Capítulo 12: El sub-bosque

Un largo camino de piedra se extendía por todo lo ancho de las praderas. Campos verdes llenos de plantas y de vegetación. A lo lejos se podía ver pequeños grupos de ciervos pastando. En otra parte, a un montón de vacas y toros, también pastando.

Por aquel camino avanzaban a paso ligero Kleyn y Ágata. Kleyn desviaba su mirada hacia los animales que pastaban por las llanuras, y también miraba a los campesinos trabajar arduamente en sus cultivos. Alguno que otro levantaba la cabeza para apoyarse sobre la punta de su pala o rastrillo y secarse el sudor de la frente con la mano. Entonces veía pasar a lo lejos a dos figuras y los saludaba, el forjador devolvía el saludo.

Parecen agradables los lugareños de aquí.

― Ágata, ―llamó este detrás de ella, pues se hallaba al menos a diez pasos de distancia. Esta, al oírlo, se giró hacia él― ¿sabes cuánto nos tomará llegar al Claro Silvestre?

― Al paso que vamos, diría que unos cinco días. ―respondió muy segura de sí misma― Solo espero que no te canses y puedas seguirme el ritmo. ―Sí, esta chica me encanta.

― ¿Acaso tiene idea de lo que significa ser un forjador de más de diez mil años de edad? ―se dijo a sí mismo en voz baja. Es como si ella pasara por alto el hecho de que Kleyn hubiese vivido más de cien veces las aventuras que ella habría vivido, por no mencionar que se pasó cinco años buscando Mewni y que, si quisiese, podría correr hacia Claro Silvestre y dejarla atrás sin inconveniente alguno. Algo le decía que esos cinco días serían entretenidos. Por lo que volvió la mirada hacia el paisaje y todo lo que este tenía por ofrecerle para perderse en sus pensamientos. Esto le ayudaba a no pensar que aquella chica se daba ciertos aires de superioridad y de que no llevaba si quiera su propio equipaje. Deberías haberte negado cuando tenías la oportunidad, ahora acarrea con su equipaje. De hecho, no sé por qué simplemente no se lo lanzas y que ella se preocupe de llevarlo consigo.

Tanto Ágata como Kleyn no eran personas reservadas, pero las primeras horas del viaje las pasaron en silencio, al menos hasta que los campos y las llanuras comenzaron a desaparecer para dar paso a un ambiente menos colorido. Los árboles en este ambiente eran de una tonalidad más apagada. Sus ramas no crecían hacia arriba en su totalidad, cuando estas pasaban a ser ramas un poco más grandes, y no tan solo un par de ramitas brotando, sus puntas bajaban, provocando que las hojas cayeran como si fuesen la cabellera húmeda de una mujer. Se cernían sobre el camino casi rozando los cuernos de Kleyn. Aquellos arbustos tan vivos ahora no eran más que una mata de hojas oscurecidas con zarzas amenazantes. El césped era de un color similar al de los arbustos, pero, además, era adornado por una bruma tenue, de la cual ninguno de los dos sabía de donde provenía.

Se percataron de que, a medida que avanzaban, el camino comenzaba a tomar cierto desnivel; descendía. A su vez, el sol iba perdiendo presencia por aquella tierra. El descenso y las hojas de los árboles que comenzaba a envolver aquel camino no les permitían el paso a los rayos del sol. Aun así, se podía ver con claridad el camino y el ambiente que lo rodeaba, el cual comenzaba a tomar la forma de una u y se sumía en una oscuridad tenue. Se podía ver a la perfección todo aquello que no estaba cubierto por la bruma, aunque era debido a que era de día aún. Con seguridad los aventurados podían afirmar que, si la noche caía, aquel sitio estaría sumido en la mayor de las oscuridades, aunque no era algo que les llegase a preocupar, teniendo en cuenta que uno de ellos era un joven con una llama encima de su cabeza.

A medida que avanzaban tuvieron que cuidar de no enredarse con varios hilos muy finos y pegajosos que se veían en todo el bosque. Se conectaban de una rama a otra, de troncos a raíces, en los arbustos y en las rocas. Kleyn se había llevado un par por delante, y en el momento en el que las notó en su cuerpo, comenzó a agitar los brazos para intentar quitárselos de encima.

― ¿Qué demonios es esta cosa? ―se dijo a sí mismo mientras Ágata seguía caminando. Esta no se giró en ningún momento para verlo, lo cual daba a entender que no intentaría ayudarlo a descubrir qué era aquello. Aunque, para su suerte, no tuvo que esperar que ella fuese quien respondiera.

Más adelante en el camino, aquellos finos hilos tomaban otra forma. Estos se mostraban hilados unos con otros, formando redes y trampas pegajosas. Fue entonces que Kleyn se percató de lo que se trataba. Estuvo a punto de abrir la boca para responder, pero su respuesta cayó de golpe desde el cielo hasta dar a parar al dorso de su mano. Levantó está para mirar lo que se había aferrado a ella.

― Oh, no. ―exclamó disgustado. Frente a él, una criatura de cuatro ojos y un montón de patas peludas lo miraba directamente― Tenían que ser arañas. ―al oír eso, por primera vez, Ágata se giró para verlo, y cuando halló al arácnido posado en el dorso del forjador, corrió de golpe hacia él.

― Una araña. ―dijo alegre. Acercó sus manos a la pequeña criatura y las dejó apoyadas sobre la de Kleyn, invitando a la araña para que se subiera a sus manos, y, para su suerte, esta lo hizo.

Por su parte, Kleyn contemplaba extrañado la peculiar escena que se desarrollaba ante sus ojos. Durante todo el tiempo que había estado viviendo en su dimensión, no había conocido a muchas mujeres que soportasen la presencia de una araña. Pero mujeres que, además de suportar la presencia de estas criaturas, se atreviesen a cargarlas en sus manos, era un caso que se había producido veces contadas. Tan pocas veces que podían contarse con los dedos de una sola mano. No contaba aquellos casos especiales en los que las mujeres realizaban artes mágicas con ellas porque esos ya eran casos muy distintos al resto.

Se fijó en la cara de la chica. En ella se podía percibir cierta fascinación por la araña, jugaba con ella haciéndola pasar de una mano a otra mientras sonreía. Sin duda es un comportamiento un tanto peculiar en una persona... ¿Acaso crees que quiera comérsela?

― Veo que te gustan las arañas. ―comentó― Es algo peculiar encontrar a alguien así.

― ¿Qué puedo decir? ―respondió ella sin despegar la mirada del arácnido― Una asesina como yo no le puede temer a las arañas, si es lo que estás insinuando. Ellas son unas grandes aliadas para aquellos como yo. Son sigilosas y pacientes. Tienden una trampa para atrapar a sus victimas y luego usan su veneno para acabar con ellas. ¿Cómo podrían no gustarme?

― Entiendo. ―agachó un poco la cabeza para ver más de cerca a la araña. Debía de admitir que se veía graciosa corriendo entre las manos de Ágata, pero no quería seguir parado allí por mucho más tiempo, el camino era largo y tenían que continuar con paso firme si querían llegar al Claro Silvestre― Bueno, ―se levantó― me alegra que hayas echo una nueva amiga tan pronto, pero imagino que sabes que debemos continuar con nuestra labor. Así que despídete de ella y sigamos caminando. ―Bien podrías dejarla con ella un rato, parece que se está divirtiendo mucho, de paso aprovechas y me dedicas un momento de atención, ya sabes, para variar un poco.

Ágata no compartía la misma opinión que Kleyn, quería quedarse un rato más allí con ella, no obstante, debía de admitir que el chico tenía un punto. Un poco a regañadientes, aproximó su mano hasta una planta próxima y dejó allí al pequeño arácnido. Como si este comprendiese las intenciones de la muchacha, se bajó de su mano y se ubicó sobre una hoja muy verde y grande. Luego se giró articulando todas sus patas y miró a la chica a los ojos, esos ojos llamativos de color grisáceo. Por un momento, Ágata pensó que la araña era capaz de comprender los sentimientos de ella, pero sacudió la cabeza alejando esa idea de su mente. Le sonrió a la pequeña criatura y con un gesto de su mano se despidió de ella, tomando de nuevo paso ligero en su trayecto. Pero, mientras ella se alejaba, la araña le dedicaba una mirada curiosa, casi pareció torcer la cabeza, extrañada, pero pronto se giró y se dejó caer por la planta.

Otra vez los dos muchachos retomaron el camino, pero, en esta ocasión, caminaban a la par, cosa que le extrañó a Kleyn. Curioso, imagino que debe estar distraída, porque, de otro modo, dudo que caminase a tu lado, así como así. Volteó la cabeza un momento para ver la cara de esta, y se fijó en que no parecía prestarle mucha atención al ambiente. Se le notaba caminar de forma instintiva, casi por inercia, como si en su mente estuviera pensando en otras cosas mientras su cuerpo camina de forma automática, sin recibir orden alguna del cerebro.

En su mente, Ágata estaba pensando en tiempos pasados, en tiempos en los que su vida solía tener una mayor relación con aquellos animales. Un recuerdo que el resultó cálido y agradable. Tanto así, que no se dio cuenta de su pequeña expresión de absortes. El tacto cálido del dedo del forjador en su mejilla la hizo volver a la realidad.

― ¿Qué crees que haces? ―inquirió con brusquedad, le apartó la mano golpeándola con el dorso de la suya y entornando la mirada de forma amenazante. Esperaba que esto causara una reacción de precaución en el porte del forjador, como un animal cuando se siente amenazado por un posible depredador. Mas no fue así, en su lugar, solo hizo que se riera, enseñando esos dientes puntiagudos.

― Te noté un tanto distraída, ¿ocurre algo? ―preguntó sin quitar la sonrisa que le había provocado la muchacha.

― Nada que de lo que debas preocuparte, soy una asesina, puedo resolver mis propios problemas por mi cuenta. ―frunció un poco el ceño y volvió la mirada al frente, buscando evitar cualquier intento de proseguir con la conversación.

― Si frunces mucho el ceño te acabarán saliendo arrugas. ―se burló.

Frente a esa provocación, Ágata aligeró el paso y tomó otra vez la delantera, marcando sus diez pasos de distancia por delante de Kleyn. Creo que la hiciste enojar.

― A lo mejor está en uno de esos días. ―dijo por lo bajo, respondiendo a la voz en su cabeza.

De pronto, la chica se giró de golpe y lo fulminó con la mirada, haciendo pensar a Kleyn que tal vez no había hablado todo lo bajo que le hubiese gustado hacerlo. Instintivamente, se rio de forma un tanto nerviosa, pues no esperaba ser oído, aunque no estuvo del todo seguro de que fuese eso, porque, al final, la chica retomó el andar y continuó mirando al frente. Kleyn se quedó parado allí unos pocos segundos antes de seguir caminando detrás de ella.

En ese punto el bosque comenzó a tomar otro aspecto distinto al que estaban viendo antes. Cada vez descendían más y más a las profundidades. Las raíces de los árboles comenzaban a sobresalir por la tierra y a unirse unas con otra sobre el camino, creando una especie de túnel natural semiabierto. Esto solo hacía que la luz escaseara aún más. Escuchaban las hojas de los árboles ondear con suavidad, pero no conseguían verlos del todo, solo sus raíces y la primera parte de su tronco. Hasta que llegaron a un punto en el que el verdadero bosque comenzaba a mostrarse. Las raíces finalmente acabaron de aparecer y dieron lugar a un bosque más abierto. Aun así, se notaba que estaban por debajo del nivel en el que habían estado antes. Ambos alzaron sus miradas y contemplaron la magnitud y la alzada de los arboles de allí. Ya no distinguían bien las copas, solo veían pequeños resquicios de luz que a duras penas conseguían filtrarse por un enorme manto oscuro formado por el conjunto de hojas y ramas en las copas de los árboles.

Una cosa peculiar que le llamó la atención a Kleyn, fue que esas pocas telarañas que había visto cuando estaban comenzando a descender habían desaparecido. Y lo otro que le llamó la atención fue que, tras haber estado caminando por lo que debería haber sido una hora, no vio ni un solo animal, aparte de algunas hormigas u insectos que rondaban por la zona. Tal vez habían tomado una senda que no era importunada por lo animales. ¿Qué, acaso querías ver a un lindo gatito? Aunque le resultaba extraño no haber visto ninguno, porque no parecía una que fuese transitada por mucha gente, por lo cual el camino no estaba intensamente marcado, y eso significaba que los animales no estarían alejados del todo del camino que ellos transitaban.

Por otro lado, Ágata parecía estar distraída en lo suyo. Desde atrás, Kleyn veía como esta miraba algo en sus manos. No sabía qué, pues estaba de espaldas a ella, pero no sería algo serio, puesto que mantenía su ritmo al caminar. Se preguntó si ella sabía que la estaba observando, no como una guía, sino como a alguien que te produce curiosidad. Kleyn, ¿no crees que tú también podrías aplicar ese pensamiento en ti?

― ¿Qué quieres decir? ―susurró en voz muy baja. Se fijó en la chica para ver si esta también había conseguido oírlo en esta ocasión. Sin embargo, no pareció ser así.

Digo que también te apliques ese cuento a ti mismo. El silencio del tipo solo expuso su incomprensión ante las palabras que la voz en su cabeza le decía. Si tuviese manos me las estaría pasando por la cara por lo tonto que puedes llegar a ser en ocasiones. Digo que también te preocupes de que a ti no te vigile nadie. Se giró para ver detrás de él y comprobar que no hubiese nada ni nadie. Solo vio el camino que habían dejado atrás, aparte de eso, nada más. Por lo que se encogió de hombros. La voz en su cabeza suspiró. A ver, sé que esto te extrañará porque no tengo ojos, y es mejor así, porque, si los tuviera, me cagaría encima si veo lo que tienes arriba de ti. Extrañado, frunció el ceño y miró por encima de su cabeza. Y allí lo vio.

Sobre el forjador se mostraba un arácnido que colgaba sobre una telaraña enganchada en lo más alto de las copas de los árboles. Pero no era una araña cualquiera, era una enorme. Especuló que esta debía de medir al menos tres metros de largo. Estaba justo encima de él, a unos cinco metros. Mostraba sus colmillos afilados y sus patas peludas temblorosas listas para atraparlo. Cada uno de sus ojos atentos al más leve movimiento, por lo que, en cuanto Kleyn se había girado a verla, esta se lanzó hacia él sin pensárselo dos veces.

Se pronto, Kleyn vio como el arácnido sobre su cabeza estaba a punto de echársele encima.

― Madre santa del amor hermoso. ―alcanzó a decir retrocediendo instintivamente ante la criatura. Con una velocidad de reacción increíble, incluso para él, abrió un portal en el suelo y se dejó caer en él, apareciendo unos pasos delante de Ágata.

― ¿Qué demo...? ―estuvo a punto de preguntar ante la inesperada aparición de Kleyn delante de ella, pero no le dio tiempo. Lo vio salir de un portal rojo delante de ella, pero, al instante de caer de dentro de este, se puso de pie y de un corte con sus garras lo cerró, se veía algo exaltado. El tipo la tomó del hombro y la giró hacia atrás para apuntarle a la araña que había bajado de los árboles. Pero, antes que llegar a alarmarse, a Ágata se le iluminó la mirada al ver a esa criatura― Oh, esa debe de ser una de las criaturas que habitan en este bosque.

― Espera, ¿acaso estás contenta de que ese bicho haya aparecido de la nada? ―Bien, puede que mi opinión acerca de ella se haya visto violentamente torcida hacia un punto un poco menos tolerante.

― Ya te lo dije, las arañas son como unas hermanas para mí, son las asesinas de la naturaleza. ―se justificó levantando el mentón, segura de que su punto era sólido y comprensible― Además, ¿estás diciéndome que el forjador le tiene miedo a las arañas?

― No te confundas. Solo me asustó porque me tomó por sorpresa, quiero decir, a quien no le daría un susto que una araña gigante estuviese a punto de caerle encima de la cabeza. Pero tranquila esto se puede sol... Ágata, ¿qué es eso que tienes entre tus manos? ―apuntó a la pequeña araña que se habían encontrado varios metros atrás, antes de pasar por debajo de las raíces de los árboles.

Esta miró a la araña que había entre sus manos, la cual también la estaba mirando a ella. Luego miró a Kleyn con expresión desinteresada.

― Nos siguió, y en cierto punto del camino volvió a mis manos. ―su tono y rostro no parecían mostrar que aquello fuese algo que le importase a la chica.

Kleyn entornó la mirada, y su rostro parecía no expresar emoción alguna, solo cierta frialdad mientras meditaba la falta de preocupación de la muchacha por un posible enemigo solo por ser una araña. Cerró los ojos un segundo para respirar hondo y luego exhalar.

― Bueno, como estaba diciendo, este asunto tiene una solución muy simple. ―comenzó a dar un par de pasos hacia la araña gigante y sus manos se envolvieron en llamas. Las alzó para preparar sus lanzamientos.

― Kleyn. ―bramó desde atrás.

― ¿Qué? ―preguntó girando la cabeza hacia ella.

― Ni se te ocurra hacerle daño a la pobre araña. ―advirtió levantando su dedo índice y meneándolo.

― ¿¡Qué!?, pero, ¿por qué? ―frunció el ceño de forma notoria. ¡Cuidado!

Kleyn se giró de golpe para ver a la araña. Esta le lanzó un gargajo de veneno, el cual tuvo que esquivar para evitar ser embarrado por este. Cuando Kleyn evadió el veneno, se percató de que este se dirigía hacia Ágata, pero la chica no parecía inmutarse ante esto. Cuando el veneno estaba casi encima de ella, dio un pequeño paso hacia la izquierda. El veneno cayó justo donde antes había estado ella, encharcando ese pequeño trozo de tierra y comenzando a burbujear. En ese momento, Kleyn apuntó a la araña con sus dos manos.

― ¿Ves? ―expuso esperando que lo dejase calcinar a la araña.

― Kleyn, es solo una pobre araña.

― Acaba de escupirnos veneno. Qué pobre ni que pobre. Es perfectamente capaz de dañarnos.

― Kleyn, ella solo tiene su veneno y sus telarañas para atacar. Tú, en cambio, eres un demonio capaz de crear cualquier arma existente y por existir, que puede abrir portales usando las garras de sus manos, y que puede manipular el fuego a su antojo, eso sin mencionar a tu legión de clones. ―dijo ella, defendiendo su punto, y dejando sin palabras el tipo. Creo que es mejor no mencionarle nada de tu fuerza y velocidad.

― Bueno, visto de ese modo, todo parece menos dañino si se lo compara conmigo. ―se volvió hacia la araña y se la quedó mirando fijamente, pensativo― Aun así, quiere atacarnos, así que por lo menos me dejarás ahuyentarla para que no nos ataque, ¿no? ―pero la chica no parecía estar de acuerdo con ello. Me juego lo que quieras a que, si pudiera, ella te reemplazaría por esa araña gigante. Y lo peor era que, por lo poco que la conocía, aquello no le extrañaría.

― De acuerdo. ―cedió― Pero sin hacerle daño.

Kleyn comenzó a acercarse a la criatura moviendo las manos en llamas, intentando espantarla. A modo de defensa, la araña intentó volver a lanzarle veneno, aunque era algo inútil, pues el forjador esquivaba los escupitajos sin mucho esfuerzo. Se acercó a gran velocidad a la criatura agitando los brazos de un lado a otro para espantarla.

― Shu, vamos, shu, fuera. ―Esto es un bosque, así que técnicamente estamos fuera― Cállate. ―masculló entre dientes― Vamos, aléjate, vamos.

Nerviosa al ver las llamas tan cerca de ella, la araña correteó hasta el árbol más cercano y subió tan rápido como pudo, huyendo de las llamas del forjador. Este extinguió el fuego de sus manos y las colocó en su cadera. Se sintió orgulloso de ahuyentar al arácnido. Luego se sacudió las manos una contra la otra.

― Una cosa menos de la que preocuparse. ―expuso con orgullo. Ágata no dijo nada, no se veía contenta, pero tampoco molesta, así que Kleyn considero aquello una pequeña victoria― Bien, podemos continuar con el viaje.

Tan solo fue dar un paso hacia donde estaba Ágata que, de los árboles, aparecieron siete arañas más. Estas rodearon al forjador. Genial, sin duda tienes una suerte que, si se lo cuentas a un ciego, es probable que acabe sintiendo lástima por ti. Kleyn levantó sus puños en señal de defensa. Volvió a imbuirlos en llamas y a prepararse para espantar a las criaturas.

― No podrás escaparte de esta, forjador. ―se oyó desde las alturas.

Tanto él como Ágata levantaron la mirada. De los árboles, tres arañas más descendían por sus redes, pero estas eran diferentes del resto, traían a un individuo cada una a su espalda. Todos ellos eran criaturas de piel de color ocre pardo oscuro, eran delgadas y vestían con ropas hechas con telas de araña, la cual les hacía de taparrabos. El resto de su cuerpo estaba embadurnado con cascos hechos con la cabeza de alguna araña muerta, y armados con patas de araña como arma punzante en una mano y una coraza a modo de escudo en la otra.

― Es tu fin, forjador. ―clamaba el que estaba en el medio de los tres. Llevaba un casco diferente al de los otros dos, parecía la cabeza de una araña con marcas rojas alrededor de sus ojos― Has ido a parar al peor lugar posible, ahora te tocará enfrentarte a los cabalgarañas.

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