Capítulo 32: Gornak, el líder de la zona sur

Durante un par de segundos permaneció un silencio sepulcral en la arena. De nuevo se encontraban solo ellos dos: Kleyn y Gornak, el Forjador y el gigante. Ambos se estudiaban, intercambiaban miradas, se desafiaban sin palabras. Podían sentirlo, los dos anhelaban ese encuentro.

—Querido público, este es un momento histórico en el coliseo de la montaña volcánica —dijo el presentador, rompiendo el silencio en la arena—. De este lado tenemos a la leyenda, miembro de la Alta Comisión de Magia...

—No, de hecho, no lo soy —aclaró Kleyn—. Aún.

El enano carraspeó y se aclaró la garganta.

—Posible futuro miembro de la Alta Comisión de Magia, forjador de las tijeras dimensionales y heredero del título de su predecesora, Hekapoo, ¡Kleyn! —gritó este, provocando que el público gritase con él. En ese punto, Kleyn no pensó que aquellos gritos fueran de ánimo, sino de emoción, independientemente de que se tratase del enemigo—. Y de este lado, aquel que conquistó la montaña volcánica, el que se volvió un forjador excelso y aprendió a crear armas ígneas, y cuya fama y potencial llamaron la atención del gran líder para que este lo convirtiera en el líder de la zona sur. Nuestro gran y queridísimo jefe, ¡Gornak!

—¡Gornak! —gritó el público.

—Querido público, hemos tenido unas batallas impresionantes hoy, pero creo que aquí y ahora presenciaremos la batalla más grande e importante en la historia del coliseo. No lo digas muy alto, o a cierto pelirrojo se le subirá el ego. Por eso, y sin más preámbulos, daremos comienzo a la batalla. Luchadores prepárense. —Gornak tomó su hacha doble y aferró sus manos al mango de esta. Kleyn se crujió el cuello y luego acentuó sus garras, listo para lanzarse. El presentador intentó estirar más el tiempo de espera—. ¡A luchar!

Kleyn lanzó una llamarada directa al rostro de Gornak. Este realizó un tajo en medio de la llamarada y la cortó por la mitad. Las llamas restantes las absorbió el hacha. Kleyn ya se lo había esperado, por eso aprovechó ese momento para aparecer desde un portal en el mismo lado en el cual había acabado el hacha de Gornak. El impulso residual no le dejaría al gigante reponerse de su propio ataque y responder a tiempo. El albino abrió las garras y se preparó para arrancarle el rostro. Sin embargo, Gornak soltó su arma, dio un paso hacia atrás y embistió a Kleyn con su casco. El puño del Forjador impactó contra el metal y salió disparado hacia atrás debido al empuje. Este usó sus llamas para recomponerse en el aire y caer de pie.

Durante esa pequeña interrupción, Gornak tuvo tiempo para recoger su hacha y dejarla descansar en su hombro.

—Pareces ansioso —comentó el gigante—. Dices que me has estado buscando durante mucho tiempo, pero, por tu forma de actuar, tengo la sensación de que no quieres que nuestro encuentro dure demasiado.

—Vaya, no te imaginaba tan hablador.

—No todos los días se tiene la oportunidad de luchar contra el Forjador. Y yo, en especial, tuve un gran interés en conocerte.

Kleyn sonrió y negó con la cabeza, luego miró a su oponente. ¿Hablar en medio de un combate? Cosas más locas habían ocurrido antaño, pero le resultaba interesante, además de que a él también le interesaba saber cómo había conseguido Gornak crear armas ígneas. Pese a ello, no se olvidó de que estaba en una arena, así que comenzó a caminar hacia un lado, listo para reaccionar ante cualquier cosa, y sin perder de vista a su oponente.

—¿Por qué tanto misterio? —preguntó este—. Hablas de mí como si quisieras cobrarte una venganza que llevas planeando hace muchos años. Como si en vez de tu enemigo fuese una amante que te ha roto el corazón y a la que has esperado solo para decirle que has superado la ruptura. Vamos, habla, se nota a leguas que te mueres de ganas por contarme tu historia.

Gornak resopló por la nariz a modo de risa y entrecerró los ojos.

—Tan arrogante como cuentan las leyendas.

Para la sorpresa de Kleyn, Gornak colocó su hacha doble delante con un pequeño empujón de su hombro, aferró el mango con ambas manos y se lanzó hacia adelante para atacarlo. Kleyn se echó para atrás, esquivando el impacto. El hacha cayó sobre la arena y creo una corriente de viento debido a la fuerza del golpe que empujó aún más al Forjador.

Kleyn se cubrió de la corriente y, al caer, dio un par de volteretas acrobáticas hacia atrás en la arena y se recompuso, acabando de pie. Sin embargo, no tuvo un momento de respiro, porque el gigante corrió hacia él.

Gornak lanzó varios tajos potentes a su oponente. Kleyn conseguía esquivarlos, pero las corrientes que generaba le impedían contraatacar adecuadamente. Cuando Kleyn ya se encontraba en el borde de la arena, tuvo que abrir un portal de improvisto y ubicarse a espaldas del gigante. Corrió hacia él y dio un salto con sus garras a punto para rajarle en el sobaco, allí donde su armadura no le protegía. Pero el gigante soltó su hacha y se cubrió con su brazo derecho, luego, aprovechando que Kleyn no podía esquivar en el aire, le propinó un codazo con el izquierdo y lo mandó a Volar. De nuevo, Kleyn tuvo que realizar una maniobra en el aire para caer bien, luego se quedó en su sitio para recuperar el aliento en posición de batalla.

El público aclamó a su líder.

—Tal parece que ambos luchadores están que arden —comentó el presentador.

—Pensé que querías que nuestro encuentro durase —le gritó Kleyn.

—Lo siento —dijo Gornak mientras se crujía el cuello y recuperaba su hacha—. Necesitaba hacerlo.

—Sí, supongo que yo también me disculparé cuando te arranque la cara.

—Actúas como si ya hubieras ganado la batalla.

—Hay una diferencia entre tú y yo —dijo Kleyn, y se puso recto, y frunció el ceño en un gesto serio—. Yo peleo por una causa justa —dijo este, apuntándose al pecho.

Gornak se mostró con gesto ceñudo.

—Tú no eres quién para hablar de justicia —dijo este, notablemente más serio y enojado. Creo que has tocado alguna fibra sensible.

—¿Qué pasa, Gornak, he tocado tu fibra sensible? —Kleyn pudo ver como al gigante se le marcaban las venas de la mano con la que sujetaba el hacha, y él respondió con una sonrisa. Te encanta hacer eso, ¿no es así?—. ¿Y qué quieres decir con eso de que no soy quién para hablar de justicia? —reclamó este—. ¿Acaso el medio gigante medio titán que apareció por la zona sur y esclavizó a los enanos para trabajar en su fortaleza volcánica es alguien justo? ¿Acaso es justo robarles a las personas las tijeras dimensionales que tanto trabajo les ha costado ganarse? ¿O es que me perdí de algo?

—Es lo mismo con todos. Ya lo dijo Gigael, ustedes solo ven aquello que quieren ver.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kleyn.

—Las tijeras dimensionales no le dan la vida a ninguna de las personas a las que se las hemos robado. Pero a nosotros sí. Muchos de los que están aquí tienen una vida mejor de la que nunca han tenido gracias a nosotros.

—¿De verdad eres tan patético como para querer hacerme creer que los enanos que esclavizaste están contigo porque quieren? Porque eso de que todos piensen lo mismo y les guste trabajar para ti me parece muy conveniente.

—Los enanos y los grols han tenido la oportunidad de jurarme lealtad y tener una vida honrada. Aquellos que no lo han hecho trabajan en la esclavitud. Han tenido su oportunidad, y han elegido. Y, aun así, no tienen una mala vida. Comen bien, tienen un lecho en el cual descansar, y solo aquellos que no se muestran cooperativos son los que reciben castigos.

—Entonces, ¿qué quieres decirme? ¿Qué ustedes no son un grupo de traficantes? ¿Que en verdad solo están reclutando —dijo esto último haciendo comillas con los dedos— miembros para quitarle sus tijeras a los ricos y dárselas a los pobres? ¿Y qué más quieres contarme? ¿Qué esa maquinaria de calibre militar en realidad son juguetes para los niños? ¿Qué los cientos de metales que están recolectando son para hacer armaduras que resguarden del frío a los pobres? Sí, sin duda soy yo el que se ha equivocado al sacar conclusiones precipitadas, seguro.

Gornak entornó la mirada.

—Nos estás confundiendo por ingenuos, Forjador. —Kleyn enarcó una ceja, y Gornak tomó aire, hinchando aún más su prominente pecho—. Sí, llámanos traficantes, les robamos las tijeras a aquellos que las tienen y nos las quedamos, puedes ponerle el nombre que quieras, pero las acciones son esas. Sin embargo, no matamos a nadie.

—Vaya, no matan a nadie. Entonces todos los secuaces y los dos jefes de zona anteriores que intentaron matarnos solo estaban jugando, ¿no?

—Eres una amenaza para nosotros, al igual que el reino de Mewni. ¿Qué por qué hacemos armamento? Por un motivo muy simple, por protección —dijo este—. Hemos creado nuestros propios reinos, nuestros propios dominios gracias al valor que conseguimos de las tijeras dimensionales. No somos tan ingenuos como para creer que no habría represalias contra nosotros. Por eso creamos armas, por eso creamos armaduras, por eso creamos máquinas de asedio.

—Claro, las máquinas de asedio son un gran medio de defensa. Las piedras que arrojen las catapultas los protegerán de las flechas.

—Las catapultas son solo un elemento disuasorio. Al menos de momento. Llegada la ocasión, no dudaremos en utilizarlas.

—Elemento disuasorio —repitió Kleyn, intentando contener la risa—. Gornak, por favor. Se están preparando para una guerra. No hace falta que intentes engañarme con tus excusas baratas. Se están haciendo los mártires, y no lo son, por más que se esfuercen en aparentarlo.

—Te equivocas. No intentamos parecer menos de lo que somos. Somos una potencia a tener en cuenta. Nos hemos hecho un hueco en el mapa, y es mejor que comiencen a marcarlo. ¿Qué vamos a ir a una guerra? Tal vez. Por eso nos preparamos, por un "tal vez". No estamos en el bajo mundo, a pesar de que muchos de los nuestro se muevan por ahí. En verdad operamos a la vista de todos. Y es mejor que nos vayan teniendo en cuenta. Queríamos nuestro sitio en el mundo, y ahora lo tenemos. Tal vez estemos en conflicto con varios reinos, pero nadie consiguió un reino sin ensuciarse las manos.

—El papel de líder sin lugar a dudas te vine como anillo al dedo. Incluso estuve a punto de llorar —se burló el pelirrojo—. Deja de lado toda esa basura de su lugar en el mundo, la independencia y tener su puntito rojo en el mapa, y dime algo que de verdad me importe —dijo este—. ¿Cómo pudiste hacer armas ígneas? —preguntó este, apuntándole con el dedo.

Gornak sonrió y se quedó en silencio por unos segundos.

—¿Y bien?

—Después de todo lo que hemos hablado, ¿lo que realmente te preocupa es eso?

—Me preocupa que un lunático tenga en su mano la capacidad de crear armas tan peligrosas como lo son las armas ígneas.

El gigante negó con la cabeza y balanceó su hacha para llevarla al aire y luego tenerla a punto para atacar.

—Yo creo que no es así —aseguró este con gesto severo.

El gigante se lanzó a la carga, hacha en mano, y realizó un tajo hacia adelante. Kleyn esquivó usando un portal. El hacha dejó un rastro de destrucción allí en donde había estado Kleyn.

—¿Qué pasó? —preguntó Kleyn—. ¿No tenías ganas de hablar?

—El público quiere ver una lucha —dijo el gigante, recuperando su hacha—. Además, veo que te molesta, y eso me agrada.

El Forjador frunció el ceño.

—Entonces te sacaré las respuestas a mi manera.

Kleyn flexionó las rodillas, dejó caer los codos, los echó hacia atrás y cargó llamas en ambos brazos. Cuando las llamas estuvieron a punto salió disparado hacia Gornak y en mitad de la arena comenzó a lanzarle tantas bolas de fuego como pudo.

Gornak no podía parar todos los proyectiles con el hacha, así que se limitó a cubrirse con su armadura. Tal y como Kleyn se había esperado, la armadura también absorbía gran parte de las llamas. El único daño que recibía era el de los impactos ígneos residuales. El resto de las llamas eran absorbidas.

—Parece que el Forjador está usando toda la potencia ígnea que no usó en los otros combates —comentó el presentador—. Lo está dando todo, pero el jefe no parece afectado.

—Eso no funcionará —le gritó el gigante.

Gornak golpeó hacia adelante con su brazo y generó una corriente de viento que eliminó el resto de bolas de fuego. Pero, para sorpresa del gigante, Kleyn no se encontraba delante. Para cuando se quiso dar cuenta, sintió un empuje desde su espalda que lo hizo tambalearse hacia adelante. Consiguió apoyarse con una pierna y evitar caer. Quiso girarse de inmediato para contraatacar, pero Kleyn ya no estaba. Entonces notó un golpe en la parte de detrás de la rodilla que lo obligó a hincarla en la arena. Perdió el equilibrio y tuvo que usar su mano libre para no caer. De nuevo, quiso reaccionar para contraatacar, pero no era capaz de girarse sin ponerse de pie antes. Y, sin que tuviese tiempo a intentarlo siquiera, Kleyn apareció delante con una garra en el aire y le hizo un corte en diagonal por la parte del mentón, lo que provocó que se llevase una mano al rostro.

Kleyn sonrió al ver que había conseguido conectar el corte. Estuvo dispuesto a intentar conectar otro, pero Gornak se quitó la mano con la que se cubría y proliferó un fuerte grito que obligó a Kleyn a taparse los oídos. Puso algo de distancia entre ambos, lo cual le dejó tiempo a Gornak para reponerse.

Ahora ambos estaban de pie, el uno delante del otro. De la barba del gigante caían gotas carmesíes. La expresión de este era una de ira profunda.

—Si no te conociera diría que estás enojado —dijo Kleyn.

Gornak arrugó la nariz y las venas de su rostro se hincharon, lo cual provocó que Kleyn sonriera. ¿Por qué te gusta tentar a la suerte?

Por un momento, Kleyn pensó que Gornak iba a estallar y se lanzaría por él, pero este pareció contenerse, y serenó su rostro.

—Veo que tienes ganas de saber cómo pude crear armas ígneas.

Cuando escuchó eso, Kleyn borró la sonrisa del rostro.

—Vaya, creo que he dado en el blanco —rio el gigante.

Kleyn sabía que todo aquello era para sacarlo de quicio, pero no iba a caer en ello.

—Tranquilo, puedes guardarte el secreto si quieres. De poco te valdrá esa habilidad cuando acabes entre rejas.

—Igual de soberbio que al principio —comentó este—. Lo digo de verdad, te contaré como lo he conseguido. Pero antes quiero que tú me respondas primero, y con sinceridad. ¿Te interesa saberlo porque crees que es una amenaza, o porque te extraña ya no ser el único capaz de hacer esas armas?

Kleyn bufó y agitó la mano en el aire, quitándole importancia al asunto.

—¿Por qué me importaría algo como eso?

—Eres el centro de atención de muchos, sobre todo de los herreros. Todos ellos admiran tu maestría, destreza y singularidad para la creación de todo tipo de cosas con metales. Eres el único que puede hacer tijeras dimensionales. Y eras el único capaz de crear armas ígneas. —Esta vez, Kleyn frunció el ceño—. Alguien más apareció, alguien capaz de hacer lo mismo que tú.

—¡Ja! Ya te gustaría poder hacer tijeras dimensionales —rio—. Yo soy el único que es capaz de hacerlo —se señaló a sí mismo.

—Sí, pero ya no eres tan único como te creías. Y eso te molesta, más incluso que el hecho de que esa habilidad ígnea sea usada para crear armas peligrosas. Es tu propio ego lo que realmente está herido, y también lo que más te molesta.

Ya se estaba cansando de todo aquello.

—Deja ya la palabrería. ¿Vas a decirme cómo lo conseguiste o vas a aburrir a todos? —dijo este, abriendo los brazos para referirse al público.

—Impaciencia —sonrió Gornak—. Es muy simple. ¿Tú cómo obtuviste la capacidad de crear armas ígneas?

—Soy el Forjador. Nací con ello.

—¿Y cómo aprendiste a usarlas?

—Desde que tengo uso de razón sé hacerlo.

—Ahí es donde tú y yo nos diferenciamos. Yo tuve que descubrirlo por mi cuenta. Pero, al igual que tú, también nací con ello.

Aquello dejó anonadado al pelirrojo.

—¿Me estás diciendo que tú naciste con esas cualidades?

—Así es, solo que no las descubrí hasta mucho después.

—Eso no puede ser. Nunca antes había escuchado hablar de otros individuos capaces de crear armas ígneas.

—Ya ves que los tiempos cambian. Pero, a diferencia de ti, yo no nací sabiendo, yo me gané el poder usar estas habilidades con sudor y sangre.

—¿Te lo ganaste? —preguntó Kleyn, confundido.

—Sí. A diferencia de ti, tuve que pasar por un gran calvario hasta que pude descubrir de lo que era capaz. Tú, que has nacido con estos dones no eres capaz de apreciarlos hasta que alguien más aparece y demuestra que puede usarlos.

Kleyn escuchó atentamente las palabras del gigante y se quedó pensativo. La forma en la que actuaba, además del odio que parecía proliferar hacia él. Algo en su mente comenzó a atar cabos y dio con una conclusión que prefirió fuese errónea.

—Espera, ¿de verdad estás enojado porque yo fui capaz de hacer todo eso desde el principio?

—El hecho de que te sorprenda no hace más que demostrar lo inconsciente que eres de todo lo que tienes. ¿Sabes lo que se siente que todos te menosprecien sin importar cuánto te esfuerces por hacer bien tu trabajo? ¿Sabes lo que es vivir a la sombra de la imagen de alguien que ni siquiera sabe que existes? —preguntó Gornak con voz pesada y cargada de desprecio—. Claro que no. Tú no tienes idea de lo que es pasar por eso.

Eso fue lo último que Kleyn necesitó escuchar para darse cuenta de cuál era la situación.

—Entonces, deja que me aclare —dijo el pelirrojo, llevándose una mano a la cabeza y apuntando a Gornak con la otra. Ni siquiera él se creía lo que estaba a punto de decir—. ¿Me estás diciendo que el motivo de tu odio hacia mí es porque yo tuve unas condiciones mejores que las tuyas?

Gornak abrió sus fosas nasales y puso la cara roja de la rabia.

—Lo que te estoy diciendo es que alguien tan vanidoso y egoísta como tú no merece el título de Forjador. Alguien como tú, que no eres capaz de tomarte en serio a tus oponentes, la situación en la que te encuentras y el poder que ostentas.

Sí, te tiene envidia. Aquella reacción le hizo darse cuenta a Kleyn de una cosa. Gornak no era el villano malvado y la mente maestra en todas las operaciones de la zona sur. Tan solo era un títere, un niño enojado que fue manipulado para estar en contra de él. Y que alguien hubiese llegado tan lejos solo por una rabieta lo hizo entrar en cólera.

Kleyn apretó los puños y la llama de su cabeza se extendió por todo su cuerpo tan rápido que provocó que varios de los espectadores se echasen atrás.

Ya no le importaba el combate, ni saber cómo era posible que existiera alguien más capaz de crear armas ígneas. Solo quería acabar con Gornak y continuar con su deber. Ya se encargaría de recuperar a Fritz después de acabar con todo.

La llama volvió a su tamaño habitual. Ahora el cuerpo del pelirrojo estaba plagado de marcas de ascuas que refugian en unas partes y se apagaban en otras, solo para luego mostrar la reacción contraria a la inicial.

—Esto se acaba aquí —dijo Kleyn.

Se inclinó hacia adelante, como si fuese a caer, y luego salió disparado a una velocidad sin igual, dejando una línea de fuego tras de sí. Gornak reaccionó con un tajo ascendente hacia adelante, pero fue inútil, Kleyn lo evadió como si nada y luego realizó un corte de garras con remanente ígnea en la pierna izquierda. Unas marcas incandescentes quedaron grabadas en la armadura del gigante. Cinco garras ardientes.

El gigante intentó reponerse y atacar, pero otro corte la pierna contraria lo desconcertó. Un portal se abrió delante suyo. Kleyn salió disparado del interior de aquel círculo con ambas garras a punto. Gornak soltó su hacha y alzó una mano para detener al Forjador, pero este desapareció una vez más gracias a sus portales. Cuando quiso darse cuenta, notó otro corte más, esta vez en su brazo izquierdo, justo debajo del hombro. Luego en un costado del abdomen. Y después en la espalda.

Los ataques del Forjador, a priori, no le llegaban hasta la carne. No le hacían daño. Pero este sabía que solo era cuestión de tiempo para que... Un nuevo corte en la parte de su brazo izquierdo, justo encima del anterior. Esta vez notó las garras marcarle el brazo, acompañado de un ardor intenso. Gornak abrió los ojos de sobremanera. Había soportado la lava, el intenso calor de esta, su incandescencia, y, aun así, aquel corte le ardía como el hierro fundido en la piel de alguien normal. El Forjador... sus llamas eran más intensas que la propia lava. Si no hacía algo, iba a perecer contra él.

Se situó delante de Gornak en posición de combate. Este respiraba de forma agitada, aquel estado ígneo parecía agotarlo bastante, pero no se le veía lo suficientemente cansado como para que Gornak pudiese sentirse a salvo. Tenía que hacer algo. Tenía que responder.

Gornak, apretó los dientes y cerró los puños con rabia. Tomó su hacha con ambas manos, apuntando el arma hacia abajo, pero sin tocar el suelo.

—No permitiré que te lleves la victoria —dijo el gigante—. Tú eres el último ante el que querría perder.

—Una pena —se limitó a decir Kleyn antes de lanzarse.

Ahora que el pelirrojo se había lanzado, Gornak aferró aún más el mango de su arma y luego la estampó contra el suelo. Un estallido de llamas se extendió desde Gornak y empujó a Kleyn hacia atrás. Cuando alzó la mirada vio a Gornak en un estado diferente al anterior. Ahora su armadura refulgía de un naranja incandescente. Lo mismo pasaba con su hacha, cuyo filo estaba envuelto en llamas.

—Es tu fin, Forjador.

—Eso ya lo veremos.

Kleyn se lanzó por Gornak y este realizó un tajo horizontal que estaba lejos de llegar a darle, sin embargo, su arma dejó un remanente de llamas que siguió la trayectoria del corte y que echó a Kleyn hacia atrás. El fuego no lo dañó en lo más mínimo, pero el impacto le produjo un ligero aturdimiento.

Después de aquel ataque, Gornak recuperó su hacha, tirando de ella para luego hacer un giro hacia atrás, levantar su filo, y cuando se dio la vuelta, descargó el arma contra él. Kleyn tuvo que esquivar, pero el impacto provocó un estallido que lo volvió a echar hacia atrás.

Kleyn aprovechó el impulso del estallido y abrió un portal detrás suyo para aparecer justo delante del rostro de Gornak. Este, cuando lo vio, giró la cara y evitó que un zarpazo le diese de lleno. Kleyn cayó al suelo y Gornak se giró para atacarlo. El pelirrojo se echó hacia atrás para no estar a rango, pero Gornak arañó el suelo con su arma, realizando un tajo ascendente, y cuando el filo se despegó del suelo, una corriente de fuego salió disparada hacia adelante, como una serpiente, pero a una velocidad terrible. Apenas tuvo tiempo de evadir aquel ataque, y cuando este chocó contra el estado, levantó un pilar de llamas que se extinguió a los pocos segundos.

El armamento ígneo de Gornak era peligroso, sin lugar a dudas. Kleyn ya notaba como su estado ígneo se apagaría en cualquier momento. Tenía que terminar con aquel combate de una vez.

Gornak se lanzó hacia él para atacarlo, pero Kleyn abrió un portal y se ubicó en la otra punta de la arena. El hacha del gigante se encontró con la arena, luego se giró y vio que su oponente estaba del otro lado.

Kleyn apretó los puños y las marcas ígneas se intensificaron. Sus brazos se encendieron en fuego y la llama de su cabeza creció exponencialmente. Lo dejaría todo en un último golpe.

Gornak llevó su hacha hacia atrás, adoptando una posición ideal para lanzar un tajo ascendente. Kleyn lo supo, iba a lanzarle de nuevo aquella llamarada persecutora por el suelo. Sin lugar a dudas era rápida, pero él lo era más, y eso era algo de lo que Gornak no se había dado cuenta. Se aprovecharía de eso para darle el golpe final.

Kleyn cargó contra el gigante, dejando una estela llameante a sus espaldas. Gornak balanceó el hacha, y antes de que esta tocase el suelo, Kleyn flexionó las piernas y realizó un prodigioso salto, potenciado por las llamas, y se situó en el aire, donde el impacto no le daría. Ya iba de cara a Gornak, listo para cortarle el rostro, pero, para su sorpresa, el gigante no realizó el mismo ataque de antes, si no que dejó el filo del hacha en el suelo, retrasó su ataque, acortó distancias antes de lanzar un tajo ascendente. ¡Kleyn, cuidado!

—Mierda... —dijo Kleyn, incapaz de abrir un portal por la carga que había realizado.

El pelirrojo intentó girar en el aire, pero el filo del hacha le destrozó carne y hueso. Luego cayó al suelo.

¡Kleyn!

El Forjador se encontró en el suelo con una mano sujetándose el bíceps. Debajo de este musculo no había nada más que un corte limpio. Pronto la sangre comenzó a correr como el agua de un río, y Kleyn soltó un grito de dolor y agonía. Su estado ígneo desapareció al instante. Intentó calmarse y apretar los dientes para no gritar más. Con su única mano sujetó el suelo con fuerza e intentó levantarse, pero un pesado telón de hierro cayó sobre él, cortándole el otro brazo. Y provocando en el Forjador un nuevo grito de agonía.

—Te dije que sería tu fin —dijo Gornak, pisándole las piernas—, Forjador —pronunció antes de apoyar todo su peso sobre estas, provocando que un sonoro crac se escuchase por toda la arena—. Ya no te necesitamos en este mundo.

El gigante quitó su pie, levantó el hacha y de un tajo limpio le cortó las dos piernas al Forjador. Este gritó con más fuerza aún, si es que le era posible.

—Suelten a las bestias —ordenó Gornak.

De la puerta de atrás salieron cuatro huargos negros con placas de metal adheridas en sus cabezas, lomos y patas. Estos fueron directamente a las extremidades cercenadas de Kleyn y comenzaron a devorarlas. Gornak, por su parte, tomó a Kleyn de la cabeza y lo levantó.

—Mira, Forjador, observa por última vez el lugar que será tu tumba —le dijo a este—. Miren todos —le gritó al público—. Ahora todos ustedes son testigos de la derrota del Forjador. Siéntanse afortunados por ver como perece en sus últimos momentos de agonía.

Al Forjador ya no le quedaban fuerzas para seguir gritando. Tenía los parpados caídos, le costaba respirar, y notaba como las fuerzas se le iban del cuerpo. De pronto se sintió mareado, incapaz de ver a nadie.

"Entonces, este es el fin...", pensó él. "He... he perdido. Les he fallado a mis amigos. He fracasado". Kleyn cerró los ojos, frustrado, y apretó los dientes. "A pesar de todo, no he podido cumplir con mi cometido. Lo siento, Ágata. Lo siento, Fritz. Lo siento, Biggon. Ruego que todos me perdonen, miembros de la orden armada. Lo siento, Talux. Lo siento, Kelly. Y también Star y Tom. Los he defraudado a todos... Me he defraudado a mí".

Kleyn alzó la vista al cielo, y sus ojos se encontraron con el sol. Abrió la boca, como si fuese a decir algo, pero en ese momento sus últimas fuerzas abandonaron su cuerpo, y la vida se le escapó como una brisa. De pronto, su cuerpo se cubrió de llamas. Gornak no lo soltó. Las llamas se fueron consumiendo y, a medida que se extinguían, el cuerpo de Kleyn desaparecía con ellas, como un montón de cenizas llevadas por el viento.

—Todos los presentes —comenzó Gornak—, recuerden muy bien este día, porque es el día en el que el Forjador fue asesinado por mí, Gornak, el jefe de la zona sur, y el único maestro en las artes de las armas ígneas.

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Bueno, otra semana más, otro capítulo más. Intenso, ¿no? je, je. Espero que lo estén disfrutando, yo lo estoy... muahahaha

Sí te gustó el capítulo escribe un comentario, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, pues me encantar leer a mis lectores. Y si gustas, también deja un like.

Gracias por tu tiempo y apoyo.

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