Capítulo 34: Los Forjadores

Un grol estaba terminando de cargar minerales sobre una de los recipientes de metal, aquellos que colgaban y se desplazaban mediante correas y un sistema de poleas que los llevaban de por toda la cueva hasta regresar. Cuando acabó tirar todos los minerales, se echó hacia atrás y buscó otro barril. Segundos después, y antes de que el grol acercase el barril de nuevo al extremo, las poleas volvieron a moverse y el recipiente se fue con ellas. Un nuevo recipiente apareció, y el grol se acercó, dispuesto a cargarlo, cuando algo le cayó sobre la cabeza. Ocho patas caminaron por encima de su joroba de un lado a otro. El tipo comenzó a moverse de un lado a otro y a quejarse. Trató de quitarse al arácnido de encima alzando los brazos, pero estos no llegaban. Luego intentó hacerlo chocando contra el muro de roca que tenía a un lado. Después de unos cuentos golpes pareció haberlo conseguido. No vio el cadáver del arácnido, pero ya no lo sentía en su joroba. Aun así, cuando quiso darse cuenta, el recipiente que aún no había llenado comenzó a alejarse.

—No —gritó el grol.

Este corrió hasta el borde y cayó de rodillas solo para ver el recipiente alejarse. Se maldijo a sí mismo y dio un puñetazo al suelo. En su miseria, el grol entornó la mirada y vio a la araña que le había provocado aquel descuido moverse en el borde del recipiente.

Cunado las cuerdas giraban a la izquierda y se perdían en aquel entramado de túneles en la cueva, Ágata asomó la cabeza del interior del recipiente.

—Bien hecho, Mordisquitos —le dijo a la araña, y esta, de un salto, de metió debajo de la capucha de a pícara.

La muchacha se fijó en todo cuanto la rodeaba. Aún estaba en un túnel de roca que seguía el recorrido de las cuerdas. Había estado examinando los circuitos que realizaban todos los recipientes desde aquella cornisa en la mina abandonada, y se había hecho una imagen mental bastante acertada. O al menos ella esperaba que lo fuese.

Por la noche los trabajos no cesaban, pero las actividades mermaban de forma significativa. Por las mañanas los trabajadores solían fundir el metal y verterlo en moldes para darles forma. Luego enfriaban las partes sacadas de los moldes y se ponían a martillar el metal. El proceso les llevaba bastante tiempo, más de un día, en muchos casos, y después tenían que refinarlas y darles filo.

Durante las noches se accionaban los sistemas de cuerdas y poleas que transportaban los minerales, la lava y el agua a varias partes, además de que se recogían las armas y armaduras fabricadas por las mañanas.

Por lo general, había menos vigilancia por la noche, y aprenderse los patrones de los trabajadores, a grandes rasgos, era lo que le había permitido a Ágata adentrarse en aquel sitio. Ahora tenía que llegar hasta Gornak y buscar evidencia de cuanto le fuera posible.

Comenzó a ver una luz ámbar al final del túnel que se hacía más grande a medida que avanzaba, hasta que salió a una parte mucho más abierta que antes. Ahora las cuerdas la llevaban hacia abajo, a la parte en donde descargaban los minerales. Allí había dos grols volcando todo el contenido de los recipientes en barriles que dejaban a un lado y que luego los enanos iban cargando hasta dejarlos cerca de las forjas. Con toda seguridad sería vista si no se ocultaba o creaba una distracción.

Los recipientes se paraban cada tanto para que los grols lo pudiesen vaciar. Aprovechó el ese momento para salir y sujetarse en la cuerda. Aún faltaban tres recipientes más antes de que llegase el de ella, pero no quería arriesgarse.

Se subió a la cuerda y se desplazó con la misma pericia que lo habría hecho su compañero arácnido. Cuando se ubicó a una distancia prudente, sacó una cuerda que llevaba consigo y la pasó por encima de la que se usaba en el sistema de poleas. Se enroscó un extremo de la cuerda en una mano y con la otra se sujetó de la parte del lado opuesto. Poco a poco fue bajando a un ritmo ágil. Y antes de que los recipientes volvieran a moverse, Ágata ya estaba en el suelo tirando de la cuerda para volver a guardarla.

Se había situado en el borde de unas rocas en el interior de la cueva. Estaba a unos quince metros del nivel del suelo, justo en donde estaba el par de grols. Si bajaba sería vista por alguno de los dos. La iluminación abajo era un problema. Y pese a estar en la parte alta no se sentía segura, no si había enanos vigilando.

Echó un vistazo a la izquierda para comprobar que nadie le miraba. Todos parecían estar ocupados con sus asuntos. Volvió la mirada hacia adelante. No había un camino marcado, solo algunas rocas sobresaliendo. Aun así, eran lo suficientemente grandes como para aguantarla a ella.

Inspiró profundo, se echó hacia atrás y luego tomó toda la carrerilla que pudo en el espacio ínfimo e incómodo que tenía. Despegó los pies de la roca y dio un prodigioso salto hacia la roca más próxima. En el momento en el que la punta de sus dedos tocó la superficie, movió la otra pierna y volvió a dar otro salto. Y lo mismo con la siguiente. Cada vez que avanzaba calculaba la distancia entre un objetivo y otro, la trayectoria que tenía que tomar y la fuerza a aplicar. Todo eso antes de apoyar su pie en la plataforma más cercana. Esperaba no ser vista por nadie. No podía comprobar que nadie le viese, o eso podría resultar en un error de cálculo, y acabaría cayendo.

El camino de roca se acababa, y Ágata tuvo que hacer acoplo de toda su pericia para frenar a tiempo. El impulso que traía consigo provocó que diera un paso de más, y paso directo al vacío. Una de sus manos se aferró a la piedra más cercana que tenía, y Ágata quedó inclinada hacia adelante, al borde de la caída. Tras tomar un profundo respiro de alivio volvió a incorporarse sobre la roca, y desde allí volvió a evaluar la situación.

Los enanos y los grols continuaban trabajando. Un alivio.

Debajo suyo había una entrada bastante grande. Solo una persona podría necesitar una entrada de esas dimensiones. Tenía que bajar y meterse por allí, pero eso supondría exponerse a la parte iluminada. Observó el panorama una vez más. No había nadie cerca, ni nadie que estuviese prestando atención a aquel sitio. Era un buen momento para seguir infiltrándose.

Con ayuda de su cuerda bajó de la pared de roca sin ningún problema, comprobó que todo estuviese en orden y luego se asomó por el borde de la entrada para ver. No había nadie. Aguzó el oído para asegurarse de que no había nadie cerca. Nada.

Sin dudarlo un segundo, echó a correr. Sus pies tocaban el suelo, pero estos no producían sonido alguno. Se había asegurado de que fuese de esa manera tras años de pulir su andar. No solo para no alertar a nadie de su presencia, sino también para que el ruido de sus pisadas no le molestase a la hora de aguzar el oído.

Llegó hasta unas puertas enormes, cuyas cerraduras estaban, por lo menos, a unos seis metros de altura. En la propia puerta había otra más de menor tamaño. Supuso que aquella sería la puerta que usaban los enanos. Sacó una horquilla y una ganzúa para forzar la cerradura, notó en sus dedos el movimiento de los pistones internos, inclinó una punta más hacia adelante, y se produjo un clic tan satisfactorio como alarmante. Se giró a todas partes. Vio una sombra acercarse. Rápido abrió la puerta, intentando hacer el menor ruido posible, y se adentró en aquel lugar.

Llegó a un enorme recibidor lleno de columnas que sostenían la planta de arriba. Todo estaba hecho con una combinación extraña pero bien realizada de madera y piedra. Escuchó pasos en la parte de arriba, y voces nerviosas. Algo relacionado con la cena de esa noche.

Ignoró todo eso y siguió hacia adelante, alejándose de la entrada tanto como le fuera posible. Su oído captó una voz fuerte y grave, se escuchaba lejos, pero lo había captado. Era Gornak.

Avanzó por un pasillo enorme que la llevó hasta una puerta cerrada. Del otro lado podía escuchar la voz del gigante.

Como era de costumbre, realizo su rápida inspección a los alrededores, y tras comprobar que no había nadie, echó un vistazo por el agujero de la llave: Gornak estaba delante de un espejo hablando con alguien. Debido al tamaño del tipo no podía ver con quién hablaba, pero eso era lo de menos. Dejó de lado espiar por la mirilla y pegó el oído a la puerta.

—Lamento haber tardado tanto en contactar —dijo Gornak—, han sido unos días ajetreados.

—Has contactado conmigo en el periodo habitual —respondió una voz masculina que le era del todo desconocida a la pícara—. ¿Por qué dices que lamentas tardar?

—Porque esta semana ha habido un suceso histórico. —La voz al otro lado del espejo no dijo nada, solo permaneció a la espera—. El Forjador se ha presentado en mis dominios. Él y sus aliados se han batido en duelo contra mis guerreros en el coliseo.

—¿El Forjador? —pronunció la voz, asimilando lo que eso significaba—. Era cuestión de tiempo que llegase hasta a ti después de saber de la desaparición de Tal'kar y el litch de escarcha —comentó la voz—. Presumo que has capturado al Forjador y a sus aliados, ya que estamos manteniendo esta charla.

—Así es. Uno de sus aliados desapareció tras perder el control de sí mismo. Otro está encarcelado en mi prisión subterránea. En cuanto al Forjador, ha pasado a mejor vida. Pereció bajo el filo de mi hacha.

—Sabía que podía eras un guerrero capaz, Gornak. Gracias a esto tendremos el camino despejado para continuar con nuestra tarea. Bien hecho.

—Gracias por sus palabras, Gigael. Sabe bien que estoy a su servicio.

—No lo dudo. Pero hay algo más que debo solicitarte. Necesito que me prepares los restos del Forjador. Enviaré a alguien para que los recoja. —El gigante guardó silencio durante unos segundo tras escuchar esas palabras—. ¿Ocurre algo?

—Sí, Gigael, no tengo en mi poder los restos del Forjador. Su cuerpo se desvaneció en un montón de cenizas poco después de morir.

—¿Se desvaneció?

—Así es. Como un montón de madera que se consume por las llamas. —Hubo silencio durante varios segundos—. ¿Era una parte importante del plan?

—Sí, lo era.

—En ese caso le pido disculpas por no haberlo capturado con vida.

—No, no es tu culpa. Mis ordenes fueron claras: acabar con él. No esperaba que su cuerpo fuese a desaparecer. Esto nos supondrá un retraso a la operación. Necesitamos el cuerpo del Forjador para intentar hallar en este la fuente de la magia dimensional. Si lo conseguimos, entonces podremos crear nuestras propias tijeras.

—¿Es eso posible? —preguntó el gigante.

—Tengo motivos de sobra para creerlo.

El gigante volvió a guardar silencio por un momento, como si meditase lo que la otra persona al otro lado del espejo le acababa de decir.

—Que el Forjador esté muerto supondrá un problema, entonces —comentó Gornak.

—No un problema, pero sí un retraso, como he dicho.

—¿A qué se refiere?

—¿No es obvio? Cuando la antigua Forjadora murió, todos pensaron que ya no habría alguien que se encargase de crear las tijeras dimensionales. Sin embargo, después de cinco años apareció un nuevo Forjador.

—Entonces crees...

—Que un nuevo Forjador aparecerá con el tiempo —explicó el tal Gigael.

Ágata abrió grande los ojos al escuchar aquella declaración. ¿Alguien más vendría a reemplazar a Kleyn? De ser así, ¿cuánto tardaría? ¿Qué pasaría hasta entonces?

—Entiendo. En ese caso, ¿cuáles son las ordenes? —preguntó Gornak.

—Por el momento, seguiremos como hasta ahora. Reclutaremos a dos nuevos jefes de zona y les daremos nuevas pautas: capturar al siguiente Forjador con vida. Esperaremos lo que haga falta para hacerlo.

—Comprendo. ¿Qué quiere que haga con el aliado del Forjador que capturé?

—Por el momento mantelo encerrado. Podría sernos útil.

Ágata iba a seguir escuchando, pero el sonido de alguien acercarse la alertó. Sin pensarlo dos veces se alejó de allí y se ocultó en lo que pareció ser un cuarto enorme con armas y armaduras. Se escondió debajo de una pechera gigante, la cual la cubría del todo. Allí pudo asimilar la información que acababa de escuchar: Biggon estaba vivo, pero cautivo; otro Forjador podría aparecer para tomar el lugar del Kleyn; y ese tal Gigael con el que Gornak estaba hablando parecía ser la cabeza detrás de todo el asunto de las tijeras dimensionales.

Fuera como fuera, tenía que salir de allí y llevar esa información a la Orden Armada cuanto antes.

Kleyn no podía creer que delante suyo estaba la antigua Forjadora de tijeras dimensionales.

—Eres tú. La Forjadora de la que tanto se habla, la que sirvió a la Alta Comisión durante tantos años y cuyo nombre es leyenda en todo el reino. —Al escuchar esas palabras, la pelirroja sonrió—. Hekapoo.

—La misma —la misma, respondió ella.

Kleyn le volvió a echar un vistazo de arriba abajo, sonriendo.

—Eres más pequeña de lo que esperaba —comentó este, de golpe.

De pronto, la mujer frunció el ceño y la llama sobre su tiara se expandió durante un segundo.

—¿Qué dijiste? —inquirió esta, enseñando sus colmillos—. Ten un respeto por tus mayores, niño.

—Lo siento, lo siento —dijo este, pidiendo calma con sus manos, sin darle mucha importancia al asunto.

La mujer mantuvo una mirada desdeñosa durante unos segundos, luego soltó un resoplido por la nariz y pareció calmarse.

—Comencemos de nuevo —propuso el muchacho—. Soy Kleyn, el nuevo Forjador de tijeras dimensionales.

—Sí, ya lo sé. Aunque ahora mismo eres otro Exforjador —comentó esta, recordándole que ya no estaba entre los vivos.

A decir verdad, el comentario no le agradó a Kleyn, pero este intentó mantener el porte.

—Sí, eso sería más apropiado. Aunque no resultó nada agradable. Un gigante me descuartizó con su hacha.

—Lo sé —volvió a decir la Forjadora—. Gornak, un híbrido entre gigante y titán. Y sí, no fue nada agradable.

Esta vez, Kleyn enarcó una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

—Vemos todo lo que ve un Forjador desde aquí.

—¿Quienes, tú y el Ente? —preguntó Kleyn, señalando hacia atrás, pese a saber que el Ente no tenía una ubicación fija.

—No, ella y yo —comentó una voz masculina detrás de él.

Kleyn notó algo de presión en su hombro. Como si alguien le apoyase la mano. Este se giró y vio a un tipo casi tan alto como él. Era un hombre de piel morena y cabello castaño, dotado de un cuerpo musculoso y un lunar debajo del ojo derecho. Por un segundo estuvo a punto de preguntarle quién era, pero entonces recordó una de las estatuas gigantes que había visto en Mewni. Aquella que estaba junto a la estatua de la Forjadora. Entonces fue que abrió los ojos de golpe.

—Tú eres el humano que ayudó a la Forjadora a salvar el reino, ese tal Marco.

El hombre le sonrió.

—Así es —dijo el hombre, y le extendió la mano, la cual Kleyn aceptó de buena manera y le dio un buen apretón—. Es un gusto conocer al nuevo Forjador.

—Bueno, Exforjador —corrigió Kleyn sin perder su sonrisa, y echando una mirada de reojo a la antigua Forjadora—. ¿Qué hace aquí un humano? —preguntó, abandonando el apretón de manos. Por un momento pensó que la presencia de aquel tipo allí solo podría significar una cosa—. ¿También eres un Forjador?

El hombre se llevó una mano al pecho y se echó a reír. Mientras lo hacía, caminó con calma hacia la Forjadora.

—No, no lo soy. Tan solo soy un humano común y corriente.

—Entonces, ¿por qué estás aquí? El Ente dijo que sólo los Forjadores tienen acceso a este lugar.

—Ah, eso —comentó el humano, y este se giró un momento hacia la Forjadora. Ambos intercambiaron miradas durante unos segundos antes de volver la vista al frente—. Es una larga historia. Puede que luego te la cuente.

—Sería interesante, pero tengo algo de prisa. —Kleyn clavó su mirada en la Forjadora, y adoptó un porte más serio—. Necesito tu ayuda, Forjadora. Tengo que volver a reconstruir mi cuerpo para volver a la vida y regresar a rescatar a mis amigos y romperle la cara a Gornak.

La mujer enarcó la ceja de su único ojo visible y se cruzó de brazos.

—¿Y cómo piensas hacer eso?

—¿Y eso qué importa? Solo necesito regresar. Ya me preocuparé de cómo hacerlo una vez que esté allí.

La Forjadora aseveró su gesto.

—No eso no servirá. No puedes actuar de forma tan impulsiva. Eso fue lo que te llevó a morir.

Eso molestó a Kleyn más de lo que le habría gustado, pero necesitaba su ayuda, así que se mordió la lengua.

—De acuerdo. Tal vez tengas razón, pero, aun así, necesito ir allí cuanto antes. El tiempo corre, y no sé cómo están mis amigos. Tengo que salvarlos cuanto antes.

—Deja el tiempo de lado —dijo ella, moviendo la mano para que dejase el tema de una vez—. En esta dimensión el tiempo corre de la misma forma en la que corre en la dimensión donde tenemos nuestra guarida. El tiempo no apremia. No en este caso.

Saber eso le ayudó a sentirse algo más tranquilo, aun así, el problema seguía vigente.

—Está bien, hay tiempo, puedo hacer un plan para que te quedes tranquila. Entonces, ¿me podrías ayudar a reconstruir mi cuerpo?

La Forjadora soltó un suspiro y negó con la cabeza.

—Veo que no lo entiendes —soltó, y volvió a clavar la mirada en él—. No es el plan lo que me tiene intranquila, eres tú.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Eres impulsivo e inmaduro. No te tomas tu labor como Forjador en serio. Además de que tienes muchos aires de superioridad.

—¿¡Qué!? —reaccionó este, enseñando los dientes de sierra y haciendo crecer la llama de su cabeza por un segundo—. Mira —levantó una mano con su dedo índice—, puede que sea temperamental, pero tú también lo eres. Puedo verlo sin siquiera conocerte. Pero yo me tomo mi labor como Forjador en serio. No me pasé cinco años vagando por toda la tierra de Mewni en busca de su castillo para conocer a los reyes, la Alta Comisión y hacerme cargo del asunto de las tijeras dimensionales para que luego alguien venga a decirme que no me tomo mi trabajo en serio. Me da igual que hayas sido la anterior Forjadora. Tú tuviste tu momento, y ya pasó. Ahora me toca a mí —se señaló al pecho con su pulgar—. Y otra cosa —continuó—. Puedes decirme que tengo aires de superioridad. No me importa. Gornak dijo lo mismo. ¿Y sabes qué? Ambos tienen razón. Me siento superior a los demás, y seguro que tú también te has sentido así. ¿Y sabes por qué? porque lo somos —explicó este—. Somos Forjadores, nacimos con capacidades más allá del resto de los seres vivos. El paso del tiempo no significa nada para nosotros. Y somos los únicos capaces de crear las herramientas dimensionales. Te guste o no, somos únicos. Es un hecho. Y si a alguien no le gusta, ya puede aguantarse, porque yo no elegí ser el Forjador, yo no decidí estar a cargo de unas herramientas tan importantes como estas, tan solo nací con ello. Y para bien o para mal, soy consciente de lo que mi propia existencia significa. Que me sentiré orgulloso de ello, le pese a quién le pese.

El hombre junto a la Forjadora la miró de reojo, como quien mira a una criatura salvaje a sabiendas de que está a punto de saltar al ataque, y dio un paso hacia atrás. Ella, en cambio, entrecerró el ojo y le dirigió a Kleyn una mirada que haría temblar hasta a una roca. Pero aquello le dio igual al pelirrojo. Ya estaba muerto.

La llama de la Forjadora se extendió por todo su cuerpo y amenazaba con expandirse aún más. Los puños le temblaban por la tensión que ejercía y Kleyn había jurado que el calor general en todo aquel plano había aumentado. Por un momento pensó que la mujer iría a explotar de verdad, pero no lo hizo. En cambio, esta cerró los ojos e inspiró profundo para calmarse. Cuando soltó el aire volvió a abrir los ojos, pese a ello, su expresión intimidante no disminuyó ni un ápice.

—Por si no lo recuerdas, las obligaciones de un Forjador no están limitadas a encargarse de aquello que obviamente es tarea suya arreglar, sino también de cumplir la función principal de este. —Al escuchar eso, Kleyn enarcó una ceja—. Dime, Kleyn, ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que forjaste unas tijeras para alguien? ¿Cien, doscientos años?

—He estado ocupado, y por lo que he podido ver, eso es algo que ya deberías saber.

—No es excusa. Un Forjador debe estar a la altura de su título, o al menos esmerarse en estarlo. Tú, por otra parte, solo te haces el mártir para huir de tus responsabilidades. Incluso antes de tener que prepararte para tu expedición a la tierra de Mewni, no eras alguien que mostrase especial interés en encontrar merecedores de portar tijeras dimensionales. Yo a tu edad hacía mucho más de lo que tú haces —dijo esta, señalándole con el dedo índice—. Y es verdad que es un hecho que somos superiores a muchas criaturas en varios aspectos, pero eso no nos da el derecho a comportarnos de forma prepotente. Muchos seres idolatran la figura del Forjador, y lo menos que podemos hacer nosotros es esforzarnos para estar a la altura de todo lo que ser Forjador conlleva.

—Esa es tu forma de verlo, y no tiene por qué ser la mía también. Tal vez no sea tan aplicado como tú, pero no le hago daño a nadie, así que no quiero que la antigua Forjadora venga a recriminar mi comportamiento. Nunca tuve un verdadero guía, y aun así, lo hice lo mejor que pude. Tú mejor que nadie deberías entenderlo también. A fin de cuentas, también has nacido con el título sobre tus hombros.

—Como he dicho, nacer con el título no te da derecho a mostrarte superior al resto ni a menospreciar los logros ajenos. Después de todo, fue eso lo que te llevó a la muerte, tu exceso de confianza en ti mismo y tu inmadurez.

Kleyn apretó los puños y tensó los músculos. Quería hacer desaparecer a esa mujer. Dio un paso hacia ella, dispuesto a mandarla a la mierda, pero sintió que todo aquello no era más que una pérdida de tiempo.

—¿Sabes qué?, da igual. Todo esto es estúpido. Tengo mejores cosas que hacer, y las haré con o sin tu ayuda.

—¿Y ya está? —se quejó ella—. ¿Tan solo dirás eso y te irás?

—De nada sirve escuchar las quejas de una anciana.

La mujer enrojeció de la furia en un solo segundo.

—Da igual que te alejes, estamos en todas partes.

—Lo que digas —dijo este con un movimiento de mano, restándole importancia a sus palabras. Luego dio media vuelta y echó a andar.

—Crece de una vez, Kleyn, todo lo que te dije no son insultos, ni quejas. Es la verdad. Aprende de tus errores y acepta los consejos de aquellos que llevan más tiempo que tú en el oficio.

—Mira cuanto me importa.

Notó algo de presión a su espalda. Pese a no tener cuerpo era papable el enojo de la Forjadora.

—Creo que me que me equivoqué contigo —pudo escuchar de ella en voz baja.

Kleyn se detuvo y se giró hacia la mujer.

—¿Has dicho algo?

—Sí, que me equivoqué el día en el que...

—¡Heka! —intervino el hombre de golpe, colocándole una mano en el hombro y provocando que la mujer se callara.

La Forjadora se quedó congelada por un momento, respirando de forma pesada. Esta se puso recta y posó una mano encima de la del hombre. Este le quitó la mano del hombro y ella pareció calmarse un poco.

—Me voy antes de que diga algo de lo que me arrepienta —dijo ella, aún seria, y luego se desvaneció.

El humano se quedó viendo un momento las partículas de la mujer desapareciendo hasta que no quedó ninguna.

Extrañado, Kleyn se acercó a él, y este se le giró al notar cómo se acercaba.

—Oye, Marco, sé por los monumentos que ella es tu pareja, pero deja que te diga que ella es un poco extraña —comentó este—. ¿Qué le pasa?

El humano clavó la mirada en él, se le acercó hasta colocarle una mano en el hombro con firmeza.

—Kleyn, ya sé que te has criado por tu cuenta y que nadie te ha enseñado nada, así que permíteme a mí enseñarte algo: hay momentos en la vida en los cuales tenemos que aprender a callarnos.

—¿Lo dices por lo de ahora? —señaló al sitio en el que hace un momento estuvo la Forjadora—. Fue ella quién lo empezó...

—Hay momentos en los que hay que aprender a callarnos, Kleyn —repitió el humano en tono firme y autoritario. Notó una mayor presión en su hombro, y también la presión del rostro serio de aquel tipo.

Kleyn entornó la mirada y no dijo nada. Meneó el hombro para quitarse de encima la mano del humano y luego dio media vuelta, dispuesto a averiguar cómo reconstruir su cuerpo por cuenta propia.

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Otra semana, otro cap. Espero que sigan disfrutando de esta historia tanto como yo. La verdad es que tengo ganas de continuar. Me está gustando por dónde están yendo los tiros.

Sí te gustó el capítulo escribe un comentario, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, pues me encantar leer a mis lectores. Y si gustas, también deja un like.

Gracias por tu tiempo y apoyo.

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