Capítulo 27: Hasta los huesos

Apenas Kleyn había descubierto una pista relevante sobre la posible ubicación del próximo jefe de zona, informó a Talux de ello.

— Entonces dices que el jefe de zona debe estar cerca de un volcán —comentaba el tipo del parche en el ojo mientras observaba a Kleyn.

— Exacto. Ese tal Gornak está utilizando la lava para crear armas capaces de contrarrestar mis llamas.

— Sé que ya me lo dijiste en su momento, pero aún me resulta increíble que haya alguien capaz de hacer lo mismo que el Forjador —sopesó este—. ¿Estás seguro de que Gornak utiliza la lava para hacer esas armas?

— Talux, soy el Forjador, utilizo lava siembre que voy a crear algo. Y si este tipo puede hacer esas mismas cosas, significa que también la utiliza... Bueno, eso y que la bomba que Fritz tenía guardada tenía lava endurecida en su interior —dijo, señalando hacia atrás con su dedo pulgar.

— Espera, ¿ese demente tenía una bomba consigo? —dijo este, sobresaltado.

— Talux, eso ya no importa. Lo importante es que tenemos una pista sólida. ¿Crees que podamos emprender viaje lo antes posible?

Talux se quedó pensativo un momento, repasando aquella idea.

— Bien, considero que tenemos delante una posible ubicación para hallar a nuestro próximo enemigo. Primero déjame preparar algunas cosas y luego ven a la sala de reuniones para hablar del lugar al que irás: la zona sur.

— Perfecto, ¿qué hago hasta entonces?

— Ve a informarle a Ágata que pronto ambos tendrán su nueva misión. Y de paso intenten preparar todo aquello que no sea comida y que necesiten para el viaje —indicó Talux. Y en ese momento se oyó el sonido de algo de cerámica rompiéndose.

Cuando ambos tipos se giraron para ver de qué se trataba, vieron al medio-trol sosteniendo el agarre de una taza, el resto parecía haber estallado.

— Lo siento, quería enfriar el café y terminé por congelar tanto la taza que esta explotó —se excusó el tipo de piel azul.

Talux se llevó la mano al entrecejo y suspiró con pesadez. Luego miró a Kleyn y pareció ocurrírsele algo.

— Oye, Kleyn, ¿ya que Fritz te fue de ayuda en tu última misión, no crees que podría ayudarte en esta también?

Este ya quiere darte al trol para que hagas de niñera.

— Sí, no veo inconveniente alguno —Más bien ignoras los inconvenientes.

— Perfecto. Dicho esto, pongámonos manos a la obra —otro sonido de algo rompiéndose volvió a llamar la atención de ambos.

— Perdón, ocurrió lo mismo con el platito en donde iba la taza —dijo Fritz, sosteniendo un trozo pequeño de cerámica entre sus gruesos dedos.

Talux suspiró otra vez y negó con la cabeza antes de abandonar la sala.

Mientras tanto, Kleyn fue a avisarle a Ágata de que pronto partirían en un nuevo viaje hacia la zona sur. También se lo comentó a Fritz, quien, de la emoción, se puso a buscar todo aquello que llevaría consigo en el viaje. ¿Acaso ese tiene algo más aparte de su ropa y garrote para llevarse consigo?

— Tú déjalo, que él parece feliz así —dijo Kleyn.

El pelirrojo fue a buscar todo aquello que necesitaba. Poca cosa, solo un poco de ropa de recambio y un poco de cuerda, en caso de que fuese necesario amordazar a alguien.

Luego fue con Talux a la sala de reuniones. Allí se les unió Ágata y Fritz, este último llevaba puesto un casco.

— ¿Qué haces con eso en la cabeza? —le dijo Talux al medio-trol.

— Es para que los susurros no les molesten mientras estén hablando.

Los tres oyentes se quedaron mirando a Fritz con rostro extrañado por unos segundos.

— Sabes qué, da igual —Talux colocó un mapa en el centro de la mesa y lo abrió. En este se podía ver la localización del castillo de Mewni y todo lo que lo rodeaba—. Muy bien, he ido recopilando los puntos a los cuales ustedes han ido cada vez que resolvieron uno de los casos de las tijeras dimensionales. Este punto de aquí —sacó un pequeño trozo de carbón y señaló a un bosque con un lago rodeado de árboles— es el Claro Silvestre. Y este otro —marcó una montaña con un castillo dibujado por la parte de arriba del mapa— es el Reino Nevado. En cuanto a su nuevo objetivo, la zona sur... —extendió una flecha desde el castillo de Mewni en dirección a un volcán que se ubicaba en la parte baja del mapa—. Este es el volcán que seguramente estarás buscando, Kleyn —dijo, mirando al pelirrojo, y dándole un par de golpecitos al volcán con el carbón.

Kleyn entornó la mirada y observó bien el mapa.

— ¿Y estás seguro de que es el único volcán que hay por aquí?

— Que yo sepa —dijo, encogiéndose de hombros—. Es el único que se encuentra cerca de este lugar. Y como cumple con el parámetro de estar ubicado en la parte sur del mapa, hay muchas posibilidades de que, si tu teoría acerca de Gornak es cierta, él esté ahí.

Kleyn sonrió de forma satisfactoria.

— Perfecto —miró al mapa, ansioso por partir cuanto antes, pero se fijó un poco mejor en este—. Oye, Talux, ¿qué reino estaba ubicado en la zona sur?

— Supuestamente el dominio de esas tierras corresponde a los enanos y a los grols. Son terrenos montañosos en los cuales se esconde un sinfín de minerales que son aprovechados por las hábiles manos de los enanos. El problema, es que ya hace algunos años que no sabemos nada de ellos.

— Entiendo... ¿Hay algo más que debería saber? —preguntó este.

— No que yo sepa. La información que tenemos acerca de este sitio es poca. Así que esto es todo lo que puedo darte.

— Suficiente para mí. Chicos —se giró el pelirrojo, sonriendo a Ágata y a Fritz—, podemos partir cuando queramos.

— Bien —celebró Fritz alzando a Ágata con un brazo mientras levantaba el puño con el otro.

A la asesina esto no le hizo nada de gracia.

— Yo me encargaré de avisar a los reyes y al resto del equipo. Ustedes tomen las provisiones de comida y agua que sean necesarias. Y avísennos antes de irse —dijo Talux.

Y sin demorarse mucho, los tres buscaron todo lo necesario y partieron a la zona sur. Como ya era costumbre entre Kleyn y Ágata, todas las provisiones las llevaron en una mochila grande y conjunta. Pero, que esta vez llevó Fritz. El medio-trol era una criatura fuerte por naturaleza, además, como su cuerpo siempre estaba frio debido a su garrote mágico, la comida que llevaba consigo se conservaba mejor. Y si necesitaban calentar, algo, Kleyn se encargaría de ello.

Habían partido al mediodía, por lo que, por la tarde, cerca de las cuatro, todos ya se encontraban por el terreno perteneciente a la zona sur. A esas horas, el sol golpeaba con fuerza la piel de los viajeros. A Kleyn no le importaba, pues su cuerpo estaba mucho más caliente que cualquier temperatura natural. A Fritz también le daba bastante igual, pues su garrote siempre mantenía su cuerpo a temperaturas heladas, las cuales eran ideales para él. Pero Ágata...

— Este clima es una reverenda... —comenzó a decir ella.

— ¿Qué? ¿Tienes calor? —dijo Kleyn.

— ¿Acaso tú no...? Mejor ignora esa última pregunta.

— Bueno, supongo que después de ir a una montaña nevada ya era hora de que nos tocase un lugar con un clima más cálido.

— Ese es el problema. Que el clima por esta parte del mapa es cálido, pero solo por las mañanas y parte de las tardes. Por las noches la temperatura baja tanto que el frío de aquí se asemeja al de las montañas.

— Oh, imagino que debe ser molesto.

— Para aquellos mortales que no llevan una temperatura interna e imperturbable por el clima sí, resulta bastante molesto. Y más para ella, que lleva ropa negra.

Ágata sacó un pañuelo para secarse el sudor de la frente y se mantuvo caminando durante un rato más. Pero, al cabo de unos minutos, se cansó del calor sofocante.

— ¡Ahg!, ya no aguanto más —gritó esta, y rápido se colocó junto a Fritz, tomando uno de sus brazos y rodeándose con él. Pronto, el aire gélido que envolvía al medio-trol la ayudó a aliviar el calor que la tenía muerta del asco—. Buf, mejor.

— No sabía que te caía bien, pequeña chica de negro —dijo Fritz, apretando un poco a la chica contra su torso—. Tú serás amiga del bueno de Fritz. Comeremos juntos, nos contaremos historias, y hablaremos de nuestro secretos más oscuros y profundos —este miró a ambos lados y luego se acercó un poco a la joven para susurrarle al oído—. En ocasiones las voces me dicen que los congele a todos, pero yo le digo que no, que ustedes están bien así.

Ágata frunció el ceño y le dio un pequeño empujón al medio-trol para que dejase de apretarla.

— Muy bien, escúchame, cubito con patas. El único motivo por el cual estoy aquí es porque eres como una ventisca andante, y porque el calor aquí es insoportable. Así que no te hagas ideas estúpidas, y no se te ocurra hablar más de la cuenta. ¿Entendido? —gritó ella.

Fritz se quedó algo confundido, pero oyó a Kleyn llamándole, así que se giró hacia él.

— Eso significa que le caes bien.

— Ah, genial —dijo el medio-trol, emocionado.

Ágata asomó un momento la cabeza y le dirigió a Kleyn una mirada amenazante, pero este solo sonrió y la saludó con la mano.

— Tranquila, no soy celoso. Si lo que dijiste sobre el clima es verdad, ya volverás conmigo cuando la temperatura descienda —Eso, tú provócala más.

Ella no dijo nada, solo le dirigió a Kleyn una mirada llena de asco.

— Te estaré esperando —soltó este, antes de comenzar a reírse.

Al cabo de un rato, ocurrió lo que el muchacho había dicho, la temperatura bajó, al igual que el sol. La noche se hizo presente, y con ella, el frío que la caracterizaba. Ágata ya se había separado de Fritz, y Kleyn la estaba mirando con una sonrisa.

— Ey, cuando quieras puedes venir a mi lado —dijo este, con los brazos abiertos, a modo de burla.

Ágata solo arrugó la cara y encendió una antorcha. La mantuvo cerca de sí para no enfriarse, y prosiguió el resto del viaje de esa forma.

— Así que me remplazas por una antorcha —mencionó Kleyn—. Me partes el corazón —dijo, llevándose las manos al pecho de forma sobreactuada —En serio, en algún momento ella se vengará.

Ágata se detuvo un momento, parando en seco su paso. Te lo dije. ¡Corre si quieres vivir!

— ¿Qué ocurre? —preguntó el pelirrojo.

Ágata se giró hacia ambos tipos.

— Miren —señaló a lo lejos con su dedo índice.

Los dos tipos se acercaron un poco y observaron aquello a lo que la chica apuntaba. A lo lejos se veía un conjunto de cosas, quizás rocas, pero entre estas había algo de luz.

— Parece un pueblo, ¿no? —comentó Kleyn.

— Eso es lo que parece —opinó Ágata. Esta buscó un par de binoculares que llevaba consigo en la mochila. Y observó detenidamente el lugar.

— Y, ¿qué ves?

— Sí, es un pueblo —sentenció la chica.

— A ver —dijo Kleyn, tomando los binoculares.

A lo lejos vio algo, si bien era cierto que era un lugar habitado, no estaba seguro de poder llamar pueblo a eso, porque no eran más que unas pocas casas de madera pegadas a una montaña. A lo sumos habría diez de esas casas. No solo eso, junto a ellas había vagones y unas vías. Parecía que la montaña junto a la que estaban era una minería, realmente.

— Parece un pueblo minero, uno muy pequeño —dijo Kleyn, bajando los binoculares.

— Eso mismo pensé yo.

— ¿Deberíamos ir allí para intentar pasar la noche?

— Estás pasando por alto todo lo que nos ha ocurrido cuando hemos ido a un pueblo a pasar la noche. La primera vez una camarera intentó matarte, y en el castillo de Moron un espíritu me poseyó cuando descubrí su escondite, y luego hizo lo mismo contigo.

— A ver, es cierto que no tenemos el mejor historial de todo en cuanto a hospedarnos se refiere. Pero —dijo con cierto énfasis en la palabra— en todas esas ocasiones salimos vivos y resolvimos los problemas que acontecían en esos lugares.

Ágata miró al muchacho, dudosa, pero, al final suspiró con resignación.

— De acuerdo, pero deberíamos tener cuidado. ¿Crees que deberías enviar un clon o algo como hiciste la primera vez?

— No. Ese tal Gornak me conoce y me odia, así que, si ese pueblo está lleno de sus secuaces, entonces alguno intentará apagar mi llama para comprobar si soy el real o no. Creo que es mejor hacer que el enemigo piense que me tienen en su territorio. Con un poco de suerte, conseguiremos que él o alguno de sus secuaces más cercanos se presenten de frente, así podremos sacarles información.

— ¿Estás seguro de eso? —cuestionó la chica, alzando una ceja.

— Sí. Además, confío en que, si algo ocurre, podremos salir de la situación, sea cual sea.

— De acuerdo —dijo, aunque un poco a regañadientes—. Pero será mejor que no te confíes demasiado, o puedes acabar siendo víctima de tu propia confianza.

— Sí, sí. No te preocupes y vámonos —dijo este—. Fritz, nos vamos —pero Fritz no parecía estar prestando atención a lo que Kleyn decía—. ¿Fritz?

El medio-trol se encontraba mirando su mano con los binoculares, solo que estos estaban al revés.

—Así que este objeto hace las cosas más pequeñas. Por fin podré usar mi mano para quitarme esa basurita que se me metió en el ojo. Y si estiro un poco más el brazo, a lo mejor pueda llegar a mi cerebro y consiga quitarme las voces de la cabeza.

Sus compañeros, al oírlo, arrugaron el rostro.

Llegaron a la entrada del lugar utilizando un portal. Y desde allí comenzaron a explorar el lugar. Tal y como Kleyn había dicho, aquel sitio apenas podía llegar a llamarse pueblo. Allí había unas nueve cabañas, algunas más pequeñas que otras, pero nueve en total. Estas estaban construidas conformando una especie de cuadrado. En su centro había una fogata con maderos bastante anchos, cuyas llamas aún iluminaban en lugar. A la derecha, junto a las tres cabañas que estaban prácticamente pegadas a la montaña, estaba la entrada de la mina. Junto a esta había un barril del cual sobresalían palas y picos. Y la cabaña más cercana a la mina poseía una fundición y un yunque.

— Tal parece que les gusta la herrería —sonrió Kleyn. Por estadística tiene que haber seres como tú... por difícil que resulte creerlo.

— Kleyn, qué es eso de ahí —preguntó Fritz, señalando algo parecido a un pequeño monte rodeado de montículos.

Kleyn se mostró un tanto extrañado. Entornó la mirada y lanzó una bola de fuego por encima de aquel lugar. Cuando la bola llegó, esta acrecentó su tamaño momentáneamente y luego se extinguió. Eso le permitió a Kleyn ver mejor lo que había allí. Pudo identificar espadas, armaduras, tumbas y...

— Por todos los reinos...

... cadáveres que ya estaban en los huesos.

— Parece un cementerio de cadáveres. Y uno bastante grande —añadió—. Me preguntó qué fue lo que pasó por aquí.

Ágata se hallaban mirando a su alrededor a la vez que oía lo que Kleyn decía. Y vio a alguien observando por la ventana. Cuando ese alguien vio que Ágata lo miraba, se ocultó de golpe. La joven entornó la mirada al percatarse de ese comportamiento.

— Kleyn, no sé si somos bienvenidos aquí —comentó Ágata.

— Es muy pronto para decir eso, ni siquiera sabemos qué clase de seres habitan este sitio. Debemos llamarles o algo —este alzó las manos y se las colocó junto a la boca, como si fuesen un megáfono—. Hola —gritó—, ¿hay alguien aquí? —no hubo respuesta—. Soy el Forjador.

— No creo que ir por ahí anunciando tu identidad sea la mejor de las ideas.

— Hay que mostrarles que somos transparentes.

Al principio, nadie pareció responder. Pero, al cabo de un rato, apareció la imagen tímida de una niña saliendo del umbral de una puerta. Se trataba de una niña enana. Kleyn, al verla, sonrió.

— Hola, pequeña. ¿Está en casa alguno de tus padres para que podamos hablar con ellos?

La niña no dijo nada, solo se quedó mirándolos a todos. Pero, al cabo de un instante, esta giró la cabeza hacia el interior de la casa y, detrás de ella, apareció un enano adulto. Un tipo calvo de barba castaña y frondosa, y brazos robustos. Kleyn dirigió su mirada a este hombre.

— Hola, mucho gusto —saludó este.

— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó el enano mientras colocaba una mano en el hombro de su hija y la empujaba hacia adentro.

— Soy el Forjador, y ellos son mis acompañantes: Ágata —señaló a la chica—, y Fritz —señaló al medio-trol—. Vamos rumbo hacia un volcán que se encuentra en la zona sur. Llevamos caminando toda la mañana, y nos preguntábamos si en este pueblo había algún sitio en dónde pudiésemos pasar la noche.

El enano entornó la mirada.

— ¿Es cierto eso que dices? ¿En verdad eres el Forjador?

Para demostrar que decía la verdad, Kleyn abrió un portal rojo con sus garras y se transportó justo delante del enano, a un metro de distancia para ser precisos. Este reaccionó, sorprendido, y apuntó a Kleyn con una pala que tenía junto a la puerta.

— Eh, tranquilo —dijo este, con las manos en alto—. Solo quería demostrarte que soy quien digo ser.

El enano se calmó un poco y bajó la pala tras dar un pequeño suspiro. En sus ojos se notaba cansancio y desolación.

— Lo siento, no solemos recibir visitas por aquí —dijo el enano, guardando la pala—. Así que, es verdad que eres el Forjador —dio un vistazo a los acompañantes del pelirrojo, y no dijo nada al respecto de ellos—. Mira, lo siento, pero en este pequeño lugar no hay albergue, así que no creo que encuentren un sitio para pasar la noche.

— Oh, eso es una pena.

— Lo siento. Pero, dígame, señor Forjador, ¿por qué busca un volcán?

— Bueno, sospecho que ahí se encuentra el jefe de la zona sur, un tal Gornak —los ojos del enano reaccionaron al oír ese nombre, cosa que Kleyn no pasó por alto—. ¿Le suena de algo ese nombre?

— Y-yo... —miró a su hija—. Preferiría no tener que hablarle de ello.

Kleyn no dijo nada, solo se quedó mirándolo un momento. Podría intentar sacarle información, pero, no parecía el tipo de persona que ocultase lo que sabía para no decírsela a alguien que podría hacer algo para ayudarlo. Más bien parecía que tenía miedo de que algo le ocurriese si llegase a hablar.

— Entiendo. Bueno, supongo que ese caso tendremos que irnos. Ya encontraremos algún lugar en dónde pasar la noche —dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia sus compañeros—. Adiós —saludó alzando una mano a modo de despedida.

Cuando ya estaba mitad de camino hacia sus compañeros, el enano lo detuvo.

— Espera —dijo este, y Kleyn se giró hacia él—. Si quieren puedo dejar que se queden en el comedor de mi casa. No es un lujo, pero es mejor que estar fuera durante la noche.

Kleyn sonrió.

— Gracias, creo que eso nos será más que suficiente.

Los viajeros entraron a la humilde morada del enano y todos les agradecieron su gesto.

— No tenemos comida para todos, así que no puedo ofrecerles cena.

— No se preocupe, llevamos comida de sobra para nosotros.

— De acuerdo. Pueden tomar asiento si lo desean —dijo el enano, apuntando a unos bancos de madera que había por ahí.

Los invitados tomaron asiento, excepto Fritz, que prefirió sentarse en el suelo.

Mientras tanto, la hija del enano se escondía detrás de las robustas piernas de su padre, asomando tímidamente el rostro para ver a los invitados. Kleyn se fijó en ello, y le sonrió.

— Hola, me llamo Kleyn. ¿Tú cómo te llamas, pequeña? —dijo Kleyn en tono suave.

La niña se asomó un poco más y también le sonrió al pelirrojo.

— Naira —dijo la niña, un poco tímida.

— Es un lindo nombre. Tiempo atrás conocí a una niña como tú.

— ¿En serio? —dijo esta, acercándose un poco al albino—. ¿Cómo era ella?

— Era una niña muy alegre, pero también bastante traviesa. Recuerdo que una vez me obligó a perseguirla por todo un pueblo para que no se perdiera.

— ¿Y pudiste atraparla?

— Sí, pero por muy poco. Ella era bastante escurridiza —dijo, riéndose un poco. Te gusta hurgar en viejas heridas, eh.

La pequeña también se rio un poco. A decir verdad, costaba imaginarse al Forjador buscando a una niña pequeña entre un montón de personas. Resultaba casi cómico.

— Naira, no molestes a los invitados —dijo el enano.

— No nos molesta —aseguró Kleyn.

Ágata estaba ocupada con sus cosas, y no prestaba atención a nadie, y Fritz estaba tocando la madera que componía en suelo de la vivienda. Parecía resultarle extraño estar pisando madera.

— Por cierto, señor enano —comenzó Kleyn.

— Llámame Rofmetar.

— Rofmetar, me gustaría poder hablar contigo de algo. Pienso que a lo mejor no te guste mucho el tema, pero, la verdad es que me ayudaría bastante que pudiésemos hablar de ello. Y tal vez a ti también pueda ayudarte hablar de ello.

El enano respiró profundo y luego suspiró.

— Naira, ve arriba.

— ¿Por qué? —dijo la pequeña.

— Porque los adultos tenemos que hablar.

— ¿Es sobre la caída?

Rofmetar no dijo nada, solo asintió con levedad.

— Oh, bueno —dijo la niña, cabizbaja, y subió las escaleras al segundo piso.

Cuando la pequeña se fue, Rofmetar sacó una pipa de su bolsillo y se sentó en una de las sillas de madera de allí. Parecía estar temblando un poco. Intentó encender una cerilla, pero no lo conseguía. Así que Kleyn le acercó su dedo encendido, y el enano lo miró.

— Gracias —dijo el enano, después de encender la pipa.

— No es nada. ¿Qué es eso de la caída?

Rofmetar fumó un poco del tabaco y luego expulsó todo el aire.

— Pasó hace varios años. Ese tal Gornak llegó al reino de los enanos, y de alguna forma que desconozco, tomó el poder. Se hizo con el reino y con todo lo que había en él. Subyugó a los habitantes y los convirtió en sus ciervos. Algunos se vieron obligados a obedecer para sobrevivir, otros vieron en ese tipo la oportunidad de crecer y convertirse en una raza temida. Luego de que todo el reino cayera en manos de ese tirano, los ciudadanos de allí fueron a reclutar a otros enanos y también a los gnols de la zona. Nosotros pudimos escapar gracias a que algunos de los enanos que se opusieron vinieron y nos avisaron. Después de tanto tiempo conseguimos rehacer nuestra vida aquí. Y vivimos lejos de los dominios de Gornak.

— Ya veo... —dijo Kleyn—. ¿Y ni Gornak ni ninguno de sus súbditos o seguidores encontró nunca este sitio?

— No —suspiró el enano—, por suerte.

— ¿Y la mina?

— ¿Qué ocurre con la mina?

— ¿Por qué trabajan en ella?

— Uno de los que habitan aquí se dedica a viajar y vender armas y armaduras que hacemos con los minerales de la mina. Conseguimos lo necesario para vivir, pero no mucho más.

— Entiendo... ¿y conoce alguna forma de llegar hasta dónde está ese tal Gornak? Porque nos interesa a todos llegar allí tan rápido como nos sea posible.

— No quieren llegar hasta él —aseguró el enano, mirando al suelo.

— Créame —dijo Kleyn, echándose al frente—, nos interesa.

El enano se lo quedó mirando fijamente, y tragó saliva.

— Lo siento, creo que necesitaría dormir un poco —admitió, levantándose de su asiento.

— De acuerdo. No se preocupe por nosotros, nos iremos mañana temprano.

El enano no dijo nada, solo subió las escaleras hasta desaparecer en el segundo piso. Los tres caballeros se quedaron en la sala y cada uno se centró en sus cosas hasta que, finalmente, se durmieron.

Durante la noche, sin que nadie pudiese darse cuenta, alguien abrió la puerta con sumo cuidado mientras los tres dormían tirados en el suelo sobre una bolsa de dormir. Aquel que había abierto la puerta miró a un lado y a otro antes de indicarle a sus compañeros con la mano que entrasen.

— ¿Es él? —preguntó uno de los presentes en voz baja.

— Sí. La información era cierta.

— Perfecto, entonces solo nos queda acabar con el trabajo —dijo este, sacando una daga con la intención de apuñalar a Kleyn.

Cuando el tipo se acercó un poco más, algo cayó encima de él. El tipo se alarmó, pero no tuvo tiempo de reaccionar, porque aquello que había caído encima de él le clavó una daga en el cuello y luego se sirvió del cuerpo moribundo del intruso para dar un salto y caer junto a Kleyn.

El pelirrojo se despertó y, junto con él, Fritz. La llama en la cabeza de Kleyn se encendió e iluminó todo el lugar. Ágata estaba junto a él, y enfrente tenían el cadáver de lo que parecía ser un enano, pero este llevaba puesta una armadura de hierro con partes luminiscentes, como la lava.

— Fritz, toma el cadáver y las cosas. Ágata, ayúdalo, yo los cubriré, y cuando tengan todo a mano nos sacaré de aquí.

— Sí —dijeron ambos.

Rápido, Fritz se acercó a buscar el cadáver del enano que había en el suelo. Mas otros dos enanos estaban a punto de entrar a atacarlos. Estos portaban hachas pesadas.

Kleyn, para defender a su compañero, lanzó llamas hacia ellos, y estos se cubrieron con sus armas. Las llamas fueron absorbidas por las hachas, y Kleyn, al ver eso, frunció el ceño. Esto ya no resulta sorprendente, solo molesto.

Aquello tal vez no detuvo a los enanos, pero les dio el tiempo suficiente como para recoger todo y abrir un portal para salir de allí.

— Se escapan —anunció uno de ellos—. Hay que seguirlo.

Y todo un escuadrón de enanos corrió hacia el portal para perseguir a los caballeros.

Fritz lideraba la fila, guiando a sus compañeros.

— Nos están siguiendo —anunció Kleyn—. Hay que alejarlos del pueblo. ¿Lo has entendido Fritz?

— Sí. Solo tengo que correr hasta que salgamos del pueblo.

— Perfecto, una vez que nos alejemos lo suficiente podremos pelear contra ellos.

Fritz sonrió y siguió corriendo hasta que todos llegaron al cementerio lleno de pilas de cadáveres y lápidas.

— Fritz, ¿por qué nos trajiste aquí? —dijo Kleyn, confundido.

— Para dejar el cadáver del enano al que Ágata mató.

Kleyn alzó una ceja, sorprendido.

— Buen punto.

Una flecha pasó cerca de él, haciendo que este se girase a ver qué pasaba. Los enanos habían llegado cerca de ellos, y habían aprovechado a detenerse para atacarlos con flechas en llamas.

— Rápido, cúbranse —dijo Kleyn.

Los tres se tiraron al suelo, justo detrás de las pilas de huesos, para usarlas cómo barreras.

— ¿Ahora qué? No tenemos un arquero entre nosotros —dijo Ágata.

— Y mis ataques ígneos no funcionarán contra ellos —dijo este, encogiéndose de hombros—. ¿Alguna idea, Fritz?

Para cuando lo preguntó, Fritz se había puesto de pie. El medio-trol dio un pisotón al suelo y tres pequeños pilares se alzaron, golpeando las cabezas de algunos esqueletos y levantándolas a la altura de los hombros de Fritz. Este tenía su garrote listo, y cuando tuvo las calaveras delante, les dio un buen golpe. Estas salieron despedidas en dirección a enanos, y estos se cubrieron detrás de los escudos de unos compañeros. Fritz siguió repitiendo el proceso utilizando otras partes de los huesos, cascos, y piezas de armadura.

— No creo que eso sea muy respetuoso de nuestra parte —comentó Kleyn.

— ¿Qué importa? —dijo Ágata—. No son más que una pila de huesos. No es como si alguno de ellos fuese a levantarse y atacarnos.

Casi como si el mundo la hubiese escuchado, de entre una de las pilas de huesos que había cerca, una mano de huesos protegida por un brazal salió. Junto a esa, otra más, y entre ambas se ayudaron para sacar el cuerpo entero de aquel que estaba enterrado entre aquella pila de huesos.

Ni Ágata ni Kleyn daban crédito a lo que veían. Un esqueleto grande, robusto y tan alto, o incluso un poco más que Fritz. Llevaba puesta una armadura de cuero y hierro que iba por partes. Tenía perneras, una falda, pechera, brazales y un casco. Todos ellos raídos y algo viejos, se le notaba por el color marrón oxidado en estas piezas, pero, lo llamativo de este, era que le sobresalían de la cabeza dos cuernos, justo en donde termina la frente.

Metió la mano entre los escombros y sacó un hacha que permanecía en perfectas condiciones, y cuyo diseño extravagante le llamó la atención a Kleyn. Era un hacha robusta y tosca de una mano, y en la junta entre el palo y el hierro se mostraba el diseño de una calavera casi demoníaca a la que le salían dos cuernos.

El esqueleto alzó la mirada mientras se mantenía en una posición algo jorobada y miraba a lo que tenía delante.

— La batalla me llama —pronunció.

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Buenas, queridos lectores. Lamento tardarme en traer este capítulo, pero es que estoy sufriendo de falta de motivación por esta historia, pero me va y me vuelve por momentos, así que no se preocupen.

Sí te gustó el capítulo deja un like, o mejor aún, escribe un comentario, el que sea, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, siempre me alegra leer los comentarios de mis lectores.

Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión.

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