Capítulo 22: Misterio incierto
Ágata se despertó de golpe en su cama, quitándose las sabanas de encima con un brusco empujón de su brazo y comenzó a mirar a todos lados mientras respiraba de forma pesada. No había nada extraño en la habitación, las paredes estaban iguales, no había nada en el techo, y parecía ser de día por la luz que entraba por la ventana.
Se comenzó a palpar el cuerpo en busca de alguna herida, pero no halló nada. Pese a ello, sí que se dio cuenta de que solo llevaba puesta unas bragas y su camisa favorita para dormir. Miró a la silla que había a un costado de la cama y allí vio la ropa que había utilizado la noche anterior, junto con sus cintos en los cuales estaban sus dagas y cuchillos. Sacudió la cabeza y se llevó una mano a la frente mientras intentaba calmar su respiración.
¿Qué había ocurrido anoche? No conseguía acordarse de ello. Intentó recrear todo lo que había hecho después de hablar con Kleyn. Comenzaba a recordar poco a poco todas sus acciones, una por una. Había seguido a los guardias por todo el castillo hasta que dio con... con el rey Moron. Fue entonces que decidió seguirlo a él hasta un pasaje secreto, y donde lo vio a este guardar unas tijeras dentro de un cofre antes de desmayarse, y luego... luego...
— ¡Agh! —no conseguía recordarlo.
Era capaz de ver claramente a Moron caer hacia un lado, pero después... todo se volvía oscuro. ¿Acaso lo de anoche nunca había ocurrido y todo se trataba de un simple sueño?
Al pensar eso se giró hacia atrás y miró debajo de su almohada. No había ninguna daga allí, y eso le parecía extraño, porque siempre dejaba una daga por debajo de esta. Entornó la mirada y entonces lo supo: lo de anoche había ocurrido, no sabía exactamente qué había ocurrido, pero lo había hecho, no lo había soñado. Quizás Kleyn estuviese despierto ya. Tenía que decírselo.
Rápido buscó toda su ropa, junto con sus cinturones, y se la colocó. Estuvo a punto de salir de la habitación cuando se acordó de su amiga. Volteó hacia atrás y se fijó en Mordisquitos. Estaba durmiendo encima de un mini cojín encima de la mesita de noche. No quiso despertarla, pero tampoco quiso dejarla allí sin más, así que, con mucho cuidado, la tomó de su sitio y se la colocó encima de su cabeza, cubierta por su capucha de asesina. Una vez realizada su tarea, se dispuso a salir de la habitación sin más demora.
La puerta de su habitación estaba al lado de la de Kleyn, así que solo tuvo que girar a la derecha y llamar a esta. Dio un par de golpes moderados, sin levantar hacer demasiado ruido. Esperó unos segundos, pero no tuvo respuesta alguna.
Frunció el ceño e insistió en su tarea, volviendo a golpear, esta vez, un poco más fuerte que antes.
— Kleyn, ¿estás despierto? —preguntó, esperando que este dijese algo. Pero nadie respondió.
No tenía la paciencia suficiente para seguir intentándolo, así que soltó un suspiro y abrió la puerta con cierta brusquedad.
— Oye, ¿estás aquí? —preguntó, mirando a todas partes, pero no vio a nadie allí dentro.
Examinó bien la habitación y se percató de que la ropa de este no estaba en ninguna parte, ni tan siquiera sus botas. Lo cual le indicaba a la chica que este ya se había despertado y salido de la habitación. El problema era que no sabía qué hora era, así que no sabía si era muy tarde o no. Pues, si no recordaba mal, Kleyn tenía pensado irse con los guardias del rey Moron al puente que conectaba la ciudad del Monte Glaciar con el terreno del reino Nevado. Si su suerte era mala, estos ya se habrían ido.
Corrió hacia la ventana e hizo un esfuerzo para mirar al sol y utilizar su posición para saber la hora utilizando un truco de la misma clase que el que había utilizado con la luna. Eran las nueve, más o menos. Con un poco de suerte aún estaría en el castillo. Lo que era seguro es que no contaría con tener que esperarla, después de todo, le había dicho que ella haría sus propias investigaciones.
Se largó de allí y fue directo al salón principal y allí preguntaría a los guardias si habían visto a Kleyn. Pese a que ellos podrían estar con el rey en el tema del tráfico de tijeras, tenía que aparentar no saber nada, después de todo, si la habían llevado hasta su habitación y se habían tomado la molestia de hacer que todo pareciera un sueño, entonces, lo mejor sería seguirles la historia.
Iba a llegar al salón, y en la entrada vio a un guardia junto a la puerta sosteniendo una lanza y mirando al frente. Este le dedicó una mirada rápida y breve, y luego volvió a mirar al frente. Se acercó a él, y decidió preguntar:
— Perdone —y el guardia se giró hacia ella—, ¿ha visto a Kleyn por aquí?
— ¿Quién? —dijo, confundido.
— Mi compañero, el tipo pelirrojo de piel blanca y cuernos, y una llama en la cabeza.
— Ah, el Forjador. Lo vi pasar por aquí, pero no sé a dónde fue.
El tono del guardia no parecía contener ni un solo atisbo de nerviosismo, por lo que, a ojos de Ágata, este tenía que ser muy bueno aparentando, o, más bien, cabía la posibilidad de que, si los guardias estaban metidos en el tráfico de las tijeras junto con el rey, solo unos pocos guardias sean aquellos que sepan lo del tráfico de tijeras. Lo cual era lógico, pensó ella. Cuantos menos sepan tus secretos, mejor.
— Gracias —dijo esta, y se dispuso a entrar al salón.
Por allí vio a Ganfeld, caminando de un lado a otro. Este se fijó en la entrada de uno de los invitados del reino de Mewni.
— Señorita Ágata, buenos días —saludó con una ligera reverencia.
— Buenos días —respondió por inercia.
A primera vista, Ganfeld parecía ser el sirviente más leal del rey, por lo que no sería de extrañar que este fuese alguien que estuviese dentro del negocio. Sí, era perfecto. Mientras el rey aparentaba ser quien es, su fiel asistente se encargaría de realizar las gestiones que no dependieran de las manos de Moron. Sin embargo, tenía que aparentar frente a él también.
— ¿Desea desayunar? Su compañero se encuentra en el comedor disfrutando de una agradable comida.
Aquello solo acababa de confirmarle que Kleyn seguía allí. Y ahora sabía dónde estaba. Ganfeld no tenía motivos para mentirle, no en la situación actual.
— Sí, me gustaría comer algo.
— Entonces, sígame, por favor —indicó con una de sus aletas mientras caminaba moviendo sus pies de un lado a otro.
En esta ocasión, Ganfeld no le pidió las armas a la muchacha, cosa de la que prefirió no hacer mención alguna, pues aún podía pedírselas, y si este solo se había olvidado de hacerlo, mejor dejarlo así.
El semi bestia pingüino la llevó hasta la misma cocina en donde habían cenado anoche, y a través del marco de la puerta vio a Kleyn. Al momento sintió cierto alivio al saber que podría contarle lo de anoche y actuar lo antes posible. Pero, cuando entró al comedor, pudo ver que este no estaba desayunando solo. Junto a este estaban tanto el rey Moron como su mujer e hijo. Parecían charlar de forma alegre y amistosa, algo que hizo que Ágata se retorciera de la rabia por dentro.
Al entrar, todos se giraron hacia ella.
— Pero mira nada más, si es la compañera del Forjador, esto... —comenzó el rey Moron, mostrando su habitual alegría, mas parecía haberse quedado a media frase.
Kleyn se le acercó un poco a este y le susurró algo al oído.
— Ágata, eso. Ven, acompáñanos a comer —dijo el rey, animándola con su mano a que se les uniera.
Esta se quedó tensa por un momento. Ahora el rey tenía los ojos de color café, ya no eran aquellos zafiros resplandecientes que había visto anoche al seguirlo. No sabía de qué podrían ser. Le hubiese encantado por las buenas decir que el tipo que vio anoche y el rey que tenía delante suyo justo ahora eran el mismo zoruk, pero sabía que no tenía todas las pruebas que necesitaba tener, a lo mejor aquel era alguna clase de gemelo o algo parecido. El caso era que no podía mostrar señales de que lo que había ocurrido anoche se tratase de algo verídico, y no de un sueño, como ellos habían intentado que pareciera. Lo único que sacaba en claro de eso es que, al menos de momento, lo necesitaban con vida.
— Sí, muchas gracias —dijo esta, y tomó asiento junto a Kleyn.
Todos le sonrieron, y luego continuaron con la plática.
— Como te iba diciendo, Kleyn, aquel día quedé colgando de un pequeño risco, y tuve que utilizar mis colmillos para no caerme. Por suerte mi mujer y varios hombres del castillo me lanzaron una cuerda para poder subir —contaba Moron mientras se reía.
Ágata intentaba buscar la forma de decirle a Kleyn que necesitaba hablar con él, pero sin levantar sospechas. Ganfeld dejó junto a la chica un plato con alguna clase de pescado, también un vaso con alguna bebida caliente y verde.
— Es té de algas —dijo Ganfeld, al reparar en la expresión de la chica.
Ágata no dijo nada, solo torció un poco su expresión y tomó el vaso para darle un sorbo pequeño. No estaba mal, pero ignoró eso y volvió su atención a su compañero, y en cómo lo separaría del rey sin llamar su atención. Se le ocurrió algo discreto y creíble, así que intentó ponerlo a prueba. Tomó la capucha de Kleyn y tiró de ella un poco para llamar la atención de este. El tipo se giró un poco, lo suficiente como para que uno solo de sus ojos viera a la chica.
— Kleyn, necesito que me lleves un momento a la Orden Armada, tuve un pequeño percance.
— ¿En serio? ¿Qué quieres decir con percance?
— Perdí mi piedra de afilar durante nuestro trayecto, y necesito otra —¿Ha dormido bien? Porque lo que está pidiendo no tiene sentido.
Kleyn frunció un poco el ceño y se giró del todo para ver a Ágata, con expresión de reproche.
— Repito, ¿en serio?
— Mis dagas no son letales porque sí, ¿sabes?
Kleyn soltó un suspiro de cansancio.
— Puedo hacerte yo mismo uno de ser necesario.
— No creo que haga falta —dijo Moron—. En el castillo tenemos varias piedras de afilar. Toma la que quieras y quédatela.
— Cielos. Gracias, rey Moron —dijo la chica, cuidando de que no se le notase el sarcasmo.
"Bien jugado, maldito mamífero", pensó esta.
— Por favor, llámame Moron.
Esta frunció el ceño y volvió a darle un trago a su té de algas.
— Por cierto, ¿cuándo irán al puente del Monte Glaciar?
— Inmediatamente después de desayunar. Enviaré a cuatro de mis guardias con Kleyn para ir a ver qué ocurre por allí. Quizás podamos averiguar algo —indicó Moron.
— Entiendo. ¿Les importa que vaya también?
— ¿Qué? —saltó Kleyn— Pero, si tu habías dicho que... —quiso decir, pero se detuvo a media frase porque Ágata le propinó un codazo en las costillas.
— Pero por supuesto que puedes ir, por algo estás aquí para ayudar —dijo Moron, con una resplandeciente sonrisa.
— Gracias, Moron –"Desvelaré tus secretos, maldito mamífero", pensó para sí.
Kleyn se quedó mirando a Ágata un momento, y esta le dirigió una mirada furtiva, a lo cual el pelirrojo respondió suavizando su expresión, y luego se giró al otro lado. Ágata no estuvo del todo segura, pero quiso creer que aquello significaba que el albino había comprendido que tenía algo que decirle, por lo que aprovecharía el más mínimo momento para decirle algo.
Tal y como Moron había dicho, al terminar de comer llamó a cuatro guardias para que se prepararan para partir junto al Forjador al Monte Glaciar. Ágata no estaba segura de lo que ocurriría al ir allí. Sería extraño, porque, si Moron tenía a algunos guardias metidos en el tráfico de tijeras, aquellos cuatro tipos que los acompañarían muy probablemente serían de esos. Por lo que, qué se supone que harían yendo a un lugar a investigar qué pasaba con sus compañeros, cuando sabían perfectamente que ellos solo mantenían la boca cerrada para no decir nada acerca del tráfico de tijeras.
No tenía forma de adivinarlo a menos que fuese allí. Aunque, lo que más le importaba era poder contarle lo de anoche a Kleyn. Así ambos podrían ir a investigar aquel pasaje secreto y revelar el verdadero rostro del rey Moron.
— Muy bien, ya podemos irnos —indicó Kleyn. Delante suyo tenía un portal rojo bastante grande, lo suficiente para que todos los presentes pasasen sin problemas.
Los guardias se despidieron de su rey con una ligera reverencia y luego desaparecieron en el portal. Kleyn y su compañera hicieron lo propio y también desaparecieron en el portal.
Aparecieron justo delante de la entrada del puente. Ágata se había puesto su abrigo, pues sabía que haría más frío allí. Debido al grosor de la tela de su vestimenta no notó nada, pero, en el momento de llegar, Mordisquitos se deslizó por una de las mangas del abrigo y salió para moverse por los alrededores sin que ella se diera cuenta.
— Bien, hemos llegado —anunció Kleyn.
— Tiene sus ventajas viajar con el Forjador —dijo uno de los zoruks que había venido con ellos—. Bien, vamos a hablar con nuestros compañeros vigilantes.
Aquel que había hablado se acercó con paso firme al guardia de la izquierda.
— Saludos, compañero.
— Señor —saludó este, reconociendo el rango superior del zoruk que se le había acercado, cosa que sorprendió tanto al pelirrojo como a la joven, pues no esperaban que el zoruk hablase después de su experiencia—, ¿en qué podemos ayudarle?
— Guardia, tenemos algunas preguntas que realizar. Es algo relacionado con las desapariciones de tijeras.
— Ya veo. En ese caso, pregunten.
— Nuestros compañeros aquí presentes —señaló con la mano a Kleyn y Ágata— nos han dicho que han venido al puente y que les pidieron permiso para cruzar, pero que ustedes no se lo dieron. Y no solo eso, sino que no les dijeron nada, incluso después de afirmar quienes eran y que venían con el favor del rey —indicó el zoruk—. ¿Es eso cierto?
El guardia que vigilaba el puente se mostró confundido, tanto que torció la cabeza con desconcierto.
— Lamento decirle esto, capitán, pero no sabemos de lo que está hablando.
Eso es una burda mentira.
— Emmm, no sé si eras tú el que nos recibió ese día —comenzó Kleyn—, pero, sea quien sea, no nos dejó pasar.
— ¿Estás seguro? Es decir, nosotros no solemos hacer eso.
— Estoy completamente seguro. Vinimos hasta aquí y les pedimos poder pasar, pero solo se quedaron callados y evitaron nuestro paso usando sus lanzas.
— Que raro. Tiene lógica que alguien como mi compañero no dijese nada, pues le decimos Ray el tímido —justo cuando este lo presentó, el guardia en el otro palo del puente levantó su mano como si se tratase de un saludo a todos—. No suele hablar, y a veces se pone nervioso en su trabajo. Pero me sorprendería que él le cortase el paso a alguien. No suele ese tipo de cosas.
— Nosotros solo le decimos lo que ocurrió. Además, no somos los únicos que vieron algo así. Los ciudadanos dicen que no los han dejado cruzar últimamente.
— Espera, ¿has dicho últimamente?
— Sí.
— En ese caso es natural que no los dejemos pasar, hay una enorme ventisca del otro lado, cada tanto nuestros compañeros que están allí cruzan un momento para confirmarnos que siguen vivos, y rotamos para que puedan descansar un rato de tanta nieve. Si era un día como este, entonces no me extraña que no les dejasen pasar.
Kleyn se calló un momento, pues sabía que aquel era un buen motivo para no dejar pasar a nadie. Y más aún si ellos sabían de los golems de hielo que había por el terreno.
— Eso tal vez explique el bloqueo —entró Ágata—, pero no explica lo que nos dijeron los ciudadanos. Ellos cuentan que alguna noche se ha visto a algún ciudadano caminar hasta ustedes y entregarles su tijera, y luego el mismo ciudadano se queja de que su tijera ha desaparecido.
El guardia se quedó callado un momento, un momento en el que Ágata pensó que el tipo estaría buscando en su mente alguna forma de eludir y tergiversar su pregunta.
— Eso sí que suena más extraño que lo anterior, pero, de igual manera, no sabemos nada de ello.
— Ah, ¿sí? Entonces no importará que llame a un ciudadano para que nos hable de esto.
— No quiero parecer pretencioso, pero, adelante. Solo queremos demostrar que no hemos hecho nada malo —dijo el guardia.
Ágata entornó la mirada y buscó al primer zoruk que estuviese por allí cerca.
— Usted, venga aquí un segundo —le dijo a un zoruk con mucho flequillo, tanto que este le cubría los ojos. Este se señaló a si mismo a modo de pregunta cuando vio a la chica llamarlo—. Sí, usted, venga aquí.
El zoruk se acercó a ellos un tanto nervioso.
— ¿Qué ocurre? ¿Acaso hice algo?
— Lamento las molestias, señor, pero estamos investigando algo y queríamos preguntarle una cosa. ¿Es cierto que algunos ciudadanos han estado entregándoles tijeras a los dos guardias de aquí? —preguntó el capitán.
— No, no señor. Ha habido desapariciones, como todos saben, pero no se ha dicho nada de que nosotros entregásemos nuestras tijeras, bueno, aquellos que tengan una.
— ¿Qué? —saltó Ágata, provocando que el ciudadano diese un respingo—. Pero si todo el mundo sabe eso.
— Debe de ser un error —dijo Kleyn—. Hablamos con varias personas y todas ellas concordaron en esto —justo en ese momento, el anciano que vio en el puerto y le habló de las desapariciones de tijeras, pasó por allí—. Esperen, ese hombre me habló del tema. Perdone —dijo este, alzando la mano.
El anciano, que iba con un cubo lleno de carnada, una tela para guardar pescados, y una caña, se giró hacia el pelirrojo con los ojos tan cerrados que uno no podía ni ver sus pupilas.
— ¿Qué ocurre? —dijo con voz pesada.
— Soy yo, ¿se acuerda de mí?
— Oh, sí, eres el muchacho que me ayudó el otro día.
— Sí, ese mismo. ¿Podría hablarles a los presentes de aquellos ciudadanos que caminaban por las noches y les entregaban sus tijeras a los guardias?
Kleyn se mantuvo a la espera de oír las palabras del viejo, pero...
— Lo siento, joven, pero creo que te estás confundiendo —Ja, ja. Te llamó joven.
— ¿Qué? Pero si usted me lo dijo el otro día.
El viejo negó con la cabeza.
— Te hablé de la situación por aquí, la cual no es buena, al menos para aquellos que poseen unas tijeras, pero no recuerdo nada de ciudadanos entregando sus tijeras.
— Pero...
— Señor Forjador —dijo el capitán, colocando una mano en el hombro del albino, y este se giró hacia este—, quizá ustedes hayan sufrido de algún tipo de desgaste mental debido al cansancio de aquel día.
— Sabemos lo que oímos —protestó Ágata.
— Y no lo dudamos, pero, como comprenderán, están haciendo acusaciones a nuestros compañeros y, por lo que se ve, no parecen ser ciertas. No digo que ustedes estén mintiendo, pero, quizás es que hubieran estado cansados aquel día.
— ¿Nos podemos ir? —dijo el zoruk del flequillo abundante.
— Sí, pueden marcharse.
Los ciudadanos a los que habían llamado dieron media vuelta y retomaron sus caminos. Del brazo del anciano Mordisquitos dio un prodigioso salto y cayó en el brazo de Ágata, quien se había percatado de eso casi de refilón.
— Mordisquitos, te dije que no subas así a los cuerpos de otras personas, recuerda lo que ocurrió con Tryda —decía la muchacha, recordando a su compañera zorra.
— Miren, no quiero sonar pretencioso, pero creo que lo mejor sería volver al reino y aclarar las cosas que quieran hacer antes de hacerlas, no quiero ir por ahí haciendo falsas acusaciones a mis zoruks.
Kleyn iba a decir algo, pero vio que no estaba en la posición de hacerlo. Ya había molestado suficiente a los guardias y en pocos minutos se había demostrado que ellos no sabían nada, y que, lo más probable sería que él y Ágata estuviesen confundidos. O más bien locos, después de todo, los locos oyen voces en su cabeza.
Volvieron al castillo, resignados. Los guardias del rey le informaron a este de lo ocurrido. Pese a todo lo que Kleyn y Ágata hubiesen alegado, para que luego se demostrase que no era así, Moron no les dijo nada, solo atribuyó su interpretación de los hechos, al igual que lo hizo el capitán al que envió, al cansancio del viaje y la ventisca. Así que les ofreció descanso para que aclarasen sus ideas. Ese fue el momento que Ágata aprovechó para hablar con Kleyn en su habitación y contarle todo lo ocurrido anoche, haciendo especial énfasis en la parte en la que seguía a Moron y encontraba ese pasaje secreto. Y luego...
— ...me desperté en mi cama —Kleyn la miraba con gesto un tanto incrédulo—. Lo digo en serio, sé lo que vi y lo que ocurrió. Algo me atacó después de que Moron se desmayase, pero no alcancé a ver qué era. Me crees, ¿no?
El pelirrojo se pasaba la mano por la barbilla mientras analizaba la historia de la chica. Yo creo que a esta sí que le afectó la ventisca. Pese a que sonase extraño, era cierto que muchos individuos se veían afectados por las bajas temperaturas y el cansancio, además de que este no era el clima al que Ágata estaba acostumbrada. En cambio, él sé que podía soportar el cansancio y las bajas temperaturas debido a su cuerpo ígneo, pero, aun así, las cosas que había oído y visto no parecían ser lo que eran. O todo aquello se trataba de un enorme complot, o algo estaba ocurriendo en aquel reino.
— Llévame al lugar en donde viste el pasaje secreto, quiero verlo con mis propios ojos.
Ágata miró al tipo con seriedad y asintió.
Buscaron un momento en el que no hubiese demasiada actividad en el castillo. Después de comer fue cuando lo hicieron. Para mantener un bajo perfil, Kleyn se quedó con Moron y el resto para hablar un rato después de comer, mientras que Ágata se excusaría y se iría de allí para buscar el pasaje. Lo que no sabía nadie, era que, tras una columna un clon aparecería para acompañarla y para corroborar lo que ella le había dicho a Kleyn.
Ambos fueron a las escaleras en espiral que la chica había mencionado, y allí esta comenzó a tantear la pared en la cual recordaba que estaba el mecanismo para abrir el pasaje. Tocó todas las piedras que vio, las empujó con fuerza, las empujó por el centro e, incluso, las empujó de lado, pero ninguna se accionaba.
— Es extraño, recuerdo que fue justo aquí en donde el abrió el pasaje —le dijo al clon. Este llevaba puesta la capucha para que su llama no iluminase el lugar. Y bajo la sombra que proyectaba sobre su rostro, este alzó una ceja—. Lo digo de verdad. Lo vi. Estaba justo aquí —señaló a la pared.
— ¿Hola? —dijo alguien acercándose.
Rápido, el clon desapareció convirtiéndose en humo y no dejando rastro alguno. Un guardia se asomó desde debajo de las escaleras y vio a Ágata.
— ¿Va todo bien? La escuché hablar sola.
— Sí, sí, es solo que me perdí buscando el lavabo y trataba de pedirle ayuda a alguien. ¿Usted me podría ayudar?
— Claro, sígame.
Ágata siguió al zoruk mientras echaba un vistazo atrás, preguntándose qué habría ocurrido con la entrada secreta.
Se mantuvo un rato deambulando por el castillo sin levantar mucha atención. Y se reencontró con Kleyn por la tarde, poco antes de que el sol comenzase a ponerse.
— Juro que la entrada estaba en donde te llevé. Lo vi.
— Sí, lo sé. Te creo —dijo, intentando calmar a la muchacha.
— No lo parece.
— Te tendrás que conformar con eso. Cambiando de tema, necesito que recojas todas tus cosas.
— ¿Por qué?
— Nos vamos esta noche, justo después de cenar.
— ¿Qué? ¿Por qué? Si aún no hemos averiguado nada —dijo ella abriendo los brazos mientras fruncía el ceño.
— Confía en mí. Sé lo que hago —aseguró este.
— Kleyn, no hemos averiguado nada. Lo poco que sabemos solo nos genera más preguntas. Preguntas que, por cierto, no han sido respondidas.
— Ágata, ya hemos demostrado que no tenemos muy claro quiénes son los ladrones aquí, y mucho menos quien es el líder de esta zona. Tenemos que centrarnos antes de seguir haciendo acusaciones.
— Pero...
— Oye, me pediste que confíe en ti, ¿no? Pues ahora yo te pido lo mismo. Ya sé que tú no confías en nadie, pero, por una vez, ten fe en mí.
Ágata no parecía estar del todo conforme con la idea, mas agachó la cabeza resignada y se fue de mala gana de la habitación de Kleyn para recoger sus cosas.
A la noche, justo después de comer, el rey Moron y su familiar los despidieron.
— ¿Seguro que no quieren quedarse un poco más? Podrían pasar la noche aquí y volver mañana por la mañana —sugirió Moron.
— No, no hace falta. Nos sentiremos más cómodos si dormimos en nuestras propias camas. Además, con mis portales no tardaremos nada en volver. Así mañana podremos hablar con Talux e indagar un poco más en lo que haremos antes de proseguir con este caso.
— Entiendo. Espero que puedan hallar algo pronto.
— Lo intentaremos. Sentimos las molestias que pudiésemos haberles causado a usted o a sus guardias.
— Oh, no te preocupes por eso. Solo querían hacer lo correcto, así que yo creo que ellos lo entenderán. Dinos algo la próxima vez que vengan, así los estaremos esperando.
— Seguro que sí. Gracias por todo, Moron.
— El placer fue mío.
Así, el albino y la mewmana se despidieron de los reyes y atravesaron el portal que Kleyn había abierto, pero, para sorpresa de Ágata, no aparecieron en la guarida de la Orden Armada, sino detrás de un montón de nieve. Pronto la chica sintió el frio del ambiente, y comenzó a temblar. Rápido, Kleyn la cubrió con la enorme mochila que cargaba y produjo fuego con su llama detrás de esta para que no lo extinguiera la ventisca, cosa que ayudó a la chica a mantener el calor.
— ¿Qué hacemos aquí? —dijo esta mientras se frotaba los brazos para tomar calor.
— Es parte del plan. Moron y todos los del castillo piensan que nos hemos ido. Así que aprovecharemos para adentrarnos en el recinto y ver si ocurre algo ahora que se sienten confiados.
— Entonces, sí me creías.
— Lo que creo es que algo raro está ocurriendo aquí, y la mejor forma de verlo es atrapando desprevenido al enemigo.
— Por fin pasaremos a la acción —se quedó pensando un momento—. Oye, ¿por qué no me lo dijiste antes cuando estaba contigo?
— Sí Moron y sus hombres están traficando con tijeras, lo mejor será que ni él ni ninguno de sus zoruks sepan nada de nuestro plan si es que nos están escuchando.
— Buen punto.
— Bien, si todo está aclarado, comencemos los preparativos.
Ágata sonrió y Kleyn hizo lo mismo, ambos sabían que ahora comenzaría la parte más arriesgada de su investigación.
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Bueno, bueno, ¿quién está listo para ver a dónde nos lleva el misterio? ¿Es el rey Moron el asesi... digo, el traficante? Algo se sabrá en el siguiente capítulo, téngalo por seguro.
Sí te gustó el capítulo deja un like, o mejor aún, escribe un comentario, el que sea, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, siempre me alegra leer los comentarios de mis lectores.
Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión.
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