Capítulo 31: Los guerreros de élite
El último enano cargó contra él con el hacha encima de su cabeza. Kleyn permaneció expectante y cuando lo tuvo cerca abrió un portal delante de él, el cual lo dejó justo bajo el yugo de Biggon.
Un movimiento de huesos y la cabeza del enano salió girando en el aire hasta caer a la arena.
Hubo un silencio momentáneo, y el presentador reaccionó de golpe, casi tartamudeando.
—El Forjador y su equipo vuelven a salir victoriosos —dijo con un énfasis carente de ánimo.
Ahora nadie vitoreaba, nadie gritaba de la emoción, nadie celebraba. Tan solo se quedaban mudos, o al menos fue así, hasta que alguien del público dijo algo.
—Esos tipos no son normales. Traigan a guerreros de verdad.
—Es cierto, acaben con esta masacre de una vez.
—Hagan algo, maldita sea.
Aquellas pocas palabras provocaron que le sobrevinieran una montaña de quejas y abucheos. El presentador no sabía que decir, y la situación parecía escalar por momentos. Kleyn aprovechó para abrir un portal a su dimensión y levarse a Fritz y a Biggon para descansar allí un momento. Para cuando volvieron no habían pasado cinco segundos. La discusión aún seguía en la arena.
De pronto, un sonido estruendoso rompió el ambiente y todos se quedaron callados. Kleyn alzó la mirada y vio a Gornak de pie en su palco con la boca abierta, el ceño fruncido y el cuerpo inclinado hacia adelante. Si grito había paralizado al público entero.
—Silencio. Los combates aún no han acabado. Muestren a sus congéneres el respeto que merecen por tener la valentía de luchar contra el Forjador y compañía. —Su voz fue firme y tajante, como un padre que disciplina a sus hijos—. Que pasen los próximos luchadores.
—Ya lo oyeron, estimado público, los combates continúan —dijo el presentador, y las rejas del lado de Kleyn y sus compañeros se abrieron, también lo hicieron las de delante, pero nadie salió de allí—. Los combatientes ya pueden pasar.
Los tres individuos ya estaban en su lado, listos para el combate, pero del otro, sin embargo, solo salió un enano que más bien fue empujado por alguien, como si lo obligasen a salir a la arena. Este miraba hacia atrás, a sus compañeros, y luego los miraba a ellos, y después al presentador. Repitió el gesto varias veces hasta que el propio presentador dijo algo.
—¿Ocurre algo?
Volvieron a empujar aún más al enano, y luego cerraron la puerta de su lado, evitando que este pudiera volver. El desgraciado miró un momento a una de las cabezas de sus compañeros fallecidos y después miró al presentador.
—Sí, en nombre de todos los participantes voluntarios del público, y varios luchadores de la arena, quiero decirles que nos retiramos.
—¿Se retiran? —dijo el presentador, y este miró a Gornak, esperando que dijera algo.
—Esa es la voluntad de todos —preguntó el gigante, clavando sus ojos en el enano de la arena.
—S-sí, señor —dijo este.
Gornak no respondió al momento, sino que se lo quedó mirando unos segundos. El enano parecía querer desaparecer ante la mirada del gigante, como si temiera que este fuese a comérselo.
Gornak alzó una mano.
—Entonces, retírense. Pasaremos a la segunda parte del combate, y la definitiva.
—¿Definitiva? —dijo Kleyn. Tal parece que esto durará menos de lo que pensabas. Menos mal.
—Ahora los combates serán así, Forjador —dijo Gornak, mirando a Kleyn a los ojos—. Como he dicho antes, habrá tres combates más. Serán individuales. Si tú y tus compañeros vencen a todos y cada uno de los guerreros de la arena, habrás ganado.
—Así que quieres terminar rápido, ¿eh? —dijo Kleyn—. De acuerdo, me parece bien.
—Tú combate lo reservaremos para el final. Por ahora, que pase alguno de tus compañeros. —Creo que está tramando algo.
Kleyn solo se encogió de hombros y se giró hacia sus compañeros.
—¿Quién quiere ir primero? —señaló hacia atrás.
—Yo —dijo Biggon, dando un paso al frente—. No estoy satisfecho con las batallas anteriores. Espero que esta valga la pena.
—Perfecto. Nosotros te esperaremos por ahí —señaló a la entrada de la que habían salido—. Suerte.
—Descuida, Forjador, no la necesitaré —aseguró el esqueleto, mirando su hacha.
Tanto Kleyn como Fritz se alejaron y le dejaron a Biggon su espacio. No pasaron las rejas, sino que se recostaron contra la pared de la arena y se quedaron expectantes: Kleyn, con los brazos cruzados y una sonrisa confiada, Fritz, sentado en el suelo con las piernas cruzadas mirando a su garrote con bastante interés.
Los enanos de delante fueron despachados de su lado. Kleyn vio a más de uno con la cabeza gacha. "Con el peso de la vergüenza en sus espaldas", pensó este, "no me gustaría estar en su lugar".
Mientras el grupo se iba, el pelirrojo no pudo evitar preguntarse a quién le pondrían delante a Biggon. Después de haberlo visto en acción, estaba convencido de que pocos podrían hacerle frente. Por un instante recordó a Tal'kar y al litch y la batalla que estos presentaron. Fueron adversarios difíciles. Ambos lo hicieron pasar por momentos complicados. Alzó la mirada y se fijó en Gornak. Este estaba tan tranquilo como hace un rato, como si todo aquello no le afectase. Aquella expresión le hizo pensar a Kleyn que, tal vez, Biggon no fuese a tenerlo tan fácil, después de todo.
—En este lado de la arena tenemos a un guerrero que volvió de entre los muertos, un monstruo sin parangón que desafía a las leyes de la vida, el esqueleto viviente —anunció el presentador. No se sabe su nombre—. Y en este lado tenemos a uno de los mejores luchadores de la arena. Venido directamente de las profundidades del inframundo —las rejas del lado opuesto al de Biggon se abrieron y una sombra comenzó a caminar hacia el centro—, Kaverus.
La multitud enloqueció, proliferando gritos, silbidos y aplausos. El individuo caminó hasta que la luz del sol reveló su aspecto. Era un tipo calvo de piel roja, los ojos amarillos y las orejas puntiagudas. Tenía un montón de pinchos robustos de hueso saliéndole del cuerpo: en los brazos, los hombros, parte superior de la espalda, pectorales, y algunos de la parte delantera de la cabeza y el mentón. Iba descalzo y solo usaba un pantalón corto desgarrado en la parte de las rodillas.
Kleyn arrugó el ceño, pensativo. Aquel tipo no le resultaba familiar, pero sus facciones corporales no le eran extrañas. Entonces cayó en la cuenta.
—Biggon, ese tipo de ahí es un demonio.
—¿Qué? —preguntó el esqueleto, girándose hacia él.
—Comiencen —anunció el presentador.
En ese pequeño momento de confusión, Kaverus se lanzó hacia adelante de un salto, extendió los brazos hacia atrás y, al caer, los apoyó en el suelo y justo debajo de Biggon salieron un montón de estacas de hueso.
—Biggon —gritó Kleyn.
Todo ocurrió en un segundo. Kaverus sacó las manos del suelo. Estacas rotas sobresalían por la parte en donde las había apoyado. Este caminó hacia un lado para ver lo que había hecho. Biggon se encontraba con tres estacas atravesándole el pecho. Su brazo izquierdo había sido arrancado por otra estaca que se había metido entre hueso y hueso, y ahora estaba colgando. El esqueleto no se movía.
—Tan mortal como siempre —dijo el presentador—. Tal parece que tenemos un ganador.
—No tan rápido —se quejó alguien de las alturas.
Todos alzaron la mirada y se fijaron en Biggon. Este alzó su hacha y rompió todas las estacas que lo atravesaban. Cayó, destruyendo todos los huesos que tenía debajo, y aterrizó sobre sus dos pies con brusquedad. El público contuvo el aliento.
—Debo admitir que me sorprendiste. Ni siquiera Nigmitoth reaccionó con tanta impaciencia cuando luchamos.
—¿Nigmitoth? —pronunció Kaverus—. Lo conozco. Era un demonio de la rabia. Dicen que fue al mundo de Mewni y fue vencido por un mewmano. Así que eras tú.
—Puedes apostarlo.
Kaverus resopló, como se aquello no le importase.
—Patético —dijo el demonio.
Este lazó su mano hacia adelante y los huesos que sobresalían de su brazo salieron disparados como lanzas y fueron directos a Biggon. El esqueleto esquivó hacia un lado y descargó su hacha sobre los huesos, rompiéndolos de un solo golpe. Acto seguido, este salió corriendo hacia su oponente. Kaverus se desligó de los huesos de su brazo y con el otro volvió a utilizar el mismo truco de antes. Biggon dio un prodigioso salto y alzó su hacha, listo para caer encima del demonio, pero este actuó con presteza y volvió a lanzar de nuevo sus estacas de hueso con su otra mano. Biggon trató de golpearlo con su arma, pero solo consiguió romper alguna de las estacas. Volvió a golpearlas y se liberó de estas, cayendo al suelo y aterrizando de pie.
Ambos contrincantes tuvieron un segundo de respiro. Kaverus desencajaba las estacas adheridas a sus brazos, mientras que Biggon se quitaba aquellas que habían quedado atoradas entre sus costillas y partes de su armadura. Mientras lo hacía, caminaba hacia el lugar de donde habían salido las primeras estacas, aquellas que lo habían tomado por sorpresa. Kaverus hizo lo mismo, situándose en un sitio donde los restos de hueso no le estorbasen para pelear.
Biggon rompió varias estacas de un hachazo y estas cayeron. Fue entonces cuando recuperó su brazo izquierdo y se lo colocó en un solo movimiento, acompañado de un sonoro crack.
Kaverus clavó los ojos en las cuencas vacías de Biggon, y este le devolvió la mirada. El esqueleto vio en los ojos de aquel demonio una imagen fugaz de Nigmitoth, transportándolo por un momento al día en el que lucharon a muerte. La carencia de piel le impedía mostrar expresión alguna, pero, de haber tenido labios, estos se habrían curvado en una sonrisa diabólica.
El no muerto apretó su hacha con fuerza y en la oscuridad de las cuencas de sus ojos aparecieron dos esferas rojas brillantes. Flexionó sus rodillas y luego salió disparado hacia adelante como una flecha.
—Esto es impresionante, querido público, el esqueleto no solo sigue de una pieza, sino que tiene la valentía de cargar contra Kaverus. Esto es algo que ningún otro participante había hecho antes contra este demonio.
Kaverus lanzó sus huesos hacia Biggon y este los esquivó hacia la derecha. Con su brazo izquierdo golpeó las lanzas, desequilibró al demonio y corrió hacia él con el hacha alzada. Kaverus apenas tuvo tiempo de recuperar sus brazos. Le era imposible esquivar, o eso pensó el público antes de que utilizase unas nuevas lanzas huesudas para impulsarse hacia atrás y alejarse de Biggon, el cual destrozó el punto en donde las estacas se habían clavado.
El esqueleto alzó la vista y su oponente se lanzó por él. Parecía que Kaverus volvería a usar el mismo ataque, pero esta vez solo sacó dos lanzas que quebró y usó como armas. Biggon llegó hasta a él y comenzó a arremeter una y otra vez con fiereza. Cada golpe traía consigo un aullido de viento generado por la contundencia de estos. El demonio no podía hacer otra cosa que esquivar. Alguna vez tenía el medio segundo para dar un golpe rápido, pero como si un bebé golpease a un adulto con un palo.
—¿Qué pasó, demonio, te has quedado sin huesos? —rio Biggon.
Kaverus pareció enfadarse por el comentario. Este aprovechó una oportunidad para golpear la espalda de Biggon con ambas lanzas con tanta fuerza que ambas se rompieron. Sin embargo, los ojos carmesíes volvieron a posarse sobre él, y luego lo hizo el filo del hacha. Kaverus intentó cubrirse, pero lo consiguió a medias. El golpe lo mandó a volar contra la pared de las gradas, y se estampó en esta.
—Pero ¿qué es esto, querido público? Kaverus se ha quedado sin armas. ¿Habrá aparecido alguien que por fin haya podido derrotar a uno de los campeones? —dijo el presentador.
Biggon ignoró las palabras del enano, ignoró al público, ignoró a todos, tan solo se concentró en su oponente, corrió hacia él y dio un prodigioso salto con el hacha encima de su cabeza, dispuesto a terminar con todo. Iba a ser el fin de Kaverus, pero, en el último momento, este abrió los ojos, apuntó a Biggon con sus brazos y una decena de lanzas salieron disparadas con violencia hacia el esqueleto. El hacha salió volando y Kaverus empujó más a su oponente hasta hacerlo chocar contra la otra pared. Pero no se detuvo ahí. Empujó sus huesos con tanta fuerza que estos se enterraron en la pared de la arena.
El público contuvo la respiración un momento, sorprendidos. Kleyn igual que ellos. Fritz, en cambio, hacía bailar su garrote entre sus manos dándole giros por el mango.
Kaverus parecía estar jadeando. Todavía tenían los huesos de sus brazos unidos a estos, como si intentar deshacerse de ellos le resultase imposible en esos momentos.
—Qué giro más inesperado, querida audiencia. Tal parece ser que la racha de Kaverus sigue intacta —comentó el presentador—. Es oficial, tenemos un ganador —anunció este, y el público enloqueció de la emoción.
Esto no me gusta, Kleyn. Perdimos en el primer asalto. Kleyn sintió que palidecía por un momento. Habían perdido. ¿Qué harían ahora? Gornak lo miraba con una sonrisa de victoria. El gigante no había dicho qué haría si él o sus guerreros ganaban, pero no hacía falta pensarlo demasiado, solo con verlo a los ojos podía adivinar las ideas que se le estarían pasando por la mente. No había mucho por hacer. Estaban en la boca del lobo. Abriría un portal y se llevaría a Fritz consigo. Luego buscaría la forma de volver por Ágata. Mientras tanto, sus clones se encargarían de hablar con Talux y el resto de guerreros de la Orden Armada para montar un ataque a aquella fortaleza. No le gustaba la idea de huir con el rabo entre las piernas, pero era mejor eso a tener que rendirse ante Gornak. Eso te pasa por meterte en un coliseo y confiar en la victoria de alguien que acabas de conocer hace dos días.
Kleyn iba a darlo todo por perdido e irse. Estuvo a punto de ponerse de pie, cuando el sonido de huesos resquebrajándose llamó su atención. Del lado de la arena, allí en donde Biggon había sido enterrado en un montón de lanzas de hueso, se estaban produciendo crujidos lentos y constantes.
—Pero ¿qué es esto, querido público, qué está ocurriendo en la arena?
Todos se echaron hacia adelante un momento, expectantes de ver qué ocurría, cuando dos brazos esqueléticos salieron de entre las lanzas, rompiendo algunas en el proceso, y se aferraron a cuantas pudieron. Un grito infernal de esfuerzo provino de ese lado, y las lanzas comenzaron a temblar.
Kaverus no podía moverse. Este parecía querer liberarse, pero era incapaz. Cuando el demonio quiso darse cuenta, estaba suspendido en el aire, colgando de sus propias lanzas. En el otro extremo estaba Biggon, sujetando los extremos rotos, con varios trozos quebrados entre sus propios huesos. El público enmudeció por un segundo, momento antes de que Biggon azotara a Kaverus contra el suelo. El público suspiró y Biggon comenzó a correr, arrastrando a Kaverus en la tierra hasta hacerlo chocar contra el muro. Entonces Biggon movió a Kaverus a un lado hasta alejarlo del muro, solo para volver a azotarlo contra este tantas veces como las lanzas resistieron, hasta que estas se rompieron. Solo entonces le esqueleto las soltó, y sin quitarse las que tenía entre sus huesos, salió corriendo hacia Kaverus. Cuando llegó hasta él lo tomó del cuello y lo levantó. El demonio no hizo ningún movimiento, no se resistió, solo permaneció colgando como un muñeco de trapos. Lo lanzó al medio de la arena y este rodó hasta quedar tirado de espaldas.
Tenía los ojos cerrados y no se movía.
Nadie dijo nada durante lo que fueron, por lo menos, cinco segundos, pero el presentador tuvo que reaccionar.
—Querido público, me he quedado sin palabras. Kaverus ha... ha caído. —Ante tal anuncio, el público comenzó a murmurar. Biggon, ajeno a todo ello, caminó hacia su hacha—. Tal vez no esté desmayado. Quizá solo está algo aturdido. A lo mejor se levanta...
—No se levantará —gritó Biggon, recogiendo su arma—. Perdió el conocimiento hace rato. Si sigue con vida, no se levantará, aunque le grites. Y si se levanta —pasó un dedo por su hacha— me aseguraré de que vuelva al suelo.
Biggon caminó hacia sus compañeros, dándole la espalda a Gornak, al presentador, y a todo el público.
—Señoras y señores —dijo el enano, sin ánimos, como si no quisiera pronunciar las palabras—. El ganador de este combate es —tragó saliva— el esqueleto.
No hubo vítores, no hubo aplausos, solo un silencio pesado y temeroso.
Biggon llegó hasta sus compañeros y levantó una mano a modo de saludo.
—Bien hecho, Biggon —dijo Kleyn—. Sabía que lo conseguirías al final. —Eso no te lo crees ni tú.
—No iba a dejar que me derrotaran —dijo Biggon mientras el rojo refulgente de sus ojos se apagaba—. Y menos delante de un montón de enanos.
—Así se habla.
Biggon se sentó junto a ellos, recostó la espalda contra la pared y comenzó a sacarse trozos de lanza de huesos atorados entre los suyos.
—La arena quedó hecha un desastre —comentó Kleyn—. Me pregunto si la limpiarán o si el siguiente combate será con todos esos huesos de por medio.
—Ni lo sé, ni me importa —opinó Biggon.
—A mí y a garrote nos da igual esas lanzas. Las puedo romper a golpes —dijo Fritz, y miró un momento hacia arriba, pensativo—. A las voces también les da igual.
—Querido público, nos tomaremos un pequeño descanso para que arreglen la arena antes del siguiente combate. Aprovechen para buscar algo que comer y para ir al baño.
Un par de enanos fueron a la arena con una camilla para sacar a Kaverus de allí. A estos les costó subirlo a la camilla, no porque el demonio fuese demasiado pesado, sino porque a ambos pareció costarles trabajo asimilar que a quien iban a llevarse era a ese tipo. Cuando los fuertes caen todos se sorprenden. Al final se lo llevaron y dieron paso a un grupo de grols que se encargó de romper las lanzas de hueso, recogerlas y volver a aplanar la tierra de la arena.
En menos de veinte minutos todo estaba listo.
—Ya lo tenemos, querido público. La arena está lista. Ahora daremos comienzo al siguiente asalto —anunció el presentador.
—Te toca, Fritz —dijo Kleyn, dándole un pequeño empujón con el codo.
—Hora de brillar, garrote —dijo este, poniéndose de pie.
—Muy bien —continuó el presentador—. De este lado tenemos —y lo miró con detenimiento. El trol estaba saludando a todo el mundo con una gran sonrisa dentada— a un trol de la escarcha. —Nadie del público dijo nada al respecto—. Y de este lado tenemos a uno de los titanes de la arena, el caballero intocable, Slodred —anunció, y su voz actuó como la orden de un monarca.
Las rejas del otro lado se levantaron, pero la penumbra ocultaba la identidad del próximo adversario. Hubo un pequeño silencio expectante antes de que una mano envuelta en una armadura gris pálida se aferrase al borde de la puerta, una mano tan grande como la de Kleyn. El resto del cuerpo se revelo, encogido para que la cabeza no chocase contra el marco de la puerta, y caminó arrastrando tras de sí una maza acabada en una bola de hierro con púas, dejando tras de sí un surco en la tierra. El resto del cuerpo también estaba cubierto por una armadura completa que cubría cualquier parte en la que alguien pudiera ver, aunque fuera, una pizca de piel.
—¿Quién será el que esté escondido debajo de esa armadura? —comentó Biggon, como si no esperase una respuesta a su pregunta.
Kleyn miró con mayor detalle al individuo. No podía ser un mewmano. Ninguno llegaba a medir, ni de lejos, tres metros de altura. Quizá otra criatura humanoide que estuviese luchando del lado de Gornak. Fuera cual fuera el caso, saberlo no cambiaría el hecho de que de que él y Fritz tendrían que enfrentarse.
Slodred caminó hasta el centro de la arena, se paró a cinco metros de Fritz y recargó su maza en el hombro. Fritz imitó el gesto.
—Parece que ambos luchadores tienen ganas de comenzar. En ese caso, no los hagamos esperar —dijo el enano, y el público gritó a modo de apoyo—. Contendientes —dejó entre medias un silencio tenso— comiencen.
Slodred fue el primero en actuar. Con un movimiento de hombro empujó el mango de su maza hacia arriba, la tomó del mango con ambas manos, realizó un barrido hacia adelante y levantó esa bola de púas sobre su cabeza, listo para descargarla sobre Fritz.
El trol se movió hacia un lado y consiguió evadir el golpe. Luego sujetó el garrote con ambas manos, y le dio un golpe en el costado a Slodred. Se escuchó resonar la armadura, como si fuera una campana, pero el tipo no se inmutó.
Fritz alzó la cabeza y miró a Slodred algo confundido, luego miró a su garrote.
—¿Hoy no estás con ánimos? —le dijo al arma.
Mientras Fritz estaba distraído, Slodred levantó su maza y le lanzó un golpe de costado. El trol se cubrió con su garrote de hielo, pero el impacto lo envió varios metros hacia atrás. Este se valió de su arma para detener su avance y, tan pronto lo hizo, corrió hacia Slodred. El caballero miró a su oponente, se colocó en posición, y llevó su arma hacia atrás, listo para recibir a su oponente. A los pocos metros, Fritz levantó un pilar de hielo delante que utilizó como plataforma para dar un prodigioso salto. Levantó su garrote y se preparó para golpear. Y fue allí, en medio del aire, donde aquel trozo de hielo y la maza de Slodred chocaron de forma contundente.
Tanto Kleyn como todos los presentes pudieron sentir el estremecimiento en el aire, la fuerza del impacto en sus propias venas.
—Pero que choque más maravilloso, querido público. Estamos ante una batalla entre dos combatientes formidables —anunció el presentador.
Los propios combatientes tomaron distancias uno del otro y recargaron sus armas. Fritz sonrió.
—No, garrote, no eres tú, es él. ¡Este aguanta! —rio y salió corriendo hacia Slodred.
El caballero recogió su arma y cuando Fritz se encontró a pocos metros, lanzó un ataque en barrido hacia adelante. El trol se agachó y luego le propinó un garrotazo en la pierna al tipo, provocando que este se cayera. Fritz se rio y comenzó a golpear a Slodred varias veces mientras seguía en el suelo. El caído se cubrió con su maza y aguantó el primer golpe, el segundo, y el tercero. No se inmutaba, y eso parecía estar divirtiendo a Fritz.
En cierto punto, cuando Fritz levantó de nuevo el garrote para proliferar otro golpe, Slodred se movió con presteza y le dio una patada en el estómago, alejándolo. En ese momento aprovechó para levantarse y adoptar de nuevo una posición de guardia. Pese a lo de antes, no parecía estar cansado, y sus brazos no temblaban debido a un posible entumecimiento provocado por aquellos golpes. Fritz, en cambio, se veía agitado.
—Aguanta bien —opinó Biggon.
—Sí —respondió Kleyn, aún dudoso de lo que veía. Él sabía que había muchas criaturas y guerreros formidables esparcidos por un sin fin de dimensiones, pero todos, o al menos la gran mayoría, tendían a agitarse, aunque fuese un poco cuando luchaba a la par contra alguien—. Es como si no pudiera cansarse —dijo Kleyn, y ese comentario le hizo pensar en una cosa, y casi sin querer se echó hacia adelante, provocando que Biggon se girase hacia él—. Creo que ya sé a lo que se enfrenta Fritz. —Biggon no dijo nada, solo permaneció a la espera de que Kleyn respondiera—. Es un constructo.
—¿Un qué?
—Una criatura elemental, en este caso, hecha de algún mineral. —Vamos, que es una armadura vacía—. En palabras simples, una armadura vacía.
—¿Eso existe? —Lo dice el esqueleto parlante.
—Seres capaces de controlar la magia han estudiado los métodos para darle vida a objetos inanimados. Los constructos es la culminación de muchos años de...
—Resumen, que le tiene que pegar muy fuerte antes de que le gane la fatiga.
—Eh... sí —acabó por admitir. Nadie quiere escuchar tus explicaciones.
—Oye, trol —gritó Biggon—, tienes que darle un golpe bien fuerte para ganarle.
—Gracias —respondió Fritz—. ¿Has oído eso, garrote? Solo tenemos que darle un buen golpe.
Tras hablarle a su arma, Fritz se lanzó al ataque, y le propinó a su oponente tantos golpes como pudo. Slodred atajó todos los golpes, al principio con cierta dificultad, pero, pronto comenzó a resistirlos. Ya se comenzaba a ver que Fritz se estaba cansando, mas él no desistía en seguir lanzando un aluvión de golpes.
—Algo va mal —dijo Kleyn—. El hielo tampoco le está afectando al constructo. El calor de la zona pone a Fritz en desventaja. No es para nada igual a cuando luchó contra mí en la montaña nevada.
Slodred detuvo un último golpe con relativa facilidad y aprovechó para lanzar una patada presurosa al medio-trol. El golpe lo desequilibró, y Slodred arremetió contra él con un mazazo. A duras penas, Fritz consiguió bloquear el golpe, pero Slodred lo tomó de un brazo y le dio una patada en la cara, provocando que el trol echase el rostro hacia atrás. Slodred recogió la maza, la llevó hacia arriba y volvió a descargar otro golpe contundente contra Fritz. Oh, dios. ¡Cúbrete! La maza impactó en el brazo izquierdo del trol, las púas se le hundieron en el hombro, y el impacto lo mandó a volar.
—¡Uh! —exclamó todo el público, casi sintiendo el dolor de aquel golpe.
—Parece que el titán de la arena se está sobreponiendo a su contrincante —dijo el presentador—. Al principio ese trol presentó una buena batalla, pero ahora no es más que un despojo. Y parece que Slodred está dispuesto a acabar la contienda.
El constructo se movía con paso firme hacia Fritz, y con la maza recargada en el hombro. El trol, entre tanto, intentaba levantarse apoyándose en su brazo sano. Del otro chorreaba sangre por los agujeros que le habían dejado. Su garrote estaba a medio metro de él.
Fritz temblaba debido al golpe, pero también por los gritos en su cabeza. Nos necesitas. Deja que nos encarguemos de él. Deja que la congelación te consuma a ti y a todo lo que esté a tu alcance.
—No, ya no los necesito.
Sí nos necesitas. Sin nosotros tú estás solo.
—No estoy solo. Ahora tengo amigos.
Ellos no te salvarán. Nosotros sí lo haremos.
—No necesito que me salven.
Pero sí tú pierdes ahora, los matarán a todos.
Fritz abrió los ojos de golpe, ignorando los pasos marcados de Slodred, que ya estaba a unas pocas zancadas de llegar a él.
—Mis... amigos.
Déjanos tomar el control. Déjanos ser libres.
Fritz miró a su garrote, dudoso, y comenzó a arrastrarse hacia él.
Sí. Hazlo.
Slodred alzó su maza con ambas manos, listo para asestar el golpe final. Fritz estiró la mano hacia el mango de su garrote. ¡Sí! La maza cayó sobre él y el trol tomó su garrote. En ese momento, un pilar de hielo surgió del suelo y bloqueó el golpe de Slodred. Fritz comenzó a reírse. Tenía el brazo colgando, pero este se apoyó en su garrote para levantarse.
Slodred llevó su maza hacia atrás y de un giro de arco destruyó la mitad de aquel pilar. Fritz se giró hacia él, con una sonrisa de dientes afilados que iba de oreja a oreja, golpeó el pilar y lo convirtió en escombros, los cuales golpearon al constructo con violencia y lo echaron hacia atrás.
—Nieve y escarcha, hielo y ventisca. El frío es la promesa del futuro. Y al futuro solo le espera la congelación —pronunció el trol, alzando su garrote—. Es tiempo de que todos lo vean, la muerte blanca.
Fritz golpeó el suelo con su garrote y una andanada de frío se extendió por toda la arena. El ambiente se recargó con aire gélido y la temperatura comenzó a descender.
—Ahora sí que estoy impresionado, querido público. El trol no solo se ha levantado, sino qué está haciendo alguna clase de magia de escarcha.
Los dedos celestes del medio-trol apretaron con más fuerza el garrote, volvió a alzarlo y, con rabia en sus ojos, lo volvió a descargar en la arena, emitiendo una nueva onda de frío.
—Yo soy el frío que trae la muerte, la vida que se apaga, la llama que se ve consumida por la ventisca. Yo soy el fin de todo —pronunció.
—¿Está bien tu amigo? —preguntó Biggon.
Kleyn no supo qué responder. Nunca lo ha estado, para empezar.
Slodred siguió caminando hacia Fritz, ignorando el cambio de temperatura y la brisa invernar que parecía consumir el calor allí por donde pasaba. Avanzó con paso firme, y cuando se encontró delante de Fritz, levantó su maza.
—Tú también serás frío y congelación —le dijo Fritz.
Acto seguido, Slodred golpeó al medio-trol. Fritz bloqueó el golpe usando su brazo herido, para sorpresa de todos. El constructo intentó quitar la maza, pero esta se había adherido al brazo del medio-trol. Estaba congelada a la extremidad de este. Le lanzó una patada contundente al pecho, pero no se despegó de él. Antes de que pudiera volver a hacerlo, Fritz le propinó un golpe que le dobló la rodilla izquierda y le hizo hincarla hacia adelante. Slodred soltó la maza e intentó golpear al medio-trol a puño limpio. Fritz no hizo más que dar un paso hacia atrás e interceptar el golpe con su garrote. Luego le dio una patada, haciendo que este cayera de espaldas. Luego le colocó el garrote encima del pecho, y del punto en el que este hacía contacto, se comenzó a extender un rastro gélido que poco a poco se iba apoderando del resto de la armadura. El constructo, a duras penas, consiguió poner sus manos alrededor del garrote, solo para que estas se comenzasen a congelar.
—Bienvenido a la era del hielo —dijo Fritz, y antes de que la escarcha llegase al casco del constructo, presionó el garrote en el pecho de este y lo destrozó, como si fuera una cascara endeble y frágil.
Más de uno de los presentes en el público se levantó de su asiento y se echó hacia adelante, preguntándose si lo que acababa de ver era real o algún tipo de alucinación extraña. Otros simplemente se habían quedado con cara pasmada, o más bien, horrorizada. "La arena no es un patio de juegos", pensó Kleyn, "aquí uno pierde la vida con la misma facilidad con la que se pierde uno en el bosque durante la noche".
—Y, aun así, no se les puede culpar por mostrarse impresionados. Yo también lo estoy, pero no creo que estemos sorprendidos por lo mismo —se dijo Kleyn—. Fritz... no parece él mismo. Es como si... —Kleyn, me recuerda al mismo trol agresivo con el que nos encontramos en la montaña nevada—. Sí... así es como se ve.
Fritz dejó el garrote sujeto por el pecho destrozado del constructo, luego usó su mano libre para tomar la maza y de un solo tirón se la arrancó del hombro. La miró un momento y luego miró al constructo, realzó su sonrisa y luego le destruyó la cabeza. Solo entonces recuperó su garrote.
—Querido público, el ganador del segundo encuentro es... el trol de la escarcha —anunció el presentador, y de nuevo ocurrió lo mismo que el combate anterior, silencio, esa sensación de desacuerdo flotando en el aire, papable solo al notar las miradas de los presentes. "Es normal. Si ganamos, muchos de ellos terminarán en prisión, y el resto ya lo decidirá la justicia", pensó Kleyn.
Fritz se giró hacia el presentador.
—Esto no es más que una mera migaja, una demostración de cuál será el destino de todos —este comenzó a girarse hacia todos y a mirarlos uno por uno con esos ojos helados—. La ausencia de calor, la muerte fría, eso es lo que les espera.
Algunos se tomaban aquellas palabras con rabia, otros no le daban importancia, a los que quedaban, los augurios de Fritz parecían asustarlos.
—Tal vez habrás vencido a Slodred y a varios de los que intentaron luchar contra ustedes, pero no podrías con todos nosotros —soltó un envalentonado.
—Es verdad, no tienes oportunidad contra todos —dijo otro.
—Tiene razón —se animó otro más.
En poco tiempo Fritz tenía a gran parte del público abucheándolo, tachándolo de arrogante. Aquellas palabras no parecían borrarle la sonrisa del rostro al medio-trol, ni parecían perturbarle en lo más mínimo, pero este no se quedó de brazos cruzados. Levantó el garrote y comenzó a reír.
—Invoco a los recuerdos del frío, el infierno blanco, el paraíso helado. Yo soy su traedor, aquel que abrirá las puertas del final. Te llamó a ti, ventisca, manifiéstate y deje tu huella en este mundo aquí y ahora —dijo este, y con el garrote aporreó el suelo de un solo golpe.
Una explosión de viento helado que se extendió por toda la arena hasta las primeras gradas. Una fina capa de hielo comenzó a extenderse desde el punto en donde Fritz tenía el garrote. ¡Los va a congelar a todos!
Kleyn se puso de pie de inmediato, dio un salto que lo elevó unos pocos metros y desde el aire le lanzó a Fritz una llamarada que lo cubrió por completo. Cuando cayó al suelo, las llamas se extinguieron. Fritz no había sido afectado, pero ya no tenía el garrote en el medio de la arena, ahora apuntaba hacia él.
—Forjador, tú eres aquel que se interpone en el camino de la muerte blanca.
—Fritz, ¿sigues ahí? Ya puedes dejar todo eso del profeta del fin de los tiempos. La verdad, no te pega.
—Para que no tenga más interrupciones, tú debes perecer.
El trol comenzó a correr hacia él, levantó un pilar que usó como plataforma para impulsarse hacia arriba y se preparó para caer sobre él con todas sus fuerzas.
Kleyn sacó sus garras y, antes de que el trol lo alcanzase, abrió un portal que se lo tragó. En el mismo momento en el que Fritz desapareció, cerró el portal con otro corte.
¿Dónde lo has enviado?
—A una montaña fría y desolada. Ahí no podrá hacerle daño a nadie. —No es un poco precipitado—. No hay tiempo para lidiar con este tipo de cosas. Me encargaré de eso luego. Ahora mismo —se giró hacia Gornak—, tenemos otros asuntos que resolver.
El gigante comenzó a aplaudir con muy poco entusiasmo. Como si se burlase de él.
—Sabes como controlar a tus aliados —comentó este.
—Eso no importa ahora. Trae al último guerrero y acabemos con esto —dijo Kleyn, cortante.
—Aún hay que limpiar los restos de la última batalla —comentó este.
Kleyn chasqueó los dedos y ocho clones aparecieron a su alrededor. Esto comenzaron a quitarlo todo de la arena, todo rastro de hielo y congelación, usando su fuego. También se ocuparon de quitar el cuerpo de Slodred. En menos de dos minutos, todo estaba listo. Un segundo chasquido hizo desaparecer los clones.
—Ya está. Ahora no perdamos el tiempo. Trae al siguiente contendiente.
El gigante mantenía un gesto serio, pero luego sonrió, dejando ver sus dientes amarillentos entre su barba castaña. Se puso de pie, se inclinó hacia adelante y de un salto se plantó delante de Kleyn.
—Aquí lo tienes —dijo este.
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Lamento la demora de esta semana, pero esos últimos días he estado bastante ocupado, espero no les haya molestado. Intentaré que este finde todo vaya como debe ir.
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Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión.
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