Capítulo 94: La aventura de Jackie I

Se movió hacia un lado y un pinchazo en el brazo hizo que abriera los ojos de golpe. Se inclinó hacia adelante y se llevó la mano a donde se había pinchado. Pronto se dio cuenta de que estaba entre unos arbustos. Varias de las ramas de estos se engancharon en su ropa y cabello, entonces recordó a Hekapoo empujarla en un último portal antes de desvanecerse.

"Maldita", pensó.

Tiró con fuerza para salir de allí, aunque eso le costó algún pequeño agujero en su camiseta y varios tirones de cabello.

Al salir, miró mejor a su alrededor para ver dónde estaba. Se trataba de un bosque. A primera vista, no veía nada que le llamara la atención. Nada peligroso en las inmediaciones. Algo positivo si ignoraba el hecho de que no sabía dónde estaba, y que no parecía haber resquicio alguno de rastro humano.

Era muy pronto para pensar en eso. Tan solo se había despertado. Estaba más que claro que tendría que moverse, hallar civilización, y entonces comenzar a buscar a Hekapoo. Pero, por lo pronto, necesitaba encontrar agua.

Comenzó a caminar sin un rumbo fijo, con el oído atento por si escuchaba algún cuerpo de agua. Para su desgracia, no fue tarea sencilla. Cuando caminaba durante una hora y no hallaba nada se preguntaba si era buena idea seguir por ese camino. Pensaba en cambiar de dirección, pero eso la llevaba a preguntarse si, al hacerlo, estaría cometiendo un error al no seguir el camino original. Era imposible estar segura de cuál era la opción correcta, solo se basaba en conjeturas y sensaciones.

Pese a todo, no perdía las esperanzas. Había animales por donde ella pasaba (inofensivos, por suerte), por lo cual creía que no debía estar muy lejos de un lago, un río, o algún arroyo. Mas tenía dificultades para encontrarlo. Seguía sin escuchar ningún sonido fluvial sin importar cuanto avanzara. La lógica y la frustración provocaban que ella se quejase por el sin sentido de lo que aquello significaba. Y eso, a su vez, saboteaba sus intentos por mantenerse con la mente fría y no perder la calma, pero resultaba difícil con tan nulos resultados y el hambre apareciendo sin que ella se diera cuenta. Recordó haber visto algún programa de supervivencia y haber leído algún libro que hablaba de la experiencia de expertos perdidos en la naturaleza, y muchos coincidían en que el ser humano promedio podía sobrevivir tres días sin comida. Y si bien era cierto que Jackie intentaba ignorar los retortijones de su estómago, la débil molestia se estaba convirtiendo en un dolor de cabeza, eso sin tener en cuenta la incipiente sed que seguía arrastrando.

Cuando llevaba más de diez minutos pensando en concederse un descanso vio algo que la hizo detenerse por un momento. Un objeto pequeño y redondo tirado sobre la tierra. Se acercó a él para verlo con más detalle y, como si la propia madre naturaleza hubiese estado escuchando sus continuas quejas, comprobó que se trataba de una fruta.

Similar a una naranja, pero de color verde, la fruta estaba aplastada por un lado debido a la caída que debió haber sufrido, y algunos insectos ya se estaban arremolinando junto a esta. Si bien Jackie no se consideraba una persona quisquillosa, era consciente de que una fruta en esas condiciones no era lo mejor para el consumo humano. Sin embargo, dadas las condiciones, poco tardó en recoger la fruta y quitarle los insectos.

Al igual que la naranja, la fruta estaba dividida en gajos. Así que aprovechó eso para poder rescatar aquella que no habían sido tocados por la tierra y comerlos. Su textura era acuosa, y su sabor dulce, pero también agrio, bastante más de lo que lo sería una naranja. No pudo evitar arrugar la boca y su expresión un poco. No era lo más apetecible, pero dada la suerte que tuvo en su búsqueda de agua, disfrutó de aquellos gajos como si fuera lo único que tuviese para comer por el resto del día. Afortunadamente, comprobó que no iba a ser así. Más adelante había más de aquellos frutos. Algunos a medio comer, otros en el mismo estado que el primero y algunos que parecían estar bien.

Ahora, algo más estable al saber que tenía más sustento y al haberle dado algo a su estómago, alzó la mirada y vio que muchos de aquellos frutos crecían en los árboles que tenía cerca. Se sintió estúpida por un momento al no haberlo comprobado antes, pero pronto abandonó ese pensamiento para comenzar a ver cómo se subiría esos árboles. A diferencia de los naranjos, estos poseían troncos más anchos y altos, y su corteza era lisa, lo cual solo le hacía preguntarse cómo podría subir hasta allá.

Dada la situación, prefirió comerse un par más de aquellos frutos y luego intentar subir una vez llenado su estómago.

Los primeros intentos consistieron en aferrarse tanto como podía al tronco, haciendo una pinza con los brazos, pero con tan solo despegar los pies del suelo el peso de su cuerpo provocaba que se resbalase.

Cambió el enfoque a correr hacia el tronco y tratar de usar la inercia para subir del todo, dando un salto y aferrándose a la primera rama que tuviese a su alcance. Por desgracia, cada intento terminaba de la misma forma, con veinte o treinta centímetros restantes para tocar la rama. Distancia que iba aumentando a medida que lo hacían los intentos.

Sudando como un esquimal en pleno verano, y respirando con dificultad debido al esfuerzo, la chica desistió.

Paseo su mirada por el sitio mientras se pasaba la mano por la frente y se quitaba el exceso de sudor, y vio algo que provocó que una nueva idea se colara en su cabeza. De nuevo, algo sencillo, pero qué tal vez fuera justo lo que necesitaba. Tomó una piedra que estaba en el suelo y la lanzó, intentando darle a una rama y sacudirla para que cayera alguna fruta. No llegó a darle. La puntería nunca fue su fuerte, pero era mejor probar eso a intentar escalar el árbol de nuevo.

Al cabo de varios intentos, acabó por conseguir cinco de aquellas frutas. Nada mal, sin embargo, una cosa de la que se percató, era que el sol se había ocultado casi del todo. No era como si no lo hubiese visto, pero se había concentrado tanto en conseguir las frutas que no le dio mayor importancia. Ahora que tenía frutas, tenía que encontrar un sitio donde pasar la noche. Recordó haber visto unos árboles en el camino que, junto con algunos arbustos, hacían una especie de tienda improvisada. No recordaba a cuánta distancia estaban, pero sabía que para llegar a ellos tenía que volver atrás sobre sus pasos. Le hubiese gustado tener más opciones, pero el tiempo apremiaba, y moverse a oscuras no sería buena idea. Con cierta reticencia, dio media vuelta y echó a andar.

Estuvo andando lo que calculó que sería entre treinta minutos y una hora. O al menos eso pensó ella. Recordaba haber llevado el teléfono consigo, pero no lo tenía encima. Así que no tenía forma de asegurarse de cuál era el transcurso del tiempo. Al menos, conservaba el collar de su madre, y lo que era más importante, había llegado al sitio que sería su refugio.

Aprovechó los últimos resquicios de luz para conseguir algunas ramas y algo de yesca. Un fuego le daría mucho: luz, calor y una fuente de amenaza para disuadir a cualquier animal de acercarse. O, al menos, eso esperaba.

Siguió el ejercicio típico, comenzó a girar una rama sobre un trozo de corteza seca para producir alguna ascua pequeña. Tuvo que parar a medio intento, porque las manos le dolían. Comenzó a abrirlas y cerrarlas despacio en un intento de aliviar el dolor. Al cabo de un rato volvió a intentarlo, pero esta vez se dijo a sí misma que no se detendría a menos que lo consiguiese. Apretó los dientes e hizo de tripas corazón para ignorar el dolor en sus manos. Solo cuando notó el olor de la madera quemada, se fijó en que una ligera columna de humillo nacía de la corteza. Motivada por el resultado, se dio ánimos para no detenerse, y cuando el calor pareció más consistente, tomó la yesca, la colocó encima, y comenzó a soplar. Las ascuas ardieron con su aliento, una chispa saltó y provocó que encendiera el fuego. Rápido, juntó las ramitas que había recolectado y dejó que el fuego creciera. Solo entonces, Jackie pudo sentarse y suspirar del alivio. Por fin podía detenerse un momento y no hacer nada.

Se recostó bajo el techo natural que le proporcionaban los árboles y arbustos en aquella especie de tienda de ramas y hojas, importándole poco que se le manchara la ropa. Tirada en el suelo, volvió a mirarse las manos. Estaban rojas, y había alguna que otra herida. Reconocía ese aspecto, mañana tendría ampollas, de eso no había duda.

Dejando de lado los futuros dolores de sus manos, entre el calor del fuego y el crepitar de la madera, Jackie se puso a pensar en cuál sería su siguiente movimiento. El objetivo estaba claro: volver a la guarida de Hekapoo. Para hacer eso tendría que encontrar un camino que la llevase allí. Algo que no sería sencillo. De lo contrario, habría visto a más gente donde Hekapoo.

Un crepitar más fuerte de una de las ramas hizo que la chica saliese de sus pensamientos. Parpadeó un par de veces, notando como los ojos se le cerraban. El cansancio acumulado se estaba notando, y parecía no querer hacerse esperar. La chica se rindió, y se dejó llevar por el sueño.

Se despertó durante la noche. Los retortijones en su estómago no le dejaron dormir un solo minuto más. Se levantó como pudo, notando sus piernas algo resentidas por la caminata del día anterior. Apoyar las manos se traducía en un dolor horrible, y al fuego le quedaba poca madera.

Incapaz de pensar con claridad, tomó una de las ramas que aún conservaba la llama y se fue a algún sitio donde pudiese aliviar su dolor estomacal. Quiso alejarse un poco del sitio donde dormía, pero no demasiado para no perderse. Fue incómodo a la vez que inseguro hacer sus necesidades en ese bosque desconocido por la noche. Su antorcha precaria le ofrecía algo de seguridad, pero no la suficiente. El aire nocturno era gélido, y el fuego insuficiente para calentarla. Al volver, intentó recoger cualquier rama que estuviese en su camino y se la llevó al campamento improvisado para mantener la fogata viva tanto como fuera posible.

Se volvió a dormir a duras penas, pero se obligó a hacerlo si quería tener energías para la mañana.

Pese a sus esfuerzos por conciliar el sueño, sus dolores estomacales se aseguraban de no dar tregua a la chica. Tuvo que ir reiteradas veces al bosque para hacer sus necesidades, congelada, dolorida y cansada.

Pensó que pudo haber sido por esa fruta extraña que consumió. Sin embargo, recordó lo último que comió en la Tierra antes de ir a aquel sitio, y concluyó que aquello pudo ser la causa.

—No volveré a comer esos tacos ultra picantes —dijo en voz alta, al menos para escuchar algo que no fuera un animal o los sonidos que recorren un bosque por la noche, como el silbido del viento al pasar entre las hojas y ramas de los árboles, y golpeteo de las ramas al mecerse, y el zumbar de las hojas.

Nos sabía decir si hablar sola era para no sucumbir a la situación y o si era un signo de que ya había sucumbido.

Volvió a su pequeño campamento, esperando que aquella fuera la última vez que tuviera que levantarse para ir al baño.

Cuando se hizo de día, Jackie se obligó a levantarse. Tenía agujetas en sus piernas, pocas, debido a que ya estaba acostumbrada al esfuerzo físico gracias a que patinaba todos los días, pero suficientes como para que caminar fuese una molestia. Las ampollas en sus manos estaban peor que durante la noche. Y estaba cansada debido a la falta de sueño. Además, una cosa que le molestaba era el mal olor que tenía. El sudor de su cuerpo se había impregnado en su ropa, y ahora que el frío nocturno había dado paso al calor mañanero, los aromas se acentuaban. Si ya de por sí Jackie quería encontrar una fuente de agua para poder beber algo, ahora tenía aún más ganas de encontrarla para limpiarse también.

Sin intención de perder más el tiempo, tomó las cuatro frutas que le quedaban y se dispuso a continuar el camino que dejó a medias ayer. Mientras lo hacía, tomaba un par de frutas para llenar el estómago y tener energías para el largo día que le esperaba.

Su paso fue lento, y el avance irrisorio. Seguía teniendo sus dudas de que el camino que estuviese tomando fuera el correcto, pero, dadas la circunstancias no tenía las fuerzas ni los ánimos para probar a cambiar. A media tarde se dedicó a recoger comida, buscar ramas, un sitio donde pasar la noche, y, sobre todo, un pedernal. No quería volver a pasar por el método prehistórico de encender fuego. Sus manos no lo soportarían en el estado actual, así que tenía que encontrar esa piedra capaz de producir chispas. El problema era que lo había visto en un montón de series y películas, pero no tenía idea de cómo se veía un pedernal. A sus ojos, no era diferente de una piedra común y corriente. Así que encontrar un pedernal iba a ser equiparable a encontrar una aguja en un pajar, sin poder distinguir la ajuga de un palillo de paja.

Ese día no encontró agua ni un pedernal, pero sí que encontró un mejor refugio del que tuvo el día anterior: un pequeño recoveco entre unas rocas, en el cual cabía si se acurrucaba en el suelo. Para su desgracia, al no haber encontrado nada con lo que hacer chispas, tuvo que recurrir al primer método. Sin embargo, no pasó ni medio minuto para que Jackie se diera cuenta de que era incapaz de encender un fuego de esa forma en su estado actual. Tuvo que resignarse a dormir sin fuego esa noche. Buscó lo que sea para refugiarse del frío: ramas, hojas, lo que sea. Si bien no hacían un abrigo en condiciones, al menos le ayudaban a conservar algo de calor. Pero aquello no fue el problema, sino el hecho de que los constantes ruidos nocturnos la despertaban y la obligaban a estar con un ojo abierto.

Aquella noche no durmió.

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Estamos de vuelta en el juego, y comenzamos con Jackie como líder de esta nueva aventura. Acompáñenme para ver cómo le va a la joven humana en estos lares.

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