Capítulo 60: Reencuentro I
Apretó los dientes con fuerza. La médica del pueblo, una semibestia perezosa, estaba examinando su brazo. Hasta el más simple roce le hacía ver las estrellas. Tanto fue así que, en los momentos en los que ella tuvo que aplicarle mayor presión, Ludo tuvo que verse en la necesidad de morder un trozo de madera. Le había colocado un ungüento para que el dolor fuese más llevadero. Pero no hacía milagros.
La médica se separó de él y lo miró a los ojos. Su expresión no presagiaba nada bueno.
—Sea concisa y directa —dijo él, aún con la voz ronca. Prefería ahorrarse el dramatismo.
La mujer soltó un suspiro, nerviosa.
—Toda la extremidad, a partir del bíceps, presenta fracturas graves. Los huesos están destrozados y ahora mismo son como astillas pinchando las zonas inflamadas.
Una noticia poco alentadora, tenía que decir, pero cierta, al fin y al cabo. Cada descarga de dolor ante los toques de la médica se lo habían dejado claro.
—Suena bastante grave.
—Lo es —aseguró ella.
—¿Cuánto tardará en curarse?
De nuevo hubo silencio por parte de la mujer.
—Le recuerdo lo de concisa y directa.
—No se va a curar —reveló, obedeciendo su petición, cosa que no hizo que la noticia fuera más llevadera—. Los huesos están partidos en tantas piezas que es imposible saber si serán capaces de reagruparse y volver a solidificarse. Es posible, pero no hay garantías de que vuelva a ser el mismo. De hecho, de llegar a curarse, el hueso resistiría menos que antes.
De poco importaba la resistencia de sus huesos ante el poder de un solari de primera generación. Estaba más que comprobado.
—En el hipotético caso de que se cure, ¿cuánto tiempo tomaría? —preguntó Ludo.
La mujer pensó por un momento, estimando el tiempo.
—Varios meses. Medio año como mínimo, y siendo optimistas. Pero perfectamente podría tardar más de un año.
—Entonces, ¿me está diciendo que ahora mismo tengo un trozo de carne inservible que además tiene astillas en su interior y que duele como el infierno?
De nuevo, la médica no dijo nada, aunque no hizo falta. Su expresión ya respondía por ella. Solo se negaba a darle tal terrible noticia a un paciente. Un acto noble, tal vez. "Pero hace tiempo que dejé de compadecerme de mí mismo", se dijo Ludo para sus adentros.
Dirigió la mirada al trozo de madera que la médica tenía en una mesa junto a ella. Alzó su brazo derecho y apuntó hacia ella, concentrándose.
No necesitaba ningún lastre consigo.
Pronunció el hechizo en su mente y la madera voló hacia su mano de un tirón. La atrapó en el aire.
—Córtelo —ordenó este antes de llevarse la madera al pico y morderla.
La médica abrió los ojos sorprendida, quiso decir algo, pero la mirada de Ludo pareció dejarle en claro que ya había tomado la decisión, por lo que la mujer se limitó a cerrar la boca y asentir.
Ludo miró al techo y respiró profundo, tranquilo, paciente, al menos hasta que sintió la fría caricia del metal en su piel.
Esa misma tarde se reunió con Rasticore y Eadric, les dijo que juntaran a todos los integrantes del grupo y que tomasen todo lo necesario. Esa misma noche se irían de allí. Los solaris habían escapado, derrotados y malheridos, pero escapado, al fin y al cabo. Solo era cuestión de tiempo para que sus compañeros regresaran en busca de venganza. Y Ludo no estaba dispuesto a perder un solo segundo más en aquel sitio.
Como era de esperarse, Faewing puso el grito en el cielo al verlo haciendo los preparativos para irse. Y como también era de esperarse, ella no fue la única en quejarse. Una manada de monstruos iba detrás de él, preguntando, rogando e insultando, todo con la intención de que no se fueran. Pese a las súplicas, ninguno era capaz de pararse frente a ellos y cortarles el paso. Nadie se atrevía.
Nadie, excepto Faewing.
La harpía cuervo se colocó delante, abrió los brazos y les bloqueó el paso a Ludo y sus monstruos. Él levantó la mano derecha y todos se detuvieron.
—Quítate de en medio, Faewing —dijo Ludo, estoico, aún con la voz dolida.
Ella negó con la cabeza.
—Ludo, no puedes abandonarnos, te necesitamos. Ya has visto lo ocurrido.
—Precisamente porque he visto lo ocurrido es porque nos vamos. Además, yo no puedo protegerlos, lo que ocurrió hoy fue un golpe de suerte. De no haber sido así, no estaríamos teniendo esta conversación.
—¿Un golpe de suerte? —preguntó la mujer, elevando el tono—. Muchos hombres y mujeres han muerto en un día. ¿De verdad llamas a eso buena suerte?
—Teniendo en cuenta que la alternativa era el exterminio, sí. Además, si no se van de aquí, más serán los que morirán. Los solaris volverán a este sitio, ténganlo por seguro.
—No pueden dejarnos aquí solos —gritó ella, pero la mirada de Ludo expresaba una clara indiferencia a esas palabras—. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?
Al escuchar esa última pregunta, a Ludo se le crispó el gesto.
—¿Egoísta? —repitió Ludo, dando un paso al frente—. ¿Estuviste presente cuando los solaris comenzaron a atacar a todos? No, ¿verdad? —la mujer no respondió—. Entonces no habrás visto que los monstruos que murieron cuando lucharon contra los solaris eran aquellos que vinieron conmigo.
—También... también murieron algunos de los nuestros —intentó defenderse ella.
—Murieron en el primer impacto. El resto de monstruos que murieron fueron de los míos, todos aquellos que intentaron hacer algo por este lugar, aquellos que no salieron corriendo, sino que intentaron plantarle cara al enemigo.
—Pero si fuiste tú quién me dijo que le dijese a todo el mundo que huyera.
—Tienes razón, ahora pueden vivir un día más antes del exterminio. Suerte con eso. Ahora, largo.
—¿Por qué nos haces esto?
Aquella fue la gota que colmó el vaso. Ludo dio media vuelta, y caminó hasta Ulric, le dijo un par de cosas al oído y este asintió. El licántropo lo tomó con un brazo y luego se subió a un tejado y dejó allí a Ludo. Desde esa altura podía ver a todos los monstruos del pueblo. Todos entre las calles, apretados unos con otros, alzando la mirada solo para verlo a él. Aun así, había mucho bullicio. Ulric miró un momento a Ludo y este asintió. El licántropo tomó aire y luego soltó un fuerte aullido que hizo callar a todos. Ludo intentó taparse los oídos, pero solo pudo hacerlo por el lado derecho. En el otro lado le quedó un pequeño pero molesto pitido. En ese momento era lo de menos. Lo importante era que ahora tenía la atención y el silencio de todos.
—Muy bien, escuchen —dijo, haciendo un esfuerzo para mostrar un porte serio pese a que su voz era ronca y que cada palabra era un puñal a su garganta—. Yo nunca fui su salvador, ni su héroe. Vine aquí en busca de reclutas que tuviesen el valor de luchar contra los solaris. Mi objetivo no ha cambiado en ningún momento. Si alguien, aún después de haber visto de lo que son capaces esos mewmanos, quiere unírsenos, bienvenido sea. Los demás son libres de hacer lo que quieran. Pero, sean avisados, los solaris volverán. Eso ténganlo por seguro. —Ludo se alejó del borde y fue de nuevo con Ulric—. Volvamos. Tenemos un largo camino.
Volvieron a la cabeza del escuadrón. Cada uno se ubicó en su posición. Ludo miró a Faewing por última vez.
—Para ti va lo mismo que para el resto. Si decides seguirnos, ya sabes lo que te tocará hacer. Ahora, muévete, ya he perdido demasiado el tiempo. Y demasiada voz —dijo, frotándose la garganta, antes de avanzar a paso firme.
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Aquel que podría haber sido su nuevo hogar, es ahora un sitio que solo transmite inseguridad. ¿Dónde irán a parar Ludo y los suyos? Síganme para saberlo.
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