Capítulo 30: El coliseo
El estadio era redondo y enorme. Las gradas eran amplias y tenían los suficientes asientos para tener a un ejército. La arena era tan amplia que bien podría ser el campo de batalla para una guerra civil. En una parte había un palco tan grande que ocupaba cinco de las diez filas de bancos de las gradas, en la otra un pequeño podio que se encontraba por encima del borde de la arena. Dentro de esta había dos puertas con rejas en los extremos izquierdo y derecho al palco.
—Creo que ya podemos adivinar quién estará en ese palco —comentó Kleyn bajo la sombra de la capucha de su gabardina—. Demasiado grande, a mi parecer.
—Será para hacer aún más gala de su ego —comentó Biggon.
—O para compensar el tamaño de otra cosa —comentó Ágata.
—Mira el lado bueno, lo tienes bastante fácil para entrar ahí —dijo Kleyn.
—Sí. Demasiado para mi gusto, pero se trabaja con lo que se tiene.
Ninguno de ellos tuvo reparo en hablar, el bullicio a su alrededor extinguía cualquier sonido medianamente cercano. Estaba claro que el coliseo emocionaba a los trabajadores. Era algo normal, según de Kleyn. Todos los individuos necesitaban algún tipo de entretenimiento o actividad que les ayudase a despejarse del estrés de la semana. Y más aún si todos los trabajos que realizaban eran trabajos de fuerza. Por eso a Kleyn no le sorprendía la popularidad del coliseo. Conocía su efectividad para subir los ánimos. Él mismo había participado en más de uno, y sabía de primera mano lo mucho que agradaba a las masas. No por nada se había vuelto el deporte por excelencia en muchos reinos.
En el centro de la arena se pudo ver a un enano panzón con un cuerno entre sus manos. Este inspiró profundo, ensanchando aún más su tripa, y luego sopló con fuerza. El sonido retumbó en todo el estadio, acallando al público de un plumazo. Por un instante reinó un silencio impropio del panorama anterior, el silencio que precede al espectáculo. La expectación.
—Enanos y grols, sean bienvenidos una vez más al gran coliseo —anunció el enano. De pronto, todo el mundo gritó de la emoción y agitó las manos sobre sus cabezas.
—Creo que ese es el momento de escabullirme —dijo Ágata perdiéndose entre la multitud.
¿Crees que le irá bien? Miró al palco en donde supuso que vería al tal Gornak. No había ningún guardia o soldado allí, tan solo un asiento enorme y vacío con un cojín del tamaño de un colchón. La ausencia de protección le resultó extraña al Forjador. Y como única respuesta a la voz en su cabeza, se encogió de hombros.
—Como ya saben, en el día de hoy habrá un combate abierto —dijo el presentador, y el público gritó, emocionado—. Ya conocen las reglas: habrá combates entre los mejores luchadores del coliseo. Y los espectadores que lo deseen podrán probar su valía y coraje desafiando al ganador de un combate. O, si son valientes, a cualquiera de los dos luchadores antes de que comience el combate.
—¿Crees que haya algún valiente, o algún estúpido que se atreva a desafiar de primeras a uno de los luchadores? —preguntó uno de los enanos que tenía cerca suyo.
—No lo sé, pero me gustaría que pase solo para ver cómo le parten la cara —respondió el compañero de este, acabando su frase en una risa exagerada.
—El desafiante podrá traer cualquier arma con la que se sienta cómodo, o podrá elegir alguna de las que tengamos en nuestro arsenal. Pero eso no es todo, porque hoy también tenemos un anuncio especial —dijo el presentador, volviendo a reclamar la atención—. Nuestro señor, el jefe Gornak, maestro entre los maestros forjadores, ha decidido que necesitamos más guerreros fuertes en nuestras filas —anunció, dejando que la noticia flotase en el aire por unos segundos—. Así es, el jefe Gornak quiere tener soldados más fuertes, y recompensará a aquellos que no solo hayan tenido el valor de combatir, sino que también le otorgará un premio a aquel que consiga derrotar al más fuerte de los gladiadores. —Un ligero murmullo comenzó a producirse entre las filas de las gradas como el cantar de los grillos, y el presentador, como si aquello le produjese algún tipo de placer personal, se dio el lujo de saborear el momento antes de seguir hablando—. No importa quién sea el desafiante. Puede ser hombre, mujer, niño o anciano, quien consiga ganar podrá pedirle al jefe Gornak cualquier deseo que le pueda conceder.
Kleyn abrió los ojos de golpe, inspiró profundo y se inclinó hacia adelante. Esa reacción no me gusta.
El público reaccionó de forma similar. Algunos sonrieron y se miraron entre ellos. Otros se quedaron pasmados, incrédulos ante la noticia. Otros simplemente se echaron a reír.
—¿Muchachos, ustedes han estado en un coliseo alguna vez? —preguntó Kleyn sin despegar la mirada de aquel presentador.
—Muchas veces —respondió Biggon.
—Nunca —dijo Fritz.
Kleyn sonrió con malicia debajo de la sombra de su capucha. Sabía que esto no me iba a gustar.
—Tal vez podríamos participar. Ese "deseo" podría sernos muy útil. Tan solo tenemos que ganar, y no quiero ser egocéntrico, pero tengo mucha confianza en nosotros —dijo Kleyn.
—Pelear contra enanos delante de enanos —pronunció Biggon, repasando ese pensamiento—. Me gusta, me gusta.
—¿Solo tengo que ganarles a mis oponentes? —preguntó Fritz—. Eso será fácil. Nadie resiste dos golpes de mi garrote.
Entre la emoción y el griterío, el presentador volvió a hacer sonar una vez más el cuerno, reclamando la atención del público.
—Sé que muchos se sentirán sorprendidos, incluso incrédulos ante este anuncio. Pero no miento. Y para demostrarlo, el propio jefe ha decidido anunciarse ante todos.
El público reaccionó con emoción, proliferando gritos y vítores, todos, excepto Kleyn y su grupo. Por fin verían a Gornak. Aquel enano que había sido capaz de crear armas ígneas. Un rival al que tener en cuenta, sin lugar a dudas. Pero Kleyn no solo estaba intrigado por verlo, sino también por saber qué tipo de enano era, y cómo hablaría con sus vasallos. Y tal vez, con un poco de suerte, adivinar en sus palabras el motivo por el cual alguien con el potencial para crear armas tan singulares como las ígneas acabaría trabajando para un vulgar traficante.
—Sin más preámbulos, denle una calurosa bienvenida a nuestro jefe, el maestro forjador y el rey del volcán: Gornak —pronunció el presentador estirando la primera vocal tanto como pudo y apuntando al enorme palco a uno de los lados de la arena.
El gesto provocó aún más emoción en los ánimos de los espectadores, y digirió la atención hacia aquel enorme cuadrado en las gradas.
Poco a poco se fue reduciendo el volumen, permitiendo escucharse los pasos de su líder al acercarse, cosa que llamó la atención del Forjador. No era difícil adivinar por donde estaba. El ruido de sus pisadas era estridente. Ni siquiera él caminando con sus botas de acero hacía tanto ruido. ¿Qué clase de calzado debía llevar alguien para hacer tanto alboroto?
Por un momento, Kleyn pensó que el palco estaba temblando, como si los cimientos se estuvieran sacudiendo. Y más pronto que tarde, vio un pie casi tan grande como una puerta asomarse por la parte iluminada del balcón, una mano sujetarse del borde y, finalmente, una cabeza a ras del techo. La enorme figura se sentó en aquel trono de roca y miró al coliseo. Una criatura de piel gris, cuerpo ancho, como el de los enanos, y tan alto como una muralla. No lo pudo calcular con exactitud, pero, tal vez... ¿diez metros?
No me digas que ese es...
—¡Gornak! —gritó el público. Y las sospechas de la voz en su cabeza se confirmaron.
—El asiento enorme no era por su egocentrismo —comentó Kleyn, resaltando lo evidente.
—Gornak, ese cabrón es un puto gigante —comentó Biggon.
—No —objetó Kleyn—. Los gigantes son como una versión más grande de los enanos, y suelen oscilar los cinco metros. Los titanes, por otra parte, pueden superar los quince metros.
—Pues ese desgraciado no parece lo uno ni lo otro. ¿Qué es entonces?
—Un híbrido entre gigante y titán —aseguró este—. Más gigante que titán.
El gigante levantó una mano robusta, pidiendo silencio, y el público entero calló en menos de un segundo. Gornak, con la misma parsimonia con la que crece el césped, se levantó de su asiento y de un salto se situó en la arena. Los rayos del sol iluminaron su armadura, permitiéndole al Forjador apreciar con mejor detalle las piezas. El diseño era sencillo, pero robusto. Tenía una cota de mallas que se dejaba ver en sus muslos, abdomen y brazos. Las piernas y las muñecas ya estaban recubiertas por gruesas placas de metal, el cual apostaría su guarida estaban hechos de ese acero fulgente. Faldones de metal con tiras de cuero colgando, hombreras prominentes y una pechera abombada y pesada. A su espalda, un hacha doble que colgaba de su amarre, a la espera de ser empuñada.
Gornak se pasó la mano por su barba, la cual no le llegaba al cuello, pero era tan frondosa como la de cualquier enano, y de un castaño claro que poco le faltaba para ser pelirrojo, y pasó su mirada por todo el público.
—Lo que ha anunciado el presentador no es ninguna mentira. Aquel que gane el combate final en la arena tendrá la oportunidad de pedirme cualquier cosa que esté en mi mano —dijo el gigante, levantando una de sus grises manos—. Puede ser lo que sea: riquezas, títulos nobiliarios, armas, poder —cerró su puño con tanta fuerza que se pudo adivinar un par de venas palpitantes en el dorso de la mano—. Cualquiera que tenga el valor para afrontar los retos de la arena puede participar. Y cuando digo cualquiera, me refiero a que cualquier ser capaz de luchar podría entrar al coliseo. Incluso el mismo Forjador.
Varios integrantes del público contuvieron el aliento, otros suspiraron, y el resto comenzó a murmurar.
¿Kleyn, has escuchado eso? El Forjador abrió los ojos y apretó los puños. "Lo sabe", pensó, "sabe que estamos aquí".
Gornak pasó la mirada una y otra vez por las gradas, como si lo estuviese buscando. No había duda, aquello era una carnada para hacerlo salir.
—Nos han descubierto —dijo Biggon con calma—. ¿Qué hacemos?
Kleyn no respondió. Con mucha calma se puso de pie y destapó una de sus manos. ¿Qué vas a hacer? Alzó la extremidad, dejando libre sus garras de acero, para, es una mala idea, y de un solo movimiento abrió un portal rojo delante de él.
—Fritz, Biggon, si están dispuestos a morir, síganme —dijo Kleyn, atravesando el portal.
Cayó de pie frente al gigante, y detrás suyo lo hicieron sus compañeros. Aún seguían ocultos bajo la tela de las gabardinas, pero su acción atrevida y el portal rojo cerrándose sobre sus cabezas eran suficiente para revelar su identidad. Nos vas a matar, idiota.
Ahora que Kleyn estaba delante de aquel tipo pudo apreciar mejor su tamaño. No le llegaba ni a las rodillas. Alzó tanto la frente para poder ver a Gornak a los ojos que pensó que le daría tortícolis.
—Pero ¿qué es esto? —dijo el presentador—. Tres misteriosos acaban de aparecer justo delante de nuestro jefe.
Nuevamente, el público contuvo el aliento.
—No, no son tan misteriosos como piensas —dijo Gornak—. ¿Por qué no se dejan ver ante todo el mundo?
Kleyn apartó la mirada del gigante por un momento y se fijó en el público. No pudo evitar reprimir una sonrisa desafiante.
—Adelante, muchachos —dijo Kleyn, tomando la gabardina por la parte del hombro.
Sus compañeros hicieron lo mismo, dejando sus capas caer a la arena. La de Kleyn, sin embargo, se consumió por las llamas que este había soltado. Aún seguía con la cabeza cubierta. La capucha de su camiseta de tirantes era la única que escondía la llama entre sus cuernos. Abrió los dos cierres que llegaban hasta los agujeros para la parte de sus cuernos y reveló su rostro, enseñándoles a todos una larga sonrisa de sierra.
El público suspiró y el murmullo se convirtió en revuelta.
—El Forjador —señaló Gornak—, en carne —apretó los puños, haciéndolos crujir—, y hueso.
—El famoso Gornak —respondió Kleyn—. Nos sabes cuanto he oído hablar de ti. Ni cuantos dolores de cabeza me has causado.
—No tienes idea de lo feliz que me hace escuchar eso.
—No esperaba verme contigo tan pronto. ¿Cómo supiste que estábamos aquí?
—Un sabio me dijo una vez que la información es poder. Y me he informado bien. Sobre el destacamento de enanos que envié a un pueblo cercano y que nunca volvió. De que todos los miembros de ese escuadrón fueron asesinados por un esqueleto viviente que estaba con el Forjador, excepto uno que fue atrapado por un trol de la escarcha, pero que luego escapó. Y de que uno de los vigilantes de las torres desapareció. Si lo analizas detenidamente —se llevó un dedo a la cabeza—, podrás llegar a la misma conclusión a la que llegué yo.
—Veo que eres muy precavido.
—Lo suficiente como para saber que también hay una chica con ustedes, la cual debe estar oculta en algún lado. —Kleyn, este hombre es peligroso.
—Quien sabe —se encogió de hombros—, a lo mejor ha huido. Pero eso es lo de menos. Querías que saltase a la arena, y eso he hecho. ¿Y ahora qué? ¿Nos enfrentaremos a tu ejército de enanos y grols?
—No —dijo con firmeza—. Esto es un coliseo, y aquí los guerreros vienen para demostrar su valía y para dar espectáculo. Y como he dicho, cualquiera puede participar. Incluso tú.
—Ah, ¿sí? ¿Eso quiere decir que si alguno de nosotros derrota a todos tus luchadores obtendremos el deseo que tanto prometes?
—Así es.
—Pensaba que Tal'kar era el único noble de los cuatro líderes de zona.
—¿Noble? —dijo Gornak, alzando una ceja—. No, te estás confundiendo. No es por nobleza, es por principios. Cuando digo algo, lo hago. Y cuando me planteo una meta, la alcanzo, y mi meta es eliminarte con mis propias manos —aseguró el gigante, frunciendo sus pobladas cejas.
—Entiendo. Bien, me alegra escuchar eso. En ese caso quiero que sepas una cosa —dijo Kleyn aseverando su gesto. Su sonrisa desapareció, y la llama en su cabeza comenzó a vibrar—. Cuando ganemos, tú y toda tu cadena de montaje desaparecerán, los enanos a los que has esclavizado volverán a sus hogares, y me dirás quién está detrás de todo esto, dónde está y cómo llegar a él.
Los dos hombres mantuvieron la mirada firme, desafiándose el uno al otro sin siquiera haber comenzado la pelea aún.
—Tan arrogante como cuentan las leyendas. Lo que cabría esperar del único ser capaz de crear las tijeras dimensionales. —No tiene idea de cuánta razón tiene.
—Trae a tus guerreros —dijo Kleyn—, podemos empezar cuando quieras.
Gornak resopló por la nariz a modo de risa y se giró hacia el público.
—Ya lo han escuchado, el Forjador quiere pelear. ¿Quién está dispuesto a plantarle cara?
El público respondió con un grito de emoción, y varios de los enanos y los grols de las gradas comenzaron a levantarse de sus asientos para entrar a la arena. Gornak volvió la mirada hacia el Forjador y sonrió.
—Como he dicho, todo el mundo es libre de participar, y ya he dado mi palabra de que cualquiera que quiera participar en la arena es libre de hacerlo.
—Comprensible. Si es por mí, puedes traer a los contrincantes de diez en diez, así vamos ahorrando tiempo. Si quieres podemos pelear los tres a la vez contra varios enemigos. —Quiero aclarar que lo que diga este hombre no es representativo para el resto del grupo.
—¿Quieres ir en desventaja numérica?
El pelirrojo se encogió de hombros.
—A mí no me importa —se giró hacia sus compañeros—. ¿Y a ustedes?
—Cuantos más enanos pueda matar, mejor —aseguró Biggon.
—Las voces dicen que vengan cuantos quieran, al final el hielo nos consumirá a todos —dijo Fritz.
—Ellos piensan igual que yo —respondió, volviéndose a Gornak. Por desgracia—. Así que, cuando quieras.
—Soberbia no les falta. De acuerdo, pelearán con todos los enanos y grols que estén dispuestos a entrar a la arena, irán en grupos de doce. Cuatro por contrincante. Tendrán descansos entre combate y combate. Cuando se acaben los contrincantes, cada uno luchará contra uno de mis mejores guerreros. Si los tres ganan a esos guerreros, entonces les concederé la victoria.
Kleyn no dijo nada. Tan solo asintió, y Gornak volvió al asiento del cual había saltado.
—Árbitro —dijo Gornak—, prepare a los participantes para que podamos empezar cuanto antes. Los contrincantes están ansiosos.
—Ya lo han oído, espectadores, quien tenga el valor para enfrentarse a la leyenda y sus compañeros, que venga. No se aceptan cobardes —dijo el enano.
Muchos de los espectadores saltaron de sus asientos y gritaron de la emoción. Otros se animaron y siguieron a los que ya iban hacia la zona de preparación. No todos los días se tiene la oportunidad de luchar contra el Forjador.
Kleyn y sus compañeros fueron guiados hacia uno de los cuartos de espera, allí tomaron asiento y esperaron con calma. ¿Por qué siempre acabamos metidos en líos?
Biggon sacó su hacha y pasó el hueso de su dedo gordo por el filo de esta. Debido a la falta de piel en su cara era imposible saber qué expresión tenía, pero, de haber podido adivinarla, Kleyn juraría que aquel esqueleto se estaba relamiendo. Fritz miraba a su garrote de una forma totalmente distinta a la que el esqueleto lo hacía con su arma, como si estuviese viendo a un objeto familiar, algo con lo que se sentía cómodo y afín. Tú, sin embargo, no tienes ningún arma a la que mirar. El pelirrojo se miró las garras, pero no sintió aquella emoción que sentía cuando miraba a las cuchillas de sus enormes tijeras. No quiso engañar a nadie, las echaba en falta.
Soltó un suspiro pesado y luego estiró la espalda y los brazos. No era momento para ponerse sentimental. Tenía que centrarse en la situación actual. Enfrentarse muchos grols y enanos, despacharlos a todos y luego vencer a los guerreros de Gornak, los cuales, si eran igual de fuertes que los secuaces directos de los jefes de zonas, serían contrincantes a tener en cuenta.
Te noto tenso, Kleyn. ¿Nervioso? El Forjador sonrió para sí.
—Para nada, solo estoy emocionado. Ya sabes, ese hormigueo que te recorre el cuerpo antes de que tu puño se estampe en el rostro de alguien. —Creo que nunca he sentido eso, y por alguna razón no es una sensación que me inspire confianza.
—¿Con quién hablas, Forjador? —dijo Biggon.
—Con nadie, hablo solo.
—Kleyn y yo no somos tan diferentes, entonces. —"Por desgracia", pensó Kleyn.
Se comenzaba a escuchar al público animarse más y más, ovaciones hacia los participantes que estaban entrando en la arena. Pronto les tocaría a ellos. Se le vinieron a la mente recuerdos de ocasiones pasadas en las que había participado en combates, torneos, justas y coliseos. Las primeras veces fueron las más desastrosas, pero todas las que le sobrevinieron fueron mejor llevadas. Casi nunca perdía, y pese a que le gustaba jactarse de ello, sabía que era porque contaba con la ventaja que da la experiencia. Sí, la experiencia de miles de años que no hacía más que seguir creciendo.
Un enano apareció por la puerta y los llamó a los tres. Ante la presencia de ellos tipo parecía más pequeño de lo que ya de por sí era, como si se hubiese encogido. Además, Kleyn se fijó en que estaba temblando. Ese sí que está nervioso, y eso que no parece ser de los que vaya a luchar.
El enano los dejó delante de unas rejas que daban a la arena. Dentro ya había un grupo de doce individuos conformado por ocho enanos y cuatro grols. El presentador los estaba anunciando.
—Y de este lado tenemos a la leyenda viviente, el creador de las tijeras dimensionales y enemigo jurado de nuestro jefe —las rejas se levantaron y Kleyn y compañía avanzaron con paso firme— el Forjador. —El público gritó, algunos de la ovación, otros en abucheos, había reacciones variadas, pero nadie se quedaba indiferente—. Y sus compañeros. —Los gritos disminuyeron, pero alguno que otro prevaleció.
—Gozas de mucha popularidad —alcanzó a decirle Biggon.
—No estoy seguro de que en este caso me lo pueda tomar como algo bueno. —Eso es lo que dices, pero ambos sabemos que te da igual si es buena o mala reputación, solo quieres llamar la atención.
Kleyn miró a los contrincantes de delante. Se les notaba nerviosos, pero intentaban no aparentarlo. Encubrían los pequeños temblores con movimientos provocativos, golpeando sus escudos con sus hachas o mazas, sacudiendo sus cabezas o golpeando el suelo con sus botas. Un vano intento por intimidarlos y a su vez darse coraje a sí mismos.
—Luchadores, prepárense —anunció el presentador.
Los guerreros de delante comenzaron a hablar entre ellos para organizarse. ¿No deberían hacer lo mismo ustedes? La voz en su mente hizo a Kleyn recapacitar un momento. Probablemente sus oponentes nunca habían luchado codo con codo en un grupo así, por lo que no tendrían una gran coordinación entre ellos. Ellos tres, sin embargo, tampoco tendrían ningún tipo de compenetración. Llegado cierto punto, hasta se podrían estorbar entre ellos.
—Muchachos —dijo Kleyn—. No debemos estorbarnos. Fritz, tú te quedarás allí y lucharás contra todos los enemigos que se te acerquen. Biggon, tú harás lo mismo en ese punto. Yo iré allí —señaló, ubicando a cada uno en un punto contrario, como si dividieran la arena en tres partes—. Cualquier enemigo que esté en el territorio de uno es asunto suyo, y si alguno quiere ayuda, tendrá que pedirla.
El trol y el esqueleto se miraron entre ellos.
—Me parece bien —dijeron al unísono.
Kleyn miró directo a Gornak, este también le estaba mirando, con un codo apoyado en uno de los brazos del su trono de piedra y el rostro descansando sobre su puño. Conocía esa mirada, no era la primera vez que se enfrentaba a una de esas. Se podía palpar el deseo de Gornak por verlo caer en batalla.
No iba a darle esa satisfacción.
Kleyn sonrió y volvió la mirada a sus oponentes.
—Luchadores, prepárense —anunció el presentador, situándose en aquel saliente del lado contrario al palco de Gornak, encima de la arena y de los peligros de esta—. !A luchar! —gritó, y acto seguido hizo sonar un cuerno que tenía consigo, provocando que el público gritase.
Kleyn pisó fuerte y se impulsó hacia adelante a gran velocidad. Sus enemigos cargaron contra él con sus escudos delante y las armas preparadas. El impacto iba a ser inminente, pero antes de llegar, Kleyn abrió un portal con sus garras y desapareció. El escuadrón redujo su paso, estaban confundidos, pero el grito de uno de los suyos por la parte de atrás los hizo girarse. Ahora el Forjador estaba detrás con una de sus manos enterrada en el cuello de un enano. Había levantado el cuerpo en el aire y la sangre se deslizaba por su brazo como el agua que baja de las montañas.
—Hay que tener agallas para darme la espalda —gritó Biggon.
Los que estaban más cercanos a su lado se giraron. El enano que ya estaba viendo encima suyo al esqueleto se cubrió con su escudo. El golpe del hacha resonó en toda la arena, como si se tratase de un gong. Biggon no se detuvo ahí, sino que siguió golpeando varias veces, provocando que las piernas de su enemigo flaquearan y se encogiera. Los que estaban cerca de este enano rodearon a Biggon para atacarlo, pero un enano salió de la nada y cayó encima de un grol que estaba a punto de descargar su martillo sobre el esqueleto. Biggon se giró hacia la izquierda y vio a Fritz con su garrote recostado encima del hombro y con su mano libre haciéndose de visera.
—Mira cómo ha volado —se rio el trol.
El grupo de enemigos se vio obligado a dispersarse para intentar abarcarlos a todos. Parecían capaces de aguantar cualquier golpe envueltos en sus armaduras pesadas, pero cuando salían disparados por los garrotazos de Fritz y con marcas de congelación en el metal, cuando el hacha de Biggon atravesaba sus cascos y les partía el cráneo, o cuando Kleyn salía de la nada y les rebanaba el pescuezo, ya no se sentían tan seguros pese a estar recubiertos.
El público miraba atónito aquel festival sangriento. El presentador se había quedado sin palabras. Pero Gornak, en cambio, seguía en la misma posición que antes, y con la misma expresión también, como si ya se esperase aquel resultado.
El último enano salió disparado de un garrotazo, y cayó justo delante de las botas de cuero añejas de Biggon, solo pudo levantar la mirada para contemplar como el filo del hacha se descargaba implacable sobre su columna.
Fritz comenzó a comprobar que todos estuviesen muertos, dándole empujones a las cabezas de los caídos con su garrote. Biggon terminaba de sacar el hacha de la columna del enano al que había matado. Y Kleyn se paraba sobre la espalda de un grol y miraba a Gornak directo a los ojos.
—Siguiente —pronunció el pelirrojo con una sonrisa de sierra.
—-—-—-—-—-—-—-—-—
Otra semana otro capítulo. Espero que estén disfrutando de la historia. Se vienen cosas interesantes, al menos para mí. Je, je. Les deseo una feliz semana.
Sí te gustó el capítulo deja un like, o mejor aún, escribe un comentario, el que sea, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, siempre me alegra leer los comentarios de mis lectores.
Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top