ¿no se supone que eras un herrero?

― Barden, si he de serte sincero, creo que esta temporada podré ser muchas cosas. ―mencionó imaginándose por la cantidad de cosas por las que tendría que pasar hasta convertirse en un miembro de la alta comisión― Vamos, el deber nos espera.

Antes de partir, Barden tuvo que esperar a que Hermet saliese del baño para que se ocupase de la tienda, lo cual no fue pronto. La peor parte fue cuando tuvo que explicarle al viejo el motivo por el cual se iba; que ayer casi le roban su tijera. Hermet dijo que lo entendía y que podía irse a testificar, o al menos eso fue lo que le dijo después de darle un sermón acerca del cuidado que tendría que haber tenido con su tijera.

Ambos se dirigieron al cuartel de los caballeros del reino, allí los estaría esperando Buff Frog, quien saludó al joven Barden de forma amistosa y luego los llevó a la celda en donde mantenían en cautiverio a sospechoso. Se le preguntó al muchacho si el sujeto en cuestión era aquél que le había intentado robar su tijera. Barden lo examinó de arriba a abajo. Un semibestia mapache que portaba una gabardina. Sin duda alguna era él.

Frente a sus ojos estaba el tipo que había intentado quitarle el que, probablemente, sería para él su objeto más preciado y codiciado. El que representaba el reconocimiento de su esfuerzo y las palabras de alabanza de la antigua forjadora. Lo último que querría sería perderlas. Ahora tenía la oportunidad de que se hiciese justicia, de señalar al culpable de su acongoje y que este sea sometido ante la ley. Y así lo hizo, le confirmó a los presentes que ese hombre era el ladrón. Pero, la mirada de Barden hacia el tipo no era una de desprecio o de odio, sino una de desaprobación. Pues a Barden le costaba odiar a alguien, a pesar de que este le hubiese hecho un gran daño.

Aun así, también se solicitó la colaboración de los guardias que habían visto al ladrón huir y los transeúntes que habían presenciado la escena. Varios de ellos también fueron llamados por Kleyn.

Una vez que se confirmó que el ladrón era el semibestia, lo llevaron a una sala en donde se realizaría el interrogatorio. Aquella habitación era especial, porque una de las paredes estaba imbuida en magia, lo que les permitía a los guardias ver y escuchar todo lo que se decía en la sala sin que los que estuviesen dentro lo supiesen.

Uno de los caballeros de Buff Frog fue quien se metió en la sala con el semibestia para sonsacarle información sobre los ladrones de tijeras. Buff Frog y Kleyn estarían esperando en la otra habitación mientras observaban lo que ocurría.

El semibestia se fijó en el hombre de la armadura oficial de los guardias sentarse delante de él, estaba atado de pies y manos, así que no tenía más opción que encarar a ese guardia. De su bolsillo, el guardia sacó una pipa que traía consigo y comenzó a fumar. Se echó hacia atrás y exhaló gran parte del humo que había inalado. Permaneció en silencio varios segundos y volvió a repetir su calada para luego volver al silencio. Realizó esto un par de veces, lo cual confundió un poco al semibestia, no le había dicho nada aún.

― Dime, ―pronunció al fin― ¿por qué alguien como tú cometería un delito como robar?

La voz del guardia se oía seca, grave y pesada. Algo normal para alguien que fumase hierba. Parecía intimidante, pero las cosas que el mapache había visto eran peores.

― Vete al cuerno, no te diré nada. ―lo desafió con expresión hostil.

El guardia habría los ojos mientras fruncía su ceño, sus orificios nasales se ensanchaban, sus labios se torcían en una mueca de disgusto y la pipa se le caía de la boca por la impresión.

Se levantó de golpe de sus sitios tirando la silla sobre la que estaba sentado y apoyando las manos en la mesa con fuerza. Instintivamente el mapache se echó hacia atrás al verlo reaccionar de esa forma. Pensó que intentaría agredirlo, pero este sólo se fue de la sala dando un portazo al salir.

Entró a la otra habitación en donde estaban Buff Frog y Kleyn observando. Ambos se giraron hacia el cuándo entró.

― Ese tipo acaba de insultar a mi persona. ―se quejó mirando al general― Me voy.

Tras exponer el motivo de su rabieta, se fue por donde vino y salió del cuartel mascullando entre dientes.

Kleyn miró anonadado al monstruo.

― Supongo que le habrá molestado. ―opinó el tritón adelantándose a la pregunta del forjador y encogiéndose de hombros.

No creyó que aquello fuese motivo suficiente como para abandonar un interrogatorio, pero no se detuvo a meditarlo por mucho tiempo. Se aproximó a la pared y miró directamente al acusado, el cual miraba a todas partes al no saber qué ocurriría ahora. Por la cabeza del forjador se pasó una idea, provocando que se le dibujase una sonrisa notoria en su rostro.

― Buff Frog. ―llamó este― ¿Crees que pueda interrogar yo al acusado?

El monstruo entornó la mirada al oír la petición del tipo. La sonrisa que acababa de ver en su rostro no le inspiraba confianza.

― ¿Qué tienes en mente, muchacho?

Eso de "muchacho" le hizo gracia.

― Quiero intentar usar alguno de mis "métodos".

Aquella expresión solo provocó más desconfianza por parte del tritón.

― No podemos torturar a los interrogados para sacarles información. ―hizo una pausa recordando situaciones similares― Bueno, al menos no tan pronto.

― Pero hacer que se sienta incómodo es algo que sí podemos hacer, ¿no?

― Sí, supongo. ―respondió extrañado ante la aclaración de Kleyn― Pero no puedes hacerle daño. ―reafirmó solo por si acaso.

De nuevo, la sonrisa del forjador se hizo más notoria que antes.

― Descuida, no pienso tocarlo. ―aseguró mientras salía por la puerta.

― Asegúrate de que no sepa quién eres. ―le recordó cuando estaba doblando para ir a la otra habitación.

Star había dictaminado que, para mantener el factor sorpresa de su lado, no revelarían la presencia del nuevo forjador. Esto era porque él era un elemento clave para localizar a los ladrones, y porque, sí se daba a conocer su regreso a este mundo, sería más difícil localizarlos. Estos estarían mucho más alertas que antes si se llegaran a enterar qué aquel que puede detenerlos camina otra vez entre los vivos.

Kleyn entró por la puerta con su capucha y manto puestos. Su llama estaba apagada, oculta por la capucha, así que no levantaría sospechas. Recogió la silla tirada en el suelo y la colocó en su sitio. Tomó asiento y dejó un vaso con agua en su lado de la mesa.

― ¿De dónde diablos sacó eso? ―se preguntó Buff Frog. Entonces recordó que él tenía un vaso en aquella habitación, se giró para ver si seguía encima de la mesa, pero solo halló la marca húmeda que este había dejado ― Pero será...

¿Qué es lo que piensas hacer? El tipo estiró las piernas y las apoyó sobre la mesa. El semibestia tomó eso como un extraño intento por intimidarlo. Pero no serviría de nada.

― Bueno, ―dio inicio con su intento por interrogarlo― ¿crees que podrías decirme algunas cosas como el motivo por el cual robas tijeras? Si trabajas para alguien, si trabajas solo, cuantos ladrones más hay por aquí. Cosas por el estilo.

Lo único que recibió por respuesta fue una mirada indulgente.

― Eres aun peor que el anterior. Ya se lo dije al otro guardia. No conseguirás nada de mí.

― ¿Estás seguro de que no quieres cooperar? ―advirtió.

― Por mi puedes morirte.

Kleyn no contratacó, solo sonrió y se echó un poco hacia atrás, meciéndose sobre las patas traseras de la silla.

― Tranquilo, puedo esperar. Las preguntas son las mismas, así que, cuando quieras puedes responderlas.

No hubo respuesta. El semibestia simplemente se puso tan cómodo como le fue posible. Sabía que ese tipo no era más que un desgraciado intentando intimidarlo, o intentando engañarlo para hacerle creer que tienía la situación en la palma de su mano. Pero él no era un ladrón que se doblegaría ante cualquiera, y menos ante un tipo que piensa que podría hacerlo hablar solo soltando unas pocas preguntas.

― Sabes, el clima aquí no es nada malo. Mediterráneo, hace buen sol, hay humedad en el aire, y también algo de calor. Es verdad que estamos en primavera, pero es una época imprecisa, a veces el clima es neutro, a veces llueve y refresca el ambiente, y otras tenemos unas temperaturas desorbitadas. En un caso como este último, para aquellos que están encerrados en un sitio como este, esto podría resultar un tanto agobiante.

Primero le hacía una pregunta, y ahora le hablaba sobre el clima. Ese hombre definitivamente no sabía cómo se debía interrogar a la gente. Estaba claro que no era más que un simple aficionado. Aun así, notó como una pequeña gota de sudor le resbalaba por la frente, haciendo que su pelaje se humedeciera un poco y se le pegase a la piel. Por un momento se preguntó si eso era por culpa del extraño. ¿Acaso había dicho o hecho algo que le hiciese ponerse nervioso al mapache? No, definitivamente tenía que ser algún truco, quizá él sabía que aquel día las temperaturas subirían. Hoy en día, eso no era algo difícil de saber. Pero un poco de calor no sería suficiente para hacerlo hablar.

Tan sólo habían pasado un par de minutos, y el semibestia ya había comenzado a notar que el sudor, ya no solo de su frente, sino de todo su cuerpo, escurría por su pelo y se le pegaba a la piel. Tenía la sensación de que la temperatura en la habitación estaba aumentando. ¿Tan grande sería esa ola de calor? Daba igual, solo era un poco de sudor. Había vivido mucho tiempo por las calles, soportando el calor del sol y el frio del invierno. Aguantar el calor dentro de una sala era una tarea sencilla, de ninguna forma soltaría nada. Solo tenía que aguantar.

― ¿Hace un poco de calor, no crees? ―comentó Kleyn.

Se alegró al oír eso. El guardia estaba quejándose del calor. Él también estaba soportando lo mismo que el mapache, por lo que el semibestia solo tendría que aguantar el calor más que él. Y este acabaría por irse y abandonar su burdo intento por interrogarlo.

― Menos mal que tengo este vaso con agua para refrescarme un poco. No lo necesito aun, pero es reconfortante saber que lo tengo a mi alcance para beberlo cuando quiera. ―alardeaba como si esa agua fuese alguna clase de inmunidad al calor― Por cierto, que sepas que si tienes sed puedes pedirme agua. Pero, para hacerlo, primero tendrás que hablar, sino no habrá agua.

Ese era su plan, soportar más el calor que él y usar el agua como incentivo para obligarlo a hablar. Absurdo, estúpido e inútil. Aquello no funcionaría. El semibestia pensó en aquellos para los que trabajaba. No los conocía, pero sabía que ellos habrían destrozado su cuerpo como castigo ante un error o una insubordinación. El calor no era nada.

Su tenacidad había sido respetable, pero, a medida que los minutos transcurrían, esta se derretía como la cera de una vela consumida por la llama. Pensaba que era imposible, pero el calor había aumentado todavía más. El sudor le caía a borbotones de su pelaje. Respiraba aire caliente, y lo hacía de forma lenta, porque si inspiraba demasiado rápido, corría el riesgo de quemarse con el aire. Su lengua le colgaba de la boca en busca de algo de aire debido al calor. Mantenía la mirada fija en la mesa, porque no quería darle al tipo de delante la satisfacción de verlo en ese estado. Aun así, se preguntó en qué estado se encontraría este, si acaso él también estaría pasando por el mismo infierno.

Se rindió ante la curiosidad y alzó un poco la mirada, lo suficiente como para ver al sujeto entre los mechones húmedos de pelaje frente a sus ojos; lo que vio no fue nada alentador. Ese guardia seguía en la misma posición realizando el mismo gesto que al principio. Esa capucha y esa manta seguían en su cuerpo como la ropa que él vestía. En cambio, el mapache había dado lo que fuera por quitarse la ropa que llevaba encima. Esta se le habría pegado, y le resultaba desagradable al tacto.

¿Cómo era posible que ese guardia estuviese ahí tan tranquilo en la misma posición en la que se puso al principio? ¿Acaso pertenecía a una raza de criaturas resistentes al calor? No lo sabía. Pero ahora entendía por qué ese tipo se había mostrado tan confiado desde el principio.

― Desgraciado. ―maldijo en voz baja e intentando no forzar mucho su garganta.

― ¿Dijiste algo? ¿Quieres hablar ya? ―indagó Kleyn― Es por el agua, ¿verdad?

El semibestia no dijo nada, solo le lanzó una mirada de desprecio a través de los mechones mojados de su frente. Trató de reincorporarse, no dejaría que ese tipo lo persuadiese. Pero no pudo evitar clavar sus ojos en el vaso con agua. Notó que había sudado mucho, y un poco de agua no le vendría mal.

Se dio cuenta de que su mente estaba divagando, de que se estaba perdiendo. Sacudió la cabeza, salpicando con gotas de sudor a su alrededor, para alejar esos pensamientos. Sin querer volvió a ver ese vaso con agua, y por un momento sus pulmones se saltaron un respiro al ver que el vaso estaba en las manos del guardia, e iban de camino a su boca. No pudo evitar sentir como una oportunidad de tregua en ese sufrimiento ardiente estaba a punto de esfumarse. Quiso decir algo, pero las palabras no le salían de la boca.

Kleyn le dio un sorbo muy pequeño al vaso, luego exhaló aire con conformidad y volvió a dejar el vaso en la mesa. Se percató de que el tipo lo están mirando.

― Es mejor racionarla. No quiero quedarme sin agua tan pronto. ―dijo este― La necesitaré para aguantar todo el tiempo que nos queda esperar hasta que hables.

Tenía que ser una broma, pensó el interrogado. Estaba planeando matarlo por deshidratación o de un golpe de calor. Ese tipo estaba loco, ese tipo no debería ser un guardia. ¿Qué debía hacer? ¿Hablar sería lo más indicado? ¿O podría mentir para salvarse?

Elevó la vista para ver el rostro del tipo. No veía nada, su capucha seguía ahí ocultando su rostro, solo dejando ver su boca dibujada con una sonrisa sacada del mismísimo infierno. No, si mentía y se daba cuenta, probablemente le haría pasar un infierno peor que este. ¿Acaso lo habría? ¿Algo peor que lo que estaba pasando?

Reflexionó sobre la situación de forma rápida, si seguía allí acabaría muriendo de calor, tenía esa sensación. Pero, si hablaba y el resto se enteraba, lo estarían esperando para desollarlo vivo. No podía hablar... o tal vez, detrás de los barrotes de la cárcel estaría seguro de todos ellos. Tal vez, si le explicaba bien la situación a la guardia del reino, podrían mantenerlo a salvo. Sí, ellos eran los buenos, lo mantendrían a salvo tras las rejas por el crimen que había cometido. Ahora estaba claro para él. Solo tenía que hablar, hablar antes de que el calor lo consumiese.

― Guardia, guardia. ―lo llamó al tipo de delante, provocando que este dirigiese la mirada hacia él― Hablaré, por los dioses que hablaré.

Kleyn se reincorporó en la silla y colocó los brazos sobre la mesa entrecruzando los dedos de una mano con los de la otra, mirando fijamente al sudoroso mapache.

― Eso me agrada.

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