Capítulo 25: Regreso a Mewni
Kleyn volvió a su dimensión tan pronto como se despertó, luego volvió al poco tiempo sin que nadie se llegase a dar cuenta de esto, para entonces, sus heridas ya estaban curadas.
Había cosas importantes que hacer, como revisar de cabo a rabo el escondite que habían hallado cerca de las escaleras del castillo. Peinaron esa especie de almacén a conciencia, y no dejaron ni una sola esquina sin revisar. Consiguieron encontrar algunas piezas de armadura junto con armas selladas en cajas. Estas, normalmente iban a conjunto. Pero nunca iban dos piezas de diferentes armaduras en una misma caja. El problema surgió en el mismo momento en el que revisaron las cajas que había debajo de estas, las cuales eran un tanto más largas, grandes y pesadas que el resto. Varios de los guardias zoruks comprobaron con horror el contenido de estas.
— Por los dioses —exclamó Dorulak—. Es...
— Un cadáver —completó Kleyn a su lado.
Tirado, con los brazos cruzados en cruz y los ojos cerrados se hallaba el cuerpo inerte de un zoruk.
Otros guardias acompañaban al forjador y a Dorulak, en la investigación del lugar. Varios de ellos apartaron la mirada al ver tal hallazgo, y retrocedieron un poco. Algunos otros comprobaron debajo de otras cajas si también había cadáveres. Por desgracia, así lo fue.
— No lo entiendo, ¿para qué querría esa cosa guardar cadáveres? —comentó Dorulak mientras veía el cuerpo.
— Seguramente los guardaría para utilizarlos en caso de ser necesarios —dijo Kleyn, con el ceño fruncido. Se giró hacia el zoruk—. Recuerda que un litch es capaz de alzar a los muertos para que estos estén bajo su control. Eso ayudaría a explicar por qué algunos de los guardias en el Monte Glacial no respondían ni reaccionaban ante las palabras de la gente —al mencionar eso, cayó en la cuenta de una cosa que no le hizo ni una pizca de gracia.
Tras terminar de revisar el lugar y sacar todos los cuerpos, así como las cajas que había allí, Kleyn le dijo a Dorulak que debían de ir al Monte Glacial. Este no entendió el motivo por el cual dejar el castillo ahora, cuando habían hallado algo tan importante como lo eran los cuerpos de antiguos camaradas. Pero Kleyn le aseguró que era importante. Así que terminó por aceptar la petición de este.
Cuando llegaron, había varias personas arremolinadas cerca del puente que conectaba el pueblo con la zona que llevaba al Castillo Nevado. Dorulak hizo uso de su nombre y posición para abrirse paso entre la multitud, y llegó hasta unos cuantos guardas que intentaban contener a la multitud, apartándolos de una escena.
— Soldado, ¿qué pasa aquí? —espetó el zoruk.
— Capitán Dorulak —dijo el guardia, sorprendido—. Verá, ha ocurrido algo extraño aquí, y estamos intentando alejar a la gente para poder proceder.
— ¿Y qué fue lo que ocurrió?
— Pues... —decía, un tanto nervioso, intentando no cruzar mirada con él.
Impaciente, Dorulak hizo a un lado al guardia para pasar y ver de qué se trataba aquello. Atravesar el muro formado por sus compañeros, halló a Kleyn, agachado, mirando lo que parecían ser dos cadáveres zoruks.
— Pero, ¿qué? —exclamó el zoruk al ver la escena.
— Lo que temía —dijo Kleyn—. Cuando un litch muere, todas las criaturas bajo su control lo hacen con él. La vez que Ágata y yo llegamos a este lugar, muchos de los pueblerinos nos hablaron de comportamientos extraños entre los guardias. Y cuando vi los cadáveres en el almacén caí en la cuenta de a qué podría haberse debido ese extraño comportamiento del que hablaban los zoruks.
Dorulak se quedó mirando a Kleyn por unos segundos, y luego volvió la mirada, resignado, a los cadáveres que yacían en el suelo. No era de extrañar que la gente se alarmase por ver dos cadáveres de la noche a la mañana. Cualquiera sospecharía si vieran una escena como esa, donde no hay sangre ni signos de lucha.
— Hoy es un día negro para el pueblo zoruk —se limitó a decir, Dorulak, cabizbajo—. Forjador, por favor, ve a traer a algunos curanderos de la ciudad en el castillo. Sé que es probable que, como has dicho, estos no sean más que cadáveres, pero tengo que asegurarme como guardia real que soy.
Kleyn no dijo nada, solo asintió. Comprendía la posición del zoruk.
Al final, solo se le fue confirmado al hombre lo que Kleyn ya había insinuado. El rey y los guardias tendrían que pensar en algo para darle al pueblo una explicación, pero eso era algo de lo que se encargarían los administradores, los cuales tenían especial cuidado a la hora de ocultar secretos reales.
Por otra parte, identificaron los cuerpos hallados tanto en ese almacén como los que había por el Monte Glacial. Informaron a los familiares y luego les dieron entierro a todos estos.
Por su parte, Kleyn se encargó de devolverle a todos sus tijeras dimensionales, o al menos las que había en el cofre hallado en el almacén secreto.
Con todas aquellas pruebas, se acabó por determinar que el litch era, sin lugar a dudas, el culpable de todo lo ocurrido y, también, el líder de la zona norte. Ahora, exlíder.
Acabadas todas esas tareas, Kleyn y su compañera se dispusieron a volver a Mewni después de tan larga travesía. De nuevo, tuvieron una despedida por parte de Moron y los suyos, quienes, pese a estar algo deprimidos por la tragedia del lugar, se mostraron agradecidos ante el Forjador y su compañera por sus hazañas. Estos dos agradecieron la hospitalidad del zoruk, y lamentaron la pérdida de sus guardias.
Una vez se despidieron, volvieron Mewni. Ahora nuestros caballeros se encontraban justo en la entrada de la ciudad.
— ¿Por qué nos has traído aquí, y no a la guarida de la Orden? —preguntó Ágata, mirando al pelirrojo con el ceño fruncido.
— Me apetecía ver un poco la ciudad antes de ir con Talux y el resto.
Estando en su dimensión Kleyn había tenido tiempo para pensar en cuál sería su siguiente movimiento mientras sus heridas sanaban. Recordó que aún tenían a Wildax de prisionero, y que este podría darles algo de información acerca del siguiente jefe de zona. Eso le había subido los ánimos. Pero haber presenciado varios funerales y visto el pesar de los guardias zoruks por la pérdida de sus compañeros había deprimido al Forjador.
Pese a ello, y a que sabía que, después de sacarle información a Wildax, tendría que planear su próximo movimiento, y con toda seguridad tendría que partir mañana o el día siguiente. Así que, antes de que eso ocurriese, querría ver la ciudad de nuevo.
— Bien, entiendo tu afán de querer visitar la ciudad, pero no crees que les resultará extraño a todos si ven al trol que viene con nosotros —dijo Ágata, apuntando hacia atrás con su dedo pulgar.
Kleyn giró la cabeza y se fijó en Fritz, quien volteaba a todas partes para ver la ciudad. Este detuvo su mirada en un niño que caminaba por la calle lamiendo una paleta helada, cosa que llamó la atención del medio-trol. Estuvo a punto de dirigirse hacia el pequeño, cuando Kleyn lo tomó del hombro.
— ¿Qué crees que haces?
Fritz se giró hacia Kleyn y apuntó al niño.
— Esa cría de mewmano está comiendo frío y congelación. ¿Por qué alguien haría eso? El frío y la congelación solo traen desdicha, desolación, desgra...
— Y muchas otras cosas que empiezan por "D". Lo que está comiendo ese niño es un helado. Digamos que es un trozo de agua dulce congelada.
— ¿Frío y congelación dulce...? —dijo, torciendo la cabeza, confundido.
Es como un niño. ¿No te parece? Ciertamente lo parecía.
— ¿Quieres uno?
— Claro. Así podr comerme a frío y congelación, y no ellos a mí —dijo, contento.
De alguna forma extraña y peculiar aquello alegró un poco a Kleyn. Ver como alguien tan grande se contentaba con algo tan simple. Una mano lo tomó del cuello de su musculosa y tiró de él. Ágata dejó a Kleyn a escasos centímetros de su rostro, y le dirigió una mirada de desaprobación.
— ¿De verdad vas a comprarle un helado? —se quejó esta.
— ¿Por qué no? —además, le ayudaría a despejar la cabeza.
— Solo míralo —apuntó al trol.
Fritz, al ver la escena de aquel niño con el helado, miró a su garrote con nuevos ojos, preguntándose si este tendría algún sabor. Lo olisqueó un poco, pero no notó nada más allá de la frescura habitual. Pasó su lengua por el hielo que conformaba el garrote y esta se le quedó pegada. Intentó despegarse tirando de ella, pero no lo conseguía.
— Es como un niño grande —Ja, te lo dije.
— ¿Y cuál es el problema? ¿A caso tú también quieres uno?
Al oír eso la chica se quedó callada por un momento.
— ¿Ágata?
De pronto, la muchacha soltó al tipo y dio un par de pasos, dándole la espalda.
— Que sea de chocolate —luego siguió andando. ¿Has visto eso?
— Parece que nuestra asesina favorita también tiene debilidades —dijo este, sonriendo de forma un tanto burlona.
— ¡Ay! —Oyó detrás suyo. Se giró y vio a Fritz frotándose la boca con una mano—. Lo conseguí.
Después de conseguir unos helados para los tres, y de deambular por Mewni durante media hora, decidieron volver a la guarida de los caballeros. Sin embargo, Kleyn se halló con un problema.
— ¿Dónde estaba la entrada a la guarida? —le preguntó a Ágata.
— ¿En serio no te acuerdas de cómo entrar?
— Bueno, es que la vez que entré fue porque Buff Frog me guio. Pero de eso hace uno meses. Desde entonces nunca más la volví a utilizar.
— Usa un portal y acabamos antes.
— Yo solo quería darle un poquito más de gracia a las cosas.
Resignado, el Forjador abrió un portal y apareció justo en medio de la sala central de la guarida, junto con sus compañeros. En ese momento Kelly pasaba justo por ahí con una taza con café. Esta se giró hacia Kleyn y los otros, y abrió la boca sorprendida.
— Volvieron —dijo, alegre.
— Buenas —saludó Kleyn.
— Hola —dijo Ágata por igual.
De entre ellos, Fritz se mostró un poco más reservado. Kelly se fijó en la nueva cara presente con algo de curiosidad.
— ¿Kleyn, quien es la pequeña de cabello largo? —le preguntó el medio-trol al pelirrojo.
— Ella es Kelly, una compañera de la Orden Armada —señaló con la mano a la chica de piel morena—. Adelante, salúdala.
El medio-trol se acercó un poco a la chica, sin saber muy bien qué hacer. Kelly se mostraba algo intimidada por el tamaño y el aspecto del compañero de Kleyn. Pero intentó mantener la compostura y ofrecerle al medio-trol una sonrisa, la cual se le notaba forzada.
Extendió la mano y se la tendió a Fritz. Este se quedó mirándola, y luego la saludó de forma más o menos natural.
Kelly, aún un poco intimidada, miró la mano de la criatura y luego la miró a los ojos.
— Estás frío.
— Gracias.
El resto de caballeros no tardó en aparecer; Talux, entre ellos. No tardaron en comenzar a saludar al Forjador y comenzar a preguntarle sobre su viaje. Hicieron lo mismo con Ágata, pero esta dijo que le preguntasen a Kleyn, y a ella la dejasen tranquila.
Aquel recibimiento alegró al pelirrojo, el cual dijo que les contaría a todos lo sucedido una vez que estuviesen sentados en la mesa. Allí les explicó a todos lo ocurrido, sin privarse de ningún detalle. Así también pudieron entender quién era el medio-trol que este traía consigo. Pero no llegaron a comprender qué hacía allí.
— Entonces, un litch era el jefe de la zona norte —comentó Talux.
— Así es —dijo Kleyn.
— ¿Y estás seguro que ya está muerto? —dijo Ronnin.
Kleyn abrió un pequeño portal con su mano y la introdujo en este para sacar algo. Cuando lo consiguió lo lanzó al medio de la mesa. Se trataba de un cráneo con dientes puntiagudos y mentón largo.
— Ahí lo tienes.
Varios se quedaron perplejos al ver la calavera.
Roger, el guerrero bestial de la orden, se aproximó para olisquear el cráneo.
— Así que este es el cráneo de un litch —Roger arrugó un poco la nariz y luego volvió a su asiento.
— Y dices que no te dijo nada del siguiente jefe al que tendrías que atacar, como lo hizo Tal'kar, ¿no? —dijo Kelly.
Kleyn negó con la cabeza.
— Hasta dónde sé, el litch solo emitía gritos y chillidos, pero nada que se asemejase a una palabra. Así que no, no nos dijo nada. Ni siquiera a Fritz, que fue quien lo mató —apuntó con su dedo pulgar al medio-trol, el cual se estaba sacando la mugre de entre las uñas usando sus dientes.
— Tal vez Wildax sepa algo al respecto —sugirió Talux.
— De hecho, venía con la intención de preguntarle.
— Si quieres podemos ir ahora mismo. Todavía lo mantenemos en nuestras celdas.
— Eso sería estupendo.
Así el líder de la Orden llevó a Kleyn hasta la celda en la que descansaba el semibestia rata, el cual estaba sentado leyendo un periódico. Apartó la mirada del trozo de papel cuando dos sombras, una de ellas emitiendo luz con su llama, aparecieron delante de su celda. Cuando vio a Kleyn, un ligero estremecimiento de miedo le recorrió todo el cuerpo.
— ¿Qué quieren? —preguntó este.
— Vaya, pensé que te alegrarías de verme —dijo Kleyn, con una sonrisa.
— Alegrarme es lo último que haría al verte.
— Me rompes el corazón.
— Queremos ver qué es lo sabes del resto de jefes de zona —dijo Talux.
— Ya me interrogaste en una ocasión. Y te voy a decir lo mismo que te dije aquella vez. Yo no sé nada de ellos.
— Oh, ¿lo dices en serio? —dijo Kleyn, envolviendo sus manos en llamas, y acercándose más a los barrotes de la celda.
Wildax soltó el periódico y se fue hacia atrás, hasta llegar a la pared y ponerse de espaldas contra esta.
— No, lo digo en serio. No sé nada más. Nos dijeron que nunca sabríamos más de lo que necesitábamos saber, y el escondite de algún jefe que no fuese el nuestro es una de esas cosas. Tienes que creerme —dijo, arrodillado y con las manos entrelazadas.
La mirada de Kleyn no mostraba clemencia. De hecho, el muchacho parecía estar quemando vivo al semibestia en su mente. Hasta que una mano lo sujetó del hombro.
— Él dice la verdad, Kleyn. Yo le hice muchas preguntas durante estos días, y me dijo lo mismo. Te dejé probar a ti porque la última vez que lo hiciste él cantó como un gallo, y tenía la esperanza de que en esta ocasión ocurriese lo mismo, pero ya veo que no fue así. Mejor déjalo.
Kleyn, que ya estaba listo para abrir los barrotes, bajó las manos y apagó sus llamas, apretó los puños y luego le dio una patada a la celda.
— Demonios.
Acto seguido, se fue.
Wildax soltó un suspiro de alivio y luego se fijó en Talux, que estaba mirando a Kleyn alejarse.
— Perdone, humilde señor tuerto —le dijo al tipo—. ¿Podría usted ser tan amable de traerme unos nuevos pantalones?
Talux miró a la rata con cara de extrañeza. Luego sintió un ligero olor a orina y arrugó la nariz.
— ¡Puaj! —se alejó de la zona.
Kleyn acabó informando de la situación a los reyes, los cuales se mostraron contentos con el progreso de este, y que también se alegraban de ver que podrían volver a tener buenas alianzas con el Reino Nevado.
También decidió pasearse por el reino y saludar a Barden, quien, como el pelirrojo esperaba, acabó por ponerse nervioso ante su presencia y terminó tartamudeando e hiperventilando.
Al final, no hubo ninguna pista ni nada parecido sobre el siguiente jefe de zona. Lo que dejó a Kleyn en una situación comprometida, pues no sabía por dónde empezar. O si habría lugar por el cual empezar.
Por otra parte, Fritz estaba integrándose bien al grupo. Si frío natural ayudaba a mantener una temperatura justa en la guarida. Además de que lo usaban para enfriar bebidas y otras cosas. Al medio-trol no parecía importarle, de hecho, se le veía feliz.
Una noche, Kelly se fue a su puesto de trabajo, era su turno nocturno, y le tocaba vigilar la ciudad. Entraba por la puerta de la habitación de cámaras espejo mientras traía consigo una taza con café. Se sentó frente al escritorio más cercano a la puerta y luego sopló el vapor de la taza para enfriar un poco el café. Solo entonces le dio un buen sorbo y soltó un suspiro de satisfacción.
— Que bien sienta un café por la noche —exclamó para sí.
— Y que lo digas —dijo alguien en la sala.
La chica dio un respingo del susto, y luego se giró para ver de quién se trataba. La silueta de alguien sentado en otra silla y con los pies apoyados en el escritorio contiguo al suyo chasqueó los dedos y una llama encima de su cabeza se encendió.
— Kleyn, no te esperaba por aquí.
Este se rio un poco al ver la expresión que la chica había puesto.
— Perdona por lo del susto.
— No te preocupes —dijo esta, y volvió a recuperar la compostura—. ¿Qué te trae por aquí?
— No tenía nada que hacer, así que pensé en hacerte compañía.
— Que amable de tu parte —dijo esta con cierto sarcasmo. Se notaba que Kleyn no estaba allí solo por eso—. Y bueno, ¿qué tal te está yendo todo?
Kleyn sonrió un poco y miró hacia las pantallas de cristal.
— Maravillosamente mal. Han pasado dos semanas desde que llegué, y no he avanzado nada en el intento de encontrar al siguiente objetivo.
— Bueno, seguro que encontrarás algo.
— No es eso, Kelly. Es el hecho de que ya he estado cinco años perdido por este mundo sin encontrar nada. Cuando por fin encuentro el reino al que se supone que tenía que venir para comenzar a solucionar el asunto de las tijeras, resulta que no sé nada de nada. Las pistas que hemos encontrado han sido por pura casualidad. Si no hubiera sido por eso no habríamos avanzado nada. Y, además de eso, está el otro tema del cual sigo sin saber mucho: mi identidad. Desde que tengo uso de memoria no sé si tengo o no familia. Lo único que recuerdo es como usar el martillo para hacer cualquier cosa de metal o de casi cualquier mineral. Pero, aparte de eso, no he sabido nada más de mí —cuando acabó de decir todo eso el muchacho acabó por echar la cabeza hacia atrás y suspirar, exhausto.
Kelly se quedó callada un momento, mirando al tipo.
— Vaya. Parece que necesitabas dejarlo salir.
Kleyn terminó de dar otro suspiro y se mordió los labios.
— Sí, lo siento. Pero es que me siento importante últimamente.
— Eh, tranquilo —dijo esta, acercándose para ponerle la mano en el hombro—. Seguro que algo ocurre.
Justo en ese momento, una de las cámaras mostró una explosión en uno de los callejones de la ciudad. Ambos caballeros se giraron al oír el estruendo.
— Mira ahí tienes algo con lo que distraerte —dijo la muchacha, señalando a la cámara.
Kleyn sonrió y se puso de pie. Luego abrió un portal y desapareció en él.
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El regreso a Mewni trae consigo un nuevo caso. Mientras tanto, Kleyn comienza a pensar en todo aquelo que lo angloba a él y en el caso de las tijeras. ¿A dónde lo llevará todo esto?
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Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión
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