Capítulo 19: El caso del Monte Glaciar

Los rayos del sol de un nuevo día entraron por la ventana e iluminaron la habitación en la que se hospedaban Kleyn y Ágata. El pelirrojo se hallaba durmiendo en posición fetal con su llama apagada. De pronto, esta llama se encendió de golpe y Kleyn abrió los ojos.

— Es un nuevo día —se dijo a sí mismo.

Se quitó la manta de encima y saltó de su colchón. En unos segundos se colocó toda su ropa. Desde su musculosa de malla con capucha y pantalones, hasta sus botas, guantes y el cinturón del cual colgaba la falda con el símbolo de una llama. Se acercó a la ventana y la levantó para sacar la cabeza por esta y respirar el aire fresco del Monte Glaciar. Tras dar una honda inspiración exhaló todo el aire con una nueva y refrescante sensación de día nuevo.

Mientras miraba desde la ventana a los zoruks pasearse por las calles, oyó el quejido de alguien dentro de la habitación.

— Ah —dijo Ágata estirando la vocal en un largo y pesaroso quejido. Está apretó los ojos frunciendo su ceño aún más de lo que ya estaba y tiró de la manta para acurrucarse aún más en la cama—. Cierra la ventana si no quieres una daga en tu espalda —Parece que alguien aquí no tiene un buen despertar.

El pelirrojo se giró a hacia este y le sonrió con malicia, a pesar de que esta no podía verlo.

— Buenos días a ti también —cerró la ventana, haciendo caso a la petición de la asesina—. Me adelantaré en el desayuno y me pasearé por el pueblo para ver qué puedo averiguar de la situación de las tijeras —le dijo a esta mientras se acercaba a la puerta y se colocaba la mochila con sus cosas—. Reunámonos en la posada al medio día, a la hora de comer —y tras decir eso se fue por la puerta.

— Por fin algo de paz.

— Por cierto —volvió a entrar—, quitaré al clon vigilante —y chasqueó sus dedos antes de volver a salir.

— No —agonizó el clon mientras caía de rodillas al suelo—. Adiós mundo cruel —sobreactuó ates de desaparecer en una pequeña nube de humo.

Ágata se volvió a quejar por esa cantidad innecesaria de tiempo perdido escuchando a Kleyn, y porque tenía que hacerse a la idea de que pronto se tendría que levantar de la cama.

En la taberna Kleyn disfrutó de un agradable pero breve desayuno y salió de la posada con energías renovadas. No parecía haber mucho viento esa mañana, o al menos no era tan fuerte como la ventisca de ayer. Pensó que tal vez podría utilizarlos. Chasqueó sus dedos y siete clones aparecieron junto a él. El viento del lugar perturbaba las llamas en la cabeza de estos, pero no llegaban a apagarse, lo cual satisfizo a Kleyn.

— Chicos, ya saben lo que hay que hacer —Contigo uno nunca puede estar seguro de si sabe lo que tiene que hacer.

Todos asintieron y luego se dispersaron en direcciones diferentes.

Uno de ellos llegó a una plazoleta en donde se comerciaban productos alimenticios y de consumo diario.

— Tal vez aquí pueda haber alguien que me ayude.

— Disculpe, joven —llamó una ancianita detrás de él.

Se giró a verla, parecía una mujer bastante mayor, jorobada, con los ojos casi cerrados debido a las arrugas de estos, y con los bigotes caídos. Se valía de un bastón para caminar y su cuerpo temblaba continuamente.

— ¿Le importaría decirme qué dice ahí? —apuntó con su bastón al cartel de uno de los puestos de los mercaderes.

— Claro, señorita. Ahí dice, pescados del lago helado.

— Oh, gracias. ¿Y ahí? —apuntó a otro cartel.

— Frutas y verduras heladas.

— Oh, ¿y ahí?

— Especias al frío.

— Oh, ¿y ahí...?

Mierda, pensó para sus adentros.

Otro clon se fue a la parte del puerto, a un lago cercano al Monte que estaba justo bajándolo por el lado sureste del mismo.

— En este puerto había varios zoruk pescando. Algunos de ellos sentados en una roca cerca de la orilla, cubriéndose del sol con un sombrero de paja, otros con enormes redes de desde su barco pesquero, y uno que le llamó la atención: un viejo sentado al borde del muelle sosteniendo una caña de pescar. Se acercó a este con curiosidad sin decir nada.

— Eh, tú —soltó de repente con una voz ronca y reverberante, similar a la de Hermet. El clon se apuntó a sí mismo, como si preguntase si era a él a quien llamaba—. Sí, tú, el del cabello rojo. Hazme un favor y acércame un poco de carnada que hay en el cubo que tienes delante.

El clon se fijó en el cubo mencionado y aceptó hacerle ese pequeño e insignificante favor. Tomó un poco de la carnada y se la acercó al tipo, el cual parecía ser un poco mayor, pero, sobre todo, parecía estar afectado por la mar.

Sin girarse siquiera, el viejo tomó la carnada y la enganchó en el anzuelo para luego tirar la caña y esperar paciente a que algo picase.

— Gracias —dijo sin mirarlo—. Ven, siéntate y disfruta del aroma del mar conmigo.

Este se encogió de hombros y aceptó su invitación.

— No eres de por aquí, ¿verdad? —comentó, pero no le dejó tiempo al clon para responder—, se te nota en la cara. Seguro vienes de uno de estos lugares del sur, allí donde la nieve no abunda tanto, y donde el frio no es más que una estación que sucede una vez al año. Seguro que no estás acostumbrado a un clima como el de aquí. Pero tampoco parece que te moleste —el clon iba a decir algo, pero, de nuevo, el viejo no le dejó—, es porque eres diferente al resto, ¿verdad?, esa llama en tu cabeza te delata, eres un demonio, ¿no es así? —para este punto el clon ya ni se molestó en intentar decir nada—. Ya lo creo que lo eres, pero no eres cualquier demonio, no. Tú eres el Forjador, aquel de que la gente habla, aquel que volvió después de tantos años —al clon le hacía gracia la forma de monologar del viejo, y el hecho de que se fijase en su aspecto cuando ni siquiera se había girado—. Déjame contarte una historia, la historia de cómo las tijeras de la gente de este pueblo comenzaron a desaparecer de forma misteriosa.

Cerca del puente que llevaba al otro lado del abismo que había entre el Monte Glaciar y los dominios del Reino Nevado, se encontraba otro clon allí presente, buscando a alguien que pudiese ayudarlo a saber lo que ocurría.

— Perritos calientes, llévense aquí un perrito caliente —anunciaba un vendedor ambulante con un puesto de perritos calientes móvil.

Este pareció fijarse en el tipo con la llama en la cabeza. De pronto su rostro se quedó en una expresión de incredulidad y corrió hacia el tipo con cierta prisa, tanto que se cayó una vez antes de alcanzarlo.

— Disculpe, buen hombre —le dijo al clon— ¿Es usted el forjador?

— Eh... Sí.

— Lo sabía, sabía que era inconfundible —festejaba este moviendo los brazos en señal de triunfo—. Tiene que probar uno de mis perritos —le dijo mientras lo empujaba hacia su puesto—, son los mejores de todo el Monte Glaciar.

— Mire, se lo agradezco, pero estoy en una misión importante.

— Vamos, solo será un momento —insistió de forma efusiva—, créame, le encantarán. Son de atún.

— De verdad, se lo agradezco, pero estoy investigando un caso. Además, el atún no es de mis comidas favoritas.

— No pasa nada, tengo también de carne de buey de las nieves —decía con una sonrisa digna de un comerciante.

— A ver, señor —dijo ya con el ceño fruncido—, tengo que encontrar información acerca del líder de los traficantes de tijeras de la zona norte.

— Si tomas el perrito podría ayudarte.

El clon se quedó pensativo por un momento. A lo mejor ese tipo solo le estaba diciendo lo que quería oír para probar el perrito y darle su opinión acerca de este.

— No sé. Es decir, soy un clon, los clones normalmente no comemos, así que no se si debería aceptar su oferta.

— Tiene picante.

Aquel comentario hizo que el clon alzase una ceja y la oferta cobrase un nuevo interés para él.

Después de unos segundos el clon estaba engullendo el perrito mientras esperaba paciente que el vendedor le contase la situación de las tijeras en el Monte Glaciar.

Mientras tanto, Ágata ya se había levantado y salido de la habitación de la posada, lista para comenzar a buscar algún sitio en donde pudiese hallar algo de información acerca de los robos de tijeras de aquella zona. Decidió moverse por los tejados para escuchar las conversaciones de los ciudadanos y, en caso de escuchar alguna que le llamase la atención, se detendría a ver, o, incluso, podría interferir ella misma también para preguntar por el tema, cosa que intentaría dejar como el último de los recursos, pues ella era una completa desconocida en ese pueblo, y a nadie le gustan los desconocidos.

Así es como llegó hasta la entrada de una pequeña tienda de ropa. Y en la entrada se encontraba una señora, o eso pensaba ella por la voz, que estaba ofreciendo calentadores para los colmillos. Cuando una posible clienta se le acercó. La asesina aprovechó para asomarse por el borde del techo para espiar.

— Miriam, ¿cómo estás, querida? —dijo la clienta.

— Ay, Naresa, todo de maravilla —decía sonriendo y haciendo bailar sus bigotes—. Estos calentadores son preciosos.

— Ya los veo, ya los veo. Se ven lindísimos —decía esta mientras tomaba unos y los miraba de cerca—. Oye, ¿te has enterado de lo que ocurrió la otra noche?

— No, ¿qué pasó?

— El zoruk que había ganado sus tijeras bajando de la cumbre más alta deslizándose sobre su tripa las perdió también.

— No —estiró la última vocal—, ¿de verdad me lo estás diciendo?

— Sí, de verdad. Te voy a contar la historia con todo lujo de detalle.

De las alturas, Ágata dibujó una sonrisa debajo de la máscara de tela que le cubría hasta la nariz. Había tenido la suerte de dar con dos personas que casualmente hablarían de lo que ella necesitaba, y tan solo tenía que limitarse a escuchar desde el tejado.

— Ay, sí, cuéntame —indicó emocionada—. Ay, no, no, no. Espera que mejor te cuento algo primero. Es sobre la hija del pescador.

— ¿La que estaba comprometida con el hijo del herrero?

— Sí, esa misma. Dicen por ahí que se la vio junto al trovador de los barrios mercantes —la clienta que había venido para contar su historia suspiró al escuchar aquella revelación.

Ágata entornó la mirada ante aquel pequeño contratiempo, pero se dijo a sí misma que no pasaba nada, tan solo haría falta esperar, y ella no tenía problema alguno en ello, después de todo, la paciencia también era una de las armas de una asesina.

— Ay, sí, cuéntame.

— Sí, te cuento. Pero primero te tengo que decir lo que nos contó su padre el otro día, y es que resulta que él no sabe nada de este tema.

Sí, la paciencia era una de sus armas... pero a veces a esta le fallaba el filo.

El mediodía llegó tan rápido como Ludo a una repartición de varitas. Kleyn ya se hallaba en la taberna disfrutando de un plato de filete con puré de patatas norteñas, las cuales eran de un tono más blanco que amarillento. De pronto, alguien entró por la puerta de golpe y dejó que la nieve entrase por un momento antes de que la puerta se cerrase sola. Se trataba de un extraño de baja estatura vestido de negro.

Me pregunto quién podrá ser...

El extraño fue directo a la mesa de Kleyn, se sentó junto a él y dejó caer su rostro sobre la mesa.

— ¿Estás bien? —dijo este, después de tragar. ¿Crees que esté muerta?

— Sí —respondió Ágata sin muchos ánimos—, solo necesito comer un poco.

— De acuerdo. ¿Has tenido suerte? —Sí, porque nosotros hemos tenido líos, no suerte.

— Después de comer... ¿Tú la has tenido?

— Después de comer —respondió sereno.

— De acuerdo.

Cuando acabaron de comer y quedaban pocos clientes en la taberna, ambos comenzaron a compartir todo aquello que habían averiguado. Tras un largo rato de charla esto es lo que habían obtenido: desde hacía ya un tiempo que cosas extrañas comenzaban a pasar en el Monte Glaciar. Ciudadanos que habían conseguido sus propias tijeras dimensionales tiempo atrás, comenzaron a tener "descuidos". Sus tijeras eran extraviadas y no recordaban ni donde ni cómo. Como si de la noche a la mañana hubiesen desaparecido.

Según uno de los informantes de Kleyn, una vez alguien vio como uno de los ciudadanos caminó hasta uno de los guardias del puente, esos que poseían armaduras de hierro y pieles y que solo se les podía ver los colmillos, pues todo aquel metal los cubría de los pies a la cabeza, y le entregó por voluntad propia su tijera. Algo que le había resultado extraño a aquellos que lo oían, pues nadie en su sano juicio le entregaría su tijera dimensional a nadie. Y se le preguntó a aquel mismo guardia qué había pasado con las tijeras que se le habían dado, pero no importó cuanto le preguntasen, gritasen, o insultasen, este no decía nada, siempre se quedaba inmóvil.

Ninguno de los guardias del puente volvió a hablar. Y, a veces, no dejaban pasar a los zoruks que querían cruzar el puente. Un comportamiento extraño y peculiar para estos, pero era algo a lo que, al final, se acabaron acostumbrando, después de todo, casi nadie tenía motivos para cruzar el puente. Sin embargo, había un niño que le habló a uno de los clones de Kleyn acerca de su hermano, un zoruk que quería convertirse en un guardia, y que creyó que lo consiguió, pero no está seguro porque desde que cruzó el puente nunca más supo nada de él.

Con todo aquello como un misterio que le llamaba la atención a ambos caballeros de la Orden, nadie les había dicho nada sobre robos o nada que se le asemeje, pues nunca habían visto que nadie le robase su tijera a nadie. Lo cual llevó a pensar a los dos que, o el ladrón era alguien tan cauto, tan hábil y tan astuto que se las ingenió para estar robándoles a los zoruks durante quien sabe cuánto sin que estos se enterasen, o algo más estaba ocurriendo en aquel pueblo. Y, tuvieron la sospecha de que, si en el pueblo ocurría eso, entonces en el Reino Nevado también podría estar ocurriendo algo.

Con todo aquello averiguado, y con la información que habían consolidado, ambos llegaron a la conclusión de que debían partir hacia el Reino Nevado. Le preguntaron al encargado de la posada cuánto había de viaje desde allí hasta el Reino Nevado y este les indicó que se solía tardar medio día en llegar. Ambos se fijaron en la hora, eran las diez y seis treinta pasadas. Si conseguían llegar a tiempo llegarían por la noche, y no sabían si los reyes los recibirían a tan altas horas. Por lo que lo más prudente sería esperar al día siguiente y partir temprano. Esa noche prepararon sus cosas y se acostaron temprano para guardar energía en caso de necesitarla, pues la ventisca de ayer los había hecho tomar conciencia de las adversidades naturales a las que podrían enfrentarse estando allí.

A la mañana siguiente, ambos se encontraban enfrente del puente que los llevaba hasta el territorio del Reino Nevado. Junto al puente había dos guardias zoruk bien acorazados que sujetaban cada uno una alabarda. Ambos tenían una altura inferior a la de Kleyn, pero superior a la de Ágata, y eran muy robustos, lo que cabría esperar de humanoides morsa.

— Buenas —saludó Kleyn—. Nos gustaría cruzar el puente. No les importa, ¿no?

Ninguno de los dos guardias respondió a la pregunta del tipo, cosa que concordaba con lo que le habían contado los zoruks con los que había hablado.

— Solo crucemos y ya —dijo Ágata mientras caminó directo hacia el puente.

Cuando estuvo a punto de poner un pie en la estructura, los guardias cruzaron sus lanzas y le impidieron el paso. Creo que eso es un no muy contundente. Ágata retrocedió un par de pasos y volvió a colocarse junto a Kleyn.

— ¿Qué hacemos? —preguntó esta.

¿Hacemos una barbacoa de morsa? Kleyn se pasó la mano por el mentón y rebuscó en su mente algo que los ayudase. Buscó en la mochila un pequeño rollo de papel cerrado con un listón. Lo desenrolló y leyó su contenido un momento antes de acercarse a uno de los guardias para mostrárselo.

— Según este papel, por petición de la reina Star Butterfly, tanto yo, el Forjador, como mi acompañante —señaló a la chica.

— Oye...

— Estamos bajo el permiso de su alteza para realizar una visita al Reino Nevado con el afán de resolver un conflicto político. Así que les pedimos que nos dejen pasar.

Después de soltar aquel discurso, los guardias permanecieron inmóviles, justo como antes.

El pelirrojo y la mewmana se miraron.

— ¿Nos dejarán pasar? —preguntó esta.

Kleyn solo se encogió de hombros y luego intentó cruzar el puente, pero se produjo la misma reacción de antes. Los guardias cruzaron sus lanzas y le bloquearon el paso al pelirrojo.

— Bien —soltó este con rostro cansado por la situación tan inverosímil.

Ambos acabaron por alejarse del puente y situarse detrás de un edificio para repensar su táctica.

— Quiero matarlos —dijo Ágata, sacando una de sus dagas.

— Y yo —concordó este. No se diga más. Que comience la temporada de caza de morsas—, pero no podemos hacerlo. Sí alguien del pueblo nos ve, estaremos en problemas. Y si llega a oídos del reino, pues... podría desembocar en un conflicto político.

— Entonces, ¿cuál es tu plan?

Este no dijo nada, solo se limitó a señalar con la mano a un portal a su lado.

— Lógico —admitió la asesina.

Los dos caballeros aparecieron varios metros detrás de los guardias, justo encima del puente. Estos no parecieron darse cuenta de su presencia, así que comenzaron a caminar. Kleyn los habría transportado más lejos, pero el puente era tan largo que la niebla de nieve no dejaba ver más allá de este.

Caminaron hasta llegar a ver las espaldas de otros dos guardias del otro lado del puente. Más allá podían ver lo que parecía ser alguna que otra roca o montículo de nieve. Kleyn los transportó a ambos detrás de este para no ser vistos. Desde allí, detrás de una roca, revisaron el mapa y la brújula.

— Según esto el castillo está por allá —apuntó Ágata a una zona consumida por la niebla y el viento que movía la nieve del lugar.

— Parece que volveremos a tener un clima agresivo —la chica no dijo nada al respecto, porque si era un chiste, no le hacía gracia—. Solo hay que buscar la forma de movernos sin que los guardias nos vean, al menos hasta que la nieve nos oculte —se quedó mirando el camino hacia el castillo—. Y creo que ya sé cuál es esa forma.

Por el camino indicado por Ágata el pelirrojo vio varios montículos de nieve tras lo que ocultarse, así que este decidió hacer una sucesión de portales que los llevasen de un montículo a otro. Hasta que consiguieron alejarse lo suficiente de los guardias.

— Bueno, parece que ya podemos continuar el viaje con calma —dijo junto a la chica, y comenzó a caminar—. Solo espero que no sea un viaje con muchos percances.

Eso había sido lo ideal para ambos, pero fue ahí donde Kleyn se equivocaba. Uno de los montículos de nieve comenzó a moverse. Restos de nieve comenzaron a caer a la par que la algo se alzaba y se ponía de pie. Poco a poco la nieve que cubría a esa criatura desaparecía, y les permitió a ambos ver lo que era.

— Eso es... —quiso comenzar Ágata.

— ...un golem.

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Buenas, compañeros, vuelvo a trerles otro capítulo de La Forja. Espero que sigan disfrutando de la historia tanto como yo. Como siempre, es un placer. Nos vemos en la proxima quincena.

Sí te gustó el capítulo deja un like, o mejor aún, escribe un comentario, el que sea, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, siempre me alegra leer los comentarios de mis lectores.

Gracias por el apoyo, y nos vemos en la próxima ocasión.

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